Las muy inmerecidas tribulaciones de Draco Malfoy
Capítulo 3 - ¡El horrible complot!
Cuarto año. El año en que todos en Hogwarts se habían reunido secretamente antes de que yo llegara para ponerse de acuerdo en un plan.
Torturar a Draco Malfoy.
¡Qué injusticia! ¡A mi deberían invitarme a todas las reuniones secretas! ¡Y soy excelente para los contubernios!
Noté por primera vez la realidad de este complot en el que participaba toda la escuela, en mi propia Casa. No era que me trataran con hostilidad, porque para ser hostiles habrían debido primero reconocer mi existencia y presencia.
Al parecer yo había vuelto de las vacaciones convertido en un fantasma. De otra forma no podía explicarse que cada vez que entraba en la sala común de Slytherin, todas las conversaciones se interrumpieran instantáneamente, para ser reemplazadas por susurros apagados. Tratar de forzar mi participación en alguna conversación tampoco servía, me ignoraban: me ignoraban incluso cuando se ponían a bromear sobre los Gryffintorpes burlándose de ellos. ¡Otra gran injusticia! ¡Yo habría podido aportar tanto sobre un tema como ése!
Pero ser considerado un fantasma tenía también sus ventajas… como ser: se formaba un espacio vacío a mi alrededor donde fuera que estuviera. En los pasillos, en las escaleras, en la mesa durante las comidas e incluso en el baño. Era una lástima, porque en años anteriores siempre había algunos adoradores chicos de primero que se ofrecían gustosos a frotarme la espalda; pero terminé adaptándome, poco me importaba que los habitantes de Slytherin se hubiesen transformado en un hatajo de idiotas. Mi principal frustración, aunque jamás lo habría admitido en voz alta, era que ya no disponía de mis dos fornidos guardaespaldas, Crabbe y Goyle. Me habían resultado muy útiles para muchas simples cosas cotidianas. Para alcanzarme algún libro que estuviera en los estantes más altos de la biblioteca, para empujar a la fuente por orden mía a algunos de los pequeños de primero cuando se ponían demasiado cargosos, también eran buen público en las ocasiones en que me ponía a despotricar sobre Potter… ¡oh que tiempos! Pero bueno, ya no cuento con esos dos…
Y de hecho, a todos los fines prácticos, ya nadie parecía considerarme un verdadero Slytherin. ¡Como si yo hubiese colaborado para mandar a Azkaban a los padres de TODOS! Sólo los padres de LA MITAD habían ido a parar a la cárcel, ciertamente no era algo que justificara reacciones tan extremas de parte de ellos.
Así y todo, el distanciamiento de los Slytherin era algo que podía manejar, ¡al diablo con ellos! Pero me resultaba mucho más difícil aceptar los absurdos cambios de comportamiento de los residentes de las otras tres Casas. ¡Todos parecían haberse puesto de acuerdo para adoptar actitudes y conductas que alteraban el orden normal de las cosas!
Todo era culpa de Potter. Él fue el que empezó todo en la estación el primer día cuando había fingido ser amable conmigo. Yo me había puesto en alerta de inmediato, naturalmente, pero no me había imaginado que su mente pudiera llegar a ser tan retorcida, no hasta esa primera noche cuando nos sentamos a cenar. Después de que los asustados chicos de primero hubieron sido distribuidos y de que Dumbledore diera su habitual discurso de divagaciones y de supuestas agudezas, Potter activó la trampa.
Yo había estado muy ocupado poniéndoles mala cara a los Slytherin para prevenir que le hicieran algo a mi comida, de hecho había estado tan concentrado en ese menester que no me había servido todavía nada. Fue entonces, digo, que observé una sombra dibujarse en mi plato vacío.
Potter.
Había cruzado casi todo el salón para llegar desde su lugar hasta el mío. Como si fuera algo totalmente habitual.
Recuerdo haber mirado hacia arriba y haberme preguntado por qué se cernía sobre mí de esa forma, un poco más atrás alcancé a divisar vagamente a la sangresucia y a su pelirrojo perrito faldero. Agarré el primer cubierto que tenía a mano y lo blandí como un arma. Era una cuchara en realidad, pero igual en mi mano se veía muy intimidante.
El Weasel soltó un sonido muy extraño, como estrangulado, realmente lo había asustado. Igual quiso disimularlo tratando de hacer ver que era una risa, pero no le salió bien.
—Draco… ¡hola! —me saludó Potter sonriendo falsamente.
—Dejame de joder. —le repliqué en tono dialogal.
—Yo sólo quería desearte… que tengas una cena agradable. —dijo y bajó la mirada a sus pies que había empezado a mover nervioso sobre el suelo.
Parpadeé varias veces y lo miré entrecerrando los ojos. ¿Qué era lo que se proponía?
—Volvé ya mismo a tu lugar y dejame tranquilo. —le advertí— No quisiera verme obligado a tener que atacarte. —dije vehemente.
Eso dio resultado, puesto que Potter reconsideró sus intenciones, cualesquiera hubieran sido, y optó por recular y regresó a su mesa seguido por los otros dos. Estaba seguro de que no se animaría a repetir una movida como ésa, cualquier persona inteligente lo pensaría dos veces antes de ponerse nuevamente en una situación tan riesgosa.
Aunque con Potter nunca se podía estar del todo seguro, era terco y empecinado como el que más y de inteligente… poco y nada.
Lo cierto es que sí repitió la movida durante los días siguientes… y en cada una de las comidas. Se me aparecía de manera imprevista y furtiva, sobresaltándome al punto de hacerme toser y escupir el bocado que estaba masticando. Más de un Slytherin terminó enchastrado de comida debido a eso… pero no me sentí culpable puesto que se lo tenían merecido por ignorarme como lo hacían.
Potter se me acercaba, me saludaba y luego agregaba algunos comentarios supuestamente triviales, pero yo sabía con certeza que encerraban amenazas o insultos encubiertos. Cuando me deseaba una buena comida, insinuaba con malicia que le había hecho algo a los alimentos. Si me deseaba que tuviera un buen día, seguramente estaba planeando hacerme algo después en clase. ¡A mí no podía engañarme!
Así y todo se las ingeniaba para sorprenderme a diario, a pesar de que yo controlaba constantemente el salón con ojos de halcón.
Para complicar las cosas, también se las había arreglado para inducir conductas extrañas en los Hufflepuff y en los Ravenclaw. Que también habían tomado la costumbre de saludarme con exagerada cortesía. Yo, obviamente, los ignoraba olímpicamente. Con los Gryffindor la cosa no era tan sencilla. Mostrando una fachada de supuesta nobleza y valentía, se arrogaban el derecho de meterse en todo y con todos. Ésos eran los peores.
Y para mi gran desmayo, cuando yo les replicaba con desdén a sus saludos, tenían el descaro de reaccionar con risitas o incluso con carcajadas. Como si decirles que tenían cabezas deformes o amenazarlos con dejarlos sin posibilidades de procrear fueran cosas que movieran a risa.
Justo el día anterior cuando me dirigía a clase de Defensa, había tenido la mala suerte de cruzarme con un grupo de Gryffindors. Me aturdieron con ¡Holas! y uno de ellos, de sexto año, tuvo la osadía de palmearme la espalda. ¡A mí! ¡Con sus inferiores y sucias manos! Chillé… o mejor dicho, dejé oír un improperio indignado y huí raudo. No por temor, sino porque seguramente se trataba de una treta para robarme el dinero.
Pero todos esos inconvenientes podían considerarse menores, yo sabía cómo manejarlos. Lo que realmente me tenía inquieto era otra cosa…
Potter.
Con Potter yo siempre había sabido a qué atenerme. Era mi némesis. Me gusta esa palabra, suena bien, ¿no creen? Como decía… siempre había representado un desafío, era la persona que hacía que las cosas en Hogwarts fueran interesantes. Durante las largas horas de estudio, solía tomarme recreos para planear las bromas que le jugaría a Potter al día siguiente. Así habían sido las cosas durante tres años. Pero ahora en cuarto, el objeto de mi obsesión se me escapaba.
¡Un momento! ¿Puse obsesión? Eso no es lo que quería decir.
¡Mecachis! Mis pensamientos se han vuelto caóticos últimamente… ¡y todo por culpa del maldito Potter!
Aunque sigo haciéndole bromas, por ejemplo le aumento de repente el fuego del caldero para malograrle una poción o le hago caer los libros durante una de las monótonas y aburridas exposiciones de la profesora McGonagall… eso lo sigo haciendo como decía… pero la reacción de Potter es distinta ahora. Se limita a darse vuelta para mirarme y me sonríe… y los ojos verdes se arrugan apenas a los costados. Nada de las miradas feroces de otras épocas, nada de ponerse rojo de rabia, nada de ojitos de perrito castigado ante mi crueldad.
Por supuesto que eso no me ha disuadido de seguir mandándole notas insultantes o amenazadoras, compré un grueso block anotador específicamente para tal fin.
No quisiera que él se enterara de la ingente cantidad de tiempo que ocupo conspirando en su contra, por eso me limito a mandarle una nota de vez en cuando.
Bueno… quizá sería más exacto decir que le mando una en todas las clases que compartimos. Está bien, está bien… en realidad le mando varias en cada clase. El block que compré tiene muchísimas hojas y conviene sacarle el mayor provecho.
Lamentablemente, mis notas ya no lo alteran como antes… y peor, hasta se diría que se pone contento cada vez que recibe una. Notas en las que comparo su linaje con la mugre que tiene el guardabosque gigantón bajo las uñas lo hacen reír. Si le mando una amenaza de muerte, se vuelve a mirarme amistosamente y se encoge de hombros.
Pero para ese día en particular yo había ideado algo especial. Con esta nota lograría vengarme por todas esas semanas de tortura. Más de cuatro semanas, puesto que ya estábamos en octubre.
Era una nota brillante. La noche anterior me había pasado varias horas diseñándola y me había quedado inmejorable. Era una serie de viñetas. Yo no soy precisamente un artista del dibujo, pero me había esmerado y resultaron estupendas. En la primera estábamos batiéndonos a duelo. El Potter de mi dibujo era petiso y enclenque; el Draco, en cambio, era alto y gallardo… y hasta tenía un ligero atisbo de barba rubia de dos días. En realidad todavía no me crece la barba, aunque mucho me gustaría. Pero volviendo a las viñetas… describían las instancias del duelo. Y en la última, Draco era el vencedor. Potter yacía abatido, boca abajo y un par de hilos de sangre se le escapaban por una de las comisuras. ¡Era perfecto!
Como siempre yo fui el primero que terminó de preparar la poción que nos había asignado el profesor Snape. Potter todavía estaba en la última etapa. Con una rápida mirada hacia los demás, me aseguré de que nadie me estuviera observando. Y moviendo apenas la varita le soplé la nota.
Potter se sobresaltó un poco cuando la vio caer sobre la mesa delante de él. La tomó, la abrió y se inclinó un poco para estudiarla con atención. Unas mechas negras cayeron hacia delante ocultándole en parte el rostro. Estuve tentado a soltar una risita… pero eso no es algo apropiado para un Malfoy. Me permití así y todo una media sonrisa. Potter se mantuvo concentrado en la nota durante un par de minutos, luego la depositó sobre la mesa, tomó un lápiz y empezó a escribir… ¡en mi nota! ¿¡Qué era lo que estaba haciendo?! Ni siquiera se había dado vuelta por un segundo para mirarme.
Unos instantes más tarde el profesor Snape anunció en voz alta que sólo restaban cinco minutos e instó a todos a concluir y a entregar lo que hubieran preparado. Potter finalmente giró la cabeza y me miró. Con una sonrisa, me sopló la nota devolviéndomela. Con cierto recelo tomé mi obra maestra que él se había atrevido a profanar y la abrí.
Mi arduo trabajo no había sido alterado, ¡pero Potter había agregado una viñeta más! El mini Potter del dibujo seguía en suelo, pero boca arriba. Y tenía a mini Draco victorioso sentado encima sobre su estómago. Pero los dos se reían contentos, tomados de una mano ¡y saludándome con la otra!
Cuando poco después el profesor Snape autorizó a todos a que nos retiráramos, observé la espalda de Potter alejándose hacia la salida. ¿Así que así quería jugar? Ciertamente necesitaba una lección y yo me iba a ocupar de enseñársela. Me apresuré a guardar mis cosas en la mochila, y la nota también, y abandoné el aula con cierta precipitación.
En el apuro me choqué contra las amplias espaldas de alguien. Sin dudas ése no era mi día. Y para peor la espalda era la de Miles Bletchley. El guardaaros de Slytherin. Mi equipo.
—Malfoy, vas a llegar tarde para las prácticas. —me siseó disgustado— Aunque no creo que importe mucho que asistas o no. Sos tan deplorable como la escoba que usás ahora.
—¡Oh, vaya qué sorpresa! Parece que volvés a dirigirme la palabra… ¡qué conmovedor! —apunté con aguda ironía.
Me miró con fastidio entrecerrando los ojos.
—Te convendría que nadie te viera hablando conmigo. —proseguí incisivo— ¿Qué dirían los otros imbéciles si lo supieran?
Acusó el comentario agraviante con una mueca y contraatacó graznando. —Quizá no sea la escoba sino el que la monta… ni con la mejor escoba fuiste capaz de vencer al perdedor de Potter siquiera una vez.
Sentí que las mejillas me ardían y abrí la boca para responder con un insulto, pero las palabras se resistieron a salir. Para mi gran vergüenza, tenía razón. Nunca había vencido a Potter en quidditch. ¿Por qué? ¿Por qué nunca había podido ganarle?
Bletchley sonrió con malicia y prosiguió su camino. Al final del corredor se reunió con Montague que lo estaba esperando y juntos subieron las escaleras. Fue entonces que reparé en Potter que estaba de pie en un costado a un par de metros. Estaba solo. Había sido testigo de toda la escena.
—Draco… ¿siempre te tratan de esa forma? —preguntó con voz oscura.
—¡No me molestes, Potter! —le bramé.
—Si necesitaras hablar con alguien… yo estoy dispuesto a escucharte. —dijo con voz muy suave.
—¿Y a vos qué puede importarte? Estarás más que contento. Todo esto es parte de tu plan. No creas ni por un momento que lograste engañarme. ¡Yo sé muy bien lo que estás tramando!
Me miró con tal desconcierto… y hasta se hubiese dicho que lucía dolorido. Tuve que reconocer en silencio que sus cualidades actorales eran soberbias.
—Sé muy bien lo que estás tratando de hacer y de nada te va a servir. Yo siempre estoy un paso más adelante que los arteros "buenitos" como vos. —le espeté con una mueca de desdén y pegué media vuelta con altiva dignidad. Lamentablemente me enredé con la toga y tambaleé, y me hubiera caído si Potter no me hubiese sostenido. De más está decir que mi partida resultó mucho menos majestuosa de lo que yo había esperado.
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