VI
Dos meses transcurrieron volando. Entre exámenes, proyectos finales, el viaje de fin de curso y todo el asunto del cambio de residencia ni siquiera me había dado cuenta de que no quedaba mucho por despedirme de Odaiba, el lugar al que había llamado «hogar» durante toda mi vida.
Socialmente, el hecho de haberme convertido en amiga de Mr. Perfección no había cambiado mucho. Joss seguía molestándome cada que se le daba la gana aunque ya sus insultos ni siquiera parecían insultos.
— ¡Tienes que ir conmigo, Kari! —insistió Yolei por enésima vez, restregando el panfleto en mi cara.
— Ya te dije que no, Yo. Tengo que terminar lo de álgebra lineal.
— ¿Y quién me va a ayudar a decidir qué vestido se me ve mejor? —voltee a ver a Davis, quien disfrutaba sorbiendo los restos de la malteada de fresa.
— ¡Ah no! No me veas a mí. Esas cosas de niñas nunca me han gustado —Yolei gruñó cruzándose de brazos. Quería que la acompañara al centro comercial a elegir un vestido para el baile de graduación, a la cual yo había decidido no ir. Pero aquél asunto sencillamente no se me apetecía—. Tal vez si la sobornas con un libro te acompañe —farfulló Davis y mi amiga abrió los ojos como platos.
— No. Ni lo pienses —levanté un dedo índice antes de que ella dijera algo.
— ¡Anda! Te compro el que quieras —le lancé una mirada de disgusto a Davis quien sonreía complacido. El timbre del receso sonó y era hora de volver a las aulas. Ambos me miraban con ojos de cachorrito moribundo.
— ¡Ugh! Está bien. Pero sólo un ratito, ¿ok?
— ¡Yeeiii! —Yolei me abrazó dando brincos y los tres nos echamos a reír. Sí que iba a extrañarlos horrores.
De camino al salón de Inglés nos topamos a TK de frente. El rubio simplemente me regaló una sonrisa y siguió su camino. Extrañamente y por algún acuerdo tácito no habíamos querido hacer pública nuestra amistad en la preparatoria aunque no había día en que no platicáramos.
— ¡Estás loca! No, no, no —me crucé de brazos mientras Yolei me insistía en sentarme sobre la silla giratoria. Habíamos entrado a un salón de belleza donde ella se sacaría la ceja y se haría una prueba de maquillaje. Estábamos de suerte ya que tenían una promoción de 2x1 y ahora intentaba convencerme de hacer lo mismo, cosa, claro estaba, que no iba a aceptar.
— ¿Hace cuánto que no te podas esos arbustos? —farfulló el elegante y muy afeminado peluquero. Simon, creo que había dicho que se llamaba. Él y Yolei se echaron a reír y yo fruncí el ceño sintiéndome frustrada.
— ¿Sabes? Los estándares de belleza impuestos por esta sociedad ignorante y vanidosa sólo afectan el autoestima de las jóvenes como nosotras que, claramente, tenemos una complexión normal y…
— ¡Y todo lo que quieras, querida! —sin darme cuenta me empujó hasta la silla y me puso una de esas mantas que colocan para cortar el cabello. Yolei aplaudió complacida mientras se sentaba en la silla de al lado.
— ¡Me debes una, Yo! —murmuré enfadada y ella simplemente asintió.
Debo decir que la experiencia de sacar mi ceja por primera vez no fue tan dolorosa como la pintaban. El asunto no tardó más de diez minutos y, aunque no lo había admitido frente a mi amiga ni Simon, me agradaba cómo había quedado.
El siguiente paso era la prueba de maquillaje. Y si algo había aprendido de ello es no volver a dejar que alguien me pusiera mascara en las pestañas. Mis ojos lloraron tanto que casi se echa a perder todo el trabajo de las sombras y el delineador. Pero debo decir que no tenía idea de que mis ojos pudieran verse tan grandes y… bonitos.
Y finamente: el cabello.
— Muy bien, saltamontes. ¿Qué haremos con esto? —preguntó señalando mi despeinado cabello que me gustaba llevar al natural. Era lacio y sin chiste.
— ¡Tengo una idea! —Yolei jaló la camiseta de Simon y susurró algo en su oído. Yo entrecerré los ojos sólo de imaginarme lo que a la retorcida mentecita de mi mejor amiga se le pudiera estar ocurriendo.
— ¡Perfecto! —exclamó él y yo sólo suspiré profundamente.
Recortó mi cabello para dejarlo todo a una misma altura. El último corte que había hecho llevaba capas así que estaba todo disparejo. Luego sacó una caja de tinte y…
— ¿Teñirlo? —exclamé asustada—. Eso sí que no…
— Relájate, querida. Sólo vamos a darle vida —me mordí el labio y lo miré a los ojos.
— Bien, confío en ti.
Aplicó un tinte un poco más oscuro a mi color natural. Era como un chocolate estilo Lily Collins pero mi cabello había quedado muy brilloso y mi rostro se veía más iluminado. Hizo un partido por en medio, algo que desde el kínder no usaba y lo rizó con una varita.
— ¡Wow! —exclamaron Simon y Yolei al mismo tiempo. Me miré detenidamente en el espejo. Definitivamente era una mujer diferente. Mi rostro había perdido un poco las facciones infantiles y ahora podía decir que parecía una mujer. De verdad.
— Gracias —susurré en voz baja. Simon asintió complacido.
Tras unos últimos retoques a mi amiga, salimos de ahí. Mientras caminábamos por los pasillos me sentía observada. Como si llamara la atención, lo cual me inhibía un poco.
Yolei iba platicándome acerca de una película que acababa de ver y no le había gustado pero yo me perdí al voltear a una vitrina y ver un vestido precioso: era color perla, strapple y escotado de la espalda. Se ajustaba en forma de corsé de la cintura hasta la cadera y luego caía elegantemente en una falda esponjada.
— Deberías medírtelo —dijo Yolei. Me giré saliendo de mi ensimismamiento y negué con la cabeza.
— No. Debe costar una fortuna.
— ¿Y? Eso no te impide que puedas probártelo.
— ¿Para qué? De todos modos no voy a ir al estúpido baile —Yolei se cruzó de brazos y entró a la tienda—. ¡Hey! ¿Qué haces?
— Si no te lo pruebas tú, lo haré yo —voltee los ojos y me mordí el labio. Odiaba que fuera tan terca.
Aquella tienda era muy lujosa y en efecto, su mercancía no estaba hecha para que plebeyos como Yolei o como yo pudiéramos comprarla.
Entré a un probador, alfombrado, el espejo tenía un marco dorado muy bonito, había un taburete de terciopelo rojo y cortinas en color vino. Comencé a desvestirme y con sumo cuidado me puse el vestido procurando que no se fuera a manchar por el maquillaje o algo más.
Yolei tenía razón: se veía precioso. Era la primera vez que me sentía y veía como toda una señorita. Definitivamente estaba viendo a otra persona reflejada en el espejo y me tomé un momento para contemplarme bien pues uno no luce así de elegante todos los días.
Salí buscando a mi amiga para que me diera el visto bueno pero ella no estaba en su probador. Afuera había columnas de vidrio de espejo en las que podía verme mejor.
— ¿Kari? —pegué un brinco al asustarme cuando escuché mi nombre. TK se acercó a mí sin parpadear.
— Ho… hola.
— ¡Wow! Te ves… tú… wow —sonreí al ver su expresión estúpida y le di un golpe en el brazo.
— Que conste que fue Yolei la que me convenció, por no decir que obligó, a hacer esto.
— Pues te ves muy bonita —sonreí sintiendo mis mejillas arder y luego me percaté de que él llevaba un traje puesto y la camisa blanca desabotonada.
— ¿Tú qué haces aquí?
— Ahh… mamá me mandó a comprar un traje para la graduación. ¿Ese es el vestido que llevarás? —voltee a verlo y suspiré.
— No, no voy a ir.
— ¿Ah no? —hice una mueca de desagrado y negué con la cabeza.
— El baile es una excusa para embriagarse y tener sexo sin protección que posiblemente marque la vida de muchos y luego se arrepientan de ello por siempre —TK se echó a reír.
— Cómo eres amargada. Deberías ir, se pondrá divertido. Habrá una fiesta después de eso en mi casa —lo miré a los ojos y por un breve momento me perdí en el azul profundo de estos.
— Lo pensaré —dije simplemente.
— ¿TK? —la voz de una mujer apareció en escena y quedé impresionada al ver a su madre: una mujer de fino cabello rubio, ojos tan azules como los de su hijo, piel lechosa y una figura de envidia. Incluso podría pasar por su hermana. Llevaba un traje de sastre en color blanco y tacones puntiagudos.
— Mamá, te presento a Kari. Kari, ella es mi madre.
— Mucho gusto —extendí mi mano y ella me devolvió el saludo.
— Un placer —me sonrió—. Ese es un vestido muy bonito, Kari. ¿Lo llevarás a la graduación?
— Ah… yo… —miré a TK sin saber bien qué responder—. Sí, tal vez.
— Pues se te ve precioso.
— Gracias.
— Mi vida, necesito que decidas ya. Tenemos que ir al salón de belleza y aún falta mucho por comprar —le insistió a TK quien parecía algo avergonzado.
— Sí, mamá. Enseguida te alcanzo.
— Bien. Ha sido un placer, Kari.
— Igualmente, señora Takaishi —ella sonrió y se alejó de ahí.
— Lo siento, mi madre es… organizada —me reí.
— Es muy bonita, también —TK sonrió. Se hizo un silencio incómodo—. Bueno pues, te veo mañana en la preparatoria.
— Sí… supongo.
— ¿Supones? —si mi impresión no fallaba podría asegurar que él estaba nervioso.
— Quiero decir, sí. Te veo mañana —ambos sonreímos y enseguida ocurrió lo inesperado: TK se inclinó, tomando mi rostro, y me dio un beso. Me aparté como primera reacción pero él volvió a acercarse y a besarme. Me dejé llevar por el movimiento de sus labios hasta que mi mente me hizo recordar que él y yo éramos amigos, y los amigos no se besan. Y él sólo estaba besándome porque me veía bonita, porque para él la belleza se relacionaba a esto: usar maquillaje y llevar el cabello bien arreglado. De no ser así, ¿por qué no me había besado en otra ocasión?
— No, TK… —volví a apartarme y me mojé los labios.
— Lo siento, Kari. Es que yo…
— Que no vuelva a pasar, ¿si? Tú y yo somos amigos y nada más —sonreí, restándole importancia a mis sentimientos y sobre todo a mi deseo de seguir besándolo. Él asintió y sin más se fue de ahí.
Aquella noche decidí que no iría al baile de graduación.
Everybody hurts...
