VII

¿Cómo se pretende que salga de la preparatoria sin trastornos mentales? Definitivamente esa etapa estaba cargada de drama y más drama. De buenas a primeras el chico más popular de la preparatoria y posiblemente de Odaiba había sido mi novio —de mentiras— por un día y nos habíamos besado dos veces. Ahora era un amigo con quien platicaba diariamente y en dos ocasiones se había quedado a dormir en mi casa, siendo bendecida por los dioses para que mi hermano no se diera cuenta. Después estaba la situación académica: había sido merecedora de una de las 50 becas de manutención que UCLA otorga a extranjeros y ya no tendría que preocuparme tanto por mi situación económica. Ahora mi enfoque sería recibir un permiso para poder trabajar allá sin problemas.

Mientras tanto Yolei, Davis, Cody y yo habíamos pasado todos los días de las últimas dos semanas juntos. Faltaban aún 36 días para que toda la odisea terminara y cada uno partiera su rumbo hacia el destino elegido que, con la esperanza firme, creíamos que cambiaría nuestras vidas de manera radical.

No podía hablar tanto por mí ya que me gustaba mi vida. Probablemente lo único que deseaba era que el bullying terminara y tener un «lugar» menos denigrante en la universidad. Mi hermano me había asegurado que así sería con la ligera advertencia de que yo debía poner empeño para no ciclarme en los mismos hábitos mentales que tenía aquí.

Siendo sincera estaba ansiosa por comenzar mi vida allá.

[…] por ahora se cuenta con un saldo de seis muertos y veintisiete personas en condiciones graves debido a esta gripe de la cual no se tiene, según el médico Horace Clawn del hospital central de Nueva York, comprensión total de sus síntomas… —mi hermano apareció en la sala y sin más tomó el control remoto y apagó el televisor.

— ¡Hey! Yo estaba viendo eso.

— ¿Noticias, Kari? ¿Qué tienes como 80 años? —le lancé un cojín que le golpeó el rostro y seguí comiendo cereal—. Además estás por irte a Estados Unidos y ver que hay una epidemia allá no me dejará muy tranquilo —¡Bingo! Así que era eso.

— Relájate, bobo. No creo que vayamos a infectarnos en el avión —ambos nos miramos y me arrepentí enseguida de mis palabras. Habíamos visto muchas películas en donde eso había ocurrido y el final… bueno, mejor no hablar del final.

— Como sea. ¿Qué planeas hacer hoy? ¿Estar echada como vaca todo el día en ese sillón?

— Sí —asentí mientras terminaba mi desayuno. Dejé el plato vacío sobre la mesa del centro—. Ha decir verdad no tengo planes. Hoy es el baile de graduación y todo mundo estará allá.

— ¿Y tú no piensas ir? —Tai guardó la leche en el refrigerador y cogió su plato de cereal para venir a sentarse a mi lado. Negué con la cabeza—. ¿Por qué no? —preguntó con la boca llena y me reí.

— El baile es una tontería, ¿sabes? Sólo un pretexto para ponerse muy ebrios, tener sexo sin protección y arrepentirse toda la vida de ello.

— Qué amargada —sus palabras me golpearon como un balde de agua fría al recordar a TK—. Deberías ir. Será probablemente la última noche que pases con tus amigos y qué mejor que la lleves grabada como una noche loca en donde se divirtieron montones —fruncí el ceño simplemente y empecé a trenzar las mechas de un cojín que sostenía en mi regazo.


Mi celular comenzó a vibrar debajo de la almohada y aún perezosa lo levanté: eran las 3:24am y Yolei me estaba marcando.

— ¿Hola? —respondí con voz somnolienta.

¿Kari, dónde estás! ¡Tienes que venir! —se escuchaba música electrónica de fondo y muchísima gente hablando.

— ¿Eh? ¿Dónde estás tú?

En casa de TK. Te mandaré la ubicación —mi amiga hipó haciéndome saber que estaba ebria—. Además necesito alguien que venga por mí. He bebido mucho y mi celular está por morir, no podré pedir un Uber y…—en ese momento se cortó la llamada.

— ¿Bueno? ¿Yolei? ¡Yolei! —le marqué pero la llamada fue desviada a buzón.

Aunque una parte de mí quería seguir acostada y durmiendo, otra parte me decía que debía ir por mi amiga pues en ese estado cualquier cosa podría pasarle. Además, de haber sido yo la que estuviera en su lugar sé que ella habría ido por mí sin pensárselo dos veces.

Me puse un saco gris y unos jeans desgastados, dejé la playera negra que llevaba y sólo metí los pies a mis sucios tenis Converse que alguna vez fueron blancos. Ni siquiera me tomé el tiempo de mirarme en el espejo. Salí despacio de mi cuarto, procurando no hacer ruido aunque por el pasillo se escuchaban los ronquidos de Tai. Tomé las llaves de su auto y salí. Suerte era que sabía dónde vivía TK, ya que casi todo Odaiba conocía su casa.

Manejé con precaución aunque a esa hora de la madrugada no había casi nada de autos circulando.

La residencia Takaishi se encontraba en una de las mejores colonias de aquella isla. Al entrar había un portero que pedía una identificación y anotaba la hora en la que las personas entraban. Las casas eran de dos, tres y hasta cuatro pisos. Todas con jardines muy bien cuidados y cocheras dobles.

TK no había exagerado al decir que toda la preparatoria estaría ahí y posiblemente media universidad. Había tantos jóvenes que muchos, pese al frío, estaban afuera, bebiendo y bailando. Me encaminé hacia adentro intentando pasar desapercibida. Miré a algunos compañeros de clase pero estaban tan ebrios que no me reconocieron. Bueno, posiblemente ni sobrios me reconocerían.

No vi a TK ni a Matt, gracias a Dios. En la planta alta había una sala de cine. Yolei estaba acostada en un sillón, casi roncando.

— Hey —intenté moverla pero estaba muy pesada—. Amiga, despierta. Tengo que llevarte a tu casa.

— Mmm —apenas y abrió un ojo y volvió a acostarse aplastándome un brazo al caer.

— ¡Yolei!

— ¿Necesitas ayuda? —al girar vi a un muchacho de piel muy blanca, ojos castaños y cabello negro. Llevaba una cerveza en la mano y se veía bastante sobrio.

— Descuida. Sólo necesito que se despierte para llevarla a su casa.

— ¿Cómo te llamas? —preguntó él a cambio. Fruncí el ceño y sonreí.

— Emmm… Kari.

— Alex. Mucho gusto —nos saludamos de mano—. ¿Sabes? Tu amiga estuvo bebiendo mucho vodka y dudo que vaya a despertarse y si lo hace probablemente sea a vomitar.

— ¿Vodka! ¡Yolei nunca toma vodka! —exclamé sorprendida. No quería ni pensar en la cruda que le daría al día siguiente.

— Te perdiste la parte intensa de la fiesta con los shots —me mordí el labio sonriendo—. Yolei nos deleitó con un baile muy… sensual —abrí los ojos y me tapé la boca reprimiendo la risa.

— ¿Baile sensual? —Alex asintió dándole un trago a su cerveza.

— Voy por otra —dijo señalando su botella vacía.

— No, espera. ¿Qué más pasó? ¿Viste si… si estuvo con alguien?

— Acompáñame por otra y te cuento —miré a Yolei quien parecía que había tomado pastillas para dormir y no despertaría hasta dentro de un siglo, luego miré a Alex quien seguía esperándome y sin pensarlo lo seguí hasta la cocina—. ¿Quieres una? —preguntó al sacar cerveza el refrigerador, que en efecto estaba lleno de cerveza.

— Sí, por favor —abrió las botellas y me dio una. Ahí que había más luz pude verlo mejor. Era bastante atractivo, tenía las cejas pobladas las mejillas pecosas, pestañas largas, sus labios…

— ¿Kari? —sacudí la cabeza saliendo de mi ensimismamiento. Me había quedado mirándolo sin percatarme de que él me estaba hablando.

— Lo siento. ¿Decías? —Alex sonrió y con una seña de su mano me pidió que lo siguiera a la planta alta.

— Yolei estuvo bailando con un chico de cabello castaño pero no lo conozco. Siendo sincero no conozco a nadie aquí.

— ¿Ah no? ¿No vas a la preparatoria?

— ¿Preparatoria? Oh no. Hace mucho que pasé por esa etapa.

— Estás en la universidad —entramos a una recámara vacía. Dado que no había mucha decoración supuse que sería un cuarto de servicio o para huéspedes. Alex abrió el balcón y una brisa de aire fresco entró de golpe. El cielo estaba estrellado y oscuro. A lo lejos brillaba la luna menguante y a su lado resplandecía Venus. Se veía precioso.

— Sí. Se corrió el rumor de que habría una fiesta en casa de Matt y bueno, ya sabes cómo son las cosas, aunque no estés invitado vas y eso —asentí simplemente y le di un gran trago a la cerveza oscura—. ¿Y bien? ¿Cuéntame de ti? ¿A qué te dedicas?

— Pues… estoy por irme a UCLA. Quiero estudiar historia inglesa allá.

— ¿California? —inquirió sonriendo—. Qué interesante. ¿Cuándo te vas?

— En un mes, aproximadamente.

— Te vas a enamorar de la ciudad —sonreí. Incluso podía sentirme enamorada de tan solo pensarlo.

Pasamos un largo rato platicando de esto y aquello. Alex había nacido en New Jersey y se había mudado a Nueva York cuando tenía 4 años. Su madre murió de cáncer cuando él cumplió 11. Después su papá fue transferido a Chicago en donde estudió la preparatoria. No me había dicho dónde vivía actualmente aunque supuse que seguía ahí. Hacía tres meses que estaba en Odaiba debido a una estancia escolar en la universidad pero sólo estaría un par de meses más aquí.

Tenía dos hermanos mayores, una hermana y un hermano. Ambos casados y con hijos. Él era el más pequeño de su familia.

Tras cuatro cervezas más empecé a sentirme mareada aunque no quería que él lo notara y rogaba internamente que no se diera cuenta.

— ¿Y bien, Kari? No me has contado. ¿Tienes novio… novia? —me reí y negué con la cabeza.

— Oh no. Eso de las relaciones es bastante complicado.

— ¿Tan mal te ha ido en el amor? —me encogí de hombros simplemente y le di un trago a mi cerveza—. Es una pena siendo tú una chica tan guapa —suerte que el cuarto sólo estaba aluzado por la luna y no vio mis mejillas enrojecer. Sentí mucho calor emanando de mi cuerpo y lo único que hice fue sonreír. Estúpidamente.

Alex se acercó y tomó mi rostro entre sus manos. Me besó lentamente apretando sus labios contra los míos. Lo abracé por la cintura y correspondí a su beso sintiendo una necesidad de hacerlo. Él pegó su cuerpo contra el mío y pude sentirlo excitado, cosa que me gustó y me asustó al mismo tiempo. Nos besamos con más intensidad hasta que sus manos se deslizaron por debajo de mi blusa. Sabía lo que iba a suceder y no puse resistencia. Mis piernas temblaban pero Alex me gustaba mucho y eso era más fuerte que el miedo y los nervios.

Nos metimos a la recámara. Él se dejó caer encima de mí sobre la cama y mientras nos besábamos comenzamos a desvestirnos. Sentí un cosquilleo en la espalda cuando se deshizo de mi sostén y lo atraje hacia mí para besarlo mientras pegaba mi cuerpo al suyo. Sus dedos se deslizaron a mi entrepierna y pronto mi ropa interior fue a parar al piso. Por una fracción de segundos nos miramos a los ojos y sonreímos.

Me besó el cuello, besó mis senos, no hubo lugar de mi cuerpo que no fuera invado por él. A cambio acaricié su espalda, su cabello, mordí sus labios y en el momento en que nuestros cuerpos se unieron me arquee hacia atrás embriagada de placer y dolor. Él se movió lentamente mientras me besaba y a cada pulso me faltaba el aire. Gemía sin pensarlo, sin detenerlo. Apreté mis piernas a su cadera y entre el aumento del ritmo y sus labios en los míos, tuve un orgasmo.

Así fue como perdí la virginidad en casa de TK.


Ohhh Alex...