Las muy inmerecidas tribulaciones de Draco Malfoy
Capítulo 6 – ¡Ya estaba así cuando llegué!
Estallaron gritos desesperados y chillidos ensordecedores, muchos echaron a correr. Krum me soltó y se llevó una mano a la huella calva que a su paso le había dejado en la cabeza la bola de fuego. Alguien que pasó corriendo a mi lado me empujó y me hizo caer. ¡Y un instante después alguien me pasó por encima clavándome en un taco en la espalda! Alcancé a reconocer al atrevido desconsiderado antes de que desapareciera entre la multitud, era Blaise Zabini. Se había levantado la toga a la altura de la cintura para poder correr más rápido. No llevaba pantalones y el calzoncillo era un slip de brillante cuero naranja, con sendos tajos en el centro de cada nalga. ¡El muy maricón! ¡Y con zapatos de taco alto!
—¡Draco, agarrate de mi mano! —gritó Potter tendiéndomela. No llevaba los lentes puestos, probablemente los había perdido en medio del zarandeo generalizado. La situación no estaba como para ponerme a elegir, necesitaba ayuda. Le dirigí una dura mirada para advertirle que no iba tolerar ninguna trampa, pero acepté el ofrecimiento y se la aferré.
Entre los dos nos las apañamos para poder salir bastante rápido del Gran Salón. Potter fue abriéndose paso a los codazos y yo me ocupé de mantener a raya con hechizos a los que venían detrás. El de piernas flojas resultó un hechizo muy adecuado para tal fin.
Potter me arrastró a través del hall de entrada y terminamos unos segundos más tarde en el exterior. Yo me desplomé jadeante sobre la nieve. Potter estaba sentado a mi lado con la cabeza gacha casi tocando las piernas cruzadas. Me reacomodé un poco para estar más cómodo y fui de a poco recuperando el aliento. Me quedé observando a los otros que iban saliendo precipitadamente, pronto el sector de la entrada se pobló profusamente de alumnos y de algunos profesores también.
Se oyó un estruendo, el techo del Gran Salón explotó y las llamas se elevaron hacia el cielo. Varios chorros de agua se alzaron para apagarlas. En el aire helado de la noche algunas gotas se congelaban instantáneamente y caían sobre nosotros como fino granizo.
Una rápida mirada alrededor me permitió constatar que prácticamente todos habían logrado escapar. No dejaba de ser una lástima, hubiese sido una buena ocasión para sacarse de encima definitivamente a más de un alumno insoportable, nativo o extranjero, de los que abundaban en la escuela.
Los gritos se fueron acallando pero fueron reemplazados por gemidos muy enervantes y que me estaban despertando un dolor de cabeza. Alcancé a ver al Weasel abrazando y tratando de calmar con golpecitos en la espalda a una Granger bastante chamuscada. Lloraba como si estuviera muy trastornada, pero a mi se me hacía que estaba fingiendo… ella no es de las que se asustan…
Oí unos pasos que se acercaban y giré la cabeza para ver de quiénes se trataba… ¡Oh lo que me faltaba! ¡Los mellizos Weasley!
—Cumpas, ¡eso estuvo genial! —dijo uno de ellos, no sé cuál de los dos, nunca he podido distinguirlos. ¡Tendrían que haberlos marcado a fuego al nacer para ahorrarnos a todos el fastidio de no saber quién es quién!
—No puedo creer que hayan podido lograrlo. —dijo el otro.
—¡Una sincronía admirable!
—¡Qué destreza para combinar los dos encantamientos con tan buen resultado! ¡Brillante! ¡Simplemente brillante!
—Supera por lejos a nuestra iniciativa de cargar al ponche con alcohol hasta alcanzar los veinte grados.
—¡Pero cuando esa guirnalda encendida alcanzó la superficie fue glorioso! ¡Todo un géiser de fuego!
Potter soltó una breve risa. —Me alegra que ustedes lo hayan… er… disfrutado. Sólo espero que nadie haya resultado herido.
—Por supuesto que no, no era ese tipo de fuego… muy buena movida ésa también. Afectó la ropa pero no la piel. ¡Y cómo quedó el techo! ¡Magnífico! Creo no ya no va a ser nunca como antes.
Los miré frunciendo el ceño. Así que mi fuego había sido impotente… ¡qué frustración! Iba a tener que ponerme a practicar mucho para que fuera más efectivo la próxima vez.
—Vayamos a ver a las chicas. Algunas perdieron buena parte del atuendo, ¡debe de ser digno de verse! —dijo uno de ellos y los dos partieron corriendo.
El bullicio alrededor seguía martillándome los oídos, cerré los ojos durante un momento y traté de concentrarme en la suave brisa, era muy fría pero en cierto modo tonificante y los sonidos parecieron atenuarse.
—Me gusta tu pelo de esa forma. —susurró la voz ronca de Potter en mi oreja.
Me llevé automáticamente una mano a la cabeza, sentí las hebras sueltas. ¡El gel no duraba nada y el encantamiento que había usado para reforzarlo debía de haberse desvanecido en la barahúnda de minutos antes! Pensé si correspondía que respondiera insultando los cabellos de Potter… pero me sentía tan cansado… exhausto…
Una idea se me cruzó de repente. —Vos conocés a mi padre, Potter… con el pelo así, ¿me parezco más a él? —me oí preguntar.
—¡No! En realidad creo que es al contrario… te hace parecer más distinto… y te queda muy bien.
Lo miré fijo durante un largo instante, escrutándolo, tratando de discernir si sus palabras disimulaban segundas intenciones. Hasta ese momento nunca antes había notado las largas pestañas oscuras… le otorgaban mayor profundidad a la mirada y mayor brillo al verde intenso de los ojos, lucían tan…
—Vos también te ves mejor sin los anteojos.
¡¿Cómo?! ¡¿Por qué había dicho eso?! Bueno, por lo menos había sonado bastante brusco.
—Gracias, Draco. —respondió él con voz muy suave.
—Pero yo no quise decir que te ves bien… —me apresuré a aclarar— …sólo un poco mejor que otras veces.
Él se limitó a sonreír.
—¡Harry! ¿Puedo sacarte una foto, por favor? ¡El comentario en todas las bocas es que vos y Draco llevaron a cabo la broma del año!
El perpetrador de la grosera interrupción era el blondo acosador que seguía a Potter a todos lados. Otro de los tantos del numeroso club de fans de El Niño Que Sobrevivió, Colin Creevey.
—Colin… er… pero ¿cómo es posible que estés acá si vos ni siquiera estabas en el baile?
—Ah… pero la noticia de lo ocurrido corrió como un reguero por los dormitorios y todos queríamos ver lo que había pasado. Y ahora, por favor, sonrían los dos. —dijo al tiempo que levantaba la cámara.
El flash relampagueó.
—¡Rajá de acá ya mismo! —rugí enfadado. El resplandor momentáneo seguía hiriéndome las retinas y me hacía pestañear furiosamente.
—Pero… a ustedes se los considera el equipo perfecto y es una imagen tan bonita verlos así, tomados de la mano como verdaderos amigos. Sólo otra foto más, Harry. Te prometo que no la voy a vender ni voy a sacarle ningún tipo de provecho. La quiero para colgarla en la pared encima de mi cama… con las otras. —rogó el mocoso insoportable con voz plañidera mirando a Potter como ojos de perrito castigado.
Revoleé los ojos con exasperación. El que hubiese accidentalmente ayudado a Potter a destruir a Ya Sabés Quién ¡no nos trasformaba en un equipo! Y ya podía imaginarme a Creevey en su dormitorio, con la pared cubierta de fotos de Potter semidesnudo.
¡Un momento…! ¿Había dicho tomados de la mano?
Bajé la vista y vi mi mano encima de la de Potter. Teníamos los dedos entrelazados y mi mano se sentía cálida y confortable protegida del frío de la nieve. ¿Seguíamos tomados de la mano? ¿Y por qué no nos habíamos soltado cuando nos habíamos sentado? ¿Y el tarado este había sacado una foto de Potter y de mí, sentados en el suelo y DE LA MANO?
El flash volvió a relampaguear.
—¡Estupendo! Ésta fue incluso mejor que la otra, los dos con la vista baja fija en las manos unidas. Draco, te molestaría demasiado no arrugar el ceño al menos para alguna… —chilló con su voz estridente. ¡El muy descarado!
Saqué la varita y lo apunté. —¡Quiero ese rollo ya mismo!
Creevey gritó y huyó despavorido. Y yo no pude lanzarle una maldición porque Potter me agarró el brazo y me lo desvió. —Draco, estamos rodeados de profesores. —susurró.
Y era cierto. Madame Pomfrey estaba a pocos metros tratando de calmar a un grupo de chicas que al parecer estaban indemnes pero histéricas. El profesor Snape tampoco se hallaba lejos, estaba de pie gritándoles ásperamente a un grupo de séptimo que querían volver al Gran Salón.
Tuve que admitir que un ataque hubiese sido muy poco sensato y bajé la varita. Ya me ocuparía en otro momento de la entrometida cámara ambulante, pero meditaría y planearía bien la venganza antes.
—¡Señor Malfoy, Señor Potter!
Fruncí con disgusto la nariz cuando la voz hosca hirió mis oídos. ¿Cuántas interrupciones no deseadas más íbamos a tener que soportar esa noche? La profesora McGonagall venía derecho a nosotros con la toga flotándole por detrás. El rodete se le había desatado y con los cabellos medio sueltos y despeinados se veía pésima. Hice un esfuerzo para contener una risita.
—¿Sí, profesora? —respondió Potter poniéndose de pie. Yo hice otro tanto, pero gruñendo con fastidio. La nieve me había mojado la toga y sentía la espalda y los muslos helados.
—¡Nunca en todos mis años como profesora había visto tamaña y desvergonzada falta de respeto a nuestras más sacras reglas! La única razón que los salva de la expulsión sumaria e inmediata es que el fuego había sido ajustado para no causarles daño físico a las personas. Si le hubiesen dañado siquiera un pelo a alguno, muy otra sería la historia y no tendría otra alternativa.
¡Ja! Es obvio que no vio como le quedó la cabeza a Krum.
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—Vea Ud., nunca fue mi intención incendiar el Gran Salón. ¡Estaba tratando de defenderme de un ataque físico! —bramé repitiendo por quinta vez lo mismo. Habían pasado ya dos horas y estábamos sentados en las muy duras sillas en la oficina de McGonagall.
—Sí, eso es lo que Ud. dice. Pero en su declaración, el señor Krum afirmó que no lo estaba atacando. Él aduce que estaban bailando juntos. Y de Ud., señor Potter, nunca me hubiese esperado algo así, ¿cómo es posible que haya accedido a mezclarse en una maniobra tan perversa? —dijo la profesora mirando admonitoria a Potter por encima del marco de sus anteojos.
En ocasiones como ésa me recordaba un poco a Granger, particularmente en ese instante en que miraba con manifiesto reproche a un Potter caído en desgracia.
Exasperado, revoleé los ojos y solté un bufido. Por supuesto que para ella de un Slytherin como yo podía esperarse cualquier cosa… ¡pero no de San Potter! ¡Porque Potter era perfecto e incapaz de ninguna mala acción! ¡Malditos Gryffindors prejuiciosos! ¡Y después hablan de los Slytherins!
—Perdón… actué precipitadamente… yo sólo quería que Krum soltara a Draco y lo dejara tranquilo. —murmuró.
—¿En serio? —pregunté sorprendido volviéndome hacia él. No lo había mencionado hasta ese momento. Yo había interrumpido varias veces la retahíla de recriminaciones de la profesora pero Potter no había pronunciado palabra alguna.
—Usé ese encantamiento para sacárselo de las manos… porque lo estaba…
Potter no pudo completar la idea. La voz se le había atascado, las mejillas se le habían coloreado y se estaba removiendo incómodo en su silla.
—Krum se estaba comportando como un completo y acabado imbécil. —intervine yo mirando a McGonagall con una desafiante ceja en alto. Era un gesto para enrostrale lo equivocadamente que estaba manejando la situación… incluso Potter me estaba apoyando. Oí un carraspeo y giré la cabeza hacia Potter una vez más.
Me estaba mirando a través de unas largas mechas del negro flequillo. —Mi intención fue defenderte… pero quizá a vos te gustaba…
—¡Pero qué disparate estás diciendo! —reaccioné enojado— ¿Acaso estás más estúpido que lo habitual, Potter?
—Perdón… es que no estaba del todo seguro… y en ese momento no estaba pensando con claridad…
—Permitime aclararte que siempre que bailo soy yo el que lleva… y hay una verdadera danza, no las vueltas incoordinadas desprovistas de ritmo y elegancia de ese bestia. Y aunque parezca increíble creo que fue todo una excusa para poder toquetearme. —dije con un estremecimiento.
—Me di cuenta. —dijo Potter con una voz oscura que repentinamente había descendido una octava.
—De poco le sirvió porque yo no llevaba nada de dinero encima. Y el rodillazo que le propiné en los… er… el bajo vientre… sirvió para demostrarle que yo no estaba dispuesto a aguantar abuso ninguno. —agregué muy seguro y controlado. Sabía que mi compostura se reflejaba claramente en mi semblante a pesar de que una mecha rubia rebelde se me había escapado y me cubría parcialmente un ojo.
—Señor Malfoy, ¿está Ud. admitiendo que atacó deliberadamente al señor Krum? —contraatacó la profesora y sin darme oportunidad a que contestara pasó a perorar interrumpidamente reprobándome por mi supuesto comportamiento violento. Con alguien tan obcecado y ofuscado es imposible siquiera intentar hacerle entender razones. Me entraron ganas de darme de cabezazos contra la dura superficie del escritorio.
Nos quitaron una carrada de puntos a cada uno y nos impusieron penitencias. Pero no hubo suspensión ni mucho menos expulsión como habría deseado la profesora… después de todo Potter era el preferido de Dumbledore y el director nunca habría accedido a que lo echaran. Lo único positivo fue que la penitencia íbamos a tener que cumplirla con Snape.
Y para mí ni siquiera se puede decir que haya sido una penitencia. Para Potter fue distinto, Snape lo puso a sacarles el polvo a cada uno de los estantes y a todos los frascos de pociones. Pero antes lo hizo desnudar hasta que quedó en ropa interior, camiseta celeste y calzoncillos azules… no es que yo hay mirado demasiado pero no pude dejar de notarlo. La medida, según explicitó el profesor, era para protegerle la ropa. Yo creo que lo hizo para humillarlo, porque a Potter esas cosas lo avergüenzan… yo en cambio no habría tenido problemas, soy consciente de que tengo un cuerpo bellísimo y no habría tenido ningún reparo en mostrarlo.
A mí, Snape me puso a hacer la tarea. En eso estuve ocupado todo el tiempo, o casi… de tanto le dirigía alguna que otra mirada a Potter que limpiaba… en un momento él notó que lo estaba mirando y se ruborizó hasta la raíz de los cabellos.
Al día siguiente nos enteramos de que el techo del Gran Salón probablemente nunca volvería a ser el mismo. El fuego había alterado irreversiblemente su magia. En lugar de mostrar el cielo exterior ahora parecía haberse creado una conexión directa con la ventana de la cabaña de Hagrid, el guardabosque gigantón. Por fortuna, Hagrid se enteró pronto de lo que había ocurrido y puso una horrorosa cortina dorada para bloquear la visual, era más que entendible, no es agradable que a uno lo estén observando todo el día.
El recurso daba resultado durante el día, pero durante la noche… Corrían rumores de que algunos que se habían colado furtivamente en el Gran Salón después del toque de queda habían podido ver a Hagrid dispensándole atenciones a su nueva mascota, una especie de gran calamar que tenía en un inmenso fuentón debajo de la mesada de la cocina. A mi en una oportunidad me tocó ver algo horrible … sin propósito ninguno alcé la vista durante un momento una noche durante la cena, una ráfaga levantó por un par de segundos la cortina dorada… justo cuando Hagrid se estaba desnudando para tomar un baño… la palabra hirsuto ni siquiera alcanza para empezar a describirlo.
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