VIII
Tres años después…
Corrí tan aprisa que sentía que las piernas se me iban a desprender de la cadera. Llevaba horas así sin detenerme y lo único en lo que concentré a mi mente era en el movimiento de todas las articulaciones y músculos que formaban mi pierna izquierda y derecha. A mi lado seguía sintiendo la presencia de Mandy y su respiración cortada pero me sentía incapaz de voltear a verla pues detenernos implicaba una sola cosa de la que llevábamos semanas huyendo: la muerte.
Alrededor todo era pastizal seco. Éramos las únicas transeúntes por la vialidad US-101 S. Sabía que estábamos cerca del Kern National Wildfire Refuge en cuyo lugar albergaba la esperanza de encontrar un escondite para descansar apropiadamente y quizás comer algo.
Ahora que lo pensaba, no recordaba la última vez que había probado bocado. Posiblemente había sido al día anterior en el almuerzo y por eso me sentía tan débil. La verdad es que la preocupación de salvar mi pellejo y el de Mandy era todo lo que ocupaba mis pensamientos y mi mente se había desconectado del sistema ignorando por completo las exigencias básicas de mi cuerpo.
Para nuestra buena suerte, una vez que entramos al refugio vimos a lo lejos una caseta redonda similar al Observatorio que se halla al iniciar el Hollywood sign hike. Eran las oficinas centrales pero no había gente ahí. El lugar estaba sucio, el piso mojado, ventanales quebrados y un sinfín de hierbas y animalejos por doquier; Mandy pegó un grito al ver colgando frente a ella una araña negra y patona gigantesca. Le indiqué que la rodeara y ambas nos encaminamos a otro cuarto que por la fachada parecía haber sido un comedor. Había una barra metálica llena de restos de comida y platos quebrados. Mesas redondas, algunas aún intactas, otras dañadas, sillas regadas… y luego la vi, apareció frente a mí siendo iluminada por un rayo de sol: una máquina de refrescos.
Tomé un tubo de fierro y con toda la fuerza que tenía en los brazos golpee fuerte la parte de abajo hasta quebrar algo y decenas de latas de Coca Cola y botellas de agua cayeron frente a nosotras. Mi compañera ni tarda ni perezosa abrió una botella de agua bebiéndola como si fuera oxígeno.
— Gracias, Kari —dijo cuando se detuvo para tomar aire. Le escurría agua por la comisura de los labios y se había mojado su suéter rosa pastel. Yo sonreí simplemente y seguí bebiendo de mi agua.
Una vez que recuperamos algo de condición tomé una bolsa de plástico y guardé botellas de agua, refresco y panecillos que aún estaban en buen estado. Seguimos inspeccionando el lugar que gracias al cielo estaba solo. Le pedí a Mandy que fuéramos a un cuarto que era el que permanecía menos deteriorado. Había un panel con muchos controles y pantallas. Una sala esquinada de terciopelo morado y un baño. Gracias a Dios había un baño. Una vez dentro nos encerramos poniéndole seguro a la puerta. Debajo del fregadero del baño había una caja de herramientas que entre tantas chucherías hallamos una linterna con baterías. Tras haber cubierto nuestras necesidades fisiológicas nos recostamos en el sofá quedándonos profundamente dormidas.
— Kari…
— ¿Si?
— ¿Qué pasa si nos encuentran?
— No nos hallarán aquí, Mandy. Hace mucho que dejaron de seguirnos.
— Sí, pero, es una suposición —solté un fuerte suspiro y dejé la sopa instantánea a un lado mío. Pasaban de las 11:00am y acabábamos de levantarnos después de casi 14 horas durmiendo. Tenía una ligera torcedura de cuello y me dolía la espalda pero pese a eso mi cuerpo se sentía descansado.
— Descuida, bonita, si nos encuentran ya nos las arreglaremos para salir de esa, ¿de acuerdo? —la jovencita de ojos verdes asintió y siguió comiendo su sopa de pollo.
Haber encontrado a Mandy en aquél hospital sin duda alguna había sido un regalo del cielo. La ojiverde de tan solo dieciséis años de edad me había sorprendido por su valentía y madurez. Pese a que su rostro aún conservaba algunas facciones infantiles, su lacia cabellera rubia y sus mejillas cubiertas de pecas no la hacían parecer que tenía más de 13 años, la chica se comportaba como todo un adulto.
Originaria de Tennessee, la joven apenas llevaba un par de meses en Los Angeles intentando probar suerte en su carrera musical. Tenía una voz preciosa y un don para tocar la guitarra. A diario me agradecía por haberla rescatado pero en realidad era yo quien se sentía agradecida pues de cierta forma encontrarla y sentir que yo representaba su protección me daba la fuerza y el ánimo para no rendirme y encontrar un lugar en éste jodido y vacío mundo del que no se sabría si volvería a ser lo mismo que un día se conoció.
De pronto una ola de recuerdos golpeó las orillas de mi mente y me vi perdida en la imagen de Alex. Mi cuerpo reaccionó y sentí un cosquilleo interno al recordar sus besos, sus caricias… aún me costaba creer que nos hubiéramos separado y aunque sabía que era una trivialidad anhelaba con el alma entera poder volver a verlo. Lo extrañaba horrores y lo peor era no poder acallar las súplicas que parte de mi cuerpo gritaba que necesitaba.
— ¿Kari?
— ¿Eh? Perdón, ¿qué decías? —Mandy sonrió.
— ¿Pensando en Alex otra vez? —sentí mis mejillas arder y bajé el rostro—. ¡Ay, Kari…!
— Descuida, no es nada —en ese momento el sonido de una sirena surgió a lo lejos seguido por el aleteo de un helicóptero. Mandy y yo nos miramos con la misma expresión de horror reflejado en el rostro y nos dirigimos a la entrada. Desde un ventanal que daba hacia la carretera se podía ver un desfile de patrullas y tanques militares viniendo a nuestra dirección.
— ¡Mierda! —exclamó ella y como instinto me tomó de la mano y me arrastró al cuarto de regreso—. ¿Qué vamos a hacer?
— Piensa, Hikari, piensa… —decía en voz alta mientras el sonido de las patrullas en marcha se aguzaba en mis oídos bloqueando cualquier idea que se me pudiera ocurrir.
Entonces Mandy señaló el ducto de aire acondicionado. Había una segunda planta que no habíamos explorado y posiblemente podríamos escondernos en algún cuarto de allí o simplemente salir al techo, bajar por la escalera de emergencia y correr entre la llanura hasta lograr ocultarnos en los pastizales. De todas maneras no veía otra opción mejor.
Decidí ir yo primero para asegurarme de que el camino no estuviera obstruido por algún cadáver que posiblemente había pensado lo mismo que nosotras. Llevé la linterna conmigo aunque era algo molesto arrastrarme por el frío y estrecho tubo de acero que sólo estaba cubierto de polvo y telarañas. Escuchaba la respiración agitada de Mandy tras de mí y enseguida algo que nos dejó petrificadas:
— Soldados, inspeccionen el área. Cualquier civil debe ser reclutado. Conocen las órdenes. ¡Muévanse ahora! —ya estaban aquí. Ligeramente Mandy sacudió mi pierna y seguí avanzando, procurando no hacer mucho ruido al moverme.
— Tranquila, saldremos de aquí —le animé intentando sonar convincente.
Finalmente llegamos a un ducto sin salidas laterales. En la parte superior estaban unas escaleras oxidadas y finalmente una puerta de madera, o eso parecía, que daba al techo del edificio. Sin más, comencé a subir seguida de la rubia. Empujé la puerta de madera que soltó un montón de polvo al abrirse y cerré los ojos al quedar encandilada por la luz del sol. Al salir el viento revoloteó mi cabello y vi que los helicópteros seguían volando a lo lejos de esa zona. Tomé la mano de Mandy y le ayudé a salir.
— ¿Ahora qué? —inquirió ella mientras veíamos tres tanques militares estacionados a la entrada del lugar.
— Busca unas escaleras. Algo para poder bajar.
— ¡Allá! —ambas volteamos al escuchar la estruendosa voz masculina de un hombre de tez bronceada que apuntaba a nosotras.
— ¡Mierda! —grité sintiendo una ola de pánico descargarse en mí.
— Tenemos que brincar —dijo Mandy.
— ¿Estás loca?
— Seguro nos fracturamos algo al caer.
— ¡Es la única salida, Kari! —desesperada vi al menos una decena de hombres entrar al lugar, todos con sus armas largas en mano. Voltee hacia abajo. Fácilmente eran unos 4 metros si no es que más. Jamás había sido buena para la educación física y definitivamente no era fanática de los juegos extremos. Sólo que esto no era un juego, era la vida real, y la vida real me estaba exigiendo hacer aquello que jamás creí que tuviera que hacer.
— Muy bien. A la cuenta de tres. Saltaré yo primero y tú… tú caes sobre mí, ¿de acuerdo? —Mandy asintió y la abracé dándole un beso en la cabeza. Si había de morir, al menos quería sentir por última vez un abrazo—. Aquí voy. Una… dos… tres —la caída apenas y duró unos tres segundos. Al golpear contra el suelo mi pierna derecha tronó y enseguida se desprendió un dolor intenso por mis venas. Mi hombro derecho amortiguó el golpe que pude haberme dado en el cráneo con una piedra. Todo me daba vueltas y sentía tanto vértigo y tanto miedo que se me dificultó un poco entrar en razón y ponerme de pie hasta que el sonido de un disparo me heló la sangre: le habían disparado a Mandy.
Bonita semana, gente linda!
