Las muy inmerecidas tribulaciones de Draco Malfoy
Capítulo 7 – Librescas peripecias en la biblioteca
Los meses parecían haber pasado como una exhalación y ya teníamos los exámenes finales encima. Aunque ya no tenía que preocuparme por Padre, igual había encarado el habitual ritual de todos los años: preparar cuidadosamente todas y cada una de las materias. Eso explica por qué me hallaba en esa oportunidad en la biblioteca contemplando la serie de estantes que se alzaban como una torre delante de mí. Estaba decidido a superar a Granger… al menos en Pociones. Era algo que me merecía después de haber tenido que soportar un largo año horrible como el que estaba por concluir.
Perdido en esos reconfortantes pensamientos de una sangresucia derrotada y en llanto desgarrado por mi causa, experimenté un breve y mínimo respingo cuando noté que un alumno había aparecido en uno de los extremos del sector. Estaba de pie a un par de metros de donde me hallaba. Era un Slytherin de primero, Malcolm Baddock. Revisé rápidamente mis archivos mentales para ubicarlo mejor. Era del tipo estudioso y callado… bueno, ese año todos los Slytherin eran callados conmigo. Tenía los cabellos castaños un poco más largos de lo apropiado pero vestía prolijamente y la toga estaba bien planchada.
Humm… su presencia me proveía de interesantes posibilidades.
—Hola, pequeño. —saludé.
Se volvió algo sobresaltado y me miró con los ojos muy abiertos. Traté de sonreírle con dulzura pero no sé si me salió bien… a mí se me dan mucho mejor las medias sonrisas condescendientes.
—¿Te gustaría una golosina? —le propuse palpándome sugestivamente un bolsillo al tiempo que le guiñaba. Arrugó la frente.
—Vos sos el traidor a la sangre. Se supone que no te dirija la palabra.
¿Traidor a la sangre? Así que ése era el apelativo que habían elegido. ¡Cuán deplorablemente predecible! ¡Y errado! Yo soy un celoso defensor de la superioridad de los sangrepura, siempre lo he sido. Y debe recordarse que el haber ayudado a Potter había sido un accidente. ¡Un accidente! No pude contener un gruñido. Malcolm retrocedió preventivamente un paso.
Adopté inmediatamente una expresión menos dura.
—Bueno, no es culpa tuya que ellos estén equivocados. No me cabe duda de que vos sos mucho más inteligente… ¿no es así, Malcolm? —dije sonriendo e irradiando encanto como ondas de calor en el desierto. Él me devolvió una tímida sonrisa.
—Pero igual yo no debería hablarte… —susurró con tono furtivo— ¡Podrían decidir ignorarme a mí también!
—Yo no pienso decírselo a nadie… y si vos tampoco decís nada… —dije ampliando con picardía la sonrisa. Pero fue entonces que un grupo de chicos de primero pasó charlando por el extremo de la línea de estanterías. Malcolm se llevó una mano a la boca conteniendo una exclamación. Asustado, pegó media vuelta y escapó corriendo.
¡Mierda! ¡¿Y cómo iba a poder alcanzar los estantes altos ahora que mi potencial taburete había huido?! Saqué una rana de chocolate del bolsillo y le mordí una de las patas móviles. Saboreando la dulzura que se derretía agradablemente en mi boca, saqué la varita y levité un libro de los estantes bajos. Detesto tener que hacer las cosas por mi cuenta y detesto particularmente tener que usar levitación… admito que ese tipo específico de encantamiento no me sale del todo bien. Lamentablemente el trabajo de esclavos al que había sabido sacarle provecho en otras épocas, últimamente se había vuelto muy elusivo.
Me paré con cierto recelo encima del libro que flotaba inestable en el aire y finalmente pude alcanzar mi objetivo. Pociones de Oriente. Lo retiré del estante y quedé enfrentado con un ojo parpadeante que estaba del otro lado.
Un ojo sombrío, maligno, sin cuerpo.
Grité.
Y me caí hacia atrás. Terminé chocando contra la estantería que tenía a mis espaldas.
—¿Rubiecito? ¿Sos vos? —me llegó la voz algo amortiguada desde el sector contiguo.
¡Maldición! ¡Prefería un maligno ojo sin cuerpo! Pero la voz había sonado como la de uno de esos búlgaros bestias. Y si su ojo estaba a la altura del sexto estante debía de tratarse del muy alto y narigón que me tiraba besitos y al que tanto le gustaba toquetearme.
¡Tenía que esconderme!
Sin incorporarme fui deslizándome con el mayor sigilo hasta el extremo. Con mucho cuidado me asomé apenas para atisbar el sector vecino. No me había equivocado, se trataba del búlgaro que yo pensaba. Se dirigía hacia el otro extremo, seguramente iba a constatar que era yo el que estaba del otro lado. Apenas dobló, partí corriendo hacia el sector de las mesas de estudio.
Definitivamente ése no era mi día de suerte. En una de las mesas estaba sentado un cierto Gryffindor de cabellos oscuros. Y a juzgar por los ojos verdes que se habían iluminado repentinamente y la amplia sonrisa de bienvenida que me dirigió, ya me había visto. ¡Mierda! No podía escapar… podía llegar a pensar que le tenía miedo… ¡y yo no soy cobarde! Que estuviera huyendo de un acosador de Durmstrang no quiere decir que estuviera asustado… era una sagaz retirada estratégica propia de un astuto Slytherin como yo.
—¡Potter! —dije con tono de advertencia.
—¿Querés unírteme? —propuso sin dejar de sonreír— Estoy estudiando Defensa.
Miré con precaución alrededor, el búlgaro no estaba a la vista pero podría aparecer en cualquier momento. Decidí que me convenía aceptar el ofrecimiento y fui a sentármele al lado.
—Pero quiero que te quede claro que no me estoy sentando con vos, sino en la silla que está a tu lado. —le aclaré.
—Entiendo. Igual la compañía me pone muy contento. —dijo y volvió a concentrarse en su libro.
Yo me removía algo incómodo en el asiento. Estaba considerando la posibilidad de ganar cuanto antes la salida… pero existía el riesgo de que el búlgaro me interceptara…
—¿Está todo bien? —me preguntó Potter un momento después. Aparentemente había notado mis movimientos nerviosos. Por supuesto que no se debían al miedo, si estaba inquieto era porque estaba alerta y preparado para una eventual pelea… ¡se trataba de adrenalina, no de miedo!
—Por supuesto que todo está perfecto, Potter. —dije con desdén. Pero un segundo después me oí suspirar. —No… no sé… uno de esos malditos búlgaros esta acosándome otra vez… el alto de la nariz grande…
—Me juego a que se trata de Kristoff…
—¿Y cómo es que sabés cómo se llama? Para mí son entidades insignificantes que no merecen ni el mínimo de atención.
Se produjo un instante de silencio que Potter interrumpió con un carraspeo.
—Bueno… según se comenta… parece que está cautivado por vos… Creo que él y Krum han hecho… eh… una apuesta. —dijo Potter hablando con precaución como eligiendo cada una de las palabras.
—¿Una apuesta? —repetí con desconcierto— ¿Ésa es la razón por la que me ha estado fastidiando?
—Errr… en realidad… no es que quiera fastidiarte… tiene otro interés…
—¿Ah sí? —dije alzando una ceja condescendiente— No sé de que interés puede tratarse… mal puede conseguir nada haciéndome visajes ridículos y diciéndome cosas estúpidas sin ningún sentido.
—Es que… vos le caés bien y él quiere ganarse tu atención. —murmuró Potter.
—Ésa es la manera más idiota de comportamiento si uno quiere ganarse un amigo, Potter.
—Draco, él no quiere ser tu amigo… vos le gustás.
—¡No digas disparates!
Potter inclinó la cabeza y me susurró al oído. —Vos le gustás… le gustás… ya sabés… como Cho y Cedric.
—Pero… ellos están saliendo. —repliqué confundido. Tenía la cara muy próxima y la luz proyectaba sombras sutiles bajo sus pómulos. No lo había notado hasta ese momento pero Potter tiene una agradable estructura ósea. Si no se escondiera siempre detrás de esos horribles anteojos hasta habría podido considerárselo atractivo.
Potter se limitó a asentir y yo me tomé un momento para reflexionar y procesar la nueva información. Abrí grandes los ojos al comprender. ¿¡Y ese idiota se permitía el atrevimiento de pensar que tenía la más remota posibilidad de salir conmigo!? ¡Qué insultante!
—¿Eso te ofende? —preguntó Potter temeroso.
—¡Bah! —bufé displicente. —No se trata de eso… yo no soy un mojigato prejuicioso que se maneje como los Gryffindor por preconceptos de los muggles. Pero esos dos tendrían que hacerse ver de la cabeza si ésa es la razón por la que siempre tratan de toquetearme.
Todavía no estaba seguro de que lo que me había dicho fuera cierto… pero tenía que admitir que tenía cierta lógica.
—No es que trate de defenderlos, pero lo cierto es que resulta muy difícil acercarse a vos para poder hablarte. Vos tratás a casi todos como si fueran insectos…
—¡Es que casi todos son insectos! —respondí vehemente y con los ojos le dije sin palabras que la presente compañía estaba definitivamente incluida en esa categoría.
—Bueno… quizá es por eso que ellos han estado actuando así. —dijo suspirando e inclinó la cabeza, la mirada clavada en sus manos.
—Tienen una forma de razonar muy retorcida según tu teoría, Potter. —dije pronunciando su apellido con la aspereza habitual, no quería que pensara que actuaba demasiado amistoso. —¡Y maldito infierno! Con la forma en que me vapuleaban estuve a punto varias veces de sufrir lesiones severas. ¡Degenerados!
—Me hace desear poder hacer algo para mandarlos de regreso a Bulgaria.
Lo miré a los ojos y pestañeé un par de veces. Acababa de notar que estábamos sentados tan próximos que nuestros muslos se tocaban. Hacía mucho tiempo que no hablaba así con nadie… como se habla con un amigo… y lo cierto era que no quería separarme. Por un segundo sentí como un dolor en el pecho… una extraña mezcla de soledad y de ansiedad… y de nostalgia. No podía ser posible que yo extrañara tanto tener un amigo… ¿o sí? ¿Cómo podía ser que hablar con un perdedor como Potter pudiera tornarme nostálgico?
—¿Y qué te parecería hacerlos desaparicionar a algún lugar remoto, a alguna islita helada? —propuse con frívola ligereza para disimular mi confusión. Mi voz sonó lo suficientemente desdeñosa, muy en consonancia con mi habitual forma de ser.
—Dicen que eso no es posible. ¿Acaso no leíste Hogwarts, una historia? —replicó en tono de chanza.
—¡Ni falta que hace! Granger se lo sabe de memoria y vive citándolo en voz alta a diario y dondequiera que uno esté. —dije acompañando mis palabras con un gesto displicente de la mano. Potter soltó una breve carcajada.
—¡Hola! ¿Cómo les va a mis dos chicos preferidos?
Finnigan se había aproximado por detrás y había interpuesto su cabezota entre las nuestras. Y pasó un pesado brazo por encima de mis hombros, con el otro hizo otro tanto pero sobre los de Potter.
—¡Finnigan sacá ya ese brazo o las cosas se van a poner muy dolorosas para vos! —amenacé con voz helada al tiempo que me sacudía para que me soltara. Con un impecable movimiento reflejo, Potter le propinó un certero codazo. Admirable. ¡Ésa era la razón por la que resultaba tan difícil ganarle al quidditch!
—¡Ay, Harry! —se quejó retorciendo y frotándose el estómago. Desgraciadamente eso lo hizo concentrar sus groseras atenciones en mi persona. Y me abrazó con todas sus fuerzas como un chico de cinco años abraza a su osito predilecto. Yo traté de darle un codazo, tal como había hecho Potter, pero erré y me golpeé dolorosamente contra la dura madera de la silla.
—¡Ay! —gemí.
—Seamus… —dijo Potter con voz grave mientras yo me frotaba el codo lastimado.
—¿Sí, macho?
—Tenía la esperanza de que el sarpullido de la última vez te serviría de advertencia…
—¡Ni me hables de ese sarpullido! ¡Me ardió como un infierno durante una semana! Aprendí la lección, no volví a importunarte en el baño…
—No era ésa la lección que tenías que aprender, Seamus. ¡Pará con eso!
—¡Pero es que él es tan tierno! ¡Como un juguetito! —se extasió el irlandés despeinándome los cabellos, el flequillo me cayó sobre los ojos. Era algo que ocurría con frecuencia los últimos días, porque había dejado de usar gel. Pero por supuesto no había sido algo que hubiera decidido por lo que me había dicho Potter… simplemente se me había ocurrido de pronto que me vendría bien un cambio… ¡Un momento! ¿¡El tarado que me zamarreaba acababa de referirse a mí como un juguetito!?
—¡De ningún modo puedo permitirlo! ¡Es un insulto que mi rutilante atractivo se compare con algo tan nimio como un juguete! —le espeté. Pero mi indignada protesta quedó amortiguada por la manga del brazo que me tenía fuertemente aferrado. ¡Y peor! Una de las manos comenzaba a deslizarse sobándome el pecho. ¡Ah no, eso era demasiado! Agaché la cabeza y le mordí con saña el pulgar.
—¡Ay! Sí que sos arisco… Krum no se equivocaba. —dijo Finnigan con una corta risa. Aparentemente mi agresión no había surtido ningún efecto porque seguía manoseándome el pecho. ¡Por todos los demonios, ¿nadie en esta maldita escuela reaccionaba normalmente al dolor?! Traté de alcanzar la varita que tenía en el bolsillo pero mis movimientos estaban muy limitados.
—¡Seamus! —aulló Potter con voz peligrosamente grave— ¿Acaso va a ser preciso que repita la lección? —agregó con tono no menos intimidante y haciendo ademán de ponerse de pie.
—¡Está bien! —capituló el insoportable irlandés, si bien con una sonrisa de oreja a oreja. Sin embargo la amenaza había sido efectiva porque finalmente me soltó. —Está bien… —repitió. —Pero… ¿me permiten que me les una? Sentarse a… eh… estudiar… con los dos chicos más atractivos de toda la escuela se me antoja una muy buena perspectiva.
—¡No! —le gritamos en respuesta Potter y yo al unísono.
—Oh, bueno… sé darme cuenta cuando no me quieren cerca. Creo que mejor me voy a estudiar con Dean… que no le ha sacado los ojos de encima a Ginny desde que se sentó. Está muy alterado desde que se enteró de que ella se ha estado viendo con Creevey estos últimos días. Cualquier cosa que necesiten, no vacilen en llamarme, chicos.
Y Finnigan partió hacia la mesa donde estaba sentado Dean Thomas.
—¡Puaj! —proferí repugnado sacando la lengua en dirección a la espalda de Finnigan que se alejaba. —¡He tenido el dedo de un Gryffindor en la boca! Mi pureza ha quedado irreversiblemente mancillada.
Potter me miró pestañeando durante unos segundos y luego se echó a reír. —Seamus está experimentando ciertos problemas debido a la pubertad.
—¡No le busques excusa y reconocé la incontestable verdad: todos tus compañeros de Casa son un hatajo de anormales, fenómenos de feria! Y todo porque son una manga de reprimidos, lo que es muy poco saludable.
Fuimos interrumpidos por una voz muy grosera que nos llegó desde atrás. —¡Acá los únicos anormales son los que vos frecuentás, Malfoy!
¡Oh, cuánto aborrezco el sonido de la desagradable voz del Weasel en la mañana! Particularmente cuando pretende soltar una agudeza y fracasa deplorablemente. Sinceramente… cierta gente debería abstenerse y dejar ese tipo de cosas a los expertos. Me di vuelta y lo miré con muy mala cara, se notaba claramente que estaba irritado, tenía la nariz y el ceño fruncido. ¿A qué venía eso? ¿Acaso no podía aceptar oír la verdad respecto de sus amigos Gryffindor? Estaba sentado en la mesa vecina junto a su greñuda novia, tenían varios libros abiertos desparramados delante de ellos. Pero no pude dejar de notar que el que el Weasel supuestamente estaba leyendo estaba al revés.
—Parece que estás estudiando con mucho tesón y concentración, Weasel. —le hice notar con un gesto de desprecio hacia el libro. Bajó la vista y se puso colorado, ¡una vez más!, al menos las pecas se le mimetizaban cuando eso ocurría. Granger me taladró con una mirada feroz durante un largo instante, sus aceitados engranajes cerebrales seguramente trabajando al máximo para producir una réplica adecuada. De repente sus ojos se abrieron grandes y adquirieron un brillo intenso, pero ya no me miraba a mí… sino por encima de mi hombro…
—¡Oh, Merlín! ¡Uno de los chicos de Durmstrang viene hacia acá! ¡Y parece muy enojado!
Es posible que yo haya emitido un chillido. Pero felizmente mis reflejos de autopreservación se activaron y me hundí de inmediato debajo de la mesa para esconderme. Desde esa posición pude notar algunas cosas que se me habían pasado inadvertidas hasta ese momento, el Weasel tenía un agujero en la suela del zapato izquierdo y llevaba puesta medias de distintos pares… y Potter tenía piernas muy largas.
Agucé el oído, desde arriba me llegaron risas.
—¡Hermione, por favor! —se quejó la voz de Potter. Las risas recrudecieron, la de Granger particularmente. ¿Y por qué se estaba riendo? Es algo archisabido que ella carece totalmente de sentido del humor, jamás se ríe de las ingeniosísimas agudezas que le dirijo para insultarla.
Potter agachó un poco la cabeza, se asomó y me tendió una mano. —Draco… están jodiendo… —informó disculpándose.
—¿Cómo? —grazné con desconcierto. Le estreché la mano y salí con su ayuda. Posándole una mano sobre la falda pude incorporarme de rodillas. En la mesa de al lado los dos Gryffindor se desternillaban de risa. ¡Qué situación más indigna! Sentí que las mejillas se me encendían de rabia.
—Draco, lo siento mucho. —se lamentó Potter poniéndome una mano sobre el hombro; luego se volvió hacia sus repulsivos amigos. —¡Chicos! ¡Habían prometido que no lo fastidiarían! Le está tocando un año muy duro… ¡vos siempre me decís que tengo que ponerme del lado de aquellos más vulnerables, Hermione! —le reprochó con dureza.
Me liberé de la mano de Potter y me puse de pie. Ignoré por completo las supuestas disculpas que masculló Granger. No eran sinceras, sino sólo para contentar a Potter.
Marché hacia la puerta indignado y furibundo. En ese momento realmente empezaba a desear toparme efectivamente con el maldito búlgaro… ¡mi espíritu violento se desataría y le enseñaría lo que es bueno!
¿Es que acaso ese año no se iba a terminar nunca?
oOo
