XI

El chofer de Uber llevaba a combinación un pantalón de vestir y un saco en color gris sobre una camisa de botones blanca. Aparentaba unos 60 años y su cabello era gris. Su tez algo oscura, la primera impresión que me dio al verlo es que era mexicano, además que tenía un acento gracioso y en la radio iba escuchando música en español. Olía a menta y hierbabuena. Por alguna razón me sentía metida en una escena de película francesa.

Mientras él me platicaba sobre los muchos lugares a los que podía visitar en Los Ángeles yo repasaba mentalmente mi itinerario para ese día. Primero debía ir a la librería central ya que mis ojos no soportarían una noche más estudiando desde un PDF. Después tenía que terminar un ensayo sobre el rol social de la mujer durante el Renacimiento y finalmente volver a casa para alistarme ya que Alex me había prometido que iríamos a recorrer los bares del centro, lo cual, para ser sincera, era lo que más me emocionaba hacer.

De pronto la música se pausó para que las noticias locales fueran anunciadas. Las cifras de personas, o mejor dicho mujeres, afectadas por la gripe misteriosa había rebasado los cientos. Ahora esta enfermedad se esparcía furiosamente alrededor del mundo y aún no lograban hallar una cura ya que los síntomas no eran siempre los mismos. Tai me había llamado más veces de las usuales durante la semana queriendo convencerme de volver a casa pero sin éxito alguno. Pese a que el país estaba en estado alerta, las actividades cotidianas seguían como de costumbre y ni siquiera en la universidad habían cancelado clases. No tenía nada de qué preocuparme.

Finalmente llegué a mi destino. Un cruce por la quinta avenida en Santa Mónica. Era la primera vez que iba a ese lugar y apenas puse un pie fuera del coche cambié del escenario parisino a uno totalmente americano. La mayoría de las mujeres, jóvenes, eran de tez muy blanca y largo cabello rubio. Llevaban shorts, playeras ligeras y sandalias. A unas cuadras de distancia estaba la playa y logré ver Santa Monica Pier.

Luché contra las ganas de ir a tirarme a la arena con la tonta excusa de que sólo estaba ahí para ir a la librería pero fue inevitable. Mis pies se movieron aprisa bajo el ardiente sol californiano y una vez que crucé un puente peatonal y mis dedos se llenaron de arena supe que no haría nada de lo que tenía planeado para ese día. Fui hasta la orilla de la playa y me tumbé. La brisa salada golpeaba delicadamente mi rostro y cerré los ojos para disfrutar el sonido de las olas y el olor a sal marina. Dado que no llevaba traje de baño decidí quitarme la ropa. A final de cuentas ya había sido bastante afectada por la cultura I-don't-give-a-fuck de América. Para mi buena fortuna ese día había escogido lencería decente y llevaba panties blancos con detalles de encaje y un bralette a juego.

Me acosté dejando que el sol hiciera de las suyas bronceándome y cuando volví a abrir los ojos había pasado casi una hora. Tenía dos llamadas perdidas de Alex y tres mensajes. Sin verlos siquiera le marqué.

¿Hola?

— Hola, guapo. ¿Qué haces?

No mucho —respondió riendo—. ¿Y tú? ¿Dónde estás?

— Santa Monica.

¿En la playa?

— Sí.

¿Y qué haces ahí? —preguntó curioso—. No se supone que irías sólo por un libro.

— Pues… —me senté y sacudí un poco la arena de mi espalda y piernas—. Una vez que vi la playa no me resistí y me quedé dormida. Este lugar es precioso, Alex —me mordí el labio mientras veía a un par de niños haciendo un castillo de arena y una pareja asiática jugando en el mar.

Lo sé. Planeaba llevarte ahí el sábado.

— Yo encantada vuelvo a venir —ambos nos reímos—. ¿Saldremos más noche?

Si tú quieres, sí. Puedo verte allá y vamos a algún lugar a bailar y cenar.

— ¡Sí! —exclamé emocionada. No tenía el más mínimo deseo de abandonar este lugar.

Perfecto. Te llamo en una hora cuando llegue.

— Muy bien. Aquí te espero —se hizo un silencio incómodo en el que no supe qué más decir.

Bye.

Colgué la llamada y volví a relajarme. Estuve tentada de meterme al mar aunque el atardecer estaba cayendo y ya se sentía la brizna fresca de la noche. Me quedé ahí contemplando el cielo pintado de colores y una enorme luna redonda que apenas se reflejaba.

A lo lejos un muchacho corría en dirección a mí. Llevaba un traje de baño negro y el torso desnudo. Su cabello, mojado, era rubio y aunque no podía apreciar bien sus facciones casi podía decir que era…

— ¿TK! —exclamé sorprendida cuando lo vi. Tenía el abdomen mojado y las gotas de agua de su cabello escurrían por las mejillas.

— Hikari Yagami —dijo sin dejar de sonreír. Me puse de pie y lo abracé aún sin creer que era él.

— ¡Por Dios! ¿Qué haces aquí? ¿No se supone que estabas en Londres? —sus ojos brillaban de emoción y su expresión no cambió ni tantito.

— Lo dejé. El frío y los días grises no eran lo mío. Ni siquiera tenía ánimo de salir del dormitorio para ir a clases.

— ¡Oh, Dios! Y… ¿en qué momento…? ¿Cómo…? —él se rió y volvió a abrazarme. Aspiré su aroma transportándome a una época no muy lejana en la que veía a ese ser humano como un dios o algo parecido. ¡Y ahora estábamos aquí! Mi corazón empezó a saltar de emoción y tuve que apartarme para que no lo notara.

— ¿Tienes hambre? Vamos a comer algo y te cuento todo.

— Claro —sonreí siendo presa del encanto Takaishi.

Nos vestimos y fuimos a caminar al Pier. Nos detuvimos en un puesto de hamburguesas y pedí una doble con tocino y queso extra, y él pidió una hawaiana. Nos sentamos esperando que nos sirvieran la orden y pese a que había mucho de qué hablar, nuestros ojos se miraban como contándose los días en que nos habíamos alejado. Y todo lo que nos añoramos…


Tres años después…

Llegué corriendo al departamento. La ciudad era un caos: choques en cada esquina, mujeres siendo perseguidas por militares, sirenas de bomberos y ambulancias coreaban cada colonia, gritos de desesperación y ayuda. Y hombres, presas de la infección, que buscaban fervientemente saciar su sed de maldad matando, violando, estrujando y destruyendo cuanta víctima veían.

Había logrado escapar de varios que sin piedad me persiguieron con armas blancas mirándome como si fuera un bocadillos. Subí deprisa las escaleras y apenas estuve en casa me encerré. Adentro las cosas parecían igual, la televisión estaba encendida y transmitía las noticias. La jarra de agua chirriaba al hervir sobre la estufa.

— ¿Alex? —mi voz temblaba mientras mis pulmones iban recuperando su ritmo habitual. Las manos también me temblaban y con algo de miedo miré en la habitación y el baño pero él no estaba.

Puse a cargar mi celular para llamarlo y mientras esperaba fui a la recámara y tomé una maleta pequeña de mano. Comencé a llenarla con ropa y guardé también mi visa, pasaporte y acta de nacimiento. Mientras echaba todo presté atención a mis brazos llenos de sangre y un escalofrío recorrió mi espalda al recordar a la mujer que, malherida de bala, se había acercado a pedirme que la ayudara. Sin pensarlo fui a la regadera y me di un baño rápido para limpiarme bien.

Todavía no podía creer que en un instante la infección se hubiera esparcido tan rápido al grado de causar tales estragos en la ciudad. En el mundo entero, mejor dicho.

Tras la epidemia de gripe que surgió años atrás y fue acabando con un gran número de mujeres ahora se había presentado una infección en los hombres, algo así como un parásito que atacaba el cerebro y los controlaba con pensamientos de ansiedad. Perdían la cordura y tomaban a las mujeres que quedaban con vida como si fueran el último manjar que comerían. Muchas habían escapado, otras habían muerto a causa de golpes y violaciones. De un momento a otro mi género fue visto como herramienta de reproducción y los salvajes iban uniéndose al ejército quien poseía las armas y medios de transporte necesarios para capturarlas vivas.

Me había imaginado el fin de la humanidad a través de un apocalipsis zombie o de alguna epidemia pero nada como esto. No estaba segura de que existiera un refugio o lugar donde esconderme hasta que el caos pasara. Y si es que llegaba a pasar…

Encendí mi celular y llamé a Alex. Apenas escuché que timbró el sonido provino de la entrada y sentí una mal corazonada. Él entró. Tenía la ropa manchada de sangre y sus ojos se veían más oscuros de lo normal. Cogía el celular con una mano y un cuchillo de cocina ensangrentado en la otra. Lo miré horrorizada suplicando por dentro que aquello fuera una pesadilla, que después del baño me hubiera quedado dormida y eso no fuera real.

Pero cuando él habló me di cuenta que era más que real.

— Ti… tienes… que ir… irte, Kari —murmuró con la voz ronca sin despegarse de la puerta.

— ¿Alex? —un par de lágrimas cayeron por mis mejillas y el nudo en la garganta se intensificó desatando en un agresivo llanto—. Alex, no…

— Vete —ordenó—. En cualquier momento intentaré hacerte daño y no… no… —supe lo que quería decir. Parecía estar costándole mucho hablar pues las venas de sus mejillas se saltaban. Se fue a la cocina y se sirvió un vaso de agua del grifo que bebió desesperado.

Tomé aire mientras pensaba. No tenía a dónde irme, las calles estaban llenas de sujetos violentos y no faltaría mucho para que me atraparan. Mi departamento era el único lugar seguro que conocía y ahora…

De pronto se escuchó un fuerte golpe y al girarme vi entrar al señor Morrison, intendente del edificio. Era un cuarentón regordete de piel colorada y ojos verdes. Pero ahora se veían oscuros y le escurría saliva por la boca mientras gruñía. Corrió hacia mí y pegué un grito de horror. Cerré los ojos esperando el impacto de su golpe y al no recibirlo vi a Alex forcejeando con él. Aún llevaba el cuchillo en la mano izquierda y el señor Morrison intentaba quitárselo mientras le pegaba de golpes en el abdomen.

— ¡No, Alex!

— ¡Vete! —gritó haciéndome estremecer—. ¡Vete, Kari! ¡Vete! —había dolor en su voz y de haber prestado más atención habría notado la lucha interna que lo abatía por querer atacarme y al mismo tiempo defenderme.

Ni siquiera fui por la maleta hecha, simplemente salí corriendo, pasando por un lado de ellos. Alex cayó el piso y encima de él el señor Morrison quien recibió una cuchillada en el rostro. Bajé las escaleras llorando corrí sin saber a dónde me dirigía. Corrí mientras veía a otras ser perseguidas, mientras las llamaradas consumían algún edificio del centro, mientras los salvajes salían de entre los coches y árboles siguiendo a cuanta fémina veían. Corrí mucha cuadras, no estaba segura de cuántas pero ya no podía ver el edificio donde vivía. Me detuve a tomar aire en una esquina y mientras maldecía estuve tentada a volver con Alex. Después de todo me había defendido y eso significaba que no… no estaba…

— ¡Hey! —escuché que me gritaron y al levantar el rostro vi una camioneta tipo Ven y adentro un montón de mujeres—. ¡Sube! —abrieron la puerta y con un dolor en el pecho y lágrimas en mi rostro, entré.


Feliz inicio de primavera! :D