XV

Había estado lloviendo durante una semana seguida. El sol salía en ratos y la temperatura disminuyó considerablemente, cosa que agradecí muchísimo.

Me encontraba sentada en el patio trasero, mirando de lejos una fuente y varias palomas bañándose en ella. El cielo presentaba un espectáculo maravilloso entre truenos y relámpagos. Me gustaba sentarme ahí por las tardes, fijando mi vista en cualquier punto que me llamara la atención. Me imaginaba que en un tiempo no muy lejano aquél lugar había estado lleno de niños, de familias que se divertían saliendo del servicio religioso. Las hermanas nos habían contado que desde hacía años hacían carne asada o picnics y era una manera de mantener la unidad y empatía entre los que vivían en esa colonia.

Pese a que me había encariñado con las chicas y todas buscábamos hacernos sentir cómodas en aquél refugio, lo cierto era que en el fondo cada una sufríamos la tragedia de una manera similar pero no hablábamos de ello. Para mí hablar de Alex era motivo de llanto por horas. Me costaba resignarme a haberlo perdido. Después de todo, tres años viviendo juntos no se olvidarían nunca.


Los soldados llegaron a San Francisco el lunes por la noche. Se quedaron descansando en un hotel cerca del centro donde les habían preparado hospedaje. Al salir de darse un baño TK se encontró con Max en su habitación. El muchacho llevaba seis cervezas y se acomodó en la cama mientras abría una y le ofrecía otra al rubio.

— ¿Todo bien? Estuviste muy callado durante el camino.

— Sólo cansado, supongo. ¿Y los demás?

— Fueron a un bar. Les dije que los alcanzaríamos más tarde —dijo Max.

— Yo paso. La verdad quiero dormir —Max frunció el ceño y le dio un trago a su bebida.

— Como quieras —se hizo un silencio en donde ambos parecían distraídos con sus propios pensamientos.

— Todavía no entiendo —murmuró TK de pronto.

— ¿Qué cosa?

— ¿Por qué perseguir a las mujeres? ¿En qué momento se volvieron nuestras enemigas?

— Mmm pues, en el momento en que quedan pocas y son necesarias para re-poblar la Tierra —el rubio negó con la cabeza.

— No Max. Con violencia no funciona así la situación.

— ¿Y qué sugieres?

— ¿Hablar? —rió sarcástico.

— Takaishi, tú has visto cómo huyen de nosotros…

— Pero eso no nos hace animales. Sinceramente, y te lo he dicho antes, no estoy a favor de capturarlas así.

— Pues son las órdenes que recibimos y tú sabes bien qué pasa cuando nos negamos a obedecer —el rubio asintió simplemente y abrió otra cerveza.

Durante el tiempo que tenía brindando sus servicios al ejército había sido testigo de muchas brutalidades a las mujeres. Los hombres parecían volverse peor que animales cuando veían a una. Era como si nunca hubieran descargado su apetito sexual y abusaban de ellas como bestias peleando por carroña. En un par de ocasiones TK logró ayudar a dos de ellas dejándolas escapar pero era difícil mientras el ejército y su superior lo siguieran.

Por la mañana se alistaron temprano para ir al refugio. Llegaron, inesperadamente, a la catedral de San Patricio y entraron, armados, sorprendiendo a varias mujeres que se hallaban recostadas en lo que sería el área principal. Desde jóvenes, mayores y adolescentes, los soldados fueron tras ellas, quienes al verlos corrían espantadas buscando ocultarse o algún objeto para defenderse.

— Tranquilas, no vamos a lastimarlas —decía Max mientras con señas ordenaba a sus hombres que siguieran buscando en la parte de atrás.

Al menos unas veinte mujeres fueron presas y tomadas a disposición del ejército.


Aquella mañana no me sentía con ánimos de nada. Apenas y probé el desayuno y me hallaba tejiendo en el patio trasero cuando Maggy vino asustada a decirme que un grupo de soldados había llegado.

Corrimos hacia los arbustos, intentando salir por la parte de atrás pero para nuestra mala suerte la reja que cercaba la iglesia estaba cerrada con candado. Me subí, impulsada por el miedo y la adrenalina y estaba por ayudar a la ojiverde a hacer lo mismo cuando un soldado de cabello negro y piel muy blanca llegó y la tomó por la fuerza. Yo brinqué, lastimándome el tobillo izquierdo y corrí apresurada sin ver a dónde iba.

Unas cuadras más adelante escuché la sirena del tanque militar sonar y sin pensar entré a un hospital abandonado. Busqué desesperada las escaleras de emergencia y subí sabrá Dios cuántos pisos hasta que salí al área de pediatría. Los cuartos estaban solos, máquinas e instrumentos por el piso. Me asomé por un ventanal y vi que la patrulla de soldados se había estacionado afuera. Mi corazón latió rápidamente al imaginármelos entrando por mí y fue inevitable llorar.

— ¡Psst! ¡Hey, aquí! —voltee a todos lados al escuchar una voz femenina y de pronto una piedrita me cayó en la cabeza. Al voltear hacia la ventilación vi la silueta de una joven asomarse entre la rendija.

— ¿Có… cómo entro… ahí? —mi voz temblaba a causa del miedo y ella me señaló hacia adelante, en frente de mí había una puerta.

— Entra ahí —me ordenó y yo hice caso. Era una especie de almacén pequeño y ahí se hallaba otra rendija que la chica abrió—. Busca en qué subir. Rápido.

Y así lo hice. Subí impulsada por el miedo y la desesperación. La joven se arrastró por el ducto de aire y me pidió que no hiciera mucho ruido al seguirla. Me hice varias cortadas con alambres que había en las orillas pero no me importó. Subimos en dos ocasiones y fuimos a dar al techo del lugar pero la joven, quien al ir por delante logró asomarse por una rendija, me pidió que no hiciera nada de ruido y esperara.

No sé cuántos minutos habrán pasado hasta que abrió la compuerta y salimos al techo del hospital pero agradecí de antemano pues sentía que me ahogaba en aquél espacio comprimido.

Me senté, recargada en una pared y empecé a sollozar para liberarme del miedo y la tensión.

— Tranquila, ya estamos a salvo—. Entonces logré ver a a joven de cabello rubio y ojos verdes. No aparentaba más de 13 años y tenía el rostro cubierto de pecas—. Me llamo Mandy.

— Soy Kari, mucho gusto —la sirena del tanque volvió a sonar y al asomarnos vimos a los soldados alejándose.

— Toma, con esto te sentirás mejor —dijo, ofreciéndome media barra de chocolate.