Las muy inmerecidas tribulaciones de Draco Malfoy

Capítulo 12 – ¡Tiene que tratarse de un error!

Cuando me desperté al día siguiente, me senté en la cama y dejé oír un gruñido. La cabeza me batía como un tambor y sentía las piernas temblorosas. Me acordé de esa ocasión en la que por casualidad había descubierto la reserva oculta de whisky de mi padre. Los elfos me encontraron varias horas después, metido cabeza abajo en el paragüero del abuelo Abraxas. El abuelito no se había destacado por la higiene precisamente (quizá ésa había sido la causa de que falleciera de gripe dracónica a una edad no tan avanzada), y como los Malfoy respetamos la tradición por encima de todo, mis padres habían dejado el paragüero en las mismas condiciones en que lo habían heredado, repugnantemente mugriento. A los sirvientes les había llevado más de cuatro horas librarme de toda esa inmundicia hasta dejarme en condiciones aceptablemente potables.

Con movimientos lentos empecé a bajarme de la cama. Y los eventos de la noche anterior me vinieron en tropel a la mente. Potter, más insufrible que nunca, me había llevado a curarme, prácticamente a la rastra… Y luego…

Y luego las cosas se habían vuelto muy extrañas. Potter había estado divagando incoherencias sobre que yo podía confiar en él y…

Y me había besado.

¡No! ¡Tiene que tratarse de un error!

En primer lugar, me toca a mí y a nadie más, iniciar cualquier tipo de acción que culmine en un beso.

Y para peor… había sido un beso agradable.

Repito, ¡tiene que tratarse de un error!

Potter debía de haber orquestado todo con antelación, como parte de su rastrero y solapado plan en mi contra. Y quizá en eso había consistido el plan todo el tiempo. Besarme para poder ir después a contárselo a todos. ¿Qué les estaría diciendo sobre la horrible instancia? Seguramente él y todos los Gryffindor se estarían riendo a mis expensas. ¡Y yo ahí sentado en la cama sin hacer nada al respecto! Me puse de pie de inmediato y logré prepararme para ir a enfrentarlo en media hora (todo un récord para mí). Sin demora dirigí mis pasos al Gran Salón. Había tenido que hacer todo tan precipitadamente que todavía tenía los cabellos mojados, algunas gotas se me colaban por el cuello provocándome escalofríos en la espalda.

Por fortuna (si es que el avistar a Potter pudiera considerarse afortunado en alguna circunstancia) estaba de pie junto a la puerta del Gran Salón, como si estuviera esperando a alguien, probablemente a la sangresucia y al Weasel.

—¡Potter! —le grité y fui a abordarlo abriéndome paso con brusquedad y sin mayores miramientos entre los alumnos que se interponían a mi paso. Eso me ganó muchas miradas furiosas y alguno que otro insulto de los afectados, pero poco podía importarme en ese momento. Potter me sonrió cuando me vio aproximarme, yo por mi parte le puse muy mala cara. Me di cuenta de inmediato de que estaba inquieto, siempre se hamaca apenas cambiando el peso de un pie a otro cuando está nervioso.

—Draco… me alegra ver que ya estás mejor. —dijo con tono cálido ampliando la sonrisa. Pero los labios le temblaban un poco… realmente estaba muy nervioso… ¿qué, exactamente, le habría contado a los demás?

—Ahorrame los cumplidos, Niño Maravilla, hay algo importante que tengo que decirte.

—De acuerdo.

—Oíme bien… chocamos y tropezamos, eso fue todo, ¿entendiste?… ¡no hubo nada más que uno le hiciera al otro! Vos te tropezaste por culpa de esas malditas zapatillas muggle que son tres números más grandes… te tropezaste y yo te sostuve.

Sus labios parecieron estirarse apenas esbozando una sonrisa y se acomodó los lentes sobre el puente de la nariz. —¿Con la boca?

—¡Callate! ¡No digas eso! ¡Ya te dije que no pasó nada!

—¿Nada?

—Así es… nada. ¡No hubo caricias, ni palabras de consuelo, ni besos!

—¿Mis palabras fueron consoladoras?

—¿Es que acaso no me escuchaste, Potter? —siseé enojado— ¡Ya te dije que nada de eso pasó, imbécil! ¡Mi primer beso nunca podría ser con alguien como vos!

—¿Fue tu primer beso?

—¿¡Pero es que acaso no…?! —repetí vociferarando, pero me interrumpí. Estábamos rodeados de una multitud de alumnos que entraban a desayunar. Ése no era el lugar apropiado para mantener esa conversación. Agarré a Potter de la corbata y tironeando como si se tratara de una correa me lo llevé a la rastra.

—Eh… Draco… ésta no es la forma que yo había supuesto… pensé que el diálogo iba a transcurrir distinto… —farfulló Potter.

—¡Cerrá el pico! —le ordené cortante al tiempo que comencé a descender los escalones que bajaban a los subsuelos, con Potter a remolque. Los oídos me zumbaban y sentía un cosquilleo en la piel. Potter no había opuesto resistencia alguna. Probablemente el muy tarado me habría seguido a dondequiera lo llevara… incluso si me hubiese metido en el lago. Ya podía imaginarme los titulares de "El Profeta": Doble suicidio del Héroe y del sexy sangrepura, Draco Malfoy. Bajé la vista al suelo con fastidio, en realidad no sabía bien adónde me dirigía, ni lo que correspondía hacer a continuación.

—Draco, acá. —me llegó la voz de Potter desde atrás. Me agarró de un brazo y entramos en un aula en desuso. Estaba muy polvorienta y olía a encierro. Potter cerró la puerta y yo le solté la corbata, el género basto ya me estaba lastimando los dedos.

—Bien, ahora estamos solos, nadie puede oírnos y no hay nadie alrededor que pueda juzgarte. —dijo con calma y con ese tono como de estar hablándole a un nene. Le fruncí el ceño pero no dije nada, en realidad ya no estaba seguro de querer dirigirle la palabra, quería irme. Pero Potter se había apoyado como al descuido contra la puerta y se había cruzado de brazos, me estaba bloqueando la salida. Como siempre tenía la toga mal acomodada, bueno quizá en parte había sido culpa mía por cómo lo había arrastrado. Suspiró. ¡Detestaba oírlo suspirar de esa forma! Saqué la varita y murmuré un encantamiento de aislamiento acústico.

—Recién ahora nadie puede oírnos. Como mago dejás mucho que desear, Potter.

—Bienvenido de regreso, Draco. —dijo con sorna.

Le puse muy mala cara. Sus labios dibujaron un esbozo de sonrisa, pero al mismo tiempo frunció un poco el ceño.

—¿Cómo va progresando tu plan, Potter? —le espeté con fastidio— ¿Vos y tus amigos pudieron reírse con ganas a mis expensas?

—Ya suponía yo que ibas a entrar en pánico si te acordabas…

—¡Por supuesto que me acuerdo! Uno no se olvida del prim… ¡pero ese no es el caso! Y yo no entré en pánico. Mi reacción es la apropiada, teniendo en cuenta el giro horrible que tomaron los acontecimientos.

—¿Fue horrible? —repitió con un tono que había sonado muy triste.

Yo me di cuenta de que lo que había dicho no era verdad. Muy confuso, eso sí… y muy embarazoso, más allá de lo que pudiera expresarse con palabras… pero el hecho en sí no había sido horrible. Bueno, toda la primera parte en la que me habían obligado a beber esas espantosas pociones había sido repugnante… pero el beso propiamente dicho… mal que me pesara tenía que reconocer que no había sido para nada horrible.

—Ahorrate esa mirada de perrito apaleado para alguien que realmente te crea tus poses, Potter. —dije acercándomele amenazador— Y no me cabe duda de que habrás estado desternillándote de risa con los idiotas de tus amigos.

—No se lo dije a nadie. —declaró.

—Sí, claro… y yo debería creerte porque nosotros somos tan grandes amigos…

—No se lo dije a nadie. —repitió con un gruñido— Vos me conocés… mirame fijo ¡y pensá con sensatez!

Las aletas de mi nariz vibraron por lo ofensivo del tono, pero lo miré fijo. Tenía los labios muy apretados y el ceño fruncido, la expresión denotaba claramente frustración. Me hizo acordar de esa vez en primer año, en el compartimiento del tren el primer día. Parecía que había pasado tanto tiempo. Potter se había mostrado muy callado en la tienda de madame Malkin… y apocado incluso… pero en el tren se había enojado y su actitud había cambiado diametralmente… y cuando se enojaba no retrocedía.

Yo le conocía muy bien esa expresión y sabía que no me estaba mintiendo.

¿Así que no se lo había dicho a nadie y no había estado riéndose de mí? No pude evitar cierto desconcierto durante unos segundos mientras procesaba la información.

—Pero algunos deben estar riéndose ahora… —dije finalmente con voz queda— …si escucharon lo que dije. ¿Por qué me había enardecido tanto unos minutos antes en el hall? Potter tenía la extraña y exasperante virtud de sacarme de las casillas. Durante años me habían entrenado para controlar y ocultar mis emociones… pero bastaba que apareciera Potter y todo lo aprendido se iba al diablo.

—No creo que nadie haya prestado demasiada atención… pero incluso suponiendo que alguien haya escuchado… estoy seguro de que debe de estar sintiendo mucha envidia de mi buena fortuna. —dijo con voz suave. No se me pasó por alto que una de las comisuras de la boca le tembló un poco como si quisiera alzarse. Debo admitir que había algo de tierno en verlo así esforzándose al máximo para no sonreír. Parpadeé varias veces, yo seguía alterado y fastidiado por la situación, pero aparentemente él la encontraba divertida.

—Muchas de las chicas, sin duda. —comenté displicente.

—Y Seamus. —agregó sonriendo.

—Hay algo que está muy mal con vos, Potter. —le dije. Pero mi tono de voz había sido poco vehemente y el comentario incisivo no había sonado como un insulto.

—Probablemente es cierto. —me respondió.

—De todos modos… —proseguí luego de una pausa, eso de que me diera la razón no dejaba de ser muy enervante— …es preciso que lleguemos a un acuerdo, esa cosa que pasó fue un accidente y no debe repetirse.

—¿Querés decir con eso que ya no querés que sigamos siendo conocidos, Draco? —preguntó con un tono muy extraño, no había sonado ni provocador ni divertido sino triste.

—Los conocidos no hacen esas cosas. Y estoy convencido de que todo fue un juego para irritarme, pero quiero que acordemos que no volverá a ocurrir.

No dijo nada durante unos instantes, finalmente se avino con un ligero encogimiento de hombros. No pude evitar sentir una ola de alivio, mis rasgos se distendieron ostensiblemente. Lo observé con atención, seguía con la toga torcida, esas desprolijidades siempre me resultan muy exasperantes.

—Acomodate la ropa. —le ordené.

El soltó una risa corta pero me hizo caso.

—Ah… ¿y cómo sigue tu brazo?

Suspiré y me levanté la manga para mostrarle. Sólo quedaba una leve mancha rojiza donde había estado la herida. La verdad era que me alegraba que Potter me hubiese obligado a ir al ala hospitalaria, la cuestión de la herida me había preocupado mucho y el dolor había sido muy fastidioso.

—Como verás está bien… pero igual no hubiese hecho falta que vos intervinieras, yo me las habría arreglado.

—¿Sólo está curada en la superficie? —preguntó. Estiró una mano y la recorrió y tentativa y suavemente con movimientos circulares de los dedos. La sensación fue muy agradable. Luego hizo algo sorprendente, pasó a masajearme la mano, primero la palma y luego los dedos, uno a uno… admito que fue placentero.

—¿Dónde aprendiste eso? —pregunté sin poder disimular una nota de desconcierto.

—Bueno… este… mi padrino… me prestó un libro… uno de los capítulos era sobre masajes. —contestó con torpeza, las mejillas se le habían teñido con un leve rubor.

—Hasta podrías hacer carrera en esto… seguramente vas a necesitar un medio de manutención cuando estés casado con Granger. —le dije con condescendiente desdén.

—No creo que Ron vaya a mostrarse muy de acuerdo con eso.

Por alguna razón mi comentario lo había divertido. Mis agudezas ya no lo fastidiaban como en otras épocas.

—Mucho lo dudo… probablemente estaría encantado con un ménage à trois. Yo he visto cómo te mira a veces, a diferencia de vos yo me fijo en esas cosas. —repliqué alzando una comisura.

No nos dijimos nada más, teníamos que ir a desayunar. Pero habíamos establecido una especie de paz que no había existido hasta ese momento. Me gustaba cómo habíamos resuelto el asunto. Había quedado perfectamente claro que no habría más besos. Y Potter no se lo había dicho a nadie. ¿No había sido una situación ideal para poder humillarme? Los oscuros recodos de la ilógica mente de los Gryffindors es un misterio que nunca seré capaz de develar.

El resto del día transcurrió rápido y sin sorpresas desagradables, cualquier mínimo recelo que hubiera seguido abrigando se desvaneció enseguida. Nadie me dirigió la palabra, ni siquiera Finnigan (por suerte) y yo me las arreglé para no pelearme con nadie. Aunque hubo quizá un par de instancias en las que me habría gustado poder lanzar una Maldición Mortal, algo raro en mí porque en general esas instancias son mucho más numerosas en un día normal.

Cuando esa me acosté a dormir no pude evitar sonreír en la oscuridad. Teniendo todo en cuenta las cosas no habían salido tan mal. Esperaba poder disfrutar de una noche de descanso reparador sin ningún tipo de sueños perturbadores.

oOo