XVII
Una fuerte ventisca de aire arrastró un cartón que me golpeó el rostro y desperté bruscamente. Estaba anocheciendo y el cielo cargado de espesas nubes grises que pronosticaban un aguacero. Me levanté pero al instante sentí una punzada en el vientre y noté que la herida que me había hecho al caer era profunda y aún sangraba. A como pude corté una de las mangas de mi blusa y me la amarré para hacer presión. La pierna aún me dolía pero podía moverla, lo cual me pareció buena señal: no estaba quebrada. Caminé hacia unos arbustos y tomé una rama larga que me servía como vara para apoyarme. Miré alrededor de aquél lado y sin pensar ni tener noción de dónde me hallaba comencé a caminar, a paso lento y deteniéndome en ratos para descansar, pero finalmente avancé un buen tramo que me sacó a la carretera.
Mi mente empezó a divagar en el momento en que Mandy y yo nos hallábamos en el techo y no dejaba de culparme por haberme lanzado sin ella. No tenía idea si seguía o no con vida, dónde le habrían dado el disparo, tan sólo la perdí y ni siquiera fue por la caída como creí que podría suceder. Aunque sabía que en el fondo culparme por ello no me traería nada bueno, me sentía impotente y lo peor es que ahora tenía algo en qué preocuparme de atender: yo.
No pasó mucho tiempo para cuando empezó a llover, y no precisamente lluvia ligera sino una fuerte tormenta. Me refugié adentro de un coche de los que se hallaban abandonados en el freeway para mitigar el frío un rato. Me quedé dormida en el asiento trasero y para cuando volví a abrir los ojos ya estaba bastante entrada la noche y no muy lejos alcanzaba a distinguir la sirena de una patrulla. Estuve tentada a salir corriendo pero debido a mis heridas no llegaría muy lejos y posiblemente ellos me alcanzarían pronto. Si había de morir quería hacerlo de cualquier forma que no involucrara… hombres.
De pronto me hallé pensando en mi hermano y si en él estuviera ahora siendo forzado a capturar mujeres. Tai nunca había sido de la idea de forzar a alguien que no quería hacer algo pero bajo estas condiciones me quedaba la duda de qué habría sido de él y si algún día podría volver a contactarlo para decirle que me hallaba bien.
Por la mañana volví a avanzar. No estaba segura de a dónde me dirigía pero quería hallar al menos un supermercado o alguna estación de gas con una tienda que tuviera comida y quizás un botiquín pues sentía que me moría de hambre y dolor. La lluvia nocturna no cesó y por la madrugada la brisa enfrió drásticamente que literalmente los dientes me temblaban al caminar. Necesitaba una cobija o un suéter urgentemente.
Y así en cada paso que daba iba sintiendo mi costado arder, pidiéndome a gritos tirarme al piso y no moverme, pero luego la sensación térmica en mi piel me rogaba que avanzara hasta hacerme bolita en un lugar calientito y entonces caí en cuenta de que, si no moría de hipotermia, posiblemente muriera de dolor, y no sé por qué la simple idea de la muerte me causó mucho miedo.
Miedo.
No como el pánico que sentía cada vez que veía cerca los soldados sino ese miedo que te dice que por más que lo evites no podrás escapar de ello y el pensamiento acapara toda tu mente dejándote inmóvil, incapaz de hacer algo más, precisamente por miedo a que ocurra.
Oh, Dios… y ahora me encontraba pensando tantas cosas que ni siquiera estaba enfocada en el camino. Tenía la vista nublada y mi estómago estaba gruñendo con tanta fuerza que por un momento tuve la idea de que iba a estallar a causa del hambre.
Avanzada la tarde volvió a llover muy fuerte. Yo sentía una picazón horrible en la garganta y sabía que me iba a enfermar. Llegué a una estación de gasolina que me pareció un pedacito de cielo y en la tienda de servicio sólo me hallé con una barra de chocolate y una botella de agua cerrada. Me acomodé atrás de la caja registradora, en el piso, comiendo cuanto dulce me encontrara pues eso era mejor que nada y esperé a que la lluvia cesara para seguir pero eso nunca llegó y decidí pasar la noche ahí.
Apenas aclaró el día y volví en marcha. La temperatura había bajado aún más y yo me moría de frío. Avancé hasta llegar a una ciudad, Palo Alto, pero para mi mala suerte andaban varias tropas rondando. Entré a una bodega, en el centro, me escondí entre dos cajas, sintiéndome terriblemente cansada y dolorida, y posiblemente a causa del hambre fui perdiendo la consciencia hasta caer en un profundo sueño. Por la madrugada el ruido de la lluvia y los fuertes truenos me despertó pero el lugar estaba totalmente oscuro y levantarme no sería buena idea así que permanecí ahí, hecha un ovillo, intentando darme calor, llorando a súplicas que me fuera enviado un ángel para rescatarme pues no podía seguir soportando aquella situación más tiempo.
Y llegó… o al menos eso me pareció.
Al día siguiente la lluvia se había convertido en aguanieve. Mi estómago gruñía muy fuerte pero yo ni siquiera tenía fuerza para moverme y buscar comida. Había una gotera arriba de mí y al querer levantarme sentí un calambre en el muslo y caí sobre el concreto frío. Escuché de pronto las sirenas y me arrastré hasta dos barriles para esconderme.
— ¡Mierda! —murmuré a mí misma mientras me golpeaba la pierna para que se despertara. En el piso había una puerta de madera e intenté abrirla pero parecía estar cerrada por dentro.
Escuché pisadas y me estremecí bruscamente al pensar que aquél era mi final y todo el sufrimiento de los días pasados había sido en vano. Sollocé hasta escuchar que una cubeta cayó cerca de mí y las pisadas se detuvieron. Sentí una fuerte punzada en el vientre y vi le herida sangrando nuevamente. Cerré los ojos pues no quería ver al agresor que parecía estar frente a mí.
— ¿Kari? —aquella fue la voz de un ángel que me hizo volver a la vida y al girarme me hallé con TK de frente. Llevaba un uniforme del ejército y un rifle en la mano que apuntaba directamente a mi cabeza.
— ¿TK? —las lágrimas salieron de mis ojos al verlo y me pregunté si había muerto y aquello se trataba de una ilusión.
— Lo siento mucho —alzó el rifle y acto seguido, disparó a la manija que rebotó en el piso dejándome sorda por un minuto. TK se apresuró en abrir la puerta y meterme ahí. Rodé unos cuantos escalones hasta ir a dar a un sótano—. Te prometo que volveré que por ti, Kari. Toma —me lanzó un encendedor y volvió a cerrar la puerta sin darme paso a preguntarle algo. No pasaron ni dos segundos para cuando escuché la voz de otros hombres y prendí el encendedor para aluzar. Se trataba de otra bodega en la que había una repisa llena de vinos y otra con pan mohoso.
Pasaron al menos un par de horas, o eso me pareció para cuando volví a escuchar ruido. Permanecí en silencio hasta que la puerta se abrió y vi a TK bajando. Encendí la vela que había hallado y al verlo me arrojé a sus brazos y lloré desconsoladamente en su pecho.
— Tranquila, ya estoy aquí. Estás a salvo.
— Tengo muchísimo miedo —dije entre sollozos y él me apretó tan fuerte que tuve que separarme pues me lastimó el vientre—. ¡Auch! —le mostré la herida y él me pidió que me sentara. Llevaba un botiquín de mano, un sándwich y un refresco que comí gustosamente mientras él me limpiaba con alcohol y algodón.
— ¿Cómo llegaste hasta aquí? Yo creí que habías muerto.
— Durante la enfermedad estuve… a salvo en casa —por alguna razón no sentí la confianza de mencionar a Alex—. Después todo se fue al carajo, me refugié en una iglesia de San Francisco, llegaron los soldados, luego en una reserva y finalmente vine a dar aquí.
— ¿Tú estabas en San Patricio? —ambos nos quedamos mirando y me pareció que sus ojos me decían mil cosas que en el momento no supe descifrar. Asentí simplemente y él me puso una gasa para cubrir la herida limpia—. Nosotros fuimos ahí precisamente por ustedes. Yo me hallaba en Wisconsin cuando mi superior me informó que veníamos a California pues aún hay much… mucho descontrol —me mordí el labio y sentí mis ojos aguarse nuevamente.
— ¿Entonces sí le eres fiel al ejército? —volví a sentir miedo pese a que él no parecía tener intención de entregarme. TK suspiró fuerte y se sentó a mi lado, rodeándome en sus brazos. Estaba calientito y olía muy rico. Extrañaba su esencia.
— No es que sea fiel, es que no tengo otra opción, ¿sabes? Cuando todo esto de la persecución comenzó a ocurrir yo vivía en Pensilvania y de ahí me llevaron a Nueva York para integrarme al ejército, luego Chicago, luego…
— ¿Has…? ¿Has matado mujeres? —al momento de formular la pregunta la voz me temblaba y sentí las lágrimas salir de mis ojos. TK agachó la cabeza y se tapó el rostro. Me llevé las manos a la boca para ahogar un grito y bruscamente me aparté de él.
— ¡No, no, no! ¡Kari, por favor! No pienses eso de mí —de inmediato se acercó a donde estaba y me tomó de las manos—. No he matado a nadie. Desafortunadamente he visto lo que han hecho con tus compañeras y no he podido hacer nada para ayudarlas. Perdón —sus ojos estaban cristalinos y sus mejillas coloradas. Me acerqué a él y lo abracé sabiendo que él lo necesitaba tanto como yo.
— Pensé que no volvería a verte. No tienes idea de lo mucho que he sufrido creyendo que voy a caer muerta en cualquier lugar o capturada. Es horrible, TK.
— Ya, tranquila. Yo también te extrañé mucho, Kari. Fui muy estúpido al haberte dejado hace tres años, al no haber vuelto para darte una oportunidad, yo…
— Shhh —puse una mano en su boca para callarlo. Ambos llorábamos, entre la felicidad de habernos reencontrado y el temor de volver a perdernos—. Eso ya pasó hace mucho y créeme que nunca te odié ni guardé rencor por tu decisión —acaricié una de sus mejillas y él cerró los ojos dejando escapar un par de lágrimas.
— Tengo que advertirte que a partir de ahora no será sencillo. Soy el brazo derecho del sargento al mando por lo cual soy requerido en el cuartel. Si te llevo allá… —la sola idea pareció repugnarle e hizo un gesto de desagrado—. No. Lo mejor será que permanezcas aquí hasta que me notifiquen si nos vamos a otro lado.
— ¿Entonces qué pasará? ¿Cómo… vas a llevarme?
— No lo sé. Ya se me ocurrirá algo en el momento. Vendré a verte todos los días y te traeré comida y lo que te haga falta, lo prometo —asentí simplemente y él me dio un beso en la frente.
— ¿Te quedas hoy conmigo a dormir? —TK sonrió y asintió.
Nos acomodamos en un colchón viejo. Él me puso su sudadera para taparme. Ambos estábamos de frente, sin decir nada. Volví a prestarle atención a sus preciosos ojos azules que seguían igual de cautivadores que siempre a excepción de las bolsas ojerosas bajo éstos. Me puse a pensar en lo difícil que debió haber sido para él ver tantos crímenes injustos y no poder hacer algo al respecto. Supongo eso era unas cien veces peor la condena que a como yo me sentía con respecto a Mandy.
Volví a inhalar el sabor de su respiración que me hizo recordar momentos muy agradables de mi adolescencia y juventud. TK me acarició una mejilla apartando un mechón de cabello de mi rostro. Volvimos a mirarnos hasta que se acercó a besarme. Sus labios eran cálidos y suaves, tal cual los recordaba.
Si en algún lugar de mi trayectoria había sido capturada y asesinada, o había muerto por hipotermia, y éste preciso momento era el cielo… yo agradecía no recordar mi muerte y haber llegado a éste lugar.
Pero no. Estaba viva. Más viva que nunca. Y TK estaba conmigo.
Creo que estoy bastanteeee inspirada! Plus: hoy es mi cumpleaños, yeeeiiii! Disfrútenlo :)
