Los miserables pertenece a Victor Hugo. Yo solo mancillo su obra con temor a que su fantasma me vaya a perseguir por tal osadía.
Luz de bengalas y aroma a petardos.
Un café para muchos.
Cuando Grantaire entró al Musain se encontró con un acalorado debate entre Enjolras y Combeferre. El recién llegado estuvo a punto de irse por donde había venido si otro de los asistentes no se hubiera interpuesto entre él y la puerta. Courfeyrac le había del brazo como si hubiera intuido sus intenciones.
—Al fin llegas. —Saludó siguiéndolo hasta la barra, ya que en vista de que no podía irse, necesitaba una cerveza, un par si aquello se alargaba mucho. —Enjolras y Combeferre vuelven a tener el mismo debate de siempre.
— ¿La violencia en las huelgas? —Courfeyrac afirmó con la cabeza, pidiéndose otra. — ¿Quién va ganando?
La reunión hacía media hora que habría empezado, y la mitad de esta se había resumido exclusivamente a hablar sobre la intensidad que le iban a dar a la huelga que estaba preparada para el mes siguiente. Como era normal, Enjolras iba al máximo nivel. Él quería barricadas con los contenedores, incendiarlos si llegaba el caso, que a su juicio siempre llegaba. Buscaba irrumpir en las clases y debatir con los alumnos que iban a clase para finalmente llamarlos "esquiroles". Recorrer todo el campus, llegar al rectorado y, si había ocasión, entrar y molestar. La cuestión era hacer ruido.
Por personas como Enjolras se habían prohibido las reuniones de se tipo en la universidad. Precisamente por el chico que ocupaba el sitio al lado del rubio, Bahorel, quien formaba parte de la primera generación de aquellos alumnos politizados que se reunían en torno a unas ideas más o menos en común. Resultaba mentira que una persona, como era Enjolras, que parecía a simple vista tan tranquilo, en realidad fuera tan rojo y que guardara tanta violencia para con el sistema.
Por otro lado estaba Combeferre, el tranquilo Combeferre que pedía una huelga pacífica, sin mobiliario estropeado, que a fin de cuenta eran pagados con el dinero de todos los franceses a los que defendían, sin insultos y menos a los profesores con los que tenían clase todavía, puesto que esos profesores te cogían manía y te obligaban a acudir a dos o tres convocatorias para aprobar la asignatura, teniendo la suerte de que te tocara otro docente.
Y Enjolras no podía negar esto último puesto que el curso anterior le había quedado una materia por el simple hecho de entrar a su clase un día de huelga y soltar todo lo que pudo por la boca.
—Pero para eso están los que no estudian derecho. —Miró a sus lados, concretamente a Bossuet, que estudiaba ciencias políticas, a Feuilly quien estaba en la carrera de ingeniería, a Jehan que se había metido en humanidades, a Joly, el chico de medicina y por último a él, a Grantaire que seguía apoyado en la barra, bebiendo de la botella de cerveza, y que estudiaba bellas artes, y quien le respondió alzando una ceja. —Vaya, me alegra que por una vez me hayas hecho caso, Grantaire.
—No me quedaba más remedio.
— ¿Qué? ¿Te atreverías a hablar frente a una clase de derecho? —Enjolras se cruzó de brazos.
—Será un buen ejercicio. Ya vosotros repetís argumentos. Debéis de leer más.
Todos dedicaron al joven una mirada llena de incredulidad, por todas sus palabras en general.
—Perfecto. Pues ya tenemos a quien hable en derecho. —Enjolras se levantó de la silla y se paseó por el café.
—Me sigue pareciendo exagerado todo eso. Y que solo servirá para que intervenga la policía. —Combeferre se colocó las gafas con un dedo antes de cruzarse de brazos.
—Si fuera por ti solo repartiríamos panfletos y le pediríamos de rodillas a los alumnos que vengan en día de huelga que se fueran.
—Enjolras tiene razón. Además, la policía intervendrá hagamos lo que hagamos, es una jornada de huelga, siempre lo hace. —Habló Bahorel.
—Y siempre nos toca correr a las facultades para escondernos. —Concluyó Courfeyrac.
—Porque Enjolras se dedica a cantar consignas en contra de la policía.
—Al menos yo hago más que tú que solo visitas las cafeterías, Grantaire.
— ¿Te tengo que recordar que yo logré más gente para la huelga en las cafeterías que tú en las aulas?
—No voy a perder el tiempo discutiendo contigo. —Aquellas palabras le sacaron una carcajada al otro, que siguió bebiendo. — ¿Entonces podemos dar por terminada la reunión?
Todos asintieron con diversos comentarios, aunque por supuesto eso no supuso el fin de la jornada. Al contrario, la mayoría se acercó a la barra a pedir alguna bebida. Ahora empezaba la noche.
