Los miserables pertenece a Victor Hugo. Yo solo mancillo su obra con temor a que su fantasma me vaya a perseguir por tal osadía.


Luz de bengalas y aroma a petardos.

Bocadillos de tortilla para comer.

Fueras o no a clase, la cafetería era un lugar que más temprano que tarde solías visitar. Había gente que sólo iba a la universidad para pasar el rato en la cafetería. Era el verdadero centro de actividad en cualquier facultad, por encima incluso que la propia biblioteca.

La vida en la cafetería constituía ya una forma de vida en sí para los que solían acudir allí a menudo. Por ejemplo, Éponine Thenadier ya estaba acostumbrada a salir de clase todos los días a las tres de la tarde e ir a la cafetería de manera automática. Normalmente solía llevar una fiambrera para comer, pero aquel día se había quedado dormida y no le había dado tiempo a prepararse algo.

Compró en la cafetería cualquier cosa y se fue a sentar en la mesa que ocupaba cada día. Dejó el plato en la mesa y tomó asiento en una de las sillas blancas de plástico, rebuscó en su bolsa y sacó un libro que había sacado de la biblioteca, ya que era bastante costoso en las librerías, y lo abrió por donde lo había dejado. Realmente, a pesar de que tenía que leérselo para una clase bastante pronta, Éponine no estaba nada pendiente de lo que leía, estando más atenta a la puerta de la cafetería y de vez en cuando a su móvil. Tenía calculada la hora, pese a eso, no dejaba de sentir el nerviosismo como si fuera el primer día que le veía.

Y a pesar de no dejar de mirar la entrada, no le vio entrar. Marius Pontmercy entró y se acercó directamente a la mesa, casi siempre era la misma.

— ¡Buenas tardes! —La joven siempre tenía una amable sonrisa para el recién llegado. Cerró el libro y lo devolvió a su bolsa.

— ¿Todavía sigues con ese libro? —Ella se encogió de hombros, haciendo que él negara con la cabeza. —Voy a por algo de comer. —Dejó la mochila sobre una silla, al lado de ella, antes de darse media vuelta y caminar hacia la barra.

Ponine siempre negaría que en el momento de darse el chico media vuelta y alejarse de la mesa, a ella se le había escapado un suspiro acompañado de una sonrisa que no se parecía a la cordial con la que le recibía y que le duraba hasta que le veía aparecer de nuevo con una bandeja. Entonces fingía estar ocupada con cualquier cosa, normalmente el móvil. Miraba los mensajes aunque fuera consciente de que no había recibido ninguno. Daba igual.

— ¿Y cómo es que hoy no te has traído tu habitual comida? —Dejó la bandeja en la mesa antes de sentarse frente a ella. — ¿A tu madre se le ha vuelto a olvidar ir a comprar?

—No, esta vez ha sido cosa mía. Me quedé dormida. —Reconoció ella avergonzada, apoyando un codo en la mesa y la cabeza en su mano. —Azelma me levantó.

—Menos mal que en tu casa sois tres madrugadores. —Comentó mientras empezaba a comer.

—Sí… y que somos "algo" responsables, porque de ser por mis padres no hubiera madrugado ni para la primaria…

Aquello le sacó una sonrisa que se le contagió a ella.

— ¿Te toca hoy trabajar? —Volvió a pregunta, aprovechando para beber agua, que siempre estaba servida en jarras por todas las mesas.

—Sí, entro dentro de una hora. —Calculó mirando el reloj que llevaba en la muñeca-

Siempre que hablaba de cuánto le quedaba para entrar a trabajar miraba ese reloj, nunca el móvil. Según ella, era un símbolo de estar bajo ese contrato que no habría aceptado de poder buscar otra cosa. Quizás tenía que ver con que fuera un regalo de su jefe antes de que lo fuera.

—Entonces supongo que no te quedas para repartir panfletos o lo que sea que quiera Enjolras que hagamos.

Ella negó con la cabeza, cogiendo una patata del plato del chico.

—Es más, debería de ir saliendo. Intentaré hacer coincidir el día de descanso con el día de la huelga. —Se levantó de la mesa, cogiendo la bolsa para colgársela de un hombro. —Nos vemos mañana.

—Que vaya bien en el trabajo. —Escuchó ella antes de alejarse de la mesa.

Salió por la puerta por la que había entrado haría un rato el chico tras dedicarle una última mirada.

Volvió a mirar el reloj. Iba bastante bien de tiempo. Cuando alzó la cabeza vio como Enjolras caminaba hacia ella con una bolsa de reprografía en sus manos.

— ¿Ya te vas, Éponine? —Posiblemente Enjolras era una de las pocas personas que nunca acortaban su nombre. — ¿No te quedas a pegar carteles y repartir panfletos?

—Me temo que no. Tengo que trabajar. —Se encogió de hombros.

—El trabajo te quita tiempo para lo importante.

—Claro, Enjolras. —Palmeó su hombro con una mano. —Yo soy la primera que desea dejarlo.

—Ya te queda menos.

Tras dedicarle una sonrisa y una despedida, la joven volvió a dirigir sus pasos fuera de la facultad. Ojala Enjolras tuviera razón y le quedara poco para dejar el dichoso trabajo.


Como si las miradas enamorasen.

Marius Pontmercy no iba a la facultad de letras a comer porque fuera su facultar, que de hecho no lo era, la suya era derecho. No iba allí a comer porque la comida fuera mejor o porque casi siempre el centro de actividad de acción fuera aquel. No. Marius iba allí porque siempre se encontraba con ella.

Todos los días, a las tres y cuarenta y siete de minutos entraba en la cafetería una joven rubia que Marius mentiría si dijera que no le encantaba. La joven pedía un café con leche y siempre se lo tomaba sentada en una de las mesas del interior de la cafetería. Le echaba un azucarillo y medio y se lo tomaba siempre antes de que fuera las cuatro de la tarde, según pensaba Marius, porque era la hora en la que empezaba las clases.

A veces iba acompañaba, aunque eran las de menos. La mitad de los días se dedicaba a leer tranquilamente, subrayando de vez en cuando con un lápiz, y la otra mirad del tiempo se dedicaba a estar pendiente de su teléfono.

Tenía los movimiento de la chica estudiados, sabía que le gustaba escribir con un bolígrafo celeste de tinta, que tenía de tono de teléfono una canción que últimamente sonaba bastante en la radio. Y que tenía la más hermosa mirada que hubiera visto nunca.

Pese a ello, no sabía su nombre y qué estudiaba. No sabía nada importante, pero no evitaba que acudiera cada tarde a aquella cafetería y quedarse mirándola. De vez en cuando, sus miradas se cruzaban y ambos la apartaban, Marius con una leve sonrisa en su rostro.

Y cuando la joven terminaba su café, lo recogía todo y salía de la cafetería, de nuevo, Marius, la seguía con la mirada. Solo que aquel día, mientras ella salía, alguien entraba.


Preparados…

Enjolras entró por la puerta, y tras él otros a distintos tiempos. Primero Combeferre y luego Joly.

—Bahorel está de camino. —Informó Combeferre mirando el teléfono. —Dice que un profesor le ha pillado yéndose de la facultad.

— ¿Y qué tiene eso de malo? —Preguntó Marius mirándolos.

—Que es el profesor con el que tiene ahora clases. Tercera convocatoria. Y de derechas. —Explicó.

—Ya veo.

—Bahorel entró en la anterior huelga educativa en su clase y le llamó esquirol en su propia cara. —Contó Enjolras con la mirada hacia la puerta.

— ¿Y cómo es que me perdí eso? —Preguntó el joven.

—Estabas repartiendo panfletos en la cafetería. —Respondió Joly, mirando la cucharilla fijamente antes de meterla en el café que se había perdido.

—Ah, cierto. Y me quedé un rato hablando con unos que después se unieron al piquete. —Habló con cierto orgullo.

— ¿Sabéis si Grantaire está en clase? —Inquirió Enjolras mirándoles.

—Estaba en la cafetería, pero supongo que sería en la de su facultad. —Habló Combeferre.

—Podríamos ir a buscarle y así seríamos un grupo par para dividirnos el trabajo. —A Enjolras no le hacía falta levantarse puesto que en ningún momento se había sentado.

— ¿Qué hay que hacer? —Preguntó Joly removiendo el café.

—Repartir panfletos, pegar carteles, hablar con la gente… —Respondió Enjolras dejando la bolsa con lo mencionado encima de la mesa.

—Guay. —Despues de una mañana de prácticas de medicina, nada mejor que patearse el campus siendo ignorado por la más de la mitad del alumnado.

—Así que… Joly, ¿te quedas aquí esperando a Bahorel mientras que Combeferre, Marius y yo vamos a la cafetería de artes a buscar a Grantaire?

—Por supuesto. Suerte con convencer a R.

Enjolras puso los ojos en blanco antes de dirigirse a la salida seguido de sus dos compañeros.

Quedaba una larga tarde.