Los miserables pertenece a Victor Hugo. Yo solo mancillo su obra con temor a que su fantasma me vaya a perseguir por tal osadía.


Luz de bengalas y aroma a petardos.

Boicot a la huelga.

—Recuérdame de nuevo, Grantaire, ¿por qué estamos haciendo esto? —Colocó un cartel llamando a la huelga en los postes de la parada del autobús.

—Porque somos gilipollas, Éponine. Por eso. —Cortó varios trozos de cinta adhesiva y los pegó en el cartel.

—Gracias. Porque otra explicación no se me ocurre.

Tras una semana currando para la huelga, les había todazo a ellos dos el recorrer el campus reponiendo los carteles que se habían perdido, por no decir, que habían quitado o tapado con otros de publicidad. Y todo por no tener clases, bueno, Éponine no tenía clases. A Grantaire simplemente le habían encontrado en la cafetería, como siempre, y le habían arrastrado a ello.

—Entremos en medicina… —Habló ella con pesadez, abriendo la bolsa en la que iban los carteles y comprobando que todavía quedaban como para dos facultades, si tenían la suerte de que faltasen en esas dos facultades muchos carteles.

— ¿Por qué no?

—Pero sin pasar por la cafetería.

— ¡Pero! ¡Éponine!

—Quiero terminar esto de una vez. —Iba más adelantada, subiendo la escalinata que llevaba a la facultad.

—Y yo… —El otro iba más rezagado, subiendo cada escalón como si le costase la vida.

—Pues terminemos pronto y yo misma te invito a una cerveza. —Éponine empujó con las dos manos la puerta de la entrada, antes de sujetarla esperando al otro, mientras examinaba el interior del lugar. —Oye, R… —Empezó una vez tenía al chico cerca. — ¿No habíais colgado aquí una pancarta?

Grantaire la miró extrañado mientras cruzaba la puerta buscando aquel trozo de plástico que él mismo había pintado con Jehan la mañana anterior, con la excusa de que "los dos eran los más artísticos" y que luego le había tocado colgar junto a Feuilly. En efecto. No estaba.

— ¡Qué cojones! La colgamos justo en esa barandilla. —Señaló con un dedo el lugar central del hall. —Ven, vamos a mirar.

Se dirigieron a una de las escaleras. Los carteles quedaron olvidados por un momento mientras avanzaban por la planta superior hasta la barandilla en cuestión. Allí donde tendría que haber una pancarta llamando a la huelga solo quedaba rastro de cinta adhesiva que dejaba ver que allí había sido colgado algo y que posteriormente había sido arrancado.

—Joly ya ha terminado las clases, ¿no? —Preguntó la joven sentándose en uno de los banquillos que estaban pegados a la pared.

—Sí, estará en casa, pero… —Sacó el teléfono y le llamó. Ambos estuvieron hablando unos minutos. —Dice que cuando él se ha ido seguía colgada.

—Entonces ha sido prácticamente ahora.

Volvieron a bajar corriendo las escaleras para acercarse a la conserjería. Si alguien había quitado la pancarta ellos lo tenían que saber.

En un primer momento no quisieron hablar acerca de lo ocurrido, haciéndose los desentendidos con aquel tema, hasta que finalmente se acercó uno de los conserjes.

—Pasad, chicos. —Les abrió la puerta de la conserjería y les hizo sentarse en un par de sillas, mientras cerraba la ventanilla. —Camille nos ha dicho que no os digamos nada. —Camille, según comprendieron tiempo después, era la encargada de la conserjería. —Ha entrado un nuevo guardia de seguridad y nos ha dado órdenes de que quitemos todos los carteles y pancartas que se salgan de lo profesionalmente académico. —De un rincón tomó un plástico blanco que reconocieron como la pancarta que habían colgado y se la tendió a Éponine, a quien tenía más cerca.

— ¡Genial! —Exclamó Grantaire lleno de ironía. Toda una mañana entera y parte de una tarde resumida en esa masa de plástico al que se le veía pintura roja negra y verde.

— ¿Y solamente en esta facultad o en todo el campus? —Pregunto Éponine.

La simple cara del conserje no les hizo presagiar nada bueno.

—Toda la universidad.


Tú verás la cara de Enjolras

— ¡Pero si siempre hemos tenido muy buena relación con la seguridad de la universidad!

Enjolras no se había sentado desde que saliera de clase. Al llegar al hall de su facultad se encontró con Grantaire y Éponine que le esperaban para contarle lo sucedido, a raíz de lo cual había empezado a despotricar contra todo y todos porque, en efecto, así era. Todas las pancartas habían desaparecido y la mayoría de los carteles. Por fortuna habían podido recuperar algunas de las primeras.

Tras el recorrido por la universidad, Enjolras había convocado reunión urgente en el Musain. Pese a que solo la mitad del grupo manifestó la conformidad de poder acercarse al bar con más o menos un horario cercano, el joven siguió con ello hacia delante.

Cuando cruzaron la entrada del bar ya el dueño, un antiguo revolucionario, sabía que algo había pasado, y antes de que pudieran decir algo, les había servido: un café para Enjolras, un chocolate para Éponine y una cerveza para Grantaire. Les conocía demasiado bien después de tanto tiempo.

Escuchó a Enjolras atentamente, asintiendo con la cabeza y haciendo algún comentario de vez en cuando, nada serio, prefería que terminara de hablar antes de hacerlo él.

— ¡Así que tenemos a un perro del gobierno con ganas de ganarse una galleta! —Acabó resumiendo el rubio.

—No me puedo tomar en serio a alguien enfadado y que no suelta palabrotas. —Grantaire hablaba con la joven quien se tuvo que aguantar la risa cuando vio la cara del aludido detrás de su amigo.

Por fortuna, habló el dueño antes de que Enjolras pudiera devolver el comentario.

—Bueno, seguramente le hayan mandado desde arriba. Últimamente estabais haciendo mucho ruido.

— ¡Pues esto no se va a quedar así! —Dio un golpe en la barra de madera con el puño a tiempo que Feuilly entraba para verle en tal postura.

— ¡Vaya! Raro ver a Enjolras tan frustrado. ¿Qué está bombardeando la OTAN ahora?

— ¡La libertad! —El tono empleado junto a su gesto le hizo sacar a Grantaire la típica frase de "drama queen".

—Oh, venga, ¿qué ha pasado? El mensaje que mandaste por el grupo sonaba serio. —El recién llegado se sentó al lado del joven rubio.

—Ha llegado un segurata a la universidad con ganas de molestar. Ha dado orden de que los conserjes nos arranquen todo lo relacionado al movimiento. —Resumió como pudo toda la información de aquel largo día.

Feuilly abrió los ojos sorprendido con aquella declaración.

— ¿Todo?

—Nos hemos dado una vuelta por el campus y no había carteles ni de los sindicatos.

Y lo cierto es que eso era lo más raro. Seguro que el tipo era alguien de derechas que no soportaba ningún tipo de movimiento social, o al menos esa era la conclusión a la que había llegado Enjolras, mientras iban comentando el suceso de camino al Musain en el metro; llegando Feuilly a la misma conclusión.

Poco a poco el resto de los asistentes llegaron. Courfeyrac y Combeferre eran dos que nunca se perdían aquellos eventos, salvo causa de fuerza mayor. Bahorel y Bossuet también llegaron, aunque un poco más tarde, frente a Joly, Jehan y Marius que les había sido imposible escaquearse de sus quehaceres.

Enjolras contó aquella historia como cinco veces, aumentando la agresividad de su tono a medida que más hablaba, llegando a sonar violento en el climax del debate.

— ¡No vamos a dejar de pegar carteles! ¡No! ¡Por ahí no paso! ¡Ya bastante es el que tengamos que reunirnos aquí porque en la universidad no haya libertad para ello!

—Entonces, ¿qué pretendes que hagamos? —Combeferre intentaba sonar tranquilo, aunque Enjolras a veces le sacaba de quicio, y ello, sumado a la práctica que había tenido antes de ir al bar que había sido un debate sobre la importancia de los jurados populares, no ayudaba a que el joven tuviera aquel día una gran paciencia. — ¿Nos dedicamos a pegar carteles y pancartas, despilfarrando dinero y a la espera de encontrarnos con el susodicho segurata para que nos fiche de por vida?

—Hombre, puede que algunos llevemos muchos años en la universidad, pero de ahí a decir que nos tiraremos toda la vida…

Aquel comentario de Bossuet no sacó muy buenas miradas por parte del resto de compañeros. Y menos aun por parte de Enjolras o Combeferre.

—Podríamos —por fortuna Bahorel estaba allí— hacer como antaño. Hacer pegadas por la noche.

Todos los presentes, que en aquellos momentos solo eran ellos, puesto que el dueño del local cerraba cuando se daban aquellas reuniones, se volvieron al joven rubio, algunos con más ilusión que otros.

—¡Tienes razón! —A Enjolras se le cambió por completo el tono de voz, mientras caminaba por el bar. — ¡Que la universidad amanezca con nuestros carteles! —Ya se lo estaba imaginando, los alumnos bajando del autobús, saliendo del metro, y topándose con toda una llamada a la huelga.

—Bien. —La voz de Courfeyrac bajó a Enjolras a la realidad. — ¿Cuándo quedamos para pegar?

—Tiene que ser esta semana. No lo podemos atrasar más. —Combeferre se cruzó de brazos mientras hablaba.

Y todas las mentes se pusieron a pensar.


Bienaventurados los que obran por la noche…

Grantaire llegó a su casa pasadas las diez de la noche, había sido el último en irse de la cafetería en donde había estado charlando con los camareros, tomándose unas cervezas una vez aquella había cerrado. Conforme cerró la puerta, lo primero que hizo fue ir al baño. Una cosa mala, o buena según se viera, de la cerveza es que era diurética.

Se sacó el móvil del bolsillo del pantalón y lo dejó en la repisa que había en el espejo y que utilizaba para dejar el cepillo de dientes y el dentífrico. Mientras se lavaba las manos, el dispositivo comenzó a vibrar y a encenderse. Lo más seguro es que le hubiera llegado un mensaje.

Con toda la tranquilidad del mundo, se secó las manos, cogió el móvil y salió del baño. Pasó por la cocina de camino al salón y cogió una lata de cerveza de la nevera que abrió con una mano mientras entraba en la sala de estar y se sentaba en el sofá.

Entonces ya, por fin, cogió el móvil, el cual no había dejado de vibrar en todo el camino. Tenía como veinte mensajes por el chat. ¿Qué demonios? Lo abrió para toparse con el grupo de la asociación.


LES AMIS DE L'ABC

*Apolo [22:17]

Atención, compañeros, como acordamos en la anterior reunión, en la que faltasteis mucho, esta noche habíamos quedado para ir a la universidad a pegar carteles y a colgar las pancartas que logramos salvar.

*Apolo [22:19]

Yo llevo los carteles y la cola. Sería muy productivo que los que tuvierais coche vinierais.

*Courferawr [22:20]

-Mirada indiscreta a Bahorel y Bossuet-

*Ferrero [22:22]

Contad conmigo.

*Jolllly [22:25]

¿Cola?

*Bajoreh [22:27]

Para pegar los carteles. No lo vamos a volver a pegar con celofán.

*Bajoreh [22:28]

Contad también conmigo. Y con mi coche.

*Bajoreh [22:29]

¿A qué hora es?

*Johan [22:29]

Chicos, conmigo no contéis. Me ha salido para mañana por la mañana una práctica que todavía no he terminado.

*Apolo [22:30]

A las once y media, frente a derecho.

*El niño Pontmercy [22:31]

Yo no puedo ir… ¡Pasadlo bien!

*Bossué [22:31]

Llegaré un poco más tarde, pero contad conmigo.

*Ponine [22:32]

Yo todavía no he salido de trabajar, y dudo que pueda llegar a tiempo :(

*Fulli [22:33]

Yo sigo en una asamblea de mi barrio. Pero creo que me dará tiempo llegar.


Luego, por otro chat, tenía conversación directa recién abierta por Enjolras.


*Apolo [22:21]

Grantaire, vente esta noche a pegar carteles con nosotros.

*Apolo [22:22]

Hemos quedado a las once y media en la facultad de derecho.

*Apolo [22:23]

No te escaquees, que no tienes excusa, y te da tiempo de llegar.


El moreno suspiró y con pesadez le escribió una respuesta


*Yo [22:38]

pufffffffffff…..

*Yo [22:38]

esta bien


Bloqueó el teléfono, aunque al tiempo le volvió a vibrar en la mano. Habían escrito en el grupo.


LES AMIS DE L'ABC

*Apolo [22:39]

Grantaire viene también.


El aludido suspiró y volvió a bloquear el móvil. Tenía que estar en la facultad de derecho en menos de una hora, aunque con el metro llegaba en menos de veinte minutos. Lo único es que también quería ducharse. Y comer algo también sería lo suyo. Volvió a suspirar y se reclinó en el sofá con pesadez. ¿Quién le mandaría meterse en aquellas cosas? ¡Si él no creía en la posibilidad de cambio!

Al final, acabó incorporándose y caminando hacia el baño. El caso es que siempre era el primero en meterse en esas movidas. ¡Maldito Apolo!


… porque Apolo se compadecerá de ellos (a veces).

Ningún coche quedaba en los aparcamientos de la universidad. Era martes y prácticamente nadie iba a salir por la noche en la zona universitaria. Enjolras fue el único que se bajó en la parada de metro de la universidad, junto a Combeferre y Courfeyrac, que aparte de buenos amigos desde el instituto eran sus compañeros de piso desde que en primero se dieran cuenta que vivir en una residencia era incompatible con ejercer un activismo político regular. O al menos, en la residencia en la que ellos vivían.

El camino a la facultad se les hizo más lento que cuando iban a clase. El silencio reinaba, no deseaban llamar mucho la atención. Enjolras llevaba una mochila donde tenía guardados los carteles, por su parte, Courfeyrac portaba una bolsa de deporte en la que estaba metidas las pancartas. Había tres, pero no había tiempo para pintar nuevas.

— ¿Ese no es el coche de Bahorel? —Preguntó Courfeyrac señalando un vehículo que estaba aparcando frente a la facultad de derecho.

—Creo que sí. —Respondió Combeferre.

No bastó más. Los tres apretaron el paso y llegaron al punto de reunión. Courfeyrac no se había equivocado. Aquel era Bahorel; quien para cuando llegaron, se estaba liando un cigarro.

— ¿Cuál es el plan para esta noche? —Preguntó antes de pasar la lengua por el papel del cigarro para terminar de cerrarlo.

—Nos dividiremos en dos grupos. Uno se ocupará de las facultades de letras y otro de las de ciencia. —Enjolras mentiría si dijera que no había estado dándole muchas vueltas a ello.

Finalmente, fue la única opción que veía, tras pensar en la posibilidad de repartirse por equipo "carteles" y equipo "pancartas".

La ventaja de la división elegida era las agrupaciones de la facultad por campos. Donde estaban era la zona de las humanidades, y al otro lado de la rotonda estaban las de ciencias. Sin hablar de aquellas facultades que se encontraban desperdigadas por París.

— ¿Cuatro y cuatro? —Sacó del bolsillo un mechero y se encendió el cigarro.

Bahorel le había pillado un poco desprevenido, porque ni siquiera había hecho los cálculos de cuánto serían en cada grupo con esa división, porque tenía que pensar en la cantidad de facultades que había en cada área, pero afirmó con la cabeza tras haber hecho los cálculos mentales.

—Es también un buen número para ir en coche. —Dejó caer Courfeyrac como si nada, con la mirada hacia la parada de metro por si veía llegar a alguien.

— ¿Por qué no me sorprende? Solo me queréis por el coche. —Bahorel dio unas carcajadas que se mezcló con el humo que expulsaba en ese momento.

—Qué va. ¿Qué haríamos sin tu manejo de los programas de diseño y edición?

—Enjolras tiene razón. Aquí el resto solo sabemos manejar el Paint. —Coincidió Combeferre.

—Tíos, por ahí se acerca alguien. —Señaló Courfeyrac la figura que se acercaba evitando pasar por debajo de la luz de las farolas.

Por precaución, puesto que no se veía de quien se trataba, guardaron los materiales en el asiento trasero del coche de Bahorel. Nunca se sabía con la policía de incógnito. Sin embargo, las precauciones fueron innecesarias. En cuanto estuvo más cerca la figura fue reconocida como Grantaire, quien se había tomado su tiempo para llegar desde el metro hasta el lugar de encuentro.

— ¡Vaya susto nos has dado! —Aquella tensión suscitada en unos momentos hicieron que a Bahorel le dieran ganas de liarse otro cigarro.

— ¿Por qué no vas por la luz como las personas normales? —Esta vez habló Enjolras, quien en lugar de un cigarro, le habían entrado ganas de golpear al recién llegado por el mal rato gratuito.

—No me gusta ir por debajo de las farolas. —Se encogió de hombros, mientras abría la puerta trasera del coche para sentarse y quitarle el paquete de tabaco de liar a Bahorel y liarse uno. —Siempre creo que se me puede caer una bombilla a la cabeza. He oído que una vez le pasó a un chaval que iba por ahí pasando por debajo de farolas.

El comentario con el que Courfeyrac respondió les sacó una risa a los presentes.

—Grantaire, las bombillas se encienden y las manzanas se caen. No mezcles los conceptos.


Jugando a policías y revolución.

—Ferre acaba de enviar un mensaje. —Anunció Bahorel sacando el teléfono del bolsillo del pantalón.

Se encontraban en la parte trasera de la facultad de la Biología, pegando los carteles en la puerta de la cafetería. Quedaba solamente aquella facultad y la de matemáticas, que estaba algo lejos del resto del campus.

— ¿Qué dice? —Preguntó Feuilly que sujetaba los carteles, mientras Enjolras y Grantaire fijaban los que habían puesto en la pared con la cola.

—Que ha visto un coche de policía dando vueltas por aquí.

Se miraron entre ellos, salvo Enjolras que siguió pegando los carteles y cuando terminó, les miró.

— ¿Qué hacéis ahí parados? ¡Vamos a terminar de pegar carteles!

— ¿Acaso no has oído a Bahorel, Apolo?

—Sí que le he escuchado. ¡Y no me llames Apolo! —Enjolras se acercó a Feuilly y le cogió los carteles. —Tenemos dos opciones: pegamos los carteles y nos libramos de ellos o volvemos al coche y nos arriesgamos a que nos pillen.

—No tienen por qué pillarnos. —Comentó Feuilly.

Que le pillaran pegando carteles no era su plan para una noche.

—El coche está en la avenida. Seguro que habrá un coche policía por allí cerca. —Respondió Enjolras dirigiéndose hacia la facultad de matemáticas.

No muy convencidos con aquello, siguieron a Enjolras.

—Enviad un mensaje por el grupo diciendo que vamos a matemáticas. Por precaución. —Volvió a hablar.

Bahorel, que seguía con el teléfono en la mano, fue quien escribió el mensaje.

En lugar de ir de manera directa, tomaron un rodeo, caminando por la zona residencia, en silencio y atentos por si escuchaban alguna sirena de policía.

—El procedimiento —empezó Enjolras cuando ya estaban en frente de la facultad— es el de siempre. Si vemos algún policía, o un coche de patrulla, soltamos todo y salimos corriendo.

—Aplícate el cuento. La última vez casi te pillan porque no habías terminado de pegar un par. —Recordó Feuilly, cogiendo una parte de los carteles. — ¿Vamos por la fachada delantera primera?

—Sí, aquí hay más luz. Tenemos que aprovechar que no hay nadie cerca. —Respondió Enjolras pasándole uno de los rodillos para la cola a Grantaire, que llevaba las manos muy vacías.

—Perfecto. —Bahorel dejó el cubo de cola en el suelo y echó una mano para colocar los carteles. — ¡Vamos, R! ¡Con más alegría!

—Sí, sí. Luego podríamos ir a tomar algo.

— ¿De verdad estás pensando en eso ahora, Grantaire?

—Nunca dejo de pensar en darme una buena juerga, Enjolras.

—Ponte a pegar carteles, anda.

—Sí, sire.

Enjolras bufó, mirando el móvil mientras Bahorel y Grantaire terminaban de pegar los carteles.

—El otro equipo ya ha terminado. —Anunció.

—Por la parte trasera no he visto a nadie. —Feuilly llegó con una sonrisa.

—Pues vamos rápido.

Corrieron por el lado de la facultad que no daba a la carretera, por si se topaban con alguna patrulla por el camino. Quedaba muy poco para terminar. Enjolras y Feuilly colocaron los carteles y Bahorel y Grantaire, como antes, se dedicaron a pegarlos.

— ¡Eh, vosotros! ¡¿Qué hacéis?!

Cuando se dieron la vuelta vieron a tres policías caminando hacia ellos. Les habían pillado y con las manos en la masa. Aquello era una multa seguro.

—Chicos, ya sabéis, ¡corred! —Gritó Enjolras.

Y no hizo falta ninguna indicación más. Los cuatro salieron corriendo. Los carteles que no habían sido pegados cayeron al suelo y fueron pisado por los que corrían.

— ¡Vamos al coche! ¡Deprisa! —Gritó Bahorel.

En lugar de antes, que fueron dando un rodeo, esta vez corrieron directamente hacia la avenida principal, saltando por la barrera que separaba el carril bus del resto de carriles, y aprovechando la nula circulación de vehículos a esas horas de la noche, corrieron por la carretera pasando la rotonda. A las espaldas escuchaban como los policías les perseguían.

— ¡Bahorel! ¡¿Llevas las llaves a mano?!

— ¡Sí! ¡No os preocupéis!

Corrieron hasta la facultad de derecho, y Bahorel, como pudo, abrió el coche.

— ¡Vamos, todos dentro!

Según fueron llegando al coche, fueron entrando. El último fue Grantaire, quien cerraba la puerta al mismo tiempo que Bahorel pisaba el acelerados para salir corriendo de allí.

—Da un rodeo. Por si alguien nos empieza a seguir.

Las palabras de Enjolras fueron las únicas que se escucharon en un buen rato.