Los miserables pertenece a Victor Hugo. Yo solo mancillo su obra con temor a que su fantasma me vaya a perseguir por tal osadía.
Luz de bengalas y aroma a petardos.
Pique de titanes
Entraban en la semana de la recta final, quedaba una semana justa para la huelga y aquel último trabajo de cara al día señalado era el más importante.
Y era por ello que Enjolras no comprendía como había acabado haciendo pasaclases con Grantaire. No lo entiende, porque Grantaire, por mucho que diga, no es el mejor compañero para hacer llamamientos. Otro gallo cantaría si en lugar de ir a la huelga, reivindicaran ir a una fiesta o algo por el estilo.
Acaban de terminar la facultad de medicina, donde vieron a Joly en una actitud estudiantil, tomando apuntes. Era gracioso verle, intentando aparentar normalidad, aunque no podía evitar soltar una sonrisilla al escuchar a Enjolras.
Porque en todo aquel recorrido había sido Enjolras el que había hablado, el que había dado la charla siempre.
— ¡Enjolras! ¡Déjame hablar en la siguiente clase! —Pidió R por vigésimo novena vez mientras ambos entraban en la facultad de Telecomunicaciones.
Enjolras se dirigió a la parte de las clases, cruzando el hall de la facultad con paso firme, que contrastaba con el caminar despreocupado de su compañero.
—No.
—Pero, ¡Enjolras! —Se le adelantó para mirarle. — ¡Vamos! ¡Me sé de memoria tu discurso!
—A ti no te tomarán en serio.
—Pues anda que a ti te hacen mucho caso.
Enjolras suspiró y miró las clases que tenían por delante. Grantaire no dejaría de darle por saco hasta que no le dejara entrar y hablar.
—Está bien. Hablarás en la siguiente.
El otro muchacho simplemente sonrió acercándose a la primera clase, la que tenían más cerca. Con dos golpes secos llamó a la puerta antes de abrirla. Toda la clase, incluido el profesor, se volvieron a la puerta y miraron a Grantaire, que se había apoyado en el marco de la puerta, y a Enjolras, que miraba la clase detrás del cuerpo del primero.
— ¡Buenas tardes! — Saludó el chico de Bellas artes. — Veníamos a decir unas cosas sobre la próxima huelga. ¿Nos dejaría?
Aunque no lo tenía en frente, Enjolras podía asegurar que Grantaire había sonreído al terminar de hablar.
—Ah… —El profesor, relativamente joven, miró a sus alumnos antes de dar alguna respuesta. —Claro, sí, pasad.
Y para dejarles más a su bola, se bajó de la tarima y fue a sentarse al final de la clase.
Grantaire entró y se quitó la mochila que llevaba a su hombro, dejándola tirada en el suelo a medida que se subía a la tarima, frente a la mirada juzgadora de Enjolras. ¿Por qué R tenía que tener esa manera de marcar territorio?
—Bueno, chicos. —Comenzó Grantiare, y más que una charla sobre la huelga a una clase de universidad, parecía que iba a dar un show en un teatro. —Si habéis tenido suerte, seguro que habréis visto nuestros carteles llamando a la huelga del miércoles que viene. —Se paseaba por la tarima como si fuera su medio natural. —Pero, no esto muy seguro de cuán puestos estáis sobre los motivos de la huelga. —Echó una mirada a todos antes de volver a hablar. —Los aumentos de los precios de la matrícula, que bueno, no podemos quejarnos comparados con otros países, pero eso no quita que para ser jóvenes, que por nuestras edades, estamos recién emancipados de nuestros padres y que también podríamos asumir nosotros mismo, no sean abusivos.
Tras pasearse, se sentó en la mesa del profesor, mirando de reojo la pizarra antes de seguir hablando. Grantaire se despistaba mucho para el gusto de Enjolras.
—Por no hablar del coste de materiales para clase como pueden ser desde manuales para llevar a cabo una asignatura, o incluso el precio de las fotocopias o el comer en la cafetería. Que por cierto, tenéis la mejor cerveza de todo el campus. —Grantaire, de reojo, vio como Enjolras se llevaba una mano a la frente por el comentario innecesario, por lo que prefirió seguir con la charla.
—Sin hablar de las becas, o las ayudas para el transporte o los pisos universitarios. Es por todo ello que se ha convocado una huelga, para el miércoles que viene, como os he dicho al principio. Sin embargo, el día de huelga no es un día para quedarse en casita, o tomando una cerveza a la salud de algún profesor. —Aquel comentario sacó risas por parte de la clase. —Sino que sería positivo que acudierais a la manifestación que hay convocada a las cuatro de la tarde en el Campo de Marte. Y ya no os molesto más, muchas gracias.
Y de la misma manera que había entrado, salió del aula recogiendo la mochila.
Enjolras salió el primero, siendo Grantaire quién cerró la puerta y dejando una clase llena de murmullos que contrastaba con el silencio que se había generado mientras R hablaba.
—Te lo tomas a broma y no te toman en serio. —Comentó Enjolras cuando ya se había cerrado la puerta.
—Pues a mí me parece que ha ido bien.
El joven rubio puso los ojos en blanco, dirigiéndose a la siguiente clase.
—Y se te ha olvidado comentar la lucha que tenemos para devolverle a esta universidad su libertad de expresión.
—Apolo, si a esa gente le importara la libertad de expresión estarían con nosotros. No se me ha olvidado, simplemente he preferido hacer mención a otros temas que me parecían más importantes.
—Primero, no me llames Apolo. Y segundo, ¿temas más importantes? ¿Cómo la cerveza de esta facultad?
Grantaire le hubiera respondido de manera afirmativa, sin embargo, fue interrumpido por alguien que avanzaba detrás de ellos.
—Disculpad, chicos. —Ambos se dieron la vuelta, era un guardia de seguridad del campus. —Me vais a tener que acompañar a fuera. No podéis interrumpir las clases del modo que los estáis haciendo.
—Los profesores nos dan permiso para entrar y hablar. —Responidó Enjolras, cruzándose de brazos.
—No importa. Son órdenes de arriba.
— ¿De la misma persona que no quiere que peguemos carteles? —Esta vez, quien habló fue Grantaire.
El guardia de seguridad simplemente sonrió, colocando los brazos en jarra.
—Está bien, ya nos vamos. —Enjolras tuvo que acabar cediendo, porque no era una buena idea enfadar a alguien de la seguridad de la universidad. Ya la liarían parda el día de la huelga. —Vamos, Grantaire.
Sin decir ninguna palabra más, ambos se dirigieron a la salida del edificio.
Café a las siete y media
Tras intentar ir a otras facultades, para seguir informando a los compañeros acerca de la huelga y no poder hacerlo por la presencia de más guardias de seguridad esperando a por ellos en las distintas entradas de las facultades. Y cuando conseguían entrar, sorteándolos, puesto que les preguntaba por los motivos de entrada, parecía que los olía y se los encontraban por los pasillos, lo que les obligaba a cambiar de rumbo. ¿Cuánto presupuesto había sido destinado para seguridad? ¡Y no había para pintar las clases de las facultades que estaban hechos una pena!
Por ello, y enfadado con toda la universidad, Enjolras propuso que fueran al Musain para terminar aquel largo día, en lugar de tomar algo en alguna cafetería del campus. Y Grantaire, por supuesto, no se opuso.
Utilizando el metro, fueron al Distrito XI, el de Popincourt, donde estaba el Musain, muy cerca de la Plaza de la República y debajo del bloque de pisos en el que vivía Grantaire.
—Vaya caras traéis, chicos. ¿Qué ha pasado ahora? —Preguntó el dueño del Musain, Mabeuf, mientras les servía de manera automática de manera automática aquello que siempre consumía, café para Enjolras y una cerveza para Grantaire.
—Ya no podemos ni entrar en las facultades.
Mabeuf alzó una ceja ante aquellas palabras.
—Enjolras exagera, eso suena como si nos hubieran expulsado. —Habló Grantaire esta vez, antes de darle un trago a la cerveza y explicar mejor lo que había sucedido, mientras el otro le daba vueltas con la cucharilla al café. —No nos han dejado hacer pasaclases. Han llamado a los de seguridad y como nos conocen, nos han tenido en el punto de mira y no nos han dejado entrar en las clases…
—Seguro que los has llamado el profesor ese de la facultad de derecho que no nos ha dejado entrar en su aula. Seguro.
Atendiendo a otros clientes, Mabeuf le escuchaba hablar indignado, y esperó a que los nuevos clientes se fueran a sus mesas, para volver a acercarse a los chicos.
— ¿Y cuál es el siguiente paso en vuestra odisea por llevar algo de movimiento a las aulas?
—Repartir panfletos. —Enjolras respondió de manera rápida, cogiendo la taza de café en el platillo para beber un poco.
— ¿Quién se va a encargar en escribirlos?
El tono empleado por Grantaire parecía dejar claro que no contaran con él para esas cosas. El muchacho se podía encargar de pintar, pero escribir esa clase de cosas era otro cantar muy distinto a sus cualidades.
—Si tuviéramos tiempo le diría a Jehan que escribiera algo bonito, pero en vista de que quiero imprimirlos mañana antes de entrar en clase y dejaros repartiendo a ti, a Marius, a Bossuet y a Bahorel pues supongo que Ferre y yo lo redactaremos esta noche. Tampoco tardamos tanto.
La ceja de Grantaire fue alzándose a medida que Enjolras hablaba. ¿Por qué le tenía que meter en esas cosas? ¿Repartir a primera hora? Eso implicaba que tenía que estar en la universidad antes de las nueve de la mañana. ¿Acaso Enjolras le odiaba?
— ¿Por qué me metes en ese grupo?
—Mañana no tienes clase por la mañana, y aunque la tuvieras, seguro que no irías.
A pesar de que tenía razón, eso no era excusas, quizás, podría tener otras cosas que hacer. Cosas más importante, como tener vida social. Aun así, Grantaire puso los ojos en blanco, lo que para Enjolras significó que iría.
—Este curso está siendo bastante movidito, ¿eh? —Habló de nuevo el rubio, tras unos minutos sin decir nada, en los que estuvo mirando le móvil para responder unos mensajes en distintos grupos.
—Pues sí, ya era hora de que esto se pusiera interesante.
—Demasiado interesante me parece que se está poniendo… Aunque esto significa que por fin nos están escuchando, y que nos temen. —Enjolras sonrió dándole vueltas a lo que quedaba de café en su taza.
—A ver quién teme a quién cuando nos topemos con un grupo de antidisturbios preparados para arremeter.
Sin embargo la sonrisa de Enjolras no se borró, sino que tuvo que Grantaire casi podría jurar que soltó una leve carcajada.
Los que están indecisos.
El timbre sonó en la facultad de letras, lo que indicaba que el turno de mañana ya había. Con pesadez, los alumnos de segundo de filología clásica, que normalmente estarían en el turno de tarde, recogieron sus cosas y poco a poco salieron por la puerta. Les habían cambiado el turno a causa de una reunión de departamento que había aquella tarde.
—Cosette, ¿te quedas a comer con nosotros?
La joven miró a su compañera, que siempre se sentaba a su lado en las clases.
—Lo siento, mi padre me está esperando fuera. —La joven sonrió mientras se colgaba el bolso en el hombro y cogía el archivador que siempre llevaba en sus brazos. Se despidió de sus compañeros a medida que avanzaba hacia la puerta para luego ir hacia la puerta principal de la facultad.
En el hall aquel día parecía que había bastante ajetreo, un joven estaba subido a uno de los bancos y hablaba sobre la huelga. Esas cosas nunca le habían interesado a Cosette, en casa pocas veces se hablaba de política, y la joven no tenía una clara postura sobre los motivos de la huelga, por el momento tenía intención de ir a clase.
Esquivando a la gente intentó llegar a la puerta, aunque fue intercedida por un joven que le entregó un panfleto. En negrita, y siendo el encabezado, todo un llamamiento a no ir a clase. Cuando la muchacha volvió a mirar quien le había dado el papel, se encontró con el chaval que veía casi siempre en la cafetería, y no pudo evitar sonreír notando como las mejillas le comenzaban a arder.
—Espero verte el día de la huelga. —Le habló con una sonrisa, mientras se pasaba una mano por el cabello.
—Sí… Gracias… —No sabía exactamente qué estaba agradeciendo, pero fueron las palabras que salieron de sus labios.
El chico sonrió, como si quisiera volver a hablar de nuevo, aunque no pronunció ninguna nueva palabra, en lugar de eso, fue llamado por otros de los que repartían panfletos.
— ¡Eh, Marius! —Ambos se volvieron a la voz que sonó por encima de la del rubio que hablaba subido al banco, y que dedicó una mala mirada a este. —Vamos arriba. Todavía tenemos mucho que repartir.
— ¡Voy, R! —El llamado Marius miró de nuevo a Cosette, lanzando un suspiro. —Supongo que ya nos veremos por aquí. Nos vemos. —Comentó antes de salir corriendo hacia las escaleras, por donde se había perdido el otro, cuyo apelativo le causó curiosidad a Cosette.
Sin perder más el tiempo, por fin Cosette pudo salir de la facultad. Bajó la escalinata, y en efecto, aparcado en doble fila estaba el coche de su padre. Abrió la puerta trasera del vehículo para dejar tanto la bolsa como el archivador.
—Buenas tardes, papá. —Saludó a tiempo que se sentaba en el asiento del copiloto y se ponía el cinturón de seguridad.
—Buenas, Cosette, ¿qué llevas en la mano? —Preguntó su padre, quitando el freno de mano y arrancando el coche.
Abriendo la mano, le mostró a su padre el panfleto que le habían dado, se lo había quedado sin darse cuenta, en lugar de soltarlo atrás con el resto de las cosas.
— ¿Hay huelga? —Preguntó de nuevo, aunque realmente las grandes letras del panfleto daban esa información.
—Eso parece, el miércoles.
— ¿Tienes pensado ir a clase?
Cosette suspiró. No soportaba cuando su padre se ponía en plan abogado con ella y empezaba a hacerle preguntas una tras otra, casi sin dejar que le diera tiempo a respirar.
—Sí, tengo una exposición sobre los últimos años del Imperio Romano. —Respondió bajando la ventanilla de su puerta y apoyándose en el marco para echar una mirada al exterior.
— ¿Es muy importante esa exposición?
—Sí, papá. Sino hago esa exposición pierdo la evaluación continua, que son tres puntos de la nota final.
En la rotonda, el padre de Cosette giró hacia abajo para entrar en la autopista. Ellos vivían al otro lado del Sena, en Montmartre. En vista de que parecía que aquella respuesta había disuadido a su padre de seguir haciendo preguntas, la joven decidió alargar un brazo para encender la radio y sintonizar esa cadena de música actual, que en aquellos momentos emitía una canción que conocía, por lo empezó a cantarla, movimiento el pie de manera rítmica.
En mitad de la segunda estrofa, su padre decidió volver al tema.
—No me gusta que vayas a clase en las huelgas, siempre pasan cosas y pagan justos por pecadores.
—No te preocupes, papá. Nunca me ha pasado nada.
Pero aquella respuesta no le dejó más tranquilo.
El día que el Musain estuvo lleno
La noche del lunes el Musain cerró antes. Era la última reunión antes de la huelga y parecía que nadie se la quería perder. Todo el grupo estaba allí, y Enjolras no recordaba cuando fue la última vez que eso había pasado, por ello, le había pedido a Ferre que hiciera un orden del día para llevar a cabo aquello.
—Bien, me alegro veros a todos, la verdad. Sé que cada uno tenéis vuestra propia personal, por lo que os agradezco que hayáis hecho un hueco para poder pasaros por aquí. —Empezó Enjolras, estaba de pie, con una mano en su teléfono, puesto que aquella no era la única reunión que se celebraba esa noche, y él quería enterarse de todo aunque fuera por mensajería instantánea.
—El primer punto del día son los piquetes de mañana. —Combeferre tomó el relevo de Enjolras, haciendo tamborilear el bolígrafo con el que iba a apuntar los acuerdos contra la mesa que tenía frente a ellos.
—Creo que todos estaremos, ¿no? —Courfeyrac, con el codo apoyado en la mesa y la cabeza en su mano miró al resto.
Ellos se miraron entre ellos, no muy convencidos de aquella afirmación, mientras comenzaban a hablar entre ellos.
—A ver, ¿quién va a estar el miércoles a las ocho de la mañana en la rotonda? —Como siempre, Ferre era quien tenía que poner orden a aquellas cosas. Pese a las primeras caras, finalmente todos acabaron alzando las manos más o menos al mismo tiempo. —Bien, si no podéis solo tenéis que enviar un mensaje por el grupo.
—Yo propongo que vayamos por las facultades que conocemos. Derecho, letras, medicina, bellas artes… Y si tenemos tiempo nos acercamos a ingenierías y ciencias políticas.
—Enjolras, relájate. —El suspiro de Ferre fue bastante audible por parte de todos.
—Estoy relajado.
—Pues siéntate, hombre. —Esta vez quién habló fue Grantaire, al otro lado de la mesa.
Tardando unos instantes, como si meditara si sentarse o no, Enjolras acabó por tomar asiento, cruzándose de brazos.
La reunión se desarrolló tranquilamente, no hubo demasiado debates porque todos estaban de acuerdo en los puntos principales. Irían por las facultades, entrarían en las clases, y cuando llegara la policía, todos correrían o hacia las facultades, o hacia el metro.
Planearon una ruta: derecho, letras y medicina. Si lograban terminarla sin percances, entonces irían a por otras facultades, pero las principales eran esas que aglutinaban a más personas. Si lograban llamar a más personas, tendrían más fuerzas para poder realizar más cosas.
—Bien, entonces creo que podemos dar por terminada la reunión.
Todos obedecieron rápidamente a Enjolras, levantándose y recogiendo el Musain para no darles más trabajo a Mabeuf. La idea de beber una cerveza se esfumó cuando vieron la hora que era, el metro pronto cerraría y tenían que volver a casa.
La pancarta de última hora
Oficialmente era miércoles. El reloj había ya marcado las doce de la noche y Grantaire se estaba planteando si irse ya a la cama o esperar a ver otro episodio de Modern Family en el portátil. Sin embargo parecía que no iba a ser ni una cosa ni la otra cuando escuchó que llamaban al telefonillo. ¿Quién demonios se presentaba en casa de alguien pasada las doce de la noche?
—Grantaire, ¿nos puedes abrir?
Quién iba a ser, Apolo y sus dos ninfas… Presionó el botón sin saber qué querían Enjolras, Courfeyrac y Combeferre a esas horas y abrió la puerta de casa, esperando a que subieran.
—Buenas noches, R. —Empezó a hablar Combeferre. —Sentimos venir tan tarde, esperamos que no estuvieras durmiendo.
—No, no. ¿Qué pasa? —Apartándose de la puerta hizo que pasaran y directamente fue al salón para sentarse en el sofá.
—Se nos ha olvidado pintar la pancarta para la manifestación de mañana. —Anunció Enjolras dejando en el suelo del salón un trozo de plástico del que siempre utilizaban para pintar.
— ¿Y para eso tenéis que venir a estas horas a mi casa?
—Tú eres el que tiene la pintura para eso. —Esta vez habló Courfeyrac sentándose en el reposabrazos del sofá.
Grantaire se tiró en el sofá, derrotado por aquello. ¿Por qué demonios tuvo que entrar en bellas artes? Sin embargo al poco tiempo se levantó y caminó hasta el pequeño cuartillo que había en casa y que le servía como estudio donde buscó las pinturas y los pinceles para volver de nuevo al salón.
—Retirad la mesa si queréis que pintemos.
El trío recién llegado sonrió ante las palabras de Grantaire. A saber a qué hora terminarían aquello…
