Los miserables pertenece a Victor Hugo. Yo solo mancillo su obra con temor a que su fantasma me vaya a perseguir por tal osadía.


Luz de bengalas y aroma a petardos.

El día empieza a las ocho de la mañana

La primera en llegar a la rotonda en la que se había quedado fue Éponine. Tras llevar a su hermano al instituto, ignorando las suplicas de éste de que él también quería ir a la huelga, lo cierto es que era demasiado pequeño para poder declararse en huelga, tendría que esperar a subir un par de curso para poder ir, aunque ya pudiera presumir de estar organizando a sus compañeros para que bajen aquella norma injusta y todo el instituto pudiera ir a la huelga.

También se aseguró de que su otra hermana se quedara en casa bien, ella sí tenía derecho a huelga, derecho que aprovechó, sin embargo no pensaba organizarse, prefiriéndose quedarse en el hogar.

Salió del metro con una mochila a su hombro donde guardaba cosas básicas: una libreta, la cartera, el estuche y un libro. Se asomó para ver si veía algún coche policía, pero por el momento no había nadie, lo que no la tranquilizó ni por asomo. Podían estar de paisanos.

Cruzó la calle para llegar a la rotonda, en la cual solían realizarse algunos eventos, y parecía una especie de pequeño parque en el cual había incluso bancos para sentarse, cosa que hizo la chica.

Sacó el móvil y a través del grupo informó que a estaba en el punto de reunión. Las respuestas no se hicieron esperar, el primero fue Enjolras, que informaba que estaba a cinco paradas de metro de la universidad con Combeferre, Coufeyrac y Grantaire, los que más cerca estaban, por lo que pudo ver cuando más gente le respondieron. Bahorel todavía no había salido de casa, Joly estaba en un atasco en el autobús, Marius estaba de camino, que el metro de su línea se había retrasado, Jehan estaba de camino, en el coche de su padre y Feuilly estaba a punto de entrar en el metro. Cuando Bossuet no respondió se imaginaron que estaría conduciendo en aquellos momentos.

En efecto, Enjolras, junto a los otros tres, fueron los primeros en aparecer. Salieron del metro, y realizaron el mismo gesto que la chica, mirar si veían algún coche de patrulla u algún coche sospechoso en general, al no ver nada, cruzaron más tranquilo la calle hasta llegar a la rotonda donde estaba ella.

— ¿Cómo es que habéis venido los cuatro? —Preguntó Éponine sin levantarse del banco.

—Nos quedamos casi toda la noche con la pancarta de cabecera para la huelga, que se nos olvidó por completo con todo el lío de la policía. —Explicó Courfeyrac dejando caer en el banco.

—Eso explica la cara de sueño que tenéis. He traído un termo de café. ¿Queréis?

—Por favor. —Ferre fue el siguiente en tomar asiento.

Para Grantaire, llegar al banco era demasiado, y se dejó caer en el suelo. Se hubiera tumbado, pero le parecía demasiado. Éponine sacó el termo de café de la mochila y llenó el vaso que traía antes de pasárselo a Ferre, el que tenía más cerca.

—A ver… Espero que no tarden mucho… ¿Has visto mucha gente, Éponine? —Enjolras habló una vez había bebido del vaso de café antes de pasárselo a Grantaire, era el único que no se había sentado y permanecía de pie con los brazos cruzados, mirando hacia los autobuses que pasaban, viendo como apenas iba gente, cuando por aquellas horas solían ir llenos, y lo sabía de primera mano porque él era uno de esos estudiantes que solían ir a bus a la universidad.

— ¡Qué va! Parece que nos vamos a encontrar pocas personas… ¿Aunque por la huelga o por el miedo generado de que ocurra algo ahora que la policía está por aquí dando vuelvas?

— ¿Policía? —Preguntó de nuevo Enjolras.

—Bueno… ¿No te parece raro que un simple guardia de seguridad tenga tanto poder? No sé… —Se encogió de hombros. Éponine en parte por culpa de su familia, había tenido que aprender las maneras de un policía a la hora de trabajar, no precisamente porque viniera de familia de policía.

Enjolras se quedó pensando. Realmente no era la primera vez que llegaba aquella conclusión a sus oídos, Feuilly y Bahorel se la habían estado comentando a lo largo de aquellos días.

—Si tenemos a un policía de incógnito entonces la policía aparecerá por aquí, incluso puede que ya esté aquí.

— ¡Estupendo! ¡Lo que deseaba escuchar cuando esto a punto de caerme de sueño! —La voz de Grantaire sonó irónica mientras le pasaba el vaso a Éponine para que esta cerrara el termo y lo pudiera volver a guardar en la mochila. —En serio, como venga la policía, yo dejo que me cojan. A la mierda todo.

—Con lo pesado que eres seguro que la policía te suelta a las dos horas… —Comentó Courfeyrac tirado sobre el reposabrazos del brazos.

— ¡Vamos, chicos! ¡Que todavía nos queda un largo día por delante!

—Enjolras, deja de tener tanta energía.

Y finalmente Grantaire se acabó tumbando en el suelo a lo largo, completamente estirado y utilizando la mochila que llevaba de almohada. Una almohada blandita porque dentro iba la pancarta. ¡Jodida pancarta!


¡A la huelga, compañera!

Cosette estaba sentada en segunda fila tomando nota sobre la clase de mitología. La profesora había puesto una presentación y estaba hablando sobre las relaciones entre los mitos griegos y romanos y la evolución de estos con respecto a los intereses de las distintas culturas.

Fuera del aula se escuchaba bastante jaleo, algo fuera de lo habitual en los días normales, pero aquel día no era un día normal. Era un día de huelga y así lo estaban demostrando. Sin embargo, la profesora se estaba mostrando ajena a aquello, ni siquiera había hecho algún comentario a aquel día desde que se había anunciado la huelga.

Mientras la profesora explicaba el mito de Nix, y como el nombre había ido evolucionando a través del tiempo, alguien llamó a la puerta, y como si todos estuvieran esperando ese momento, soltaron el bolígrafo y miraron a la puerta a la vez que esta se abría.

—Buenos días, profesora. Veníamos a avisar que estamos de huelga, ¿podemos decir unas palabras? —Cosette miró. La puerta estaba entreabierta y por ella se asomaba un joven de cabello rubio, el mismo que estaba hablando subido a un banco el día que le dieron el panfleto llamando a la huelga.

—Creo que todos los que estamos aquí somos consciente de que hay una huelga. —La profesora se acercó a la puerta con intenciones de cerrarla. —Le pediría que se marchara.

— ¡Solo queremos hablaros de los motivos por los que se está llevando a cabo la huelga!

Desde su posición, Cosette pudo ver como el chico había puesto un pie en medio de la puerta para evitar que se cerrara la puerta en su cara, mientras intentaba ser apartado por un chico desde atrás, aunque no podía ver quién era.

— ¿Acaso no tenéis prohibidos realizar actividades reivindicativas que interrumpan la actividad normal de la clase?

El gesto del chico se endureció, y abrió de nuevo la puerta bruscamente. La profesora parecía que en cualquier momento se tiraría a los pelos del alumno.

—Vamos, profesora. —Una voz vino del interior del aula. Se trataba de un alumno sentado al final de la clase. —Deje que el chico diga lo que tenga que decir. No nos va a dejar hasta que hable.

Aquello solo enfadó más a la docente, aunque se apartó de la puerta, queriendo evitar, al menos en apariencia, un conflicto con aquel grupo de rebeldes.

Cosette dejó el bolígrafo dentro del estuche, mientras veía como entraban varios jóvenes, entre ellos, el chico que le había repartido el panfleto aquel día. Casi todos se subieron a la tarima, mientras otros ocupaban un lugar cercano a la puerta. La parte frontal del aula se encontraba ocupada por todo el grupo y, por lo que pudo ver mientras entraban, todavía quedaban algunos fuera.

— ¡Buenos días, compañeros! —Anunció el joven rubio, aunque pronto fue interrumpido por el chico del otro día, que le susurró algo. El joven suspiró, reticente, aunque se apartó un poco, apoyándose en la mesa del docente, casi sentándose en ella.

—Como habéis escuchado, y posiblemente sepáis, hoy estamos de huelga. —Empezó el otro, ocupando el lugar en el que antes estaba el otro. —Pero, ¿realmente sabéis por qué hacemos esta huelga?

Utilizando los mismos argumentos que venían en el panfleto que le había dado, y que ella todavía conservaba dentro de la carpeta, el joven fue desarrollando punto por punto las deficiencias que sufría el sistema educativo francés. La mayoría de los que estaban en clase escuchaban atentos al chico.

—Y bueno, pese a que hayáis venido, lo cierto es que todavía podéis uniros a nosotros para luchar contras todas estas injusticias que sufrimos todos los días y que, con el paso del tiempo, empeoraran. —Llegados a esta parte del discurso, comenzó a mirar a toda el aula, para acaba deteniéndose en ella. Y Cosette pudo jurar haber visto lanzar al chico un suspiro que le hizo apartar la mirada de la tarima y concentrarla en una chica de cabello rubio y muy rizado que salía del aula, el único movimiento que había habido en toda la charla.

Conocía a aquella chica.

Sin embargo no pudo detenerse mucho en pensar en ella, porque alguien se levantaba. Era el chico que había convencido a la profesora de que dejara entrar a aquel grupo. Este, por su parte, respondió aplaudiendo al joven, quizás pretendiendo animar a otros, cosa que lograron.

Una chica se levantó, y detrás otro chico. Cosette podía ver la mirada sorprendida de la profesora ante aquel gesto, mientras concentraba la mirada en el panfleto, que se dejaba ver detrás de la carpeta semitransparente. A su padre aquello no le iba a gustar nada.

Recogió las cosas y se levantó del asiento. Era la última que tenía pinta de salir de aquella clase. Varios chicos se le acercaron, agradeciéndole el gesto, aunque fue el que había estado hablando, quien la sacó del gran grupo que se había formado en torno a los recién allegados.

— ¿Cómo te llamas? —Le preguntó, mientras de fondo se escuchaba al chico que había llamado a la puerta dando indicaciones sobre las próximas facultades.

—Cosette. —Y sonaba sorprendida, porque todo aquello era nuevo para ella. ¿Y ahora qué iban a hacer?

—Yo soy Marius.


La magia de la policía

El campus estaba abarrotado. Gritos se escuchaban por todo el sitio. Los puños se alzaban y las pilas del megáfono se gastaban. Las bengalas estaban guardadas en las distintas mochilas, ya se utilizarían a la tarde, cuando la plaza de la República se llenara de personas, y no en aquel sitio, en el que apenas lograban superar las doscientas personas.

Normalmente había muchas menos personas. Podían darse con un canto en los dientes.

A la cabecera iban todos ellos, llevando la pancarta reivindicativa que habían hecho Combeferre, Coufeyrac, Enjolras y Grantaire la noche anterior, y delante de ella, iban Enjolras y Jehan. El primero iba con el megáfono, diciendo las consignas que le iba diciendo la segunda.

Detrás iba el resto.

Estaban llegando a la rotonda que servía de concentración en aquellos días de huelga, cuando vieron llegar por la carretera que llevaba al otro lado del Sena varios furgones de la policía que se estacionaron en medio de la calle, y de los que salieron los policías, colocándose los cascos y preparándose para cargar.

Aquello ocasionó que los gritos fueran descendiendo, aunque Enjolras parecía ajeno a esto y seguía a los suyo. Tuvo que salir Combeferre del bloque, adelantar a la pancarta y acercarse a su amigo. El resto del grupo de les amis imitó este gesto y pronto la manifestación improvisada se detuvo.

—Enjolras, la policía está allí. —Señaló Combeferre lo que tenían delante, aunque sin mirar demasiado. Nunca se sabía lo que estaría pensando la policía.

—Siempre está. —Respondió este, mientras apagaba el megáfono para ahorrar pilas, y lo dejaba a los pies, entre sus piernas. Aunque parecía que no, aquel trasto pesaba.

—Ya, pero por nuestra parte no siempre hay tanta gente.

—Por eso mismo tenemos que seguir. ¡Hoy tenemos fuerzas! —Esta vez fue Bahorel quien habló.

Combeferre se pellizcó el puente de la nariz. Hablar con ellos a veces era como hablar con niños.

— ¿Qué pasa?

Las miradas se dirigieron a la chica que había lanzado aquella pregunta. Era la joven que había salido de la clase junto al resto de sus compañeros en la facultad de letras y que no se había separado de Marius. Si mal no habían escuchado se llamaba Cosette.

—La policía ha venido, —quién tomó la palabra fue Feuilly, desde el otro lado del círculo improvisado— si continuamos con esto, podemos caer en altercado público y la policía está preparada para cargar.

— ¡Entonces tenemos que irnos!

Enjolras ignoró las palabras de Cosette, empeñado en llevar aquello hasta las últimas consecuencias.

—Si pasa algo sólo hay que correr hacia las facultades. La policía no puede entrar sin autorización del rector. —Y se agachó para coger el megáfono.

Por fortuna, Combeferre seguía allí, y seguía tan lúcido como siempre. Colocó una mano en el megáfono, impidiendo que Enjolras pudiera alzarlo, y ganándose la mirada de éste, una mirada algo molesta.

— ¿Qué pasa ahora? —Preguntó alzando una ceja.

—Piensa un poco, Enjolras. Si hacemos que la policía se lance a por nosotros ahora perderemos a toda ésta gente para siempre y solo lograremos darles la razón de que somos unos descerebrados. —Enjolras dirigió una mirada hacia aquel bloque que se había creado. —El sentimiento de Cosette es compartido por la mayoría de ellos, que no entienden por qué la policía ha venido. Además, ¿cuántos creen que saben que deben corren a las facultades?

Tamborileando los dedos contra la superficie de plástico, Enjolras se quedó pensando aquellas palabras, mientras notaba que era el centro de atención de aquel pequeño grupo.

—Esta noche.

—Esta noche. —Y Combeferre no sabía por qué Enjolras tenía tantas ganas de ser detenido, otra vez.

Saliendo del grupito formado, Enjolras se acercó al bloque, alzando el megáfono, antes de encenderlo para volver a hablar, carraspeando para llamar la atención de todos ellos.

— ¡Compañeros y compañeras! ¡Esto se termina aquí, por ahora! ¡La policía está allí y no vamos a arriesgarnos! ¡Así que nos disolvemos!

—Qué pena desaprovechar un bloque como esté…

—Ya llegarán otros, Bahorel. —Respondió Feuilly, antes de seguir escuchando a Enjolras.

— ¡Este es solo el primer paso de la lucha! ¡La verdadera se librará esta tarde en las calles de Paris! ¡Nos vemos esta tarde a las cuatro en el Campo de Marte! ¡Buscad nuestro bloque para que vayamos todos juntos!

Courfeyrac y Jehan se apresuraron a recoger la pancarta que los chavales que la llevaban no sabían dónde dejar.

— ¡Tened cuidado y nos vemos esta tarde!

De los estudiantes salieron numerosos aplausos, a los que se sumaron los propios organizadores de aquella manifestación improvisada antes de que poco a poco se fueran dispersando.

Sin fiarse demasiado de la actitud de la policía, el grupo se metió en una de las facultades, la más cercana que era la de psicología.

— ¿Qué vamos a hacer ahora? —Preguntó Joly mientras se dejaba caer en uno de los bancos que había pegados a la pared. Estaba sudando, seguro que acabaría cogiendo algún resfriado o algo.

— ¿Qué hora es? —Preguntó Grantaire, tomando asiento a su lado.

—Las una y media. —Combeferre respondió con rapidez, mirando el reloj que tenía en la muñeca.

—Podríamos ir al centro y comer. —Propuso Bahorel, quien desde hacía bastante que tenía hambre, aunque el bullicio de ver a tanta gente había logrado que se le olvidara. Ahora las tripas atacaban y reclamaba comida.

Aquel plan no parecía tan mal. Además, debían de comer antes de ir al Campo de Marte.

— ¿No os habréis traído alguno el coche, verdad? —La voz de Éponine se escuchó mientras salían de la facultad.

Algunos ya iban comentando qué sitio era el mejor calidad comida-cerveza-precio.

— Yo, ¿por? —Quién respondió fue Bahorel, acercándose a la joven rubia.

—Tengo que ir a recoger a mi hermano. Hoy no tiene clases por la tarde, y no creo que el metro sea lo suficiente rápido como para ir a Vincennes, recoger a mi hermano y que me dé tiempo a comer antes de irnos a la manifestación… —Arrugó la nariz inconforme con las perspectiva que tenía delante.

—No hacía falta que dijeras tanto, con solo decir que tenías que ir a por Gavroche bastaba. —Bahorel soltó una carcajada mientras sacaba del bolsillo de los vaqueros las llaves del coche y le pasaba el otro brazo a la joven por los hombros.

— ¿Gavroche viene a la manifestación? —Preguntó Enjolras. Aquel pequeñajo le caía bastante bien.

—Sí, y por eso quiero ir a recogerle. No quiero que se pierda entre toda la gente que puede ir esta tarde.

—Pues no se habla más. Nosotros vamos a por el enano y nos vemos donde hemos dicho, ¿no? —Quiso confirmar Bahorel cuando ya estaban fuera del edificio. Él tenía el coche por la parte trasera de las facultades, por lo que allí se separaban del resto.

—Exacto, aunque seguro que llegaréis antes. —Respondió Grantaire.

Y cada uno fue por su camino.


¿La revolución francesa?

El lugar elegido para comer era un local en el que tenías que pedías la comida a través de una hoja y luego te tocaba levantarte a recoger el pedido. Tal y como había vaticinado Grantaire, Bahorel, Éponine y Gavroche habían llegado los primeros y se habían dedicado a preparar las mesas para cuando llegaran el resto.

El pedir comida fue una batalla campal, porque a quién le tocaba tomar nota, Courfeyrac, que se había ofrecido a ello, no se enteraba de nada y lo único que tenía claro era su propio pedido.

— ¡A ver! ¡Orden, orden! —Combeferre alzó la voz, mientras se levantaba de su taburete, alzando las manos. Aquello era peor que una reunión en el Musain.

Sin embargo, mientras que en el bar aquello funcionaba, en aquel momento mandaba el hambre y apenas logró controlar a aquellas fieras.

Tras un rato con aquello, por fin Courfeyrac tenía el pedido, y ahora le tocaba a Grantaire llevarlo.

—Es mi deber como miembro de la comisión de llevar tiquets a mostradores. —Confirmó luciendo el papelito que estaba lleno de garabatos. —Único miembro.

—Creo que es la única comisión en la que estás por gusto. —Comentó Enjolras, apoyando el codo en la mesa.

—Que va, también estoy muy gustoso en la de "Cerveza el sábado noche", aunque en esa estoy con Courfeyrac y Bahorel. —Y sin dar tiempo a que el otro respondiera, ya se había ido.

El grupo al completo estaba allí, e incluso había una nueva presencia. Cosette se había sumado a la comida, curiosa por saber más acerca de aquel grupo y de la labor que realizaban en la universidad, cosa que entre Marius y Feuilly se encargaron de contarle.

Por su parte, Enjolras hablaba con Combeferre y Courfeyrac sobre la ruta que iba a tomar la manifestación de aquella tarde y qué momento aprovecharían para liarla como tenían pensado hacer. Si aquella mañana ya había acudido gente, no querían pensar qué les depararía a la tarde, que también estaban convocados el resto de sectores de la educación, otros centros y hasta los profesores.

A ninguno se le paso la sonrisa que Grantaire tenía al volver a la mesa, aunque tampoco era raro en este que por el camino le hubiera ocurrido cualquier cosa. Volvió a ocupar su lugar al lado de Éponine, y empezó a hablar con Gavroche sobre cómo le iban las clases.

Poco después, se levantó del asiento, de nuevo.

—Voy al baño, Enjolras, te nombro miembro honorífico de la comisión de traer la comida desde el mostrador en mi ausencia.

— ¿Y por qué yo?

—Para que te olvides un rato de la huelga y estés atento a otra cosa.

—Lo que sea… —Puso los ojos en blanco, porque a veces era imposible saber lo que a Grantaire se le pasaba por la cabeza.

—Que no se te suba el cargo a la cabeza, ya irás a ascendiendo poco a poco como yo. —Comentó antes de irse definitivamente al baño.

Y Enjolras no tardó mucho en ver que le tocaba desempeñar su función como miembro de la comisión esa que Grantaire había creado en tres segundos.

— ¡El pedido de la Revolución francesa! ¿La Revolución francesa?

El grupo calló al instante y todas las miradas se dirigieron al joven rubio que no se creía que el otro hubiera llamado aquella mesa de aquel modo.

— ¿La Revolución francesa? —Volvió a repetir el camarero por el micrófono.

—Enjolras, creo que va por ti. —Habló Bossuet, desde el otro lado de la mesa, intentando aguantarse la risa.

—Esta me la paga este. —Recogiendo aquel orgullo que le quedaba, se levantó de la mesa y se acercó al mostrador.

Obviamente, todos los que estaban en aquel local habían escuchado como el camarero había referido a aquel pedido como si fuera para la Revolución francesa, y la curiosidad les podía, por lo que cuando Enjolras atravesó el sitio se le quedaron mirando.

Posiblemente si llevara el megáfono o algunas de las cartulinas pidiendo menos recortes o la denegación al máster que había acabado siendo denominado "máster coca-cola", hubiera ido con más tranquilidad, pero no. En aquellos momentos, se sentía desnudo teniendo que responder ante aquel nombre tan importante.

— ¿La Revolución francesa? —Dijo el camarero, esperando confirmación.

—Ese es el idiota de mi compañero. Yo soy la comuna de París. —Respondió con el mismo tono que empleaba cuando se acercaba a algún compañero de la universidad por los pasillos y le detenía para comentarle que había una huelga a la que tenía que acudir sin falta.

La otra camarera se le quedó mirando, y mientras el primero sacaba la bandeja con el pedido, esta cogió un plato de patatas con queso y bacon que había encima de la barra y lo puso en la bandeja de Enjolras.

— ¿Venís de la manifestación en la universidad? —Comentó la muchacha.

—Sí, y esta tarde a la del Campo de Marte. —Enjolras no pudo evitar mirar hacia la mesa, no llevaban nada que indicaran que había ido a la manifestación. El megáfono y las bolsas con la pancarta y las bengalas la habían metido en el maletero del coche de Bahorel.

Por lo que le era desconocido cómo la muchacha sabía de aquello. ¿Acaso habían estado hablando demasiado alto?

—Esta tarde sí iré, termino con el tiempo justo. —Y fue en ese momento cuando vio la cara de desconcierto que tenía Enjolras. —Me diste un panfleto el otro día, supongo que con tanta gente a la que le dais papeles no te acordarás de mí.

Y en efecto, Enjolras no se acordaba de ella, pero sonrió afirmando con la cabeza. Siempre estaba bien encontrarse con gente de la universidad afín a las huelgas.

—Pues si quieres te puedes venir con nosotros. Vamos a ir directos. Y cuántos más manos seamos, mucho mejor. Me llamo Enjolras. —Se presentó, y si antes había usado el tono de cuando hablaba sobre la huelga, ahora utilizaba ese que empleaba cuando sabía que podía sacar algún contacto para el futuro.

— ¡Claro! Yo me llamo Irma Boissy. A las patatas invito yo. ¡Que os aproveche! —Lució de nuevo una sonrisa a la vez que volvía al trabajo.

Cuando Enjolras volvió a la mesa, Grantaire ya estaba allí. Se le había olvidado la broma de la Revolución francesa con eso de encontrarse con alguien de la universidad, aunque éste se encargó de recordárselo.

— ¿Qué tal, Revolución francesa?

—Una de las chicas que trabaja aquí va a nuestra universidad y va a ir después a la manifestación. Le he dicho que se venga con nosotros. Nos ha invitado a patatas. —Se sentó dejando la bandeja en el centro de la mesa, antes de coger una patata y llevársela a la boca

— ¡Oh! ¡Eso es estupendo! —Comentó Combeferre cogiendo su plato.

— ¿Y mi cerveza? —Preguntó Bahorel. Aunque realmente no había ninguna cerveza. Ni ninguna bebida.

Las miradas se dirigieron a Courfeyrac.

—Y por eso nunca te dejamos que tomes actas de las reuniones. —Comentó Feuilly, buscando su plato, mientras no dejaba de comer patatas.

—A ver, que no cunda el pánico. Las bebidas te la sirven al momento. —Empezó a hablar Grantaire. —Así que solo tenemos que ir a la barra.

Y casi al momento de decirlo, la mitad de la mesa se había levantado y había salido corriendo a la barra.

—Pues la patatas para mí. —Dijo Gavroche, ignorando la mirada que le lanzó su hermana por apropiarse de aquellas patatas.


A las cuatro en el Campo de Marte.

A medida que se iban acercando al Campo de Marte, se iban escuchando el jaleo. Eran las cuatro menos diez y la policía ya había cortado las calles para que la manifestación pudiera desarrollarse con tranquilidad.

—Parece que pese a todas nuestras dificultades, hemos llamado a bastantes personas de nuestra universidad. Reconozco a varias personas con las que hemos hablado en estos días. —Comentó Combeferre, que iba delante del grupo, hablando con Enjolras.

Tal y como había dicho, Irma se sumó al grupo, y en aquellos momentos iba hablando con Éponine y Jehan sobre cómo había transcurrido la mañana, ya que había visto en las noticias la aparición de la policía.

— ¡A ver! —Cuando ya estaban lo suficientemente cerca al resto de personas, Enjolras llamó al orden al grupo. —Courfeyrac, saca la pancarta.

Era el momento de empezar a formar el grupo, antes de que empezara la manifestación y se encontrasen en mitad de un revuelo. Como pudieran, tomarían la cabeza. Y con Enjolras siempre se podía.

— ¿Quién se encargaba de…? ¡Ya! Bahorel y Feuilly. —De la misma bolsa en la que llevaban la pancarta, Enjolras sacó dos brazaletes que le pasó a los mencionados. —Os encargaréis de que nadie se dedique a reivindicar cosas fuera de lugar.

Cada bloque designaba a un par de miembros que se identificaban con esos brazaletes de telas colocados por un imperdible en el brazo. Además, también servía para que la policía les dejara salir del bloque sin necesidad de dar toda la vuelta a la manifestación. A veces podían ponerse muy pesados.

—Gavroche, tú será primera mano de la pancarta. —Y era el sutil modo que Enjolras tenía de decir: Como estarás siempre en la pancarta, Combeferre, Courfeyrac y el propio Enjolras que iban a estar justo delante de la pancarta podrían vigilarle en todo momento, por si necesitaba que Éponine fuera a cualquier otro punto de la manifestación, y Gavroche podría volver a ir con ellos en un futuro.

Sin embargo, a Gavroche aquello le pareció bastante correcto, porque aunque veía las dobles intenciones de Enjolras, lo cierto es que no era el que llevaba el megáfono quien salía en todas las fotos, sino el que iba en la pancarta, por lo que conforme la sacaron, él se colocó en medio de ésta.

—Grantaire, te encargarás de llevar la bolsa. Por lo que te quiero en la primera fila y sin que te despiste, que ahí está el agua y las pilas para el megáfono.

Courfeyrac le pasó la mochila a Grantaire, quién murmuró algo parecido a "yo no soy miembro de la comisión cargar con la mochila", pero al hablar al mismo tiempo que Joly, nadie le escuchó.

—Yo he traído caramelos para la garganta, por si se os coge la garganta con tanto grito. —Y aunque él no tenía la garganta tomada, lo cierto es que ya se había metido uno en la boca, y había obligado a Bossuet que hiciera lo mismo. Más valía prevenir que curar.

Ante aquel espectáculo que ocurría en cada manifestación, Enjolras suspiró, mientras veía a Combeferre pellizcándose el puente de la nariz.

—A ver, creo que ya estamos todos listos.

Y se colocó delante de la pancarta, mientras se colocaba el megáfono en un hombre, lo encendía y gritando una consigna que era seguida por los que estaban tras él, irrumpió en el Campo de Marte ganándose la mirada y la atención de todos los que estaban allí.


El final de la jornada.

Ellos fueron los primeros en hacer aparición en la Plaza de la República. Habían logrado calcular el momento en el que adelantar y encabezar la manifestación. Los cabezas del resto de bloques sabían el plan, solo había que lograr que el resto de manifestantes les imitaran.

Los distintos bloques fueron entrando en la plaza, llenándola. Era el momento en el que cada asociación daba su discurso reivindicativo, el primero en hablar fue Enjolras, quien aprovechó para recordar las luchas que se estaban llevando a cabo en otras partes del mundo y que todos los estudiantes, de todos los países, luchaban por lo mismo, por lo que, aunque ellos tuvieran victorias, había que seguir luchando por los que no tenían tanta suerte.

Una vez terminó, se acercó a la pancarta para recogerla, ante la mirada de todos, que esperaban indicaciones.

—En cuanto termine de hablar los chicos de la Escuela de Baile de Ópera esto va a empezar. —Informó mientras guardaba la pancarta en la mochila que llevaba Bossuet.

Grantaire se había cansado de llevarla en mitad de la manifestación y se la había encasquetado a éste.

—Musichetta hablaba en representación de la Escuela de Baile, ¿no? —Preguntó Joly, mirando a Bossuet, que ayudaba a Enjolras a guardar el plático.

—Creo que sí. ¿Sabe lo que tenemos pensado?

—Seguro que sí. —A pesar de la respuesta, Joly sacó el móvil para enviarle un mensaje a la joven.

—Y este es el momento en el que yo me voy. ¡Vamos, Gavroche! —Anunció Éponine, haciéndole una seña a su hermano. Sino llevara a este se hubiera quedado hasta el final, pero no pensaba arriesgarse.

— ¡Pero, Ponine! ¡Ahora empieza lo mejor!

Aunque este tuviera ganas de fiestas y de correr delante de la policía.

—Venga.

—Eh, Ponine. —Aunque, parecía que no iba a ser sencillo salir de allí. Éponine se volvió para ver a Marius, que llevaba a Cosette a su lado. — ¿Te importaría acompañar a Cosette al metro?

La joven rubia miró a la castaña, suspirando.

—Claro. —Se encogió de hombros— ¿Vamos?

— ¡Sí! —Cosette salió del grupo, colocándose al lado de Éponine. —Mucho gusto en conoceros chicos. ¡Me encantaría ayudaros en un futuro! Así que, tenéis mi teléfono, por lo que para lo que sea. ¡Hasta luego!

Alzó una mano despidiéndose de ellos, gesto que fue compartido por el resto de presentes.

—Nos vemos en la universidad. ¡Vamos, Gavroche!

Con reticencia, Gavroche acabó abandonando el grupo, aunque iba bastante atrás, como si de ese modo pudiera alargar el momento de irse y toparse con los disturbios que había escuchado que se iban a generar. Y con dificultad esquivaban a las personas, que no tenían pensamiento moverse del sitio.

—Vamos a tener que dar un rodeo. La policía está en todas partes y no nos dejará irnos tan fácilmente por temor que seamos de un núcleo que tiene pensado hacer algo en otro punto de París. —Explicó Ponine, intentando evitar que se generara un silencio incómodo, cosa que sabía de antemano que iba a ocurrir.

— ¿Siempre pasa lo mismo?

Aunque por fortuna, Cosette se lo ponía sencillo.

—Sí. Siempre son así. Por fortuna, al parecer llevar a Gavroche hace que parezca que vamos con mejores intenciones…

— ¡Son unos capullos! —Al oír su nombre, Gavroche corrió hasta ponerse al lado de su hermana.

Éponine ni se molestó en recriminarle el uso de aquellas palabras mal sonantes, nunca le hacía caso. La otra joven, sin embargo, no pudo evitar reír al escucharle hablar, tan pequeño y con tal idea de los policías.


El (verdadero) final de jornada.

Dicho y hecho. En cuanto la voz de Musichetta calló, empezaron a sacarse las primeras bengalas, que iluminaron aquella noche, y empezaron a escucharse los primeros petardos.

La propia Musichetta sacó una bengala, antes de bajarse de la tarima improvisada en la que se había subido para hacerse oír y ver.

—La policía está empezando a prepararse. —Bahorel llegó corriendo.

Aunque algunos, como Enjolras, fueron ajenos a aquellas palabras. El horario en el que podía usar las calles había sido superado por bastante, y por cada minuto que había pasado, las ganas que tenía la policía de cargar se iba incrementando. Así que, mientras algunos empezaban a gritar porque empezaban a sufrir los primeros golpes, y la mayoría empezaba a correr y dispersarse, este se subió a la farola cercana, que en aquellos momentos estaba apagada, como todas las que había cercana, y encendió la bengala roja.

— ¡Enjolras! ¡Baja de ahí ahora mismo! —La voz provenía de Combeferre. Era hora de que ellos también salieran corriendo.

La marabunta no dejaba de chocar con ellos, que se hallaban parados frente a la farola de Enjolras.

— ¡¿Qué hacéis aquí parados?! —Musichetta llegó a donde estaban, agarrándose a Bossuet y Joly para tirar de ellos. — ¡La policía ya ha empezado a cargar! ¡¿Qué hace Enjolras?!

El aludido estaba empezando a cantar consignas que era silenciadas por los manifestantes.

— ¡Nosotros nos vamos! —Tras hablar, Joly tiró de sus dos acompañantes, alejándose corriendo del grupo.

Los cascos de la policía empezaban a verse.

— ¡Vámonos, Enjolras! —La voz provenía esta vez de Feuilly, que estaba evitando que Bahorel cogiera otra bengala e imitara a Enjolras en la otra farola que había cercana a donde se encontraban.

El humo rojizo de la bengala estaba empezando a ser menos visible. Se estaba acabando.

— ¡No seas idiota, Enjolras! —Y esta vez fue Grantaire quien habló. Por si las palabras no bastasen, agarró a Enjolras del brazo, tirando de él, haciendo que bajara del alumbrado público.

Aquello ya fue suficiente para el rubio, que cayó de pie de nuevo al pavimento. Tiró lo que quedaba de la bengala, ya apagada al fuego.

— ¡Vámonos!

Y eso bastó para que todos los que se habían quedado esperando salieran corriendo, casi al mismo tiempo que la policía llegaba a dónde se encontraban.

En menos de cinco minutos toda la gente que había entrado en la Plaza de la República con la voz unida en un solo grito en contra de las políticas se había dispersado y solo quedaba humo.