Los miserables pertenecen a Victor Hugo, yo sólo temo que su fantasma me persiga por escribir tales cosas.

También me gustaría recordar que en la historia, y en especial este capítulo, hay incluidos mensajes instantáneos que se escriben los personajes, y estos están escritos según me imagino que escribe cada personaje, de ahí si hay faltas, o esas cosas.


Las primeras noticias

Fue más complicado sacar una figura que se dedicase a hablar con los alumnos que habían parecido interesados en la lucha en la universidad que pensarlo. Finalmente, y por hablar, el elegido había sido Joly.

El fin de semana fue el momento elegido por el chaval para llevar a cabo la tarea. Había llamado a Bossuet para dividirse el trabajo. El muchacho de medicina iba a dedicarse a enviar correos a los chavales que no se habían fiado de dejar el teléfono, mientras que el otro iba a llamarlos para comunicarles las buenas nuevas.

No sería la primera vez que Bossuet se despedía en los correos con "Un salido" sin darse cuenta. No parecía tan grave cuando ese mensaje no era enviado a un profesor adjuntando un trabajo.

De aquel trabajo dependía que pudiera salir bien el acto de clausura del trimestre. De aquel trabajo dependía convencer al resto del grupo de que podían sacar cosas como aquella y que resultasen.

Ambos se habían encerrados en el dormitorio, interrumpidos sólo por la madre de Joly que les recomendaba, la primera vez que entró, que deberían merendar algo, haciendo hincapié en que Bossuet estaba más delgado que la última vez que le había visto.

—Es la calvicie, señora. Me hace un rostro más fino. —Le había comentado mientras permanecía la mujer apoyada en el marco de la puerta.

Joly estaba sentado en la cama con el portátil sobre sus piernas tecleando e ignorando la conversación que su madre estaba teniendo con el muchacho, que tenía en su mano el móvil, tras terminar de hablar con una alumna de psicología, Floreal se llamaba, que había confirmado que podrían contar con ella para lo que quisieran

La segunda vez que la mujer entró en la habitación llevaba una bandeja. En vista de que ninguno de los dos había salido. En esta había un par de vasos con zumo y dos platos con un sándwich mixto para cada uno.

—Deja un rato el ordenador, Joly, y come algo. —Dijo mientras dejaba la bandeja en el escritorio del joven.

—Voy, mamá.

Sin embargo, seguía tecleado, sólo que estaba vez estaba sentado en el suelo, con la espalda contra la cama. La madre, rindiéndose al final, suspiró y se dirigió hacia la salida, escuchando a Bossuet antes de cerrar la puerta.

—Si no te das prisa, me lo como yo.

—Anda, no seas tonto y pásame el plato.

Soltando su propio sándwich, cogió el plato que había sido asignado por nadie para Joly y se lo tendió, marcando un nuevo número.

Un par de horas después y dos vasos de zumo más en el cuerpo, la lista de teléfonos y correos había terminado. Por fortuna, la mitad de los correos fueron contestados rápidamente, cosa que sorprendieron a ambos muchachos; un sábado por la tarde y que la gente estuviera en casa o dispuesta a contestar mails. Se notaba que estaban a finales del trimestre y que las fechas para entregar trabajos finales con los que subir la nota de cara a los exámenes estaba llegando a su fin.

Con el atardecer cayendo por la ventana del dormitorio del joven, y tras hacer el recuento de la gente que estaba dispuesta a hacer algo si al final eran suficientes, Joly decidió que ya era hora de terminar aquel trabajo, y antes de enviar un correo al grupo, decidió llamar al que seguro era el principal interesado en saber aquello.

Dos tonos después, el teléfono fue descolgado.

— ¡Enjolras! —Ambos saludaron antes de darle tiempo al joven a que pudiera siquiera decir un típico "¿sí?", aprovechando que Joly había puesto el altavoz.

— ¿Qué pasa chicos? ¿Alguna novedad? —Preguntó. Por el tono de voz seguro que se había pasado toda la tarde encerrado en su habitación investigando cualquier cosa, posiblemente relativa al acto que querían realizar, buscando marcos legales o algo por el estilo.

—Acabamos de terminar de hablar con la gente que nos dio sus datos el día de la huelga.

— ¿Y qué? ¿Qué tal? —Sonaba distinto, más emocionado que ante las primeras preguntas. De seguro que había esperado aquella llamada desde que terminase la reunión.

—Pues, faltan varias personas por contestar los mails… —Joly fue el primero en hablar, pasándose una manos por la cabeza.

—Aunque casi todos han respondido a las llamadas.

—No os entretengáis y decidme qué os han dicho. —La paciencia de Enjolras en momentos como aquel era mínima.

—Está bien, está bien. Si nuestros cálculos son correctos…

—Y somos un médico y un estudiante de ciencias políticas. —Interrumpió Bossuet.

—Somos cerca de 100 personas para llevar a cabo el acto.

Nada vino del otro lado.

—Y todavía faltan por confirmar algunos más. Más otros que dicen que posiblemente se traigan amigos. —Añadió Bossuet en vista del silencio.

Mas Enjolras seguía sin pronunciarse, y ambos chicos temieron que la cifra le hubiera causado un paro cardiaco.

—Creo que le has matado, Joly.

— ¡Lo sabía! —Finalmente la voz de Enjolras se escuchó. Además de ello, por el sonido que venía del otro lado del interfono, suponían que se había levantado y había salido de donde estaba. No hacía falta mucho para saber a dónde iba. — ¡Ferre! —Desde luego que no. La voz de Combeferre no se escuchaba demasiado bien, aunque también podían intuir que la otra persona que estaba hablando era Courfeyrac.

Joly y Bossuet se miraron mientras Enjolras hablaba sobre las cosas que le habían dicho ambos. Conociendo al rubio y lo fácil que podía perderse en charlas sobre revoluciones, ambos decidieron recordarle que seguían al otro lado de la línea. Enjolras les dedicó un par de frases antes de despedirse.

—Tiene una revolución que preparar

Y Joly sólo pudo darle la razón.


Turno de noche

Una vez que se había confirmado la participación por su parte en el acto del rector, podían proceder al resto de la campaña. Pegar carteles y repartir panfletos.

La idea principal era que el lunes por la mañana toda la universidad estuviera empapelada con los carteles que Enjolras había sacado por su cuenta. Y para ello habían quedado por la noche. Al contrario que la otra vez, aquel día habían acudido más gente.

Lo bueno de que ya estuvieran a finales de diciembre era que la noche llegaba antes, y por ello, podían quedar antes. Ahora, otra cosa sería si terminaban también antes, que eso no estaba en sus manos.

Los primeros en llegar, como era habitual porque vivían al lado, habían sido Combeferre, Courfeyrac y Enjolras. Esta vez Enjolras había tenido que insistir más porque Combeferre al día siguiente tenía una presentación para su clase, mas el don de la palabra había ayudado.

No estaban muy convencido de quién iba a acudir aquella noche, el grupo estaba bastante confundido por lo pronto que se había desarrollado aquella pegada, por lo que el trío iba preparado hasta para pegar carteles ellos solos.

Ambos se sentaron en la escalinata de la facultad de derecho, donde siempre quedaban, embutidos en sus abrigos, con las manos guardadas en los bolsillos y dejando tirada la bolsa en la que iban los carteles.

—En el grupo están muy callados. —Comenzó a hablar Courfeyrac que era el único que se había quedado de pie, caminando de un lado a otro.

—No, si al final vamos a acabar siendo nosotros solos. —Enjolras sonaba algo molesto, porque si no trabajan todos, aquello no iba a salir adelante. —Podríamos ir tirando nosotros, así terminaremos antes.

—Enjolras, relájate. —Y agarrándole del hombro, Combeferre volvió a sentarse en el escalón. —Todavía quedan más de veinte minutos. Hemos llegado muy pronto con tu impaciencia.

Mascullando por lo bajo, el rubio intentó quedarse tranquilo, pero sacó el teléfono y entró en el grupo de mensajería, escribiendo un mensaje para que la gente confirmara quién iba. A los dos minutos iba a volver a protestar, porque un par de personas lo había visto, pero nadie había respondido.

—Por ahí se acerca alguien. —Aunque Courfeyrac le impidió hablar, señalando al otro lado de la calle.

Y Enjolras pensó que aquello le era demasiado familiar. Y más cuando vio a Grantaire acercarse, con las manos dentro del chaquetón y el pelo revuelto por el viento, aunque quizás es que tampoco se había peinado antes de salir de casa.

—Vaya, ¿sólo habéis llegado vosotros?

— ¿Tú sabes si va a venir alguien más? —Enjolras no sabía cómo, pero Grantaire siempre se acababa enterando de todas aquellas cosas.

—Éponine seguro. Me ha preguntado si podía quedarse esta noche en mi casa. —Se pasó una mano por la barba de un par de días que llevaba, pensando. —Feuilly también. Y Bahorel y Bossuet. Joly se iba a venir esta noche.

Había hecho bien en preguntar. Y si tanta gente iba, ¿por qué nadie se manifestaba por el grupo?

La respuesta la obtuvo una vez llegó Feuilly.

— ¿Para qué queréis teléfono si nunca lo miráis? —Lanzó la pregunta Enjolras al aire.

— ¿Por qué lo dices? —Feuilly tomó asiento a su lado, mientras fumaba del cigarro que había encendido Grantaire.

—Ninguno habéis respondido a la pregunta que he lanzado por el grupo.

—No, a mí no me ha llegado nada. —Feuilly sacó de su bolsillo el teléfono móvil y abrió la aplicación para enseñarle el grupo. —Y por este mes, todavía tengo internet en el móvil.

—No tienes cobertura. —Dejó caer Enjolras, mientras miraba el chat del grupo.

Aquello hizo que Feuilly se asustara, mientras miraba su teléfono. No podía ser. ¿Ya había pasado el tiempo para pagar la factura? Su preocupación hubiera ido en aumento, de no ser porqué escuchó a Courfeyrac hablar.

—Yo tampoco tengo cobertura.

Poco a poco, todos fueron sacando sus móviles para atestiguar lo mismo. Por lo visto, las facultades habrían adquirido inhibidores de frecuencia que los dejarían encendido por las noches para evitar que pudieran contactarse entre ellos.

La cosa se estaba poniendo más complicada, pero no por ello iban a abandonar aquel plan. Al contrario. Las molestias que parecían que se estaban tomando para con ellos e impedir que pudieran llevar a cabo aquella labor sólo hacía que algunos tuvieran más ganas de que empezara aquella noche.

—Ésto sólo significa que no vamos a poder comunicarnos entre nosotros, pero nada más. El plan es mantenernos como lo que hemos dicho. No hay que perder el espíritu. —Y entre ellos estaba Enjolras.

—¿Nada más? —Pero afortunadamente, para alguno, Combeferre era una voz de la razón que no se dejaba callar por el espíritu de Enjolras. Ambos se compenetraban bastante bien en momentos como esos, y ambos, para esas cosas, eran bastante cabezotas. — No vamos a poder saber si la policía está detrás de uno de los grupos, o si se ha visto algo, o, poniéndonos en el peor de los casos, que estén retransmitiendo por las noticias que nos han encerrado aquí dentro y están esperando a capturarnos.

— ¿Nos han encerrado aquí? ¿Estamos en los Juegos del Hambre? —Courfeyrac esperaba dar un poco de humor a aquella situación, y logró que Éponine se riera, a la que le dedicó una mirada por, al menos, ser la única que presentaba sentido del humor.

— ¡No lo podemos saber porque estamos encerrados! —Respondió Combeferre, con cierto tono de ironía, mientras se cruzaba de brazos y con la mirada situada en Enjolras, que simplemente se limitó a negar con la cabeza, como si su amigo no tuviera ningún remedio.

El rubio respetaba a su amigo, y le parecía ser alguien con buenas ideas, que aportaba un punto sensato que todo movimiento necesitaba y que en ocasiones lograba que a él no se le fuera demasiado la pinza. Pero eso no quitaba que en otras ocasiones la presencia de Ferre le llegase a desesperar con toda esa precaución que se gastaba.

—A ver, no perdamos la cabeza. —Que aquellas palabras vinieran de Bahorel denotaba que tipo de imagen debía de estar dando a los presentes. —Lo único destacable es que no podemos conocer qué es lo que está pasando aquí fuera y que no podemos comunicarnos. Ya está. —Luego se volvió hacia Ferre, quien notó aquella mirada y se la devolvió manteniendo los brazos cruzadas. —Y no seamos locos, si nos está persiguiendo la policía no nos vamos a detener a coger el teléfono y a mandarnos mensajitos entre nosotros. En caso de hacerlo, lo haríamos una vez estemos en el coche, lejos de aquí.

Con leves asentimientos, unos más conformes que otros, tuvieron que reconocer que Bahorel tenía razón.

—Que un anarquista tenga razón... ¡El mundo se está volviendo loco! —Las palabras provinieron de Feuilly, que era su modo de decir que, al menos por una vez, Bahorel había sabido decir algo inteligente, coherente y que no fuera una broma.


Dejar que por una vez el cerebro dirija.

Por primera vez, y que no sirviera de precedente, Enjolras acabó dejando que fuera Combeferre quien dirigiera, puesto que la cara que ponía no dejaba lugar a otra cosa. Posíblemente Ferre hubiera acabado accediendo a cualquier cosa que dijera Enjolras, porque su amigo era lo más cabezota de él mundo y siempre tenía que ser uno de los dos el que cediese para poder hacer las cosas, mas el rubio sabía que éste se habría dedicado a mirarle todo el tiempo que estuviese allí, y durante varios días de una manera juzgadora.

Aunque Ferre también acabó cediendo en algo, y es que, a pesar de que todos iban a ir a las diversas zonas de la universidad juntitos como buenos amigos que eran, iban a dividirse para cubrir las distintas facultades, utilizando funciones del móvil a modo de señales de luz para poder comunicarse entre ellos y asegurar que estaba todo bien.

Empezaron por aquella zona, las facultades que eran propia de humanidades. Bossuet, Grantaire y Joly acudirían a la facultad de Bellas Artes. Bahorel, Éponine y Feuilly a Filosofía y letras. Mientras que por su parte, Combeferre, Courfeyrac y Enjolras se quedarían para empapelar letras.

A medida que terminasen en aquella parte, acudirían a Magisterio para empapelar también aquella, donde se acabarían reuniendo, antes de acudir a la zona de ciencias. Depende de la hora a la que terminasen, se acercarían a la zona que estaba fuera de la Ciudad Universitaria con los coches.

Se repartieron los carteles, Combeferre ya los había contados para saber cuánto había que poner en cada facultad, poniendo más hincapié en aquellas que pocas veces podían visitar por la falta de tiempo, de gente o por el hecho de que se encontrasen lejos. En cambio, en aquellas que solían visitar podrían repartir los panfletos que llevaban consigo.

—Esto va a acabar con mi vida. —A pesar de que Feuilly no hablaba muy alto, su voz resonaba en la calle.

Caminaban por detrás de las facultades, por la zona menos iluminaba, al menos por el momento, porque pronto tendrían que ocupar la cara delantera, la más iluminada.

—Y Enjolras quiere que mañana por la mañana vengamos a repartir panfletos... —Y por la voz que tenía Bahorel se notaba las pocas ganas que tenía de hacer tal cosa.

—Entre que mañana tengo clases por la mañana, y doblo turno en el trabajo, creo que conmigo no vais a poder contar... —La voz de la joven sonó antes de que lanzara un suspiro, guardando las manos en su abrigo.

—No hacía falta que vinieses esta noche.

—Cierto, a diferencia de ti, la mitad de nosotros mañana no iremos a clase. —Feuilly terminó la frase de su amigo. — Y los que iremos será porque tenemos las clases por la tarde... Si vamos.

Éponine negó con la cabeza, mientras se detenía junto a los dos. Aquella era la zona de la facultad que solían pegar siempre. Los restos de papel mezclados con la cola seguían ahí.

—Apenas paso por las reuniones, no redacto panfletos, ni acudo a los "improvisados mítines" que os marcáis por algunas facultades. Para algo que puedo hacer decentemente... Además, ya estoy acostumbrada a tener una vida ajetreada.

Ambos muchachos se repartieron los carteles y la cola mientras escuchaban a la rubia. Bahorel pondría los carteles y Feuilly los pegaría, que el primero podía ponerlos en una posición más alta.

—Aun así. Trabajas, estudias y tienes que encargarte de tus hermanos. Creo que todos comprenderíamos que sólo aparecieras en momentos claves. —Feuilly esperaba apoyado en la barra de la brocha de la cola a que Bahorel terminara de colocar los carteles con una simple tira de cinta adhesiva para que se quedaran bien pegados.

Desde que Bossuet acabó pegado a una pared en una de esas pegadas habían empezado a tomar aquellas precauciones.

—Bah, da igual. Tampoco me molesta. —Éponine daba la espalda a los dos muchachos, concentrada en la calle, por si veía algún coche policía o alguien sospechoso.

—Como veas. —Negó con la cabeza. —Cuando acabes moribunda por estrés y/o por que estés agotada, no seré yo quien te despierte a base de tortas.

—Lo tendré en cuenta. —Y cruzó la calle, incapaz de mantenerse quieta. —Voy a echar un vistazo.

—Ten cuidado. —Pidió Feuilly antes de ponerse a pegar los carteles. O regañar a Bahorel porque no sabía pegar un cartel recto, y todos estaban torcidos.


Las rubias no son tontas

Éponine se perdió entre las sombras, habituada a ello. Alejada de las zonas de farolas, caminó hasta una de las esquinas de aquella calle, que daba en perpendicular. Podía ver una sombra oscura detrás de un coche, que a simple vista no parecía sospechoso.

Se dio la vuelta y caminó hacia la otra esquina, antes de perderse por las callejuelas. Por las mañanas, aquella zona de la ciudad universitaria estaba llena de vida, con librerías y copisterías. Sin embargo, el silencio ahora reinaba, y aquello era lo que Éponine necesitaba. Callejeó un poco, antes de acabar en aquella calle perpendicular, notando como la figura todavía no se había movido.

Aunque ahora la tenía a sus espaldas y podía ver como realizaba algo bastante ensimismado. Tenía que ser cuidadosa. Volvió a meterse en el callejón y abrió la mochila para sacar un jersey. Era la ropa que había escogido para ir al día siguiente a clase, en vista de pasar la noche en casa de R. Se quitó el chaquetón, que guardó en la mochila, y se colocó el jersey, antes de sacarse el gorro, dejando alborotado sus rizos.

Dejó la mochila allí, lanzando un suspiro. Tenía que meditar aquello muy bien. Y hacer cosas poco normales como coger una bolsa de basuras del otro lado de la calle para poder acercarse a aquel contenedor y fingir que la tiraba, dejando en el callejón su mochila.

Despacio, y mirando el móvil, Éponine cruzó la calle. El hombre simplemente le dedicó una leve mirada, antes de continuar con su labor. Se acercó un poco más, una vez que había tirado aquella bolsa para observa como el hombre tenía plena visión de la parte trasera de la facultad. Y de Bahorel y Feuilly.

Pero sólo estaba tomando nota. ¿Estarían simplemente identificando quienes eran? Llevaban allí bastante tiempo, y la policía todavía no había aparecido...

Aparentando normalidad, Éponine volvió a la calle, y recuperó su chaquetón, volviendo a guardar el jersey. El chaquetón era más cómodo para correr. Tenía que llegar cuánto antes a donde estaban los otros dos, con los carteles pegados, simplemente esperándola a ella.

— ¿Dónde te habías metido? —La pregunta fue formulada por Feuilly, que estaba sentado en las escaleras que daban a la facultad. —Nos ha dado tiempo a pegar hasta los carteles de la fachada.

—Ahora os cuento. Tenemos que salir de aquí, creo que hay un policía espiándonos.

Las caras de ambos fueron alarmantes, mientras recogían las cosas, para ir a buen paso a la facultad de magisterio. Fueron los últimos en llegar, cuando ya estaban casi todos los carteles pegados.

— ¿Dónde os habíais metido? —Enjolras esperaba con los brazos cruzadas en la pequeña explanada que recibía a la gente de la facultad.

—He visto a un hombre extraño, que desde las sombras apuntaba nuestros movimientos en una pequeña libreta. —Explicó sin perder el tiempo la joven. —Vi una extraña figura, y decidí acercarme.

—Para poder ver que estaba escribiendo en una libreta y esas cosas te debiste acercar mucho. —Y desde luego, para Ferre, aquello era una temeridad del calibre de las que hace Enjolras en los días de huelga, o de las que hace Bahorel cuando rompe cristales de sucursales.

—No me vio, y si lo hizo, ni se dio cuenta de quien era. —Se encogió de hombros. Claramente la había visto, pero no lo iba a decir, de todas formas, ¿qué ocasionaría? Era casi como una habilidad que tenía desde siempre, en ocasiones parecía ser invisible.

— ¿Qué buscaría? —A Enjolras no le importaba, estaba allí y con información. Eso era lo importante.

— ¿Tenernos fichados? ¿Saber quienes son los cabecillas? —Courfeyrac dejó el rodillo con el que había estado pegando los carteles junto a Joly y se acercó a donde estaba el resto del grupo.

—Ni idea, pero si ya saben que estamos aquí, no importa si nos vamos ahora o no...

Aquellas palabras del rubio daban una clara impresión de que, con policía o no, aquel trabajo iban a terminarlo.


Las facultades que siempre quedan sin empapelar

Una vez terminaron de empapelar todas aquellas facultades, se dividieron con la idea de ir a las facultades que no se encontraban en aquel campus. Sin embargo, la sospecha estaba tras ellos tras el anuncio que había hecho Éponine, y pronto se vieron mirando por la ventana trasera, esperando ese coche que apareció tras una curva por el centro de París.

Era un coche negro que Bossuet, quien conducía el segundo coche, tras el de Bahorel, reconoció desde hacía un par de calles, y por ello, Bossuet pidió a alguno del resto del coche, Enjolras, Ferre o Courfeyrac, que le enviasen un mensaje al resto del grupo. Enjolras fue el primero en hacerlo. Era un gran alivio volver a tener cobertura y poder comunicarse cuando quisieran.

[LES AMIS DE L'ABC]

*Yo [03:18]

Bossuet dice que nos siguen. Un coche negro. No sé si le veis.

*Grantaire [03:19]

Desde nuestra postura no vemos.

Por como Grantaire se había dado la vuelta, y la manera con la que estaba escrito el mensaje, pudo intuir que había sido o Éponine o Feuilly quien lo había escrito.

*Yo [03:20]

¿Qué hacemos? No podemos ir al campus.

*Courfeyrac [03:20]

Podríamos separarnos y quedar en algún punto.

*Feuilly [03:21]

Podríamos quedar en la librería Artazar. Ferre sabe dónde está.

*Yo [03:22]

Perfecto, vosotros tomáis un camino a la izquierda, nosotros a la derecha.

*Grantaire [03:22]

creo que es la primera vez que te veo querer ir a la derecha.

Ese ya era el Grantaire más habitual... Enjolras suspiró y bloqueó el teléfono. Los primeros en torcer fueron los que estaban en el coche de Bahorel. Tras dar varias vueltas por las calles, acabaron en el Distrito X, y pronto llegaron a aquella librería. El coche de Bahorel estaba estacionado en la calle, y los otros lo imitaron, bajándose y acercándose a ello.

—Siguen ahí. —Dijo Bahorel, dirigiendo la mirada hacia un punto.

En efecto, el coche negro estaba allí. Al parecer habían ido tras los primeros que se habían desviado del camino.

—Por el momento me parece que no vamos a poder continuar más por aquí... —Acabó declarando Enjolras, cruzándose de brazos con el ceño que denotaba molestia. —Ya iremos otro día.

—A ver, porque estamos de trabajo hasta las cejas. —De nuevo era Ferre la voz de la razón, y quien tenía que hacer ver a Enjolras la cantidad de trabajo que había que hacer y, por el momento, no eran capaz de multiplicarse para cubrir todos los vertientes que tenían por delante.

—Lo que sea.

Y molesto, porque todo era mucho más tranquilo cuando la policía pasaba de ellos, y podían obrar a su voluntad.


Esperando a la comitiva.

De mejor o peor manera, ya por fin había llegado el día. Los de seguridad seguían impidiendo que pudieran repartir panfletos en las facultades, y fuera no dejaban de seguirlos. La policía no fue vista de nuevo.

Con ayuda de Bahorel, que se apuntaba a cualquier cosa, Enjolras pudo acercarse a pegar carteles por aquellas facultades que se habían quedado sin ellos, y a simple vista habían dejado de seguirles. Aunque también podía tratarse del hecho de que ni se habían molestado en ver si tal cosa sucedía, por estar ocupado hablando con él y con Courfeyrac haciendo comentarios sobre las últimas noticias. Al parecer otros sectores de la sociedad francesa empezaba a molestarse con las reformas que se iban a llevar a cabo en los próximos meses.

No podía decirse que no habían trabajo para aquella mañana.

En la facultad de Filosofía y Letras, la facultad anfitriona del evento, así como también en las facultades que participaban, como eran las facultades de letras, habían realizado un parón en las clases de la mañana.

Por ese motivo, en las escaleras que daban a la entrada del edificio esperaban sentadas Cosette y Éponine, en el mismo escalón pero cada una con la espalda pegada en las barandillas, dejando el centro libre para que pudieran pasar los estudiantes y profesores que entraban y salían en aquel extraño día.

Cosette había intentado entablar conversación con su compañera de facultad. Preguntarle las distintas clases que la rubia se había perdido, y que la morena no iba a tener tanta suerte. Preguntarle por la vida en general. Preguntarle por el plan que había aquel día, porque no lo tenia del todo claro... Cualquier cosa que pudiera hacer que la otra abriera su boca para soltar dos frases juntas.

Pero era casi imposible lograrlo. No entendía el motivo por el que parecía que Éponine no la aguantaba. No recordaba haber hecho nada malo. Al final, en vista de que sólo le quedaba el tema de moda, Cosette prefirió callar, quedarse con la mirada al frente, concentrada en la facultad que estaba delante, jugando con el asa del bolso. De vez en cuando lanzaba un suspiro.

Por su lado, Éponine se concentró en el móvil cuando Cosette se rindió en eso de sacar un tema de conversación. Era difícil estar en el mismo escalón con la chica de la que Marius no dejaba de hablar maravillas que ella no era capaz de ver. Marius estaba cegado. Cosette no era esa persona que él creía. Sólo había que mirarla, por favor.

Empezó a jugar tras responder algunos mensajes que tenía, ignorando deliberadamente el de Montparnasse que ni siquiera abrió, pero por el comienzo se notaba que le quería cambiar uno de los turnos. La fecha del mensaje era del día anterior. Cuando terminase el acto lo miraría. Total, siempre le decía que se olvidaba el teléfono en cualquier parte y él se lo creía, no quería que por un cambio de última hora ella tuviese que dejar aquello.

Cruzando los aparcamientos, ambas chicas apreciaron como venían Enjolras con el resto del grupo. Era fácil distinguirlos. En primer lugar porque Bahorel iba con ellos, y Bahorel era un tipo que no pasaba desapercibido: Alto, grande, con el pelo largo y barba ya no de tres días, sino de tres meses. Otro que tampoco pasaba desapercibido era Bossuet: Su calvicie no era algo que se pudiera ver todos los días en un joven de su edad. Y por Enjolras. Ya no porque Enjolras llamase la atención, que también, sino porque consigo llevaba mil y una cosa. Posiblemente en su mano derecha llevase la pancarta reivindicativa enrollada, en su izquierda llevase dentro de esa bolsa el megáfono y en la mochila, a su espalda, los panfletos que habría que repartir. Era tan previsible algunas veces para esas cosas.

No tardaron mucho en llegar donde ellas estaba, y mucho menos en cruzar la facultad hasta llegar al Salón de Acto. Allí reunidos estaba todas aquellas personas que habían logrado llamar durante aquellos días. La mayoría era de letras, dado que posiblemente en otras facultades estarían de clases, aunque al grupito poco le importaba eso, o al menos poco les importaba en aquel día.

Rápidamente Enjolras, con ayuda de Combeferre, organizó a las personas que había explicándoles el plan. Iban a entrar en aquel lugar como si nada hasta que se les diese la señal, allí entonces empezarían a actuar.

El salón de acto era grande, y gracias a las diversas entradas que tenía era fácil introducirse sin nadie pensase que había algo detrás. Nadie tenía porqué intuir que más de los asistentes iban a realizar una protesta en aquel lugar, aun cuando se comentaba entre los ponentes que nunca antes aquel acto había suscitado tanto interés por parte de los estudiantes.

El grupo de Les Amis se encontraba sentado por distintos lugares de los asientos. Arriba del todo, y con la gran pancarta estaba Marius, junto a Cosette que se había ofrecido echarle una mano. En el exterior, vigilando que no viniera la policía, se encontraban Bahorel y Feuilly. En el interior de la platea, justo en el centro Enjolras acompañado de Combeferre y Courfeyrac, listo para aquello. Joly y Bossuet se encontraban en la parte inferior de los asientos, ellos tenían la misión de dar la señal para que el resto de estudiantes se unieran a aquello al mismo tiempo, un simple gesto de mano cuando Enjolras se arrancase con las consignas. Por último, Grantaire y Éponine estaban sentados casi en una esquina. Ellos simplemente tendrían que encargarse de organizar la huída de allí si la cosa se ponía chunga, y qué mejor forma que por la puerta de emergencia.

El acto empezó diez minutos con retraso a causa de la gran afluencia, que se tomó su tiempo para acomodarse en los asientos y guardar silencio. En el centro de la mesa que ocupaba casi toda la tarima se encontraba el rector de la universidad. A su derecha estaba el decano de la facultad, y a la izquierda del rector el representante de alumnos, una figura por la que Enjolras no sentía la menos estima porque no era más que una marioneta en manos de los altos cargos de la universidad, a los que la educación no les importaba nada. Aquel representante era el que de verdad creía que aquello era un juego, y no ellos.

El primero en hablar fue decano de la facultad, que dio un breve discurso introductorio en el que daba gracias a los presentes a la vez que presentaba a representante de alumnos, que iba a ser el primero en intervenir.

Este, un alumno de tercero en la carrera de Historia, dio pobre de vocabulario en el que simplemente se dedicaba a hablar de lo que él consideraba victorias ganas en las reuniones internas.

LES AMIS DE L'ABC

*Yo [12:23]

¿Cuántas veces ha repetido ya eso del aire acondicionado?

*Feuilly [12:23]

Veo que os lo estáis pasando bien.

*Yo [12:24]

Es que mientras el cretino del representantes habla de eso, nosotros logramos que no cambiaran los exámenes.

*Combeferre [12:25]

Enjolras, concéntrate.

Enjolras bloqueó el teléfono y se volvió a su amigo, que también había guardado el teléfono.

—Sabes que tengo razón.

—Aguanta, ya termina, y el rector toma la palabra. —Tuvo que aguantarse la risa cuando vio como el rubio se reclinaba contra el asiento con los brazos cruzados y bufando, porque aquello no había sonado como a un suspiro.

Y en efecto, un par de frases más, y el representante le cedió de nuevo la palabra al decano, quien aprovechó el turno para, según palabras de Enjolras que volvió a plasmar por el grupo "utilizó para lamerle un poco el culo al rector, a fin de que le diera un puesto dentro del rectorado en las próximas elecciones".

El discurso del rector empezó con simples frases banales que posiblemente fueran tomadas de anteriores discursos y pegadas para que quedara bien. A medida que avanzaba iba entrando en temas en los que debían de estar atentos para interrumpir en el momento apropiado.

—Desde la rectoría de la universidad buscamos apoyar la libertad individual de cada alumno a la hora de desarrollarse…

— ¡Libertad individual con la policía merodeando nuestras facultades! —Enjolras se alzó, levantándose de su asiento.

Casi al mismo tiempo fue acompañado por Combeferre y Courfeyrac.

—Simple seguridad…

—La seguridad no se paga con libertad.

—Y menos con la libertad de reunión y asociación. —Courfeyrac tomó el relevo.

Era el momento de que el resto de presentes se sumasen, y más cuando el rector había dado a entender, tras la intervención de Courfeyrac, que aquello era sólo una intromisión por tres locos. Joly comenzó a dar la señal antes de levantarse, junto al resto de los que se habían congregado allí a protestar, mientras la pancarta había sido extendida.

Las consignas llenaron el lugar, callando cualquier palabra que pudiera decir éste, mientras el decano se levantaba de su asiento y se acercaba al representante de alumnos, quien a continuación salía corriendo del lugar.

Casi al instante, mientras el salón aumentaba la intensidad de los reproches hacia el sistema al que estaba llevando aquellos dos hombres sentados delante de ellos, junto al resto de decanos de la universidad, recibieron un mensaje.

LES AMIS DE L'ABC

*Feuilly [12:43]

¿Qué ha pasado? Han ido a avisar a la policía.

*Yo [12:43]

Todo ha salido mejor de lo planeado.

Enjolras está alentando a las masas.

*Ferre [12:43]

¿Qué tal el plan de salir de aquí?

La policía puede presentarse en cualquier momento.

*R [12:44]

segun ponine las salidas de emergencia son el mejor recurso

*R [12:44]

Dan a todo el edificio, podremos movernos por este de manera rápida. Y son fáciles de atrancar.

*Ferre [12:45]

Podremos usar la pancarta para atrancar la puerta.

*Marius [12:45]

Entonces la vamos recogiendo.

*Bossuet [12:45]

Vamos preparando la señal de salida.

*R [12:45]

La idea es no ir al exterior, porque seguro que allí habrá algunos policías.

Combeferre le explicó la situación a Enjolras, quien se había quedado ensimismado con el movimiento que se había creado en un momento.

—Enjolras, la policía está al caer.

—No, está ya aquí. —Courfeyrac golpeó a Enjolras en el hombro para que mirara el teléfono donde Feuilly había dado la información.

— ¡Compañeros! —Pocos segundos después, la gente se había callado. — El rector vuelve a demostrar la libertad que quiere. ¡Llamando a la policía! —Nueva retahíla de comentarios hacia el rector volvieron a sucederse. — Así que nos toca salir. Seguid a nuestros compañeros.

No hubo que esperar mucho, las puertas de emergencias fueron abiertas y la gente comenzó a acercarse a estas intentando ir con cuidado.

—Enjolras, busca a Marius y adelantaros, que vosotros sois los que no podéis ser detenidos.

Combeferre siempre estaba atento a esas cosas, a ese temor porque los detuvieran a ellos dos de nuevo a causa de un incidente en el pasado cuando todavía eran casi unos niñatos que apenas sabían algo de cómo iba la lucha a grande escala.

Dar con Marius no fue complicado, al lado de la salida de emergencia estaba, con la pancarta en la mano y Cosette detrás.

—Nosotros nos encargamos de poner esto. Id con el resto. —Courfeyrac tomó la pancarta, mientras empujaba a los más jóvenes para que se hicieran hueco entre los estudiantes que salían.

Al mismo tiempo entraba la policía y daba el alto a los alumnos que se escapaban. Courfeyrac y Combeferre dieron prisas a los alumnos que quedaban, eran los últimos que quedaban del grupito y los últimos que cruzaron la puerta, cerrándola tras ellos para colocar uno de los palos de la pancarta antes de seguir al resto de estudiantes que corrían por las escaleras.

Al parecer Grantaire y Éponine habían hecho bien el trabajo y habían bloqueado la entrada de emergencia que daba a la calle, en otro momento Ferre les hubiera dado la bronca por atentar de esa manera contra la seguridad de todo un edificio, pero aquel día era por fuerza mayor.

Fueron subiendo las diversas plantas hasta que encontraron una de las puertas abiertas y la cruzaron, intentando mezclarse con los alumnos que estaban por ahí. La idea era pasar desapercibidos.

—Inhibidores, no podemos contactar con nadie. —La voz de Courfeyrac se escuchó a la espalda de Combeferre.

—Bueno, ya habíamos previsto esto. Esta tarde nos reuniremos en el Musain. —Dijo Ferre antes de señalar una sala en la que estaban dando una conferencia.

La idea era pasar desapercibidos, así que sin importar de qué era, ambos entraron y tomaron asientos. Un toque de tranquilidad al último día de clase del trimestre.