Los personajes pertenecen a Victor Hugo. Yo sólo suplico porque su fantasma no me persiga por las noches por realizar estas cosas.
El comienzo de la odisea por sacar adelante una huelga con todo en contra.
No era la primera huelga a la que iba, más aun, Feuilly consideraba que se había tirado media vida acudiendo a huelgas, pues al igual que muchos del grupo habían empezado en aquello siendo muy jóvenes. Sin embargo hacía tiempo que no había estado esperando una huelga con tanta expectación y nerviosismo hasta el punto de costarle dormir en la noche.
Y es que habían estado preparando tantas cosas, habían estado anticipando cada escenario que se podía dar aquel día, y habían imaginado tantos finales que cuando llegó montado en su bicicleta no se imaginó encontrarse a tanta gente en la universidad.
La manifestación era por la tarde, y aquella mañana sólo tenían pensado hacer piquetes y sin embargo había una enorme cantidad de personas que en la vida había imaginado que hubiera. Sin duda habían hecho bien las cosas.
Rápidamente aparcó la bicicleta en los lugares adaptados para ello y le puso la cadena, antes de ir corriendo, sorteando a compañeros y saludando a otros, hacia donde estaba el grupo hablando acerca de cómo iban a organizar todo. Desde luego tampoco habían previsto aquello.
Y la policía, por los pocos coches, que había tampoco lo había previsto, aunque intuía que faltaban minutos para que se empezaran a juntar más para, como le estaba escuchando a Bahorel cuando llegó junto a él, jugar con ellos.
— Entonces, ¿no dividimos? — Preguntó Combeferre mientras miraba a Enjolras.
Este se quedó pensativo, mirando a sus compañeros, pues claramente tenían fuerzas suficientes como para repartirse las diversas facultades, y sin embargo, ¿por qué dudaba en aquel momento? Quizás el temor de que la policía siguiera a uno de los grupos, que la policía interviniera donde estaban sólo porque uno de los que buscaban con más vehemencia se encontraba allí.
—Me acaban de escribir del otro campus. —La voz de Bahorel se escuchó. El grandullón tenía la vista en el teléfono, pues seguía recibiendo mensajes que leyó en voz alta. — Al parecer tienen un grupito apañado, pero no saben por donde empezar, no hay nadie allí que les pueda echar una mano. ¿Alguien se viene conmigo?
Combeferre salió al momento para acompañarle, pues sólo alguien como el de las gafas podría detener al mayor en caso de que empezara a irse la cabeza y plantear cosas inverosímiles, al menos para una hora tan temprana, como podía ser quemar contenedores, el plan favorito de Bahorel.
Feuilly también se hubiera sumado. Pero Feuilly era el único que estudiaba en la facultad de ingeniería, y necesitaban a alguien que hablara en esa facultad, por lo que terminó yendo Jehan.
Por lo que casi automáticamente en vista de que en la facultad de artes solo quedaba Grantaire, este pasó al grupo de Enjolras. Sólo Enjolras podría controlar que Grantaire no se fuera a la cafetería a beber mientras el resto hacía el trabajo, o al menos era el único que lo intentaba controlar con vehemencia y obtenía los mejores resultados.
Poco a poco los diversos grupos se fueron creando, una vez que Bahorel, Combeferre y Jehan se fueron en el coche del primero hacia el otro campús con la idea de reunirse en el centro, en el Musain, para comer algo antes de partir a la manifestación. Así también cogerían aquellas pancartas que habían creado. A diferencia de la vez anterior, esta vez no fue un trabajo hecho de última hora, y desde luego en el resultado se podía comprobar.
Les hubiera gustado llevar algo para aquella ocasión, alguna pancarta o algo, pero la falta de tiempo, y las largas horas pegando carteles para evitar a la policía ocasionaron que no tuvieran demasiado tiempo para hacer algo más que el trabajo que habían realizado. Y aun así ya se estaba escuchando a Enjolras quejarse mientras caminaba hacia la facultad de derecho con Grantaire, Bossuet y parte de los compañeros que habían ido aquel día para los piquetes, y es que Feuilly le había quitado el megáfono.
—No te hará falta, vas a hacer más ruido tú que se van a escuchar a ellos, y eso no se puede permitir. —Le había dicho.
El megáfono se había quedado en el maletero del coche de Bossuet, donde no había peligro de que la policía lo viera o de que al rubio le entrara las ganas de cogerlo.
El muchacho, por su parte, tras ver como también se alejaban hacia las facultades de ciencias Joly, Courfeyrac y Marius, se fue a la de humanidades con Cosette y Éponine. Tras aquella se irían a las de ingenierías, donde conociendo la mentalidad de sus compañeros, Feuilly intuía que podrían tirarse más tiempo.
Además, estaba el hecho de enseñar a Cosette a hacer esas cosas para que en el futuro pudiera intervenir, por lo que era mejor que empezase en un ambiente que conocía antes de meterse en una facultad en la que se podrían lanzar como buítres.
Mientras caminaban por la facultad con los compañeros que les estaban acompañando que empezaban a gritar consignas por los pasillos, Feuilly, que iba a la cabecera junto a las chicas, se preguntaba qué era lo que veía Enjolras al tener un grupo numeroso de gente siguiéndole, cuando era más divertido ser uno más de la multitud y gritar todos a la vez.
Pero aquel no era el momento para aquello.
— ¿Tenéis apuro por entrar en alguna clase? ¿Profesores que os puedan mirar mal por hacer esto? —Les preguntó, mientras subía por las escaleras, pues en la planta baja de la facultad todos eran despachos de profesores y departamentos.
Ambas negaron con la cabeza. Al menos, en aquel día todos los profesores que tenían eran bastante simpáticos.
—Entonces empecemos por aquella clase. —Señaló con su mano una antes de mirar a Éponine, quién resopló.
Ella era la chica invisible, la que solía pasar desapercibida, por lo que ocupar el lugar central de algún evento era algo que no le gustaba… Y menos si Feuilly añadía un "que Cosette te vea para que empiece a tener una idea de lo que debe decir y eso". Éponine no se animaba por esas palabras, pero ya estaba en la puerta de la clase y Cosette la miraba detrás con los mismo nervios que ella misma había sentido en su primer piquete por los pasillos de la universidad.
Poco a poco los compañeros fueron callándose para que se pudiera escuchar como la rubia llamaba a la puerta antes de abrirla.
— ¡Buenos días! —Saludó asomando al interior su cabeza llena de rizos que caían desordenados. Detrás de ella estaba todo el mundo, pero desde esa posición no se podía apreciar.
La profesora que estaba en el interior, la cual Éponine no conocía por lo que supuso que era de otra carrera, se le quedó mirando, junto al puñado de alumnos que habían acudido a la clase. Apenas superaban los diez, y la clase tenía una capacidad para ochenta, o incluso más.
— Somos un piquete informativo. Veníamos a informar acerca de la huelga.
— Creo que ya aquí todos estamos bastante al tanto de la huelga. —La señora, tras dejar lo que estaba leyendo sobre la mesa, se acercó a ella con los brazos cruzados.
Ante la respuesta de esta, Feuilly abrió un poco más la puerta, mostrando la gente que estaba esperando fuera.
—Ya, bueno, no será porqué nos hayan dejado expresarnos. —Éponine se apoyó en el umbral de la puerta, hablando con su típico sarcasmo.
—Estamos dando clase, señorita.
—Supongo que está al tanto de que los profesores también han sido convocados a huelga y que la mayoría de las clases están vacías, ¿verdad? Oh, sí, no sé qué dais, pero seguramente habéis madrugado sólo para esta clase. Cuando salgáis os podéis sumar a nosotros.
Quizás Éponine estaba actuando algo borde, pero la cara de la profesora no invitaba a ser amable, y hasta Feuilly había arrugado el ceño, mientras le explicaba a Cosette que la gran mayoría de docentes no eran así, aunque en mitad de una huelga educativa a todas las escalas, los de aquel día sí serían los más serios.
—Yo la invito a marcharse.
— Que sepáis que si sois menos del quince por ciento tienen la obligación a repetir la clase. —Les guiñó un ojo a los alumnos que estaban en el interior. —Y estoy segura de que muchos tenéis más motivos para salir que quedaros ahí.
La profesora cerró la puerta en aquellos momentos, recibiendo del exterior nuevas consignas gritadas que se escuchaban por todo el pasillo, siendo esa la única clase que se estaba dando en él.
Cuando se preparando para pasar a la siguiente clase, que según tenían entendido estaba en la planta superior, la puerta se abrió dejando salir a la gran mayoría de los alumnos. Aunque pasado unos instantes terminaron de salir todos los que estaban.
—La profesora ha dicho que para cinco personas que se quedaron todos nos fueramos. — Explicó el último de los alumnos que salieron mientras se colocaba bien la mochila, mirando al grupo que era ahora más numeroso que cuando habían entrado.
—Bien, entonces sigamos, tenemos un largo recorrido por delante. — Habló Feuilly mientras los miraba. — Por cierto, muchas gracias por haberos sumado a esto. Todo apoyo es importante.
Soportar a Grantaire y a profesores es deporte peligroso.
Los gritos se escuchaban desde una de las clases de ciencias políticas. Las consignas que lanzaban los alumnos desde la tarima y el resto del aula se mezclaban con las voces que estaba dando el docente queriendo callarlos, al tiempo que quería evitar que sus propios alumnos se sumaran a estos.
Por lo que habían podido comprobar, el profesor había puesto una prueba para aquel día que contaba un porcentaje de la nota abusivo y claramente les impedía hacer huelga. Enjolras no se lo había pensado dos veces y había irrumpido en el aula casi dando una patada a la puerta. El profesor apenas había podido decir algo cuando ya tenía al rubio subido a la tarrima dando su discurso y la clase llena de alumnos que no pertenecían a aquella facultad pero decididos a romper su clase.
Bossuet intervenía, completando el discurso de Enjolras tras levantarse del suelo, pues había tropezado con uno de los claves que se usaban para poner el proyector, embriagado con todo aquel sentimiento como para mirar el suelo que pisaba, y entre los dos rebatían todo argumento que exponía el docente, junto con algunos de sus alumnos.
— No hay peor ciego que el que no desea ver. —Le había terminado por decir Enjolras al final a uno de los muchachos, sentados en primera fila, que le respondió con un insulto.
Grantaire se encontraba sentado en la tarima, apoyado en la mesa del profesor, mientras se liaba un cigarro esperando que los gritos se terminaran, aunque antes terminó él su labor. Se guardó el cigarro en el bolsillo del pantalón, y se levantó de la tarima.
—Van a terminar llamando a la policia y esta facultad no es que tenga demasiados lugares por los que podamos salir. —Comentó mientras se situaba al lado de Enjolras.
Bossuet estaba concentrado llevando el griterio estudiantil como para percatarse de la conversación.
—Eso sólo será una muestra más de como la institución nos intentan callar.
—Ya, bueno, explícale eso al agente que te tome declaración en los calabozos. —Sin dejar que Enjolras le respondiese, se llevó los dedos a la boca para silbar, logrando llamar la atención de todo el mundo. —Todos tuyos. Me salgo fuera a fumarme el cigarro.
Enjolras no pudo detenerle, pues tenía la mirada de todos los alumnos, además, no le hacía falta conocer demasiado a Grantaire, aunque lo cierto es que lo conocía, como para saber que iba a ver si la policía estaba al tanto o qué era lo que se cocía por aquellos pasillos… También puede que se fuera a fumar el cigarro ya que estaba.
—Diga lo que diga este profesor fascista, esto es inaudito. Los alumnos tienen derecho a huelga. Por no hablar de que deben ajustarse a la programación, la cual ha sido aprobada por los departamentos antes de que el curso empezara. Realizar modificaciones en el curso es denunciable, y os animo a que lo hagáis. —Prácticamente le escupía al docente cada palabra, antes de mirar a toda la clase de nuevo.
Si hubiera sido el curso pasado, Bossuet se habría quedado fuera, en la puerta, por temor a que el docente le llevara a recuperación, sin embargo ya había superado aquella misma materia, y no iba a tener ninguna más con él profesor, por lo que podía dar un paso al frente y sumarse a las palabras de Enjolras, pese a la mala mirada que le estaba dedicando el mayor, pues le reconocía.
—Que sepáis que los docentes deben tener un mínimo de aprobados en la clase, por lo que si salís todos no puede tomar represalias contra nadie en concreto.
Los alumnos se fueron mirando entre ellos, al tiempo que empezaban a recoger sus cosas. El teléfono les vibraba en los bolsillos, pero estaban demasiado ocupados animando a todos aquellos que se iban a sumar como para prestar atención. Además, Grantaire estaba fuera, si fuera algo malo entraría en la clase.
El chaval en primera fina siguió protestando debido a la escena que estaba presenciando, sin embargo pronto uno de sus propios compañeros le mandó a callar mientras le lanzaba el examen en una bola.
—El poder popular siempre gana. —Le dijo Enjolras al docente mientras saltaba de la tarima para salir del aula, detrás de Bossuet, saliendo el último y dejando atrás solo a tres personas, incluyendo al hombre.
Como Grantaire había prometido, se estaba fumando un cigarro asomado a la ventana abierta.
—Victoria. —Les dijo con un saludo mientras su mano libre mostraba el gesto de la uve antes de darle una nueva calada al cigarro.
—He notado el teléfono, ¿ha ocurrido algo?
Mientras que Enjolras hablaba con Grantaire, sacando su propio móvil del bolsillo, Bossuet les estaba poniendo al día a los nuevos compañeros, explicando el plan que tenía para aquel día.
—Al parecer Feuilly ha terminado en sus facultades y se está dirigiendo a la rotonda para terminar el acto. Bahorel ha cortado una calle con varios contenedores, ayudado por sus amigos anarquistas, Combeferre ha evitado que les prendiera fuego, algo es algo. Y creo que Joly también ha terminado. —Se había leído los mensajes por encima, pues en cuanto había leído lo de Bahorel, se había ido a pedirle foto de los sucesos sólo para reírse pues en esta salía Combeferre con cara de estar en medio de uno de sus discursos.
—A nosotros nos quedan un par de clases más, por lo que escríbeles con que llegaremos algo tarde. Después de lo que estamos consiguiendo hoy no podemos dejar que esto se detenga.
Tras pronunciar aquellas palabras, Enjolras se dio la vuelta para llamar a las masas y dirigirlas hacia el próximo punto, una clase que se encontraba al otro lado del pasillo.
— ¿Acaso crees que soy tu secretaria? —Grantaire se dirigía a nadie, pues ya había perdido a Enjolras de vista.
Apagó el cigarro en el mármol de la ventana para tirar por esta la colilla antes de sacar el teléfono.
En lugar de decirlo por el grupo, pues estaban demasiado ocupados en un debate acerca de si era legítimo lo que había hecho Bahorel o no, le abrió conversación a Éponine y le escribió el mensaje. Pronto obtuvo como respuesta el icono de un pulgar hacia arriba.
Volvió a guardar el teléfono, y echó a caminar. No veía a nadie por el pasillo, por lo que intuyó que Enjolras había vuelto a emplear su táctica de entrar sin que nadie le diera permiso e invitar a toda su comitiva para ejercer presión. Lo malo de aquello es que no recordaba cual era el aula siguiente...
No había pensado nada. Era fácil saber cuál era. Los gritos de Enjolras se escuchaban por todo el pasillo, como para no saber la clase.
Esperando como animales en el zoo.
Tal y como habían previsto antes de que se separasen, cuando llegaron al punto de reunión donde iba a terminar aquella jornada de la mañana más policía se había concentrado allí, y por los mensajes mandaba Bahorel, queriendo desvíar el tema de los contenedores, pues cuando se vieran iba a tener que dar muchas explicaciones, también había llegado coches de patrullas al otro campus y se estaban preparando, desconociendo lo que tenían pensados.
En vista de que nadie había esperado que terminaran también en el otro campus, Marius tuvo que pasarle el discurso que se habían preparado para que alguien lo leyera. Afortunadamente se había llevado el portátil. ¿Para qué? Al parecer el muchacho no lo había directamente sacado de la mochila que solía llevar con él.
La desesperación venía cuando veían como más policías salían de los vehículos y se sumaban a los presentes, y mientras ellos estaban tranquilos, la mayoría de los compañeros se encontraban tirados en el cesped, impacientes por que aquello terminara, pues veían a los guardías y sabían que tardar mucho más e iban a tener que salir corriendo.
Courfeyrac y Feuilly ya les habían dado la charla acerca cómo tenían que escapar por si acaso ocurría algo, que no estaba del todo asegurado. Tenían que correr a las facultades, ayudarse entre ellos, no dejar que la policía les cogiera era lo principal.
— ¿Dónde se ha metido Enjolras? —Preguntaba Courfeyrac mientras miraba el camino que tenía delante, por donde el rubio debería venir, si no daba todo el rodeo.
El último mensaje que habían recibido del grupo de este había sido los de Grantaire anunciando que iban a tardar, y de eso hacía media hora.
—Seguro que Enjolras se ha dedicado a liarla bastante… —Éponine se encontraba sentada en el suelo con la cabeza apoyada en las piernas de Feuilly quien resoplaba.
Y es que Courfeyrac le había propuesto a él para que leyera el manifiesto en caso de que el rubio no llegase, y aquello había sido aprobado por todos los presentes, por lo que ahora Feuilly se lo andaba releyendo para que no le pillara de nuevo.
— ¿Se habrá metido en líos? —Le preguntó Cosette que se encontraba sentada a su lado.
Aunque Éponine hubiera vuelto a su carácter habitual con la chica, tras el tiempo que habían pasado con Musichetta echando una mano a su grupo, Cosette no había podido evitar coger más confianza con la rubia, y esta simplemente la había empezado a soportar.
Después de todo Cosette no era tan mala.
—No creo. ¿Estas viendo toda la policía que hay aquí? No creo que haya un grupo con Enjolras, además, de que tendrían que saber dónde están. —Respondió en vista de que el resto del grupo parecía estar ocupado con sus cosas.
A veces se podía pensar que sin Enjolras no eran capaces de hacer nada, pero lo cierto es que cuando faltaban tres de los miembros, y uno de ellos era Combeferre que era uno de los cerebros, era difícil decidir procedimientos de actuación.
Finalmente el grupo recibió una notificación de Grantaire. Literalmente había escrito "eatamod d cami o", lo que hacía sospechar que de verdad estaba caminando, pues dudaban que Enjolras le hubiera permitido que se tomase una cerveza… Y dudaban que Grantaire se viera tan afectado por una cerveza como para no escribir de manera correcta, aunque Grantaire nunca escribía de manera correcta.
—Supongo que dentro de poco les veremos aparecer. —Comento Courfeyrac más tranquilo, acercándose a donde estaba Feuilly. —Puedes relajarte, Enjolras ya viene de camino. —Comentó mientras apoyaba el brazo sobre el hombro del mayor.
Joly y Marius empezaron a recorrer todo el cesped para avisar a la gente que se encontraban presentes de que se empezaran a preparar, pues pronto el acto terminaría, hasta la tarde.
La tarde iba a ser grande, eso lo tenían todos claro.
Finalmente vieron salir de una calle a Enjolras delante de un numeroso grupo de gente, mucho más grande del que le habían dejado. Desde luego sólo el rubio era capaz de conseguir que salieran los alumnos de las aulas en facultades como la de Derecho o la de ciencias políticas. A saber cuántas asignaturas le iban a quedar al muchacho tras aquel día.
Pero él lo tenía claro. Todo era por una causa mayor.
Hay anarquistas volcando contenedores cerca de su zona.
Tal y como había supuesto Bahorel, conforme entró en el Musain se encontró con las caras del resto del grupo. Y Combeferre, el cual iba tras él, se unió, una vez que cruzó el umbral, al grupo.
Solo Jehan, Éponine, Cosette y Grantaire parecían darle un respiro, pues mientras los dos primeros suspiraban, Cosette reía suavemente. Realmente creía que todo lo que habían dicho, todas las regañinas y los discursos, iban de broma, pero se veía que no. Luego estaba Grantaire.
Grantaire era quien miraba a Bahorel con cara de "por una vez no soy yo, capullo". Y parecía disfrutar de encontrarse al otro lado de la situación, cosa que rara vez pasaba.
—No me miréis así. No ha pasado nada. Ni siquiera lo quemé. —Se acercó a la barra y le pidió a Mabeuf una cerveza. Se había estado conteniendo porque tenía que conducir y con la suerte que tenía igual le paraban y encima le caía una multa por conducir bebido.
Mabeuf había abierto el Musain solo para ellos, para que pudieran comer en algún lado todos juntos, planear la manifestación de la tarde y recoger todo lo que habían preparado para ese día, pues realmente no estaba abierto al público.
— ¿Acaso eso es mejor? Pudiste haber ocasionado un conflicto innecesario con la policía.
Dándole un trago a la cerveza, Bahorel miró a Enjolras.
—Aprovechó que estaba respondiendo algunas preguntas a unos compañeros…
Esta vez su mirada se volvió hacia Combeferre, sin apartar los labios de la botella de cerveza, aunque alzó una ceja.
La escena continuó y los "padres de la revolución", como solía llamar Grantaire a aquellos compañeros más serios, se turnaban para darle la charla, mientras le grandullón no se apartaba de la botella. Feuilly, presente en la escena y manteniendo su opinión al marguen, pues le conocía bien y sabía que aquello sólo serviría para que Bahorel, como buen anarquista, se burlara de todo aquello que parecía tener una autoridad. Cuando dejara de imitar el meme de la chica que bebe en una taza mientras sus padres le hacen preguntas incómodas, en ese momento, él intervendría. Hablar ahora sería como hablar con una pared, una pared enorme que encima no solo no escuchaba, sino que se reía de cualquier cosa.
— Si lo sé quemo los contenedores. Me hubiérais dado la misma murga…
Decía mucho de él que sólo hablara cuando la cerveza se le había terminado y estaba esperando a que Mabeuf le sirviera otra.
—No hay que quemar cosas. Que luego esas cosas son pagadas con el dinero de los contribuyentes. —Habló Jehan. En lugar de meterse en la disputa, se había quedado sentado en una esquina de la mesa que habían dispuesto, comiendo de su tupper una ensalada multiarcoiris con tofe de sésamo, como solía llamarla. Se la había llevado preparada de casa, por lo que, como siempre solía pasarle, muchos de sus compañeros le habían pedido probarla.
Mucho no ser veganos, pero luego siempre que alababan su comida...
—Está bien. Pues romper los cristales del banco que está cerca de ese campús. ¡Podía haberlo hecho y no lo hice! ¡Y me lo propusieron!
Por como hablaba Bahorel, a todos les sorprendía que tuviera veinticuatro años, pues parecía incluso ser más pequeño que las chicas, las más jóvenes de aquel lugar.
—Poner una situación peor a lo sucedido no es una justificación válido.
— ¿Ahora estoy en un juicio, Enjolras?
—Todos quieto. En la reunión posthuelga que tendremos en estos días juzgaremos a Bahorel. —Como siempre, si Combeferre no entraba en aquello hubiera terminado peor, aunque Bahorel no sabía si había sido lo mejor.
—Grantaire, ¿haces mi defensa?
—Vaya pereza...
—Te pago todas las cervezas que tienes en la cuenta de la universidad.
—¡Tienes abogado!
14 de marzo. Huelga educativa.
Lo bueno de estar en el Musain es que para ir al lugar donde iba a dar lugar la manifestación sólo tenían que salir de allí. A veces Enjolras pensaba que la vida era una ironía. Él, rojo hasta la sangre, vivía en plena universidad, en un sitio casi mundano, pues poco tiempo pasaba en el distrito V, aunque prepara casi todas las cosas para ese lugar. En cambio, Grantaire, que se pasaba más tiempo en la universidad, en la cafetería de la universidad, vivía encima del Musain, y para colmo su piso daba a la plaza.
Había gente con suerte...
—Enjolras, te quieres quedar quieto en un sitio. —Marius le miraba mientras guardaba en su mochila las botellas de agua para aquella travesía. En esa manifestación le tocaba a él el papel de disponer al grupo de agua.
— ¡No! ¡Está llegando la gente!
Desde hacía media hora Enjolras no dejaba de mirar por los cristales del Musain. Realmente resultaba complicado averiguar si la gente que estaba allí iba a la manifestación o eran menos viandantes que pasaban por ahí sin rumbo definido… Para Enjolras era lo de menos. Había gente y eso era lo importante.
— Todavía falta media hora para que empiece de manera oficial. —Esta vez intervino Combeferre.
Por el bien de Enjolras, de la manifestación y de los propios manifestantes habían decidido salir en los últimos minutos por mucho que costara controlar a Enjolras. Como el rubio saliera en aquellos momentos, posíblemente la policía terminara interviniendo, como había pasado en más de una ocasión en las que gracias a la intervención del resto del grupo no habían terminado a palos incluso antes de que empezara el acto.
Y es que Enjolras tenía demasiado arraigado el espíritu de la revolución, y demasiado carisma, una peligrosa combinación explosiva como un coctel molotov, capaz de convencer a estudiantes que simplemente pensaban que ir a una manifestación aislada era suficiente para detener el mundo que lo correcto era cantar consignas contra la policía, alzar pancartas y bloquear las calles para evitar que entraran los furgones. Comprendiendo el alcance que podía tener el rubio, lo extraño era que no hubieran actuado la policía de la manera en la que lo estaba haciendo en la universidad antes.
Desde luego no era extraño que el rubio hubiera escrito a los contactos que tenía en los sindicatos que iban a participar en la huelga para decirles que él también se encontraba en la Plaza, pero recluído en el Musain. Contactos que se acercaron al lugar para saludar a Enjolras y comprobar el duro trabajo que habían estado realizando, además de preguntar por cómo había ido la mañana y el altercado en el campus con contenedores, ante lo cual derivaron las miradas hacia Bahorel que murmuraba algo de "por una vez que maté a un perro, me llaman mataperros" mientras buscaba por las mochilas de todos los presentes quién se había guardado el brazalete que indicaba que él era uno de los que les tocaba hacer de cordón de seguridad en la manifestación. Como era el más grande de los presentes era el que más respeto inspiraba para que se le obedeciera, además, que de ese modo se le apartaba un poco de sus compañeros anarquistas que iban a liarla, o como mínimo, hacía que este tuviera que controlar a dichos compañeros. Pues ya había corrido por todos los grupos lo que tenían pensado hacer: colgar pancartas en determinados puntos de la ciudad, desviar la manifestación, pintadas… Aunque como Bahorel había dicho minutos antes: Eso es lo que Enjolras lleva queriendo hacer toda la vida y no le veo que le llaméis anarquista por eso.
A Cosette, ajena a toda la red de entramado político, social, jurídico, policial y otras cosas que podían acabar en -ico e -ial, le parecía bastante curioso las relaciones que la gente de allí tenía con personas que la joven sólo había visto en la televisión u otros medios, pues podía jurar que el que acababa de entrar en el Musain y saludaba tan amigablemente a Enjolras, Combeferre y Courfeyrac era un señor que hacía a veces de portavoz de un partido político que ahora Cosette no podía recordar.
— Pertenece al partido. Al parecer conoce a Enjolras, Combeferre y Courfeyrac desde que estaban en el instituto y empezaron a militar. —Marius se había acercado a su lado, y antes de que ella pudiera siquiera pensar en cómo formular aquella pregunta, él ya la había contestado, provocando que afirmara con la cabeza.
— Parece un señor importante.
Marius hubiera respondido, pero el recién llegado se percató de que estaba allí, y saludó al muchacho, acercándose a él. Dejando a Cosette entretenida con otros asuntos, como era el guardar los panfletos que se iban a repartir en su mochila, pues le había tocado hacer aquello. Un trabajo fácil, en el que aunque tenía que caminar mucho, en caso de que empezara a descontrolarse aquello demasiado sería más fácil salir corriendo, pues no podía permitirse ser detenida… Y además, Éponine no llevaba a su hermano consigo, por lo que tampoco iba a tenerla a ella para que la guiara hasta el metro más cercano.
Iba a tener que sacarse las castañas esta vez sóla, pues, pese a que sabía que Marius también tenía problemas con eso de que fuera detenido, le había conocido bien en esos meses en los que llevaban hablando como para saber que iba a ser complicado apartarle de toda la emoción que se iba a respirar en la manifestación.
Si ya sabéis como se pone el grupo en una manifestación, ¿para qué le dais todo un bloque?
La manifestación tenía que llegar hasta la Plaza Vendôme, plaza Internacional como la llamaba Enjolras, usando aquel nombre que le había dado la Comuna de París, sin embargo también tenían unos horarios que cumplir y cuando la noche ya había caído, apenas iban por la mitad del recorrido. Los amigos de Bahorel, como denominaban a ese grupo anarquista que se había propuesto hacer un nuevo recorrido, habían cumplido con creces aquel trabajo, y ahora los policías también deseaban cumplir el suyo.
Ya llevaba la manifestación un buen rato parada, cuando Combeferre, que se había acercado a la cabecera junto a Enjolras para saber qué era lo que pasaba, volvió con información sobre lo que estaba liándose al comienzo.
—Al parecer la policía no quiere que continuemos la manifestación. Dicen que ya ha pasado el tiempo que teníamos pedido al ayuntamiento y que o nos vamos o cargan.
En aquellos momentos, cargando la pancarta, y por tanto en la cabecera del bloque, se encontraban Feuilly, Marius y Grantaire, mientras el resto andaba por ahí, intentando calmar los ánimos del bloque, pues muchos estaban empezando a impacientarse…
—Vamos, que aquí termina la tranquilidad. —Comentó Feuilly mientras hacía un gesto al resto de la gente que llevaba aquella pancarta para que la soltaran para guardarla, antes de que el trozo de plástico sólo estorbara.
—Por como la policía se está preparando la verdad es que sí.
Y algo les decía que el que ese grupo de antisistema no dejara de meterse con la presencia policial, mientras preparaban destrozar el cristal del banco más cercano que tenían no iba a ayudar a que el colofón se retrasara.
— ¿Dónde está Bahorel? —Inquirió el estudiante de derecho mientras observaba como el susodicho grupo comenzaba a cubrirse el rostro con pañuelos.
—Nada, que aquí van a terminar. Tenemos que movernos ahora. —Enjolras habia llegado corriendo a donde estaban. — ¿Dónde está el resto?
Sin comunicación como estaban debido a los inhibidores, sólo podían confiar en la capacidad del grupo por leer las mentes y en su defecto, por leer el pensamiento de Enjolras.
—Voy a buscarlos. — Feuilly se perdió entre la multitud.
Tras una mirada que Enjolras le dedicó a Grantaire, este también se metió en el grupo de personas, aunque con un paso más lento que el anterior.
— ¡Chicos! —Aunque no iba a poder dar el discurso que deseaba y que quería a aquel grupo tan numeroso que por una vez en mucho tiempo había podido reunir, Enjolras no podía dar por terminada aquella jornada sin decir unas palabras. — ¡Esto se termina! ¡Pero espero que en el futuro sigamos trabajando juntos!
En ese momento apareció Joly y Bossuet de la multitud, y pronto también Bahorel, mientras que Courfeyrac aparecía por otro lado, al tiempo que la primera piedra salía del bloque para impactar contra la ventana de la surcusal bancario, junto con una consigna.
La mayoría de los presentes jalearon tal hecho, mientras perdían de vista por unos instantes a ese grupo de policías que se colocó bien aquellas protecciones y el escudo que portaban, mientras esa segunda piedra hacía más grande la fisura en el cristal.
— Todos tenemos claro que tenemos que irnos al Musain, ¿verdad? —Preguntó Enjolras, aunque todavía faltaba gente por aparecer, mientras sacaba una bengala. Su inseparable bengala de las manifestaciones.
Las afirmaciones se dieron, mientras escuchaban esa tercera piedra rompiendo el vidrio por encima de los gritos de los estudiantes.
La policía se interpuso delante del banco y nuevos agentes se acercaron para empezar a reducir a aquel grupo, dispersarlo, detenerlos si llegaba el caso. Y pronto el caos.
La gente empezó a correr hacia todas las direcciones. Algunos buscando la salida, otro buscando que la policía dejara de inmiscuirse en aquellos asuntos al grito de "perros del gobierno".
En medio del caos apareció el resto del grupo. Una Cosette que se había visto sin comerlo ni beberlo con un puñado de panfletos en sus manos y medio de la policía, trataba de buscar la manera de salir de allí de la mejor manera posible, y aunque escuchaba como le indicaban que guardara, o en su defecto tirara, aquellos panfletos, la muchacha fue incapaz de reaccionar, hasta que no notó las manos de Marius quitándoselos para guardarlos él en su propia mochila.
—Tenemos que irnos ya. —La voz de Joly se escuchó por encima de los gritos. Estaban intentando aprovechar el caos, pero si tardaban mucho más, ellos mismo formarían parte de él, y cada vez quedaban menos personas como para que fuera un "formar parte" positivo".
Sin embargo, aunque la idea de Enjolras era meterse de lleno en aquello, formar parte de esa gente que tiraba piedras, insultaba a la policía y quemaba cosas, su plan se vio detenido cuando reconoció entre los policías a uno que le estaba dando instrucciones a un grupo mientras les miraba a ellos.
—Javert está aquí. —Anunció.
¿Tiene que haber un porqué para ayudar al prójimo?
La huelga se había descontrolado, y la presencia de Javert no ayudaba en lo mínimo a que el grupo pudiera mentalizarse de qué tenían que hacer. Sin duda, una vez que Enjolras había informado de aquello, todos se volvieron para asegurar que era el mismo policía que había llamado al rubio y que le había amenazado de esa manera, y por como se estaban preparando los policías eran plenamente consciente de que iban a tener a un grupo para ellos solos. Lo que todo revolucionario desea.
Fue Feuilly, quien tras llamar la atención de todos les hizo volver a la realidad, y pronto estaban corriendo a distintas velocidades por las calles que les separaban de la plaza de la república. Evitaban separarse, pues eran consciente de que la policía tenía unos objetivos a por los que iría, dejando al resto de lado. Y ellos no iban a dejar a nadie atrás.
Su objetivo era el callejón que daba a la puerta trasera del Musain, callejón que aunque siempre permanecía cerrado y sólo podía abrirse desde el interior, antes de cada huelga, desde que conocían a Mabeuf, alguien se encargaba de asegurarse de que esa puerta se encontrara abierta por si algo como aquello pasaba. En aquella jornada le había tocado a Joly.
El primero en cruzarla fue Enjolra, que una vez había sido consciente de su circunstancia, había aprovechado la bengala para crear una distracción que al menos les había dado bastante metros de ventaja. Tras él, fueron entrando todos, hasta que una voz se escuchó por encima del silencio sepulcral que guardaban para no ser descubiertos.
— ¿Y Cosette?
Era la voz de Marius, quién tras descubrirse a salvo, acababa de notar que su mano no agarraba la de la joven, recordando que había salido corriendo junto a ella para guiarla por la calles nocturnas hasta el local familiar. Instintivamente, todos se asomaron a la puerta, localizando a Cosette paralizada en el asfalto, con la mirada pendiente a lo que se le venía encima, demasiado asustada como para evitarlo.
— ¡Cosette! —Marius quería salir de la protección que le daba aquel callejón, pero tanto Combeferre como Courfeyrac se lo impidieron, agarrándolo por los brazos.
— ¡Marius, no pueden detenerte! —Combeferre intentaba razonar con él, pero era imposible.
Éponine había sido la última en entrar, y los gritos de Marius, que intentaban ser callados, llegaban hasta ella mientras se debatía en cerrar la puerta. Cosette había sido su amiga en la infancia, pero ahora… Dedicó una mirada a Marius, antes de volver a abrir la puerta del recinto y salir.
Corrió calle arriba, decidida, hasta llegar a donde se encontraba Cosette, completamente petrificada, hasta que notó la mano de Éponine en torno a su brazo, tirando de ella, lo que logró sacarla del trance para mirarla.
— Ponine...
— ¡Vamos! ¡Levantate, Cosette! —En aquellos momentos, la mayor de los hermanos Thénadier no sabía si aquello lo hacía por Cosette, por Marius o por ella misma. Sólo que tenía que hacerlo.
Finalmente, con cierta dificultad, Cosette terminó por levantarse, dejándose llevar por la rubia, corriendo como podía.
— ¡Entra aquí! —Tenía que darse prisa y que los antidisturbios no pillaran aquel lugar. — Entra y cierra la pierta. Sigue el camino. Te llevará al Musain. — Prácticamente tiró a Cosette al interior del callejón, antes de quitarle la chaqueta que llevaba. —Te la tomo prestada. —Serviría para distraer a los policías. — ¡Vamos! Yo estaré bien. —Acabó soltándose de ella, que la tenía bien agarrada, y cerrando la puerta. — ¡No te quedes allí parada! —Golpeó la puerta antes de colocarse la chaqueta, junto con la capucha.
Estaba en lo cierto, la policía casi descubre el lugar de Les amis, aunque ver a Éponine con aquella chaqueta que reconocían de la chica que estaba tirada en el suelo, hizo que se les olvidaran las posibilidades de que hubieran más personas allí.
Ahora sólo tenía que conseguir que no la pillaran. Cosa para ella sencilla.
Aunque Cosette no obedeciera en primer lugar. Para fortuna de la rubia, no había hecho más ruído, aunque se quedó allí parada hasta que dejó de oír a personas, dándose cuenta en ese momento del trayecto que tenía por delante: una corta calle que como había asegurado Éponine llevaba al Musain.
En cuanto asomó su rostro por la puerta trasera, todo el grupo se levantó, esperando encontrarse con las dos chicas, aunque a medida que pasaban los segundos se dieron cuentas de que sólo estaba Cosette.
— ¿Y Ponine? —Preguntó Grantaire, mientras Marius tomaba de nuevo su lugar al lado de la joven.
Desde luego había pensado que había sido detenida por la policía y en aquellos momentos se culpaba de cualquier cosa que pudiera pasarle.
—No entró. Dijo que estaría bien… —Murmuró, mirando al mayor. —Me obligó a entrar y antes de que pudiera reaccionar ya había cerrado la puerta.
—Seguro que está bien…
Y sin embargo, mientras soltaba aquellas palabras, Feuilly sacó su teléfono deseando que Éponine enviara pronto un mensaje confirmando que estaba bien.
Una noche larga.
Corrió por las calles incluso cuando ya sabía que la policía la había dejado atrás; buscaba alejarse cuánto pudiera sin deternerse, hasta llegar al parque cercano a su casa, en el barrio de Reuilly, en el distrito XII de París. Entonces se dio el gusto de detenerse, tomar aire mientras apoyaba sus manos en las rodillas antes de dejarse caer sobre un banco, quitándose la chaqueta que le había cogido a Cosette para atarla a su cintura y sacar el móvil.
Un sencillo mensaje inundó el silencio en el grupo. "Estoy bien. Ya casi estoy en casa. Cosette, te devuelvo la chaqueta en la universidad", y un par de iconos con una sonrisa, antes de volver a bloquear el móvil, guardándolo en el bolsillo, y se levantó para recorrer el camino que quedaba hasta casa más despacio.
De el otro bolsillo sacó las llaves cuando ya estaba en la calle del edificio donde vivía, y abrió el portal dándose cuenta que, de nuevo, no había luz en las zonas comunes. Un suspiro se le escapó de sus labios mientras con cuidado subía las escaleras que llevaban hasta la tercera planta. Tenía ganas de entrar, tirarse en la cama y dormir las pocas horas que tenía antes de que su alarma sonara indicando que había que volver a la rutina.
Despacio abrió la puerta, con la creencia de que todos dormirían, y sin embargo no fue así. La televisión sonaba, las luces estaban encendidas.
—Mujer, tu hija acaba de llegar. —Era la voz de su padre.
La mirada de la rubia pasó al recibidor, en el cual había numerosas cajas que estaban apiladas. Y luego vio aparecer a su madre, saliendo de la cocina.
—No cierres tanto la puerta, hoy te vas de aquí. —Le anunció colocándose en el umbral que llevaba hasta el salón.
— ¿Cómo? — Volvió a mirar las cajas. Pronto intuyó que allí se encontraban todas sus cosas. Tenía que ser una broma. Una jodida broma.
—No podemos seguir manteniéndote mientras tú no haces nada. Al contrario, te buscas altercados con la policía. — La señora Thenadier se cruzó de brazos.
Traduciendo: Te vas de casa porque no queremos que tu actitud levante sospecha sobre nuestros delectivos asuntos.
— ¡Trabajo para poder ir a la universidad!
—Trabajas para tener tus caprichos, mientras tu padre y yo te damos un techo, y no vemos ni un duro. — Realmente, aquella frase estaba llena de mentiras que Éponine en aquellos momentos desconocían, y sería mejor que siguiera así.
Aquello que estaba escuchando le parecía a la muchacha inaudito. Increíble. Pero era consciente de que cuando se les metía algo en la cabeza no cambiaban nunca de parecer. Aunque estuviera completamente equivocados, como aquella vez. Y ella tampoco era de las que cambiaban de opinión, ni aun cuando estaba a punto de quedarse en la calle; quizás, en última instancia sí que eran hija de ellos.
—Está bien. — Éponine cogió como pudo las dos cajas que estaban en la entrada. — Me voy.
— Las llaves. — Su madre extendió la mano sin ningún tipo de emoción en el rostro. Como pudo, la rubia sacó las llaves y las dejó caer en la palma. — Cuando quieras puedes venir a por el resto de tus cosas. — La mujer cogió las llaves y se las guardó en el bolsillo de la bata.
—Adiós. — Murmuró antes de irse.
Mientras escuchaba cerrar la puerta, se lamentaba de no haber preguntado por sus hermanos, pero temía que a su madre se le fuera a ir completamente la cabeza y también les echara a ellos de la casa… Sin duda se alegraba de no haberse llevado en aquella ocasión a Gavroche a aquella huelga. Después de todo lo que había pasado…
