-Tira chocolates a todo el mundo porque está feliz.-

¡Hola, chicos y chicas!, ¿cómo están?

Aquí traigo nuevamente un capítulo más para ustedes, asdsafdljkl. ¡Les agradezco infinitamente por sus comentarios! Del mismo modo que doy gracias a las personitas que leen entre las sombras uvu.

Todavía hay mucho misterio que ronda esta historia y comprendo sus ansías, ¡pero vamos!, lo mejor vendrá poco a poco. Espero disfruten el capítulo y disculpen si tengo algún error ortográfico o incoherencia narrativa.


|| Cross ||

Los ojos celestes de Kuroko veían el cuerpo del que antes fue un triunfante vampiro. Ese esbelto cuerpo pálido que era perfecto y hermoso, ahora estaba cubierto de llagas rojas e incluso costras, donde el único causante era el sol. Lo único que le cubría eran ropas harapientas y sucias; solo una playera larga sin mangas, nada más. Y aquel que antes era un sedoso cabello rubio, ahora estaba cubierto de polvo, con el brillo perdido y seco, maltratado, además de bastante largo.
Las muñecas de aquel vampiro estaban sujetas con esposas de plata pura, con cadenas del mismo material que no eran muy largas, tal vez de un metro cada una. Y la prisión era apenas de tres metros cuadrados, de la cual salía un olor a suciedad y humedad, seguramente habían bichos ahí. En ese lugar, ningún humano hubiera sido capaz de sobrevivir ni un año. Qué bueno que el rubio era un vampiro y no tenía las mismas necesidades fisiológicas que los mundanos, aunque Kuroko suponía que para él, estar sin beber sangre todo un siglo era realmente una tortura.

No supo que decir cuando los ojos carentes de vida del vampiro rubio le vieron.

— ¿Por qué estás aquí, Kurokocchi? —preguntó Kise nuevamente, frunciendo un poco el ceño. Por su hombro izquierdo se extendía una llaga hasta su muñeca, que estaba roja y de la cual brotaba algo de sangre, pero parecía indiferente a eso.

Kuroko frunció un poco el ceño, preocupado al darse cuenta de eso y sujetó los barrotes que le enviaron una dolorosa descargar, pero no porque a él le afectara la plata—de hecho, a los vampiros no desterrados, no les afecta—, sino por la magia que cubría aquella selda, de modo que tuvo que soltarlos y suspiró.

—Kise-kun, yo…

— ¿Te vas a disculpar, Kurokocchi? —inquirió Kise, serio y frío— ¿Por qué? Yo siempre tuve en claro que tú no fuiste parte de eso.

—No es eso, simplemente necesitaba verte, Kise-kun, y darte esto —aclaró Kuroko, lanzando una botellita negra que aunque ocultara su contenido, por su olor era fácil saber que era.

Los iris miel de Kise se enrojecieron por completo y el dolor de su garganta creció todavía más, sentía que se apretaba más, como asfixiándolo. Su autocontrol ahora estaba perdido, tantos años sin una miserable gota de sangre, por ello se puso casi como loco y en menos de un parpadeo, bebió de todo el contenido de esa botella, dejándolo jadeante y con sus colmillos puntiagudos. Sintió como las energías regresaba a su cuerpo de forma minúscula. Realmente, de no ser porque su mismo cuerpo actuaba por instinto por la negación de su alimento, no hubiera tomado aquella sangre, porque después de todo, aceptaba su condena y no por amar lo prohibido, sino por haberle herido.

—No te sientas mal por eso, Kise-kun, tu cuerpo lo necesitaba —dijo Kuroko tras leer la expresión sombría del rubio.

—Si Akashicchi se entera de que estás aquí, estarás en problemas —susurró Kise, cerrando los ojos y pateando la botella hacía el frente.

El peliceleste agarró la botella y la guardó dentro de la gabardina que traía puesta.

—No lo hará. Akashi-kun tuvo que hacer un viaje importante y yo quedé a cargo.

—Pero todavía esta Midorimacchi.

—Él no se enterará, tiene otras cosas con que lidiar —aseguró Kuroko con calma.

Ryota simplemente le miró en silencio, expresando debilidad en su rostro frío.

—No has cambiado en nada, Kurokocchi, en todo este tiempo, sigues igual.

—Solo han pasado cien años, Kise-kun, y sabes que para nosotros, eso es como una década.

—Igual sigue siendo un tiempo largo.

El rubio se removió un poco, todavía tenía sed, aquella botella no había sido suficiente, para calmar esa dolorosa sed era necesario, alrededor de más de doscientas personas y aun así, tal vez no sería suficiente. Seguramente estaría como un neófito.

—Yo…, Kurokocchi… —Kise frunció los labios— ¿Cómo está… él?

El peliceleste le miró unos segundos y luego sonrió comprensivo.

—Está bien, pero tampoco lo he visto en el mismo tiempo que a ti.

—Hah, yo de verdad… —de repente, los ojos de Kise se llenaron de lágrimas y apretó los dientes con fuerza.

Kuroko se sintió impotente. El sufrimiento de su amigo era tan visible, que casi podía tocarlo.

—No te atormentes con eso, Kise-kun, porque Aomine-kun es fuerte, seguramente ha sabido salir adelante por completo.

—Ya lo sé, sé que Aominecchi ha salido adelante de un modo u otro —masculló Kise con una mueca que intentaba ser una sonrisa—. Simplemente, lo extraño…

Para el rubio no era difícil expresar sus emociones con su mejor amigo, con Kuroko siempre podía hacerlo, era como un hermano para él y no temía decirle lo que sentía.

—Aomine-kun siente lo mismo —dijo Kuroko con tranquilidad.

—Pero seguramente me odia por como terminó todo —aventuró Kise con tristeza—. Kurokocchi, de verdad necesitaba verte a ti también…, gracias por venir.

Si había alguien a quien el rubio no podía odiar, era al peliceleste, pese a que formara parte de aquel círculo que le arrebató su felicidad hace mucho tiempo, pero sabía bien lo diferente que era Kuroko de todos ellos.

—Lamento mucho no haberlo hecho antes, pero hasta hoy se presentó la oportunidad con Akashi-kun yendo a ese lugar —masculló Kuroko.

—No pasa nada, sé bien como es Akashicchi —asintió Kise y desvió la mirada—. Espero esto no te cause problemas.

—De ninguna manera, Kise-kun, pero tampoco creo volver tan pronto —Kuroko suspiró cortamente.

La oscuridad en aquella prisión empezó a desaparecer solo un poco, en el horizonte se veía la salida del astro rey que entraba por aquella ventaba que evitaba que el rubio escapara de su debilidad.

—Anda, Kurokocchi, no te preocupes y regresa ya —dijo Kise, viéndole, intentando sonreír. Era difícil, porque hacía demasiados años que no lo hacía.

—Kise-kun… —Kuroko frunció los labios un segundo, quitándose su gabardina.

—No puedes, Kurokocchi, no dejes algo que te inculpe aquí —negó Kise con rapidez por aquella ayuda obvia, algo enternecido—. No me perdonaría si te hicieran algo por mi culpa.

—Pero, Kise-kun, los rayos del sol… —Kuroko se mostró más serio que de costumbre.

—Lo he soportado por un siglo, Kurokocchi, puedo seguir haciéndolo —repuso Kise con frialdad.

El chico de orbes celestes le miró fijamente, con su inexpresivo rostro y finalmente asintió, en aquello, su amigo tenía razón. Pero simplemente se le partía el corazón de no poder hacer nada por el rubio.

—Entonces, Kise-kun, debo irme.

El nombrado chico asintió sin decir nada más. Había veces en que la sed no le dejaba hablar, porque quizá ahora sería peor soportarla debido a que había probado sangre y su garganta pedía a gritos silenciosos más.

—Kurokocchi, todavía sigo creyendo que saldré de aquí —susurró Kise, cuando su amigo hubo desaparecido de su vista.

—Yo también lo creo, Kise-kun, yo también lo creo —le respondió Kuroko, ya a lo lejos, pero sus sentidos eran tan finos, que solo entre ellos se escucharon.


Para Kagami fue extraño que el peliazul ya no renegara tanto al tomarse su medicina, aunque también notó que tampoco le dirigía la palabras y además, que aquello lo hacía simplemente para que él no tuviera que estarlo cuidando, en pocas palabras, se estaba tomando los cuidados por la simple razón de que no lo quería tener cerca. O esa fue la conclusión a la que llegó el pelirrojo con las acciones del moreno, pero tampoco se las cuestionó, después de todo, la prioridad era que el lycan se recuperara, ¿o no?
Sin embargo, eso no evitó que Kagami sintiera algo de desilusión por ello, mas no entendía por qué.

De modo que, ahora solo iba a la habitación del peliazul para verificar si se tomaba las medicinas y a dejarle comida. Y cuando lo hacía, siempre lo encontraba viendo la ventaba. Se notaban sus ganas de querer irse ya.
Bueno, tampoco es como si esperara que en el tiempo que estaría conviviendo con un licántropo se volviera su amigo, porque él no era como Alex o Himuro. O mejor dicho, los demás seres del submundo no eran como lo son su familia, ellos que eran los únicos humanitarios de entre esas dos razas que existían ocultas en las sombras del mundo humano. Ellos mismos se lo habían dicho y Kagami lo había comprobado en las semanas que estuvo buscando con desesperación a su hermano—o eso creía—. Aunque esas veces, nunca había visto a un hombre lobo. Parecía que eran muy pocos, la verdad y no podía negar que quedó impresionado.
Que Aomine lo tenía impresionado y que sin querer, despertaba en él una gran curiosidad, quizá simplemente quería comprobar lo que Alex le había dicho alguna vez, sobre que nadie en el submundo era lo suficientemente compasivo para convivir con un humano sin matarle o quizá, porque sentía que algo escondía ese peliazul. Tal vez sentía su triste corazón llamarle.
Era como si quisiera destruir las barreras de ese moreno.

Todo eso no lo pensaba en sí, al menos no de forma consciente, pero todo lo que sentía se asemejaba a eso. Y no se equivocaba.

Sobre todo, en la parte en que Aomine no lo quería cerca. Porque no podía darse el lujo de encariñarse con nadie y mucho menos con un humano, ya había aprendido bien la lección desde hace tiempo lo que las relaciones entre diferentes especies traían como consecuencias. Claro que ahora no estaba en ese otro maldito mundo, sino en el asqueroso mundo humano y aquí las leyes podían desobedecerse mejor.
Pero eso no significara que Daiki quisiera hacerlo, para nada. Ya suficiente había tenido antes y el amor para él no era una opción, no se permitiría volver a sentir algo más por alguien. Además, quisiera o no, su corazón todavía pertenecía a alguien más y no era posible que eso cambiara.

Porque cuando los licántropos encontraban a quien amar, era porque esa sería la única persona en su vida, era porque esa persona era su tan anhelada alma gemela. Aunque el peliazul fuera alguien que no creía precisamente en eso. Pero lo aceptaba.

Así que, luego de aquella vez que despertó sujetando la mano de aquel humano y de que se diera cuenta que era Kagami quien generaba esa calidez, para nada seguiría quedándose en esa jodida casa. Aunque hubiese querido largarse ese mismo día, todavía no podía transformarse, debía esperar la luna llena para hacerlo y no lo volvería a ver nunca.
Quisiera o no, para asegurarse de que podría transformarse, debía tomar sus medicamentos, esos que la rubia vampira le daba y que aunque no confiara en ella, no le quedaba de otra; prefería hacer eso a quedarse más tiempo aquí dependiendo y esperando su transformación cerca de ese pelirrojo.

Solo debía esperar menos de una semana y estaba seguro su transformación llegaría por sí sola, de improviso como siempre.

No obstante, en todo esto, Aomine se sentía completamente inquieto. ¿Acaso estaba huyendo? ¿Esto qué estaba haciendo era huir? Y si era así, ¿por qué mierda lo hacía? ¿Qué acaso creía que Kagami sería capaz de… lograr algo en él? Después de todo, solo había sido un agarre inconsciente de manos y él simplemente ya quería regresar a Japón.
Lo único que estaba haciendo, era seguir su instinto de supervivencia, ese que le decía que entre menos cercanía con el humano, sería mejor, porque luego de todo, de verdad que los detestaba.

Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando a lo lejos escuchó los pasos y sintió el olor del pelirrojo. No sabía qué hora era, pero estaba seguro, el chico venía a dejarle comida.
Ahora que había optado esa postura, Kagami ya no se la pasaba tanto tiempo ahí con él y estaba seguro que se iba a donde estaba aquel vampiro del que vino oliendo hace dos días. En fin, ese no era su problema.

Aomine siguió mirando la ciudad desconocida desde su ventaba, aun cuando la puerta se abrió.

—Es la comida y la medicina ya está disuelta en el agua —dijo Kagami con seriedad. Incluso pese a la curiosidad que llegó a sentir al principio por tener a un lycan como invitado, él no iba a estar rogando por su atención, porque cierto pelinegro le daba todo la que necesitaba del mismo modo que la rubia vampira.

Los ojos zafiros simplemente le miraron unos momentos. La ropa que el pelirrojo tenía le lucía muy bien; ese jeans azul rey arrugado y rasgado de las rodillas, ese playera sin mangas negra con ese anillo en un collar.

Se quedaron mirando, como retándose para ver quien rompía el nuevo silencio, donde ninguno quería perder. Aomine con su expresión de "soy el mejor, ríndete tú" y Kagami con su mirada de "te jodes, cabrón, no te obedezco".

Al final, nadie dijo nada y el chico de ojos rubís frunció el ceño, para luego salir de la habitación, cerrando la puerta.

El peliazul sonrió arrogante y negó, él era la primera persona tan testaruda que había conocido, la única persona que parecía tan similar a él y a la vez completamente opuesto. Y en silencio, se sentó para empezar a comer la carne asada con papas que le dejó, quedando encantado con esa sazón; jamás lo diría en palabra, pero ese humano cocinaba perfectamente y sabía bien que darle, porque en todos estos días, siempre le daba carne. Aomine no era de comer mucha comida humana, la comida cocinada por el pelirrojo le hizo olvidarse de ello y simplemente disfrutó.

Cuando se fuera, tal vez eso sería lo único que extrañaría.


Ese día, cuando Kagami entró a dejar la comida, Aomine estaba leyendo uno de los libros que eran novelas que Alex había leído hace algunos años atrás. Esta vez no le dijo nada, simplemente dejó la bandeja de la comida. Bien podía decirle que bajara a comer mejor, pero si lo pensaba detenidamente, si hacía eso, era más probable que Himuro se enterara de la presencia del licántropo aquí. Cosa que se le hacía algo raro al pelirrojo, que su hermano todavía no se hubiera enterado por el olor, ya que cada día estaba mucho mejor, aunque no tanto como para continuar sus rutinas sexuales diarias, eso sí. Tal vez eso era cosa de Alex o de verdad el pelinegro estaba metido en otras cosas, además de descansar, porque desde que dejó de dormir las veinticuatro horas, la rubia se encerraba con el vampiro durante horas en las mañanas mientras Kagami se iba a entrenar luego de echarle un vistazo al peliazul.

Aomine cerró la obra literaria que no era otra más que la de "Romeo y Julieta", que le hizo chasquear la lengua ligeramente y fruncir el ceño. Era mejor para él que siguiera viendo en vez de ponerse a registrar estos contenidos mundanos.

—No pensé que alguien como tú estuviera leyendo una novela como esa —dijo Kagami, algo burlón.

—Cierra tú estúpida boca —bufó Aomine y luego sonrió con sorna acida—. Mejor, deberías mostrarme que eres un hombre y traer mujeres para que yo pueda satisfacerme.

—Esto no es un jodido prostíbulo, idiota —espetó Kagami, frunciendo el ceño y viéndole mal.

—Vamos, es lo mínimo que debes hacer ya que tú hogar es malditamente aburrido —Aomine le miró con un gesto arrogante y rió, como si fuera quien manda ahí.

—Tu definición de diversión es algo completamente diferente —objetó Kagami.

—Que seas virgen no es mi culpa —se burló Aomine.

—Pero, ¡¿qué…?! —Kagami se sonrojó suavemente por eso y luego le miró, molesto— ¡Deja esos temas fuera!

—Vaya, compruebo que eres todo un niño todavía, Bakagami —volvió a decir Aomine, sonriendo victorioso al ver aquel rubor ajeno, que se le hizo algo completamente… bueno para la vista.

— ¡Cállate! ¡Para tú información tengo dieciocho años ya! —exclamó Kagami— Y no soy virgen —agregó, algo avergonzado, pero ya sin sonrojarse porque lo dijo de sopetón.

La última frase hizo que la sonrisa de Aomine disminuyera, ¿por qué sintió furia con eso? ¿Con quién demonios ese pelirrojo dejó de ser virgen? Y lo más importante, ¡¿por qué mierda debería de importarle con quien follaba?!

—Seguro que yo he probado más y mejores culos que tú.

— ¡..! —Kagami le miró algo sorprendido, ¿por qué el afán de hablar de este tema?— Yo no necesito ir de cama en cama para sentirme feliz con mi desempeño sexual —espetó con orgullo, frunciendo con fuerza el ceño para evitar sonrojarse por la pena.

—Heh, eso solo demuestra que eres aburrido —Aomine hizo un gesto de aparente decepción y luego se mostró desinteresado.

—No, Ahomine, simplemente yo no voy con cualquiera —sentenció Kagami, ya más calmado en el tema.

Esa frase sonó en un tono que hizo que el peliazul le mirara con algo de ¿interés? Y sintió que aquella persona con la que compartía la cama, no podía ser más afortunado.

¡¿En qué diablos estoy pensando?! Gruñó mentalmente Aomine y frunció el ceño, molesto. No dijo nada más y escuchó la puerta de la habitación cerrarse.


El día de ayer, Aomine estuvo pegado viendo a través de la ventana durante mucho tiempo el cielo, de modo que ya sabía lo que se acercaría el día de hoy. Estaba tranquilo, para él era más fácil estar en calma, aunque lleno de ese sentimiento estimulante propio de un licántropo a punto de alcanzar su verdadera forma. Hoy no iba a pensar, simplemente se dejaría llevar por su instinto, porque incluso podía sentir todo más claro, su cuerpo también se sentía recuperado.
Todo en él estaba agudizándose por completo, lo que sus oídos no alcanzaban a oír solo más que lo sucedido dentro de esta casa donde estaba "viviendo" y parte de lo sucedido en la ciudad, ahora podía escuchar que incluso había algo debajo en esta casa, algo que era incluso más grande que esta misma y de donde provenían sonidos que para el peliazul eran conocidos, ¿esos eran gemidos? ¿A tan temprana hora? Sería como alrededor de las doce del día, no era momento para que esos sonidos estuvieran en aquella casa que parecía un convento de tan aburrida que era para él.

Aomine solo se imaginó que esos sonidos sexuales podrían ser de aquella rubia vampiresa follando con… ¿quién? ¿Con Kagami? ¡Eso no podía ser posible!, ¿verdad?
Pero era más que obvio que alguien estaba teniendo sexo en esa casa, o más bien, debajo de esta. Escuchaba otros sonidos más roncos y se dio cuenta que ambos gemidos eran provenientes de ¿hombres? ¿Hombres teniendo sexo en esta casa? ¿Qué cojones le pasaba a esta gente? ¿Y se suponía que uno de esos hombres era Kagami? Pero, ¿con quién más?
Es decir, no le importaba, no le importaba…
Además, el peliazul no sabía que aquí en este lugar hubiera otro humano, solo sabía de la presencia de otro vampiro aquí mismo, otro a quién no había visto y tampoco lo había escuchado ni olido de la misma manera que aquella vampira rubia. Cosa que para él era mejor, entre menos oliera el aroma a esos chupasangre, menos se alteraba.

No era bueno para el chico lobo estar escuchando como otras personas tenían sexo, para nada. Porque pese a todo el calvario que estuviera cargando y resguardado en su corazón endurecido, tenía deseo sexual, por supuesto. Era un macho, un hombre, aunque no humano, pero su sexualidad estaba activa. Y hacía tanto tiempo que no lo hacía con nadie…

—Mierda… —siseó Aomine y cerró los ojos con fuerza. Debía calmarse, porque para nada terminaría masturbándose en esa casa con esos chupasangres, que no es que fuera pudoroso ni nada por el estilo, simplemente era cuestión de orgullo. Y sobre todo, porque las ganas de follar seguirían ahí y no quería correr el riesgo de acostarse con ese humano pelirrojo y mucho menos con un vampiro.

Se incorporó de la cama y con el semblante aparentemente desinteresado, se puso a revolotear en la habitación para entretenerse con cualquier cosa, porque no quería dormir, ya que estaba demasiado activo. Además, ya había dormido demasiado y soñado demasiadas cosas que realmente se mostraba reacio a recordar.

Así que por eso, se puso buscar en las estanterías algo que no fueran novelas románticas o cosas que leerían las mujeres, incluso ignoró los libros científicos y ese tipo de cosas. No se había percatado antes de que aquella habitación en la que fue puesto, parecía como una mini biblioteca. Él pensó que seguramente no tenían cosas que esconder ahí, de otra forma, no hubieran dejando a un chico de otra especia en un lugar lleno de tanta información. Pero bueno, después de todo, lo que había aquí eran cosas de humanos.

Estaba por mandar el demonio los libros y los estantes, para ponerse a buscar otra cosa mejor, cuando encontró algo que le llamó la atención. Un libro de cuatro veces el tamaño de su mano y de un grosor medio, en la pasta se leía "Kagami Taiga", adornado con varios corazones alrededor de esa caligrafía perfecta.
No tenía por qué ver ese libro, es más, por la mente de Aomine pasó que debería lanzarlo por la ventana, sin embargo, terminó sentado en el suelo y abriéndolo mientras fruncía el ceño.

Casi le da algo cuando lo primero que vio fue la foto de Kagami de bebé, con ese cabello rojo, era un bebé bastante llenito que sus mejillas parecían globos y estaban coloradas. Estaba vestido con un mameluco y sus grandes ojos rojos veían fijamente la cámara. Debajo de las fotos estaba algo escrito que no podía entender, era un idioma diferente, no parecía humano, pero tampoco del submundo, parecía más bien un tipo de código individual solo para que alguien en concreto lo leyera. Ahora entendía porque algo como esto estaba en un lugar tan simple, después de todo, nadie lo entendería si encontraba esto, que tenía toda la pinta de ser algo importante, aunque solo eran las fotos de ese humano.
Fotos que curiosamente seguía viendo y gracias a ello hacía caso omiso de todo lo demás que estaba escuchando.

Su ceño se relajó un poco al seguir pasando de foto en foto, viendo la infancia de Kagami en sus mejores etapas, ahí no habían cosas vergonzosas con las que pudiera joderlo si es que algún día lo volvía a ver luego de hoy; casi sonrió cuando vio a un Kagami de siete años emocionado y con su uniforme de artes marciales. En otra foto estaba con un uniforme de basquetbol. Volvió a fruncir el ceño cuando llegó a la primera foto de sus dieciséis años, ahí no estaba solo, estaba con otro tipo de cabellos negros que era tan blanco como el marfil y tenía un lunar debajo del ojo derecho.
Ese era con seguridad el otro vampiro y por alguna razón, le molestó ver la familiaridad con que se trataban en esa foto; Kagami lo tenía abrazado por detrás de la cintura y lo alzaba mientras los dos se reían, parecían como hermanos… pero esas miradas dejaban mucho que desear, porque incluso esa conexión se veía en una simple foto. No era como ver a una pareja, no. Sencillamente él no podía definir ese vínculo.
Se relajó por completo cuando llegó a las fotos de los dieciocho años recién cumplidos, ahí estaba Kagami vestido solo con un pantalón de mezclilla negro y una camiseta del mismo color, que marcaban perfectamente sus músculos corporales desarrollados sin resultar ostentosos en ese alto cuerpo. De su cuello colgaba aquella cadena con el anillo que vio antes y el pelirrojo sonreía de manera feliz y estimulante, con esos ojos rojos brillantes.
Los dedos de Aomine acariciaron esa foto de manera ligera, de forma inconsciente y entonces, la arrancó para verla mejor. Fue inevitable que no sonriera un poco, incluso en esa foto se notaba su espíritu de tigre salvaje.

—Ya veo porque te ganaste ese apodo —dijo para sí mismo.

Pero su bonito pasatiempo se vio interrumpido cuando escuchó los pasos de Taiga moverse en dirección a su habitación, por lo que con rapidez de lycan, trató de levantar los libros que tiró y los acomodó, guardando también aquel álbum de fotos. Sin embargo, estaba por guardar la foto que arrancó, mas la puerta se abrió y agradeciendo que sus manos eran grandes, la arrugó, haciéndola bolita dentro de su palma.

— ¿Qué estás haciendo con los libros de Alex? —preguntó Kagami, desconfiado y molesto.

—Ya te había dicho que tu casa es aburrida, algo tengo que hacer —respondió Aomine de forma demandante, todavía con la mano derecha empuñada, negándose a soltar la foto, ocultándola.

—Eso no te da derecho a destruir las cosas ajenas, idiota —regañó Kagami, dejando la bandeja de comida.

—Yo hago lo que quiero y ya, no necesito tu permiso —espetó Aomine con una expresión soberbia.

—Pero no estás en tu casa, ni en tu territorio —repitió Kagami, irritándose un poco.

— ¿Y me vas a decir que este lugar es territorio de los vampiros? —se burló Aomine.

—No, idiota, pero con todo esto, deberías mostrarte más agradecido —dijo Kagami casi en un orden.

Y como al peliazul le jodía tanto que le mandaron—pese a que el mismo era un mandón a veces, sino es que siempre—, eso fue lo que derramó su poca paciencia, siendo que de por sí ya estaba encendido.

—Jamás pedí tú inútil ayuda aquella vez, humano idiota —Aomine sonrió con cierto sadismo, podía advertirle al pelirrojo que dejara de provocarlo, pero no, él deseaba esto, el deseo de sangre que lo embargaba no podía ser detenido. Quería matar, como si fuera un lycan convertido por una mordida y no un licántropo pura sangre, quería destruir todo a su paso, sacar todo lo reprimido de manera salvaje—. ¿Por qué no mejor te vas a follar con tu vampirito ese? —espetó. Porque ahora que sus sentidos estaban más sensibles, al borde, sintió el olor a vampiro provenir del cuerpo del pelirrojo, así como del semen, pese a que el chico se duchó antes— Sigue de mascota de estos chupasangre.

La expresión del pelirrojo se descompuso por unos segundos, pero después se mostró furioso.

—Tú no sabes nada de ellos, deja de hablar como si lo supieras todo —defendió Kagami. Tampoco es que le tuviera muy sorprendido que el otro supiera eso, no tenía problema en que las personas llegaran a saber lo tan íntimos que podía ser su hermano con él.

—Hah, entonces, lo haces. Que orgulloso te ves porque te tengan de juguete sexual —discrepó Aomine con desdén, pero por alguna razón, estarse enterando de eso, le estaba haciendo enfadar en demasía, aumentando esos deseos de sangre, aunque ya no contra el humano.

— ¡Que tú no sabes nada, estúpido costal de pulgas! —rugió Kagami, ahora sí, enfurecido porque no toleraba que hablaran mal así de su familia.

Esas palabras hicieron encender más al peliazul y lo miró con fuerza penetrante.

—Tú, maldito humano, deberías cuidar tus palabras, hah… —siseó Aomine, sintiendo de pronto los calambres y estremecimientos previos. La luna llena todavía no estaba en todo su esplendor, pero tal vez no faltaría mucho. Su corazón estaba acelerado y la adrenalina se abrió paso en sus venas con saña.

—Yo no te tengo miedo —afirmó Kagami, ignorando los ligeros temblores que sacudían al otro, pues era verdad. Sería un humano y ya, pero a él no le asustaban tan fácil.

— ¡Deberías, Kagami, deberías! —rugió Aomine, donde su voz humana se perdió en un aullido salvaje y su cuerpo se contorsionó de un modo tan rápido, con esa sensación tan fuerte como un orgasmo, pero incómoda que solo duró unos segundos y cuando cayó agazapado, era un formidable hombre lobo de dos metros con cuarenta centímetros e hizo un sonido similar a una risa que sonó tenebrosa en su voz lobuna.

Y Kagami se estremeció al ver semejante bestia tan de cerca; estaba fascinado de ver la transformación y a la vez, algo asustado. Pero no quería correr ni alejarse, por más que su instinto de supervivencia le dijera que debía salir de ahí ya, por más que oliera todo a peligro en esa habitación.
Pero esa fascinación se fue al demonio cuando el lobo se le abalanzó, dándole un zarpazo en el pecho, que lo llevó a chocar contra la pared. En ese momento, recordó todos sus estudios en artes marciales y en cómo debería defenderse, pero su velocidad no fue tan rápida como esperó o quizá Aomine era todavía más rápido, porque ahora lo tenía del cuello, alzándolo y casi enterrándole sus largas uñas, como si quisiera degollarlo.

—No deberías creerte algo que no eres, Tigre Cazador —dijo burlón Aomine, en una sonrisa lobuna que dejó ver todos sus colmillos que se morían por darle un buen mordisco al pelirrojo.

Kagami solo apretó los dientes, intentando respirar y zafarse del agarre del dotado lycan, pero era imposible. Lo había tomado desprevenido, porque se quedó admirándolo en lugar de pensar una manera de combatirle. Su cuerpo parecía casi temblar del miedo, pero solo su cuerpo, porque su mente se negaba a aceptar el temor. Tenía los ojos entrecerrados y no podía ver bien; intentó patear ese cuerpo peludo, pero fue en vano, ese cuerpo era bastante duro, casi como la piel de granito de un vampiro. O quizá ese pelaje era demasiado frondoso.

—Témeme, maldito humano, ¡témeme, porque solo para eso sirves! —rugió Aomine con ganas, como si se carcajeara, ya dispuesto a degollar al pelirrojo de una mordida, pero cuando lo encaró con sus fauces abiertas, las manos ajenas le tocaron el hocico.

Aunque al principio Kagami le agarró para intentar herirlo y así poder liberarse, no era tan imbécil como para creer que de verdad tenía oportunidad, después de todo ni equipado estaba y por más optimista que fuera, también era realista. Así que lo único que hizo fue sujetar ese hocico y miró esos ojos azules que ahora tenían el centro de color ámbar.

—N-no te equivoques, Aomine, yo no… No te tengo miedo —dijo Kagami con seguridad, costándole hablar porque todavía le estaban ahorcando. Pero sus ojos brillaron cuando dijo eso, un brillo que emitió algo con lo que ni siquiera el peliazul podría luchar.

Entonces, Daiki lo soltó, estupefacto, porque en el momento que sus miradas conectaron por primera vez luego de tantas veces en que compartieron su visión, supo que no sería capaz de matar a Taiga.


¡Uyuyuyuy! Espero la intriga no sea mucha para ustedes luego de esto(?).

Del por qué Kuroko no pudo ayudar más a Kise, bueno, eso es simple; Akashi tiene más poder del que se imaginan, ya más adelante entenderán lo que les digo. Además, tengo preparada otra manera en la que verán a Kise libre. Y les confieso que a me duele el kokoro por ponerlo a sufrir así ;-; Kise, perdóname.

En fin, de verdad me alegraría mucho recibir sus comentarios del capítulo, no importa si es corto, cada uno me hace feliz ;u;

¡Los amo y nos vemos!