¡Buenas a todos! Les debo una disculpa por no actualizar ayer; de verdad, perdoooón ;A; Pero el tiempo se me fue más rápido de lo que pensé, aljkdsalsaklk. Pero bueno, aquí les traigo el capítulo.
¡Muchísimas gracias por los favs y follows a mi historia, así mismo como a sus comentarios y a las personitas que leen desde las sombras!
Huehue, disfrútenlo y disculpen si tengo algún error ortográfico o incoherencia narrativa.
|| Retoño ||
— ¡Taiga! —gritó Alex, llegando a la habitación lo más rápido que su velocidad vampírica le permitió— ¡QUITA TUS ZARPAS DE MI TAIGA! —ordenó al ver al licántropo transformado, interponiéndose entre el pelirrojo y el peliazul, mandando a volar a este último de una patada.
Si Aomine no la esquivó bien, fue porque se quedó viendo como idiota al pelirrojo, que tosía y trataba de recuperar el aire por el modo tan violento con que le atacó. Chocó contra la cama y con ese tremendo cuerpo, la destrozó.
Gruñó amenazante, si esa rubia quería pelea, se la daría, tendría el gozo de matar a un vampiro entonces. Pero cuando iba a lanzarse otra vez para atacar, sus ojos buscaron los de Kagami y simplemente no pudo, mucho menos al ver como este se apoyaba en la rubia.
¡¿Por qué demonios no puedo matarlo?! ¡¿Por qué demonios no puedo?! Gritó mentalmente Aomine, furioso con ese hecho. Debo matarlo, quiero matarlo, ¡tengo que hacerlo!, se repitió otra vez, pero su cuerpo no le respondía.
—Maldito perro malagradecido —siseó Alex, parecía una madre leona defendiendo a su cachorro al ver al lycan, ella no tenía miedo de enfrentarlo—. Te voy a destrozar por atreverte a ponerle una mano encima a mi niño —su aura empezó a tornarse completamente amenazante.
El peliazul sonrió o hizo lo más parecido a una sonrisa en su transformación, colgando su lengua a un lado, actuando arrogante. Esperando el ataque, pero de nueva cuenta cuando su cuerpo parecía ya listo a reaccionar y empezar a pelear, la intervención de Kagami lo detuvo, porque era obvio que no podía dañarlo a él, porque no quería.
—Déjalo, Alex, no vale la pena —tosió Kagami, sujetándole el hombro a la rubia—. No lo mates, no lo salvé para esto… —susurró, con el ceño fruncido por el dolor en su garganta, además de que el pecho le sangraba gracias al zarpazo que recibió.
— ¡Taiga! —Alex se preocupó en demasía cuando vio la sangre salir del pelirrojo y supo que como este había sido herido, la prioridad ahora debería ser curarlo y evitar más desastre. Seguramente si el vampiro pelinegro estuviera ahí, él se estaría encargando de ese maldito licántropo— Tch, será mejor que te largues ya, hombre lobo, no quieras tentar a tu suerte retando a un vampiro como yo —los ojos de Alex llamearon con intensidad y una energía para nada conocida por el peliazul empezó a salir de su cuerpo.
A Aomine nada le asustaba, se creía demasiado como para sentirse intimidado. Sin embargo, su instinto tampoco le fallaba y este le alertó. No me jodan, ¡yo soy el mejor, nadie puede detenerme!
Orgulloso y terco como siempre, no huiría, porque no tenía miedo y rugió para lanzarse contra la rubia, con sus garras elevadas, dispuestos a dar más golpes. No se detendría hasta matar.
Para Alex, existía una cosa prohibida: usar su magia contra el submundo, por los peligros que conllevaban, porque su secreta existencia podía ser o intentar ser descubierta. Pero sí de algo estaba segura, era de que por sus hijos arriesgaría todo, sin importar las consecuencias, siempre los salvaría, porque compartieran o no sangre, ella era su madre. Y una madre siempre da todo por sus niños.
—Todavía te falta mucho que aprender, eres un mocoso —señaló Alex y ante los ojos del peliazul, creó un capto de energía que sería como un escudo para el pelirrojo, que apenas era visible por su color transparente que lanzaba algunas chispas.
Ella esquivó perfectamente los golpes que lanzó Aomine, desconcertándolo un poco, porque luego, de la mano de la rubia salió una especie de viento de un color celeste que se estampó en su pecho de forma increíblemente rápida. Y eso era imposible, si el hombre lobo más rápido del otro mundo y de este, era Aomine Daiki, nadie lo igualaba en velocidad, nadie.
Pero incluso así, esa vampiresa le dio un golpe extraño, que le hizo jadear, pero no era un golpe físico. Ese golpe causó en él una maldita tormenta de agonía emocional, ese golpe le estaba trayendo todos esos sentimientos pasados, eso que lo dejaron muerto en vida mucho tiempo, ese dolor del engaño, de la traición… Todos esos sentimientos negativos y que reprimía en su frío corazón salieron de golpe, haciéndolo estremecer y tener calambres.
— ¡Alex, no lo mates! —exclamó Kagami, manchado de sangre y golpeando ese campo de magia que lo tenía envuelto— ¡Alex!
La rubia le miró, con la sangre encendida que tenía por hacer pagar a aquel ser ingrato que hirió a su hijo, no tenía por qué detenerse, pero entonces cuando fijó sus ojos verdes en los de Kagami, supo que le haría más daño a su hijo se mataba ahora a ese licántropo.
—Tú vas a sufrir de otra manera, no te mataré para librarte de lo que se te viene —susurró Alex, mirando fríamente al licántropo y entonces, le atezó otro golpe en el pecho, con ahora saliéndole de su palma de la mano un aire rojizo—. No te daré el privilegio de escapar de eso, aunque esto lo hago más que nada por Taiga.
El cuerpo de Aomine tembló con fuerza, haciéndolo jadear, como si estuviera ahogándose por ese otro golpe. Sentía como si estuviera vomitando, era como cuando exorcizas a alguien, quitándole sus demonios internos, esos que le torturaban en sueños, era como si con ese golpe, estuviera purgando su corazón, preparándolo para algo más.
— ¡Aomine! —exclamó Kagami con ansiedad, viéndolo.
El nombrado chico simplemente le miró una última vez, antes de la inconsciencia se apoderara otra vez de él y antes de que su transformación se deshiciera, Alex lo empujó por un portal.
Los ojos de Aomine vieron el inmenso cielo azul y sintió el viento cubrir todo su cuerpo desnudo, porque en efecto, luego de transformarse su ropa había quedado hecho girones y no aparecería como por arte de magia para volver a vestirse. ¿Dónde mierda se suponía que estaba ahora?
No recordaba nada luego de que aquella mujer chupasangre le golpeara el pecho y el dolor indescriptible que le atacó el corazón, no podía asegurarlo, pero tal parecía que esa rubia utilizó magia en él.
Suspiró, en el otro mundo, solo había alguien que era como una leyenda urbana si se comparaba a como los humanos le llamarían.
En su mundo, se decía que existió la primera y única vampiresa capaz de usar magia, algo que ni siquiera los Akashi podían hacer, pese a ser el clan más poderoso entre los vampiros. Que aquella mujer con su cabellera de oro podía crear los más magníficos paisajes con su magia y qué incluso era capaz de ver el futuro si así lo quería. Era conocida como "El Hada"; ella fue la que abrió el portal al mundo humano para que pudieran alimentarse una vez la montaña que producía un líquido con las mismas propiedades de la sangre, se secó, dejando a todos los vampiros sin alimento, del mismo modo que cuando el árbol gigante se marchitó y dejó de darle la fruta a los lycan que era como la carne humana y animal. Se decía que ella ayudó a evitar el caos en el mundo de la noche cuando las esperanza de alimento se acabaron y el hecho del porque esa montaña y ese árbol dejaron de funcionar, era un misterio.
Pero, también se contaba que aquella mujer estaba obsesionada con el poder y utilizó a su misma raza para experimentos y otras cosas, esclavizándolos y torturándolos para tener más conocimientos, para gobernar el mundo de La Noche, que su avaricia llegó a tales grados, logrando abrir más portales a diferentes mundos. Acabó con la raza de las quimeras, que eran fuertes oponentes en las peleas.
Fue entonces, cuando Masaomi Akashi, junto a todo su clan, se sacrificó para poder vencerla en una lucha que dio tremendas bajas en el clan de los vampiros.
Nadie sabe cuál fue el fin de El Hada. Muchos dicen que fue desterrada, otros que esta en las mazmorras como castigo de lo que les hizo a las quimeras y otros dice que está en "La Nada", la dimensión que fue abierta por esta misma y donde solo los verdaderos criminales iban a parar y ahogarse en un eterno sufrimiento.
Fuera cual fuera la verdad, solo la Akashi lo sabía y nunca lo diría.
Sin embargo, sería rotundamente ilógico y estúpido que Aomine se hubiera encontrado con aquella mujer que daba rienda suelta a ser sanguinaria y calculadora Hada, siendo que esa vampira llamada Alex no demostró ser así, sobre todo cuando se lanzó a defender a un humano. Y sobre todo, que precisamente tenía a un humano con ella ya dejaba mucho de qué hablar y pensar.
Ella, sencillamente no podía ser aquella Hada.
El peliazul se sentó y se dio cuenta de que era plena tarde, que estaba a las fueras de la ciudad de Tokyo y que en ningún momento desempuñó su mano, donde tenía esa foto de aquel pelirrojo.
Aomine frunció el ceño y desdobló la foto. Ahí estaba otra vez el cuerpo de Kagami tan bien formado en aquella toma, seguía viéndose bien pese a lo arrugado del papel.
Entonces, recordó todo lo que le había hecho y suspiró pesadamente.
—Al menos, ya no lo volveré a ver.
Y esperó, se quedó ahí, como un hombre salvaje escondido en los árboles hasta que se hizo de noche para poder moverse y llegar a su casa.
Alex se sostenía las sienes con ambas manos y tenía los ojos cerrados con fuerza, tratando de alejar todos esos pensamientos que llegaban a su mente, esos que no eran suyos, sino que llegaban como un aviso.
Golpeó la pared con fuerza que hizo retumbar en la habitación y suspiró cuando al fin eso desapareció de su mente y la puerta se abrió.
—Alex, ¿te sientes bien? —preguntó Himuro, mostrándose preocupado al ver a la rubia tan abatida.
—Sí, bueno… son solo esas molestas visiones —masculló Alex, quitándole importancia— ¿Trajiste lo que te pedí?
—Sí, debo decir que me costó, pero aquí tienes toda la plata. ¿Seguro que con ello Taiga estará bien? —quiso saber Himuro, extendiendo la bolsa de piel a la rubia.
Ayer, el pelinegro no estaba cuando todo sucedió, sino justo como pensó Alex, hubiera salido en guardia para proteger al pelirrojo de aquel impulsivo licántropo y aunque tan pronto se hubo deshecho de este, Himuro llegó, ya no había nada que pudiera hacerse.
Se armó un show cuando la rubia le contó al vampiro pelinegro lo que pasó y por qué pasó; Tatsuya era de los que parecían ser calmados, pero al saber todo, fue imposible que no se mostrara furioso, sobre todo porque él mismo tampoco se dio cuenta de la presencia del licántropo en la casa por su debilidad gracias a la tortura de aquella vez.
—Lo estará, con el uso de la plata quitaré cualquier posibilidad de que se infecte por la herida de ese lycan y lo mejor será que el proceso de resurrección se retrasará —explicó Alex con una sonrisa—. Lamento mucho hacerte cargar con algo que es tu debilidad en con el sol todavía sin ocultarse —añadió, viendo preocupada al chico.
Pero el pelinegro solo sonrió y negó.
—Me ayudó el amuleto que me diste. Además, por Taiga hago lo que sea —afirmó Himuro. Pero luego, examinó con la mirada a la mujer—. Lo que viste, ¿era algo sobre él? —insinuó.
Alex suspiró. Siempre que el chico la encontraba en ese estado, era imposible que pudiera mantenerlo oculto.
—Sí, pero el futuro no está tallado en piedra, Tatsuya.
—De todas maneras, a ti parece preocuparte, ¿no es así, Alex?
La aludida sonrió ligeramente, pero era seña de cierta preocupación, afirmando las suposiciones del pelinegro vampiro. Era una suerte que Kagami estuviera dormido en aquella habitación, porque si hubiera escuchado las siguientes palabras de la rubia, todo se hubiera revelado ahí mismo.
—Es sobre… —los ojos de Alex parecieron algo alarmados, aunque luego se calmó— Tal parece que Taiga podría seguir el mismo camino que su padre.
El calmado e inexpresivo rostro de Himuro se alteró tras oír eso.
—Pero, ¡eso no…!
—Taiga tiene dos caminos a elegir —interrumpió Alex, viendo con seriedad al pelinegro—, pero, Tatsuya, tú también debes hacer una elección.
— ¿Te refieres sobre dejar que Taiga despierte por completo o impedirlo? —inquirió Himuro, nada feliz y la rubia asintió— Sabes cuál es mi respuesta, Alex.
—Sí la elección de Taiga no sigue el patrón para concordar con la tuya, entonces, Tatsuya, lo que yo vi cambiará —señaló Alex, seria.
Pero el pelinegro no se mostró conforme y miró con gesto grave a la vampira.
—Alex, una cosa más; has dicho que Taiga puede seguir el mismo camino que su padre, pero, ¿en qué sentido? Porque entre todo el camino que su padre hizo, solo hay algo realmente peligroso ahí.
La rubia le miró y apretó los labios.
—N-no me digas que es lo que estoy pensando… ¡Alex, pero, ¿por qué?! —Himuro destiló ansiedad y suspiró, negando.
—Yo no lo sé. Tal vez si tú vieras a Taiga junto a aquella persona, podrías saberlo —masculló Alex.
— ¿Con quién veré a Taiga? —cuestionó Himuro, perplejo.
Alex volvió a suspirar.
—En mis visiones, Taiga esta con un licántropo, Tatsuya. No logro definir todavía la persona que es ese lycan, solo sé que su pelaje es… azul… —los ojos de Alex se abrieron de golpe y entonces con un jadeo, terminó de comprender todo. Su intuición de mujer le hizo adivinar el camino que el pelirrojo probablemente elegiría y entonces, una nueva visión apareció, haciendo que su mirada ser perdiera unos segundos.
Y mientras Himuro hacía reaccionar a la rubia con paciencia, ella veía un interminable caos y esos personajes de la Unión Milagrosa aparecer con sus destellantes colores de cabello, mismo que hacía demasiado tiempo no veía.
— ¿Qué es lo que viste ahora, Alex?
—Primero que nada, Tatsuya, antes me habías dicho que el lazo de Taiga todavía no había crecido, ¿verdad? —recordó Alex y recibió como respuesta un asentimiento por parte del ajeno— Entonces, mira a Taiga y dime si lo vez ahora.
Ese era el don que el pelinegro poseía, incluso aunque ahora no era como antes, ese don seguía con él y aunque no entendía muy bien lo que Alex le dijo, así lo hizo. Su rostro mostró sorpresa cuando al ver al pelirrojo dormido, notó ese casi invisible nudo que estaba en su dedo índice de la mano izquierda, que pese a lo tenue del color, se notaba el rojo y como ese hilo se extendía por un camino que no terminaba en el meñique de Himuro.
Tan pronto Aomine llegó a su departamento se duchó—luego de que guardó la fotografía de Kagami— con agua fría gracias al frío de la estación y se vistió solo con un jean y una playera. No había nada como su hogar, su sombrío y solo hogar.
Pero entonces, un torbellino de cabellos rosados se hizo presente tras empujar la puerta de la entrada y sintió como un par de pechos golpearon su abdomen y fue abrazado.
— ¡Dai-chan! ¡¿Dónde te habías metido?! —exclamó Momoi, casi al borde del llanto, viendo con reclamo al peliazul.
—A mi misión, ¿a dónde más? —respondió Aomine con tono cansador y al bajar la mirada, se sintió algo culpable de ver los ojos cristalizados de su hermana— O-oye, no tienes por qué…
— ¡Pensé que te había pasado algo malo, Dai-chan idiota! —aventuró Momoi, con algunas lágrimas cayendo de sus ojos— ¡No volviste hasta dentro de quince días! ¡¿Qué rayos pasó?! Si tres días después Hanamiya se reportó como muerto.
El peliazul se sintió incómodo, porque nunca supo cómo lidiar con las lágrimas de una mujer y solo atinó a sujetar los hombros ajenos, algo presionado.
—Tuve que hacer un viaje luego de eso, Satsuki, no exageres…
— ¡Pero no tuviste la delicadeza de avisarme! ¡¿Tienes idea de lo preocupada que estuve por ti?! ¡No me podía ir sin saber que la pelea con Hanamiya no te hirió! —expresó Momoi, ahora deslizando sus lágrimas de manera continua.
Aomine se sintió algo ansioso por la situación y luego suspiró, rascándose la cabeza.
—L-lo siento… es solo qué… —pero no pudo seguir porque la mano de la pelirrosa se estampó en su frente— ¿Ahora qué mierda haces, Satsuki?
— ¿Te sientes bien, Dai-chan? —preguntó Momoi, asombrada— Hace tanto tiempo que no te disculpas conmigo aunque me hagas sentir mal —agregó.
— ¡...! —Aomine no supo que decir, pero eso era verdad.
—De verdad que la pelea contra Hanamiya fue fuerte —puntualizó Momoi.
—Cállate y mejor vete ya —gruñó Aomine, separándose del abrazo—. No me puedo creer que dejaras a toda la manda sola dos semanas, Satsuki, te preocupas demasiado.
La chica hizo un puchero y fulminó con la mirada al chico.
— ¡No podía irme así! Además, Akashi-kun me permitió quedarme hasta un mes para esta misión y en todo caso, Wakamatsu-san está haciendo un muy buen trabajo —explicó Momoi.
—Eso no puedes saberlo, Satsuki.
—Claro que sí, Dai-chan, tengo supervisadas las veces que podía regresar a La Noche y venir al mundo humano para verte, Midorin es el encargado de eso.
—Ya, no me hables más de ellos, no me interesa —zanjó Aomine, molesto.
—Todavía no me has dicho qué estuviste haciendo todo este tiempo, Dai-chan —insistió Momoi, con la expresión de reclamo y obstinación.
El moreno suspiró. De algo estaba seguro era que aunque quisiera decirle la verdad, no podía, no cuando Akashi seguramente vería a través de su amiga todo lo que le diría y otras cosas, para cerciorarse de que todo se cumplió tal cual. Él no debería tener problema en si la vampiresa que usaba la magia—cosa que era algo prohibido en ambos mundos— era descubierta y la mataban, pero no pudo hacerse el indiferente cuando recordó a Kagami, por más que quiso, simplemente no pudo. Y aunque maldijo por ello, no lo entendió y no quería saber la respuesta.
—Agh, bien. Resulta que Hanamiya intentó comprarme con mujeres y aparentemente acepté para poder entrar a su madriguera; como no me perdería esos buenos culos para coger, hice que las tipas esas se fueran por otro lado y yo me encargué de Hanamiya —Aomine sonrió con sorna—. Como hacía tiempo no follaba, bueno… descubrí que esas chicas eran lo mejor, tanto en eso, como para comida.
— ¡Eres un completo idiota, Dai-chan! —regañó Momoi, furiosa. Viniendo de su hermano, creía eso por completo, pero había algo que no cuadraba, pero trató de no darle importancia y así lo hizo, lo menos que quería era levantar sospechas al pelirrojo de La Noche.
La pelirosa se la pasó refunfuñando y dando golpes a Aomine, reclamándole que no debería darle más importancia el tener sexo que a ella, aunque fuera lo que fuera que le pasó a su hermano mientras estuvo fuera, Momoi agradeció internamente de que ello tuviera un resultado positivo en el chico, porque este día estaba sonriendo más veces que todos los días en que vino a verlo y cuando lo hacía, la sombra de la amargura no era la misma.
El campo con pasto estaba curiosamente combinado con el vampiro de cabello verde que estaba sentado sobre una roca grande frente a aquella cascada que pese a la altura, el agua cristalina como espejo, caía lentamente, retando las leyes de la física, pero bueno, no era el mundo humano, así que eso era normal.
—Oh, qué raro es verte por aquí, Shin-chan —canturreó una alegre voz, que aunque el dueño estaba como a cinco metros de distancia, llegó claro para el vampiro.
—Tú no tienes nada que hacer aquí, Takao, vete —ordenó Midorima, dirigiendo su mirada seria al licántropo sonriente que estaba recargado sobre un árbol.
—Ah, nunca he entendido porque usas lentes, Shin-chan, eres un vampiro, no las necesitas —comentó Takao entre risas, ignorando las otras palabras ajenas.
—Eso no es de tu incumbencia, idiota —Midorima le miró fulminante.
—Shin-chan, nunca he entendido porque eres tan malo conmigo —dijo Takao sin inmutarse, sonriendo ampliamente.
Si estuvieran en otra vida, se hubiera acercado hasta el vampiro y lo hubiera estrujado, pero esta era la vida que les tocó vivir, así que simplemente lo miró de lejos.
—Los vampiros no tenemos la obligación de ser buenos con los licántropos —señaló Midorima, ajustándose esa gafas que las usaba no por la visión, sino por algo más.
—Dahahaha, qué frío, Shin-chan —Takao estiró los brazos y los puso tras su cabeza.
—Takao, por si no lo has notado, estas en territorio privado —recordó Midorima, viendo hacía la cascada.
—No te preocupes tanto por mí, Shin-chan, sé muy bien lo que puedo y no puedo hacer aunque Akashi no esté —repuso Takao, bromeando y riendo.
—Pues no lo estás haciendo muy bien, idiota —bufó Midorima, viéndolo con irritación.
— ¿Por qué? Yo solo pasaba a saludar a un amigo —inquirió Takao, con esa sonrisa tan amplia de siempre.
Shintaro suspiró.
—Vete de una vez, Takao.
—Ya, ya —rió Takao y alzó una mano—. Te veré algún otro día, Shin-chan —se despidió, dejando ver la sombra de la nostalgia en su mirada.
Y eso es algo que Midorima no pudo ignorar.
Es mejor así, yo no me permitiré romper las reglas. He tenido demasiados espejos, pensó.
Takao le vio de reojo y notó que él también lo estaba viendo.
Ellos conectaban, eran de esas conexiones que solo existían una vez y solo para dos personas, porque ese tipo de lazo no se repetía entre más dúos.
El gran tramo de camino seco que fue todo el trayecto que bien pudo durar como siete minutos, era en realidad una semana en su mundo y en el mundano. Cuando al fin llegó al lugar deseado, el portal se cerró por completo, dejando solo un diminuto punto azul en un único lugar que podía ser visto por aquel dominante pelirrojo con sus ojos bicolores.
Ya dejaba mucho que desear, puesto el solo hacía esos viajes tan peligrosos a esas zonas de todas las prisiones que tenían como autoridades, pese a que no era el único líder ahí, solo él podía ir a ese lugar, porque solo con sus ojos ese lugar funcionaba; incluso aunque Midorima u otros de los cinco entraran ahí, terminarían por perderse en la infinita nada que era esa prisión.
Akashi ajustó sus ojos al completo ambiente que parecía una pintura gris; eran como infinitas llanuras con pequeños pastos y rocas de un mismo color, no tenía vida y estaba desolada. Ahí no era necesario construir mazmorras ni tener a alguien cuidado que los prisioneros no hicieran nada indebido, ahí no se necesitaba otra cosa, porque la misma nada se encargaba de enloquecer a todo ser viviente ahí, desesperándolos y haciéndolos caer. Nadie duraba más de un siglo ahí o esos fueron los resultados de los experimentos que una vez hicieron años atrás y que fueron truncados por aquella vampira hechicera.
Como fuera, de todas maneras, luego de los tantos seres que estaban ahí en ese mundo tan deprimente, solo había una persona después de mucho tiempo ahí, la única que no podía morir en ese lugar, que no enloqueció como todos. Pero bueno, eso tampoco era algo que Akashi podía permitir, porque después de todo, ella debería seguir siendo torturada con esa soledad, no le dejarían las puertas de la muerte para que se librara de su condena y porque incluso generó el pecado de más de una manera.
Akashi caminó, escuchando como sus pasos resonaron en el frío silencio de ese lugar, no tenía miedo de estar ahí, después de todo él era absoluto y nadie ganaba contra un Akashi, justo como su padre le dijo tantas veces.
Hacía tanto tiempo que no estaba en ese lugar, muchas décadas para ser exactos y es que salir de La Noche para ir a otro dimensión no era nada sencillo, debía acomodar muchas cosas y sobre todo, aumentar la vigilancia en todo ese mundo, porque aunque tuviera seis extraordinarios líderes—pese a que uno estaba desterrado, seguía siendo considerado como uno—, incluso así habían varias personas que incumplían las normas. Además, el tiempo que le tomaba dejar ese mundo para venir a otro, claro está.
Era curioso, porque cuando era el regreso, el viaje duraba lo mismo para él y en su mundo no.
Sus sentidos se agudizaron cuando escuchó una respiración a lo lejos y como ese ser vivo se movió, corriendo, como intentando alejarse, cosa que hizo sonreír al pelirrojo.
— ¿Quieres una carrera? Pues muy bien —dijo con una sonrisa fría y movió sus pies con velocidad.
Akashi corría como un rayo fugaz, esa velocidad vampírica le hacía recorrer grandes distancias en tan solo segundos y por supuesto que su visión y oído seguían igual de perfectos; movió sus piernas justo a donde sintió el aire moverse a lo lejos, dejándole sentir ese olor de aquel otro ser.
La carrera no duraría mucho tiempo, porque las energías que él tenía, no eran las mismas que ella tenía al estar ahí encerrada, sin una gota de sangre más que solo aire y la tristeza de esa dimensión.
—Se acabaron los juegos —ordenó Akashi con un tono demandante y frívolo.
En ese momento, encontró a aquella única persona del lugar y con tan solo sus ojos, logró que ella se doblegara, solo porque no pudo evitar su mirada a tiempo.
Ah, la hipnosis, ese bello regalo que fue dado para Akashi Seijuro y que le permitía explorar la mente ajena una vez estaban en su embrujo con tan solo ver sus ojos bicolores.
Sin embargo, ya sabía que ese truco no serviría con esa mujer, a la que pateó para que se sentara en el suelo, contra una roca.
No era la primera vez que usaba su don contra esa mujer de ojos rojos, pero con ella, no podía ver nada aún lo intentara muchas veces, por más que ella estuviera hipnotizada, su color de ojos tenían algo que no lo dejaban ver. Y aunque al principio eso le irritó y fascinó, ahora solo mostraba frialdad y superioridad.
— ¡¿Para qué demonios has venido, Akashi?! —exclamó la mujer, una vez libre de aquella hipnosis, enfrentándolo con la mirada sin miedo, porque después de todo, ese chico no podía saber sus más recónditos secretos mentales.
—Cuanto tiempo ha pasado, Shiro —saludó Akashi, sonriendo amenazante.
—No eres bienvenido a mi humilde hogar —respondió Shiro con una sonrisa sarcástica.
Eso hizo que el pelirrojo le mirara con seriedad con un brillo oscuro en su mirada.
—Estás muy sola, tal vez deberías dejarme traerte a tu hijo para que te haga compañía —sugirió Akashi con fingida suavidad.
Eso hizo que la mujer de ojos rojos y cabello rubio se quedara quieta con esa mención, eso la tomó desprevenida y sus ojos mostraron una infinita sorpresa.
— ¿Creíste que nunca sabría de eso, Shiro? —inquirió Akashi con una sonrisa— Por supuesto, debíamos investigar más a fondo con todos los sabedores del juego que ustedes llamaban "amor"; nos llevó muchos años de tortura con ellos, sobre todo con Kai —su expresión se tornó sanguinaria—, aunque él jamás dijo nada, admiré eso. Pero no todos contaban con la misma fuerza de voluntad que él.
—Tú…, maldito… —siseó Shiro, como si estuviera a punto de lanzarse en contra del otro vampiro, pese a que sería algo suicida realmente.
—Sí quieres que te mate, adelante, no tengo problemas —Akashi la miró como si fuera un insecto—. Pero antes, vas a decirme donde está tu hijo.
Shiro no pudo hacer nada más, porque otra vez el peso de la mirada del león caía en ella, hipnotizándola.
—Dime, ¿dónde está tu hijo, Shiro? —ordenó Akashi, sujetando del rostro a aquella vampira para verle mejor a los ojos.
Ustedes me dirán que piensan de todo esto xDDDDDDDDDDD. Quiero leer que máquina su imaginación, a ver(?).
Y como ven, nuestro Dai-chan poco a poco va caer ¬w¬.
Sé que mucho misterio y todavía no tienen las respuestas que quisieran, pero tengan por seguro que más pronto de lo que piensan sabrán lo quieren x3.
Agradecería mucho sus comentarios uvu.
¡Los amo!
