Hola a todos QuQ.
¡Lo siento mucho, de verdad! He tardado en actualizar, pero se debe a que la Universidad me tiene absorbida y bueno, no había tenido tiempo de poder pasarme por aquí :c.
Pero bueno, aquí está el capítulo que espero disfruten.
¡Agradezco a todos por sus comentarios, muchísimas gracias en verdad! Significa mucho para mí recibir su apoyo de esa manera, así como sus lecturas y demás :3
Este capítulo es un tanto emocional... Y si no les gusta el AoKise, es válido saltearse esta parte, pero igual, son cosas importantes para después xD.
Y disculpen si tengo algún error ortográfico o incoherencia narrativa.
Las dos lunas que adornaban el cielo de la noche, brillaban con más intensidad que de costumbre, pero de una forma que parecía trasmitir frío en lugar de alivio para aquellos lycans que las veían, como si estuvieran haciendo un presagio. Sin embargo, la mayoría de licántropos ahí no eran supersticiosos.
O al menos, Aomine no lo era.
En La Noche, en uno de los más frondosos bosques que casualmente estaba en la región del peliazul, había una pequeña cueva oscura donde no se le permitía la entrada a nadie, no porque fuera una orden como tal, sino porque más de uno intentó entrar y no podían. Aomine nunca lo había visto con sus propios ojos, pero la historia decía que ese lugar estaba marcado por una maldición que fue generada por el amor prohibido que surgió entre una mujer vampiro y un licántropo, que se originó hace casi seis siglos atrás—donde en todo ese tiempo, fueron perseguidos, después de que a los dos siglos de su romance, su relación fuese descubierta y pasaron dos siglos más, para que fuesen atrapados y condenados—; ellos había sido los originarios de que fuera creada la Ley de oro que decía "Ningún vampiro podrá contraer relación conyugal y/o sexual con un licántropo o viceversa; ambas especies deben procrear con su misma especie, sin siquiera pensar en mezclarse. Aquellos que desobedezcan, serán condenados".
En esa misma historia, había dos versiones; la primera decía que solo era permitida la entrada a ese lugar a personas que realmente se amaban y ese mismo amor era el que los guiaba por el laberinto subterráneo hasta llegar al interior de la cueva, donde había una pradera, junto con una laguna y en el centro de este había una pedazo de tierra donde estaba una gran cabaña.
Parecía un mundo aparte, uno solo para enamorados.
Y la segunda decía que los únicos capaces de entrar ahí eran los más grandes pecadores del mundo, aquellos a quiénes eran condenados por la misma desgracia y maldición que ese primer par; es decir, solo una pareja de vampiro y lycan.
Misma cueva desprendía cierta aura que los demás parecían rehuir, porque en ese mundo habían muchos curiosos, además de que nadie era un débil miedoso. Pero tantas fueron las veces en que intentaron entrar y muchos fueron destrozados en el camino, que todos dejaron de intentarlo.
Claro, hasta que el amor entre Kise y Aomine se desarrolló. Por supuesto que los dos sabían el peligro que eso conllevaba, pero es que se amaban tanto… era la clase de atracción tan fuerte que surge entre la evasión de dos imanes puestos del mismo polo. Algo imposible de unir y esa misma repelencia de algún modo, atraía, pues aun así generaba fuertes cosas.
Y dado que ninguno quería estar lejos del otro, mas no podían hacer evidente su relación, los dos pensaron en él único lugar para verse; la cueva.
Se decía que esta misma, tenía otra entrada, pero en el año y medio que llevaban de novios Aomine y Kise, no pudieron encontrarla, sino seguramente se hubiera facilitado todo. Por lo que solo les quedaba encontrarse en esa misma y única entrada hasta ahora, llegando por diferente camino para adentrarse a ese lugar. No sabían cuál de las dos versiones de la historia era cierta o si las dos eran verdaderas y tampoco repararon en eso, simplemente se amaron más de una vez en aquel secreto lugar que era un país que siempre les proporcionó felicidad.
Sin embargo, se olvidaron de un pequeño detalle.
Haizaki era alguien rencoroso. Y pese a saber que él mismo se buscó el hecho que fueran a sustituirlo de la Unión Milagrosa, no podía tolerarlo y mucho menos que su presencia de licántropo fuera opacada por un apestoso vampiro. Por eso, se había asegurado de buscar algo con lo que fuera capaz de acusar a Kise, para impedir que este ascendiera a su puesto.
Le había costado, por supuesto, pero nada es perfecto y las mentiras no duran eternamente.
La cizaña no servía con Akashi o los demás miembros de la "formación", debido a que a todos les parecía estúpido que algo así sucediera, porque justamente ellos eran los que se encargaban de ver su ley cumplirse y mantener el orden. Por ello, jugándose el pellejo, había retado a Seijuro, diciéndole que si no salía verdad lo que sospechaba, dejaría que le mataran; ante eso, el pelirrojo vampiro sintió su intuición alertarse y se permitió creerlo.
Gracias a la intervención de la creación de portales de Midorima, tuvieron acceso al famoso mundo de los enamorados, porque de cierta forma, esa parecía una dimensión paralela solitaria, que se decía fue creada por la famosa Hada hace mucho tiempo, puesto ella apoyaba esa errática relación hibrida. Y del porque al vampiro peliverde no le costó tanto hacer esa abertura, fue porque él una vez logró entrar, por supuesto, él solo. Todavía no entendía por qué y era por ese tsunderismo que siempre estuvo libre de sospecha aunque hubo abierto ese portal.
Así, mientras Kise y Aomine hacían el amor en el frio suelo que de repente se volvió cálido, con el manto de la luna, quedaron descubiertos a la visión de Akashi—porque solo él con Haizaki entraron desde un punto ciego en el que la pareja no se percató de su presencia—, quien gracias a su forma de ser fría y calculadora, logró mantenerse calmado para poder elaborar un plan.
Una semana pasó, con Kuroko estudiando las expresiones de sus dos amigos, por órdenes de Akashi, reportándolo. Sinceramente, el peliceleste no quería hacer esto, él quería advertirle a Aomine y a Kise, incluso ser capaz de ayudarlos para que huyeran, pero no era así de fácil, porque necesitaba la ayuda de Midorima y este se veía firmemente seguidor de Akashi.
Pasó un mes y ahora Aomine se encontraba metido en el agua con Kise sentado en su regazo, desnudos y disfrutando de la vista de las dos lunas.
—Este lugar es extraño, pero mientras pueda estar contigo, iré a donde sea, Aominecchi. Porque te amo —confesó Kise con una feliz sonrisa, alzando el rostro para besar cariñosamente la mejilla ajena.
—Heh… —Aomine simplemente le sonrió pícaramente y le sujetó la barbilla para besarle profundamente; esa era su manera de responderle también.
Las manos de Kise le acariciaron el rostro con ternura, saboreando los morenos labios con encanto. La pareja se acariciaba y besaba bajo el manto de las lunas, que compartían su secreto. Y seguramente, hubieran vuelto a hacer el amor, de no ser por esa interrupción que daría un giro doloroso a su vida.
—No lo entiendo —dijo la voz fría de Akashi, de pie detrás de la pareja, haciendo que estos se sobresaltaran de golpe—. ¿Por qué mandar toda su buena vida a la basura por un simple trago de adrenalina errónea como esta? ¿Por qué, Daiki? ¿Por qué, Ryota, siendo que estabas a tampoco de mejorar tu destino?
La aludida pareja estaba en shock por la expresión sanguinaria y fría que mostraba el vampiro pelirrojo. El primero en reaccionar fue Aomine y cubrió con su cuerpo al rubio, viendo con advertencia al vampiro de orbes bicolores.
—No se trata de eso, Akashicchi, si tan solo pudieras prestarte a entenderlo… —masculló Kise, tratando de hacer caso omiso al pánico que se arremolinó en su pecho.
—Es incomprensible, porque es imperfecto. Porque es imposible y un error —impuso Akashi con superioridad—. No es necesario que les explique lo que pasará ahora, ¿verdad? Ustedes como miembros (o casi, en el caso de Ryota), conocen bien las leyes y sus castigos.
— ¡Detente, Akashi! —exclamó Aomine con el gesto fiero, sin importarle el estar desnudo, aun así cubría al vampiro—Esto puedes solo cobrártelas conmigo…
—Yo no doy segundas oportunidades, mis palabras son absolutas —dijo Akashi, sin más y entonces, usó su don ocular para dejar inmóvil a la pareja, hipnotizándolos por completo, metiéndose así en su mente. Se iba a aprovechar de eso, para finalmente impartir la sentencia sin excepción: la muerte.
— ¡Yo no voy a dejar que lo lastimes, maldita sea! —exclamó Aomine, para sorpresa del pelirrojo y el rubio, porque fue capaz de romper esa hipnosis o eso era lo que creyó— ¡Vámonos, joder! —añadió y sin importarle la desnudez, jaló al rubio con él. Después de todo, donde estaban ahora era otro mundo y el pelirrojo estaba solo, por lo menos podrían lograr esconderse para poder idear como atacar y salir de ahí.
—Hah —Akashi sonrió. No era necesario que fuera tras ellos, porque en los pequeños segundos que entró a sus mentes, hizo todo lo que debía.
En ese momento, más olores familiares aparecieron en las narices de la pareja, pero aunque Kise logró seguir el paso de su amado peliazul, se detuvo, jalándolo.
Aomine iba a replicar, mostrándose perplejo por ese repentino actuar, pero no tuvo tiempo.
—Lo siento mucho, Aomine-kun, Kise-kun —musitó Kuroko con profundo pesar, pese a su inexpresión y desató su don contra ellos.
La perfecta ilusión del fuego acurrándolos fue precisa, porque incluso Aomine sentía como su cuerpo empezaba a quemarse y Kise jadeó del dolor, no porque el fuego le dañara, sino porque la ilusión traía esas sensaciones también que hizo que los dos se paralizaran por completo. Y su agarre de manos fue roto, mientras ellos luchaban por apartarse de ese escenario que no era real.
Pero con Kuroko, eso era imposible.
— ¡A-AOMINECCHI! —exclamó Kise, preso del pánico, cuando ese dolor se hizo más insoportable, pero más que nada, porque le importaba lo que al peliazul pudiera ocurrirle.
Todo el terreno estaba incendiándose y no estaban solos. Por más que sabían lo peligroso que era tener una relación así, por más que sabían que esto podía llegar a pasar, tal parecía que la ilusión del amor les hizo despreocuparse de ello.
— ¡KISE, KISE! ¡SUÉLTENME, MALDITA SEA! —rugió Aomine cuando sintió la presencia del pelimorado, que le sujetó con esas grandes manos, mientras estaba cegado por la ilusión.
Las cosas se veían tan borrosas gracias al incendio que llameaba como ira y que incluso su humo cubría las dos lunas, que iluminaban con tristeza el terreno.
Kuroko hizo uso de su fuerza de voluntad para no romper la ilusión, hacerlo ahora no sería bueno ni para la pareja que eran sus amigos, porque seguramente atacarían a Akashi o a los otros y se supone no debían dejar que eso pasara.
— ¡¿Por qué demonios haces esto, Akashi?! —exigió Aomine.
—En estos momentos no están en condiciones para protestar —ordenó Akashi, con el gesto frío y calculador.
Kise se mordió los labios y dejó de forcejear repentinamente, como si estuviera dándose por vencido.
Cuando el peliazul notó eso, no se permitió detenerse; era alguien fuerte y aún cegado por las ilusiones del peliceleste, dio tremendo golpe a Murasakibara, que aunque este lo vio venir, no pudo esquivarlo gracias a la tremenda rapidez del otro. Y entonces, la ilusión que Kuroko le mostró específicamente a la pareja, cambió, siendo esta la ruta que les indicaba la salida.
Eso fue suficiente para que Aomine pudiera hacerle frente al lycan pelimorado.
— ¡Entiéndelo, Akashi, yo no voy a dejar destruyas esto! —exclamó Aomine, con determinación arrogante.
—No es necesario que yo lo destruya, Daiki, fíjate bien —musitó Akashi con una sonrisa que heló el cuerpo del peliazul.
Aomine hizo caso omiso y se preparó para proteger a Kise; iba sujetarle de la mano, pero este último haciendo uso de su don—uno donde era capaz de crear energía por todo su cuerpo, que hería a quienes lo tocaban; era como electricidad—, le hirió y se alejó.
—Kise, ¿por qué…? —Aomine se quedó atónito por haber sido herido precisamente por el rubio.
—Lo siento, Aominecchi… —susurró Kise, quién luego de borrar su expresión de dolor, le miró con frialdad— No puedo dejar todo por ti. No quiero morir por ti.
Daiki no tuvo tiempo de reaccionar por esas palabras, se había quedado como en shock, porque no podía asimilarlas. ¡¿Cómo mierda cambió todo si antes su relación parecía tan bien?! ¡¿Qué pasó?!
—Parece que su romance al fin terminó, heh —canturreó Haizaki de forma burlona y fiera, riéndose justo cuando hizo uso de fuerza para derrumbar al peliazul físicamente, que no pudo esquivarlo por el mismo shock del momento.
— ¡Tú...! ¡Maldito, Akashi! ¡Fuiste tú él que dijo esto, ¿no es así?! —rugió Aomine, una vez logró regresar en sí, porque él no podía dudar tan fácil de el rubio. Intentó zafarse, pero fue imposible por la fuerza del lycan pelinegro y porque el pelirrojo logró hipnotizarlo de nuevo.
—No hay peor ciego que él que no quiere ver, Daiki, haha —Haizaki se relamió el pulgar con una sonrisa—. Fue un regalo de mí para ti —le susurró, dándole a entender al moreno, qué él les delató.
— ¡TE MATARÉ, MALDITO BASTARDO! —aulló Aomine con ira, pese a la hipnosis y por eso no pudo transformarse.
— ¿Por qué demonios estás tú aquí, Haizaki bastardo? —inquirió Aomine con frialdad y un pronto deseo homicida con el recuerdo que pasó fugazmente por su mente. Tal vez ya tenía superado sus sentimientos de amor por el rubio, pero no el odio que tenía por el otro lycan, porque después de todo, ese maldito había sido el culpable de todo.
—Qué manera tan poco amable de saludar a uno de tus amigos, ¿no crees? —Haizaki se relamió el pulgar y sonrió presuntuoso.
—Tú solo eres un maldito al que todavía deseo matar —respondió Aomine con una sonrisa desdeñosa y sádica.
Los dos lycans todavía no se veían, simplemente hablaban desde la distancia, con su perfecto oído. Tal vez más de una persona les veía extrañados por hablar solos, pero hicieron caso omiso.
— ¿Sí?, yo todavía deseo golpearte más de lo que te golpee al atraparte —admitió Haizaki entre risas.
— ¡Bastardo! —siseó Aomine, con la ira paseándose por sus venas, aunque por fuera se veía desinteresado, su mirada no lo reflejaba—. Te voy a aniquilar.
—Quisiera ver lo que intentes —se burló Haizaki—. Realmente es patético verte, todavía se notan las heridas que te dejó Ryota.
Esas palabras fueron la gota que derramó el vaso de la poca paciencia del moreno y entonces rugió con tremendo odio, comenzando a correr hasta la dirección del peligris.
Shogo se carcajeó, divertido y empezó a correr también. Fuera alguien bastante violento y agresivo, tampoco eran tan imbécil como para causar el caos frente a la ciudad, incluso él sabía que no se desobedecía a Akashi así, porque lo que no quería era perder su lugar en la Unión Milagrosa, pese a que odiaba a esta misma.
Daiki no tardó en alcanzarlo, porque era perfectamente rápido, pero logró contenerse hasta que llegaron a las afueras de la ciudad, en la parte verde con los árboles; irónicamente donde antes estaba la guarida de Hanamiya. Y entonces, se transformó con un rugido que desgarraría los tímpanos y se transformó al mismo tiempo que el otro.
Ahora que estaba así, se sentía descontrolado. Imparable, quería matar a aquel maldito ser, ya no solo por su odio, sino porque simplemente quería matar. La razón ya no habitaba en su mente ahora.
Pero Haizaki sonrió, pese al buen zarpazo que el peliazul le dio en la espalda. Él también estaba fuera de control, porque así era su personalidad, pero no de la misma forma que el moreno y eso era porque él no sufría la misma carga que los licántropos desterrados: el peso de la Luna Roja, que sucedía cada año en el mundo humano. Era cuando los lycan desterrados sufrían el completo descontrol de sus cinco sentidos, haciéndoles ver como un simple animal salvaje, destruían todo a su paso sin reconocer a amigos o enemigos; era como una maldición, porque incluso en la historia se decía que más de alguno llegó a matar a toda su manada o incluso familia. Por eso cada licántropo no se transformaba en esta fecha, menos los machos alfas, porque al ser ellos los líderes, la fuerza era superior y aunque sus camaradas estuvieran descontrolados, seguían siendo más fuertes.
Las órdenes de Akashi habían sido que en tres día fuera por el humano ese y lo haría, pero quería diversión con el peliazul, quería restregarle en la cara todo lo le pasó y provocarlo.
Cosa que no le costó tanto, como esperó y ahora ambos estaban enzarzados en una pelea realmente salvaje.
Los rugidos se oían y hacían eco en la noche, mientras los dos rodaban por el suelo o se aventaban contra alguna roca, suelo o árbol. Se lanzaban patadas y zarpazos, del mismo modo que sus fauces se cerraban contra algún pedazo de carne, no solo mordiéndolo, arrancándolo.
O eso hizo Haizaki en el costado de peliazul, provocando que este aullara de dolor y diera un pinchazo con sus zarpas al pecho ajeno, logrando herirlo también.
Para cualquier ojo humano, la luna que además era llena, seguía del mismo color. Pero solo los licántropos y vampiros podían ver esa tonalidad rojiza, que sabían era peligrosa.
— ¡No me vas a ganar así, Daiki, ahaha! —se carcajeó Haizaki entre gruñidos lobunos, dando tremenda patada a la espalda ajena, con su poderosa fuerza y única que nadie igualaba.
Y los huesos de Aomine tronaron. Este rugió de furia y dolor, ignorando eso y lanzándose contra el otro lycan, rodando nuevamente en el pasto, removiéndose para esquivar los ataques y enterrar sus colmillos en el hombro ajeno con violencia, hasta logró sacarle un pedazo de carne, vengándose de lo que le hizo a su costado. Él solo rugía, como una bestia, porque ahora su humanidad no estaba con él. Aunque Haizaki maldijo por el dolor que eso le causó, su fuerza seguía siendo más fuerte que la de Aomine, no importaba que este fuera rápido, porque aunque los golpes que daba el primero contra el segundo, hacía daño más rápido de lo que el peliazul hacía, pese a llevar la ventaja con su velocidad y más golpes. Pero no se detuvo, siguió luchando contra ese otro licántropo, perdido en sus más bajos instintos.
—Eso, dame el gusto de verte consumir así —siseó Haizaki y se relamió el hocico con su gran lengua, dándole un zarpazo brutal a la pierna del peliazul, cuando este le mordió un costado para arrancarle su carne. Ya que aprovechó esos segundos en lo que el otro se tomó para despedazar su piel, le atravesó su garra en el musculo de la pierna.
Y es que Aomine atacaba por atacar, no tramaba ningún plan en su cabeza como siempre lo hacía al pelear. Solo era una bestia sin sentido, gracias a la luna roja.
Daiki soltó el costado ajeno y gruñó con fuerza salvaje cuando sintió esas garras atravesar así su carne, truncando su velocidad. Pero sus brazos también eran rápidos, de modo que terminó enterrándole las garras de su mano derecha justo en el abdomen de Haizaki.
Este último también hizo un rugido de dolor y en venganza, sujetó el brazo ajeno para aplastarle los huesos con su mano izquierda, pues la derecha seguía enterrándola en la pierna del peliazul.
Aomine gimoteó con fiereza y con sus fauces intentó darle un mordisco al brazo de Shogo, pero este último logró esquivarlo por mera suerte, haciendo que el primero terminara por morderse a sí mismo.
Haizaki retiró su mano derecha de la pierna ajena y luego lo pateó, estrellando al otro contra un gran árbol que tembló por el golpe.
—Puede que la luna roja saque tu máxima fuerza, pero no eres más que un perro salvaje ahora —se burló, sacando su lengua y se abalanzó contra el lycan peliazul.
Sin embargo, antes de que la pelea continuara, un balazo resonó en la noche y pegó directamente al costado de Haizaki, empujándolo lejos de Aomine.
Aún en medio de la locura, el moreno en lo más hondo de su alma, pudo ver a Kagami ahí.
Por su parte, el lycan peligris estaba estupefacto, ¡¿desde cuándo un humano era capaz de lograr alcanzarlo como para dispararle?! Y además, ¡¿por qué cojones una bala le estaba induciendo semejante daño en su cuerpo?! Sobre todo, ¿por qué no pudo reconocer el olor del humano cuando llegó? O más bien, incluso si lo sintiera acercarse, no era algo de lo que debía preocuparse, porque después de todo era un humano, ¿qué podía hacerle?
—Hah… —Kagami suspiró y sus ojos rojos volaron al peliazul, quién gruñó amenazante— La luna roja —susurró, porque él si podía ver esa diferencia lunar, por supuesto, aunque solo fuera un humano y también había leído del descontrol que causaba entre los licántropos. Sabía bien lo peligroso que era ahora acercarse a ese dúo mientras peleaba; tal vez no lo hubiera hecho, sin embargo su alerta hizo ver en la desventaja en que estaba el moreno y no dudó ni un segundo en ayudarlo.
Era así, Aomine estaba completamente agitado, parecía como la vela que arde muy brillante porque está por consumirse por fin. Todo su cuerpo estaba herido, pero su descontrol todavía lo tenía con las ganas de luchar, ahora cambiando su objetivo, de Haizaki al pelirrojo.
—Humano bastardo —gruñó Haizaki, agarrándose el brazo derecho, que fue donde sufrió el daño. Era obvio que aquello contenía plata, pero eso no era lo que le tenía afectado realmente, sino algo más solo que de forma más lenta. Todavía podía seguir peleando, claro y su orgullo no iba a permitir que un simple humano con un arma le ganara. Estuvo dispuesto a lanzarse al mundano, pero la impresión llegó a él de golpe, cuando enfocó los ojos rojos del chico.
Y no era posible que alguien tuviera de ese color los orbes. Era raro incluso en los vampiros.
Esos segundos de tardanza en los que se quedó viendo al mundano que desprendía un gran atractivo, hizo que Aomine se lanzara contra este. Porque pese al ligero conocimiento que pasó de refilón, seguía estando fuera de control.
— ¡Soy yo, Aomine! —exclamó Kagami, tratando de esquivar los zarpazos que el otro le lanzó, pero sencillamente era imposible que pudiera hacerlo; el licántropo estaba en todo su esplendor de la locura por la luna roja, desatado, incluso mucho más veloz que un simple vampiro neófito.
Podía usar su arma para defenderse, pero hacerlo significaba herir al moreno de gravedad por la plata y un daño con esta luna, podía ser irreparable, lo sabía bien: los lycan podían ser invencibles en su descontrol, pero también eran demasiado vulnerables. Y sencillamente, ahora no podía hacerle daño al peliazul, aunque su vida dependiera de ello.
Daiki rugió y abrió sus fauces en una mueca de ansias por matar, porque ahora más que nada sentía el increíble olor de la sangre de Kagami, ese mismo que sintió aquella noche hace noventa años, cuando vio a esa misma mujer de cabello rojo. Entre el descontrol y falta de razón, logró recordar a lo lejos aquello. Y se dio cuenta que el olor de esa mujer, era el mismo que del chico que tenía frente a él ahora, pensando solo en devorárselo, no en el por qué justamente Taiga tenía ese olor, porque no podía ser la misma persona, para nada. Además, ni lugar había para el pensamiento humano en su cabeza ahora.
Kagami intentó escaparse, ya sabía el riesgo que podía correr por meterse en esta pelea, pero no iba a dejar que dañaran a Aomine, no lo permitiría. Incluso aunque ahora fuera la presa de todo esto.
Por supuesto que estaba bien entrenado y sus reflejos eran en demasía mejores que los de un humano, por ello siempre podía hacerle frente a los vampiros y otros lycans. Pero le estaba costando mucho esquivar los ataques del peliazul o más, lo único que podía hacer era evitar que esas zarpas le arañaran más profundamente de lo que ya lo hacían.
Y Haizaki veía esa escena con los ojos abiertos como platos, frustrado por no comprender. ¿Cómo era posible que ese humano pudiera seguir vivo con los ataques que el otro le daba?
Eso no era normal, para nada era normal. Pero tampoco se iba a quedar admirando aquella incoherencia, no cuando él también tenía deseos de matar a Aomine.
Taiga gruñó de dolor cuando al fin las enormes manos del lycan peliazul le sujetaron de los brazos, apresándoselos contra su cuerpo y enterrándole las uñas, perforando su piel. Arrugó el ceño y pese al dolor, enfrentó la mirada brillante del ajeno. ¿Qué era lo que podía hacer para evitar esto? Por supuesto que no podía ni quería morir aquí, ni así, todavía tenía muchas cosas que aclarar, pero seguía negándose al hecho de hacerle daño al otro.
Daiki jadeó en la cara del humano e hizo una sonrisa lobuna, fascinado al sentir esa caliente sangre caer y manchar sus garras, provocando que en sus ojos azules, apareciera un ligero brillo ámbar, que indicaba estaba en pleno éxtasis. Rugió nuevamente y se preparó para morder esa cabeza humana, que aunque le viera el rostro, sencillamente no distinguía nada ahora, en estos momentos solo le interesaba saciar su sed de sangre y muerte. No tenía compasión, ni humanidad, ni coherencia, pese a que su yo interior gritaba porque se detuviera.
—Aomine… pase lo que pase, tú… De verdad me gustas —murmuró Kagami con la mirada en alto, enfrentado los ojos del lycan, con una sonrisa comprensiva. Parecía que estaba aceptando las cosas, pero era así, él no podía hacer nada, porque los golpes no funcionaban con el licántropo, por más que lo intentó como última salida, negándose todavía a utilizar el arma que sostenía anteriormente y que cayó por los zarandeos que le daban.
Por más que esas palabras sonaron llenas de sentimiento, por más que eso hizo vibrar el interior de Aomine, haciendo que su yo interno gritara todavía más fuerte que se detuviera, su instinto animal no se calmaría solo por eso. De modo que rugió y dirigió sus fauces a la cabeza el pelirrojo.
Sin embargo, cuando estuvo a punto de morderlo para decapitarlo, su cuerpo se contorsionó y soltó al humano, porque tan concentrado estaba en el deseo de matar y consumir de esa carne y sangre que olían tan malditamente bien, que se desconectó, olvidándose de la presencia de Haizaki.
Kagami se quedó en shock, con los ojos abiertos como platos al ver como la mano con grandes garras del licántropo peligris profanó el abdomen de Daiki, hasta atravesarlo. Y este aulló guturalmente de dolor.
—Sigues siendo tan débil como siempre, Daiki —jadeó Haizaki, a quién no le costó mucho moverse con agilidad para poder herir al peliazul. El balazo le había herido, sí, pero seguía en su forma licántropo. Luego fijó sus ojos grises con un tinte de jade directo al humano, sintiendo la esencia del olor de este—. Ahora es tu turno, maldito.
— ¡Aomine! —exclamó Kagami, alterado y con la cara manchada de sangre por el golpe que el lycan peligris dio al moreno. Sintiendo un terrible pánico en su interior, se acercó como pudo al cuerpo del nombrado chico, quien se retorcía como convulsionando del dolor, con el charco de sangre saliendo de su estómago y su carne visible; ya estaba sintiendo el bajón que traía el golpe de locura ahora— ¡Aomine, Aomine! ¡Hey! —volvió a decir Kagami, moviendo sus manos sin tocarlo realmente porque no sabía que hacer ahora. Estaba bastante alterado y la ansiedad creció cuando notó como la transformación del lycan se esfumó, regresando al cuerpo humano— ¡¿Cómo es posible que tú…?! —sus ojos volaron también hacía el otro licántropo, porque no lo comprendía; esa bala tenía plata, ¿por qué no le dañó? También tenía la magia de la rubia vampira, pero esta tenía un efecto más tardío.
—La plata no me afecta, bastardo —rio Haizaki con una sonrisa, sacando la lengua de su hocico—. Yo no soy un simple perro desterrado como lo es Daiki —se rió.
—Tsk… —Kagami apretó los dientes y le miró. ¿Qué tenía de diferente este licántropo?
Se distrajo cuando escuchó toser al peliazul y ahogó un jadeó de preocupación al percatarse de lo ensangrentado que estaba el cuerpo de Daiki y de la tremenda herida que tenía en el estómago, pero parecía consciente.
—… —Aomine simplemente enfocó su mirada a los orbes cristalizados del pelirrojo y a pesar de que todo su cuerpo le dolía, sintiéndose desfallecer, se sintió feliz con solo ver al chico ahí, con él. ¿Cómo llegó o por qué? Eso no le importaba ahora y en su estado moribundo, dijo: —Sigues oliendo tan bien que cuando te conocí —aquella frase se refería a cuando se topó a la muchacha esa vez, hace tantos años. Ahora que su consciencia estaba de regreso por la debilidad de su cuerpo, pudo darse cuenta de eso, aunque eso traía más dudas todavía, como por ejemplo; ¿por qué ahora era un chico quién olía así y no la misma chica?
—Cállate, cállate… Necesito… —masculló Kagami con prisa, tratando de concentrarse para poder hacer algo, tomando la frase del peliazul como la vez en que se conocieron, sin entenderle otro significado.
—Tú no harás nada —se burló Haizaki y pateó el cuerpo debilitado del peliazul, haciéndolo gruñir del dolor.
— ¡Déjalo, maldita sea! —ordenó Kagami, con una nueva fuerza golpeando su pecho y su cabeza, queriendo salir. Sus ojos brillaron en ira febril, quería matar, quería despedazar a aquel maldito licántropo que dejó en ese estado al moreno.
— ¿Qué vas a hacer? Solo eres un inútil humano —Haizaki sonrió con su lobuno hocico y se relamió. Hizo a un lado el cuerpo herido del peliazul con violencia.
— ¡Hah, qué lo sueltes, mierda! —rugió Kagami, preso del impulso y deseo de querer salvar al moreno, porque para nada, para nada permitiría que le arrebataran la vida. Sus pupilas se dilataron y su respiración aceleró, sintiendo como su sangre se calentaba.
Pero Shogo no le dio importancia a eso, después de todo, solo era un humano y ya no tenía su arma ahora, añadido que la plata nada le hacía ningún daño.
—Mataré a este humano frente a tus ojos, Daiki, disfruta el espectáculo que luego iré por ti —dijo malicioso, acercándose al pelirrojo.
—Mierda, Kagami… —siseó Aomine, intentando sentarse al menos. Pero todavía era muy pronto para que sus heridas sanaran; esto no lo iba a matar, mas estaba completamente débil.
El cabello rojo del pelirrojo cubría parte de sus ojos y su cuerpo temblaba con fuerza, como si fuera a convulsionar. Sentía como su sangre parecía cambiar, como si algo en su interior empezara a cobrar vida. ¿Por qué soy tan débil? ¡No puedo permitir que me maten con Aomine así! ¡Él me ha ayudado tantas veces y aunque sea un estúpido egocéntrico yo... lo quiero!
Cuando se dio cuenta de su verdadero sentir por el peliazul, aquello que se retenía en el alma de Kagami, salió disparado, llegándole como la bola de una grúa contra una pared.
Y entonces, rugió.
No como una persona, sino como un animal y ese rugido dejó en shock tanto a Haizaki como a Aomine, que no esperaban eso, porque el pelirrojo era un humano.
El cuerpo de Taiga empezó a palidecer de forma ligera, así como las heridas que tenía en el cuerpo empezaron a sanar lentamente y su rostro adquirió el gesto sombrío, así como sus colmillos superiores comenzaron a crecer de forma lenta, que si los otro dos no fueran licántropos, no lo hubieran notado. Y sus uñas crecieron ligeramente, para después agazaparse con sus ojos brillando intensamente con ese rojo que pasaba del oscuro al carmesí.
—K-Kagami… —masculló Aomine, con los ojos abiertos como platos, viendo el estado diferente en que el "humano" estaba. Pero con eso, era obvio que no lo era, ese estado era similar a un… vampiro. ¿Qué es lo que no sabía del pelirrojo?
El aura salvaje, pero elegante de Taiga creció y se abalanzó contra Haizaki, aprovechándose de la impresión de este para atizarle un buen puñetazo en el estómago, dejándolo sin aire.
Era increíble que la fuerza de ese golpe fuera de la misma intensidad que con la que el lycan peligris golpeaba y siendo que el don de este era la fuerza, pues…
—Te mataré —siseó Kagami con arrogancia y el deseo de sangre en su mirada, con sus colmillos casi por definirse; sus ojos rojos y brillantes parecían el reflejo de la luna roja.
Haizaki jadeó y rodó sobre sí mismo para evitar la patada que el pelirrojo le dio, golpeando el suelo y haciendo que la tierra se partiera en miles de pedazos. ¡¿Qué demonios significa esto?! ¡¿Él no es humano?! ¡Pero tampoco puede ser un vampiro!
— ¡No me jodas! ¡No sé lo que seas, pero no me detendrás! —rugió con fiereza. No por nada era uno de los seis principales aún; un simple balazo no le iba a detener, pese a que hora empezaba a sentir extraño su cuerpo, sin importar lo que este tuviera.
Y se lanzó contra el "humano" que seguía agazapado y con sus fauces logró morderle un hombro, solo por segundos, porque los reflejos de Kagami ahora eran perfectos y se dejó morder para así darle un rodillazo al abdomen de Shogo mientras sonrió con cierto toque oscuro y arrogante. Su mirada era fiera y su piel ahora era sorprendentemente dura, por lo que esos colmillos capaces de destruir el cemento, no le hicieron nada.
Cuando el lycan le soltó, Taiga dio una voltereta en menos de un parpadeo y pateó la espalda de Haizaki, que seguía conmocionado por el otro golpe. ¿Cómo era posible que existiera un ser con la misma fuerza que él? ¡¿Qué demonios era ese humano?!
Aomine, por otro lado, estaba que no podía creer lo que pasaba, ¿qué era Kagami?
Esto era demasiado para asimilarlo, ni siquiera podía pensar con claridad y solo veía embobado la forma en que el pelirrojo se movía al estar peleando contra Haizaki. Tal vez ayudaba también el que este último estuviera con la herida de la bala, pero aun así él seguía siendo un fuerte oponente, aunque eso no estaba evitando que Kagami lograra golpearlo a su antojo, luciendo elegancia en todo sentido pese a la salvaje pelea.
No obstante, el ataque que comenzaba por parte del pelirrojo, se vio interrumpida.
— ¡Taiga! —exclamó Tatsuya abriendo los ojos como platos unos segundos al ver el estado de su hermano. Hace apenas atravesó el portal que la rubia creó hace solo unos minutos y se quedó de piedra, pero supo reaccionar a tiempo, porque después de todo, eso era algo que ya se venía venir. Apretó los dientes, de verdad que hubiera deseado tener otra salida para poder evitar lo que estaba pasando, así que ignorando perfectamente al peliazul ahí y haciendo gala de su rapidez, abrazó al pelirrojo de la espalda para alejarlo de la pelea— Lo siento, pero no puedo dejar expuesto a mi hermano —siseó con amenaza al par de licántropos ahí.
— ¿Quién demonios…? —inquirió Aomine, recuperándose lentamente. Pero la verdad era que si recordaba ese rostro desde aquella vez que vio el álbum de fotos del ojirojo.
—Tatsuya… —jadeó Kagami, al darse cuenta de la presencia ajena y calmándose tan pronto sintió la presencia de su hermano, sintiendo el bajón de adrenalina poco a poco.
—Cálmate, Taiga —Himuro le abrazó con fuerza. El licántropo peligris había quedado bastante herido, por ende solo podía ver ahora lo que ese par hacía—. ¿Recuerdas cuándo te dije que no había manera de que yo hiciera…? —recordó, sin completar la frase, no sabiendo cómo explicarse.
Aunque Kagami entendió a la perfección y solo lo vio a los ojos.
—Y yo te dije que no te guardaría rencor por eso, Tatsuya —fue lo que respondió, con la respiración entrecortada.
Entonces, frente a los ojos de Aomine, el vampiro enterró sus colmillos en el cuello del pelirrojo.
Es la única manera de hacer que regreses a la normalidad e impedir que todo se sepa ahora, pensó Himuro al inyectar su ponzoña en el cuello de su hermano.
¡Y ahí está lo que quizá muchos esperaban!(?)
Dios, aunque no me guste el AoKise en sí, sufrí al escribir esa parte de su historia y, lasdkjlsdajksdal, es que Kise QnQ. Si hay alguien de aquí que me lea y que guste de esta pareja, no se preocupen, yo igual lo pase feito.
Ahora seguramente las ideas de lo que Kagami es tal vez lleguen más velozmente a su mente, ¿no? x'D. Ah, todavía recuerdo la emoción que sentí al escribir este capítulo, kasjdsajldaskl, espero a ustedes les haya gustado, huehue.
Y de igual modo, espero puedan dejarme sus opiniones, que me hace feliz saberlas xD.
Aviso que las actualizaciones volverán a ser los sábados como eran anteriormente, pues ya tengo internet de nuevo :3, sin embargo, tal vez lleguen algunas ocasiones donde me atrase un poco, dado que ahora ando estudiando en la Universidad y las tareas me llueven :c.
Aquí el spoiler del próximo capítulo:
— ¿Qué puede más en ti, Daiki? —quiso saber Himuro con gesto grave— ¿No sé supone que lo más importante para los lycans es el amor? ¿No puedes arriesgarte ni un poco por Taiga?
—Tsk… —Aomine chasqueó la lengua y miró con gesto de odio y arrogancia al vampiro. Sí, odiaba que le dieran órdenes o le dijeran lo que debería hacer, pero debía admitir que parte de lo que ese jodido emo pelinegro le dijo, era verdad de cierta forma. No obstante, seguía indeciso, porque, ¿cómo afrontar eso? Es decir, ya bastante le costó terminar aceptando hoy su atracción inmensa por un humano, mismo que ahora pasaba a ser un vampiro, aunque por todo lo que pasó antes incluso de que le mordieran… No sabía que creer.
Hacía mucho había logrado superar el agujero negro en que su pasado amor lo metió, que precisamente era por un vampiro, ¿y ahora debía afrontar el estarse enamorando de otro?
Porque sí, era demasiado pronto para decir que lo que tenía Daiki con Taiga era un enamoramiento, puesto estos no suceden tan rápido—o es la lógica del mundo—. Sin embargo, esa atracción magnética era realmente inmensa y era con lo único que se podía asemejar, claro que lo hacía de forma casi subconsciente.
