¡Holi a todos! ouo

¿Cómo están?, ¿me extrañaron?(?) Asdljsdaklsdakj x'D. De verdad siento mucho no haber actualizado la semana pasada, es que este lunes iniciaron mis exámenes y debía estudiar, pero como ya terminaron y mis calificaciones fueron geniales, ya vengo de regreso uvu.

¡Muchas gracias por sus comentarios!, de verdad que siempre es un gusto leer todo lo que opinan y como se emocionan, así como yo x'D.

Y de hecho, como estoy feliz y quiero compensarles, les tengo una propuesta, una que hago en algunas ocasiones mientras subo mis fics:
Trata sobre si este capítulo tiene mínimo tres reviews o más, ¡pues mañana mismo les traigo otro capítulo!, asdsadasljk :3. ¿Les parece? Ya sino, pues nos estaríamos viendo hasta la otra semana, ustedes deciden uvu.

En fin, los dejo leer. Espero que disfruten el capítulo y disculpen si tengo algún error ortográfico o incoherencia narrativa.


Las calles de la ciudad de Londres eran iluminadas por el sol del amanecer, pero Himuro estaba completamente despreocupado mientras veía al astro rey empezar a salir de las montañas lejanas, así como escuchaba a cada humano despertar para iniciar su día. O al menos, en el radio en que su oído abarcaba.

Desde la torre donde estaba, nadie percibía su presencia y eso era justo lo que quería.
Había salido desde el lunes de casa, luego de hablar con aquel licántropo peliazul y pasar a ver a Taiga, porque de alguna manera no podía soportar el ambiente que empezaba a formarse ahí. Porque algo en su interior le reclamaba y le dolía. Le dolía más que la abstinencia de sangre, más que haber dejado a su familia o a su mejor amigo—del cual apenas se acordaba, solo sabía que tenía el cabello púpura—, más que saber que debía vivir escondido, más que saber que Kai estaba muerto y no sabía que era de Shiro.
Este dolor era diferente y mucho peor. Era un pesar sin explicaciones y su instinto le exigía deshacerse de él lo más rápido posible, ¿pero qué podía hacer? No era imbécil como para no saber porque estaba así, mas no podía anteponerse cuando quería ver feliz a Kagami, aunque no fuera con él. Además, siempre supo que él no estaba destinado a estar con su hermano.
No obstante, eso no quitaba el hecho de que estuviera sufriendo. Era la primera vez que le pasaba esto en todo lo que recordaba de su vida, pese a que solo había vivido diecinueve años hasta ahora, por ende tampoco sabía qué hacer y lo único que atinó a llevar a cabo fue salirse de ahí.

—Kai, realmente tenías razón cuando dijiste que tú hija volvería locos a muchos —susurró Himuro con una sonrisa triste, recordando el suceso de hace muchísimos años atrás.

Todavía tenía el sabor en su garganta de la sangre de Kagami, esa que era deliciosa y por más que su olor le llamara desde que cumplió los catorce años y que se apaciguó cuando empezaron a tener relaciones sexuales. Ese sabor era mucho mejor que la artificial que hacía Alex, por supuesto. Pero ese mismo sabor le indicaba de muchas maneras que esa sangre no era para él o eso sintió la vez que le mordió.

Himuro no sabía en qué momento su relación de hermanos empezó a tener esos confusos sentimientos de amor y deseo, esos contra los que no podían luchar en lo más mínimo. Todo era tan complicado entre ellos, era una relación inexplicable. Si bien todo se dio por la misma necesidad de sangre de él, nuevas emociones y sentires se hicieron presentes; unos que nunca afrontaron porque no era fácil, porque era mejor seguir viéndose como hermanos.
Sin embargo, sí algo era cierto, era que amaba a Taiga.

Lo amaba.

Y no quería compartirlo.


El baño estaba completamente tibio con todo el humo que salía mientras Kagami se higienizaba debidamente dentro de la bañera que era del tamaño de una cama King size del cuarto de baño, este último era bastante amplio, incluso más grande que el departamento donde vivía Aomine; las paredes eran de azulejos celestes y solo una media pared dividía la habitación, para marcar la zona de la bañera con el inodoro y lavamanos que estaban un metro luego de abrir la puerta. Dentro de esa pared divisora estaban acomodadas las toallas.

Ya estaba curado completamente, así que no se resistió que necesitaba esto para relajar su cuerpo. Todavía sentía hervir la zona de su cuerpo que Aomine acarició ayer mientras se besaban, ese recuerdo se repetía en su mente y le hacía sonreír de manera amplía, feliz. No se preocupaba por el hecho de que ambos fueran hombres, ni de especies diferentes, para nada.
Al contrario, eso lo hacía más emocionante.
Ayer no terminó de hablar con el peliazul, puesto él también necesitaba descansar pese a que sus heridas ya estaban curadas. Lo había ido a ver en la mañana, pero seguía dormido, por lo que prefirió no despertarlo.

Se sentía plenamente dichoso de sentirse correspondido y parecía que todos los negativos momentos que vivió con Daiki hubieran quedado borrados; los recordaba sí, pero ciertamente, nunca le tuvo rencor por nada.
Taiga suspiró y se echó agua a la cara, una vez ya terminado el proceso de higienización, sintiendo su corazón palpitar con fuerza por los buenos recuerdos que el peliazul traía a su mente, salió de la bañera, justo cuando la puerta fue abierta.

Aomine miró de pies a cabeza el cuerpo desnudo del pelirrojo, como si examinara una bella pintura y luego sonrió.

—Bonita manera de decirme los buenos días.

— ¡¿Qué demonios estás haciendo, Ahomine?! —rugió Kagami, preso de la vergüenza y trastabilló porque estaba saliendo de la bañera. Se sonrojó violentamente y miró asesinamente al lycan frente a él a la vez que se cubrió con su toalla— ¡Sal de aquí!

—Te estaba buscando y tardabas mucho para salir —contestó Aomine sin inmutarse por su acción, hasta sonrió con cierto cinismo—. No te tapes, no tienes cosas de que avergonzarte conmigo aquí —su mirada adquirió cierto brillo que hizo estremecer al chico.

— ¡Es todo lo contrario!, aunque tenga buen cuerpo, ¡no soy un sinvergüenza como tú, cabrón! —la cara de Kagami seguía roja y su corazón acelerado. Era peligroso, no en el mal sentido, sino qué recibir ese tipo de miradas del otro le hizo sentir diferente; no simple lujuria, no. Sino algo más— Es más, sí querías usar el baño, pudiste ir al patio —añadió, ya con su color normal de piel.

—Ni que fuera un perro, Bakagami. No me compares con simples caninos —ordenó Aomine con una sonrisa de irritación.

—Pues si no quieres ser tratado como animal, ten algo de modales, idiota —repuso Kagami, rodeándose su cadera con la toalla, dejando escurrir el agua por su bien formado cuerpo.

—Sí quieres eso, deberías dejar de lucirte así frente a mí —señaló Aomine con una sonrisa prepotente y una mirada de depredador—. No hagas que el lobo quiera comerte —le molestó.

—Pervertido —Kagami le fulminó con la mirada y haciéndose el rudo, terminó por salir del baño con la toalla en su cadera bajo los penetrantes ojos del peliazul, que sonría por lo bajo.

Después de eso, el pelirrojo se dedicó a vestirse mientras que el lycan también se bañó.

Serían alrededor de las dos de la tarde—los chicos se levantaron algo tarde hoy— cuando Kagami estaba empezando a cocinar; Alex le fue a saludar al ir por algo de fruta y luego de llenarle de mimos, regresó a su laboratorio, puesto parecía bastante ocupada con algún experimento. Luego de eso, Aomine se hizo presente en la cocina al sentir el olor delicioso de la cocina, vistiendo simplemente una sudadera negra arremangada hasta sus codos, sin usar camisa, y un jeans del mismo color con unas zapatillas de deporte. A él no le inmutaba mostrar su cuerpo bien formado, al contrario, lo hacía con orgullo.

— ¿Vas a comer? —le preguntó Kagami sin verlo, concentrado en las milanesas que freía con entusiasmo y concentración.

—Eso es obvio —contestó Aomine con cierto aburrimiento, viendo la expresión del pelirrojo mientras cocinaba; le gustaba como se veía. De modo que no se resistió y se acercó para abrazarlo por detrás y ver curioso lo que cocinaba.

— ¡¿Q-qué estás haciendo?! —exclamó Kagami, sorprendiéndose y sintiendo como su corazón aceleró por ello, viéndole con aparente molestia.

— ¿Qué no puedo cortejar a mi chico? —inquirió Aomine, viéndole fijamente.

— ¡…! —Kagami se avergonzó y luego de verle de mala manera, regresó su vista al sartén para voltear las piezas de pollo— No mientras cocino, idiota. Me desconcentras —farfulló.

—Eso es natural —espetó Aomine tomándose eso como un halago y sonrió por lo bajo.

Aun así, el pelirrojo no relajó su expresión y siguió mostrándose enfurruñado, mostrando esa rudeza que le caracterizaba sus facciones, pero no quitaba el hecho de sentirse ligeramente avergonzado.

— ¿Siempre cocinas para tus chupasangres? —cuestionó Aomine nuevamente, esta vez mostrando ligera curiosidad en su mirada, apretando más sus brazos alrededor de la cintura ajena.

—Ellos no necesitan comer alimentos mundanos, esta comida es para mí —contestó Kagami, centrándose lo mejor que podía en terminar de freír las milanesas, cosa que resultaba imposible porque sentía el calor emanar del cuerpo ajeno. Como vestía una camiseta roja y unos bermudas grises, fue fácil notar para él que el moreno no tenía camisa.

—No importa cuando la vea, sigue siendo demasiado para una sola persona —Aomine arrugó un poco el ceño, de verdad que no sabía a donde iba a parar todos los kilos de comida que el pelirrojo ingería.

—Hum… —Kagami suspiró y se removió— Suéltame ya, no puedo cocinar así —se quejó, ladeando el rostro para ver al chico de orbes azules.

Daiki simplemente le miró y sonrió ligeramente para extender la diestra y robar un pedazo del milanesa de pollo, de las que ya estaban listas y la comió sin pena.

— ¡No comas así! —amonestó Kagami, amenazándolo con su espátula de metal.

—Eres un escandaloso —Aomine puso los ojos en blanco y bostezó—. De cualquier forma, está bueno.

—Por supuesto que está bueno, ¡soy yo quién cocina! —sonrió Kagami con orgullo y volteó el último pedazo de milanesa que faltaba por freírse. Tal parecía que ya se había acostumbrado a tener al moreno pegado a su cuerpo mientras seguía cocinando, porque no se volvió a quejar, simplemente se reacomodó.

Y Aomine sintió como el cuerpo alto del pelirrojo entraba bien en sus brazos, y eso que los dos eran casi de la misma altura y masa muscular. De alguna forma ellos dos se amoldaban a la perfección.
Decidió quedarse callado y observar como Kagami seguía cocinando con esa sonrisa que hizo luego de que le halagó de forma aparentemente desinteresada. Realmente al peliazul le daba igual el esfuerzo que hicieran las personas, él no era que soltara halago tras halago por mero orgullo, pero esta vez no pudo evitarlo, además no es como si fuera a hacerlo diario. Cerró sus ojos y se concentró en respirar el aroma de Taiga; ese que no era humano, pero ni de vampiro ni licántropo. Era un aroma extravagante, una esencia salvaje, aunque elegante. Y no supo en que momento terminó quedándose dormido encima del pelirrojo.

A Kagami se le escurrió una gotita de sudor y le saltó una venita en su sien de una minúscula irritación cuando sintió el pesado cuerpo del peliazul recargarse más en su espalda; giró la vista y se dio cuenta que estaba dormido con la nariz pegada a su hombro, haciéndole cosquillas.

—Eres un completo Ahomine —masculló con una sonrisa cálida, porque la "molestia" se le pasó al darse cuenta que el rostro del peliazul se veía tan relajado, al fin dejó de estar a la defensiva y dejó de parecer que sufría en sueños.

Suerte que terminó de freír todas las milanesas y mucho antes ya tenía picada la ensalada y demás cosas con las que acompañaría la comida. Incluso había hecho jugo para tomar.
De modo que con todo el cuidado que su tacto tosco el permitió, se dio la vuelta rápidamente para impedir que el peliazul terminara cayéndose y lo abrazó, pasando sus manos por el torso ajeno. No se movió después porque se quedó embriagado respirando el olor ajeno, ese que olía a la humedad del bosque; salvaje y libre.

—Idiota, despierta ya, no podremos comer así —dijo Kagami, alzando la voz, fingiendo enfado a la vez que removió el cuerpo ajeno.

Lo único que recibió como respuesta fue un suspiro en sueños y los brazos de Aomine volvieron a abrazarle con fuerza, empujándolo contra la barra. Qué bueno que la estufa ya estaba apagada, sino seguramente el pelirrojo se quemaría.

— ¡¿Cómo es posible que puedas dormir así?! —exclamó Kagami, impacientándose porque el otro chico seguía inmune a sus palabras, hasta empezaba a creer que lo hacía a propósito y como sabía lo fastidioso que podía ser el ajeno, lo empezó a creer. Por ello, terminó empujándolo para librarse.

Sin embargo, los sentidos de Aomine le alertaron de ello y haciendo gala de sus geniales reflejos, despertó y jaló del brazo al pelirrojo, sin evitar la caída, causando que este cayera encima de su persona, pero sin ser golpeado por el suelo.

—Hey, Bakagami, ¿no te han dicho que no debes tirar a la gente para despertarla, hah? —Aomine frunció el ceño.

Por otro lado, el pelirrojo se quedó mudo por la posición en que cayó; sus piernas quedaron acomodadas a cada lado de la cadera ajena y sus manos a cada lado de la cabeza del peliazul. Y este último le tenía sujeto de la cintura. ¡¿Qué clase de caída había sido esa para terminar quedando en esa posición?! Sí, sí, a la hora de la hora, Kagami era realmente un dotado sexual, pero en momentos espontáneos y "normales" como estos, parte de su naturaleza vergonzosa se hacía presente.

— ¡¿Y qué a ti no te han dicho que no debes dormir encima de la gente y más cuando están cocinando, heh?! —replicó Kagami, con irritación e hizo ademán de incorporarse.

—Oh, vamos. No fue tan malo, después de todo soy yo —Aomine impidió que el otro se incorporara y sentándose con el otro todavía montado en su regazo, lo jaló para abrazarlo a la vez que sonreía arrogante y coqueto.

—Idiota presumido —resopló Kagami, dejándose abrazar y acomodándose mejor—. Y te equivocas, fue todo lo contrario —le provocó, viéndole con un gesto arrogante.

— ¿Ah, sí? —Aomine le sujetó de la barbilla, con un gesto desafiante e irritado.

— ¡Sí, Ahomine! —exclamó Kagami y sonrió de forma torcida para empujar al peliazul otra vez y en esta ocasión se acomodó entra las piernas de este.

— ¡Hah, tú, Bakagami! —pero Aomine no se lo tomó a mal, simplemente sonrió con desdén y golpeó los glúteos ajenos con sus pies por la posición de ahora, mientras le sujetaba de la cabeza, así como jalaba la ropa ajena.

— ¡Cabrón! —gruñó Kagami, sonrojándose al sentir aquel roce en sus glúteos, forcejeando para soltarse de los brazos ajenos. Y entre más se movía, más sentía como el pecho desnudo del lycan le causaba un cosquilleo en su estómago por cada roce.

—Vaya, estás tan rojo como tu cabello, Bakagami —le molestó Aomine con una sonrisa fastidiosa, jalándolo para apegarlo más en contra suyo y así admirar mejor el rostro ruborizado del chico.

— ¡Cállate, Ahomine! —reprochó Kagami y al notar que el otro volvería a abrir la boca para decir quién sabe qué, lo jaló de la sudadera para plantarle un beso.

Daiki se sorprendió un poco, porque como estaban las cosas, no pensó que el pelirrojo tomara la iniciativa, pero tal parecía que ese chico lo seguiría sorprendiendo siempre. Y gustoso, enredó sus dedos en las hebras rojas ajenas para corresponder al ósculo.

Sus labios se movían de forma sincronizada y ferviente, de forma lenta, pero profunda. Las lenguas de ambos todavía no hacían presencia, porque no eran necesarias… aún. El nexo era bastante sentimental y las caricias no se hicieron esperar mientras seguían besándose, comiéndose ahora prácticamente; ese sería su almuerzo.
Las manos de Kagami recorrieron el pecho desnudo del moreno, como si estuviera memorizándolo entre sus dedos y mordió el labio inferior impropio; en consecuencia la lengua del peliazul penetró la boca del otro chico, buscando dominancia en el beso de forma apasionada. Pero la lengua del pelirrojo le devolvió la exquisita y húmeda pelea, haciendo que el aire en los pulmones de ambos empezara a extinguirse maravillosamente, causando jadeos en los dos.

Debido a que en esta ocasión Taiga estaba acomodado entre las piernas ajenas, se empujó más hacía enfrente, causando que las entrepiernas de los dos se rozaran accidentalmente, haciéndolos gruñir. Pero Daiki no se quedó atrás, para nada y se dio la vuelta para dejar ahora al pelirrojo contra el suelo.

—Para ser alguien vergonzoso, no tienes una pizca de inocencia —dijo Aomine de forma gutural y una sonrisa de suficiencia, pues la excitación empezó a hacerse presente y como no, si ese condenado pelirrojo era realmente candente.

— ¿Quién dijo que lo era? Tú solo sacaste tus conclusiones —repuso Kagami con una sonrisa felina. En estos momentos no había ni rastros del chico vergonzoso de hace unos minutos.

—Realmente eres un tigre, Kagami —la forma en que Aomine lo dijo, hizo sentir orgulloso al pelirrojo.

Los ojos de Taiga le vieron con un brillo insano de necesidad y sentimiento, que dejaron mudo al moreno. Y como las palabras volvieron a ser innecesarias, retornaron a besarse.

Esta vez, las manos del moreno se metieron dentro de la camiseta ajena y acarició ese bien formado abdomen, pellizcando el ombligo de este que hizo que Kagami soltara un pequeño gemido ahogado, estremeciéndose y sus manos rasguñaron ligeramente el pecho moreno haciendo gruñir al lycan.
Los dos chicos sonrieron entre el beso, haciéndolo más pausado, sin quitarle la pasión al asunto, con sus lenguas presentes.

Con este maravilloso desarrollo, la comida incluso se les olvidó y ni notaron que Alex se había pasado por ahí por algo de agua, misma que decidió no interrumpir y dejar a la pareja ahí, yéndose con una sonrisa.

La rubia estaba feliz, pero de cierta forma, ahora le preocupaba Tatsuya.


Ese día, era de noche y la luna de este día estaba en cuarto menguante, que lograba iluminar varios pasillos y las calles de la ciudad de Londres, justo cuando ciertos chicos iban caminando ahí, despreocupados de que serían alrededor de las once y media y en estos tiempos, salir a esa hora era un tanto peligroso; pero se trataba de Kagami y Aomine, así que estaban bien.

El moreno iba con el ceño ligeramente fruncido, pero aun así expresando relajación por cada poro, vistiendo una camisa sin mangas de color azul más claro que su cabello, de la cual tres de los botones iban desabrochados, dejando ver el paisaje que era su pecho con esos pectorales. Un pantalón negro y unos botines militares del mismo color hacían juego también; su atuendo era bastante fresco, sin importar el viento que corría por el otoño.
Y el pelirrojo por otro lado, iba vistiendo un jeans color beige, acompañado de una camiseta roja y sobre de esta una camisa de mezclilla celeste de mangas cortas, además que su collar con el anillo relucía. Su calzado eran un par de zapatillas de deporte, un estilo más casual que el del lycan.

— ¿Por qué demonios tardamos tanto en llegar, Kagami? —cuestionó Aomine de mala manera, resoplando con impaciencia. Ya llevaban como veinte minutos caminando y como él era alguien que no estaba acostumbrado a moverse a velocidad mundana, pues esta salida no le sentó tan bien.

—Solo faltan unas cuadras más —respondió Kagami, viéndole de reojo y luego frunció el ceño—. No se te ocurra transformarte —le advirtió.

—No me digas que hacer, Bakagami. Además, si ya estuviera transformado, desde hace mucho hubiéramos llegado —le echó en cara Aomine con una mueca de prepotencia.

—De ninguna manera —zanjó Kagami, ahora viéndole y es que sabía que sí el otro se transformaba, sería cargado y no era ninguna nena para eso. Tenía orgullo—. Si tan impacientado estás, no hay necesidad que sigas acompañándome, Ahomine.

Todo esto se dio, porque ahora que el pelirrojo estaba completamente sano, había decidido ir a ver qué tal estaban Kyoshi y Riko desde aquella vez, sin embargo, Daiki no iba a dejar al humano salir solo de noche, porque ahora que había empezado su aceptación por sus nuevos sentimientos hacía Taiga, ese lado protector estaba saliendo. Y aunque sabía que el pelirrojo no era alguien débil, no podía evitarlo, así como tampoco evitaría hacerlo.
Aomine chasqueó la lengua y se dio media vuelta, tomando por sorpresa al pelirrojo que no creyó le tomara la palabra, e iba a replicar, cuando notó como el primero le quitó el seguro a una motocicleta. Qué suerte que una cuadra atrás acababan de pasar ese bar y sobre todo porque esa belleza de máquina se veía perfecta.

—Si no podemos usar mi velocidad para ir más rápido, usaremos a esta nena —Aomine sonrió victorioso, teniendo un aspecto sumamente sexy al estar montado en dicho transporte. No pasó ni cinco segundos cuando encendió la moto bajó la mirada asombrada del pelirrojo, cuando el dueño de dicha máquina hizo aparición y que por su aspecto, daba facha de ser el líder de alguna pandilla. Pero Aomine no le dio importancia y con su mismo gesto de arrogancia, puso en marcha la motocicleta hasta llegar a donde el humano.

— ¡¿Pero qué es lo que estás haciendo, Ahomine?! ¡¿Robar una moto?! —regañó Kagami, una vez el peliazul llegó a su lado.

—Deja de quejarte, no seas aburrido —ordenó Aomine con diversión y ladeó el rostro para ver mejor al pelirrojo—. Anda, sube. Te enseñaré lo divertido que puede ser viajar conmigo, así que muéstrate agradecido.

— ¡No lo digas como si me estuvieras haciendo un favor, idiota! —Kagami le miró con irritación, pero no se negó a subirse en la famosa motocicleta al ver a los tipos ya reunidos que sacaban armas para que les devolvieran el transporte; no les temía, él era alguien poderoso, mas no quería problemas.

—Sujétate bien, Bakagami, no queremos que te caigas —dijo Aomine con el tono coqueto y sujetó las muñecas al humano para jalarlo contra su espalda y así enrollar parte de los brazos impropios sobre su cintura.

—Ya sé cómo debo montar una moto —bufó Kagami, pero no se quejó, ¿por qué debería de hacerlo? Si la cercanía del licántropo era gratificante—. Huh, parece que te quieren hacer competencia —añadió, al ver de reojo hacía atrás a los mismo tipos montándose en otras motocicletas.

—Están a siglos de superarme. Yo soy el mejor —alegó Aomine como si fuera obvio, con una sonrisa egocéntrica.

—Perro que ladra no muerde, Ahomine. Mejor deja de hablar y demuéstralo —le provocó Kagami, sonriendo traviesamente.

Daiki le miró de reojo y su sonrisa se ensanchó. Ese lado del pelirrojo como le gustaba.
No dijo nada más y volvió a poner en marcha la motocicleta diez segundos antes de que los otros tipos empezaran a moverse también.

Y la carrera comenzó.

Taiga sonreía de oreja a oreja del mismo modo que el peliazul, quien iba más rápido del límite permitido en aquella zona de la calle, pero siendo como era, eso le valió pepino. Los otros tipos estaban alcanzándole, puesto tampoco se quedaban atrás mientras les gritaban una sarta de amenazas y groserías, que aunque al principio hicieron enfadar al pelirrojo, luego les ignoró y se concentró en el paisaje que apenas y se podía ver por la velocidad.
Cambió su visión a sus brazos, que estaban enrollados contra el torso de Aomine y sintió un maravilloso cosquilleo en su piel, lo cual le hizo sonreír cálidamente y sus ojos brillaron; esa expresión fue vista por el lycan desde el espejo de la motocicleta haciéndole sentir complacido, sonriendo de igual forma.

Pasó de ser un momento de simple acción y ahora en la adrenalina un sentimiento más se unió, haciendo todo más intenso.

No obstante, la burbuja que solo Kagami y Aomine eran capaces de crear se rompió cuando un balazo resonó en el aire, como advertencia. El segundo se puso alerta de manera discreta, porque aunque sabía ni con balas serían capaces de alcanzarlo o hacer que se detuviera, tenía al pelirrojo expuesto por ir en la parte de atrás.

—Desgraciados —les gritó Aomine con burla y una expresión bastante sádica, girando el rostro para que vieran en sus ojos la amenaza de que no dudaría en matarlos si se pasaban de listo, pese a que inicialmente él tuvo la culpa. Pero el licántropo siempre hacía lo que quería— Agárrate fuerte, Kagami —repitió nuevamente y apretó el acelerador, inclinándose un poco más adelante.

— ¡Hey, Aomine, espera…! —exclamó Kagami al darse cuenta de lo que el peliazul pretendía.

A diez cuadras más adelante, estaban transitando un par de camiones de carga y el moreno seguía avanzando pese a que el semáforo estaba en rojo. Era una fortuna que no los hubiera visto algún policía o estarían en problemas… igual estaba seguro de que Aomine no se detendría.

—Heh, te dije que soy el mejor, ¿recuerdas? —inquirió Daiki con exceso de confianza y continuó metiendo velocidad, de tal modo que el viento los golpeaba firmemente a la cara, alborotando sus cabellos.

—Eres un completo idiota —gruñó Kagami con una sonrisa. No tenía miedo, realmente no lo sentía y se abrazó más al torso ajeno con la vista fija en los camiones que al estarse cruzándose, solo les dejaban un mísero espacio para pasar por ahí.

El peliazul cerró los ojos unos segundos al sentir el ahora fuerte abrazo que el pelirrojo le dio, encantado y tratando de no desconcentrarse. Finalmente, sonrió de forma un tanto sádica y esquivó los demás carros de la calle, ignorando los pitidos de queja, todavía con los otros bribones persiguiéndolos. Vio como uno de ellos les apunto como la pistola, pero hacía la llanta.
Fue en vano, porque Aomine la esquivó y les dedicó un gesto engreído y superior, irritando a ese grupito. Eso causó que los balazos empezaran a llegar, de forma lenta por la zona y hacía la motocicleta por ahora nada más.

—Están a un millón de años para superarme, bastardos —siseó Aomine y entonces, aceleró sacando todo el potencial de la motocicleta y logró pasar justo a tiempo entre los dos camiones, que solo un segundo después, cerraron el paso.

Así lograron quitarse a los otros que les perseguían y Kagami no hizo más que ver hacía atrás con un par de risas.

—Tú estás realmente mal de la cabeza, ¿sabías?

Aomine le miró de reojo y acentuó su sonrisa, a una picara.

—Heh, ¿y ahora que lo has notado te volviste a enamorar de mí, Kagami?

—Idiota —Taiga se enfurruñó y trató de ocultar su sonrojo al acercar su rostro a la espalda ajena por unos segundos. Momentos después, sonrió—Como sea, la casa de Hyuuga está a dos cuadras a la izquierda, en las vías abandonadas del tren —señaló con un gesto de la cabeza.

—No me trates como si fuera tu chofer —espetó Aomine, fingiendo molestia.

—Tú eres quién se dispuso a manejar, no es mi culpa —Kagami puso los ojos en blando.

—Es cierto, hacer esto tiene sus ventajas —la sonrisa que Aomine le dedicó al pelirrojo, hizo que su corazón se derritiera cual chocolate caliente. Luego una de sus manos fue a acariciar las del mundano que le sujetaban su cintura, entrelazando suavemente los dedos.

—Fija tu atención en la calle al manejar, Ahomine —amonestó Kagami, avergonzado ligeramente.

—Soy un licántropo, mi atención no es tan simple como la humana —Aomine hizo un gesto socarrón.

Kagami le fulminó con la mirada, sintiéndose un poco ofendido, puesto él era un humano. Y de repente, tuvo una idea, por lo que sonrió confianzudo.

—Pues, si ese es el caso… —se inclinó y le dejó un beso cariñoso en la mejilla al peliazul, de forma lenta— Ha valido la pena el viaje —susurró.

Ahora fue el turno de Aomine para sorprenderse por ese gesto tan abierto y demostrativo. No se lo esperó y por ello, se avergonzó breves segundos. Realmente, con el pelirrojo los momentos tiernos y porque no decir románticos o cursis, le salía natural y eso que él no era del tipo de hombre así. Pero ahí estaba.

—Por supuesto que lo ha válido, Bakagami.

El pelirrojo sonrió victorioso al notar la vergüenza ajena, pero no dijo nada más y se apretó contra su cuerpo.


Asdjdsaljdaskldsklasd, 7u7.

Dioses, como me emociono al escribir el desarrollo amoroso de estos x'D. Y como notaron, este capítulo fue más calmado y lleno de amorts, huehue, así que disfrútenlo mientras se pueda(?).

¿Qué piensan sobre Himuro? eue

Bueno, espero me puedan dejar sus opiniones al respecto del capítulo y pues sí lo que les dije se cumple, mañana les publicó otro cap x3.

¡Nos vemos! Y aquí les dejó el Spoiler de todos modos :3

— ¿A dónde se supone que iremos? —demandó saber Aomine, como si fuera el mandamás, haciendo molestar un poco a cierto alfa pelinegro.

—A un prado que está a ciento setenta kilómetros —respondió Riko—. Antes no turnábamos para llevar a Kagami-kun —añadió como quien no quiere la cosa y sonrió discretamente.

— ¡Eso no…!

— ¿Te cargaban? —Aomine enarcó una ceja, burlándose, pero mitigar un poco el aire de celos que embargó al imaginarse a otros tocando o cargando al pelirrojo— Vaya que eres un bebé.

— ¡No es así, imbécil! —exclamó Kagami, ruborizándose ligeramente.

—Nosotros simplemente dejábamos que Kagami nos montara, nada grave —intervino Kiyoshi, palmeando la cabeza del pelirrojo.

El aludido chico farfulló quejándose y se apartó la mano del castaño.

—… —Aomine ya ni se burló, sencillamente frunció el ceño y les miró sin gracia. No le gustaba para nada imaginarse la escena, una donde el pelirrojo iba montado en un licántropo como si fueran caballos y aun así este se negaba a que lo cargara— Vale, entonces, Kagami, no usaremos la motocicleta —chistó sin más con una sonrisa algo macabra.

— ¡No, Ahomine, rotundamente no! —Kagami se alertó, leyendo todo en la mirada el peliazul, por eso no quería se enterara de los pequeños "aventones" que sus otros amigos licántropos les daban, pues haría algo como esto.