¡Holaaaa! Asdasdasddsa, sé que me tardé dos semanas, pero el fin de semana pasado tuve algo súper-mega importante que hacer, por lo que solo pude actualizar mi otro fic AoKaga UwU. Seguro si este capítulo fuera más corto, me hubiera dado tiempo de editarlo para actualizar, pero como notaran, no es nada cortito, de hecho, es el más largo hasta ahora de la historia, jaja.
De verdad lamento no haber actualizado, sin embargo imagino que con todo lo que viene ahora, seguro serán felices(?).
¡Agradezco mucho sus comentarios, follows y favs! Ustedes son geniales :3.
Disculpen si tengo algún error ortográfico o incoherencia narrativa.
Definitivamente, ahora Aomine no se contendría en lo más mínimo y como los ojos de Kagami brillaron de la misma manera que él, supo entonces que le estaba dando completa luz verde en esto y por supuesto que la aprovecharía.
Soltó un gruñido por la excitación que empezó a crecer al contemplar el cuerpo del pelirrojo debajo de él e iluminado por el amanecer; ese perfecto torso musculoso y de tono bronceado que parecía brillar. De verdad que Kagami era alguien deslumbrante.
Se relamió los labios y volvió a besarle con fiereza, acomodándose entre las piernas ajenas y sintiendo las manos del chico pasearse con desesperación por su espalda. Empezó a jadear cuando Kagami dejó de besarle para morderle los labios, como si fueran comida; los chupaba, succionaba, los lamía con fuerza y mordía, mientras compartían miradas intensas, haciendo el acto realmente sensual. Los miembros de ambos empezaron a palpitar con solo esas pequeñas acciones, por ello Aomine bajó su cabeza para atrapar uno de los pezones del pelirrojo y sin cuidado alguno, lo mordió y jaloneó como quiso, chupándolo de igual manera.
Kagami gimió y se estremeció con ramalazos de excitación, la saliva del peliazul contra su carne fue algo realmente electrizante. Así que alzó su pelvis para chocar con la ajena, friccionándose ambos así y ante eso, Aomine sonrió gimiendo roncamente, sin apartar sus ojos de los ajenos.
Los jadeos del pelirrojo aumentaron cuando el moreno continuó la misma acción en su otro pezón y sus ahora endurecidos miembros se rozaban con más descaro, estaba sonrojado ligeramente por el calor del momento y ahora no había nada de aquel muchachito vergonzoso y pudoroso. Porque sus manos no se quedaron quietas y las estiró para desabrocharle el pantalón a Daiki mientras este seguía chupándole sus pezones, liberándole la erección.
—De alguna forma… ngh, no me sorprende que no uses ropa interior —jadeó Kagami, respirando agitadamente.
—Ayuda en momentos como este —ronroneó Aomine como un felino con una sonrisa bastante sexy. Mordió con fuerza el pezón impropio a la vez que sus manos también desabrocharon el pantalón ajeno. No se demoró en bajarle la ropa interior tampoco y así ambas erecciones hicieron contacto.
Los dos gimieron con fuerza y la tibieza de su piel paso a ser un incendio.
Taiga sujetó el pene de cada uno con ambas manos para empezar a masturbarse así, sintiéndose complacido al oír los gruñidos de placer que el peliazul empezó a sacar, dejando sus pezones por unos segundos, estremeciéndose también por las fuertes sensaciones del placer y el amor combinadas.
Daiki comenzó a dejar una serie de besos desde el estómago, rozando sus dientes superiores en esa zona con fuerza, rasguñando la piel del pelirrojo, quien suspiró por la acción y apretó más las erecciones de ambos, porque no podía quedarse quieto y dejar que el lycan hiciera todo, ese no era su estilo. No importaba quien le diera a quién.
El peliazul succionó con fuerza la piel de abdomen ajeno por aquel apretón, gruñendo y volvió a morderle ahí, haciendo al pelirrojo gemir nuevamente. Este último tuvo que dejar las erecciones porque Aomine continuó bajando y bajando más hasta llegar a su vientre, donde lamió toda la zona, rozando su mandíbula con el vello púbico, cosa que le hizo sentir más cosquillas. Kagami alzó su cabeza justo cuando la mano morena del ajeno le sujetó la base del pene y le sonrió de forma ladina para luego chuparle el glande, apretándolo con sus labios como si inhalara de este.
— ¡Aagh…! —Kagami empuñó sus manos y echó la cabeza hacía atrás al sentir el cálido aliento empezar a rodearle su palpitante erección. Sus ojos buscaron los zafiros con frenesí y no detuvo a sus manos cuando sujetaron del rostro al moreno para guiarle la boca otra vez contra su pene, embistiéndole esta.
Esa acción vaya que tomó por sorpresa a Aomine, seguramente si estuviera con cualquier otra persona teniendo simple sexo, eso le hubiera molestado, porque siempre era él quien llevaba el control a la hora dé. Pero se sorprendió a sí mismo encontrándose más bien divertido y asombrado por lo que el pelirrojo terminó haciendo, ¿a dónde se había ido el lado vergonzoso que en más de una ocasión le mostró? No cabía duda de verdad que Taiga lo sorprendía cada vez más.
Daiki dio una arcada por la pasión con que fue embestido en su boca y tomó aire lo mejor que pudo, y como venganza, rozó con sus dientes aquella erección y la apretó lo más que pudo con su lengua contra su paladar, sintiendo como el cuerpo del de tez bronceada se estremeció de golpe. Y yo que pensaba ser cariñoso, pensó Aomine, correspondiendo a la mirada del otro chico.
Pasó a sujetar de las muñecas a Kagami, pero no para quitarse las manos de este, más bien para acompañarlo en los vaivenes, guiándolo de igual forma. Y en el rostro del pelirrojo se formó una sonrisa perversa, que dejaba ver el placer que esas acciones le estaban dando, para luego pasar a una seria, bastante sexy y deseosa que hizo que la erección del peliazul vibrara por atención.
Joder que la vista que tenía ahora del humano era sin lugar a dudas, la mejor que había visto en todo este siglo de vida en el mundo mundano. Ahora sentía que no podía contenerse más, sintió de pronto una maldita ansía repentina, algo que incluso podía resultar mágico sin lugar a dudas, como si fueran un millón de estrellas fugaces que se movieran dentro de su ser, pidiendo por salir de alguna manera u otra.
Las palabras ciertamente no eran necesarias en estos momentos, parecía que entre ellos, se entendían con las simples miradas, con sus respiraciones. Era como si estuvieran yendo al final del infinito, las sensaciones y emociones que los embriagó se sentían justamente así.
Entonces, Aomine aumentó los vaivenes en aquella felación y Kagami gimió audiblemente, para después quedarse dando gruñidos bajos, como si no quisiera que el bosque lo escuchara disfrutando de la boca húmeda y caliente del licántropo.
Inclusive el peliazul sintió como el miembro de Taiga tocó su garganta y lo que para un humano normal hubiera provocado más arcadas, él simplemente continuó engullendo y chupándolo como si de verdad quisiera tragárselo como si un vil y buen pedazo de carne fresca se tratarse. Y literalmente lo era, pero él se lo comería de otra manera, claro.
— ¡N-no puedo… agh, espera… hm! —gruñó Kagami con el placer saliendo de su boca como si fuera fuego.
Un fuego que golpeó el rostro de Aomine y se sacó aquel palpitante miembro, deteniendo así el seguro orgasmo que el pelirrojo hubiera tenido sino se hubiera detenido.
—Aún no es momento de que te corras, Taiga —anunció Aomine con una sonrisa entre lasciva y cariñosa, dándole una expresión bastante seductora.
El mencionado muchacho se ruborizó—más de lo que ya estaba por el calor del momento— al oír su nombre de pila salir de aquella hermosa y grave voz. Sintió que su estómago caía a sus pies y luego se elevaba hasta el mismo cielo con las estrellas, porque sí, le encantó como sonaba su nombre de la boca del moreno.
Y este lo notó, por lo que se relamió sus labios y se inclinó para empezar a besarle desde el vientre, subiendo por su abdomen, pecho—repartiendo más de un beso ahí en línea recta—, cuello, mandíbula, hasta los labios de Kagami, mismos que lo recibieron de forma explosiva, devolviéndole el beso como si eso fuera lo que le diera oxígeno a sus pulmones.
Aomine apoyó ambas manos en el suelo que tenía un pasto muy corto, a cada lado de la cabeza del pelirrojo para seguir besándolo con ansías, con deseo, con amor y las manos ajenas le recorrieron desde la cadera, hasta el torso para abrazarlo y acariciarle la espalda. Dada la posición, sus erecciones volvieron a frotarse y empezaron a mover sus caderas para buscar más aquel calor que producía la fogata que era ahora su alma. Se movían de forma fuerte, casi salvaje, tanto así que la playera que Kagami puso en el suelo para recostarse ahí, terminó moviéndose y ya no cubría el lugar que debería cubrir.
Eso era lo de menos, porque la verdad, ellos querían más y ahora que estaban empezando, no se iban a detener en lo más mínimo, por nada.
Por eso fue que de un momento a otro, entre el semejante beso que ya los tenía jadeando a ambos, Taiga terminó usando su fuerza corporal para volverse, dejando al moreno ahora debajo suyo. Y Daiki hizo ademán de protestar entre el ósculo, pero el pelirrojo se le adelantó a hablar, no sin antes dejarle una buena mordida en el labio inferior.
—Yo también quiero complacerte…, Daiki —musitó Kagami. Sentía que el corazón podía salírsele del pecho al pronunciar el nombre del moreno, pero era lo que quería hacer y se dejó llevar.
Aomine le contempló como si estuviera admirando una lluvia de estrellas. Se quedó sin palabras momentáneamente, ¿qué acaso no existía un límite para todas aquellas sensaciones de felicidad y placer que el pelirrojo le causaba? Y bueno, era algo de lo que no se cansaría de experimentar.
—Heh, entonces hazlo, Tigre —susurró, alzando un poco la cabeza para depositar un beso casto, pero ferviente sobre la boca ajena y finalmente dedicarle una sonrisita coqueta y por demás complacida.
Kagami no supo porqué, pero eso le hizo avergonzarse un poco. Le gustaba mucho, le enamoraba más la forma en que el peliazul le miraba. Sacudió sus pensamientos y le devolvió la sonrisa.
Estaba por empezar a bajar en busca de la virilidad contraria, cuando los hábiles brazos de Aomine habían invertido las posiciones con tal rápidez propia de un hombre lobo, que el pelirrojo se quedó sin aire unos segundos; no supo en que momento pasó o cómo que no lo vio venir, pero ahora su posición estaba invertida. Es decir, Daiki seguía debajo de él pero la cabeza de Taiga estaba justo en frente de la virlidad del anterior mencionado y su propia virilidad chocaba contra la boca del moreno. En pocas palabras, era un sesenta y nueve.
— ¡Pero qué…!
—Eres lento, Taiga —Aomine rió entre dientes, socarrón—. Y además, yo también quiero continuar probándote.
Dicho eso, no dejó al pelirrojo tiempo para protestar; le sujetó de sus glúteos, dada la posición de ahora y enterró su boca contra el ano contrario para lamerlo.
— ¡Ngh! —gruñó Kagami, estremeciéndose de golpe y dándole un rasguño involuntario a la pierna del moreno. No era la primera vez que esa zona de su cuerpo recibía estimulo, pero hacía bastante tiempo de que eso pasó, sin embargo el hecho de que fuera el peliazul quien ahora le lamía ahí… Le hizo sentir como si siguiera siendo virgen. Porque aunque no era así, las sensaciones que le llenaron el pecho fue como si estuviera por vomitar arco iris, fueron tan poderosas que su pensamiento empezó a nublarse y ya no entraba nada más que la simple imagen del lycan.
Y ahora realmente le daba igual quién le daba a quién, solo sabía que quería sentir más al moreno y quería que este lo sintiera a él.
De modo qué, apresó con ambos manos la base del falo de Aomine y se lo metió entero a la boca, succionándolo, haciendo que sus mejillas se ahuecaran un poco por ello. Cerró los ojos como si fuera un delicioso manjar y la verdad es que sí lo era; el sabor del peliazul lo excitó todavía más y lo animó a continuar; seguramente ese sabor se quedaría pegado en su lengua a partir de ahora.
¡Oh, maldita sea!, pensó Daiki cuando sintió atrapada su erección entre la cavidad oral del pelirrojo, mierda qué se sentía un bendito precoz, como si se fuera a correr en cualquier momento así de rápido si Taiga seguía chupándosela de esa forma. Tanto así, que incluso tuvo que sacar su lengua del orificio anal ajeno para soltar un gruñido. Increíble, increíble era todo esto. Sus caderas incluso empezaron a alzarse poco a poco para embestir con cierta rapidez la boca del pelirrojo.
Pero Kagami negó y abrió las piernas ajenas, que se flexionaron por inercia, para sujetarse mejor de los muslos contrario y continuar "ensimismado" engullendo aquel pedazo de carne erecta, con una hambruna que resultaba magníficamente perversa.
— ¡Oh, cielos, Taiga, tú… agh! —ahora fue Aomine quien no pudo contener sus gemidos de placer con esa bendita felación que le estaban dando. Se le estaba haciendo difícil concentrarse en preparar al pelirrojo si seguían comiéndole el pene así, joder. Y lo que daría por verle la cara ahora.
Kagami se sintió complacido al oír los gemidos del moreno y continuó, ahora ya no solo engulléndolo y succionándolo, sino también masturbándolo con ambas manos y lamerlo como si fuera una paleta de hielo, dándole suaves mordidas sin lastimar, así como también succionando parte por parte de aquel falo e incluso acariciarlo con su rostro. Seguramente si Aomine hubiera visto eso, hubiera terminado por correrse de una.
Pero como no era así, ahora como "venganza" por parte del peliazul, hundió su lengua por completo—y dado que era un licántropo, esta era más larga de lo normal— en el orifico anal del pelirrojo cuando este estuvo completamente mojado y masajeado previamente. Y desde donde estaba Daiki, vio y sintió, como Taiga se detuvo para alzar la cabeza y verle. Esa maldita mirada llena de deseo, de necesidad, de ansiedad y que brillaba con ese fulgor que solo entre almas gemelas sucede, derritió lo poco que quedaba de la resistencia del moreno por terminar de aceptar que amaba al humano. Y le correspondió la mirada.
No dijo nada y movió su sinmusculo en aquel agujero rosado al momento en que sintió como su pene volvía a sentir atenciones y los gemidos del pelirrojo quedaban ahogados por las felaciones, pero no importaba, le bastaba a Aomine sentir como ese cuerpo bronceado continuaba estremeciéndose. Y es que a Kagami, lejos de dolerle, se sentía tan bien. No sabía que era, sí bien para un humano que va a tener sexo anal, causaba semejantes dolores que acobardarían a cualquiera, esto se sentía tan diferente, tan inusual. No era normal. ¿Acaso tenía que ver con su condición física que era más poderosa y resistente que un humano típico? ¿Por qué su cuerpo ahora incluso se sentía diferente? Y definitivamente esto no le había pasado aquella vez en que Tatsuya lo tomó, en lo más mínimo.
No obstante, estas eran situaciones diferentes. Parecía que su cuerpo cooperaba demasiado, no se sentía tenso, era como si su cuerpo supiera y hubiera esperado para esto, facilitándole las cosas.
Y seguramente entre personas humanas, algo así sería inimaginable, pero es que Taiga y Daiki no rayaban en lo normal, además de que no eran humanos o por lo menos, este último lo sabía.
— ¡…Aah! —Kagami sacó de golpe el aire de sus pulmones cuando sintió el primer dedo en su interior y se apoyó en sus rodillas, quedando en cuatro, exponiendo más su entrada. Nunca en su vida se hubiera imaginado en una posición tan vergonzosa, su orgullo no se lo hubiera permitido, pero que más daba ahora, si lo único de lo que era consciente era del amor y el deseo que el peliazul le provocaba.
Y Aomine estaba muy concentrado en lo que hacía también. No había sacado su lengua de ahí dentro y aun así ingresó aquel dedo sin preocupación, moviéndolo de forma circular. Estuvo así por unos momentos, preparando aquellas sensibles entrañas para lo demás y Kagami ahora continuaba la felación de forma algo lenta, como si también quisiera concentrarse en sentir como el moreno empezaba a abrirse pasó en su interior.
Los dos sentían que algo en su pecho iba a explotar.
Cuando el segundo dedo entro, las uñas de Kagami se enterraron en los muslos del moreno, puesto seguía sujeto de estos mientras continuaba devorando aquel miembro erecto. Ambos estaban teniendo una gran resistencia para al orgasmo, quizá porque estaban tercos en querer correrse cuando se hubieran unido como un solo ser. Así que era entendible, pero eso no impedía que ambos siguieran difrutando; el ambiente que los rodeaba era pesado, espeso y cálido, uno que solo ellos entendían. Sí bien la lujuria y deseo seguían presentes, de alguna forma estaban en segundo término, porque ahora era el vivo amor el que los movía y creaba sus acciones. ¿Algo cursi para dos hombres rudos como ellos quizá? ¡Pero es que era imposible que no estuvieran así! Además, estaban forjando bien las riendas antes de empezar la verdadera acción. Y es que ellos no tendrían simple sexo salvaje, ellos dos harían el amor.
Y también estaban ansiosos por eso, querían sentirse ya, como su carne se juntaba y hervía como el sol.
—S-sufiente, maldición…, Daiki, mételo —siseó Kagami, mientras sentía como ahora tres dedos estaban moviéndose entre sus paredes del recto y volteó la cabeza para encontrar su mirada con la azul, todavía masturbándole. Sí bien sintió algo de vergüenza por esa petición, su frenesí le hizo olvidarse de aquello, pese a su sonrojo.
—Tengo que prepararte bien, tendrás el pene de un hombre lobo, Taiga —jadeó Aomine, completamente sudado así como el pelirrojo y alzó la cabeza para morderle un glúteo al ajeno, haciéndolo gemir roncamente y luego sonrió cariñoso y vanidoso. Se notaba que tenía confianza y orgullo al hablar de su miembro.
Kagami le miró algo irritado por esa actitud y como venganza, le apretó con fuerza la base del miembro y sonrió complacido ante la expresión de placer del moreno, así como de su gruñido.
—Me importa poco eso, no soy delicado, idiota, ngh…, ah —gimió de nueva cuenta, puesto los dedos en su interior se doblaron, como si estuvieran escarvando en su cuerpo y se estremeció.
—Joder… —Aomine también estaba deseoso de penetrarlo, pero como bien había dicho, no quería lastimarlo. Aun así, su voluntad de resistencia ahora estaba lejos de su cuerpo, porque le bastó para ver la expresión del pelirrojo para sentir que se moría por dentro.
No podía seguir aguantando más. Y sí con sus dedos sentía como el interior del pelirrojo se amoldaba a sus dedos, así como la calidez que emanaba, no se imaginaba como se sentiría directamente con su virilidad.
De nueva cuenta, Taiga jadeó un poco sobresaltado por la rapidez en que Daiki cambió de posiciones otra vez, haciendo gala de su velocidad de lycan, pero no emitió queja alguna cuando su espalda quedó recostada contra el pasto o la camisa, no estaba seguro de lo que era, solo era consciente de que veía al peliazul y sus piernas por pura inercia, ya estaba abiertas, sintiendo como el otro se acomodaba ahí. Posó sus manos en los hombros impropios y se miraron fijamente.
Los ojos de ambos brillaban como los astros y sus labios estaban entreabiertos, respirando agitadamente, mientras que sus corazones latían desbocados, pero aún así parecían trasmitir una profunda paz en su interior, como si sus latidos fueran los aleteos de los ángeles. Parecía algo divino incluso.
Las manos de Kagami acariciaron los hombros de Aomine, hasta que llegaron a la cara de este y lo jaló para besarlo de nueva cuenta; lento, pero profundo y aun así el sabor de la necesidad y el frenesí estaban impregnados ahí. Sus lenguas se movían con fuerza, degustando lo que cada boca tenía para ofrecerles, no les importaba que el aliento desapareciera rápido, estaban disfrutándolo y mientras ese ósculo continuaba, volviéndose uno más vigoroso, Aomine utilizó una mano para acomodar la punta de su miembro contra la entrada anal de Kagami de forma lenta. Sintió como este último se estremeció, pero mediante el lenguaje del beso, este le dijo que no se detuviera y lo entendió.
Y en el momento en que el falo erecto de Daiki entró por completo en el cuerpo de Taiga, los dos quedaron desnudos por completo, está vez, ambos podían sentirse tan claramente como si estuvieran viendo un río de agua tan cristalina que el fondo era completamente visible.
Aquella vista les llenó de asombro y jadearon, deshaciendo el beso.
Era como si su corazón estuviera abierto y la trasparencia de su alma quedara expuesta para cada uno sin tapujos, sin pudor, sin pena. Se estaban mostrando como realmente era su ser y ellos podían mirarlo incluso con los ojos cerrados.
Le sensación era poderosa, mágnifica. Las palabras faltaban para describirlo.
Aomine sintió que no quería separarse de Kagami, y su cuerpo se junto más contra el contrario, mientras que el pelirrojo lo abrazó con fuerza. No se dijeron nada, no hacía falta, ahora solo estaba el lenguaje de los amantes.
Aunque Taiga sintió dolor por aquella penetración, le dio igual, no importaba, porque su cuerpo aun así se amoldó a la perfección con el cuerpo ajeno. Eran justamente dos piezas para estar juntas, lo supieron en ese momento, no se trataba del sentimiento momentáneo producto de la acción u hormonas, no. Esto era algo más, algo que el universo sabía también.
Y pese a la experiencia de los dos, se dieron cuenta en ese instante que nunca se habían sentido así en toda su vida, para nada. No podían comparar este sentimiento con los que antes llegaron a sentir o sentían.
Cuando las embestidas empezaron, Aomine sentía que podría ahogarse en el placer cuando la humedad y estrechez del pelirrojo le atraparon, recibiéndolo como si fuera un rey lleno de gloria, escuchando los gruñidos y gemidos que Kagami empezaba a soltar. Las uñas de este último trazaron más de una línea en su espalda también, que lejos de dolerle, le encantaron.
Las marcas de su tigre.
Kagami echó la cabeza para atrás, sin dejar de abrazar ese cuerpo moreno que se movía con vigor en su interior y con los ojos entrecerrados le miró. Dios santo, ¿cómo era posible que esa maginitud de placer existiera? Sentía que se volvería loco al sentir tan bien el falo contrario moverse en su interior, era como si pudiera tocar el cielo, las estrellas, como si pudiera hacerlo todo.
Ninguno de los dos se había sentido así de completo, cada poro de su piel lo gritaba.
El bosque resguardaba a ambos, complice del romanciticismo que los dos chicos creaban sin cesar.
Se dejaban llevar por completo, en el río del placer que luego caía en una cascada y se intensificaba.
Era como estar en un arrullo de estrellas, porque incluso con la lujuria y el deseo presente, en cada embestida, esto resultaba algo celestial, aun si todo se volvía rudo y salvaje, seguirían sintiéndose así, eso era seguro.
—Tu culo… Demonios, es tan apretado…, Taiga, me encanta —susurró Aomine contra la oreja del mencionado, metiéndole sensualmente la lengua ahí, lamiéndole de igual forma.
—Aah…, cállate y solo continua así… ¡ah! —para Kagami era difícil mantenerse en silencio con semejante placer abrumador en todo su cuerpo, que parecía la heroína perfecta en su cuerpo con cada embestida tan limpia y fuerte.
Aomine estaba apoyado en sus rodillas y entonces, deslizó su lengua por toda la extensión del cuello ajeno, dejando más de una succión ahí, mordiéndolo arrancando de la boca de Taiga más quejidos y gemidos que con esa voz que se cargaba, les daba un tono más provocador. Su pelvis chocaba armoniosamente contra el trasero ajeno, siendo succionado de forma adictiva y continua, destapando una corriente tremenda de calor. Él es mío, pensó Aomine y entonces, sujetó las piernas del pelirrojo, justo detrás de las rodillas para levantar ambas, dejando de moverse un momento; las acomodó sobre sus hombros, pegándose más al otro de tal modo que sintió el pene de Taiga tocar su abdomen, y así, volvió embestirlo con profundidad y fuerza más que solo de humano.
A Kagami le recorrió un estremecimiento tan brusco de placer que sintió como si su piel comenzara a quemarse de tan febril que estaba y su boca lo dejó ver, pero tuvo que morderse la mano para no soltar un grito. Porque en esa posición, un punto nuevo fue golpeado y sus defensas murieron.
Los ojos de Daiki brillaron de plena excitación y regocijo cuando se dio cuenta que había encontrado el lugar justo que parecía tener al borde de locura al otro. Y para nada quería que se privara de soltar todos los sonidos o mejor dicho, gemidos, que eran música para sus oídos, por lo tanto, le sujetó de la mano para destaparle la boca.
—No lo hagas, agh, déjame escucharte —musitó Aomine con una mirada tan seria, pero que trasmitía tantos sentimientos y deseos, que podrían dejar sin aire a cualquiera. Se veía tan hermoso.
Y justamente eso fue lo que causó en Kagami, que le quedó mirando, ¿cómo le hacía el peliazul para tener ese control sobre su persona? Se sentía como una presa, una presa que estaba siendo devorada de la manera más deliciosa y maravillosa posible.
No era como si eso no le gustara, pero en su instinto, él no era una presa sumisa, esperando solo las acciones ajenas. Claro que el grado de placer que tenía en su sistema le dificultaba pensar y con los sonidos de las embestidas, aún más.
Sin embargo, le sonrió en respuesta y se relamió los labios provocativamente.
Quien sabe de donde sacó fuerzas, porque ni él ni Daiki lo supieron con exactitud, pero al final, Taiga empujó el cuerpo del primero mencionado usando sus piernas con una rapidez para nada humana y gracias a los buenos reflejos del peliazul, es que logró acomodarse, aunque no se esperaba esa respuesta.
Ahora, Taiga era quién estaba encima de Aomine, montándolo sin pena alguna, apoyado en sus rodillas y su mirada dejaba ver cierta ferocidad que hizo estremecer al segundo chico de pies a cabeza. ¿De dónde había salido ese salvajismo tan erótico? En un hombre lobo eso era normal, así mismo estaba el moreno, pero la fase de la luna el día de hoy no era precisamente la mejor para ellos y aun así, Kagami estaba deslumbrante ahora, incluso pese a esa aura salvaje, se percibía cierta elegancia en cada lugar de su cuerpo desnudo que estaba a la vista de Daiki ahora. Este quiso darle una respuesta inmediata al pelirrojo, pero sus manos rápidamente fueron atrapadas por las contrarias, que entrelazaron sus dedos y le aprisionaron contra el pasto del suelo.
—Me…, ngh, me toca a mí ahora —jadeó Kagami, inclinándose un poco, pero todavía a horcajadas sobre el cuerpo del lycan.
—Mmgh… —gimió Aomine en contestación de forma provocativa y flexionó sus piernas apoyadas en el suelo, como si fueran un respaldo para el pelirrojo en caso de que lo necesitara ahora que estaba encima de su cuerpo. Segundos después, sonrió ladino— Sorpréndeme.
Taiga le devolvió la sonrisa con seguridad y orgullo, para después ponerse de cuclillas apoyándose con sus pies, sacándose el miembro ajeno de su interior. Daiki le observó expectante, pero impaciente. Entonces, el pelirrojo usó como respaldo las piernas flexionadas morenas para reclinarse en estás y sin todavía soltarle de las manos, se autopenetró, teniendo las piernas abiertas para permitirle la mejor vista al otro.
— ¡…! —¡oh, joder, por la misma mierda!, pensó Aomine, completamente deslumbrado por eso. De no ser porque la luna nueva estaba cerca, hasta se hubiera terminado transformando con todo el calor del éxtasis que llenó todo su cuerpo con aquella imagen que el pelirrojo le regaló. E hizo todo lo posible para no terminar corriéndose ahí, pero su miembro palpitó, resentido.
No iba a durar mucho tiempo más.
—Hah… ¡mmgh! —Kagami sonrió nuevamente, frunciendo el ceño en una expresión clara de placer y nuevamente se inclinó contra el cuerpo ajeno, otra vez poniendo las manos impropias contra el suelo, entrelazando ambos los dedos.
Y se miraron con provocación, mientras Taiga empezaba a cabalgar sobre la pelvis de Daiki a un ritmo lento, pero preciso y fuerte. No fue difícil volver a encontrar ese punto especial en el cuerpo del primero, puesto el moreno también levantaba un poco las caderas para ayudarle con las penetraciones. Aunque Kagami soltaba muchos gemidos y la voz se perdía sin palabras coherentes, utilizó su lengua para lamerle más de una vez el cuello a Aomine y luego el pecho, escuchando también los gruñidos y palabras que soltaba este ante el placer que le causaba la nueva penetración y la imagen de tener a Taiga autocomplaciéndose.
Ah, seguramente si fuera luna llena, Aomine no hubiera tardado en transformarse y sin duda alguna, le hubiera hecho el amor a Kagami así.
—Mgh, maldito pervertido, aaah… —susurró Taiga contra la oreja ajena. Era obvio que había adivinado los deseos del otro, teniendo en cuenta que la desnudez de su alma seguía y su unión acababa de fortalecerse por completo. No obstante, ahora mismo no se mostró molesto, para nada con esa idea, incluso logró excitarlo más.
—Mira quién lo dice, joder —respondió Aomine y alzó su rostro para atrapar así la boca del pelirrojo y besarlo devotamente, pero con el aire de salvajismo que tenían ahora.
Había pasado del romanticismo a la vulgaridad del acto, pero continuaba siendo un acto pleno de amor, eso dejaban en claro sus miradas.
Pronto, los estremecimientos empezaron a ser más fuertes en ambos cuerpos de los chicos y la sensación de calambre en sus vientres se hizo más intensa. Ya no podían durar más tiempo.
De modo que Aomine se soltó del agarre de manos para sujetar de la cadera a Kagami y ahora hacer las embestidas mucho más rápidas y fuertes, como solo él podía hacerlas, golpeando el lugar indicado. El humano no hizo más que aferrarse a los antebrazos ajenos y para callar los casi gritos que daba, le mordió el hombro con fuerza que sus dientes se marcaron en la piel, que incluso algo de sangre brotó. Pero esa brusquedad, hizo a Daiki culminar antes de tiempo. Esa bendita mordida le había encantado, maldición y en casi un aullido de placer ahogado que pareció más un ronroneo, llegó al orgasmo primero; y como en esa embestida, los glúteos de Kagami estaban elevados, su parte de su escencia entró y el otro poco salpicó los muslos ajenos sin entrar.
Pero a pesar de eso, Aomine utilizó su semen como último lubricante y así, dio una penetración final, todavía más intensa que las anteriores justo en el lugar indicado. Y ahora fue Taiga a quién le temblaron las rodillas y su cuerpo se rindió contra el regazo ajeno, embrocándose en este mientras el orgasmo le recorrió de pies a cabeza y su esencia salpicó en el pecho del moreno y parte el suyo también, acompañado de un audible gemido.
Y aunque ahora el cansancio empezaba a hacer gala, cobrándose por todas las energías gastadas, su mundo seguía perfecto. Seguía siendo divino, poderoso y pacifico.
Ambos eran como un paramo de luz, donde el dolor de su pasado estaba borrado, omitido.
La oscuridad que una vez Aomine tuvo en todo su ser, ya no estaba, se sentía purificado en el falo del amor de Kagami, en el roce de su piel. Eran como dos almas hechas para ser solo una y que al fin se habían encontrado entre ríos rojos.
Para el peliazul, era como estar entre las alas de un ángel. Y ese ángel, era Kagami.
Kagami Taiga era su ángel.
Siempre que en La Noche se abría un portal, las dos lunas parecína recelosas y parpadeaban como si con ello dijeran que los vigilaban a todos en aquel mundo, como si ellas fueran las diosas de ese imperio y en algún momento los juzgarían. Como si evaluaran las acciones de cada uno.
Porque cuando Midorima abría un portal, una de las lunas parecía tornarse azul de tanto que brillaba, pero seguía siendo un tono opaco. Mientras que la otra continuaba normal.
—Está listo, puedes pasar, Akashi.
El mencionado vampiro, asintió en señal de entendimiento y avanzó los pasos necesarios para llegar al portal.
—Vigila todo mientras, Shintaro —ordenó Akashi, siendo las últimas palabras que dijo antes de ingresar al portal.
Viajar através de un portal era un reto. Al menos cuando estos iban de dimensión a dimensión, de mundos a mundos, porque no era lo mismo moverse con portales en el mismo mundo en el que estaban; era algo mucho más fácil. Y es que cuando de ir de dimensión a dimensión—o mundo— se trataba, era como si un túnel se escarvara en el espacio, abriéndose camino para llegar al lugar que indicaba. Solo que las paredes de ese 'túnel' no eran de piedra o cemento, más bien alrededor se podían apreciar como si estuvieran en el centro de alguna lluvia de estrellas fugaces. Mismas que viajaban tan rápido que ni la pupila vampirica o licantropa podía seguirles el camino o siquiera distinguirlas. Y se contaba que quien lo intentaba, su mente sufría un colpaso por la confusión.
Por eso siempre se debía mantener la mente ocupada en otra cosa, pensando solo al lugar donde querías llegar o hasta eso, si tu mente dudaba de querer ir al lugar a donde ibas, el portal terminaba perdiéndote entre todos los mundos.
Aunque para Akashi, viajar mediante eso, era algo sencillamente fácil. No había alguien mejor que él para mantener su cabeza fría y seria. No por nada su don era mental.
Cuando el pelirrojo suspiró, aquel camino que parecía infinito, se terminó instantáneamente y delante del vampiro de ojos bicolores se extendió aquella pradera triste y marchita, en la que anteriormente había estado.
El silencio ahí era mortal y el cielo podría enloquecer a cualquiera con toda la monotonía existente.
Y aun con todo eso, solo había alguien que había sobrevivido a esa tortuosa dimensión que ni para los vampiros era soportable.
No fue necesario que Seijuro corriera buscando a aquella persona que quería ver, puesto que los ojos rojos de ella le encontraron.
Shiro estaba sentada debajo de un árbol seco, tan triste que incluso podía doler verlo. Daba muchísima lástima ver así a la naturaleza, pero bueno, justamente así era esa dimensión: deprimente al borde que querer vomitar si pasabas más de un día ahí, en soledad.
—Ya no hay escapatoria, Shiro —dijo Akashi de modo frívolo y hasta sombrío, viendo a la vampira enfrente suyo que se hizo la desentendida por unos segundos—. Tú decides sí tu hijo morirá conociendo su historia y motivo de creación o simplemente morirá en la ignorancia.
Los ojos rojos de Shiro miraron al elegante vampiro de cabello rojo claro con recelo, estando a la defensiva.
—No importa lo que hagas, no importa lo que me tortures en esta prisión. Jamás sabrás nada —repuso, firme.
Pero Akashi la contempló con gesto superior durante casi diez segundos.
—Lo sé, Shiro. Yo sé dónde está tu hijo.
La sonrisa tan controladora del vampiro, alertó el instinto de madre de Shiro, mientras las cosas empezaban a tener sentido para ella, porque era obvio que Seijuro no mentía solo para asustarla, él no trabajaba así.
—Y mi deber es acabar con el tabú, con el hijo maldito que acabará con La Noche —finalizó Akashi de forma cruel y calculadora.
No hizo nada más y se dio la vuelta para volver a ingresar a la puerta de aquel portal de luz.
Parecía estúpido que alguien tan inteligente como Akashi Seijuro solo hubiera gastado su energía y tiempo para ir a decirle esas únicas palabras a una prisionera. Mas la verdad era que el vampiro nunca actuaba sin un plan.
Y Shiro no esperó más. Sabía que tenía que hacer todo para salvar a su hijo, a su niño, incluso si todo era una trampa, ella debía avisarle a ella.
De su cuello colgaba una cadena que tenía como dijet lo que para muchos, sería un colmillo de vampiro, por su tamaño fino y delgado. Pero la verdad era que aquello era, una garra del dedo meñique de la persona que había amado en toda su vida.
La tomó entre sus manos vampíricas y con esta, se rasgó el antebrazo, dejando que su sangre bañara la garra por completo. Era lo único que tenía para avisar, lo único y debido a que los mundos eran diferentes, tardaría en llegar, pero aun así, ella se aferró a la esperanza.
Himuro tenía la decisión cerca o mejor dicho, estaba tomada, solo necesitaba un último paso para simplemente hacerla y ya.
Pero sabía que él no podía interferir en la verdadera felicidad para Taiga, no solo porque lo amara y si él era feliz, eso le bastaba, aunque no fuera con él, sino su unión como hermanos también quería protegerlo y verlo bien.
Aun así, incluso él, que tenía sentimientos en su corazón completamente románticos por el pelirojo, no entendía cómo es que su relación era tan compleja, tan difícil de definir, no era fácil de comprender ni siquiera para Alex o eso es lo que esta le había dicho.
Y es que todo había empezado hace tres años, cuando la sangre de Kagami había empezado a tentarlo mucho más de lo que antes lo hacía. Tanto así, que olerla ya no era suficiente, sino que deseaba saborearla entre su garganta del mismo modo en que un humano necesitaba agua para vivir. Era la primera sangre que lograba tenerlo así de ansioso, ni siquiera en su otra vida había sentido algo así entre todas las presas que provaba y de las que se alimentaba.
Sería demasiado decir, que Tatsuya se había enamorado por la sangre del pelirrojo. Sonaba absurdo incluso así. Claro que, al tener sexo, esas ansías poderosas de querer beber de este se esfumaban.
Todo era tan raro, pero habían estado felices así durante todo este tiempo.
Y no es como si deseara que Aomine nunca hubiera aparecido, su desagrado por él no era solo por Kagami, sino por el significado que podía tener en la vida de este, no románticamente, sino por su pasado. Porque Himuro no era idiota y su don le había permitido darse cuenta de que ese licántropo peliazul había estado unido con alguien más. Sí bien no era un hilo rojo, esa unión se percibía, no quizá como en el inicio, pero algo había ahí, como si estuviera esperando a salir en el momento justo.
Estaba ahora en el último piso de un rascacielos de la ciudad, cuando un olor llegó a sus fosas nasales, traído por el viento mientras el sol del amanecer ya había buscado un buen lugar en el cielo. Como una inocente fragancia, pero intensa, porque la verdad es que así era realmente, quizá por su origen, el cual el vampiro pelinegro no tardó en saber. No por sus habilidades vampirícas, sino por lo familiar de ese olor.
Decir que la ira bañó su sistema y nubló su mente de forma fugaz, fue poco. Porque para él, no era agradable recibir en la brisa de la mañana el olor de Taiga combinado con el olor de un licántropo. Y no de una manera simple o inocente, no, esa mezcla de olores tenían otro significado, porque la euforia se podía sentir al respirar la brisa mañanera que venía justamente por un viento proveniente de la dirección hacía donde estaba el bosque.
No sabía los detalles, pero los celos incendiaron su instinto y pese a que Himuro era una persona bastante fría y calculadora, pero si de sentimientos personales se trataba, también podía llegar a ser muy impulsivo.
Y entonces lo supo.
No podía ser capaz de salir de la vida de Taiga así como así.
Para una persona normal, tener sexo al aire libre en plena madrugada y dormir aún en ese mismo lugar sin ninguna cobija sobre el cuerpo, podría causar hasta alguna pulmonía. Sobre todo porque el otoño estaba prácticamente a la vuelta de la esquina y los vientos, así como la brisa de las mañanas eran muy frías. Pero aquel clima no había sido impedimente para que Kagami y Aomine se hubieran acomodado en el pasto del frondoso bosque y cerca de aquel río de agua clara, para dormir como si estuvieran en coma; ambos abrazados y cubiertos informalmente con lo que era las prendas de ropa de cada uno.
También estaba el hecho de que el peliazul al no ser humano, su cuerpo tenía una temperatura corporal diferente y su sistema inmonológico del mismo modo. Y sí bien el pelirrojo sí era humano, el calor que soltaba el cuerpo del lycan era suficiente para mantenerlo calientito como si estuviera en su habitación con dos cobijas.
Llevaban durmiendo quizá más de diez horas, aunque en medio del bosque donde estaban solos, sería difícil saber la hora exactamente. Lo único que podía avisarles, sería la puesta de sol que estaba sucediendo en esos precisos momentos y que enviaba brillos hacía el agua cristalina del río que fluía de forma tranquila y normal.
El cielo estaba dorado, con tonos anaranjados y lilas que parecía como si algún diamente estuviera siendo reflejado en las nubes. Las estrellas estaban empezando a aparecer de igual modo, no tan obvias como para verlas en pleno inicio del crepúsculo, al menos no para los ojos mundanos.
Kagami se despertó cuando sintió como el dedo pulgar del moreno trazaba rayas desde su clavícula hasta su espalda baja—porque estaba embrocado sobre el cuerpo del lycan, con su propio cuerpo en forma diagonal, de modo que de la cintura para abajo estaba en el pasto—, provocándole ligeros estremecimientos. Pero pese a que el sueño ya había abandonado poco a poco sus ojos, no quiso abrir estos, no por temor a que todo fuera a desaparecer o algo similar, sino porque estaba disfrutando de los latidos claros y rápidos del corazón de Aomine y como estaba prácticamente sobre el regazo de este último, su oreja estaba justo en el pecho ajeno.
No era él único que no quería moverse, puesto Daiki de igual modo seguía con los ojos cerrados. Y no porque quisiera perderse como su pelirrojo dormía y contemplarlo, admirándolo también. Pero con todo lo que pasó en la madrugada, ahora mismo sentía que no necesitaba tener los ojos abiertos para poder ver, mirar, observar a Taiga. Bastaba con sentir el cuerpo ajeno junto al suyo, su respiración, sus latidos y su aroma. Ahora mismo sentía que el pelirrojo era suyo, por completo, del mismo modo que ahora se sentía de él.
Resultaba un poco irónico que Aomine, siendo que huía por llegar a tener sentimientos por alguien más—cosa que de verdad se le hacía imposible y estúpido, estando en el mundo humano y con los desterrados—, ahora recibía felizmente "las ataduras", disfrutaba el sentirse atrapado por esos sentimientos que Kagami le hacía sentir y con gusto se estaba entregando, porque ese chico había hecho algo en él, que nadie jamás había logrado. No sabía que era exactamente, pero lo sabía.
Y aceptar todo eso, lo hizo sentir completamente libre.
Tanta fue su dicha, que soltó una ligera risa traviesa, grave y sexy.
— ¿Qué es lo divertido? Cuéntame el chiste —dijo Kagami, abriendo los ojos para poder grabarse en su mente la expresión del moreno riendo así de alegre. Todavía estaba acomodado sobre el pecho ajeno, así que acomodó su mandibula para verle mejor.
—Nuestro acto no es de comedia, Kagami, sino de pornografía —repuso Aomine con una sonrisa coqueta y con la diestra le alborotó los cabellos.
—Sí, sí… Lo nuevo del erotismo ahora es tener sexo en pleno bosque —Kagami puso los ojos en blanco, pero luego sonrió ampliamente—. Idiota.
—Oye, no es mi culpa —Aomine le dio un piquete con su índice a la frente del pelirrojo—. ¿Llamas idiota a tú novio luego de una noche de pasión? Eres un insensible, Bakagami, rompes mi corazón.
—Tch… cállate mejor —Kagami frunció el ceño y le dio un manotazo por el piquete, ruborizándose solo un poco. Claro que, luego reaccionó mejor y le miró fijamente, expectante.
— ¿Qué? ¿Te volviste a enamorar de mí ahora que conoces mi sentido del humor? —inquirió Aomine, con una sonrisa inocente, como si no supiera el verdadero motivo. Pero vamos, así era él; sí bien arrogante, pero dada la nueva situación de su vida, ahora aquella arrogancia y vanidad, era diferente en él. Hasta resultaría gracioso inconscientemente.
— ¡Deja de fanfarronear, Ahomine! —advirtió Kagami, dirigiéndole un mirada de molestia y luego suspiró, no iba a dejar pasar este momento, para nada, sí hasta sintió que podría volar— Pero… ¿dices "tú novio"? ¿Tú eres mi novio?
El moreno resopló, fingiendo decepción y luego le miró, enarcando una ceja con cierto gesto superior. Aunque más que nada, estaba encantado.
—Pues si las palabras que te dije hace unos días, sobre que no podía seguir manteniéndome lejos de ti, no te dejaron en claro mis sentimientos e intenciones… —Aomine sonrió— Además de que te hice llegar a las estrellas… Entonces, no sé que lo hará.
—… —Kagami juraría que se quedó deslumbrado al ver como los labios del moreno se movían mientras hablaba, le gustó— Idiota, no necesitas tantos rodeos, solo bastaba un "sí" —refunfuñó, ruborizándose e irritado por la mirada presumida del otro.
—De verdad que eres un despistado —Aomine rió.
—Cállate y mejor vamos a bañarnos al río —sugirió Kagami, apoyando sus manos en el pecho del licántropo para así incorporarse.
Sin embargo, lo pensó mejor y una vez pasado el rastro de vergüenza, regresó su rostro frente al peliazul y se acercó lo suficiente como para que ambos labios se rozaran y en una actitud por demás orgullosa, le sonrió complacido—. Pero me gusta como suena eso de que tú eres mi novio, Daiki.
—No olvides que tú también lo eres y mataré a cualquiera que se acerque a ti con malas intenciones, Taiga —sí bien Aomine no se esperó la nueva actitud del humano, logró devolverle la sonrisa y dejó un beso casto en los ajenos.
—Hmm… —Kagami le miró y luego le pellizcó la mejilla— Sé cuidarme solo, Ahomine.
Aunque la verdad, tener en claro el lado posesivo del peliazul, no le molestó en lo más mínimo, por más independiente que fuera, eso le encantó. Además, era seguro que el pelirrojo haría lo mismo por el moreno.
—Sí, claro. Seguramente ahora, estás que no podrás caminar por el dolor.
— ¿Dolor?, ¿por qué?
Aomine miró al pelirrojo con cierta presunción.
—Tuviste mi pene adentro, es obvio que sentirás dolor al caminar.
Kagami se sonrojó hasta las orejas cuando entendió a lo que el licántropo se refería.
—Imbécil.
—Hoh, ¿por qué? Sí hasta parecías que me lo querías arrancar…
— ¡Ya está bien, cállate y vamos a bañarnos al río! —Kagami le tapó la boca al contrario con ambas manos, casi golpeándolo y así aprovechó para apoyarse e incorporarse en ser, mientras oía las divertidas risas del lycan.
Casi soltó un jadeo, cuando sintió un estremecimiento en toda su espalda y piernas, que casi tembló y un dolor que se resguardaba en su coxcis, estalló.
Sin embargo, esa sensación solo duró medio segundo, como si fuera un meteoro.
No era para alimentar todavía más el ego de Daiki, pero tenía razón con el hecho de que debería de quedarle un gran dolor luego de aquella gran acción que tuvieron, pero no era realmente así, siendo que un humano normal debería estarlo sufriendo ahora.
Mas no era el momento para ponerse a conjeturar eso, de modo que Kagami volteó un poco el rostro para ver al lycan que ya se había incorporado también.
—Te equivocas, no me duele. Suerte para la próxima —hasta lo dijo con orgullo y antes de que el moreno hiciera o dijera algo más, se lanzó al agua, riendo entre dientes.
Muchos decían que en La Noche, las dos lunas que iluminaban ese mundo eran diferentes. Decían que aunque se vieran tan lejanas y redondas, así como brillantes, ellas escondían un secreto que nadie sería capaz de imaginar ni porque vivieran más de mil años y recorriera todo ese mundo.
Podía ser un mito, o quizá no. O quizá, el verdadero misterio no consistía en que ambas lunas podrían ser diferentes, sino, ¿por qué eran iguales y así parecían representar solo a una de las dos razas que vivían ahí? ¿Qué deberían tener de diferente?
Algún viejo sabio dijo alguna vez, que el estado de las lunas era el reflejo de la autoridad del imperio.
Y es que cuando los anteriores "reyes" se unieron para formalizar la paz en La Noche, la imagen de los dos astros parecía tan brillante que llegaba a tornarse azul, un color por completo extraño. Pero no sucedía con ambas, solo con una, mientras que la otra brillaba sin cambiar.
Aunque aquella tonalidad azulada que era indicio de prosperidad en su mundo se había perdido cuando el caos y los prejuicios de procrear entre ambas razas empezó.
Varios creyeron que se debía a una maldición, que las lunas no estaban contentas con aquella rareza, que lo desaprobaban por completo. Que era algo que no debía permitirse jamás.
Sin embargo, había pocas personas que todavía creían que había otro significado, porque cuando todo empezó, fue el día en que Masaomi Akashi había tomado un pensamiento por completo inmanente en la Unión Milagrosa.
Una de esas personas estaba ahí, en el sendero del lado norte de los licántropos, de pie, recargado en una roca mientras sus ojos celestes se perdían en admirar la forma de las dos lunas con una inexpresividad tan pacifíca.
— ¿Tetsu-kun? —una melodiosa voz femenina se hizo presente en el lugar.
—Momoi-san —la calmada voz de Kuroko respondió, mientras percibía en el aire como la chica lobo se acercaba hasta él.
— ¡Oh, Tetsu-kun! —Momoi se mostró efusiva y no dudó en lanzarse a abrazar el cuerpo del vampiro, sintiendo como el cuerpo de este parecía tan duro como las rocas, pero igual siempre era feliz de abrazar. Aunque no por más de medio segundo, conocía las reglas— ¿Qué te trae por aquí?
Kuroko contempló a la chica de cabellos rosados unos segundos una vez se separaron y como usualmente los miembros de la Unión Milagrosa solían usar túnicas color vino cuando salían fuera de su territorio, sacó una pequeña hoja enrollada y la extendió a la chica.
—No lo abras todavía, Momoi-san.
Satsuki miró con atención aquello que acabab de recibir y lo olfateó. Y sus ojos se abrieron de golpe cuando sintió el imponente aroma de la familia Akashi.
Olía tan fuerte como si un humano pegara su nariz a criolina y aspirara con fuerza, pero no olía de la misma forma, el aroma era penetrante, sí, pero denso y muy suave. Era como acariciar el terciopelo de las telas de un traje caro y elegante.
— ¿Por qué me das esto, Tetsu-kun? ¿Tienes idea de lo peligroso que puede resultar sí se sabe…? —Momoi parecía algo alterada, pero trataba de no levantar tanto la voz, cosa que no parecía lograr hasta que las manos del vampiro le sujetaron de las muñecas con cariño y delicadeza.
—Hay algo que solo tú puedes hacer, Momoi-san. Algo que sólo tú eres capaz de hacer y debes hacerlo ahora o tú vida peligrara como no tienes una idea —pronunció Kuroko tan firme y serio, que la chica se quedó admirada y sin saber que decir.
Esa petición no era de amante a amante, sino de amigo a amigo. Ellos tenían una amistad muy sólida, incluso aunque la muchacha una vez hubiese albergado sentimientos románticos hacía el vampiro. Ahora había quedado en el pasado.
— ¿Qué es lo que necesitas? —Momoi no dudó ahora en ofrecerse.
—Todo lo que he averiguado está en esa hoja, Momoi-san, por favor, cuídala como tú vida, porque te guiara a donde necesito que vayas —respondió Kuroko si titubeos.
Los ojos intuitivos de Satsuki le observaron unos cortos segundos y asintió.
—Dime lo que debo hacer, Tetsu-kun.
—Necesito que vayas a Las Colinas del Fin.
La sorpresa de Momoi fue tal, que se quedó sin aire.
Porque aquel lugar donde el peliceleste le estaba pidiendo ir, eran las mismas colinas donde crecían los árboles que mucho tiempo atrás producían el alimento para los licántropos llamados Frutos de Carne y en medio de todas ellas, estaba una gran montaña de donde caía una gigante cascada de río rojo, que era el líquido vital para los vampiros que creaba arroyos en el territorio de estos.
Mismo lugar que se había marchitado sin explicación alguna.
Un lugar que muchos vampiros de la nobleza y los raros que nacían entre las manadas de lycan habían visitado, intentado buscar la causa, pero que se contaba, habían perecido en su intento. O mejor dicho, habían muerto. No sabían que era, pero lo seguro era que todos ellos jamás volvieron a regresar una vez empezaban a explorar aquellas colinas.
La única que estuvo cerca de descubrirlo o que incluso sí logró descubrirlo, había sido El Hada de todas esas leyendas entre su mundo.
También se decía que para poder explorar en aquellas colinas, la intuición era la mejor amiga de todos los que intentaban ir, se debía evitar dejar la mente en blanco, con el instinto a tope y los sentidos encedidos, debiendo estar en un estado calculador por completo para no sucumbir a lo que sea que habitaba ahí y que no era bueno para nadie. Y en todo el mundo de La Noche, solo había alguien que tenía las cualidades necesarias para ir, sin ser Akashi Seijuro.
Esa era Momoi Satsuki. Hija de la famosa pareja de licántropos que se habían aventurado a ir hacía las colinas por simple colaboración generosa, mismos que fueron encontrados muertos en el inicio del camino para empezar el recorrido y que gracias a los signos de su cuerpo, el antecesor Midorima había dicho que ellos habían recorrido todas las colinas, pero que algo impidió que lograran salir con vida cuando solo estaban a un metro de salir de la zona peligrosa.
Esa había sido la única muerte visible, fatal para la pelirrosa, pero para que todos asumieran que todos tuvieron el mismo fin.
Y por esa razón, es que no comprendía porque Kuroko le estaba pidiendo algo como eso. Incluso se sintió dolida, ¿acaso le estaba insinuando que se matara o algo así? ¿Se quería deshacer de ella? Esos eran los primeros pensamientos en su mente.
—No es por lo que piensas, Momoi-san, no se trata para que te hagas daño…
— ¡¿Entonces por qué quieres que vaya a mi propia tumba, Tetsu-kun?! —la mano de Momoi apretó el rollo que el vampiro le dio y le miró, dolida.
—Cálmate, por favor, Momoi-san —Kuroko le sujetó delicadamente de los hombros, tanto para sostenerla, como para evitar que ella se fuera sin antes escucharle.
— ¡Pero no puedo, Tetsu-kun! ¡Me estás pidiendo que vaya al lugar donde mis padres fueron asesinados! —los ojos de Momoi se cristalizaron y frunció el ceño, consternada. Sí bien el tema ya estaba superado, no podía evitar sentirse así, sobre todo porque quién era su hermano, estaba desterrado y el peliazul había sido de mucho apoyo para ella.
—Momoi-san, por favor…
— ¿Es que tú quieres que muera, Tetsu-kun?
El vampiro de cabellos celestes suspiró y negó con gentileza, pese a su seriedad.
—Primero, ¿podrías hacerme el favor de intentar escucharme, Momoi-san? Y sí después de eso, no quieres hacerlo, entonces lo entenderé.
—Tetsu-kun…
—Créeme que si estoy recurriendo a ti, es porque eres la única persona en quién confío hasta mi propia vida, Momoi-san.
Cuando un vínculo era sincero y verdadero, no importaba la distancia que hubiera entre los dos individuos, el presentimiento llegaba completamente claro. Es más, incluso el instinto ayudaba para localizar a tu mano derecha más rápido de lo que la lógica y razón podía imaginar.
Ese vínculo entre familia, solo sucedía con una sola persona en toda la vida de un vampiro o licántropo, como del mismo modo en que pasaba cuando alguien encontraba a su alma gemela y nunca podría amar a alguien más de ese manera.
Así sucedía con la mano derecha. La persona que estaba destinada para ser tu mejor amigo o amiga, tu confidente, como tu hermano incluso aunque no compartieran sangre, con quien representarías el vínculo puro y completo de lo que era la amistad. Tanto así, que incluso ese "sentimiento" se podía sentir antes de que lo que fuera que sucediera, pasara.
Algo fuerte, sí, poderoso como el mismo amor, pero con otra definición y fin. Pero aun así, nadie se hubiera imaginado que aquel vínculo podría pasar incluso por la barrera de los mundos que solo se conectaban con portales creados por expertos.
Por eso, ¿cómo iba a saber Aomine Daiki que aquel escalofrío que sintió mientras salía del río luego de haber hecho el amor otra vez con Kagami Taiga ahí en el agua y volverse a bañar, era precisamente eso?
¿Y qué tal, si fue un capítulo largo? Aunque como resulta obvio, toda esta longitud del cap, se debe a la narración del sexo, jaja, es que no puedo evitarlo, porque me encanta usar frases que hagan la sexualidad más romántica y vulgar a la vez, ¿o creen que me pasé de cursi? De todos modos, es así como yo narro el lemon xD.
¡Aplausos!, porque sé que muchos esperaban el momento del 1313 con Aomine y Kagami 7u7. Espero lo hayan disfrutado.
Cabe decir que a mí no me gusta dejar un capítulo solamente centrado en el sexo, por eso es que añadí más cosas necesarias de la historia y como notaron, el misterio no acaba :v.
¡Anímense a dejarme sus comentarios! Porque en serio, me encantaría mucho saber la opinión de cada uno, adasdsadsadsadsa.
Aquí les dejo el Spoiler del próximo capítulo:
El viento soplaba como si tuviera miedo también, sin embargo, las dos lunas en el centro del cielo de La Noche brillaban elegantes y dominantes como desde el primer día en que existieron ahí en ese mundo. Lejos de parecer intimidantes, parecían cómplices a lo que fuera que fuera a suceder ahora.
O así lo sentía Momoi, mientras estaba dentro de su habitación, en aquella gran casa donde ella y su manada vivía.
[…]
—Sí Kuro-chin no se esta oponiendo, me imagino que no pretendes matar a Mine-chin, ¿verdad, Aka-chin?
—No hay sucesor para Daiki, así que aunque quisiera, no podría borrarlo simplemente del mapa —aceptó Akashi con el gesto serio—. Pero sí lo quiero fuera del terreno cuando vayamos por aquella criatura.
En aquella sala silenciosa, el sonido de una silla al moverse hizo que todos los presentes vieran a cierto peliceleste levantarse.
— ¿Te estás oponiendo de nuevo, Tetsuya? —Akashi se mostró fríamente amenazante, cualquiera que lo viera con esa expresión temblaría de miedo.
Pero Kuroko no lo hacía, era la única persona que se mantenía inexpresiva ante eso.
—No lo estoy haciendo, Akashi-kun. Simplemente estaba por ir a traer a Aomine-kun —contestó con la verdad.
¡Nos vemos!
