OMG, OMG, OMG. ¡dos meses sin actualizar!
Sé que no tengo perdón y no tiene caso que diga las "excusas", asdlkjslsa, porque al final del día, eso es lo que son x'D. A excepción de hace una semana, que tuve exámenes parciales y en serio, ahí sí ni cómo hacer algo.
Me siento tan culpable, god.
Pero bueno, acepto sus quejas en los reviews(?), no solo por mi retraso, sino por lo que leerán, que sé, es algo muchos han estado esperando, jejeje. Y por cierto, éste cap es bastante largo, cómo el anterior y los que vendrán.
Ah, ¡gracias a por aquellas personitas que comentaron el cap pasado!
Y disculpen si tengo algún error ortográfico o incoherencia narrativa.
Por supuesto que Aomine había dado todo de sí para impedir que Akashi saliera del castillo cuando había quedado claro para todos los presentes, que Kagami, es decir el híbrido que desde hace mucho tiempo habían estado buscando, estaba en La Noche.
¡¿Cómo mierda es que no se había percatado de la presencia de su pelirrojo en este mundo?! Y para empezar, ¡¿en qué momento Taiga había llegado y atravesado el portal que Midorima creó?!
Daiki se recriminaba de alguna manera por no haberse dado cuenta de eso antes, porque quizá pudo haber evitado todo esto si hubiese encontrado la forma de avisarle al pelirrojo. Pero no quiso correr ningún riesgo con Kuroko ahí, que aunque confiara en este mucho más que en cualquier otro, seguía formando parte de la Unión Milagrosa y prefería irse así, con tal de no arriesgar la seguridad de su pareja. Pero tal parecía que había sido en vano, porque la verdad, no se hubiera imaginado que el pelirrojo hubiese llegado hasta La Noche por él. Y sí este fuera otro momento, darse cuenta de lo que el chico estaba dispuesto a hacer por él, lo llenaría de felicidad. Claro que por unos momentos sucedió así, no obstante fue más la preocupación que sintió.
Su intento falló. No por falta de fuerzas o de deseos de lucha para proteger a Kagami, no. Pero siendo realistas, ahí le superaban en número y no solo se trataba de simples vampiros como si estuviera en el submundo, por más que sus habilidades de lucha estuvieran impecables por la obligación que tenía en el mundo humano desde hace un siglo, se trataba de la Unión Milagrosa y no es como si Aomine no tuviera el mismo poder, pero también estaba el hecho, de que al ser desterrado, tenía muchas más desventajas ahora.
Y al final de cuentas, el peliazul no tenía algo con lo que pudiera luchar contra la magia, misma que era dominada por Midorima.
Por eso, cuando la hipnosis en la que se vio sometido por Akashi desapareció, se encontró a sí mismo dentro de un campo de energía. Uno que parecía destilar la misma energía que cuando estaba cerca de la plata, debilitándolo.
¡Maldita sea!, pensó con desesperación.
Aomine no supo cuanto tiempo más estuvo luchando y soltando amenaza tras amenaza, para después pasar a pedir que no dañaran al pelirojo, pero nadie lo escuchó. Y sus manos habían terminado lastimadas, llenas de sangre de tanto golpear el maldito campo de energía para intentar escapar de ahí, pero Shintaro no flaqueó en ningún momento.
—Es inútil todo esfuerzo, Aomine —señaló Midorima con el gesto serio—. No vas a salir de aquí.
— ¡Pero esto no tiene nada que ver con ustedes, Kagami es solo un humano! —rugió Aomine. Obviamente mentía, pero seguiría protegiendo la verdad del chico.
—Tú mismo has de saber que no es así, no mientas, porque el chico no huele como un humano ordinario —dijo Midorima, todavía solemne, sin necesidad de tener las manos alzadas para mantener activo el campo de energía.
—Pero el chico vive en el mundo humano, así que sigo sin entender porque todavía quieren matarlo, no parece querer atacar nuestro mundo —objetó Kuroko, puesto se había quedado ahí por órdenes del vampiro pelirrojo. Sentía una enorme impotencia de ver a su amigo licántropo en esas condiciones, porque la mirada de este mostraba tanto dolor, tanta angustia por lo que fuera a pasarle a aquel híbrido.
—No empieces, Kuroko —advirtió Midorima, ajustándose los lentes de vidrio simple, mirando al vampiro más bajo—. Tú sabes que lo que Akashi ordena, no se discute.
— ¡¿Incluso aunque lo que haga esté mal, joder?! —explotó Aomine, ya harto de las malditas reglas— ¡Kagami no le hace daño a nadie, maldita sea! ¡Ni siquiera está consciente de lo que es! ¡No pueden condenar la vida de alguien así como así! —golpeó a puño limpio el campo al hablar, estremeciéndose ligeramente por el dolor que esa acción trajo consigo. Debido a que la luna nueva del mundo humano y como al ser desterrado ahora solo se regía por ese mundo, aunque estuviera en La Noche, no podía transformarse.
—Resulta hipócrita que lo digas, Aomine, cuando tú eras quién asesinaba a todos esos neófitos —recordó Midorima.
— ¡Eso fue por su estúpida condena! —recalcó Aomine— Yo no me hice asesino porque quisiera, pero aunque yo sea escoria, tú y todos los de esta maldita Unión, son peor que eso —le dedicó al peliverde una sonrisa presuntuosa.
— ¡No te hubieran condenado de no haber imcumplido la ley! —exclamó Midorima, frunciendo el ceño— Cuidado como hablas, Aomine, aquí no estás con el resto de la basura del submundo.
—Já. Tienes razón, estoy con algo peor. Hasta la mierda me parece mejor compañía que ustedes —replicó Aomine con desdén, sonriéndole.
A Midorima le recorrió una sombra de fastidio por esas palabras, no era fácil provocarlo con palabras, pero el peliazul tenía algo que hacía fastidiar a los demás cuando quería.
De modo que el hechicero vampiro, se acomodó los lentes y justo en ese momento, desató una descarga eléctrica de magia sobre el cuerpo del licántropo peliazul, como dándole así una lección.
Y Aomine jadeó de dolor, pero apretó los labios para evitar soltar algún grito o algo más, aguantándose, dedicándole una mirada arrogante, pese a la condición en que estaba ahora.
El vampiro de cabello verde hizo ademan de agrandar la descarga, pero Kuroko le sujetó del hombro, interponiéndose.
—Enamorarse, incluso aunque no sea de tu propia especie, no es signo de criminalismo, Midorima-kun —espetó Kuroko, negando suavemente, estando con el ceño fruncido—. Ni es algo que merezca ser castigado de tal forma.
—Kuroko, tus idealismos no servirán de nada para el destino de Aomine y ese híbrido —sentenció Midorima, chasqueando la lengua y dejando de torturar al peliazul.
—El destino no está tallado en piedra, Midorima. Es patético ver como uno de los miembros de la Unión se rije por algo tan estúpido como eso —pronunció Aomine con mofa.
—No estás en posición para hablar, Aomine. Además no parece que estés haciendo algo para impedir todo esto —contestó Midorima, todavía con una expresión algo molesta.
—No sin simples idealismos, Midorima-kun, tú sabes que tengo razón en eso, no porque yo lo diga, sino porque lo sientes —Kuroko no se inmutó y le observó.
—Deja de suponer cosas ahora, Kuroko. No importa lo que digas, nada podrá salvar a Aomine ni a ese chico —Midorima se mantuvo firme en su decisión.
—Es que no lo estoy suponiendo —los ojos de Kuroko brillaron al decir eso, con astucia—. Porque sabes de lo que te estoy hablando.
Con esas palabras, Shintaro se quedó sin saber qué responder y en su mente apareció el rostro sonriente y la voz cantarina de cierto licántropo de cabello negro, que hacía algo de tiempo no había vuelto a ver, porque a toda costa, debía evitar que algo más creciera ahí, en esa amistad.
Sí, para que negar lo que el peliceleste decía.
Porque en más de una ocasión, por Takao es que el peliverde se había replanteado muchas cosas de su mundo, de sus leyes. Pero nadie estaba tan fuera de sus cabales para retar a Akashi, porque al hacerlo, no se trataba de destruirlo solo a él, sino a todos sus seguidores.
Y ninguno estaba preparado para crear una guerra y mucho menos liderarla. Tal vez esa ausencia de valor y coraje para dejar de seguir los pasos del vampiro pelirrojo, se debía a que la aceptación todavía no estaba completa en el corazón de Midorima.
Aunque Aomine seguía insistiendo en romper aquel maldito campo de energía, no evitó el prestar atención a ese intercambio de palabras entre Kuroko y Midorima, no la necesaria para de verdad lograr interpretarla, pero sí la suficiente como para darse una idea.
—Déjalo, Tetsu, sí Midorima está feliz siendo un perro de Akashi, que lo siga siendo —escupió Aomine—. Así deja en claro que no es capaz de luchar por sí mismo.
— ¡Tú no sabes de lo que estás hablando, idiota! —como pocas veces sucedía, Midorima alzó la voz y miró con deseos homicidas al peliazul.
—Midorima-kun, sabes bien que Aomine-kun entiende perfectamente ese tipo de situación —habló Kuroko, con su tono neutral.
—Hah, con qué tú también, Midorima —Aomine resopló y negó. Parece como si fuera una coincidencia que precisamente los miembros de esta estúpida Unión sean los primeros en "quebrantar" la ley, pensó. Y es que la verdad, luego de oír las palabras del peliceleste, adivinó al vuelo a lo que se refería.
— ¡Cierra la maldita boca! —Midorima le señaló— Al contrario que tú, yo no pretendo romper las reglas, porque no voy a terminar como tú ni Kise —y porque no soportaría que le hicieran daño a Takao, añadió en su fuero interno, pero eso era algo que los demás no tenían qué saber.
—Midorima-kun —llamó otra vez Kuroko, para que el tema no cambiara, porque notó como el rostro del peliazul se mostró perplejo cuando salió el nombre del vampiro rubio a colación, ya que este momento no era el apropiado para que su amigo supiera la verdad—, quién no arriesga, no gana.
El peliverde apretó los dientes, tensándose. ¡Por supuesto que ya lo había pensado desde hace algún tiempo!, pero las cosas no eran así de fáciles como decían, todas las relaciones fallidas del pasado lo dejaban en claro; tenía muchos espejos. E incluso aunque parte de él se encontrara en algún momento deseando arriesgarse, de solo recordar como terminó Kise—encerrado y aislado de todos, sufriendo la tortura eterna de la sed y el sol—, su mente hacía que se imaginara a Takao en esa misma situación y no podía permitirse hacerle ese daño a él. Además de que era más probable de que Akashi matara al lycan azebache, puesto que era una persona ordinaria y eso era algo que Midorima nunca se perdonaría, por eso es que prefería alejarse y verlo de lejos, deseando que fuera feliz, aunque no fuese a su lado.
La duda que las palabras de Kuroko llegó a crear en la mente de Midorima sobre sus acciones y a quién de verdad apoyar, desapareció cuando la voz de Akashi sonó desde el punto verde diminuto que quedó como señal del portal.
—Shintaro, has que Daiki vea como matamos a su querido híbrido —órdeno Akashi.
Y con esas simples palabras, el mencionado lycan se estremeció de miedo. Sí, el gran fuerte y veloz licántropo que siempre había sido un cabrón en todo este siglo, sintió un temor tan desgarrador, que su sangre se heló. Ya lo encontraron, pensó, con la expresión descompuesta por la angustia. ¡No, no, no, no!
— ¡Kagami! —rugió Aomine con tanta fuerza, que traspasó el portal, cuando vio la completa desventaja del pelirojo, mirando como la pata del lycan pelimorado, de tan grande que era, no solo le inmovilizaba del pecho al chico, sino que aplastaba su mejilla, teniendo su rostro volteado, impidiendo así que ambos hicieran contacto visual. Pero quizá era mejor de esa forma, porque si el chico de ojos rojos veía el estado en que el seguía, sería capaz de hacer alguna imprudencia— ¡Maldita sea, Kagami, deja de intentar vencerlos y solo escapa! —gritó otra vez, con fuerza.
— ¡N-no voy a dejarte aquí, joder! —respondió Kagami, sacudiéndose, haciendo muchos esfuerzos por intentar salir, pero era envano. — ¡Yo no te voy a traicionar!
Esas últimas palabras calaron en el alma de Aomine. Y se sintió malditamente feliz, joder, pero sintió un nudo en la garganta también, porque aunque apreció por completo eso—lo atesoró como lo mejor de toda su vida—, seguía con el pánico en el pecho de ver como la vida de Taiga dependía de un hilo. Y deseo ser él quien estuviera ahí, a punto de morir, no su pelirrojo, ¡no él!
Pero sabía que tratándose de Akashi, eso no lo detendría, por lo que tenía que convencer a su testaruda pareja de que huyera.
—Eres muy molesto —espetó Murasakibara, pero el moreno a penas y le prestó atención a su voz, puesto su pulso aceleró y sintió que quería escupir hiel, cuando vio como aumento la fuerza en su pierna, aplastando más el pelirrojo.
—Esto es muy conmovedor, ¿no te trae recuerdos, Daiki? —se burló Akashi, con una sonrisa sombría y se giró para verlo, atraves del portal.
Pero Aomine no respondió a eso, pese a que sentía que estaban por arrancarle la vida si algo le pasaba al pelirrojo. Sintió un inmenso odio hacía ese maldito vampiro que era el líder de La Noche y se juró ahí mismo, que si algo le pasaba a Taiga, no importaba cómo, él sobreviviría y entonces, haría lo que ni con Kise llegó a querer hacer realmente: destruiría a toda la maldita Unión Milagrosa, sin importar si este mundo entraba en caos, pero los haría pagar por completo.
Los mataría, aun si tenía que hacer cosas prohibidas.
— ¡Yo voy a estar bien! ¡Escapa, Kagami! ¡De nada me sirve que te maten aquí, idiota! —insisitó.
— ¡Pero yo…! —vio como Kagami casi se ahoga por la misma presión dolorosa en su pecho y quijada que el pelimorado le seguía causando.
— ¡Estaré bien, solo vete! ¡Confía en mí! —suplicó Aomine, ya importándole poco como luciría ahora, solo quería que el pelirrojo se salvara.
Más afligido que antes, contempló como Taiga gruñó con amenaza, atrapando la atención de todos ahí. Sus uñas crecieron y su agarre fue más firme, que lastimó un poco el tobillo de Murasakibara y lo lanzó con fuerza, a unos cinco metros lejos y se incorporó.
Y todo pasó tan rápido desde ahí, que ni siquiera Akashi, ni nadie más, tuvo tiempo de reaccionar, porque el anillo que colgaba del cuello del pelirrojo creó un camino de luz que terminó hasta La Cascada de Cristal, creando un portal.
Y entonces, Daiki supo que era ahora o nunca, en que una oportunidad se había presentado. No sabía que era de verdad ese anillo que siempre cargaba el chico, pero eso ahora era lo de menos.
— ¡No voltees, solo vete, Kagami! —exclamó Aomine, con desesperación al notar la duda del pelirrojo, que quería mirarle antes de irse, pero no debía perder el tiempo en eso, porque sí mucho solo quedaban cuatro o cinco segundos antes de que el pelirrojo vampiro tomara las riendas del asunto y entonces su pareja no podría escapar.
Cuando Akashi reaccionó y corrió lo más rápido que pudo luego de la sorpresa que se llevó, la cual duró solo un segundo, el chico de ojos rojos fue mucho más rápido de lo que esperó.
Y Aomine miró con alivio, como el pelirrojo saltó dentro del portal, salvándose así.
Momoi supo que algo más guardaba todo el misterio de aquella sombra, cuando escuchó el nombre del vampiro peliceleste ser pronunciado. Y como pudo, logró incorporarse y ponerse en una postura más relajada, pero todavía alerta, observando a la criatura, en espera de lo que sea que fuera a suceder a partir de ahora.
—Sí, Tetsu-kun… ¿sabes…, sabes quién es? —preguntó, tentando a su suerte. A cualquiera le parecía tonto e ilógico que intentara hablar con ese ser, pero Momoi sabía que su intuición jamás le fallaba y sí hacer esto significaba que sabría todo, entonces, seguiría intentándolo. Y como la sombra solo la quedó mirando también, prosiguió: —Conozco a Tetsu-kun, de hecho, es él quién me envía.
Pareció mágico, pero la misma criatura, se irguió un poco y cuando lo hizo, el color de sus ojos se destapó, mostrándolos de un color tornasolado. Parecía que con la simple frase que la chica lobo dijo, la sombra se había calmado, porque detuvo su ataque y le señaló la cueva.
— ¿Q-quieres que entre? —preguntó Satsuki, tratando de evaporar el resto de miedo de su sistema, pero le era difícil cuando se trataba de la misma criatura que estuvo a punto de matarla.
La sombra asintió y señaló una vez más la cueva, para luego ponerse a caminar en dirección a la entrada de esta, con paso lento, esperando que la muchacha le siguiera.
¡Controlate! Esta es la oportunidad que necesitas, no la desaproveches, pensó Momoi, dando un largo suspiro. Pero por simple precaución, no abandonó su forma licántropo y así, caminó a paso tranquilo detrás de la sombra, estremeciéndose ligeramente mientra sus ojos no lograban ver nada más en el interior de esa cueva, pese a su visión tan aguda de lycan. ¿Qué es lo que ese lugar escondía? Esperaba que de verdad no estuviera caminando a la boca del lobo y ahora si terminara muerta, porque hasta el pelaje de su espalda seguía erizado todavía.
Pero como la sombra no hizo ningún otro ademan que la hiciera desconfiar por completo, se mantuvo expectante, siguiéndole en todo el tramo de camino que les faltaba para entrar por completo a la cueva.
El corazón de Momoi aceletó su ritmo cuando los minutos pasaron más rápido de lo que le hubiera gustado y empezaron a adentrarse poco a poco a la oscura cueva en La Montaña Carmesí, misma que solo estaba iluminada un pequeño perímetro con la luz que llegaba desde afuera, aunque conforme más caminaban, la luz se extinguía lentamente.
La mirada de la chica bajó unos segundos y luego volteó a ver hacía fuera, sintiéndose algo preocupada todavía.
Está bien, no tengas miedo, susurró una musical y amable voz dentro de su cabeza. No era su pensamiento, para nada y los ojos de Satsuki se abrieron como platos, por la impresión que le causó mirar quién le hablaba, siendo la misma sombra. Pero esta solo movía el hocico y lo que decía, se proyectaba en su mente.
— ¿Quién eres… tú? —preguntó Momoi.
Por favor, continuemos caminando y lo sabrás, respondió la sombra, en su mente. No te haré nada, no temas, insistió con la voz aterciopelada.
Con ese tono de voz y esa forma de hablar, la chica lobo tuvo un deja vu. Se le hacía tan familiar esa voz… ¡Sentía que la había escuchado en otra parte! Pero, ¿dónde? ¿Qué era lo que estaba pasando ahora mismo? ¿Qué es lo que esa sombra era realmente y por qué no podía hablar normalmente ni tocarle?
Estaba llena de dudas y solo deseaba que todo se aclarara.
Más adelante todo será más oscuro, por favor, no te separes tanto, dijo nuevamente la misma voz de la sombra.
Ella asintió, sintiendo de pronto seguridad en esa voz, así que se acercó lo suficiente y pasaron solo cinco segundos, en los que Momoi recordó que sí, había alguien más con esa misma voz.
Lo que amortiguó la caída de Kagami al suelo duro y arenoso, fueron sus manos y rodillas, había caído a cuatro patas, como un gato. O quizá, como un tigre al bajar de un árbol para cazar a su presa. Aunque la diferencia ahora era qué por el terreno donde estaba y que no reconocía, esperaba que la "cadena alimenticia" no fuera al revés en estos momentos.
Todavía no lograba entender lo que sea que pasó en La Noche, no porque logró liberarse de aquel jodido licántropo de pelaje morado, sino por el portal que se creó; ¿cómo se había formado si él no tenía la energía necesaria para hacer uno con ese potencial, que lo llevara a otro mundo? No tenía sentido, pero eso era lo de menos ahora. Porque se sentía ansioso, furioso e impotente de no poder haber visto que por lo menos Aomine estaba bien, ¡¿por qué era tan débil, cielos?! Le jodía mucho darse cuenta que su llegada ahí solo había causado más que problemas, ¡pero es que no pudo evitarlo!, porque no sabía lo que sucedía con el peliazul, ¿por qué estaba yéndose cuando lo encontró sin por lo menos decirle nada?
Kagami sacudió la cabeza, para evitar seguir atormentándose con sus pensamientos, decidido en reconocer mejor ese terreno donde estaba en estos momentos. Así que ahora que se estaba incorporado, caminó unos cuantos metros, hasta llegar a la orilla de lo que parecía ser un precipicio; vaya lugar al que fue a dar. No sentía vida en aquel mundo, pero podía ver que el sol aquí se existía e incluso el color del cielo era similar al de su mundo humano, mas todo estaba tan desolado.
Parecía un desierto. Sí, quizá esa fuera la descripción que mejor le quedara. Aunque de todos modos, podía ver enormes árboles en todo el perímetro y jamás en su vida había visto unos de ese tamaño tan colosal, incluso sentía que podrían construirse casas en sus ramas o en el interior del tronco.
Y el viento trajo consigo el sonido de una corriente de agua, ¿eso era un arroyo? ¿Dónde? Porque hasta ahora, el pelirrojo notó la sed que traía.
Así que trotó para bajarse de ese risco desde otro ángulo para no caerse y ponerse en busca de ese bendito arroyo, recordando que tiempo atrás, Alex le había recomendado que sí alguna vez visitaba otra dimensión, no consumiera nada, porque no sabía lo que podría sucederle a su cuerpo, al ser humano. Pero, ¿qué tenía de malo si era agua? Estaba seguro que por lo menos eso sí era igual a la de su mundo, justo como en La Noche.
Y mientras caminaba, Taiga se sentía maravillado con esa otra dimensión. No tenía el mismo estilo llamativo que aquel mundo de vampiros y licántropos, pero de todos modos, a él le gustaba de una forma extraña, pese al calor del infierno que hacía.
Suspiró, ¿cuántos mundos más existían en todo el universo?, ¿en cada galaxia? ¡Había tantas cosas por descubrir y conocer que desataban su curiosidad!
Pese a todo lo que había sucedido y que lo tenía con los nervios a flor de piel, del mismo modo que la preocupación, se encontró disfrutando un poco la vista del paisaje. Todavía no veía desde donde estaba aquel arroyo, pero seguiría avanzando hasta encontrarlo.
Sin embargo, se detuvo de golpe, cuando un rugido atronador llegó a sus oídos y casi al mismo tiempo, una criatura mitológica de la que había leído en más de una ocasión, apareció delante de él, luego de que saltó de alguna de las ramas de los árboles.
Esa era, sin duda alguna, una quimera.
Sintió una mezcla de fascinación y terror al verla, estaba seguro que jamás la olvidaría; con sus partes animal y humanas, que le daban un aura no solo intimidante, sino mistica. Con ese cuerpo de equino de la cintura para abajo, como sí fuera un centauro. Los ojos rubíes del chico se pasearon también por del torso que era el hermoso cuerpo de una mujer, con unos senos grandes, pero sin pezones, simple piel y que esa parte humana, desaparecía al empezar la quijada, donde el rostro se volvía el de un felino, como los de una leona y su cabello era largo y castaño, similar a una melena. Todo ese aspecto hacía un perfecto contraste con los ojos verdes de la quimera.
Aunque, de no haber sido por el golpe que esta le propino a Kagami, se hubiera quedado observándola todavía más tiempo, ignorando su instinto de supervivencia otro poco más.
Pero esa patada, fue suficiente para despertarlo y agradeció que no lo hubiera golpeado primero con ese mazo de madera gruesa con algunas puas, sino seguramente ahora estaría inconsciente.
Parece que las luchas no terminaran todavía, pensó, optando una posición de combate, casi agazapado. No sabía como se luchaba contra una quimera, porque, cielos, en su mundo no existían y su propósito no era acabar con ellas, porque incluso aunque estás alguna vez llegaran por mera coincidencia al mundo humano, no eran seres violentos, al contrario, pese a su aspecto, él sabía que eran criaturas pacíficas.
Cosa que lo confundía un poco, porque esta quimera no parecía serlo en lo más mínimo. Claro que, no era su culpa, solo que eso Kagami no lo sabía.
La quimera, Yume, rugió nuevamente y comenzó a correr, lanzando múltiples golpes con el mazo que cargaba, pero Taiga era veloz, de modo que corrió, mientras hacía presión en su mano derecha para que el látigo que tenía enrollado ahí, se deslizara hasta tomar su verdadera forma y dejando que el chico le sujetara. Justo cuando la quimera propinó un golpe más con su mazo, Kagami lanzó su látigo hacía arriba para que se enrollara a una rama de los grandes árboles de esa zona y se elevó. Sin embargo, no lo hizo a tiempo, porque Yume se paró solo con sus patas traseras y usando las delanteras, lo pateó con fuerza en la espalda, que de no ser porque el látigo se enrolló en la muñeca del pelirrojo, se hubiera caído por la intensidad del golpe.
Kagami soltó una exclamación de dolor y apretó los dientes. A penas y pudo treparse como debía a la gran rama de ese árbol. Aunque ahí no estaría a salvo durante mucho tiempo, porque la quimera no era idiota y su expresión se volvió más agresiva, pero volvió a pararse de sus patas traseras, elevando las delanteras para patear el tronco de ese árbol con todavía más fuerza que con la que lo golpeó, y no solo eso, también azotó con su mazo ese mismo lugar, intercalando ambos ataques.
Era obvio que pretendía derribar ese gran árbol, que pese a su tamaño, parecía algo ridículo que Yume quisiera hacer tal cosa, pero solo bastaba con ver y oír como ella lo golpeaba, para darse cuenta de que en algún momento, lo haría. Y eso no tardaría mucho, ya que incluso, el suelo tembló, agrietándose al séptimo golpe.
Tengo que pensar en algo rápido, los ojos de Kagami buscaron el árbol más cercano para calcular la distancia y poder saltar. Pero el que estaba más cerca, se encontraba a unos cinco metros desde donde ahora y era mucho más bajo que en este donde estaba, y además, no podía pasársela solo arriba de los árboles, ya que no parecían ser un problema para la quimera.
Debía haber una manera en que tendría que ganarle.
Entonces, justo cuando Yume dio el golpe final al tronco del pobre árbol, derribándolo, el pelirrojo recordó sus armas. Demonios que toda esta preocupación por el peliazul lo tenían más que despistado. Así que en la velocidad de solo unos segundos, saltó hacía la rama más alta del mismo árbol, pese a que se estaba cayendo—de forma no tan rápida por su gran consistencia—, y desde ahí, saltó al mismo tiempo en que sacó dos pistolas —de las siete que le quedaban— de su chaleco y sin soltarse de su látigo, apuntó lo mejor que pudo a la quimera.
Yume saltó, como si Taiga fuera una pelota de béisbol que caería del cielo y que golpearía, pero incluso así, los disparos le golpearon el pecho. No eran balas de plomo como ella pensó, porque Akashi le traía en varias ocasiones, algunos humanos para diversión y comida y estos usaban armas similares, que no le hacían daño en lo más mínimo, por eso se confió de las armas del pelirrojo.
Cuando las balas golpearon su cuerpo, no le dolió y sonrió burlona, lista ya para recibir al humano de un buen golpe. Pero entonces, su cuerpo se paralizó y sufrió choques eléctricos violentos, que le hicieron soltar su mazo y caer al suelo, aunque pese al aturdimiento del dolor en su anatomía, se puso a cuatro patas otra vez, mas su visión estaba dañada y por más que se paro de sus patas traseras para por lo menos patear al pelirrojo, no fue capaz de hacerlo y sintió como Kagami se paró en su espalda.
—Lo siento, pero no puedo dejar que me mates —susurró Taiga, sintiendo algo de pesar, porque incluso la vampira rubia le decía que las quimeras eran seres bondadosos que si llegaban a volverse salvajes, era porque su historial de tragedias eran grande. No sentía lastima, pero hubiese querido poder hacer que la quimera no estuviera en esta situación.
La quimera se sintió indignada de que un humano le estuviera montando, pero cuando quiso girar el torso para darle zarpazos al pelirrojo, sintió como algo la ahorcaba y hacía su cabeza para atrás con una fuerza que no era típica entre mundanos.
Ella empezó a correr por todo el camino, con una velocidad que superaba a cualquier licántropo y que si Kagami no se sujetaba bien, saldría volando, como si fuera lanzado por un tornado.
El vértigo apareció en su estómago y la adrenalina corrió por sus venas al ver como de pronto todo el lugar parecía ahora un borrón, mientras Yume corría. Esta misma hizo sus manos hacía atrás y reparaba, para intentar sujetar los brazos del pelirrojo y quebrarlos, pero como el chico estaba usando su látigo para ahorcarla, estaba a una distancia prudente y las garras de la quimera no le alcazaba. Aunque sí le estaba costando un trabajo enorme mantener el equilibrio con ese trote violento que tenía, ya que no estaba sentado en su cuerpo, sino que seguía de pie.
Yume sentía tal desesperación y odio por quitarse de encima a Taiga, que olvidó la obligación que tenía ahí, de cuidar al único prisionero del lugar. En estos momentos, ya daba igual.
Por lo que seguía corriendo como si hubiera enloquecido, sintiendo como la presión en su cuello aumentaba todavía más, de tal modo que ni siquiera podía girar el rostro o producir suficiente saliva como para escupir su veneno al chico, mismo que era mortal. Pero no se daba por vencida y mientras continuaba corriendo, el pelirrojo se dio cuenta como la zona en la que ahora estaban, era diferente a donde apareció hace unos minutos atrás; a diferencia de este lado, todo se veía más triste, incluso el desierto tenía más vida que aquí, que pese al cielo azul en el cielo y del sol en el centro, todo estaba árido y los árboles estaban doblados en una sola dirección, con el casi violento aire que corría por ahí. No había vegetación en este lado de la de ahora dimensión y el suelo estaba agrietado, es más, ya ni escuchaba el arroyo de antes.
Y si Kagami no quería ser arrastrado hacía la punta de otro risco que logró ver desde donde estaba ahora—pese a que la velocidad con que la quimera corría hacía ese lugar haría imposible que un ojo humano lo notara—, debía hacer algo. Entonces se dio cuenta que ese era el nuevo plan de Yume para deshacerse de él, porque sin importar lo alto de ese barranco, ella no moriría, en cambio, el pelirojo…
Así que la duda desapareció de la mente de Taiga y usó toda su fuerza corporal, tanto así que las venas de sus brazos saltaron, de un modo que lo hizo lucir sexy y jaló de su látigo, sintiendo la dureza y resistencia de los músculos del cuello de la quimera. ¡Yo no voy a morir aquí, Aomine me necesita y no lo dejaré solo!, pensó justo cuando Yume pasó al lado de una cuesta arriba, de donde sobresalía un tronco y su cuello tronó al fin.
Y convulsionó con tal violencia, para después soltar un rugido y se desmoronó sobre aquel tronco sobresaliente del suelo de aquella cuesta, que llevaría hasta la cima de alguna colina.
El pelirojo saltó veloz, alejándose del cuerpo de la quimera, escuchando y viendo como el gran peso de esta, fue capaz de quebrar no solo ese tronco de ahí, si no también parte del suelo de piedra.
Sus ojos mostraron sorpresa cuando notó lo que estaba en el interior de esa colina, como si fuera una cueva, que seguramente tenía su entrada en algún otro lugar. Toda esa destrucción levantó bastante polvo que hizo toser a Kagami un poco y en lugar de alejarse de ahí, camino los pasos necesarios, todavía cerca del cuerpo de la quimera, escuchando como más pedazos de la pared de piedra se caían, haciendo eco cuando golpeaban el suelo del interior de ese lugar subterráneo. Y pensó que al asomarse no vería nada, al ser una simple cueva.
Qué equivocado estaba.
Tan pronto se acercó lo suficiente, el brillo de lo que parecían ser rejas de plata resplandeció contra su cara. Pero no fue eso lo que hizo que Kagami se quedara quieto e impresionado.
No, sino más bien eso le pasó, cuando sus ojos rojos enfocaron la figura de lo que parecía ser un vampiro encadenado con esposas y lastimado, de un cabello rubio maltratado, de unos ojos color miel que le devolvían la mirada y que compartían la misma sorpresa.
El viento sopló, golpeando con violencia el cuerpo de la quimera inconsciente, para que después el silencio continuara reinando, mientras que Kagami y Kise, seguían mirándose.
Sí Kuroko no continuó usando sus palabras para lograr que Midorima entrara en razón, fue porque tan pronto el híbrido pelirrojo hubo escapado, Akashi atravesó el portal, secundando por Murasakibara, de regreso al castillo.
Nadie se atrevió a decir palabra alguna, pues la ira del vampiro pelirrojo era casi visible, con solo su expresión afilada y fría, como un cuchillo, mientras que los ojos de este observaban a cada uno como si entrara a su mente. Y bueno, dado su don, así lo hizo, sin importar que estuviera rompiendo su propia regla, pero estaba harto de que intentaran retarlo, cuando sus palabras eran absolutas: lo que se decía, se hacía sin discusión.
Aquel escrutinio mental no fue notado por nadie, porque no usó su hipnosis y solo fue algo de cinco segundos—y superficial—, tiempo en el que si encontraba alguna duda o indicio de que alguien pretendía revelarse contra su persona, tendría consecuencias.
Y eso fue justo lo que pasó.
—Shintaro, llévanos al Prado del Sacrificio —ordenó Akashi, con dureza.
Entonces, Aomine supo que tal parecía no podría mantener las palabras que le dijo a Kagami antes de que se fuera, sobre que estaría bien. Aun así, haría todo lo posible por cumplirlas.
—Akashi-kun, ¿no estarás pensando en…? —intentó decir Kuroko.
—Silencio, Kuroko, no me contradigas —zanjó Akashi con frialdad.
Incluso aunque el peliceleste intentara volver a decir algo, el cambio de lugar pasó rápido y todo intento fue en vano, porque entonces, los árboles aparecieron rodeándoles de forma circular, pues justo ese lugar tenía una forma de pradera, solo que sin flores ni nada, solo simple pasto.
Visto desde arriba, la forma del terreno era ovalada, de un diámetro de quizá tres kilómetros. Ese lugar era usado para los juicios que eran necesarios cuando se dictaba la sentencia de un criminal. O bien, para la muerte como castigo también.
—No lo estaba haciendo, Akashi-kun, simplemente me sorprende como es que luego de que dijeras que no romperías el equilibrio de la Unión Milagrosa, ahora has cambiado tus planes —dijo Kuroko, no dándose por vencido.
— ¿Qué no me contradices? —inquirió Akashi, con una sonrisa de falsa amabilidad, mirando al peliceleste como si fuera un insecto— Lo has hecho desde que dejaste que tus emociones se metieran en tu mente, nublando tu sentido de la justicia —con un gesto de cabeza, señaló al peliazul licántropo, que seguía encerrado en aquel campo de energía.
—Eso no es verdad —Kuroko enfrentó con la mirada al pelirrojo y frunció el ceño, con determinación—. Es tu sentido de justicia que esta cerrado y es intolerante, es lo que causa que tu "justicia", haga lo contrario.
El enfrentamiento de miradas empezó y todos se quedaron muy quietos, aunque Murasakibara y Aomine estaban lejos de igualar la inmovilidad vampirica que los hacía parecer estatuas.
—Te equivocas en eso, Tetsuya. Y no solo porque mis palabras siempre son absolutas —mencionó nuevamente Akashi y poco a poco, sus labios se curvaron en una sonrisa que heló la sangre de todos los presentes ahí mismo, pero que continuaron sin moverse, expectantes—, sino porque justo ahora, tomaré un riesgo que me tiene emocionado —alzó la mano izquierda para empuñarla lentamente y luego ejercer mucha fuerza, que dejaba en claro que no solo estaba la adrenalina de su nueva decisión, sino la furia.
— ¿Y esa decisión tiene que ser asesinar a Aomine-kun? —replicó Kuroko, acentuando más su ceño fruncido, completamente en desacuerdo— ¿Por qué todos los cambios que haces siempre generan la violencia, en lugar de promover la paz?
Tetsu…, pensó Aomine, sin ocultar la ligera sorpresa que le dio escuchar esas palabras del vampiro de cabello celeste. Y con eso se dio cuenta, que en efecto, Kuroko era alguien digno de respeto y un ser que de verdad era su amigo sincero. Pero por esa misma razón, es que deseó que se callara, porque no quería que terminara mal.
—Para nada, Tetsuya —los ojos de Akashi adquirieron un tono violento y sombrío, como si fueran el reflejo de un afilado cuchillo acabando de cortar—, mi decisión no es condenar a muerte a Daiki sin motivo alguno —la sonrisa que pintó en sus labios, representó lo mismo que su mirada—. Mi autentica decisión y orden, es… —hizo una pausa dramática de solo cinco segundos y regresó a su expresión solemne—: Aomine Daiki, Kuroko Tetsuya, yo los juzgo a ambos y condeno a muerte, por alta traición a mi autoridad.
Kise no sabía como reaccionar en ese preciso momento. Para nada, ¿un humano había vencido a Yume, la imponente quimera?, pero para empezar, ¡¿qué hacía un humano en este lugar?!
Sabía que Akashi en alguna ocasión los mandaba a través de un portal para alimento de Yume, cosa que era más torturante para él, que no podía beber sangre de estos. Entonces, ¿debía suponer que ese pelirrojo era otro más en la cadena alimenticia de la quimera? ¡Pero aun así! ¡La había dejado inconsciente! Y eso no era posible para ningún bendito humano.
Así que decir que sentía admiración y asombro, era quedarse muy corto. Estaba seguro de que incluso no importaba cuantos años siguiera viviendo, nunca olvidaría este suceso.
No obstante, el rubio no siguió pensando nada, porque la coherencia empezó a querer abandonarlo cuando el olor de la sangre del chico llegó de golpe a sus pulmones con la nueva corriente de viento y por segunda ocasión, sus ojos cambiaron de iris dorado, a uno carmesí.
—Sino estás aquí como alimento…, te recomiendo que te largues —siseó Kise. No supo qué, pero había algo que le detenía para no empezar a usar la persuasión que todo vampiro tenía y encantar al chico para hacerlo su presa.
Una sensación desagradable recorrió a Kagami al oír hablar a ese vampiro rubio, mientras veía todo el cuerpo lastimado de este, lleno de llagas enormes que parecían sangrar de forma lenta y tortuosa, incluso alguna parte de la anatomía del rubio parecía como si tuviera lepra, porque se agrietaba y empezaba a caerse a pedazos. ¿Qué habría hecho este vampiro como para merecer tal tortura como estar bajo el sol, que entraba por esa ventana que estaba escondida en el tronco sobresaliente que la quimera destruyó? Pero no solo era el daño que el sol le causaba, si no por el estado de su piel y la facilidad con que los ojos del rubio se volvieron rojos, indicaban que había pasado demasiado tiempo en que el vampiro probó alguna gota de sangre, de alimento.
Por Himuro sabía bien el estado en que alguien de esa raza podía caer si estaba así por demasiado tiempo y por Aomine sabía que si alguien entre los vampiros o licántropos estaba siendo castigado o desterrado, era porque eran criminales de La Noche. Pero incluso sabiendo eso, sintió el deseo de ayudarlo, así que hizo ademan de acercarse.
No era lástima lo que sintió, no, para nada, mas no podía quedarse de brazos cruzados sin ofrecer su ayuda, porque su sentido de la justicia le decía que esto era demasiado y a sus ojos, aunque se tratara de un vampiro criminal, no le parecía una mala persona.
—Sí te acercas, ten en cuenta que no dudaré en matarte —advirtió Kise, no como si de verdad quisiera dañarlo e infundirle miedo, solo para evitar que el chico se acercara.
Por la voz del vampiro, Kagami también se dio cuenta de que había una agonía diferente en este, pues aunque fuera despistado en muchas cosas, en este momento, su atención estaba por completo en el rubio, así que su instinto estaba al máximo y eso fue lo que le dijo.
Los ojos rubíes del chico miraron directamente a los ojos carmesí de Kise, que pese al descontrol que empezaba a sentir por el ansía de sangre, de alimentarse, se percató de la extrañeza que ese humano tenía, no solo en su olor—que ahora le llegaba más directamente—, sino ese para nada típico color de ojos, similares a los de un vampiro.
Taiga continuó en silencio y con su diestra, abrió la bolsita que colgaba de su cinturón, para destapar la caja que estaba ahí y sacar cinco cápsulas, las cuales aplastó una por una para reventarlas y soltar su contenido, como por arte de magia, sacando los envases de sangre que cargaba ahí.
El vampiro aulló cuando más olor de sangre golpeó su sistema y sus colmillos aumentaron de tamaño.
—Quizá no sea lo mismo, pero esto te ayudará —mencionó Kagami y todavía sin acercarse tanto, deslizó cada frasco que contenía sangre, hasta donde las manos del vampiro pudieran agarrarlos.
Y Kise no dudó en lo más mínimo de tomar esa sangre que olía tan fresca, ¿cómo es que ese humano la tenía en su poder? ¡Eso era lo de menos! Ahora lo importante para él, era beber y beber de esta, hasta saciarse. Tanto así era su necesidad, o mejor dicho, su sed, que hasta se olvidó de la presencia del humano ahí y solo prestó atención a lo que serían un total de diez envases de dos litros de sangre.
De alguna manera, Kagami se sintió complacido al notar como el otro aceptaba su ayuda y, confiado de momento mientras el vampiro bebía la sangre de los envases, se adentró al interior de esa habitación, dándose cuenta que más bien era una cárcel de una mazmorra subterránea.
Olía a humedad y pudo notar la presencia de varios bichos extraños salir del lugar ante el nuevo visitante que era él. Se acercó lo suficiente hasta llegar a los barrotes de plata pura y los sujetó; sí esto era lo que impedía al vampiro rubio escapar, entonces significaba que no solo se trataba de un simple criminal, sino de un desterrado hecho prisionero.
Sentía la viva curiosidad en su mente por querer saber que crimen podía ser tan atroz como para este castigo—o mejor dicho, su cerebro no quería recordarlo ahora mismo—, que no se dio cuenta que Kise había devorado los veinte litros de sangre en menos de unos dos o tres minutos y que por los ojos rojos de este, significaba que todavía no era suficiente.
Ahora que Ryota había probado la sangre, su instinto vampirico estaba desatado, ya le importaba poco que al principio no hubiese querido usar a ese humano, que le ayudó, de alimento, pero así era la cadena alimenticia, ¿no? Así que importándole poco que se lastimara las muñecas con las esposas de plata, estiró su cuerpo y usando sus piernas, en un movimiento fugaz, derribó al pelirrojo, contra el suelo, que no le dio tiempo de responder. Y con sus pies y la misma agilidad, lo arrastró, hasta que pudo jalarlo de la ropa con sus manos.
El corazón de Kagami bombeó con fuerza y cierto temor, cuando se dio cuenta de que ahora pasaba de cazador a presa, al momento en que las manos del vampiro le sujetaron; una lo apretó del pecho y la otra le hizo a un lado la cabeza, para dejar expuesto su cuello.
—No, todo esfuerzo es inútil —susurró Kise, de forma persuasiva ante el intento de escapar del pelirrojo y es que a pesar de que la plata lo debilitaba, el golpe de energía que tuvo con esos veinte litros de sangre, le dieron la fuerza suficiente para mantener sujeto al humano.
No dejó que Taiga hablara, y enterró sus colmillos en la yugular de este, mordiéndolo y empezando a succionar de la sangre de este.
Pero no pasó ni treinta segundos, mientras Kise saboreaba la sangre caliente y deliciosa del pelirrojo—un sabor tan exquisito, como si las mismas Diosas de su mundo lo hubiera hecho—, cuando un sabor completamente familiar se hizo presente en esa sangre.
No era la marca de algún otro vampiro, no, al contrario, no entendía como un licántropo podría dejar marcada la sangre de un humano, porque no era así como ellos funcionaban al alimentarse.
Porque el sabor de Aomine se hizo presente en la sangre de Kagami.
Así que con consternación, Kise soltó el cuerpo del chico y le empujó a la vez que sus ojos estaban abiertos de par en par, observando al humano ahí tendido, que se sentaba como podía. Tanto había sido su asombro, que incluso ignoró el hecho de que la sangre de Kagami tenía un sabor muy diferente al de un humano ordinario y no solo eso, parecía que el corto tiempo que bebió de este, su fuerza y vitalidad se empezaba a recuperar más rápido que con esos simples envases de sangre.
— ¿Tú…, tú conoces a…, a Aominecchi? —inquirió Kise, con un hilo de voz y una sensación extraña en su cuerpo.
Esa pregunta debió ser capaz de alertar la intuición de Kagami, pero debido a que la ponzoña del rubio entró en su sistema sanguíneo, empezó a sentirse desonrientado. No la tenía en cantidades grandes, por eso es que las consecuencias no estaban apareciendo rápidamente.
—Sí, lo conozco.
— ¿Y él…, él está bien…?
Kagami asintió, simplemente, todavía usando su fuerza de voluntad para ignorar el malestar de la ponzoña.
Kise lo quedó mirando, intentado comprender porque ese humano tenía algo del sabor de la persona que amaba, en su sangre. Quizá debió preguntar algo más, pero incluso para él esto era demasiado y la combinación de emociones, le impedían reaccionar como siempre planeó hacer, en las veces que imaginaba qué haría al ir en busca nuevamente de Aomine.
—Te dije que no te acercaras tanto, pude haberte matado.
—Está bien, no importa —Kagami se incorporó e hizo ademan de sacar más capsulas.
—Si no te importa, preferiría que primero me ayudarás a liberarme antes de beber más sangre —expresó Kise con una pequeña sonrisa algo nerviosa. Hacía tanto tiempo que ese gesto no aparecía en su rostro y sintió su cara tiesa—. No quiero perder el control otra vez.
— ¿Eso significa que sí te ayudo a liberarte no me intentarás matar otra vez al beber mi sangre? —inquirió Kagami con escepticismo.
—Tu sangre es demasiado atractiva, pero no beberé de ti —prometió Kise, todavía una esa sonrisa en su expresión. De cierta forma, ese chico tenía una energía que le hizo recordar lo positivo que era siempre antes de que todo se desmoronara.
Sus palabras eran ciertas, porque aunque todavía sintiera ese ardor en su garganta con el olor del muchacho tan de cerca, lo hacía más soportable, pero por si las moscas, decidió dejar de respirar hasta que el otro estuviera lejos.
—Bueno, creo que esto ayudará a romper las cadenas… —mencionó Kagami, sacando otra pistola, esta vez de su bota derecha, pues las otras dos las perdió en la acrobacia que se vio obligado a hacer con mayor rapidez al estar llevando a cabo su plan para vencer a la quimera.
— ¿Con un arma humana? —Kise pareció perplejo.
—Digamos que esto… es diferente —contestó Kagami—. Tal vez te duele un poco, no sé —avisó.
—Está bien, no importa —Kise asintió.
El pelirrojo suspiró y sujetó la diestra del rubio y pegó la punta de la pistola en un lado de la esposa de plata que se ceñía a esa muñeca y disparó. Pasaron tres segundos y esta se rompió, pero el vampiro dejó escapar un ligero jadeo por la sensación entumecedora que le causó en sus músculos y huesos. Con una mirada animó a Taiga para que continuara y este así lo hizo, hasta que al final, las cuatro esposas de plata estuvieron partidas por la mitad y tiradas en el suelo.
Y Kise sintió que podría abrazar al humano de la felicidad por ser al fin libre, pese a la sensación incómoda que dejaron los disparos en su cuerpo, seguramente si la plata no hubiese estado de por medio, el daño a su anatomía fuera peor.
—Listo, ahora eres completamente libre, rubio.
—Soy Kise, Kise Ryota —él dijo su nombre, con una sonrisa simpática, pese a la tristeza que todavía sentía en su persona.
—Kagami Taiga —respondió el aludido, también sonriendo ligeramente.
—Bueno, Kagamicchi…
— ¡¿"Kagamicchi"?!
—Añado el "cchi" para las personas que respeto —aclaró Kise, divertido por la reacción del chico—, y dado que tú acabaste con varias de mis torturas, te lo has ganado.
—Eso no es algo necesario —Kagami frunció el ceño, ligeramente incómodo por la pronta confianza o así lo veía él.
Pero el rubio no se inmutó en lo más mínimo.
El momento fue roto, cuando la tierra empezó a vibrar y entonces, el cuerpo de la quimera empezó a estremecerse, como si quisiera despertarse, dejando atónito al pelirrojo.
—Para matar a una quimera debes decapitarla, no romperle el cuello, eso solo las deja inconscientes un corto tiempo —explicó Kise, por el desconcierto del muchacho.
—Genial —bufó Kagami.
—A menos que quieras volver a tener otra lucha con ella, será mejor que me dejes a mí la tarea de correr, Kagamicchi.
— ¡De ninguna manera, puedo correr solo!
—Entonces, vayámonos ya —Kise se mostró extrañamente solemne y jaló de la muñeca humana, para ser el quien guiara el camino, corriendo lo más rápido que podía sin presionar la velocidad del muchacho.
Sin embargo, no era lo suficientemente rápido, porque Yume se incorporó y acomodó su cuello con ambas manos, haciéndolo tronar y rugió.
— ¡Aquí viene, maldición! —exclamó Kagami.
—Kagamicchi, será mejor que te quedas detrás de mí —dijo Kise, adquiriendo una expresión de combate, pese a que todavía no esta listo para pelear como se debe.
No se detuvieron porque Yume los hubiese alcanzado—que poco de diez metros le faltaba para hacerlo—, no fue ese el motivo. Sino que justo enfrente de ambos chicos, una luz destelló y un portal creció ahí, de donde un vampiro completamente familiar para el pelirrojo, se dejó ver.
— ¡Taiga! —exclamó Himuro, ignorando de momento la presencia del otro vampiro rubio que corría prácticamente de la mano al pelirrojo.
Sin dejarle tiempo a Kise para que pregunta o dijera algo, Kagami solo aceleró de un modo nada humano y ahora fue él, quien jaló al vampiro para adentrarse ambos en el portal, dejando a la quimera atrás.
La angustia llenaba el corazón de Shiro desde que había mandado su mensaje de advertencia a su hermana Alex, mejor conocida como El Hada. Y como llevaba muchísimo tiempo metida en La Nada, no era consciente del tiempo del mismo modo que un humano o un vampiro, así que no sabía cuanto había pasado desde qué envió ese mensaje, utilizando la garra de lycan—y perteneciente a su esposo, Kai— que colgaba de su cuello, siendo eso un collar.
Deseaba poder ayudar ahora con lo que se avecinaba, pero pese a su don como vampira, estando encerrada en esa maldita dimensión, era completamente inútil. Incluso en medio de la gran preocupación que como madre sentía por su hijo, consideró que quizá hubiese sido mejor que aquella vez en que Alex llegó para sacarla de ahí, debió aceptar.
Así huir quizá fuera más fácil. Pero no podía abandonar a su amado Kai, porque en ese entonces, la Unión Milagrosa lo tenía como prisionero, no iba a escapar y dejar que lo torturaran solo a él.
Pero a pesar de todo este calvario que venía castigándola desde hace casi dos siglos o más, no se arrepentía de haberse enamorado de un licántropo, ni de haber procreado con este, no. El arrepentimiento no formaba parte de su vocabulario.
Hubiera seguido torturándose entre los recuerdos y el desespero de saber como estaría su hijo, de no ser porque su atención se desvió a la proveniente luz que empezó a aparecer a quinientos metros a distancia desde donde estaba ahora. Conocía bien lo que significaba eso.
Era un portal, uno que sabía no era de Akashi, porque la conexión con su hermana era tal, que fue capaz de percibir su esencia incluso antes de que Alex atravesara este.
Y las piernas de Shiro se movieron con agilidad y velocidad, llegando hasta donde la otra rubia, en menos de treinta segundos.
— ¡Dime, Alex, dime que Taiga está bien! —suplicó.
Los ojos de El Hada la miraron casi con la misma angustia, pero se mantuvo serena en expresión y voz, para no hacer la situación más grave de lo que ya era, sintiendo como su hermana estaba por zarandearla sino le respondía y explicaba ya las cosas.
—Te daré las explicaciones en el camino —dijo Alex, sujetando de los hombros a la otra rubia—, porque lo más importante ahora, es que Taiga también te necesita a ti y debemos ir con él.
Esta vez, Shiro no dudó ni negó ante esa petición que se le ofreció, como hace tantas décadas atrás.
El hechizo que Midorima creó con su magia se movió incluso más rápido que la velocidad de reacción de Kuroko, porque cuando este quiso hacer algo para defenderse, la magia llegó a su cuerpo del mismo modo que en el de Aomine, como si fuera la anestesia inyectada antes de una cirugía. No era algo invisible, se veía como una ligera neblina gris, que cubría poco a poco el cuerpo de ambos amigos.
—Akashi-kun, no puedes tomar una decisión así como así —dijo Kuroko, fijando sus ojos azules en los del otro vampiro.
—Yo soy la autoridad aquí, Tetsuya, y no estoy dispuesto a seguir tolerando que tú hagas cosas escondidas de mí —repuso Akashi, como si fuera obvio.
— ¡Te equivocas, Akashi! —exclamó Aomine con una completa indignación— ¡Nunca nadie te eligió como el maldito líder de este mundo! ¡La Noche es gobernada por los miembros de la Unión, sin pirámides de poder entre ellos!
—Tú eres el menos indicado para decir algo, Daiki. De hecho, tú serías el principal culpable —volvió a decir, Akashi.
—Murasakibara-kun, Midorima-kun, ustedes saben que las palabras de Aomine-kun son ciertas; este mundo es reinado por igual entre nosotros —Kuroko miró con determinación a cada uno de los presentes ahí—. Eres tú solo, Akashi-kun, que se toma papeles que no le corresponden, así que no puedes considerar traición mis acciones, porque no actúo en tu contra, pero no necesito tu permiso.
—Tetsuya, ¿ya olvidaste a quién dejaron que se responsabilizara de la carga que significaba tener a un traidor en la Unión Milagrosa? —recordó Akashi con frialdad— Cuando Daiki cometió la estupidez de revolcarse con Ryota y tener un romance, y los habitantes empezaron a sospechar, ¿a quién le dejaron que pensara las estrategias para evitar que se conociera esto?
— ¡En ningún momento yo estuve de acuerdo con eso! —la siempre tranquila voz de Kuroko, alzó su tono solo un poco, dejando ver su enojo— Yo te explique otras salidas, tú mismo te aferraste a algo cerrado. Fuiste tú quién decidió ahogarse con un vaso de agua, Akashi-kun.
— ¿Yo fui el único que se mostró en desacuerdo contigo, Tetsuya? —bufó Akashi— Shintaro y Atsushi me secundaron, y ni se diga de Shogo; eras tú solo contra cuatro, era obvio que tu sugerencia fuera echa a un lado.
El peliceleste negó.
—Si la gente te dice "apoyar", no es porque te respeten y siembres admiración en los habitantes y trabajadores o compañeros —Kuroko miró de refilón al peliverde y al pelimorado—, sino porque tú solo eres capaz de imponer, Akashi-kun.
—Lo que significa que debo imponer más temor, ya que aun así, mira como abundan los traidores —señaló Akashi.
De repente, los ojos de Kuroko se llenaron de una profunda tristeza, una que pese a tener su expresión neutra, se vio removida por la consternación unos segundos. Y en ese tiempo, todos los presentes ahí, sintieron su dolor y fue fácil que para dos en específico, pudieran interpretar, esa clase de dolor que sentía.
—Tetsu… ¿tú…? —Aomine se mostró completamente impresionado al darse cuenta de lo que el corazón de su amigo escondía.
—Kuroko… —susurró Midorima, mostrando también sorpresa en su rostro siempre serio, incluso su hechizo hizo ademan de dudar.
—Akashi-kun, yo nunca… Nunca entenderé cómo fue que cambiaste tanto —masculló Kuroko con el corazón en un puño.
—Siempre he sido así, Tetsuya —sí Akashi sintió que alguna reacción pudo aparecer al ver esa faceta en el peliceleste, mató esa posibilidad en su interior—. Basta de charla, Atsushi, encárgate del desmembramiento, mientras Shintaro y yo nos encargamos de cegarlos por completo —ordenó.
No había marcha atrás y lo único que Kuroko hizo, fue cerrar los ojos, para que su corazón no terminara de romperse. Y si Aomine no lo hizo, pese a la realidad amarga, era porque tenía fe, de alguna forma.
Pero aun así, nadie se esperó, que justo cuando las garras de Akashi y Murasakibara estaban a punto de atraparlos, un punto de magia que no pertenecía a Midorima, estalló al lado de donde estaban Aomine y Kuroko. Y pasaron solo unos segundos, para que unas chispas de electricidad se crearan, formándose una solida barrera de rayos dorados, con la que Seijuro y Atsushi se estamparon y no pudieron esquivar, recibiendo el ataque eléctrico con potencia, siendo lanzados a más de quince metros de distancia.
Cuando la luz empezó a apagarse poco a poco, algo en el pecho de cierto peliazul se removió, al recordar que solo había alguien que conocía, con ese único don como vampiro.
Y del mismo modo en que Midorima y Kuroko ahora estaban en shock por la persona que acababa de aparecer, el moreno también.
Solo que Aomine sentía que no era ni capaz de respirar, cuando sus ojos zafiro se encontraron con ese par de ojos de oro, que solo pertenecían a Kise.
Y se miraron, después de un siglo, vampiro y licántropo volvieron a encontrarse.
AAAAAAAAAAH!
Como me emocioné un chingo cuando escribí éste capítulo, neta. Siempre le di muchas vueltas y vueltas sobre cómo Kagami y Kise se conocerían; hasta que un día me dije, ¿por qué no hacer de Kagami su rescatista de la prisión? Y, ¡bum!, esto salió, pero en serio, me costó armarlo, mas afortunadamente, mi cerebro es genial(?).
Y sí, eso que leyeron también es AkaKuro, PORQUE ES MI OTRA OTP, es obvio que pondría algo como esto.
De Momoi no sé qué decirles, muajaja, ya ustedes harán sus teorías ewe.
Espero no tardarme tanto para la próxima actualización ;_; ¡De verdad, LO SIENTO!
Ojalá hayan disfrutado éste capítulo y puedan dejarme su valiosa opinión.
¡Los adoro! ¡Y gracias por la paciencia!
