¡Holaaaaaaaa! Bueno, a diferencia de la vez pasada, creo que ésta vez no pasó mucho tiempo, al menos para mí x'D.

Asdsadasdasda, ¡gracias a las personitas que me hicieron llegar sus comentarios! Me alegra que lo que redacto sea bien percibido por ustedes uvu.

No los entretengo más por aquí, que disfruten la lectura.


Parecía que la noción del tiempo se perdió para Momoi, mientras continuaba caminando en el interior de aquella cueva, que justo como le había dicho la sombra, se volvió totalmente oscura entre más avanzaban. Y si no se tropezaba, era porque se guiaba del olor o mejor dicho, del sonido de los pasos de la criatura que lo acompañaba.

Estaba segura de que si no hubiese oído hablar a esa sombra justamente con esa voz tan conocida para ella, le costaría más avanzar y no hubiera confiado tan rápido. Pero su curiosidad aumentó y el deseo de conocer la verdad también solo con oír esa voz.

Hacía la cuenta de que quizá avanzaron alrededor de un kilómetro a un paso casi humano, cuando poco a poco, la oscuridad de la cueva, empezó a desaparecer en una minúscula parte, muy, muy poca. De hecho, ni siquiera se veía el origen de la nueva luz que permitió que los ojos de Satsuki pudieran ver dentro del lugar.

Aprovechando la nueva visibilidad de la cueva, ella alzó el rostro, todavía en su forma licántropo, viendo las estalactitas tan puntiagudos que parecían que en algún momento caerían. Y no fue hasta qué caminaron otro poco más, cuando la expresión de la chica lobo se descompuso por completo, ante lo que halló.

No era miedo lo que sintió, no. Sino tristeza y un dolor tremendo en su pecho, cuando sus ojos enfocaron los cadáveres de sus padres ahí, tirados en el frío suelo.

¡¿Qué significaba esto?! ¡¿Qué hacían sus padres aquí, cuando sus cadáveres fueron encontrados a las afueras de Las Colinas del Fin?! Y de ese hecho, habían pasado dos siglos y medio más o menos. ¡Era imposible que sus restos siguieran casi intactos luego de todo ese tiempo!

—Oh, Dios mío… —masculló Momoi con la voz ahogada y se hincó para intentar agarrar el cuerpo de sus padres, sin vida. Al momento en que sus manos parecieron entrar en contacto con estos, más bien, los atravesó.

Este lugar tiene la energía espiritual de muchas personas, le dijo la sombra en su mente otra vez, al ver su cara consternada. Los cuerpos que ves, son simple energía que no puedes tocar, aclaró.

— ¡¿Qué es lo que está pasando aquí?! —inquirió Momoi, con lágrimas en los ojos, todavía moviendo sus manos, intentado tocar los cuerpos de sus padres. Tanto había sido el shock para ella, que no se dio cuenta en que momento perdió su transformación.

Lo siento, susurró la sombra.

Momoi frunció el ceño y alzó su mirada para enfrentar a la sombra y abrió la boca para exigirle una explicación de porqué tenía que haber matado a sus padres, ya que era más que obvio para ella saber quién era el causante de todas esas muertes y desapariciones de todos lo que llegaban a Las Colinas del Fin —y debía estar loca para haber terminado aceptando seguirlo.

Pero no emitió ninguna palabra más, cuando la luz que parecía entrar en algún lugar de la Montaña Carmesí hacía la cueva, se intensificó, haciendo que la atención de la chica cambiara y sus ojos encontraran el punto exacto donde esta entraba y terminaba.

Así que la chica corrió como solo los lycan pueden correr; veloz y feroz, porque seguía sin entender, hasta que llegó justo al lugar de donde la luz de una de las lunas se colaba, penetrando el techo de roca de la montaña, con una intensidad tan grande, que parecía que el mismo astro hubiese bajado. Aunque no fue eso lo que dejó a Momoi sin aliento y con los ojos llenos de asombro y confusión.

No. Ella se quedó nuevamente en shock, sin aire en sus pulmones, cuando vio que aquella luz lunar caía sobre lo que parecía un enorme diamante. Sí, uno cristalino y que parecía tan puro. Dentro de este, había una persona dormida, aunque más bien daba aspecto de estar inconsciente e igualmente daba a entender que estaba muy débil ahí dentro y que la luna le brindaba energía para que no llegara a desaparecer.

Lo que hacía todo más sorprendente aún, era que Momoi conocía perfectamente al chico que estaba en el interior de ese gran diamante ovalado, como si fuera una tumba puesta verticalmente. Quiso pronunciar el nombre del muchacho, mas no le salía la voz, solo pudo continuar contemplando el rostro sereno del vampiro que estaba atrapado en la inconsciencia de ese diamante.

Esto era más de lo que Kuroko le había dado a entender con sus sospechas.


Se suponía que el portal por el que Himuro llegó a donde estaba Taiga, era para llevarlo de regreso al mundo humano y ponerlo a salvo de lo que sea que se avecinaría, dado que ahora ya era conocida su identidad—misma que el pelirrojo ignoraba— por toda la Unión Milagrosa.

Todo había pasado tanto rápido, que el vampiro pelinegro no pudo impedir o negarse al hecho de que el pelirrojo llevara consigo a aquel otro vampiro de cabello rubio que no conocía y sin embargo, ya estaba junto con ellos, viajando a través del portal.

Quizá eso había sido el factor inicial del porque la ruta del bendito portal cambió de un instante a otro.

O tenía que ver con el hecho de que Kagami deseaba más que nada en el mundo—más que ponerse a salvo— ir a donde Aomine, porque no lo abandonaría, nunca, ni aunque Tatsuya se lo quisiera impedir. No obstante, él no era la única persona que deseaba ver a Aomine con insanas ansías, porque la mente de Kise no dejaba de pensarlo, de anhelar verlo otra vez y más ahora que había sentido algo del sabor de este en la sangre de ese humano.

Y como dicen que la mente es un arma muy poderosa… Incluso más que la misma magia…

Aomine y Kise seguían mirándose con una fijeza impresionante, porque ninguno de los dos esperaba encontrarse en ese lugar, ni momento. Parecía como si se hubiera desatado un huracán en el pecho de ambos con solo compartir esa mirada.

No eran los únicos impresionados, porque incluso Midorima había perdido la concentración de su hechizo, liberando al peliazul y al peliceleste, dándole la oportunidad a este último de usar su poder de ilusiones sobre la mente de Akashi y Murasakibara, así como del mismo peliverde para hacer que se quedaran ciegos y sin saber a dónde atacar.

El pelirrojo vampiro no pudo reaccionar como quiso, porque el ataque repelente de Kise lo había dejado ligeramente aturdido, del mismo modo que con el pelimorado. Incluso aunque ambos se incorporaron lo más rápido que pudieron, no lograron encontrar una forma de volver a atacar.

—No se van a salir con la suya, Tetsuya —advirtió Akashi con la voz furiosa y sin contenerse, empezó a utilizar su don de hipnosis, con el que podía jugar con la mente como quisiera, no obstante como el vampiro peliceleste tenía en uso también su don, se encontró con una barrera al intentar entrar a la mente de este.

—Lo siento, Akashi-kun, pero yo no voy a dejar que hieras a mis amigos —respondió Kuroko con una sorprendente firmeza digna de admirar y serio, concentrándose aún más para evitar que sus ilusiones dudaran ante el poder que el pelirrojo desató en su mente.

Seijuro empezaba a sentirse ligeramente frustrado al notar como es que su poder no lograba hacer que Tetsuya se doblegara como muchos hacían en ese momento, porque no conseguía penetrar en su mente. Jamás había lanzado su ataque a uno de sus compañeros y ahora comprobaba, que en efecto, tenían el mismo poder y eso no le hizo nada feliz.

Aunque no lograra derribar le firmeza de Kuroko, todavía le quedaba un arma más que usar, no precisamente física, pero que estaba seguro, causaría un caos más entre sus ahora enemigos. Porque él nunca perdía nada.

Así que cuando Tetsuya sintió como el ataque mental del vampiro pelirrojo disminuía poco a poco, sintió una desconfianza repentina; Akashi nunca se rendía y sabía bien que siempre tenía un truco bajo la manga, porque su deseo de controlar todo era de verdad escalofriante. Se preparó para lo que sea que fuera a suceder ahora, quiso advertirle a Daiki, pero este seguía sumido en mirar a Ryota y resultaba razonable.

Todo aquel razonamiento mental había pasado en solo un minuto.

—Vaya, realmente mereces una felicitación por no haber muerto en ese lugar, Ryota —habló Akashi, logrando que la mirada del vampiro ahora cambiara de dirección, del mismo que los ojos zafiro del lycan, que brillaron con el más puro desconcierto y eso le provocó una ligera sonrisa—. Desgraciadamente parece que tu sacrificio de amor fue en vano, ya que Daiki de todos modos morirá ahora y no solo eso, logró dejarte atrás.

Esas palabras atravesaron el corazón de Kise, que aunque su expresión se descompuso unos segundos, le miró con frialdad. Y en ese momento, algo hizo click en la mente de Kuroko, entendiendo al fin las intenciones del vampiro pelirrojo, por lo que con rapidez dirigió su mirar al licántropo peliazul.

— ¿Sacrificio…? —murmuró Aomine, completamente estupefacto y su rostro todavía no había podido recuperar el tono despreocupado de siempre. No podía hacerse el indiferente cuando estaba volviendo a ver al vampiro rubio, parecía que su mente trabaja más lentamente, porque hasta ese momento, no se había fijado en el chico pelirrojo.

Aunque Kagami en estos momentos estaba sufriendo un aturdimiento mental todavía más grande que el del moreno, ni siquiera veía como Himuro estaba enfrente de él, protegiéndolo ante lo que fuera a suceder ahora. Por lo que no estaba consciente de la impresión que estaba sufriendo Daiki y de lo mucho que tenía que ver con el vampiro rubio.

—No estoy aquí para charlar con los viejos amigos, Akashicchi —dijo Kise secamente y pronunciando la silaba "cchi" no por respeto a ese vampiro, sino era como una burla amarga.

—Heh, pero después de un siglo parece justo que Daiki sepa todo, ¿no te parece? —musitó Akashi con la voz aterciopelada, con una sonrisa de fingida amabilidad, mientras veía al moreno y luego al rubio— ¿No te gustaría saber, Daiki, que Ryota tuvo que traicionarte, todo para impedir que yo te matara?, ¿qué prefirió hacerte creer que no te amaba realmente como decía, todo para que borraras de tu mente el que huyeran juntos y así no sentenciarás tu propia muerte? —inquirió, divertido.

— ¡Es suficiente! —exclamó Kise, ahora algo alarmado y miró con preocupación al moreno nuevamente.

— ¿Eh…? —empero Aomine parecía no entender en lo más mínimo todo lo que decía el vampiro pelirrojo. ¿Qué el rubio había hecho todo lo que hizo solo para su castigo no fuera la muerte? ¿Lo había traicionado y hecho creer que no le amaba como juró, solo por eso, para protegerlo? ¿Estaba oyendo bien o solo era un juego de su mente?

—Por la facilidad en que lograste creer todas las mentiras que Ryota te dijo esa vez, confirmo que realmente no estabas seguro de esa relación, Daiki. Después de todo, se trataba de un error —Akashi miró con gesto superior al nombrado lycan.

— ¡Eso no es verdad, maldita sea! —exclamó Aomine finalmente, frunciendo el ceño, negándose a creer las palabras que el vampiro le estaba diciendo. ¿Es que acaso todo el rencor que sintió por el rubio durante casi un siglo, fue en vano e injustificado?— ¡Yo amaba a Kise y fue él quien no se arriesgó y me traicionó!

El vampiro rubio sintió que se quedaba sin aire al oír esas palabras.

Perdóname, Aominecchi, pensó con el corazón lleno de dolor y la máscara fría que había tenido, se había convertido en una llena de tristeza y quería gritarle a todo pulmón que lo amaba, que lo perdonara, que nunca dejó de pensar en él en todo este tiempo y siempre estuvo deseando volver a verle. Pero la simple palabra de "amaba", fue lo que le detuvo para no decirlo.

—Aomine-kun, cálmate —dijo Kuroko con voz tranquilizante, sin dudar en ningún momento con su don, manteniendo cegados a los otros tres.

La melodiosa risa de Akashi se escuchó en el lugar, parecía tan animado, pero incluso así, daba más desconfianza que alivio.

—Ryota había aceptado ser quién recibiera todo el castigo y hacerte creer que su relación fue un simple juego, con tal de que no te matara, Daiki. Y tú fuiste lo suficientemente imbécil como para creerlo.

No dejó que Aomine dijera algo, porque ahora, pese a que seguía cegado por las ilusiones de Kuroko, con su mente fue capaz de encontrar la del peliazul y la atacó, usando su habilidad mental, para mostrarle los recuerdos de aquella noche hace cien años.

— ¡…! —Daiki abrió la boca, sin embargo no emitió sonido alguno, su expresión era tal, que parecía que estaba siendo torturado. Y de cierta forma, los recuerdos con la verdad impresa que el vampiro pelirrojo le estaba haciendo ver, eran una tortura— ¡Eso no puede ser posible! —allí estaban las palabras que había usado el pelirrojo para manipular al rubio y hacerlo caer en su trampa— ¡No es verdad, maldita sea! —exclamó nuevamente y Aomine cayó de rodillas, donde arañó el suelo hasta empuñar sus manos, mientras su mente se llenaba de todos los hechos de su pasado.


En el Prado del Sacrificio, había una claridad tan maravillosa causada por las dos lunas, que no iba acorde con el ambiente sombrío y amargo que tenía a Aomine sumido en la oscuridad de su corazón. Llevaba casi una semana sin comer, habiendo estado encerrado en una celda especial, rodeada de la magia de Midorima para que no lograra escapar ni buscar a Kise para obligarle a decirle la verdad, del porqué el cambio en sus actos ahora. ¿De verdad lo había abandonado?

Y es que lo amaba tanto, que se negaba a creerlo. Estaba seguro que Akashi había tenido que ver con eso. Misma creencia todavía seguía en él, aun cuando fue llevado a ser juzgado por el vampiro pelirrojo, atado de manos y piernas, hacía atrás, usando como base un tronco de un árbol que el vampiro peliverde se encargó de preparar para evitar alguna fuga. Incluso cuando vio a Kise como parte de la formación de la Unión Milagrosa mientras Seijuro comenzaba con el juicio, se negaba aceptarlo. ¡No lo creía!

Tus esperanzas son en vano, Daiki, ¿qué no entiendes que Ryota si valora el poder que yo puedo ofrecerle? —inquirió Akashi.

¡Yo no creo una mierda de eso, Akashi! —exclamó Aomine con agresividad y sus ojos buscaron mirar al rubio— ¡Sé que estás mintiendo, Kise! ¡Yo sé que tú me amas, maldita sea, deja de aceptar que Akashi te controle así! —rugió, desatando su mirada intensa en el vampiro.

Aunque Kise se sintió flaquear por eso, su expresión se tornó altiva y distante. Seguía deslumbrando, eso sí, pero ahora ese brillo parecía sombrío, como si estuviera mostrando su verdadera forma.

De ninguna manera, Aominecchi. Lo que quiero está aquí, en La Noche, no estando muerto contigo —respondió Kise con una sonrisa segura.

¡Entonces qué demonios es todo lo que hemos vivido, joder! ¡No puedes negar eso, Ryota! —insistió Aomine, negándose todavía a esas palabras que escuchaba. Incluso se jaló de las ataduras, lastimándose las muñecas.

Lo estoy haciendo justo ahora —recalcó Kise—. Todo esto fue divertido mientras duró, Aominecchi, lastimosamente nunca pretendí tomarlo en serio, porque en algún momento lo iba a dejar —confesó.

El dolor de esas palabras fue como si le arrancaran el corazón a Aomine de un zarpazo. Sentía que un vacío se había atorado en su pecho y comenzó a sentir nauseas que solo le ahogaron, así como más de un estremecimiento de dolor le recorrió cada tramo de su piel morena.

¡Estás mintiendo, mierda! ¡Yo sé qué estás mintiendo, Kise Ryota! —aulló Aomine, estremeciéndose con más fuerza, ya no solo por el dolor, sino por la ira que todo esto le estaba causando, poco le faltaba para perder los estribos y entonces se transformaría y ni la magia del peliverde lo detendría— ¡A mí no puedes engañarme así, te conozco bien!

Sin embargo, Kise le dedicó una mirada de pena y lastima, negando ligeramente, casi sonriendo con desdén.

Aominecchi, lo estuve haciendo cuando estábamos juntos.

¡QUÉ YA DEJES ESO, JODER! —gruñó finalmente Aomine y los espasmos de la transformación empezaron.

Comenzó a jalonearse, con violencia, lastimándose sus muñecas y tobillos, pero la presión aumentó, porque Midorima no iba a dejar que el peliazul se escapara. No porque hubiera gente ahí que pudiera ser lastimada, de hecho, el juicio se estaba llevando a cabo solo con la Unión Milagrosa presente y sin ningún testigo, ya que obviamente todo el mundo de La Noche supiera la gran falta que el gran Aomine Daiki cometió, sería problemático y un caos total.

Es suficiente —intervino Akashi con firmeza e hizo un gesto en la mano para que el peliverde se detuviera, dándole la oportunidad al peliazul de liberarse, pero en menos de un segundo, lo noqueó, desatando su poder dominante como el emperador que era y dictó: —Aomine Daiki, no hace falta más pruebas y en el juicio ahora mismo es dicho que eres completamente culpable —pese al poder hipnotizante que desató en la mente del moreno, este lo estaba escuchando—. No obstante, por ser uno de los principales clanes y miembro de la Unión Milagrosa, no puedo condenarte a muerte, porque eso afectaría el equilibrio de nuestro mundo —explicó con una voz melodiosa—. Pero eso no te salva de un castigo, Daiki. Por lo tanto, yo, Akashi Seijuro, como miembro de la Unión Milagrosa y con el poder que las lunas me otorgan al liderar este mundo, te condeno al destierro completo y a partir de hoy, vivirás en el mundo de los humanos, donde tu obligación será el encargarte de eliminar a todos los neófitos ilegales que sean convertidos —sentenció y luego, pese a la gran diferencias de alturas, Akashi le sujetó el cuello al lycan y se acercó a susurrarle: —Y deberás hacerlo, porque entonces, yo no dudaré en matar a Ryota, pues incluso aunque sientas que lo odias por abandonarte, la verdad es que sabes que no dejarás que algo malo le pase.

¡Malditos sean todos ustedes! —aulló Aomine, con la confusión que quedó luego de aquella hipnosis y sintió como la transformación le abandonó, como todo lo demás ahí. Y como pudo, dirigió un último vistazo al vampiro rubio, donde sus ojos azules no reflejaban no solo furia, ni dolor, también una profunda decepción. Ya no sentía las mismas ganas de luchar y de matarlos a todos, ya no, porque ahora mismo el estupor de la agonía que el ser traicionado significaba, empezó a atacarlo.

Shintaro, abre el portal —ordenó Akashi con severidad.

El Lago Espejo estaba a un kilómetro de distancia de donde estaban ahora mismo, ahí en el Prado del Sacrificio, pero con la velocidad vampírica del peliverde, llegó ahí en menos de lo pensado, obedeciéndole. Se adentró a este, caminando hasta que el agua cubrió sus rodillas y entonces, sus manos tocaron el agua y esta se iluminó, mientras que poco a poco, los pies de Midorima se elevaron y quedaron sobre el lago, como si fuera un suelo en vez de simple agua.

Está listo, cuando quieras, Akashi —avisó Midorima.

Fue el mismo Seijuro que sujetó del cuello a Daiki, para así moverse hasta la orilla del Lago Espejo, seguido por los restantes miembros de la Unión Milagrosa. En todo momento, la mirada del peliazul estuvo perdida, reflejando todo el odio hacía ese mundo y solo esperó a ser lanzado al portal sin preocuparse por como fuera a ser el futuro a partir de ahora.

Sin embargo, Akashi sonrió y negó ligeramente, deteniéndose justo antes de lanzarlo y Kise tomó su lugar, haciendo que los ojos del peliazul se desorbitaran.

Esto era demasiado.

Hasta nunca, Aominecchi. Fue divertido mientras duró —se despidió Kise con una sonrisa que no hizo contraste con el frío de sus ojos.

Y empujó a Aomine dentro del portal.


Pero los recuerdos que Seijuro le mostraba al peliazul, no terminaron ahí. Y pese a la gran velocidad con que los reproducía en la mente del lycan, este podía entenderlos perfectamente.


Tan pronto Daiki había desaparecido dentro del portal, las piernas de Kise se desmoronaron y extendió la diestra, como si quisiera seguir a su amado que ahora se había ido de ese mundo.

¡Aominecchi! —siseó con los ojos cristalizados y el corazón completamente destrozado y aplastado, como si una mano estuviera apretándolo, para arrancárselo por completo al final— Perdóname, perdóname… —masculló con un hilo de voz.

A Kuroko le valió un pepino si desobedecía o no las reglas, pero se acercó al rubio y puso una mano sobre el hombro de este, dándole su apoyo. De verdad que sentía una impotencia terrible.

Espero que como prometiste, dejes realmente vivir a Aominecchi en ese mundo —habló Kise, alzando el rostro para ver al vampiro pelirrojo, sin incorporarse.

Por supuesto que sí, Ryota, siempre cumplo mis promesas —asintió Akashi de una forma despiadada, mirando con superioridad al rubio, para luego situarse detrás de él, haciendo que el peliceleste se hiciera a un lado—. Tristemente, eso no te libra a ti de tu condena, aunque Daiki se haya ido engañado —dicho eso, sujetó del cabello al rubio, con fuerza y con sus ojos fríos, sentenció: —Kise Ryota, por quebrantar la Ley de Oro de este mundo, yo, Akashi Seijuro, con el poder que las lunas me brindan para liderar La Noche, te condeno al destierro y a eterna prisión en Eretz, donde la luz del sol te torturara y no tendrás derecho de probar alguna gota de sangre jamás.

Lo único que Kise hizo fue cerrar los ojos, sintiendo como esposas de plata se ciñeron en sus muñecas y fue llevado a La Cascada de Cristal, donde un nuevo portal se abrió y fue conducido por ahí, en compañía de Akashi y Kuroko, hasta llevarle a las mazmorras subterráneas para ser encadenado en esa habitación con barrotes de plata y con una única ventana que dejaría que el sol entrara para lastimarlo siempre.


— ¡Aaagh! —gruñó Aomine ante ese recuerdo que le partió el corazón en miles de pedazos y apretó los puños de sus manos con tremenda fuerza, que sentía que sus uñas ya habían atravesado la piel de sus palmas, mismas que sangraban. ¡¿De qué servía toda la superación que tuvo con la supuesta traición del rubio, cuando realmente él jamás lo había hecho?! ¡¿Qué mierda se suponía que debía sentir ahora al ver todos esos recuerdos?! Porque eso era lo que eran, no simples ilusiones, porque el vampiro pelirrojo no podía crearlas, solo le enseñó el pasado mediante sus recuerdos y ya.

Pero aunque solo se tratara de los recuerdos de Akashi, el peliazul sintió todo tan real, incluso sintió de nueva cuenta la agonía que le atacó desde ese momento cuando se creyó traicionado por Kise.

Y ahora Aomine sabía que todo fue una mentira, un sacrificio que el rubio hizo con tal que su propio castigo no fuera tan grave, por el gran amor que siempre le tuvo, sosteniendo él solo el castigo de lo que hicieron antaño.
¿A dónde se iba todo el rencor que sintió por Kise? ¡¿Qué se suponía debía hacer ahora, joder?!

Se sintió afligido de pronto, todos sus sentimientos estaban mezclados en estos momentos, incluso la culpa creció en su pecho como hiedra venenosa y se sentía perdido, desorientado por completo. Y aunque los recuerdos que Akashi le había mostrado ahora mismo habían desaparecido, su mente todavía seguía reproduciéndolos, porque ahora al saber la verdad…

¡He sido un completo idiota!, pensó Aomine, recriminándose por completo, casi por vomitar la hiel que había contenido desde hace un siglo, hasta había palidecido.

— ¡Aominecchi! —exclamó Kise de repente e hizo ademan de acercarse, solo que no sabía cómo hacerlo, era obvio que su relación ya no era igual ni podía llegar así como así, porque ahora ya no solo la distancia de un siglo separados se interponía entre ellos.

Los ojos como zafiro de Daiki buscaron la mirada del rubio y le miró consternado, completamente alterado, gritándole con la mirada un montón de sentimientos encontrados. Se sentía malditamente culpable, que incluso la oscuridad que antes sintió, hizo intento de aparecer otra vez en su corazón.

Sobre todo, cuando por fin sus ojos observaron el verdadero aspecto que Ryota tenía; la ropa de prisionero sucia y gastada, el cabello maltratado y con su cuerpo lleno de cicatrices recientes —pese a que la mayoría de las heridas ya se habían empezado a curar por la sangre que bebió—, esa aura de dolor y agonía… Parecía que el vampiro la había pasado mucho peor.

—No, Aominecchi, ¡no es tu culpa! —susurró Kise, ansioso y con los ojos cristalizados.

—Heh… —suspiró Akashi, sonriendo complacido, como si no hubiera hecho nada.

Entonces, Kuroko movido por el deseo de proteger a sus amigos, frunció el ceño para aumentar el nivel de las ilusiones, enviándoles la sensación de pesar y sordera, ya no solo la ceguera.

Lástima que no estaba en sus manos el tener algún impedimento para que Akashi no hubiese soltado la verdad tras las acciones de Kise de esa forma a Aomine.

Y es que Daiki se sentía para la mierda, el ser más ruin por haber dejado que la manipulación de Akashi corrompiera sus sentimientos y al fin aceptara que Kise lo traicionó. El rubio solo se había sacrificado por él, ¿y con qué moneda le pagó?

Era un vil maldito, si tan solo hubiese insistido, sino se hubiera dejado atrapar poco a poco por la oscuridad que producía el rencor y de alguna forma podría haber encontrado la forma de lograr saber la verdad y rescatar a Kise.

—Das pena, Daiki —dijo Akashi, que pese a la ilusión en su mente, supo que era el momento de decir esas palabras—, mientras Ryota se sacrificó por ti, tú le has pagado olvidándolo y enamorándote de otra persona. Para que vean que su romance nunca tuvo futuro.

Oír aquello dejó a Aomine paralizado. No tenía palabras para responder a eso, maldición, porque sentía que esas palabras eran verdaderas, tan ciertas que… Que no sabía lo que haría ahora, había perdido sus objetivos, como si estuviera volviendo a empezar y no encontrara el camino. ¿Cómo es que había podido dejar atrás a Kise?

Sus ojos buscaron al anterior mencionado con angustia, con frustración, sin embargo el rubio le devolvió una mirada llena de amor, de un "todo está bien", pero eso solo lo hizo sentir peor. ¡Kise todavía lo amaba, mientras él…, ahora…!

Aomine sintió un nudo en la garganta.

—Tú no tienes la culpa de nada, Aominecchi —mencionó Kise otra vez, no soportaba ver en ese estado de culpa al peliazul, todavía estaba dispuesto a luchar por recuperarlo, por hacerle notar que nunca le reclamaría nada.

Empero estaba ignorando algo crucial en las palabras que Akashi había soltado, quizá porque no quería creerlas al saber que ese vampiro seguiría soltando cizaña, ya que sus palabras siempre herían de modos increíbles. O al menos, eso era más fácil de creer para Kise, que el hecho de que ahora el peliazul ya no lo amara.

—No, Kise…, yo… —Aomine estaba entrando en plena desesperación, sentía un caos en su mente y corazón. Solo quería, quería remediar el hecho de que dudó del amor que hubo entre el rubio y él.

No le importaba lo que tuviera que hacer. Resultaba irónico, porque Kise era quién venía dispuesto a hacer que el peliazul le perdonara, pero ahora era este quién quería pedirle perdón.

Porque no fue con él, porque lo abandonó, pese a que siempre cumplió su obligación en el mundo humano para que la amenaza de Akashi no se llevara a cabo, y es que sí, en ese entonces todavía siguió amando a Kise, quizá no de la misma manera, pero lo hacía.

Todas las decisiones que Daiki había tomado se truncaron al momento de saber la verdad y había pasado alrededor de cinco minutos desde que comenzó todo, por lo que seguía en el vivo ojo del huracán. Kuroko lo notaba, por eso seguía forzándose a mantener las ilusiones, pero no era algo que fuera hacer en todo este tiempo.

Y, en medio de todo el caos que Aomine estaba sintiendo, donde la culpa parecía obligarlo a forjar un camino nuevo, ahí en medio del Prado del Sacrificio y lleno de silencio, el grito ahogado que Kagami soltó, hizo que su mente regresara a la realidad de golpe. Y sus ojos azules volaron hacía el pelirrojo, haciendo que todo volviera a cobrar sentido.

Tal vez sentía la duda y culpa todavía, pero la realidad era que ahora, ya no le pertenecía a Kise.

— ¡Taiga!, ¿qué es lo que tienes? —inquirió Himuro alarmado, mientras sostuvo el cuerpo del pelirrojo que se desmoronó. No esperó que el pelirrojo le respondiera y le tocó el rostro, dándose cuenta que estaba hirviendo, como una bomba de tiempo; con ese gesto, el cuello de este se ladeó y fue cuando vio las dos incisiones que tenía en la yugular. Y solo había un vampiro que estaba con el pelirrojo cuando lo encontró— ¡¿Tú lo mordiste, maldita sea?! —exclamó, con sus ojos hirviendo en ira cuando se posaron en el vampiro rubio.

Y Aomine también sabía lo que eso significa y su cara fue de perplejidad cuando se enteró de eso, así que solo miró de refilón al rubio, mas sus piernas se movieron hasta llegar a donde Kagami estaba, siendo sostenido por el pelinegro.

—No es su culpa…, Tatsuya…, Kise estaba sufriendo mucho y yo solo quería ayudarle —jadeó Kagami, respirando con dificultad.

Hasta ese momento, su voz se escuchó, pero no con la vitalidad de siempre, se oía pastosa y débil. Las consecuencias de haberse dejado morder por Ryota y que la ponzoña de este entrara a su sistema sanguíneo, ahí estaban. Gracias a que este vampiro no dejó mucho rastro de esa sustancia, es que todo pasó con mayor lentitud que cuando fue mordido por ese otro vampiro, compañero de Hanamiya hace algunas semanas atrás.

No obstante, había estado sintiendo mucho aturdimiento desde que llegaron otra vez a La Noche y solo fue consciente de que Aomine estaba ahí, antes de que todo se volviera confuso y la consciencia empezara a fallarle. Estuvo luchando casi quince minutos para no derrumbarse, aguantando la fatiga y el dolor que empezó a hormiguear en su cuerpo, pero ya había llegado a su límite.

— ¡¿Hace cuánto tiempo de la mordida, Kagami?! —cuestionó Aomine, ahora sí, con toda su atención y preocupación concentrada en su pelirrojo, ya después tendría tiempo para arreglar y aclarar ese otro asunto, porque ahora era mucho más importante la vida del chico que amaba.

—N-no lo sé… yo no…, Aomine…

—Hace veinte minutos —contestó Kise. Así que Akashicchi no mentía, pensó, porque él también conocía bien al peliazul y solo bastó que observara como este miró al humano pelirrojo para darse cuenta de las cosas y la realidad le llegó con dureza, causándole un dolor estremecedor que nació desde lo más profundo de su corazón.

—Eso es demasiado tiempo como para que vuelva a succionarle la ponzoña… —masculló Aomine, con los ojos dilatados por la más pura preocupación.

Así que por eso Kagamicchi tenía el ligero sabor de Aominecchi en su sangre, eso lo explica todo, pensó Kise, solo viendo la escena, sin moverse ni un ápice, porque, ¿cómo ayudar sí a penas y podía mantenerse como si nada le pasara al darse cuenta que los ojos llenos de amor y angustia de Aomine no lo miraban a él?

— ¿Hay algo que podamos hacer, Himuro, joder? —era la primera vez que Aomine se dirigía al vampiro pelinegro por su nombre, ahora mismo el orgullo estaba a un lado, lo único que quería hacer era salvar a su pelirrojo.

—… Para este entonces, la ponzoña casi ha terminado de envenenar toda su sangre y a lo mucho, solo tenemos quince minutos más —susurró Himuro con la voz ahogada. ¡¿Cómo es que todo se complicó así, maldición?! ¡Sí hubiera llegado antes, pudo haber evitado que el pelirrojo fuese mordido! Y es que no quería, ¡no quería usar esa única alternativa para salvarlo! Al menos, no ahora mientras seguían en La Noche, con los miembros de la Unión Milagrosa.

— ¡¿Y entonces a qué estás esperando, mierda?! —inquirió Aomine con violencia, sujetando del cuello de la playera al vampiro pelinegro, le sacaba de quicio ver como el otro aparentaba estar todo tranquilo, cosa que no era así, pero tampoco demostraba— ¡Haz lo que tengas que hacer para salvar a Kagami! —demandó, no solo de forma autoritaria, sino como un pedido también.

Sí otro momento hubiese sido, Himuro le hubiera dado un manotazo al moreno por ese agarre, pero sus ojos seguían en Taiga y solo vio al lycan de refilón. Podía escuchar como el corazón del pelirrojo latía más lentamente y como este respiraba de forma más dificultosa y que por la misma falta de consciencia de este, es que solo soltaba pequeños quejidos de dolor. Parte de sus brazos y toda la clavícula ahora estaban volviéndose púrpuras, como un gran hematoma, parecía que la ponzoña estaba actuando mucho más rápido ahora que la mente de Taiga estaba apagándose, como si estuviera quedándose dormido.

Tal vez solo le quedaban diez o cinco minutos más de vida.

La determinación de Himuro estalló entonces. Solo sí la vida de Taiga de verdad corre peligro…, se recordó y entonces, sin mirar al peliazul, dijo:

—Impide que alguien se acerque a Taiga en un radio de cinco metros, porque necesito concentrarme por completo a partir de ahora.

— ¿Qué es lo que harás? —quiso saber Aomine, porque, ¿de verdad haría aquello?

— ¡Solo hazlo que el maldito veneno avanza cada vez más rápido! —exclamó Himuro con tono grave, pero frío.

—Más te vale que funcione —siseó Aomine y luego se incorporó para situarse al lado del vampiro rubio que hasta ahora se había mantenido expectante.

—Te ayudaré —dijo Kise en voz baja, evitando hacer contacto visual con el licántropo.

—Y yo también —añadió Kuroko, que lucía un poco cansado por la intensidad de las ilusiones al ser muy realistas, para así impedir que los agudos sentidos de los dos vampiros y el licántropo pudieran traspasarlos. Por eso con lentitud, se acercó hasta quedar al lado del peliazul.

Ha llegado el momento, Alex, pensó Himuro, es hora de despertar a Taiga.

Tan pronto terminó de pensar en eso, las cadenas que sostenían cada anillo de ambos chicos, se rompieron. Pero los anillos no cayeron, sino que flotaron y se elevaron a diez metros de altura, donde se entrelazaron y hubo un destello de luz, para después dar pasó a un campo de energía de un color lila muy, muy bajo, que si los ojos de un mundano pasaran por esa zona, no sería capaz de verlo.

Nadie preguntó nada, solo continuaron firmes, expectantes.

—Sea lo que sea que hagan, nada los salvará. Siento tú debilidad, Tetsuya —habló Akashi.

Sí alguien le respondió a ese vampiro, Himuro lo ignoró, porque su mente fijó un solo objetivo y entonces, se mordió su propia muñeca, justo en las venas y la sangre empezó a salir de su sistema.

La sangre de un vampiro era mucho más oscura que la de un humano y no era caliente, sino fría.

No dejó que esta se desperdiciara y colocó su muñeca en la boca de Kagami, abriéndole con esta misma los labios, haciendo que su sangre se derramara dentro de aquel lugar.

Y el pelirrojo tosió, ahogándose, pero eso no impidió que la sangre de Tatsuya fluyera hasta su garganta. Al momento en que eso pasó, el vampiro pelinegro se mordió ambos labios, haciendo que sus colmillos traspasaran la carne, empezando a sangrar de ese lado también y antes de que ese líquido se escurriera, se dirigió a enterrar sus colmillos en la garganta de Taiga, al lado contrario de donde Kise lo mordió.

Así, succionó del pelirrojo con fuerza y sus ojos cambiaron de color al rojo carmesí y bebió la sangre del chico, sintiéndose enloquecer con ese sabor tan intenso y perfecto, hecho justamente para ser bebido por Himuro. Sin embargo como también sus labios estaban sangrando, esta misma sangre, se coló lentamente por las incisiones que crearon en los colmillos del vampiro pelinegro.

Solo pasaron treinta segundos y luego Tatsuya dejó de beber de Kagami, provocando un ligero sonido cuando dejó de morderlo, posteriormente, se inclinó para dejar un beso en el lugar donde Ryota le había mordido y la sangre de sus labios, entró ahí.

Y, finalmente, Himuro contempló el rostro sereno del pelirrojo pese a todo el movimiento que hizo, para luego sujetarle de la quijada y lo besó.

No era un beso de amantes, sino uno donde ambas sangres se mezclaron como un vino que Kagami tragó. Y mientras el ósculo continuaba, su cuerpo se estremeció, casi retorciéndose como si quisiera convulsionarse, mientras que las manos del pelinegro le sujetaron del torso, pegándole los brazos a cada costado para que no se moviera y el beso no se rompiera.

Hasta que Tatsuya se separó casi un minuto después, soltando finalmente el cuerpo ahora inerte del pelirrojo.

Solo pasó un minuto más, que pese a ser algo rápido, para todos los presentes era un tiempo eterno, mientras esperaban lo que sea que fuera a suceder, limitándose a no ver las acciones de Himuro, excepto por Aomine, porque él en ningún momento apartó su mirada de Taiga, aunque también estaba alerta por sí las ilusiones de Kuroko fallaban en algún momento dando la oportunidad a Akashi de atacar.

El peliazul tenía esperanza, la tenía. Daba igual en lo que el pelirrojo se convertiría ahora, sus sentimientos por él no cambiarían en lo más mínimo.
Incluso para Kise eso era más que claro, porque en ningún momento dejó de percibir la forma en que Aomine veía al chico de cabellos rojos.

Y de pronto, Kagami soltó un alarido de dolor.


Cuando al fin Satsuki se recuperó del shock que le causó ver al chico que estaba atrapado en ese diamante, donde la luz de la luna aterrizaba, ignoró todo y corrió hasta situarse justo enfrente de este y poner sus manos en ese cristal.

Se sentía tan frío y duro, que en menos de tres segundos, las dos manos de la chica lobo se tornaron igual de frías que el diamante, mismo que era mucho más alto que ella. También era por demás muy grueso y alrededor de este se ceñía la pared de roca de la Montaña Carmesí, impidiendo que el diamante fuera movido por si alguien más lo descubría.

¿El vampiro que estaba ahí dentro atrapado estaría vivo o era un simple cadáver? Debía estar vivo todavía, resultaba ilógico que estuviese muerto, aunque ahora mismo, la lógica para Momoi no tenía sentido en lo más mínimo con todo lo que estaba viendo.

Del mismo precioso diamante emanaba otro poco de luz blanca, como si le confirmara a la luna que le brindaba luz, que la estaba recibiendo.

¿Desde hace cuánto tiempo esto estaba aquí, escondido en la cueva de la montaña? Todavía no lograba entender por completo toda la situación, seguían existiendo muchos misterios.

Permíteme mostrártelo, Momoi, dijo la misma voz de la sombra, que en este momento, ya no era la silueta del licántropo desnutrido de hace unos momentos, sino la del mismo vampiro atrapado en el diamante.


Ya le llegó la hora de lucirse a Kagami(?). Ah, hubiese querido dejar su transformación para este capítulo, pero amo el drama ewe, jajaja, okey, ya. Igualmente el próximo será disfrutado por ustedes; de hecho, creo que desde ésta parte es donde inicia el clímax. De todos modos, todavía le queda bastante camino a ésta historia :3.

¡Espero puedan dejarme sus comentarios! ;u;

Nos vemos, los adoro a todos sus ustedes, gracias por leer.