AY, DIOS, YA VOLVÍ.
Les dije que no tardaría NADA(?).
Ah, perdonen mi efusividad, pero es que estoy tan putamente emocionada... HEMOS LLEGADO AL CAPÍTULO FINAL DE HAUNTED MOON, JODER. LUEGO DE ESTOS DOS AÑOS, AAAHHHH.
Joder, me contengo en gritar como loca textualmente, porque eso va ir con el epílogo(?).
¡Disfruten!
Éste hecho era algo que Aomine estuvo esperando desde hace treinta años y a pesar de que se estaba cumpliendo ahora mismo, no podía siquiera reaccionar como se esperaría. Más bien estaba todavía de pie, inmóvil y con los ojos casi por salírsele de las orbitas ante la impresión; su corazón latía como una bomba a punto de estallar y deseaba ser capaz de moverse o algo, pero su mente no estaba funcionándole muy bien, como si no fuera capaz de creer que de verdad ocurrió un milagro.
A lo lejos se escuchaba el tráfico de la noche, aunque no tan potente como cuando era de día. Y el viento seguía arremolinándose y moviendo las hojas verdes de los árboles, haciendo ese sonido la música del momento que acogía el licántropo de tez cobriza.
¿No estaba soñando? ¿Era verdad todo lo que sus ojos estaban viendo? Joder, necesitaba a alguien que le diera una patada o algo, mientras contemplaba esos hermosos ojos rubíes que brillaban como esos perfectos diamantes y que le causaron retortijones en el estómago. No solo su alma lo estaba reconociendo, también su cuerpo y era una sensación poderosa que todavía lo tenía sin poder hablar. Increíble que alguien como Aomine hubiese pérdido la voz, aunque claro, teniendo en cuenta el vínculo existente entre ambos, era razonable.
—Ahora veo de verdad lo inútil que has sido sin mí —dijo Kagami con un tono suave en su voz y su sonrisa se endulzó. Su comentario solo era para romper ese molesto silencio y para calmar su agitación interna también, porque las reacciones que estaban sacudiéndolo no eran muy desiguales a las del moreno.
Daiki parpadeó y sonrió de forma torcida, presuntuosa.
—Eres un completo imbécil, Bakagami —habló al fin.
Luego el híbrido solo fue capaz de ver como la figura impropia se convertía en un borrón y fue tacleado en un poderoso y cálido abrazo que el mismo lycan creó. Y algo encajó nuevamente, ese rompecabezas que ambos formaban quedó terminado finalmente y un sentimiento abrasador les llenó el pecho. Kagami correspondió con fuerza el abrazo, sin importar el haber caído los dos en el agua, una vez el portal se cerró. De todos modos, era solo un pequeño arroyo no muy profundo y con los cuerpos de ambos siendo bastante grandes, no podían hundirse realmente. Y eso era lo de menos ahora.
— ¡Mierda…! —jadeaó Aomine nuevamente.
—Cállate, no tienes qué decir algo —susurró Kagami con intensidad.
Él estaba semi acostado en el arroyo, con el agua llegándole a la altura de su pecho y sus piernas estaban abiertas, generando un espacio donde estaba acomodado el peliazul. Sus brazos estaban entrelazando sus cuerpos y la nariz de Aomine estaba hundida en el cuello ajeno, respirando ese bendito perfume que emanaba y que siempre extrañó, como para confirmar que esto de verdad no era ningún sueño. Que era la realidad, la que tanto añoró.
Esos corazones golpeaban ambos pechos como aleteos de colibrís y eran capaces de escucharlos; si otro momento fuera, eso sería algo vergonzoso. Pero habían estado sin verse durante treinta años, sin tocarse, sin sentirse, sin respirarse y escuchar lo acelerados que estaban era incluso mejor, porque sabían cuan feliz estaban y lo mucho que se extrañaron. Todo eso decía más que las palabras y los tenía envueltos en una burbuja.
Aomine había empezado a olisquear las zonas del cuello del pelirrojo casi con urgencia, pasando por detrás de la oreja de este, debajo de la barbilla, la clavícula y el pecho, mientras murmura "Sígues igual, de verdad eres tú" o cosas similares a mucha velocidad como para comprenderlo realmente. Pero los oídos desarrollados de Kagami, por supuesto que lo entendían.
Las manos del lycan también se movían como locas en la anatomía ajena, tocándolo, reafirmando que en serio, no era un maldito sueño todo esto. Y es que lo había soñado demasiadas veces, donde siempre parecía ser todo tan real y, cuando estaba a punto de besarle, despertaba y se ponía a destruir cosas para calmar su impaciencia e impotencia.
—Esto es absurdo, Ahomine… —reclamó Kagami, empezando a sentir cosquillas y un poco ruborizado por las zonas donde las manos ajenas tocaron rápidamente— ¡Soy yo, carajo!
Impaciente, le sujetó del rostro para alzarlo y que sus ojos se encontraran con la misma fuerza que dos meteoritos al chocar.
Y se besaron.
En ese preciso instante, fue como si toda una energía creciera desde su plexo solar y les encendiera su vida como una antorcha en la oscuridad. Tan perfecto, tan dulce, tan caliente, tan vital. Por la misma mierda, ¡esto era lo que tanto les había hecho falta! Sus labios lo dejaban en claro, mientras se movían como locos, devorándose y dejando que sus lenguas se encontraran con el dominio de un rey. Incluso se olvidaron del lugar donde estaban y empezaron a moverse, porque Kagami no era de quedarse quietesito y sumiso, esperando el actuar ajeno y Aomine tampoco era de quedarse sin hacer nada o dejar que el otro hiciera todo.
Ambos se activaron, estaban volviendo a tener su vida en sus manos al sentirse juntos otra vez.
Tal vez sería más razonable que charlaran, se dijeran cosas melosas por un momento, explicando cómo es que regresó al mundo humano o ese tipo de acciones que son comunes en una alguna película romántica. Pero bueno, ellos dos no eran protagonistas de esas cursilerías, ellos vivirían su amor a su ritmo, a pesar de haber estado separados y si se dirían lo mucho que se extrañaron, sería dejando que su cuerpo y alma se unieran para hablar sin palabras, solo con actos.
La ropa de los dos ya estaba mojada por obvias razones y los pezones de Kagami estaban erectos por la misma frialdad del agua y por el calor que surgió cuando su boca finalmente se encontró con la de su amante peliazul. Mismo que no estaba nada desigual en sus reacciones. De hecho, todavía no habían empezado los previos y ya esa pequeña parte de su anatomía, estaba despierta y muy dura.
—Debería castigarte por haberme dejado tanto maldito tiempo —gruñó Aomine entre jadeos, en medio de los labios del contrario y como respuesta recibió una mordida en su labio inferior.
—Eso debería decírtelo a ti, Daiki.
Algo más se encendió y el lycan de tez cobriza no pudo más. Se incorporó, jalando al híbrido para ir más a la orilla del arroyo y se sentó, dejando que Kagami se acomodara encima de su pelvis mientras le desgarró la playera que tenía puesta y ese escultural torso quedó a su merced. No tardó mucho y empezó a devorarlo; lamidas, mordidas, chupetones, eso recibió el pelirrojo y se estremeció. Ah, pero no se quedó quieto.
Las manos de Taiga se metieron por la camisa casi desabrochada ajena y acarició ese pecho tan bien formado y entonces, jaloneó la tela hasta arrancarla del cuerpo del lycan. Sus manos se deleitaron sintiendo esa piel cobriza que le incendiaba cada célula de su interior, y, joder, ¿cómo le hizo para vivir éste tiempo sin sentir a Aomine? Tuvo suerte de no volverse loco.
Volvieron a besarse con muchas ganas, con ansias, con urgencia… Como si hubiesen estado caminando en el desierto sin agua y finalmente la bebieran, porque era así como estaban. Sedientos. Muy, muy sedientos. No solo de besos y caricias, sino de todo lo que ellos tenían. Había sido tan injusto que los portales se cerraran de esa manera hace treinta años.
Estar lejos fue una pérdida terrible para ambos, lo sentían por como sus manos se apretaban más y más, abrazándose como si quisieran encadenarse para jamás separarse. También por como la boca de Kagami se adhería con fuerza a la de Aomine y como éste se pegaba más y más al cuerpo ajeno, queriendo fundirse en ese cuerpo de caramelo.
No les importaba estar lejos de la ciudad, con el peligro de que alguien se acercara, solo estaban concentrados en todo la pasión que sus cuerpos no dejaban de soltar. Kagami ni siquiera se esperó para moverse sobre la pelvis de Aomine; con esas simples caricias y candentes besos, estaba ya excitado y no demasiado paciente para algún previo.
Entre besos y gemidos, terminaron rodando un poco por la parte del pasto cerca del arroyo. La boca de Aomine descendió hasta el cuello del pelirrojo y succionó toda la zona, haciendo que sus dientes se rozaran con la piel, como si quisiera cortarla con éstos. Gruñó al sentir las manos de Kagami rasgarle la tela del pantalón, en la zona del cierre. Y así, éste no se hizo esperar, porque fue a frotar muy bien el grueso y erecto falo del hombre lobo con sus manos deseosas e inquietas.
—Maldición, Taiga… —siseó al sentir su órgano exterior sexual liberado. El ramalazo de placer fue tan desorbitante que lo desconcentró un poco. ¡Hacía tanto que no había sentido esto, joder!
—La tienes igual de grande que siempre… Y caliente… —susurró Kagami con un tono provocativo en su ronca voz, contra el lóbulo ajeno.
Puso ambas manos en el pecho de Aomine y lo empujó para que se acostara bien en el pasto y le sonrió lascivo y travieso. Se montó a él, con movimientos plenamente sinuosos para frotar su cadera sobre la erección palpitante ajena; pero no duró mucho, ya que el lycan con una sonrisa socarrona le arrancó las prendas que le quedaban para que finalmente sus pieles se sintieran.
Ambos sisearon de la sensación abrumadora de placer que apareció en cada célula de su cuerpo. Todavía no había penetración y joder que al sentir la pelvis de Aomine chocar con los glúteos bien formados de Kagami, fue la gloria.
—No aguanto más, maldición…, Taiga… No puedo aguantar más… —gruñó en respuesta a las fricciones que el susodicho estaba haciendo sobre su miembro.
—Idiota, no te estoy pidiendo que te aguantes, ¿qué no lo sientes? —Taiga se mordió los labios con una sensualidad exquisita. No se había sentido tan seductor desde hace tiempo, ahora mismo la vergüenza que a veces sentía en expresarse así, estaba fuera— Te quiero adentro. Te deseo adentro, Daiki.
Y esas palabras fueron una completa bomba para el moreno. Al demonio el romanticismo, al demonio la paciencia para ir probándose otra vez, ¡tenían toda una eternidad para disfrutar sus cuerpos! No iba a ser lento, no cuando esperó tanto para esto.
Aomine iba a empujar al pelirrojo para acomodarse en la posición del misionero, sin embargo, Kagami le sonrió altanero y reaccionó rápido, deteniéndole contra el pasto al ponerle encima ambas manos para que la posición siguiera igual.
—Te dije que no la tendrías tan fácil… —se inclinó hacia delante, de tal modo que su torso quedó apegado al del lycan; le besó y succionó los labios lentamente, pero que aun así, dejaban en claro la hambruna que tenía.
—Pero aún sigo teniendo el control… —gruñó Aomine en una sonrisa descarada, sujetando velozmente los glúteos ajenos para abrirlos, y sin ninguna consideración, lo penetró.
— ¡Mmmgh…Aah, imbécil…! —Kagami se arqueó y enterró sus uñas en los hombros del peliazul.
Daiki no dijo nado, porque vamos, sentir como la carne del interior del híbrido atrapaba su miembro después de tanto tiempo, lo dejó jadeante y descontrolado por las inmensas sensaciones de excitación y placer. Abrió la boca para decir algo, pero en vez de eso, Taiga se lanzó a besarlo apasionadamente.
Lo bueno de que sus cuerpos no eran humanos, era que la agresión en el sexo ni siquiera les dolía, a como hubiese sucedido si Kagami continuara siendo humano; Aomine no hubiese podido entrar de esa manera tan violenta.
E híbrido y lycan no demoraron en iniciar la acción.
Las embestidas iniciaron con una potencia y rapidez inigualable. Taiga nunca se había sentido tan sensible como ahora, joder, porque sus gemidos no tardaron en aparecer y ahogarse en medio de aquel ósculo que compartía con el moreno.
Los dos estaban completamente aferrados el uno al otro, sin la necesidad de que sus pulmones metieran oxígeno en su cuerpo por cortos lapsos. No obstante, el beso se deshizo por el deseo de Daiki a escuchar al pelirrojo gemir su nombre, porque oh, cuánta falta le había hecho escucharle así.
Más aún, de ver esas expresiones lascivas y de placer que solo Kagami podía hacer al momento de hacerlo suyo.
Era irremediable que el frenesí ahora dominara todas sus acciones, por lo que iniciaron un ritual donde volverían a memorizar cada parte de su cuerpo hasta devorarse sin piedad alguna.
Y fue mucho mejor, cuando preso de la excitación tan extrema, Aomine terminó transformándose para fundirse de esa manera en el cuerpo de Taiga.
La luna llena resplandecía como un diamante, alumbrando con intensidad el firmamento que contemplaban Aomine y Kagami desde las ramas de un frondoso y gran árbol, ubicado en las montañas de Japón.
Tras las sesiones de sexo tan extensas que ambos ejecutaron, finalmente estaban en plena paz, descansando su espíritu al estar envueltos por la noche, completamente desnudos y abrazados, sumidos en un cómodo silencio que solo entre los eternos amantes podría existir.
El pelirrojo estaba recostado en el regazo del lycan cobrizo, mismo que le tenía abrazado. Estaban muy acurrucados, tibios y un poco sudados. O al menos por parte de Aomine, que su naturaleza de hombre lobo no lo dejaba completamente inmune al sudor, a diferencia de la condición híbrida del pelirrojo; tenía sus ventajas ser mitad vampiro.
Nunca habían tenido sesiones de sexo tan extensas, al menos no en las veces que Kagami y Aomine tuvieron oportunidad de hacerlo. Tal parecía que terminarían acababan con el todo el bosque si hubiesen continuado más tiempo. Sobre todo cuando el peliazul se transformó.
—Sí que tenemos un fetiche por hacerlo en medio del bosque —musitó Taiga con un tono pacífico, que hacía un contraste casi divertido porque el tema no se prestaba para que tuviera ese tono.
— ¿Tú crees? —Aomine alzó una ceja, con la voz jocosa y rozó suavemente la punta de su nariz con la nuca de su novio, hasta dejarle un beso ahí— A mí me parece genial.
—Porque eres un pervertido exhibicionista —Kagami fingió molestia, sin embargo, se acurrucó mejor en el cuerpo del lycan para poder verlo a los ojos—. Aparte de engreído, mira que has traído más en tu paquete de novio —añadió burlón.
—Oh, sí, lo dices como si tú tampoco lo fueras —él lo miró con orgullo y le sujetó la quijada para robarle un dulce beso que duró unos minutos más.
Taiga terminó el ósculo en un suspiró enamorado que le robó una risita jocosa al peliazul, quién terminó golpeado y casi aventado desde aquella rama del árbol como una respuesta por su innecesaria risa.
—Estúpido firulais engreído —refunfuñó.
Daiki puso los ojos en blanco y resopló por ese inusual apodo con que fue llamado. Sin embargo, hacia tantísimo tiempo que escuchó al pelirrojo decirle así, que lejos de provocarle alguna molestia, solo le hizo sonreír complacido.
—Pero amas a éste estúpido firualis —le respondió sin inmutarse, volviendo a abrazarlo sin darle oportunidad a que se escapara.
—Ahomine, eres el único novio que no hace una escena cursi en un reencuentro —bufó con aparente indignación.
—Oh, vamos. Si te di una muy buena bienvenida —insinuó mordiéndole ligeramente una oreja.
—Idiota.
—Imbécil.
—… —Kagami lo quedó mirando fijamente, primero de manera fulminante, y finalmente, sus orbes se tornaron tiernos. Se tragó las señas de timidez que quisieron aparecer en cuánto la parte consciente de su mente entendió lo que diría a continuación— Me hace tan feliz volverte a ver, Daiki.
El nombrado muchacho parpadeó sorprendido por aquella confesión, que se quedó viéndolo perplejo, sin que su coquetería le ganara para responderle de manera cómo era típica en él.
Y por la mierda que el pelirrojo se veía tan guapo, tan salvajemente tierno por la manera en que dijo lo que dijo, que a Aomine se le agrandó el corazón. Y un fugaz, muy fugaz rubor le cubrió los pómulos que no pudo ser notado al ser su piel tan morena.
—No hubo un solo día en que no viniera a ver éste maldito lugar, esperando que algún jodido portal se abriera y salieras tú, Taiga —ahora fue su turno de confesar. Simplemente no pudo evitar que esas palabras salieran de su boca.
El híbrido lo quedó observando a los ojos, sin decirle nada, acariciándole con la mirada, de una forma tan sincera y cálida, que le abrazaba el alma.
Aomine continuó ante el presente silencio. No deseaba quedarse callado, qué importaba el orgullo, necesitaba y quería decir su sentir, Kagami lo merecía.
—Iba a volverme loco sino volvía a verte… Yo no estaba seguro de cuánto tiempo más… —pero el pelirrojo le tapó la boca con su dedo índice.
—Volví. Volví, volví para estar contigo —juntó su frente con la contraria y no rompió el contacto visual—. También…, también te extrañaba con locura, joder… —al diablo si se ruborizaba, igualmente seguiría hablando— Sentía que a cada momento iba a estallar…
La melancolía envolvió tanto al licántropo como al híbrido, no obstante, volviendo a fundirse en un intenso y romántico beso que logró dispersar ese sentimiento de pesadez; hablar de esas tres décadas donde estuvieron separados no iba a ser fácil para ninguno de los dos, eso estaba claro.
Suaves chasquidos fueron provocados por aquel nexo e hizo estremecer a la pareja y causando una cálida sensación.
—Nunca perdí la esperanza de que volvería a tenerte entre mis brazos, justo como querías —susurró Daiki.
Kagami sonrió.
—Tampoco la perdí, no me importaba si en verdad no habría esperanza, yo no iba a perderla.
— ¿Cómo volviste? ¿Qué hiciste? ¿Alexandra hizo algo? Esa bendita mujer siempre me dijo que no se podría volver a hacer un portal y ahora veo que no tenía razón. No debí haberle creído —espetó Aomine, sintiéndose inconforme y molesto.
—Alex no te mintió —aseguró Taiga y dirigió su mirada hasta el cielo, hasta la luna llena.
Aomine siguió la mirada ajena y…
Oh.
La luna llena era azul.
De un azul tan puro que transmitía paz de solo verlo y que podía diferenciarse muy bien del azul oscuro de la noche. Aunque probablemente los ojos humanos no notaban el cambio de la luna blanca a la azul.
— ¡¿Qué carajo…?! —hasta éste momento es que el lycan se había dado cuenta de esa otra particularidad de la luna, ya que tampoco estaba en el tiempo de ser luna llena.
—Es un nuevo fenómeno astral —dijo Kagami, sin despegar sus ojos de aquella mágica bola azul—. Apareció en la noche, hace una década; no se sabe por qué, Akashi y Midorima han estado investigando y solo llegaron a la conclusión de que era una puerta a múltiples universos y que no daba el paso a cualquiera.
Rápidamente, Daiki volvió a verlo con mayor intriga, tratando de no adelantarse a decirle algo como por qué tardó tanto en volver si ese portal apareció tanto tiempo atrás. Sabía que debía escucharlo.
Aun así, el pelirrojo pareció detectar los sentimientos ajenos y soló resopló, riendo brevemente.
—Impaciente.
—No me culpes, bien sabes que no ha sido fácil.
Taiga únicamente le dejó una caricia en el pecho y prosiguió con la explicación.
—La luna se volvió azul en La Noche y La Unión Milagrosa fue la primera en ir a inspeccionar, pero no habría gran cosa; entonces, me llamaron a mí por intuición de Akashi. Y, como no era secreto el enorme deseo que tenía de verte, cuando el Lago Espejo te reflejó a ti y lo qué hacías en éste mundo, parecieron entender lo que la Luna Azul significaba.
— ¿Veías lo que yo hacía? —Daiki pensó en los dramas que tuvo que pasar con Kise y luego en las salidas que empezó a tener con él. No supo si preocuparse o no porque Kagami se molestara.
—Pareciera que ocultas algo, Aomine Daiki —entrecerró los ojos. Sin embargo, estalló en risas y negó—. Admito que me carcomían los celos de que Kise tuviera la oportunidad de estar a tu lado y yo no, pero sé que tú nunca traicionarías lo que tenemos.
—Yo siempre, siempre deseaba estar a tu lado, Kagami. Nunca te olvides de eso.
—Sigue grabado en mi mente —asintió—. Bueno, después del descubrimiento que hubo, con la ayuda de Tatsuya y Midorima siguieron intentando conocer qué más sucedía; al parecer éste fenómeno no ocurrió en la tierra, así que Alex no podría ayudarnos. Intentaron transportar algo desde La Noche al mundo humano, pero nada funcionaba; yo también lo intenté en una ocasión, sin embargo al entrar al lago solo había agua y ninguna señal de entrar al mundo humano.
"El portal era únicamente como una bola de cristal, dónde se podía ver y no entrar. Al menos así lo fue durante un año, o lo que restó del año en que fue descubierto. Después de eso, la luna volvió a su color blanco y ese portal se cerró; ya ni siquiera podía verte, y me sentía mucho peor, porque fue como una esperanza que otra vez se me arrebató.
"Empero volví a recuperar la fé y Tatsuya estaba seguro que ese acontecimiento volvería a suceder, pese a que Midorima no lo sustentaba como algo posible. Akashi iba a cerrar la investigación del fenómeno, sin embargo, Kuroko me apoyó en eso y la investigación continuó, solo que como un cero a la izquierda.
"Hasta que, hace seis meses, la luna se volvió otra vez azul. Pasó lo mismo, solo eran visiones y nada físico podía pasar ni entrar. Yo estaba cayendo en la desesperación otra vez, joder, de verdad, Aomine… No eras él único que estaba al límite.
"Queriendo escapar de ese sentimiento, en un brote impulsivo y que creí me haría bien, decidí ir a aquella cueva dónde nos encontramos antes de separarnos. A la Cueva de los Amantes Secretos, donde también fue mi hogar.
"Estuve ahí un buen tiempo, hasta que Tatsuya me encontró. Estaba preocupado y molesto conmigo; discutimos, pero en ese momento, él me dijo que debido a que estaba metido en la cueva, la luna azul había desaparecido. Estábamos tan acalorados discutiendo, hasta que nos dimos cuenta que esa era la clave.
"El portal que la luna azul había creado estaba incompleto porque estaba débil. La magia era atraída a otros lugares de La Noche, por eso esa oportunidad que nos era brindada no podía ejecutarse. Y fue cuando se comenzó a buscar las fuentes que robaban la magia a la luna azul para deshacerlas por completo y en, cuando finalmente el portal quedó completo… No dudé en volver.
En toda la explicación que Kagami dio, el peliazul no interrumpió de ninguna manera, solo se dedicó a mirarlo atentamente y solo por su mente pasaban fugaces comentarios.
Él jamás había sido creyente de las leyendas de La Noche, muchos menos en que existían diosas que les protegían o guiaban. Claro que cuando fue la batalla contra el otro Akashi, su mentalidad se replanteó un poco y, con todo lo que el Kagami le estaba contando, miles de cuestiones referentes a eso le crecieron. Porque, ¿quién o qué volvió a la luna azul? ¿O simplemente fue una coincidencia?
Fuera lo que fuera, tampoco perdería el tiempo pensando en eso, únicamente lo agradecería en silencio.
—Me sorprende que… Que Akashi te haya dado prioridad con eso —masculló Aomine—. No es que crea que él ahora sí comprende a los demás, pero en La Noche otros acontecimientos abarcan la atención de la autoridad.
—A Akashi le preocupaba el mundo humano también y de pasó me ayudaba a mí —aclaró Kagami.
—Los vampiros y licántropos que habitan aquí no son ni la mitad de peligrosos de lo que una vez fue el otro Akashi.
—Da igual, no estoy aquí como soldado de Akashi, estoy para estar contigo, idiota.
—No volverás a ver a tu madre ni a tu hermano. ¿O piensas venir a verme cada diez años? —Aomine le miró serio. Le preocupaba ese tema, es decir, quería que el pelirrojo estuviera con él, sin embargo tampoco podía ser tan egoísta de alejarlo de su familia.
—En serio que eres un Ahomine —puso los ojos en blanco y le dio un golpe en la frente.
— ¡Tsk, joder, Bakagami!
—Mi decisión es quedarme contigo, solo contigo, Aomine Daiki. No pienso quedarme en La Noche sino estás tú, porque te amo.
— ¡…! —Daiki se quedó mirándolo fijamente, sintiendo un montón de emociones que subían desde su estómago hasta su pecho y querían salir a gritos de felicidad en su garganta. Pero se controló— Te has vuelto todo un rompecorazones, Taiga —le sonrió entre burlón y glorioso.
— ¡Agh, no arruines el momento, animal! —pese a que estaba ruborizado hasta las orejas, no rompió el contacto visual y se lanzó a besarlo con fuerza, con amor, con pasión.
Y, obviamente que Aomine correspondió. En ese beso le expresó la inmensa felicidad que sintió porque el pelirrojo lo eligió a él, que pese a que probablemente ya no vería a su familia, quiso quedarse con él.
¡No había mayor felicidad que eso, por todos los cielos! ¡Era el hombre lobo más feliz del universo!
Y eso era algo que nadie jamás podría cambiar.
La noción del tiempo se perdió para el lycan azul y el híbrido pelirrojo en aquel bosque de Japón.
No es que no tuvieran otro lugar al cual ir, sin embargo, el momento que acontecía a ambos era tan gratificante que no tenían ningún deseo de romper. No importaba si se alargaba años o una eternidad, ellos estaban completamente felices.
De no ser porque a ambos el hambre los atacó, es que decidieron ponerse en marcha otra vez. Y también por los deseos que Kagami tenía de volver a ver a Alex, quién era su segunda madre.
Aomine sugirió al pelirrojo que fueran a su departamento, porque ahí tenía más ropa para prestarle y comida; puesto que ninguno tenía dinero —el del peliazul había salido volando con todas sus prendas y seguramente el arroyo se lo llevó—, así que el nuevo destino era ese lugar.
En el transcurso, Taiga le explicó que el portal continuaría abierto los seis meses restantes del año, para ir y venir de La Noche sin ninguna preocupación, pero que luego volvería a cerrarse y se abriría en otra década. Por lo que aún podría seguir viendo a su familia y eso supuso un alivio también para Aomine.
—Alguien nos está esperando —dijo Kagami al sentir el impacto de un aroma frutal contra su nariz, uno que conocía muy bien, pese al pequeño cambio que había tenido en esos treinta años.
Lejos de mostrarse reacio o molesto, de alguna manera le agradaba que justamente Kise estuviera ahí, justo dentro del departamento del peliazul.
Daiki solo bufó, pero más que nada estaba preocupado por la reacción que tendría el pelirrojo, es decir, Kise estaba dentro de su departamento sin ninguna dificultad.
—Deberías dejar de preocuparte tanto, Ahomine.
El nombrado solo alzó una ceja, y es que era consciente de la rivalidad que había existido entre Kise y Kagami por ese jodido triángulo amoroso que se formó entre los tres.
—No quiero que mi departamento si incendie —alegó Aomine, ahora burlón y mirando a su novio.
—Vete al carajo, idiota —Kagami gruñó y se ruborizó un poco, aunque se le pasó en cuestión de segundos.
Cuando finalmente llegaron hasta el departamento del hombre lobo, se escuchó la respiración del vampiro detenerse, como si tratara de ser cuidadoso.
Taiga se mantuvo sereno. Por supuesto que en muchas ocasiones ardió en celos gracias a la presencia de Ryota, no obstante, después de la guerra y el cómo el rubio le ayudó para salvarse del lado salvaje del hibridismo, no podía seguir viéndolo como solo un rival.
Y además existía igualmente gratitud por parte del rubio hacía Kagami, porque fue éste quién lo liberó de la prisión en Eretz.
Aunque quisiera, no podían odiarse, ni dañarse, de desearse el mal.
Si Kagami se sintió nervioso, no lo demostró. Y Daiki sentía una ligera tensión en el ambiente, que hasta se había olvidado de abrir la puerta, por lo que el mismo Kise fue quién la abrió.
— ¡KAGAMICCHI! —exclamó con tanta emoción y sincera alegría, que tomó por sorpresa a la pareja. Incluso saltó a abrazar al pelirrojo por unos segundos para después sostenerlo de los hombros y observarlo— ¡Si volviste!
El aludido híbrido parpadeó tratando de mostrarse calmado, pero fue inevitable que no le devolviera la sonrisa. Una amistosa y grata sonrisa.
—Siempre tan escandaloso, eh, Kise. Veo que el ser parte del mundo del espectáculo te ha sentado bien.
—Ya ves, es parte del acto, Kagamicchi —a Kise no le impresionó que el pelirrojo supiera de lo que era su vida ahora, era tan obvio que Aomine le contó—. Terminé encontrando dónde pertenezco —su gesto se volvió tranquilo unos momentos y posteriormente regresó a su enorme sonrisa.
Daiki captó muy bien el doble significado de aquellas palabras y se preguntó si el híbrido hizo lo mismo.
—Y me alegra mucho saberlo.
Kise compartió una larga mirada con el híbrido de ojos rubíes, como si estuvieran conversando, que incluso la inicial tensión que Aomine sintió, desapareció.
— ¡Bien, bien! ¡Tienes que contarme cómo volviste! —Kise volvió a generar esa efusividad tan típica en él— Aomine salió corriendo como un loco hace tres días y seguramente esos días estuvieron juntos para hablar, así que ahora me toca a mí saber todo el chisme.
—No seas fastidioso, Kise. Ni siquiera hemos comido —Daiki lo miró mal, pero sin ningún tipo de doble intención.
Fue un enorme alivio cuando los tres se dieron cuenta que el trío amoroso que se formó hace tantos años, ahora era casi nulo. O por lo menos, Ryota tenía una visión más objetiva de las cosas.
—Siempre tan grosero, Aomenicchi —hizo un mohín—. Yo también quiero robarme un rato a Kagamicchi —añadió, con un gesto travieso, aunque solamente para molestarle.
— ¡Deja de decir estupideces!
El vampiro rubio se empezó a reír, Kagami ni siquiera sabía que decir.
Fue entonces cuando inesperadamente, otro torbellino de cabellos rubios inundó el departamento del licántropo.
— ¡TAIGA! ¡OH, SANTO CIELO, TAIGA! —lloriqueó Alexandra, metiendo una ráfaga de viento al lugar, venía corriendo desde Londres porque no quería arriesgarse a abrir un portal y que la luna azul se perdiera— ¡ESTÁS VIVO, MI NIÑO!
La emoción del El Hada fue incluso mucho más intensa que la de Kise, que incluso aturdió a éste y puso de un breve mal humor a Aomine.
Kagami terminó en el suelo, con su tía encima, abrazándole como si no hubiera un mañana.
— ¡Alex! Deja de decir tonterías, ¡claro que estoy vivo! Solo estaba en La Noche —a pesar de lo tosca que salió su voz, correspondió como pudo al abrazo con cariño, tratando de no avergonzarse. Es decir, no era una persona muy afectuosa, pero no quería limitarse luego de no haberla visto estas tres décadas—. Joder, me estás aplastando.
— ¡Pensé que no te volvería a ver, mi Taiga! —musitó la mujer otra vez, para molestia de Aomine— ¡Te extrañábamos mucho! —agarró del rostro al pelirrojo para mirarlo mejor, como toda una madre preocupada— Sabíamos que te tendríamos de regreso, Daiki nunca dejó de buscarme para que intentara traerte de regreso.
En ese momento, el peliazul gruñó por lo bajo y Kise alzó una ceja, mirándole.
—Ya basta de tanto griterío el día de hoy, joder. Es mi casa.
—Oh, vamos, Aominecchi, no te pongas celoso. Alexcchi solo está abrazando a un hijo —molestó.
—Cierra el pico, idiota.
— ¡¿Cómo están todos en La Noche?! ¡¿Cómo volviste?! En cuanto vi la luna azul solo pude deducir superficialmente, pero solo eran suposiciones y en cuanto sentí tu olor, no dudé en venir a Japón —expresó, casi con las lágrimas saliendo de sus ojos.
Taiga no podía ser rudo con Alex en ese estado, de alguna manera le conmovió.
—Cálmate, Alex, te contaré, te contaré —se movió ágilmente para incorporarse junto a la rubia—. Pero primero, necesito alimentarme.
—Qué mejor que una comida familiar —musitó Aomine sarcástico—. ¿Estás seguro que Himuro no vendrá?
—Hay más cosas que debo contar, así que esto también te interesa, Ahomine —recordó Kagami.
El peliazul solo suspiró y pasó al lado de su novio para susurrarle:
—Bien, pero después no te dejaré ni caminar.
Y los días pasaron, ahora con el verdadero color de la vida ante los ojos de Aomine con Kagami finalmente a su lado, recuperando poco a poco aquella vitalidad que esas tres décadas les faltó.
Ese día en que se inundaron con la visita de Kise y Alex fue uno donde el pelirrojo se dio cuenta que tenía otra familia aparte de su madre y Himuro, que estaban en La Noche; bueno, en el caso de la vampira rubia siempre había sido su familia, pero que en el recuadro se incluyera al vampiro de ojos miel resultaba irónico.
Después de eso, Kise se había ido y Aomine les dio espacio a Alexandra y Taiga para que platicaran todo lo que quisieran sobre cosas más banales de lo que le había sucedido todos estos años.
El hombre lobo de tez cobriza se continuó sintiendo plenamente agradecido por el fenómeno de la luna azul, no lo comprendía del todo, sin embargo había sido justo lo que necesitaba para que el amor de su eternidad regresara a su lado.
En el resto de los días, incluso Sora y Himuro se aparecieron en el mundo humano para ver a Alexandra, formándose otra reunión familiar que acaparó a Kagami nuevamente y por consecuencia a Aomine.
Y es que todos ellos estuvieron esperando una esperanza —no tan desesperadamente como el pelirrojo— para poder volver al mundo humano. O al menos visitarlo, como era el caso de Himuro, pues ante su nueva relación con Murasakibara, era obvio que se quedaría en La Noche.
Cada uno de los involucrados en la batalla para derrotar al otro Akashi había encontrado el camino de su destino, o bien lo estaban forjando.
Al llegar el mes en que Kagami había regresado de La Noche, decidió ir a visitar a sus demás amigos; la manada de Hyuuga, donde fue recibido con gran alegría por cada uno de los integrantes de ésta y otra inusual reunión se suscitó entre todos; la felicidad de volver a ver al híbrido era tanta, que se alargó por una semana, donde se entretenían con los deportes humanos, solo que adaptados a sus capacidades como seres del submundo.
Y para impresión tanto de Daiki como de Taiga, se enteraron que Kiyoshi y Hyuuga habían iniciado una relación tras un año de lo sucedido en La Noche; obviamente el informante de esa noticia fue Kiyoshi, porque el temperamento del alfa impedía que fuera a contárselo a sus amigos con tanta facilidad y no quería hacer el ridículo avergonzándose como un idiota.
—Woah… Jamás me lo hubiese imaginado —comentó Kagami con el rostro estupefacto.
—Eso pasa porque eres despistado, Kagami-kun, era tan obvio la tensión sexual entre ambos —Riko se rió con disimulo.
—Similar a la tuya con Aomine —secundó Koganei.
— ¡¿Ah?! —ahora frunció el ceño, fulminándole con la mirada.
—A mi me da alivio —interrumpió Aomine.
— ¿Alivio? —inquirió Kiyoshi, curioso. De alguna manera tenía el presentimiento que no fue lo mejor preguntar, pero sentía que la consecuencia de eso sería interesante.
Daiki sonrió con cinismo y burla.
—Tendré alguien que me comprenda por tener un novio tsundere.
—Oh, vaya… —Kiyoshi estalló en refrescantes risas, causando un violento sonrojo tanto en el híbrido, como en el alfa de la manada— Pero eso los hace tan adorables.
— ¡Dejen de hablar de nosotros como si no estuviéramos presentes, imbéciles! —gruñeron al unísono.
Y las risas ahora fueron por parte de toda la manada.
A pesar del momento vergonzoso que el pelirrojo vivió, el sentimiento de confort que sentía al estar con sus amigos no desapareció y definitivamente que los había extrañado. Así que, en medio de comentarios burlones por parte de Aomine, la convivencia continuó entre ellos.
El clima de Londres era cálido, tal vez porque el verano seguía con intensidad cubriendo cada lugar de la ciudad, o mejor dicho, del bosque, como un manto tibio que brindaba compañía a las almas solitarias de algunas personas.
Kagami tenía deseos de ir a visitar a Alex en la casa donde vivió cuando fue humano y donde toda su historia con el peliazul comenzó.
Habían viajado a pie, sin deseos de utilizar algún transporte y como los seres no humanos que eran, podían hacerlo y no morirse en el intento. Además el pelirrojo tenía deseos de volver a memorizar aquellos lugares del planeta tierra, quería revivirlos en compañía de su pareja.
El viaje había estado en un silencio muy cómodo por parte de ambos, pero curiosamente al llegar al claro del bosque, a Daiki se le ocurrió hacer un comentario casual.
—Me sorprende la cantidad de buenas compañeras que consiguieron en la manada de Hyuuga.
— ¿A qué viene ese comentario tan fuera de lugar, idiota? —graznó Taiga, alzando una ceja, mirándole.
—Estaba pensando en todas las cosas que han cambiado desde que te fuiste, solo eso —respondió como quien no quiere la cosa.
—Ajá… —puso los ojos en blanco— De todos modos, ¿es que nunca los visitaste?
El licántropo negó.
—No tenía humor para socializar, Bakagami.
—Claro, pero ese día hasta parecía que te ibas a desnudar para impresionar a las nuevas compañeras de Hyuuga, como hace diez años al transformarte y llevarme en tu espalda —resopló Kagami, fingiendo molestia, aunque solo le siguió el juego.
Aomine hizo un gesto de coquetería y se detuvo frente a él para sostenerle la quijada.
—Solo me desnudo para impresionarte a ti —se inclinó y le besó el cuello sensualmente, a lo que Taiga suspiró, pasando sus manos por la espalda ajena.
—Joder, ¿es que algún día tendremos sexo en una cama y no en un bosque?
—Si lo hacemos en una cama seguramente terminaría destrozada al igual que la casa —Aomine pareció muy complacido al decir eso— y no creo que quieras explicar a la agencia de bienes y raíces como es que la destruimos.
—Idiota fanfarrón —refunfuñó por unos segundos y posteriormente miró a los ojos al lycan para sonreír seductor—. Pero dejemos la charla para otro día, ahora tienes que impresionarme con tu desnudez, Aomine Daiki.
Y se besaron con esa intensidad de miles de galaxias en sus bocas que los fundía en una burbuja donde eran los reyes del mundo; solo ellos dos, híbrido y licántropo.
Se besaron hasta que, como cada que deseaban, sus cuerpos se fundieron en uno, abrazándose las almas sin descanso. Y es que no importaba si se la pasaban haciendo el amor toda una noche o un día completo o incluso una semana, porque al final, tenían toda una extensa y larga vida por delante, amándose.
Aomine y Kagami eran eternos.
AAAAAHHHH, ESTOY POR LLORAR CON ESTO, AYUDA, JAJAJAJAJA.
Me voy a desahogar en el epílogo, esperenlo. (?)
