The wicked cyborg.
Advertencia: necrofilia? mind-control? who knows?
Yuriy tiene ojos de glaciar ártico y cabello de fogata en verano.
Los callos en sus manos se despellejaron al haber estado escarbando durante toda la noche. Cuando miraba hacia arriba luego de limpiarse el sudor, se dio cuenta de que era inútil, pues la lluvia amenazaba con volverse tormenta. Y, contra todo pronóstico favorable y su tarea dificultándose, continuó su trabajo de levantar la tierra, una pala tras otra comenzó a amontonarla a un lado.
—Yuriy, quiero que desentierres a esta persona.
El pelirrojo se había dirigido diligente al cementerio de la abadía y había pasado por las tumbas. Una tras otras las leía con atención para no equivocarse. Eran cerca de las nueve de la noche cuando había comenzado con su tarea y eran ahora las doce de la noche cuando la pala tocó la caja de madera en la tierra mojada. Yuriy no sonrió incluso cuando quiso hacerlo, cuando el agua le entró entre las articulaciones de los dedos y todo su cuerpo se estremeció en pequeñas descargas eléctricas, no faltaba demasiado para que todos sus circuitos se empaparan, pero no podía evitarlo y realmente no le importaba demasiado.
Yuriy solo quería complacer los caprichos de su amo.
Con algo de dificultad por el lodo y la madera mojada ató una soga a la caja y la jaló desde arriba donde se encontraba. El peli-rojo tenía la ropa mojada y las piernas llenas de lodo. Finalmente lo había conseguido con mucho esfuerzo a pesar de su destreza y sacó la caja de la tierra. Respiró agitado por el esfuerzo reciente y continuó con su labor, a su mente venían las elucubraciones dentro de la abadía. Una, dos, tres, diez noches lo había intentado sin poder llegar al resultado deseado. El ruso quería complacer las intenciones de su amo, realmente quería que lo adorara dentro de esas cuatro paredes fías que lo encarcelaban. Estaba ansioso, hambriento de su cariño.
Arrastrándose a un lado de la caja, pegó su oído a la madera para ver su escuchaba algo que no fueran sus propios circuitos chamuscándose por la lluvia. Con sus dedos desnudos empezó a levantar la madera hasta que los seguros se aflojaron y la abrió de par en par. Está allí. Yuriy creyó haber sentido algo justo en ese intente, que se le activaron partes olvidadas de su mecanismo y pudo encontrar el viaje a algo más placentero, algo que le haría vivir de manera distinta. Le tomó algunos segundos, pero finalmente logró retirar todos los ornamentos del difundo y dejarlos a un lado, a que se empararan con la lluvia y él se subió sobre el cadáver.
Sus piernas se enrollaron cada una a los costados del cuerpo entumecido. La distancia entre sus rostros se acortó y sus ojos siguieron el patrón de las marcadas líneas de su piel, color de cal, la putrefacción del cuerpo. Cuando lo tocó con las manos era toda una amalgama de frialdad, era una muerte que venía por todos los humanos, fuera cual fuera el pecado que cometieron en vida. Yuriy había sido enseñado así, que él también había pecado y que en sus labios se encontraba el mayor de los tormentos, esos labios de grana que ahora besaban el cadáver debajo de él.
La boca amoldándose a la cera fría. El peli-rojo no conocía nada más que el proceso con el que su amo lo había besado a él. Le había tomado por las piernas y lo había sentado en su regazo, le había acariciado las mejillas para ver si lograba sentir algo, pero solo logró que continuara estoico y le besó. Yuriy aplicó el mismo proceso con el muerto debajo de sus piernas, metió la lengua en la boca cerrada y rígida, con una mano desencajó el hueso de la mandíbula para abrirla y que los dientes se separaran. Segundos después estaba metiendo a la fuerza su lengua en la cavidad, el sabor corrosivo de la putrefacción del cuerpo no lograron inquietarlo en absoluto.
Y su cuerpo se movió en faena descompuesta, fiebre deslizándose por sus interiores. La cadera moviéndose de manera circular sobre el cadáver podrido debajo de él.
El peli-rojo cerró los ojos con la esperanza de algo diferente. De sentir no solo el roce de las telas entre sus piernas que de una sensación que fuera nueva para él, una sensación parecida a la que su amo le hizo sentir alguna vez, a algo más que las pequeñas descargas eléctricas dentro de él por la lluvia. Yuriy quería sentirse vivo.
—¡Yuriy, qué demonios haces!
Sus ojos azules siguieron el movimiento de la otra persona que corría en dirección al cementerio. Bryan notó el dolor en el rostro de Yuriy, los pequeños rebotes que daba sobre la pelvis muerta de Balcov, incluso si no lo decía, Bryan lo entendía. Entendía que Yuriy quería dejar de ser algo más que un costal de terminaciones eléctricas, quería sentirse humano también.
—¡Yuriy, detente!
Pero el pelirrojo negó, desabrochándose el pantalón.
—Esto es lo que mi amo quiere.
Alzándose sobre sus pantalones, empezó a abrir el pantalón del difunto. Bryan corrió al ataúd para buscar el objeto maldito, encontró el muñeco con pelos de escoba rojos y botones azules por ojos, comenzó a descoserlo entre sus manos temblorosas y a cortar los trozos de hilo y tela con sus dientes.
Entonces Yuriy lo experimentó.
La sensación vino inusitada, como una lluvia inesperada o como el primer golpe que recibes en la vida, potencia desmedida precipitándose sobre su cuerpo. Como si quisiera partirlo en dos. Fue un jadeo tan fuerte que estremeció a todas las almas del cementerio.
Y sus ojos volvieron a la normalidad.
Para cuando quiso darse cuenta, Bryan ya lo estaba arrastrando fuera del ataúd, atrayéndolo a su pecho.
—Boris murió hace tiempo, Yura…
El pelirrojo observó con horror la atrocidad que cometió bajo su yugo, el miedo cercenándolo vivo, pues incluso luego de muerto este le seguía como su captor, un verdugo.
Balcov dice: amo.
Yuriy escucha: monstruo.
