Segundo capítulo. Sí, muy cambiado, para desgracia o fortuna.
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Las colas del frac negro ondeaban ante el movimiento; el imperante movimiento de acercarse a su amo. Sebastian sabía que Ciel estaba asustado, sabía que, a esas alturas, segundos después, ya se había arrepentido completamente de haberle dado aquella orden. Porque él siempre acababa arrepintiéndose de todo.
- Sebastian-. balbució el joven, temiendo por su vida y alzando las manos ante él en un intento de detener el avance del mayordomo.
- No puede detenerme, Joven Amo; ya no hay cadena que me sujete, ni orden que me detenga... porque usted lo ha querido así, My Lord.
Sebastian se acercó más, y notó cómo el frágil Conde se sobresaltaba. Cuán efímera podía resultar la arrogancia de su amo...
Ciel retrocedió hasta toparse con el borde de la cama; y como solo alguien como él sabía hacer, la tildó de traidora, por impedir su retroceso. Incluso los muebles conspiraban en su contra.
Trató de mantener la calma, pero no podía, no sabía cómo. Había perdido la capacidad de discurrir desde que había visto esa malévola sonrisa en Sebastian. En ese momento se dio cuenta de que sabía, incluso antes de dar la orden, que no iba a salir nada bueno de ello, porque su mayordomo no era normal, ni siquiera era un humano. Era una criatura demasiado cruel incluso para ser un maldito demonio.
Antes de que se diera cuenta siquiera, el mayordomo acabó por encontrarse a pocos centímetros de él. Una distancia completamente suicida, pero... ¿para quién?
Sebastian acercó la boca al cuello tenso de su amo que, al notar el cálido aliento del demonio, alzó la cabeza por reflejo, dejando completamente a su disposición el blanco y pequeño cuello.
- Eso es, quédese así un poco más, tenga paciencia.- lamió el pálido cuello, y sintió ganas de morderlo.
Ni siquiera él mismo era consciente de las inmensas ganas que tenía de hacer aquello. Quería manchar al muchacho con su propia sangre, dejar actuar a la gravedad y que se deslizara, observarla caer y deleitarse con el contraste de un solitario reguero rojo contra la palidez de su piel. Y no solo eso, quería morderle por el simple placer de hacerlo.
- No sabe lo que podría hacerle ahora...- susurró en su oído tembloroso.- No puede imaginarlo siquiera.
Ciel tragó saliva, ¿iba a aprovechar aquella absurda y traicionera orden y romper el contrato? ¿Iba a...?
- ¿Vas a matarme?- preguntó, con una voz sorprendentemente firme a pesar de las circunstancias. El mayordomo sonrió.
- Me complace ver que sigue tan inocente, Joven Amo. Existen más cosas que podrían tentarme ahora que prácticamente me ha dado vía libre para hacerle lo que yo quiera.
Ciel inspiró ruidosamente, porque no lo entendía. ¿Otras cosas? ¿Cuáles?
- No sé qué pretendes.
Sebastian alzó una ceja, y después mordió el final del dedo corazón del guante para, por supuesto, quitársele.
- Las acciones dicen más que las palabras. Joven Amo.- se lamió el labio superior con rapidez. Hacía ya tiempo que sus ojos habían comenzado a brillar.
Ciel cayó sobre el costado de la cama, viendo cómo Sebastian se acercaba con aquella estúpida sonrisa. Una sonrisa tan segura que así Ciel logró darse cuenta de lo que pretendía.
- No...-. alcanzó a murmurar.
Me va a violar. Ese desgraciado va a violar a su amo.
Le miró con desprecio, notando cómo le desabrochaba el primer botón del camisón.
- ¡No!- repitió, agarrando la osada mano izquierda del mayordomo. El contrato quedó casi oculto bajo la suya.- Es una...- se bloqueó, no podía darle órdenes. Estaba a completa merced de los deseos de Sebastian.
Nunca debió haberle dado esa orden, había cometido el error de eliminar la única barrera que lograba que un ser superior a él se sometiera a una criatura tan débil y arrogante. Una barrera tan poderosa que hacía que un demonio se humillara hasta tal punto de servir a un niño de trece años.
- Una... ¿qué, Joven Amo?- se relamió de nuevo, adquiriendo una expresión compasiva. Falsa, por supuesto.- ¿Una orden?
Ciel giró la cabeza hacia la izquierda, chasqueando la lengua.
No pienso resistirme más.
Se relajó bajo el mayordomo y cerró los ojos con expresión resignada.
- Adelante, haz lo que quieras. No seré yo quien te lo impida- abrió el ojo que no estaba contra la colcha, la suya era una mirada lastimera.- No puedo.
Sebastian parpadeó sorprendido. Demasiado fácil. Inmediatamente después sonrió y acertó a morder el pequeño lóbulo de su oreja derecha, arrancando un gemido al joven Conde.
- Muy bien, pues.- estableció Sebastian.- Me parece que ya he jugado bastante con usted- se separó y se recolocó el chaleco.
Ciel le miró bruscamente, con los ojos como platos.
- ¿Qué...?
Sebastian sonrió, con una mirada compasiva que esta vez era auténtica, y le abrochó el botón a Ciel.
- Me parece completamente ridículo que haya dado esa orden; la habría ignorado completamente, pero ya que es una orden suya, no tengo más remedio que cumplirla.- suspiró- Espero que haya aprendido la lección y no se le ocurra hacer nada parecido nunca más. Es demasiado joven y humano para tratar de entenderme, Joven Amo. Actuaré como yo quiera hasta que usted lo desee, pero porque usted me lo ha ordenado.- avanzó hacia la puerta y le sonrió amablemente.- Buenas noches de nuevo.
Cerró la puerta y dejó a Ciel sentado en la cama, aun confundido. Las mejillas comenzaron a arderle. Supo que en ese momento estaban tan rojas como las rosas de su jardín, aquellas que Sebastian mimaba tanto.
- ¿Cómo demonios se ha atrevido siquiera?- bufó. Se tumbó de golpe y cerró los ojos.
Sebastian había iniciado otro juego. Y él... él desde luego no iba a perder.
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Sebastian, apoyado contra la pared, respiraba. Respiraba enfadado. Apretó los puños y maldijo internamente. Acababa de perder el control, estando a punto de violar a aquel crío. A aquel arrogante pero fascinante crío. Un pequeño Conde que había conseguido cautivarle. Pero, por suerte, había recuperado la compostura casi en seguida, consiguiendo hacer pasar ese desliz por una mera broma. Un mero juego.
- Ese maldito crío...
Apretó los labios. Una manía que había adquirido recientemente. Antes se los mordía, con fuerza. Pero él si era capaz de hacerse daño a sí mismo, y eso dolía, vaya si dolía. Dolía porque empleaba en aquellos mordiscos la frustración que le provocaban su deseo hacia Ciel.
Aquella orden era su oportunidad, la oportunidad de atacarle y violarle las veces que él quisiera sin obtener reprimenda. Porque era una orden de su amo, y él no se contradeciría a sí mismo. Podría morder aquel cuello que llevaba queriendo probar hacía mucho. Pero más atrayentes y prohibidos le resultaban sus labios. ¿A qué sabrían? Seguramente su sabor sería el único capaz de fascinarle en ese mundo.
Podría hacerle suyo, realmente suyo. ¿Pero por qué no lo había hecho?
Había sido su mirada asustada la que le había hecho cambiar de opinión. Si él no quería, no tendría sentido tomarle a la fuerza. Por fin lo lograría, pero él se sentiría aún más vacío.
Por primera vez en mucho tiempo, no sabía qué hacer.
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Un, dos, tres, un, dos, tres...Un...Dos...
Se tropezó con su propio pie.
- ¡Concéntrese, Conde!- la mujer dio una sonora palmada.- Vuelva a empezar.
Ciel la fulminó con la mirada. Suspiró fuertemente con intenciones de que tanto ella como Sebastian lo oyeran y volvió a caminar al ritmo del vals.
- Relájese, Conde, está demasiado rígido- la mujer alzó una ceja.- El baile es algo natural, sale solo. Tiene que salir solo.
Sebastian dejó escapar una risilla. Ciel lo miró, pero no podía juzgarle. Le había dado libertad completa. Ya no podía arrepentirse más, había tocado fondo.
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Cuando la clase acabó, Ciel marchó hacia la escalinata principal. Tenía una expresión confusa.
- ¿Ocurre algo?- preguntó el mayordomo, detrás de él.
Ciel puso los ojos en blanco, pero Sebastian no pudo verlo.
- Me siento raro. Presiento que va a pasar algo... algo que no me va a gustar nada.
Sebastian iba a replicar, pero…
- ¡Señorita Elizabeth, no puede...! - ambos oyeron a Finny desde la cocina. Ciel arrugó la nariz ante la mención de aquel nombre.
No. Puede. Ser.
- ¡Ciieeeel!- la aguda voz de Lizzie se extendió por toda la planta baja, y seguramente por la de arriba también. Hasta los cuervos del tejado debían de haberla oído.
La muchacha apareció, corriendo mientras se agarraba del vestido para no tropezarse. Subió velozmente las escaleras, se situó frente a Ciel y le sonrió tiernamente, jadeando del esfuerzo. El Conde, a su vez, hizo un enorme esfuerzo por corresponder al gesto.
- H-Hola, Elizabeth.- tartamudeó, dejándose abrazar por ella a duras penas.
Cuando Ciel terminó la última palabra, la joven le alejó, mirándole.
- Ciel...
- Perdón.- suspiró y compuso una sonrisa forzada.- Lizzie.
La muchacha rió mientras volvía a abrazarle. Ciel se asomó por encima de su hombro, buscando a su tía. No la encontró.
- ¿Has vuelto a venir a escondidas?- cuestionó, apartándola con cuidado. Lizzie miró hacia la lámpara, con expresión culpable.
- Sí, lo siento... ¡Pero es que tengo una noticia estupenda!
Ciel suspiró, y ni siquiera se molestó en preguntar cual, sabía que la joven se lo iba a decir inmediatamente.
-¡Oh, Ciel, estoy tan contenta!- comenzó a murmurar atropelladamente-: Sé que mamá no quiere que te lo diga aún, pero es tan maravilloso que tenía que contártelo y...
- Lizzie- cortó- Dímelo ya.
- Está bien- le miró directamente a los ojos. Le brillaban.- Mamá ha fijado la fecha de nuestro matrimonio. Dentro de tres meses. ¿No es genial?
Las últimas palabras hicieron eco en su mente. ¿Casarse con ella? ¿Tan pronto? No, simplemente: ¿casarse con ella?
- ¿Estás segura, Lizzie?
Ella lo miró confundida.
- Pues claro. Mamá nos lo dijo a papá, Edward y a mí ayer, durante la cena.- bajó los ojos.- Pensé... pensé que te alegrarías.
Si Ciel estuviese de humor, le habría dicho algo como "claro que me alegro, Lizzie". Pero no quería mentirle más. Porque decirle eso, sería mentirle descaradamente.
Miró a su izquierda, pero Sebastian no estaba. Seguramente había aprovechado la fatídica orden y estaría jugando con uno de sus gatos en el jardín, perdiéndose ese momento. O puede que lo hubiese escuchado, al menos la parte importante. Pero no podría decir qué opción era la correcta.
- Yo...- alcanzó a murmurar.
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Sebastian se encontraba en el jardín, justo enfrente de la puerta trasera, jugando distraídamente con un gato.
Había huido del interior en cuanto aquella muchacha había entrado en presencia de ambos. Le irritaba mucho, y no sabía por qué. Aunque le había resultado molesta desde siempre, en aquellos momentos le resultaba completamente insoportable. Sí, si sabía por qué. Elizabeth gustaba de tocar a Ciel, y le molestaba que ella no necesitara excusa para hacerlo. Desde luego, él también había tenido la oportunidad de tocarle teniendo una excusa que el propio Ciel le había proporcionado, pero no quería que el muchacho supiera que realmente quería tocarle con tanta ansia y desespero, para luego tener ocasión de hacer burla de ello.
Sabía que tenía que aprovechar esa situación de práctica inmunidad que había adquirido, pero al mismo tiempo no quería arriesgarse.
Cogió aire y, armándose de la paciencia que cada día usaba en enormes cantidades para hacer frente a su amo, entró de nuevo en la mansión.
Quería aprovechar aquella noche, porque solo le quedaban dos días más antes de que Ciel, por supuesto, no aguantara más y deshiciera aquella orden que tan impulsivamente había formulado.
Quería aguantarse, pero también quería dejarse dominar por sus impulsos. Y sin cadenas, era más fácil caer en lo segundo.
