Desde la primera vez que recibió su carta de Hogwarts supo que algo estaba mal, sus tíos se volvieron locos por ese simple acontecimiento, ocultándole más cosas de las que ya ocultaban.

Era molesto.

Cuando su tío decidió irse a aquella horrible isla fue una satisfacción total para él. Algo le decía que ese día cambiaría toda su existencia... y le fascinaba.

El momento que vio a Hagrid en la entrada de la arruinada cabaña despertó una pequeña luz de esperanza en su interior. Tal vez podría irse del cuidado de sus tíos y por fin tener una infancia normal, pero, claro, siempre había algo que no tomaba en cuenta, ¿cómo iba a saber que un loco desquiciado estaba tras él para matarlo? No quería morir, pero también dudaba que los muggles donde vivía lo protegieran de aquel supuesto Lord Oscuro, sin contar que también estaría exponiendo la vida de su parientes.

Al entrar a Hogwarts se dio cuenta de algo que, nuevamente, no tomaba en cuenta.

Si era seleccionado en Hufflepuff todos creerían que podían pisotearlo sólo por ser amable, cosa completamente estúpida.

Ser seleccionado en Gryffindor implicaba estar en la boca de todos, siendo criticado por todo acto que hiciera, y le sería molesto eso, sin contar que debía ser como ellos querían y no lo que él fuera.

Slytherin era una de las mejores opciones para él, pero no podría aguantar que los chicos de su propia casa lo discriminaran por ser quien derrotó a su Lord o, simplemente, por no ser un sangre pura.

Era Ravenclaw por el cual decidió ir, ahí podría ser quien quería ser, estar fuera del radar de muchos y, lo más importante, poder aprender sin molestias del hermoso arte que era la magia.

Aunque, como todo en su vida, tampoco le fue bien en la selección. Por alguna razón el Sombrero Seleccionador le convenció para quedar en la casa que él, un sombrero parlachín, creía ser la indicada para el joven azabache, llevándolo directo al nido de serpientes, donde tenía que defenderse aun estando dentro de la Sala Común, sin contar que el profesor jefe de Slytherin parecía odiarle. Lo único positivo que pudo encontrar en estar en Slytherin fue que, dentro de la biblioteca, nadie parecía querer molestarlo y, para su sorpresa, había algunos Ravenclaw que se acercaban a él para que les explicara alguna parte de la clase que no entendieron. Haciéndolo arrepentirse con más fervor el haberle hecho caso al estúpido y dañado sombrero.

La navidad de su primer año iba a ser aburrida, hasta que se hizo amigo de la persona menos inesperada, a tal punto que pudo ir a su casa esas vacaciones.

Los Malfoy eran unas personas estrictas, pero eran las únicas que se preocuparon por la situación en la que se encontraba Harry, ayudándolo a salir de la casa de los Dursley y, para aumento de la gratitud de que le tenía hacia los Malfoy, adoptándolo como un nuevo integrante de la familia.

Era Draco quien siempre empezaba una conversación con él, aunque la mayoría de las veces era para burlarse de lo callado que era su no-hermano, y no es que fuese falso, Harry solía estar callado la mayoría del tiempo, más cuando supo que estaba en casa de los seguidores más fieles de aquella persona que lo quería muerto desde su nacimiento. El último Potter se había prometido vengarse de la muerte de sus padres, estudiando y entrenando todo lo que podía para, cuando llegase su enfrentamiento con Lord Voldemort, poder derrotarlo sin el mayor esfuerzo y, de paso, divertirse un poco.

Su primer año fue raro, con dos profesores, sin contar al director Dumbledore, persiguiendo cada uno de sus movimientos y una piedra que, tal parecía, se encontraba dentro de los terrenos de Hogwarts. Harry sabía muy bien quién estaba tratando de robar la piedra, pero aun así decidió quedarse callado, sorprendiendo al profesor Quirrell con la decisión del chico.

Su segundo año fue todavía peor, con todo los estudiantes acusándolo de ser el heredero de Slytherin, cosa totalmente ridícula teniendo en cuenta que su madre era nacida de muggles. Al final del año, Ron Weasley le había plantado frente exigiéndole que le devolviera a su hermana, emprendiendo una pequeña búsqueda con el Gryffindor para poder encontrar a la pequeña niña que habían capturado. Al final de ese año pudo tener un amigo dentro del área de los leones y, llevándose otra sorpresa, se habían llevado muy bien, quitando los prejuicios que tenía el Weasley.

Su tercer año fue el mejor de todos, con un nuevo profesor de Defensa y descubriendo que tenía un padrino que, después de tanto alboroto y algo de ayuda de los Malfoy, salió de todos los cargos que le habían puesto injustamente. Yéndose a vivir con Sirius Black y Remus Lupin a Grimmauld Place, donde descubrió que, raramente, su nombre se encontraba en el árbol genealógico, pero decidiendo no contarle nada a sus tíos, quienes ya consideraba más como sus padres.

Su cuarto año fue el peor de todos, con el odioso torneo y con el regreso del Señor Oscuro, lo único positivo que encontró de todo eso fue que hizo tres amigos nuevos, amigos que, curiosamente, terminaron siendo los mismos competidores del torneo, casi moría del susto al ver que el antiguo amigo de sus padres trataba de matar a Cedric, quien sólo terminó desmayado por el mismo Harry, para que no le pudieran hacer más daño y se enfocaran solamente en el niño-que-vivió. Aunque nuevamente decidió quedarse callado y no decir del regreso del Señor Oscuro, si lo hacía todos estarían tras él, y el azabache quería vengarse por su propia cuenta, quería tenerlo en sus manos y ver como el brillo se iba de sus ojos. Lo quería matar por sí mismo.

Aunque todo los pensamientos que cruzaban por su mente se detuvieron al sentir el dolor recorrer toda su espina dorsal y cada uno de los rincones que poseía en su pequeño cuerpo. Casi soltaba un grito cuando el dolor lo atacó sin piedad alguna, pero en ese momento Sirius y Remus debían estar dormidos y no quería despertarlos, en sus antiguos cumpleaños ha sentido algo de dolor, debía pasar. O, al menos, eso esperaba.

El dolor detonó en su cabeza, sin contar que sus ojos parecían estar ardiendo en fuego vivo ahí supo que no podía más, necesitaba ayuda, pero su voz no quería salir. Simplemente se atoraba en alguna parte de su garganta, causándoles un pavor enorme. Podía sentir como su magia empezaba a recorrerlo a su cuerpo y a toda su habitación, empezando a romper ventanas, espejos y hasta el pequeño escritorio que poseía, alertando a su padrino y tío de sobremanera.

—¿Harry? ¿Estás bien?—se oyó la voz de Sirius en la puerta de su habitación, pero él no podía hablar, el fuego recorría cada rincón se su cuerpo— Harry, abre la puerta.

El menor gruñó de frustración, ¿qué rayos es lo que le estaba pasando? Nunca había leído algo así en los libros que había leído en toda su vida. Dolía horrores y, por primera vez, quería a alguien a su lado, alguien como Sirius y Remus, quienes le han cuidado todo el tiempo que podían desde que el Black salió de Azkaban.

—Cachorro, vamos—esa vez fue Remus quien había hablado, pero no podía hacer nada. Podía oír como los amigos de su difunto padre empezaban a abrir la puerta, sin importar romperla en el intento—. ¿Harry?

El nombrado gimió de dolor mientras abrazaba sus piernas para calmar el dolor, el cual empezaba a desaparecer con una tortuosa lentitud. Remus corrió hacia él y se sentó a su lado empezando a hacer hechizos para saber cómo se encontraba el joven.

Harry se movió un poco para quedar en las piernas de su no-padre y tratar de tranquilizarse con él a su lado.

—Kreacher—llamó el Black. El elfo apareció haciendo una profunda reverencia, antes de ver hacia Harry y preocuparse al ver como se encontraba—, cuida a Harry — ordenó empezando a caminar hacia el primer piso—. Alguien quiere entrar a la casa —informó Sirius mirando a Remus con su varita en mano—. Quédate con Harry, yo iré a ver.

Remus iba a replicar, pero Sirius ya se había ido corriendo a la entrada del lugar, dejando a un histérico elfo doméstico al cuidado del pequeño cachorro.

—Amo Harry, ¿qué le duele?—preguntó el orejudo mientras chasqueaba las manos y un paño de agua fría se colocaba en la frente del azabache.

—Me duele todo el cuerpo, Kreacher—murmuró con sueño—. Tranquilo, estoy bien—suspiró cerrando los ojos—: Siempre lo estoy.

Remus acarició con cariño el cabello de su cachorro, sin dejar de notar que los ojos de éste habían cambiado de color a un verde con ligeras motas plateadas.

—Rems—murmuró el azabache.

—¿Qué pasa, Harry?—preguntó con cariño.

—¿Esto es normal?

—Somos magos—contestó mientras acariciaba la mejilla rosada del menor—, está claro que no somos normales.

El ojiverde sonrió y rió por lo bajo acurrucándose aún más cerca del lupino, tratando de descansar aunque sea un poco.

—Sabes que no me refiero a eso...

—Mejor duerme, pequeño—susurró removiendo un poco el paño.

Pasos se oyeron en el pasillo, alertando al hombre lobo, quien apuntó con su varita la puerta rota del adolescente, dispuesto a defenderlo sin importar que diese su vida en el intento. Kreacher se colocó frente a sus dos amos, si pasaba algo, él estaría ahí para ganar un poco de tiempo a aquellos que quería, como al pequeño Harry.

—No te di permiso de pasar—el gruñido llamó la atención de los tres dentro de la habitación, aunque uno estaba más dormido que despierto.

—No lo necesito—respondió una voz conocida.

Kreacher dio un paso hacia la puerta, tratando de distinguir al segundo hablante.

—¿Dónde está?—el hombre que entraba por la puerta asombró a todos los presentes, menos a uno, que, en primera, no conocía al intruso y, en segunda, ya se encontraba dormido, oliendo el llamativo aroma que acababa de entrar a su habitación, tan raramente familiar.

—No debes estar aquí, Reg...

—¡Sólo lo quiero ver!—rugió el menor de los hermanos alejándose del agarre del mayor.

—¡Ni te conoce!

—¡Pues lo va a hac...!

—¡Amo Regulus!—gritó la criatura aventándose hacia su amo y antiguo mejor amigo.

—Hola, Kreacher—respondió el Regulus Black sonriendo con alegría.

Era bonito tener a lo que quedaba de la familia junta.