Los días habían pasado de una manera dolorosamente lenta. Sus padres no dejaban de discutir todo el tiempo y el único que podía detenerlos era su castaño padrino, que parecía ser el padre de la familia mientras que el ojiverde la madre. Un día, la honorable y humilde casa Black se convirtió en un centro de guerra cuando Sirius y Regulus decidieron lanzarse hechizos. Odiaba ver a sus padres pelear.

Había veces que Harry dudaba en hablar con sus padres, cualquier palabra dicha iba a ser utilizada para herir al otro, era algo frustrante. Sólo podía hablar con su padrino Remus, quien era el único que lo acompañaba a la hora de comer y le daba las buenas noches sin matar a alguien en el camino.

—No quiero que te vayas —se quejó el mayor de los Black abrazando a su hijo por la espalda.

—Cierto, podríamos enseñarte todo en casa —concordó un Regulus disfrazado con ojos y cabello castaños y test más oscura que la suya—. No necesitas ir a Hogwarts —el castaño bufó mientras cambiaba el baúl a su mano derecha—. Pulgoso, ¿por qué no dejas a Armus y me ayudas con su baúl?

—Yo puedo hacerlo —murmuró Harry acercándose a su papá, queriendo agarrar sus cosas.

—No, deja que Sirius haga algo productivo.

—¿Productivo? ¡Yo puedo hacer mucha cosas productivas! —dijo dentro de la plataforma recién cruzada, los magos que pasaban al lado de la disfuncional familia Black se alejaba como si la locura se les fuera a contagiar— Dame eso —gruñó quitándole el baúl y cargándolo.

Regulus sonrió y se abalanzó hacia Harry, abrazándolo con cariño.

—¡Hey!

Harry y Remus rodaron los ojos al ver el comportamiento infantil de los dos hombres.

—¿Cuándo se empezaran a comportar como adultos? —preguntó su hijo molesto.

—Yo siempre me comporto como un adulto —se quejó el animago—. Es Regulus quien se comporta como un niño de dos años...

—¿Yo? ¡Si eres tú quién siempre se anda quejando de cualquier cosa!—contestó el castaño cruzándose de brazos.

—Claro, ¿quién fue el qu...?

—Mínimo déjenme unos minutos en paz, por favor —pidió el menor mirando a sus dos padres con reproche, quienes se callaron con rapidez mientras se mataban con la mirada—. Merlín, ¿cómo pudieron hacerme si se odian tanto?

Los dos adultos abrieron la boca para reprochar, pero la pequeña risa del único ojimiel en el lugar calló cualquier queja que hubiera salido de sus labios.

—Antes se amaban—informó el licántropo a su ahijado —, hubieras visto a Sirius cuando pensó que Regulus había muerto. Ni James lo aguantaba.

—¿En serio? —preguntó el menor interesado.

Regulus miró a su hermano con curiosidad, pero Sirius sólo miró al piso con un fuerte rubor en sus mejillas.

—Sólo pensé que ya me había salvado del demonio...

—¿Por eso estuviste en depresión por más de nueve meses? —preguntó Remus burlesco.

—¡No fue por eso! —replicó.

—Pero Sirius no fue en único deprimido —murmuró Remus sonriendo, ignorando los balbuceos de su amigo—. Nuestro pequeño Regulus también estaba triste, aunque eso fue antes que Sirius, cuando me dijo que se iba a ir...

—No quería dejar a Armus —se defendió el nombrado.

—¿Por eso lloraste en mi hombro por todo un día repitiendo el nombre de Sirius todo el tiempo?

—¡No es cierto!

El ojiverde sonrió y miró al hombre a su lado, viendo como éste le sonría de regreso y le guiñaba el ojo. Harry supo que, desde ese momento, tendría un cómplice más con su pequeña misión de juntar nuevamente a sus padres.

—Si antes se amaban... ¿por qué ahora se odian?—preguntó el Black menor mirando a sus padres de forma interrogativa.

—¡Todo es culpa de Sirius!

—¡El estúpido me dejó! —explotó el mayor— ¡Se fue sin decirme nada, preocupándome y dejándome en la ignorancia sobre ti! ¡Mi hijo y heredero!

Todos se quedaron callados viendo al antiguo Gryffindor. Regulus abrió la boca, pero la cerró nuevamente sin saber qué más decir. El mayor simplemente miró a su lado sonrojándose por su arrebato.

El ojiverde sonrió, alegrándose por muchas razones, la principal era la declaración de su padre y, la última, que nadie en el andén parecía haber oído su conversación y seguían con lo suyo, corriendo de un lado a otro saludando y despidiéndose de las personas queridas. Un silbido sonó por todo el lugar, alertando a la pequeña familia, quienes se miraron con lástima, odiando el momento en el que decidieron llegar jodidamente tarde.

—Bueno... adiós —susurró el menor yendo hacia su padre y agarrando su baúl—. Nos veremos en navidad, ¿verdad?

—Claro que sí —contestó Regulus sonriendo—, ¿piensas que estaré sin ver a mi hijo por diez meses completos? ¡Ni pensar! Al fin que te vuelvo a ver...

—Cierto —afirmó Remus sonriendo con nostalgia—, ya no quiero esperar mucho para ver a mi cachorro.

Harry sonrió con cariño. Nunca había sentido la calidez invadir su pecho hasta esa vez, realmente se sentía en familia.

—Orión... —llamó Sirius acercándose a su hijo— Cuídate, cachorro.

El nombrado sonrió y asintió sintiendo los brazos de su padre rodeando su cuerpo.

—Y tú cuídalo —susurró correspondiendo el abrazo—, por favor. Por mí.

Sirius se separó de su hijo y sonrió de lado, asintiendo con la cabeza.

—Armus...

El nombrado no dejó a su segundo padra responder, abrazándolo con cariño.

Podía sentir esa calidez familiar, esa alegría que te recorre el alma cuando estás con las personas que amas... pero nl se sentía lleno, le faltaba algo, y lo sabía, lo sabía por su magia, la cual no había dejado de temblar en busca de algo, la sentía recorrer cada espacio del lugar donde se encontraba con tanta sutileza que, a cierto punto, le sorprendía que nadie la hubiera sentido.

Se sentía jodidamente vacío, solo y, lo peor, abandonado, cosa irónica contando que ya tenía a sus dos padres y a su padrino, lo cuales formaban gran parte de su vida.

—Cuida de ti, pequeño —susurró Regulus en su oído—. Debes estar alerta, y más con la llegada de quien-tú-sabes...

—Sé cuidarme —aclaró separándose levemente del ojigris—. Quienes me preocupan son tú y Sirius, no quiero quedarme huérfano porque los dos murieron en sus épicas batallas de "quién tiene la culpa"...

—Orión —regañó el mayor con cariño—. Prometo que no nos mataremos hasta tu regreso.

Orión sonrió y asintió, conforme con la respuesta del mayor y se dirigió hacia su lupino favorito -quitando que era el único que conocía-, parándose frente a él mientras los dos se miraban con nostalgia.

—¿Los cuidarás?—preguntó el menor mirando los ojos miel del otro.

—Siempre los cuidaré, como siempre te cuidaré a ti, cachorro—contestó.

El menor de los Black abrazó a su antiguo profesor, prometiéndose no extrañar tanto a los locos de sus familiares y, de alguna manera, hacerlos orgullecer. Ni se diga hacerlos feliz.

—No vemos—dijo el Potter por apariencia y se despidió con la mano mientras corría para alcanzar el tren—... ¡Dejen de pelear!—gritó entrando en la enorme máquina de vapor en el momento que ésta cerraba sus puertas.

El tren escarlata empezó a andar. Armus Black dio media vuelta y miró por la ventanilla de la puerta a su familia despedirse de él con un simple movimiento de mano, menos Sirius, él empezaba a correr por el andén despidiéndose como loco, causándole gracia al menor, quien también se despidió nuevamente con su mano.

Suspiró cuando ya se encontraba demasiado lejos del lugar como para poder ver algo, claro que extrañaría a su nueva vida, por más que implicara esquivar hechizos o regañar a sus padres como si se tratasen de niños. Tal vez podría descansar un poco de todo ese asunto y enfocarse en algo más importante, como el qué le sucedió a su magia en el día de su supuesto cumpleaños.


Miró atentamente al objeto escarlata que se encontraba bajo él, ¿en serio aquella persona con la que compartiría toda su vida estaba en Hogwarts? Algunas veces se preguntaba porque la vida se empeñaba tanto en joderle la vida.

Se acercó más a aquel tren y se paró en el techo, empezando a caminar por lo largo de la máquina. En algún momento de su pequeña caminata sintió como su corazón empezó a latir con más intensidad, hasta que llegó el momento en el cual sintió su magia conectarse sin permiso a la de una persona. Las dos magias bailaban con fervor, tanto que se perdió en la sensación, tan placentera, cálida y, sobre todo, tranquilizadora. Se volvía a sentir humano.

—¿Harry?—la voz llegaba desde adentro del tren, pero aun así podía oírla— ¿Te sientes bien? ¿Te duele algo? ¡Harry!

Tom escuchó con curiosidad la voz, ¿su pareja se llamaba Harry? Pero Harry era nombre de... No podía ser, a él no le gustaban los chicos, bueno, a él no le gustaba nadie, y dudaba que las serpientes entrara dentro de la lista de "posibles parejas".

—Sí, Pansy, me siento bien—contestó el chico—... Estoy bien... Nunca me había sentido así.

Tom sonrió ante eso, él también lo sentía, aunque era algo lógico, ¿cómo no sentirlo cuando eran sus magias las que estaban bailando y envolviéndose con la contaria?

—Saldré a dar un paseo—susurró el joven.

—No te vayas, ¿y si te sientes mal en el camino?

—Ya dije que me siento bien...

—Potter, por primera vez estoy con Pansy—siseó una tercera voz. Movimiento se oyó dentro del vagón, pero lo que más impactó al Lord fue el apellido que acababa de oír—. Aunque digas que estás bien, es extraño como te estás comportando. No queremos que te pase nada.

—Sé cuidarme por mí mismo, Malfoy—contestó el joven—. Ahora, ¿puedes soltarme?

No podía ser el mismo Potter a quien había tratado de matar años atrás, debía ser otro, tal vez un primo lejano o alguien que adoptó ese apellido por alguna extraña razón. El pelinegro se asomó con sigilo por la ventana, viendo al dueño de aquellos ojos verdes amarrado con una cuerda.

—No me apetece, ¿sabes?

El gruñido que soltó el azabache fue lo único que logró escuchar segundos antes de que la cuerda desapareciera por sí misma y liberara al chico de paso.

—Debo saber qué está pasando—murmuró el Slytherin a sus compañeros.

El de ojos rojos dejó de mirar al niño-que-vivió y, tras dar una vuelta en el aire, desapareció para irse directamente a su mansión. Al llegar sintió como el vacío volvía a estar en su lugar, un doloroso vacío. Gritó de dolor y frustración. Sí, claro que dolía, pero había algo que le preocupaba, ¿qué debía hacer? El chico seguramente le odiaba por haber matado a sus padres. Seguramente le odiaba por el simple hecho de estar viviendo.

Siseó molesto. ¿Cómo podía acercarse a Potter sin que éste le lanzara una maldición? Tal vez se debían conocer primero con otro cuerpo, eso podría ayudar.

Formando una idea en su mente, el Lord Oscuro se dirigió a la mansión de uno de sus más fieles seguidores, sonriendo para sus adentros.

El ojiverde sería suyo, y no habría poder más fuerte que su deseo por estar con su pareja. Nadie lo detendría y, si lo hacía, sería la última cosa que haría.