Hey. Esto no está editado, lo siento. Sólo quería publicarlo ahora que puedo. Tal vez luego lo arregle.
Feel the song #2.
I. Valley of the dolls —Marina & The Diamonds.
Tim está cansado. El mundo tiene un borde borroso, la realidad, un sabor almidonado. Las tumbas de los cementerios parecer bocas con seis dientes que intentan devorar el mundo. Ya no importa. La pesadez cala hasta los huesos y, si es que eso de las almas es cierto, la suya está seca. Siguiendo la cadena de pensamientos que ha llevado las últimas semanas: El espacio dentro de sus costillas guarda pulmones enfermos y un corazón muerto.
La fatiga causa ideas estúpidas.
Tim no recuerda cuándo fue la última vez que durmió más de dos horas. Nadie ha preguntado, así que no ha de ser importante. No es como que quede alguien para preocuparse por esas cosas; él ha hecho bien su tarea de alejar a todas las personas. Salve Batman y sus enseñanzas.
Al menos el sarcasmo sigue con él.
Debería recostarse. O salir, algo de aire no le haría mal. Excepto que ya no puede estar en una multitud sin que su cerebro examine el comportamientos de cada persona a su alrededor y los catalogue. Espera el peligro todo el tiempo y, cuando no llega, se siente paranoico. Tal vez se está volviendo un loco, después de todo. Bruce debería darle un premio, seguro ni Damian se asemeja tanto al Gran Murciélago como Tim.
(Pero si Bruce no se molesta si quiera en reconocer su existencia, Tim no espera que por lo menos se ría de la ironía.)
Está bien, es lo que se dice. Nadie lo ha dejado solo, excepto cuando importa. Tim puede vivir con eso.
O no.
II. The family jewels —Marina & The Diamonds.
La expresión de Bruce al verle en la encimera no tiene precio. Las cejas se le alzan hasta el nacimiento del cabello y todo su cuerpo se tensa durante varios segundos. Parece un idiota haciendo un puchero. Luego se relaja y su expresión estoica vuelve a ser inquebrantable. Una parte dentro de Jason muere otra vez cuando se ve reflejado en los ojos fríos de Bruce.
(Jason la aplasta con ira.)
Bruce sólo asiente con la cabeza y vuelve a salir de la cocina. Jason tampoco quiere estar aquí, en la mansión. Por mucho que intente llevarse bien con su antigua familia, el espacio aún le hace sentir oprimido. Pequeño, como esa primera vez, años atrás. Sólo que ahora cada pieza de costosa decoración le parece un recuerdo de todo lo que pudo ser y no fue, por culpa del mismo Batman.
Decide ignorar la sensación. Alfred ha insistido en que pase a recoger algunos congelados —no que se quede a cenar, Jason aún no está preparado para eso— y él no va a dejar que todo lo que intenta hacer se vaya a la mierda por una simple casa. Aún está enojado, sí, pero el tiempo lejos de este lugar ha ayudado bastante. Si pudiera irse por siempre, tal vez tendría una oportunidad.
(Pero ninguno de ellos puede. Es la maldición de Gotham. Este rincón pútrido es siempre el norte.)
Se vale soñar.
III. Agape —Bear's Den.
Talia Al Ghul huele a rosas. A Damian le sorprende, porque los libros dicen que las rosas no crecen en terrenos tan áridos como el desierto ni tan fríos como la base de su abuelo en las montañas. Lo más seguro es que su madre ordene las esencias a los criados, pero a Damian le gusta pensar que el aroma es todo ella. Fuerte, casi amargo y con un toque de tierra. Le inunda de calma cada vez que ella le permite acercase. Contadas veces.
Cuando va con su padre, al otro lado del mundo en una ciudad podrida que ni siquiera es suya, las rosas son lo único que extraña de casa.
(Las rosas y Talia, pero él no está dispuesto a ahondar más en la llaga.)
Aquí en Gotham, Damian descubre un nuevo significado para las rosas. Su padre muere —ah— y Damian aprende que los cementerios huelen a rosas. A tierra. A mamá llamándole habibi en la oscuridad y susurrando historias de Bruce Wayne mientras acaricia su cabello. Y, ahora, a cuerpos solitarios seis metros bajo tierra.
De alguna forma, se siente correcto.
Talia Al Ghul huele a cementerios.
(A muerte.)
IV. Youth —Daughter.
Treinta años en el futuro, Tim Drake es Batman.
Sin embargo, es una línea de tiempo diferente. Conner está aliviado de ver que su amigo, si bien endurecido con los años y las guerras, sigue siendo el Tim que conoció después de salir de un tubo de ensayo. Nada de armas de fuego, tampoco el legendario Bo, sólo puños y justicia. Su estómago aún da vuelcos como de adolescente.
Conner sabe que su amigo heredó el gusto por el dramatismo del anterior Batman. Que no debe preocuparse porque, a pesar de que los Titanes han hecho sus vidas lejos, si Tim necesitara de su ayuda, él llamaría. Lo ha hecho antes. Es sólo que cuando el latido de Tim Drake desparece de sus oídos a mitad del día —cuando Tim suele estar en el trabajo a esta hora; no que Conner lo espíe, por supuesto—, Kon no puede evitar entrar en pánico.
Y reunir a la Justice League.
(Tal vez se le haya ido la mano, pero, hey, ¿Alguien puede culparlo?)
Superman y varios nuevos sujetos que Conner no se molesta en reconocer, pero que poseen las capacidades necesarias como para buscar a Batman por el mundo, toman la misión de inmediato.
El tercer día sin resultados, Tim, como salido de una novela religiosa, entra en los cuarteles de la JLA vistiendo ropa especial para el desierto. Tiene los ojos descubiertos y es la primera vez en largos años que Conner puede ver ese azul afilado en sus irises. O es lo que espera. A medio camino de saltar encima de su amigo y empezar a gritar, Conner nota que el hombre frente a él luce diferente debajo de las pesadas capas de ropa.
Un anillo verde resplandece alrededor de la pupila, como agua brillante.
1000 palabras, aprox.
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