Harry frunció el ceño con curiosidad al oír el aviso. Era extraño que se hicieran ese tipo de cosas en Hogwarts, más cuando, hace una semana, fue la bienvenida y la selección de casas para los de primero, aunque, tal parecía, esta ocasión también era diferente a las anteriores.
—Es raro —comentó viendo al castaño, casi rubio, en frente a todo el gran comedor.
—Papá me dijo que era un familiar lejano —comentó Draco, el tono que usó dejaba en claro que algo no estaba bien—, me explicó que es hijo de la prima de mi abuelo. Lo más extraño es que no hay nadie con ese nombre en el árbol genealógico de los Malfoy.
—Los Sayre son descendientes de Isolt Sayre, una de las fundadoras de Ilvermorny, lo raro es que venga de Durmstrang...
—La familia Sayre se tuvo que mudar por la casa de brujas —interrumpió Pansy a su amigo Zabini—, desde 1250 que se ocultan por esa causa, tal parece que se traumatizaron por los sucesos.
—Tal vez ya salieron a la luz —susurró Harry mirando al chico. Sentía como su magia lo llamaba a él, como le exigía que se acercara al dueño de los hermosos ojos miel.
Sentía como su magia quería conectarse con la de aquel individuo, tal y como pasó en el tren.
—Es extraño —susurró el rubio acercándose a su mejor amigo—, no me lo vas a negar.
Harry miró al Malfoy menor y se encogió de hombros, el director Dumbledore había explicado que era un alumno de intercambio permanente de Durmstrang y que, debido a ciertos sucesos que atrasaron su llegada a Hogwarts, su selección sería ese mismo día. Era una lástima que fuera lunes y estuvieran perdiendo la clase de Transformación por eso.
—¡Slytherin! —gritó el Sombrero Seleccionador.
La magia del azabache bailó con alegría por su cuerpo al saber que estaría cerca de aquella persona, tal vez podría hablarle. Deseaba hacerlo, pero esperaría a que fuera en una buena ocasión, no debía parecer ofrecido al primer momento que se encuentre con el hermoso y nuevo Slytherin.
El joven se dirigió a la mesa de las serpientes y Harry decidió mirar hacia frente, viendo como su amigo de Gryffindor esperaba con ansias la comida. No quería seguir mirando al joven que, seguramente, formará amigos con rapidez dentro de Slytherin. Ese pensamiento formó un revoltijo de emociones dentro de su cuerpo. Thomas Sayre no debía hablar con alguien más que no sea con él, nadie debía tener el privilegio de ser amigo de semejante chico, menos cuando el chico debía ser suyo.
—¿Les molesta si me siento aquí? —preguntó una sutil voz tras Harry.
—¿Tú, el chico más guapo de Hogwarts, molestarnos con tu presencia? —preguntó Pansy sonriendo— ¡Claro que no!
La angelical risa llegó a los oídos de Harry, calmando el deseo de matar a su amiga por haberle coqueteado a su presa.
—Gracias —respondió sentándose al lado del azabache.
El ojiverde miró a la persona a su lado y se encontró con la sonrisa encantadora del joven de nuevo ingreso. Algo dentro de su estómago se revolvió, haciéndolo sonreír de vuelta.
Su magia se movió con brusquedad dentro de él, pero Harry la sostuvo con fuerza. No dejaría que pasara lo mismo que pasó en el tren una semana atrás, eso le había tomado desprevenido y no sabía que problemas traería en el futuro, aunque lo supo el jueves cuando, por estúpido, le tomó más atención de la debida a la soledad que recorría su cuerpo, a aquella sensación de frío que le apoderaba cada hora del día.
—Thomas Sayre, un gusto —se presentó con cortesía.
—Pansy Parkinson —se presentó la única chica dentro de su grupo.
—Blaise Zabini —siguió su moreno amigo.
—Tú ya me conoces —siseó con frialdad Draco. Tal parece que no le caía bien su supuesto primo.
—Arm... Harry Potter —corrigió rápidamente el ojiverde.
El único que notó su error fue Sayre, quien sonrió fingiendo no haber escuchado nada.
El desayuno siguió con rapidez, pero eso no impidió que, en cierto momento, sintiera la magia Thomas querer juntarse con la suya. Cuando eso pasaba Harry lo miraba frunciendo el ceño, molesto. No quería que algo le pasara, nunca había oído algo como un enlace mágico, no al menos que se tratase de una mascota-familiar.
—¿Puedes dejar de hacerlo? —siseó en voz baja cuando la magia del castaño lo acarició con devoción, casi como si deseara que se juntaran.
En ese momento se encontraban caminando a su clase de Herbología con Draco y Pansy frente a ellos discutiendo de sus planes de navidad y con Theodore Nott -quien apenas se integraba en el grupo- y Zabini a dos metros tras ellos.
—¿Hacer qué? —pregunto el ojimiel mirando de reojo al azabache, quien frunció el ceño molesto.
—Es la vigésima vez que siento tu magia querer agarrar la mía —gruñó molesto—. Yo pensé que en Durmstrang, como en todos los colegios, se encargaban de enseñar como controlar tu magia.
—Harry, no...
El nombrado de paró y miró a su nuevo compañero a los ojos, haciéndolo parar también a él. Theo y Zabini pasaron por su lado sin querer meterse en problemas. Los ojos verdes recorrieron el pasillo tratando de encontrar algún estudiante cerca, pero, para su suerte, no había alguien en el enorme pasillo más que sus amigos, quienes se encontraban lejos de ellos.
—No me gusta que quieran violar mi magia, ¿sabes? —siseó molesto— Así que te pido que dejes de joder cada minuto de tu existencia queriendo hacer no-sé-qué con tu magia...
—Pero...
—Puedes estar guapo, irresistible, apuesto... ¡Lo que tú quieras! Pero no quiero sentir nuevamente eso...
—¿Sentir qué?
Harry miró al Slytherin por un momento, odiándolo con todo su ser por un pequeño minuto, ¿cómo era posible odiar a alguien como Thomas? Simplemente, por más que quisiera, no podía odiar al chico, aunque sólo se conocieran por unas pequeñas horas.
—Nada importante —susurró mirando al piso—... simplemente ya no lo hagas...
Thomas sonrió y se acercó a Harry, agarrándolo de una mano y besando ésta con cuidado y cariño, dejando pasmado al dueño de la mano.
—Lo voy a hacer todos los días existentes —susurró sonriendo con parsimonia—, no me importa que te enojes, sería mejor, ¡qué hermoso te ves enojado!
El supuesto Potter observó a la persona frente a él con curiosidad, ¿cuándo alguien le había besado la mano y dicho cosas como ésas? Recargó su cabeza hacia su hombro, ¿por qué sentía su corazón querer salir corriendo de su cuerpo e irse con ese desconocido de ojos hipnotizantes? Gruñó para sus adentros.
—No me importa cuantas veces deba intentarlo —susurró acercándose al oído del menor—, un día de éstos serás mío, Harry Potter.
Un escalofrío recorrió su espalda y su magia revoloteó por todo su ser. Por alguna razón le encantaba la idea de ser suyo, pero algo no cuadraba. Tantas personas han querido coquetear con él y nunca había sentido algo parecido a lo que sentía en ese momento, tal vez...
—¿Eres veela? —preguntó abruptamente el azabache.
—¿Qué si soy...? ¿Qué? —preguntó desconcertado, y a Harry le gustó de sobre manera la pequeña mueca de confusión que marcó su rostro por un pequeño instante— ¡No! No soy un veela —contestó aún confundido—, ¿por qué piensas eso?
—¿Seguro que no lo eres? —el joven asintió— Pareciera...
Lord Voldemort sonrió para sus adentros al oír a su pequeño compararlo con una veela, ¿tanto efecto tenía su presencia para el joven? No parecía que le causara algún sentimiento. Tal vez por eso fue seleccionado a Slytherin, sus mascaras y su control en éstas son sorprendentes, al punto de guardar bien sus emociones.
—Me alegra que me compares con un veela, querido —susurró en su oído, antes de empezar a caminar hacia el grupo de Slytherin que ya se encontraban a diez metros de distancia.
Armus se quedó paralizado viendo la espalda de su nuevo compañero, analizándolo con la mirada. La magia de éste lo había acariciado con tanto deseo y cariño que, por un segundo, dejó su magia salir a corresponder esa pequeña caricia. Fue suerte que Thomas se hubiera alejado en el momento que lo hizo, sino todo sería un caos.
—Harry, ¿vienes? —la voz de Draco lo sacó de su mente, trayéndolo al mundo de los vivos.
—Ya voy —susurró más para sí que para sus amigos.
Guardó su magia dentro de sí y caminó hacia sus Slytherin favoritos, tratando de ocultar el efecto que tenía Thomas Sayre en él.
Tom sonrió para sus adentros al ver caminar a su pareja hacia ellos. Debía hacer algo, lo más seguro era que su pequeño azabache no supiera de los tipos de magos que existían en el mundo mágico o, mínimo, de uno de ellos.
Se hizo una nota mental para favorecer a Lucius con el trabajo que hizo. El rubio lo había hecho pasar por un familiar suyo y buscarle una apariencia de un chico de dieciséis años, aunque también debía darle un poco más de vida a Igor, por haberlo ayudado con su historial académico. Rió internamente. Harry Potter sería suyo, sin importar el obstáculo que se le interpusiese.
Todo el día siguió al lado de Harry, en las clases, en los pasillos, hasta en las horas de comer, aunque cada minuto a su lado era un mililitro menos a las aguas turbias de la paciencia que tenía en ese instante. Su magia quería violar al chico de todas las jodidas formas posibles, ¿y cómo negárselo cuando el ojiverde reaccionaba a sus demandas? Mas era molesto saber que se encontraba con un joker si de miradas hablamos.
Lo más importante era que, aunque tratase de ocultarlo, Harry parecía que escondía algo, y no algo sencillo. Tom Riddle se empezaba a enamorar de aquel joven que, de un día a otro, se convirtió en un misterio, precavido y sincero. Le fascinaba el hombre el cual se estaba convirtiendo, ¿desde cuándo el mundo había conspirado contra él de la manera más positiva? Joder, sentía que no merecía al joven inteligente, amable, apuesto y, sobre todo, Slytherin. Había recibido más de lo que había esperado.
Miró a su lado y observó al azabache mover su cabello como si se tratase de uno largo y fino, frunció el ceño curioso. Su chico no tenía el cabello largo, y tampoco lo tenía fino.
Movió su mano haciendo un hechizo sin varita, tratando de comprobar lo que, después de ese momento, ya sabía. Sus ojos recorrieron su alrededor para asegurarse de estar solos, si Harry escondía algo, él sería el único que sabría ese misterio.
—Joder, eres hermoso —gimió sin poder evitarlo.
Después de haber lanzado el hechizo que deshacía el glamour del chico, cabellos negros azulados se asomaron por la cabeza del joven, su altura se alargó unos pocos centímetros y el verde de sus ojos parecía luchar con un plata grisáceo. Totalmente fascinante.
El Black levantó su cabeza y miró a su compañero frunciendo el ceño. Se encontraban solos en la Sala Común de Slytherin y no recordaba conocer a algún tipo de su casa con tanta belleza como para gimotear tan descaradamente. Miró a su alrededor y luego volvió a mirar a Thoma, tratando de encontrar el porqué de lo dicho.
—¿Thomas...?
—Te hablo a ti, Harry —dijo acercándose al chico y acariciándole la mejilla—. Eres completamente hermoso, joder, ¿por qué te escondes de esa manera?
—¿Esconderme? —cuestionó haciéndose para atrás. No quería que el contacto del chico pasara de ser físico a mágico, no se lo permitiría— No escondo nada... y te pido de favor que respetes mi espacio personal.
—Querido, nunca dejaré de invadir tu espacio personal —informó sonriente—... ¡y claro que escondes algo! ¡Mira que ocultar esa hermosa figura con un glamour! ¡Debería ser ilegal!
Un pequeño interruptor sonó dentro de su mente, causando que el pavor recorriera su cuerpo, ¿por qué sentía temor? No sabía con exactitud, pero, si alguien descubría que sus padres eran los últimos Black del linaje, seguro que las cosas se pondrían feas, más cuando Regulus, supuestamente muerto y mortífago, era su padre... ¿o madre?
Se encogió de hombros mentalmente.
—No le digas a nadie —dijo levantándose y, tras mover su varita, recogió todos sus útiles y pergaminos de la mesa—. No querrás hacerme enojar, ¿verdad, Sayre?
El nombrado sonrió y miró a su pareja empezar a caminar hacia las habitaciones con firmeza y elegancia.
—Pero te ves hermoso enojado —comentó el mayor sonriendo. Armus paró su andar y miró con odio al chico, pero éste siguió con simplicidad—, pero puedo hacerte enojar con más cosas. No te preocupes, puedes confiar en mí.
Black bufó y siguió su andar hacia las habitaciones. Le molestaba al joven de nuevo ingreso, era como su jodida sombra, siempre a un lado de él, aunque, lo más molesto, era que no podía odiarlo.
