Ojos castaños analizaron a su alrededor con molestia. Sólo lo hacía por Harry, y realmente le molestaba ese hecho, mientras el azabache se encontraba ligando a algún estúpido ajeno de la casa Slytherin, él tenía que salir con su nueva amiga, la idiota-quita-chicos, según el ojiverde, quien no había dejado de suplicar para que saliera con la Ravenclaw, según el chico "la chica podría ser completamente diferente a lo pensado y gustarte" argumentó, pero no. Tom nunca gustaría de un Ravenclaw, menos de esa chica molesta, ni se mencione el hecho de tener que dejar a Harry. Él nunca dejaría a su chico.

—¿Te gustan los dulces? —preguntó la chica mirándole con interés.

Iba a negar la idea, pero sonrió para sus adentros. A Harry le gustaban los dulces, si iban a Honeydukes le podría comprar algo a su Slytherin favorito, ¿quién sabe? Tal vez Harry se abra un poco más a él con una pequeña bolsa de dulces...

—Sí, me gustan —contestó con frialdad.

La chica sonrió y asintió animada, llevándolo hacia una parte de Hogsmeade con una sonrisa en su rostro.

No sabía cómo Chang podía ser tan ilusa.

—No sé si sabías que Hogsmeade tiene una asombrosa dulcería, tienen de todo allí —murmuró agarrando su mano y jalando de él.

Tom puso los ojos en blanco y se dejó guiar, odiando el momento en el que aceptó ayudar al chico. Ver la sonrisa en los labios de Armus era un regalo muy especial, pero estar con esa chica era el peor de los infiernos.

—Te presento Honeydukes —habló nuevamente Chang—. Aquí podrá encontrar cualquier tipo de dulces que imagines, es genial, más las bolas de...

—Chang, ya lo sé —interrumpió sonriendo con burla—. Conozco este lugar desde hace mucho.

La chica se sonrojó y asintió avergonzada.

—¿Te parece si compramos algo por a...? Bueno, este lado también está bien —susurró caminando en la misma dirección que Tom.

El chico rodó los ojos y caminó hacia la sección de chocolates para luego ir a la de gomitas picantes. Sí no recordaba mal -y era de dudar que pasara eso-, a la pequeña estrella le gustaban los chocolates amargos.

—No sabía que te gustaban los chocolates —comentó Cho atrás de él—, es algo tierno de tu parte...

—No son para mí —contestó despreocupado—, es para una persona especial.

—Oh —susurró—, no debes comprarme chocolates, pero es un bonito detall...

—No son para ti —interrumpió empezando a caminar hacia otra estante que se encontraba repleto de diferentes chocolates y dulces—, son para una persona realmente es especial para mí.

—Oh —volvió a susurrar—, bueno... Yo iré a comprar plumas de algodón por allá —comentó empezando a caminar hacia el estante que poseía dichos dulces.

Tom se encogió de hombros y siguió escogiendo dulces aleatoriamente para su pequeña serpiente. Negó con la cabeza. Esperaba que al final de la semana Armus siguiera teniendo esa hermosa y escultural figura en su cuerpo.


Gruñó internamente. Había buscado a Harry en la Sala Común de Slytherin y en su habitación, pero éste simplemente no estaba en ninguna, le preguntó a Theo dónde estaba, y éste le respondió con un simple movimiento de cabeza, señalando un libro, mas tampoco se encontraba en la Biblioteca.

¡Joder! Necesitaba ver a esos cabellos revoltosos rápido antes de que Hogwarts empezara a temblar al sentir su desesperación. Necesitaba estar al lado de su pareja en ese momento.

Suspirando, se encaminó al jardín trasero para poder respirar un poco de aire limpio y relajarse al mismo tiempo. Sí, relajarse era la mejor opción.

Salió con paso decidido hacia el lugar y suspiró al sentir sus pulmones llenos de aire fresco, pero un punto a su izquierda, escondido de las miradas curiosas y cerca del Bosque Prohibido, hizo en su corazón un lío total.

Armus, con su glamour puesto, se encontraba equilibrando su peso en un solo píe, arriba de una piedra en forma de cerro que llegaba a la cintura del castaño. Parecía relajante lo que hacía. Se acercó con cuidado tratando de no asustar al menor, lo menos que quería que pasara es la caída del príncipe de las serpientes. No pudo permitir bajar la mirada del rostro sereno que regalaba Armus.

Quitó el glamour del chico momentos después de hacer una protección de invisibilidad a su alrededor. Las hermosas y largas pestañas junto a la piel de porcelana salieron a la luz, los revoltosos cabellos ahora se encontraban callendo con parsimonia sobre los hombros del menor con un color azul resaltando entre los hilos.

Suspiró como todo un chico enamorado, aunque no lo admitiría nunca. Armus se veía jodidamente hermoso en esa posición.

—¿Pasa algo, Thomas? —preguntó el chico sin abrir sus ojos o inmutarse.

—Estoy viendo al chico que se robó mi inexistente corazón en su más pura expresión —contestó—, ¿crees que pasa algo?

Harry rió y abrió los ojos, sentándose en la piedra mirando a Tom con un sentimiento indescifrable, tan indescifrable que ni el mismo Armus podía saber qué era ese sentimiento.

—¿Y qué lo trae por aquí, señor Sayre? —preguntó burlón.

—Vengo a preguntarle a mi alteza si quiere un poco de chocolates y gomitas —contestó sonriendo—, pero veo que está muy entretenido con su tranquilidad, así que espero que perdone a este pobre sirviente.

—Estoy esperando a Ómorfos, fue a dar un paseo —explicó Armus parándose y alzando sus brazos—, ¿me ayudas?

Thomas sonrió complacido. Los dos sabían que podía bajarse gracias a un simple hechizo, pero ninguno dijo nada. El Señor Oscuro se acercó hacia la damisela en apuros y cargó a Harry por las caderas mientras éste se sostenía del cuello contrario.
Al dejarlo en el piso, ninguno pudo hacer nada más que mirarse a los ojos con anhelo, Tom sabía el porqué de ese anhelo, sólo deseaba que su chico lo supiera pronto.

—¿Y mis dulces? —preguntó Harry susurrando a un centímetro de los labios de su amigo, quien lo besó con cariño y se separó para agarrar una pequeña bolsa que se encontraba en los bolsillos de su túnica y hacerla grande.

—Aquí están, majestad —contestó haciendo una pequeña reverencia—. Espero que sean de su agrado.

Black sonrió y caminó unos pasos para sentarse detrás de la roca, escondiéndose de miradas curiosas que, gracias a la pared de invisibilidad que había puesto antes. Tom lo siguió y, después de una pequeña seña del joven, se sentó a su lado, viendo el hermoso y lúgubre Bosque Prohibido.

—¿En que parte vas de tu monstruoso libro? —preguntó Tom sonriendo.

—Sección de magos, capítulo tres, hoja cuatro, párrafo dos, línea diez —contestó comiendo una pequeña bola de chocolate—, como hacer que tu magia haga realmente lo que quieras sin necesidad de un hechizo en específico.

—Capítulo interesante —comentó pensando.

Le faltaban seis páginas para acabar el capítulo tres y empezar con el capítulo cuatro: Tipos de magos. Después dos hojas para llegar a la sección de los sanctus. En general, diez páginas para que llegue conocerse realmente... Esperaba que fuese pronto.

—¿Y qué hiciste con el chico? —preguntó curioso, casi celoso.

—Lo convencí de darme información sobre el ministerio —comentó encogiéndose de hombros—. El ministerio no puede saber quién está muerto o quién está vivo gracias a que en 1653 el ministerio dejó de hacer un hechizo ancestral por falta de magos competentes dentro del área, por lo cual sólo pueden suponer que un mago está muerto por un hechizo hecho al cuerpo, hechizo que delata la identidad y estado de éste.

—¿Y para qué quieres saber eso? No encuentro ningún lado a favor de saber eso.

—Las personas que desaparecen y son catalogadas como muertos están en una sección especial dentro del ministerio. La persona puede llegar y reactivar su nombre, por así decirlo, después de un par de pruebas de identidad. Fácil.

—¿Y...?

—También le pregunté suavemente si había una lista de mortífagos en el ministerio, tanto mortífagos confirmados como los que están en duda —explicó Armus sonriendo. Con esa información era fácil hacer que su papá Regulus volviera ante la sociedad mágica sin ser perjudicado por nada—. El pobre Hufflepuff parecía tan emocionado de hablar sobre algo que conocía que soltó toda la información sin pensarlo dos veces. Hay una lista en la biblioteca de los autores donde dice toda esa información, ¡Merlín! Hasta me dijo dónde estaba la lista y varios documentos de importancia.

—Sigo sin entender en qué te serviría saber eso —gruñó.

—Todos tenemos planes a futuro, Tommy —se burló comiendo esta vez una gomita picante.

—Fuiste a Honeydukes, ¿verdad? No entiendo porqué compraste dulces, ¡ni te gustan los dulces! —murmuró.

—Me gusta un chico y a ese chico le encantan los dulces, especialmente los chocolates amargos y las gomitas picantes —aclaró Thomas sonriendo—, tal vez no me gusten los dulces, pero me gusta verlo feliz, ¿sabes?

—Oh, ¿y quién es ese chico? —preguntó el Potter con fingida curiosidad.

—Ante la sociedad es Harry Potter, pero, para mí, es Armus. Sigo tratando de averiguar si su verdadero apellido es Potter, pero no me preocupo. Caerá ante mis encantos y me dirá todo lo que quiero saber sobre él.

—¿Eso crees? —preguntó el ojiverde levantando una ceja.

—No lo creo. Es una afirmación, así que ten cuidado, mi pequeña estrella.

Armus soltó una carcajada y miró a Tom con diversión.

—Buena suerte, Sayre.

—No la necesito, pero gracias, Potter —dijo sonriendo arrogante.

—Oh, ya cállate —murmuró al pelinegro sonriendo y comiendo una gomita en forma de dragón—... ¡A la puta! —gritó escupiendo la gomita— ¡Agua, joder!

Está vez fue el turno de Tom para soltar una carcajada.

Oh, dulce venganza.