Otro intento de lo anterior…

Copas #1.

As de Copas.

Dick Grayson aprendió a leer las cartas de la bruja que viajaba con el circo a la edad de cuatro años. Delilah, o Madre Sirrah, como se hacía llamar en sus presentaciones, era una anciana romaní arrugada y llena de amuletos colgados en distintas partes de su cuerpo. Dick la recordaba apenas, su viejo rostro ya borroso entre memorias antiguas, siempre sentada en su carroza con una botella de vino, un cigarro y numerosos ítems de adivinación.

—Hijo, la mayoría de cosas no funcionan si no tienes fe —solía decir, hablando muy cerca de su cara, cuando Dick era dejado a su cuidado— y en ocasiones, ni siquiera eso alcanza. Pero hay que seguir creyendo ¿Sabes? Un día vas a entender.

Dick nunca respondía, en su lugar hacía preguntas y tocaba todo en el pequeño espacio, porque era un niño muy curioso y a Delilah no parecía molestarle. Sus ratos favoritos eran a la madrugada, después de un largo día de funciones y trabajo ayudando a los otro chicos del circo, cuando Delilah sacaba sus cartas y las enseñaba una por una, recitando significados y correspondencias que Dick casi no entendía, pero intentaba con entusiasmo memorizar.

A veces, la mujer también contaba sus historias mientras tejía edredones gruesos con motivos coloridos para mantener calientes a los animales; parecía no molestarle la insistente luz del sol sobre Arizona o Nuevo México, pues, cada vez que le venía en gana, se aseguraba de reunir a los más jóvenes y asustarlos con terroríficas leyendas.

Una de sus favoritas —y Dick, en años posteriores, la recordaría con reverencia casi sagrada— era la de un hombre murciélago en busca de venganza, que sobrevolaba los bosques y hacía un sonido escalofriante para petrificar a sus víctimas. Se acompañaba de aves de rapiña, a quienes en ocasiones devoraba a causa de su sed insaciable.

Pocas cosas hacían al pequeño Robin —como le llamaba su madre— que sentarse y ver a la gruñona anciana trabajar en sus amuletos y conjuros, y escucharla hablar de otros dioses que nadie más mencionaba. A la edad de cinco años, Delilah consideró justo el regalarle su propia baraja —de segunda mano, por supuesto—y mostrarle cómo tirar las cartas para las cosas más sencillas de la adivinación.

—Hey, mama Sirrah, ¿Podemos dejar esto para después? Larry y los otros jugarán a la pelota. —Diría Dick a veces, sólo para molestar a la anciana, quien fruncía el ceño y escupía hacia un lado, alegando:

—Algún día vas a necesitar esto, niño insolente. ¿Qué si te partes las piernas, huh? Hay más que sólo saltar como tus padres de un lado a otro sin un suelo firme al qué anclarse, Dick.

Dick se reiría y lo dejaría pasar, tomaría las cartas de nuevo y comenzaría a repasarlas hasta que los ojos estuvieran demasiado cansados.

(Su primera lectura sin ayuda la hizo sobre la alfombra en el piso de la carroza, mientras Delilah fumaba su tabaco y observaba sentada en una mecedora. La tirada era sencilla: ¿Qué me depara el futuro?

El Hierofante.

A la distancia, Delilah hizo un sonido estrangulado.)