—Ya te he dicho que no —gruñó bajado las escaleras con el castaño tras él.

—Armus —rogó tratando de abrazar la espalda de su novio—, ya ha pasado mucho tiempo y muero por dentro...

—Tom, no —siseó esquivando el abrazo—. Estamos en mi casa, con mi familia y sin ninguna privacidad, pensé que sabías eso.

—Bueno, lo de privacidad me lo hubieras dicho antes —reclamó Tom recordando la vez que subió las escaleras y se encontraba a ciertos hermanos tratando de quitarse el calor de una forma muy eficaz en medio del pasillo—. No es como si nos debiéramos preocupar por eso...

—No quiero salir soltero, casi viudo, de estas vacaciones —comentó Armus inclinándose antes de pasar por la puerta del comedor—. Ten cuidado con...

Un golpe se oyó tras el joven seguido por las risas de dos adultos dentro de la habitación. Armus suspiró con pesadez antes de voltear a ver a su pareja y sonreír al ver como el cabello castaño/rubio de convertía en un rosa chillón en cuestión de segundos. El ojiverde no tardó en seguir las risas de sus padres mientras Remus ponía los ojos en blanco y se acercaba al invitado de su ahijado.

—Thomas, ¿te encuentras bien? —preguntó el licántropo quitando unas gotas de poción del cabello del joven. El nombrado asintió deseando matar a los padres de su querido novio. Algunas veces deseaba haber matado al maldito traidor de Regulus y al imbécil de Sirius en vez de a los Potter— No sé cómo no te has acostumbrado de estar un poco más atento a lo que te rodea dentro de esta casa.

—Bueno, uno no viene a la casa de su novio para ser atacado por dos desquiciados que se hacen llamar 'padres'—declaró tocando su cara.

Cualquier cosa podría afectar la poción que hizo para tener el cuerpo de ese adolescente, no quería que su Armus se diera cuenta de quién era realmente tan pronto, necesitaba hacer algo para que su estrella plateada se diera cuenta por sí mismo de su verdadero yo, y debía buscar la manera más sutil para que el menor no explotara o hiciera algún berrinche al saber la verdad, más cuando el antiguo Potter le había dicho todos y cada uno de sus secretos con tanta confianza de que tales secretos no llegarían a oídos ajenos y -¡ups!- llegaron directamente a los peores oídos.

—Ya, lo entiendo—aceptó Remus suspirando—. ¿Te ayudo o quieres estar con el cabello de un payaso todas las vacaciones?

—Su ayuda estaría muy bien recibida en estos momentos, señor Lupin.

Remus sonrió y lo encaminó a la sala para tener un poco más de comodidad y, lo más seguro, para dejar que su pequeño cachorro regañara a sus padres por tal broma... y por todas las que le han sometido a Sayre sólo por amar a su hijo como ninguna otra persona. Suspiró mentalmente, nunca creyó que esos dos se fueran unir por algo como el novio de Armus, pero realmente funcionó muy bien, ¡Merlín! La convivencia había cambiado dramáticamente desde la llegada del joven.

El licántropo sentó al chico en el sillón y empezó a hacer una hechizo diagnostico para saber cual era la poción que le habían hecho sus dos queridos amigos/hermanos.

—¿Te puedo recomendar algo?—preguntó con parsimonia mientras se centraba en la ligera poción que Sirius y Regulus le había al pobre chico. Tom asintió sintiéndose como un adolescente hablando con su padre, por alguna razón Remus Lupin representaba un padre frente a los ojos del Señor Oscuro, siempre ayudándole en lo que sea y regañando en las cosas que había hecho mal, y eso que sólo llevaban conociéndose aproximadamente dos semanas— Lo que estés ocultando, es mejor que se lo digas de una vez a Armus.

Tom Riddle abrió los ojos sorprendido -que se volvieron a cerrar tan rápido como se habían abierto- y miró al castaño frente a él con interrogación, ocultando muy bien su sorpresa.

—A mi cachorro no le gusta que le oculten cosas—susurró haciendo el hechizo necesario para disminuir la poción. Sirius sabía muchas cosas para hacer bromas y Regulus demasiadas cosas de pociones, por lo cual, con un simple hechizo, no podría quitar los efectos de dicha poción.

Maldijo al día en el que esos dos se hicieron socios, eran demasiado buenos, debía admitir... aunque se sentía orgulloso de que sus amigos se hubieran juntado para hacer una alianza que era demasiado poderosa para poder vencerla.

—¿Cómo...?

—No te voy a pedir una explicación o que me muestres lo que ocultas—interrumpió Lupin sonriendo—, sólo te pido que no lastimes a mi niño—Tom asintió confundido—. Debes saber que Armus tiene el dramatismo en su sangre, por lo cual no te será nada fácil poder sacarlo de su rol—Tom volvió a asentir—. Cualquier cosa puedes confiar en mí, Thomas.

La calidez llegó al pecho de Tom tras esas palabras, una calidez diferente a la que sentía cada vez que besaba, tocaba o miraba a su serpiente dorada. Era una calidez que -sin saber mucho del tema- se animaba a apostar que era fraternal.

—Gracias—murmuró tratando de no sentir como su orgullo se iba con esa simple palabra.

Remus rió y acarició la cabeza, la cual se había convertido en rojo, con cariño. Tom bajó la mirada averganzado. Definitivamente la convivencia con jóvenes no le estaba favoreciendo en nada.

Suspirando profundamente se levantó del sillón y se encaminó sin decirle nada a Remus, quien le seguía sin decir nada y con una -algo soñadora- sonrisa entre sus labios. Se sentía bien saber que alguien te apoyaba sin saber la razón por la cual hacías algo, sólo debía esperar que Armus no intentara matarlo cuando le confiese quién era realmente, no quería perder a su pareja, no quería sentir ese infinito vacío que había vivido dentro de su pecho los días que no tenía a su estrella a su lado.

Al entrar de nuevo al comedor -y esta vez fijándose bien si no había algo oculto entre la puerta- se encontró con dos adultos que parecían ser dos niños en medio de un regaños de su padre, no lo entendía hasta que vio la mirada que Armus tenía frente a ellos. Hasta él se sentiría como un perro regañado con esa mirada puesta en su mirada.

—Y...—empezó Remus entrando a la habitación e ignorando el ambiente que invadía en ese momento— ¿Qué vamos a comer? Juro que me muero de hambre...

Momentos después de haber dicho eso, la comida apareció por arte de magia en los respectivos asientos de cada uno. Tom se dio cuenta de que la comida de Armus era diferente a la de los demás, un poco más nutritiva y en menos proporciones, también notando la falta de carne que había en el plato.

Decidió no tomarlo en cuenta y no hablar en toda la cena, la cual transcurrió con la matadora mirada que posaba al pelinegro menor a sus padres.


Después de la incomoda cena subieron a sus habitaciones, aunque el invitado especial de esas vacaciones no se dirigió exactamente a la suya, entrando de contrabando a la habitación de su novio y abrazando su espalda con cariño en el momento que éste le dio la espalda a la puerta para poder ponerse su pijama.

—Tom, deberías estar en tu habitación—murmuró el ojiverde recargando su espalda al pecho dl mayor—. No estoy de humor como para volver a regañar a mis padres.

—Entonces, si no hacemos mucho ruido, tus padres no tendrán la tentación de venir e interrumpirnos...

—Tom...

—Armus...

El nombrado rió suavemente y se dio la vuelta quedando expuesto a la vista del mayor, quien sonrió al ver la camisa de su pareja con una muy considerable mitad abierta, dejando libre la vista al suave y hermoso pecho que tenía el pequeño Black.

—¿Me ayudas a ponerme la pijama?—preguntó con dulzura, levantando sus brazos para ser ayudado.

—¿Y si mejor te dejo sin ella?—Tom sonrió con picardía.

Armus negó con la cabeza divertido, agarrando las manos de su pareja y llevándolas hacia su vestimenta, empezando a desabrochar los botones que le faltaban.

—No me importaría no estar en pijama—susurró el pelinegro acercándose a Tom y dando un pequeño beso en sus labios—, no si tú estás para taparme de ojos curiosos.

—Oh, cariño, yo haré más que cuidarte de ojos curiosos—aseguró sonriendo.

—¿Ah, sí? ¿Cómo qué cosas?

—Como besarte—murmuró besando el cuello del menor con cariño—, tocarte—deslizó con delicadeza su mano por su pecho, el cual ya estaba liberado de las crueles telas de su camisa—; tal vez admirarte—desabrochó el pantalón—, dominarte—susurró dando pasos hacia la cama, empujando al ojiverde a ella y cayendo sobre él—, puedo poseerte—siseó dejando sin pantalón al menor—... Podría amarte—jugó con el elástico del bóxer—, ¿me permitirías hacerlo?

Armus acarició el cabello ajeno y lo acercó a su cara para poder juntar los rosados labios con lo suyo, gimiendo en medio de la repartición de sentimientos.

—Tomaré eso como un 'sí'—se separó unos centímetros para quitarse la camisa y arrojarla a algún lugar sin importancia del lugar. No le dio tiempo al Black cuando ya estaba nuevamente degustando los labios que se ofrecían a él con tanta devoción: Prometiendo compañía y la noble lealtad de esos sentimientos.

Tom posicionó a su pareja en el centro de la cama y se puso entre sus piernas con comodidad, algo que le había enseñado el poco tiempo que llevaba con el su chico estrella era que a Armus le gustaban las cosas dulces y, a la vez, atrevidas. Y Riddle lo iba a complacer en lo que pudiera, ¿no?

Harry rió suavemente cuando los dedos de su novio pasaron por sus costados con ternura.

—Hey, Armus, ¿te parece si mañana vamos al...—Remus entró a la habitación mirando a los dos jóvenes que parecían divertirse en la cama— callejon diago?—terminó dejando la palabra en el aire. La pareja miró al invasor de la privacidad, haciendo que el licántropo se quedara sin palabras—... Yo... bueno... Creo...—Remus parpadeó y miró a otro lado al ver que a los jóvenes no parecía incomodar la situación— Yo distraeré a Sirius y a Regulus, ustedes sigan con lo suyo—murmuró empezando a salir.

—Remus—llamó Armus. El nombrado se detuvo y miró hacia atrás, viendo a su ahijado—, gracias.

—No te preocupes —concluyó saliendo de la habitación y cerrando la puerta tras él, poniendo seguro con un ligero movimiento de varita. Momentos después se oyó la ligera voz—: ¿Qué clase de familia es ésta? Siempre comen frente a los hambrientos...

Armus y Tom rieron ante lo último, pero no dejaron que eso interrumpiera el hermoso momento que habían formado, no, eso sólo era el inicio y, después de todos los minutos que estuvo sin tocarse el uno al otro, no iban a detenerse por algo como eso.