Bien, estaba harto.
Muy, muy harto.
¿Cuánto tiempo había estado así? Cuatro semanas. ¿Qué cosa positiva había pasado desde entonces? Remus le había hecho un pastel de chocolate. ¿Otra cosa? Para nada.
De nada le servía estar deprimido, ¡era aburrido! Hasta ya extrañaba los constantes regalos de su querido profesor de pociones, quien, al final de todo, terminaba perdonando la atrocidad que hubiera hecho. Extrañaba el dramatismo de Draco, las quejas de Weasley, las bromas de Zabini, sus horas de estudio con Theo, ¡Merlín! Hasta extrañaba los días que tenía que sacar a alguno de sus amigos del baño porque él realmente necesitaba entrar a ese preciado lugar todas las mañanas, pero, sobre todo, extrañaba las sonrisas que le dedicaba Tom cada vez que algún profesor los separaba por armar escándalos, las caricias que le daba cada vez que le decía lo maravilloso de su presencia, los abrazos que le rodeaban todas las noches, los besos posesivos que le daba cada vez que alguna de sus antiguas conquistas los miraban, y las que no eran sus conquistas también.
Extrañaba a Tom.
Pero, lo más estresante de todo era que no sabía cómo verlo, siempre había sido ese chico que le perseguía a todos lado como si adorara su existencia. Ahora era Tom Riddle -recordó amargamente-, era Tom Riddle, quien hizo cosas atroces hasta llegar a ser Lord Voldemort. Era Tom Riddle, el mismo del diario, diario mismo que le ayudó en muchas tareas. Tom Riddle, el chico apuesto que tenía una gran visión del mundo, chico apuesto con mentalidad emprendedora, dispuesto a dar todo por sus objetivos.
Y lo hizo.
Dio hasta a su pareja por seguir sus ideología, y eso era lo que más le deprimía, ¿por qué no podía olvidarlo con facilidad? Ya tenía la idea en la mente, ¿por qué no la aceptaba?
Sollozó ligeramente, escondiendo su rostro entre sus piernas. No quería seguir así, le dolía el pecho, su hermoso rostro se encontraba manchado por dos ojeras, su apetito se había ido. Su vida se había ido.
Sirius Black abrió la puerta de su habitación y entró rápidamente, cerrándola tras él momentos antes de abrazar a su hijo.
—Ya, cachorro —susurró en su oído acariciando su cabello con cariño—. Todo está bien.
—¡Nada está bien! —corrigió de forma estrangulada— ¡Si estuviera bien yo estaría bien!
—Estoy seguro que Thomas tenía sus razones, ¿no? —preguntó tratando de animarlo.
—Macabras razones.
—Orión...
—No —siseó callando al mayor—, estoy completamente seguro que, si realmente me hubiera querido, ya estuviera aquí —afirmó sacando su cabeza de sus piernas para recargar su mejilla en sus rodillas, mirando la ventana de forma pérdida.
—¿Por qué tendría que estar aquí? —preguntó Sirius poniendo los ojos en blanco— ¿Por qué él tendría que venir? ¿Fue él quién te dejó? —sí, definitivamente, Sirius Black no tenía tacto. No se diga paciencia.
—No, pero...
—Cuando Regulus y yo discutíamos, el primero en irse era el primero en regresar —explicó encogiéndose de hombros, ganando una mirada de su hijo—. Muchas veces no sabíamos si el otro seguía molesto, así que simplemente esperábamos, siempre en el mismo lugar donde nos separamos —hizo una pequeña pausa antes de sonreír con nostalgia—. Después de todo, sabíamos que nuestro destino era estar juntos. No nos preocupaba lo demás.
—¿Y cuándo Regulus decidió irse todos estos años? —cuestionó tratando de encontrar alguna ruptura a esa promesa no formulada.
—Grimmauld place fue el lugar donde nos separamos —respondió—, mismo lugar donde nos volvimos a encontrar.
—¿Lo extrañaste?
Sirius asintió.
—Lo extrañé más de lo que extraño a James —afirmó sonriendo con tristeza. Orión sonrió un poco más feliz. Era la primera vez que alguno de sus padres le hablaba de su extraña relación.
—Si tú fuiste el primero en irse, pero no fue tu culpa la discusión, ¿tenías que ir tú aún sabiendo que no eras el responsable? —volvió a cuestionar un poco más tranquilo, mirando con ojos diferentes a su padre, era la primera vez que el cariño que le tenía se impregnaba en sus ojos.
Sirius estaba a reventar de felicidad.
—Si no, ¿cómo sabría que ya no estás enojado? —el mayor de los Black sonrió besando la frente de su hijo— Las personas necesitan espacio para pensar, cariño. Y tú tienes que respetar eso... ya es cuestión de orgullo si eres capaz de aceptar las cosas y, te lo aseguro, sí el orgullo es más fuerte que el amor, la relación no podrá seguir.
Armus quería llorar en ese momento... Llorar de felicidad.
—Papá —llamó con calidez. El nombrado lo miró con curiosidad—, muchas gracias.
Dicho esto se levantó y salió corriendo de su habitación. El animago frunció el ceño confuso.
—¿Y si Thomas terminara siendo más un señor oscuro llamado Voldemort? —preguntó Armus regresando a la habitación.
La mandíbula del ojiplata casi cae el piso.
—Pues... Yo... ¿Un golpe? —cuestionó sin saber realmente qué pensar— Le daría el golpe más fuerte que he dado en toda mi vida, pero, si eso te hace feliz, puedo vivir con eso... Ya vez, la familia Black era más negra que su apellido... lass túnicas negras se me verían completamente bien —comentó encogiéndose de hombros con arrogancia.
Su hijo le dio la sonrisa más brillante que pudo dar después de esas semanas depresivas.
—Te amo —soltó antes de seguir su corrida hacia la salida de la casa, dispuesto a irse a sepa que lugar.
Sirius se levantó de la cama y salió con paso confuso hacia el pasillo, viendo como Regulus salía de su habitación y lo miraba atónito.
—¿Ése era Orión? —preguntó asomándose por la rendija hacia la entrada principal, dónde había salido su único heredero— ¿Sirius?
—Reg, querido, creo que me he convertido en padre —aseguró con orgullo de un momento a otro, causando que su hermano su pegara en la frente por su idiotez.
Miró la mansión frente a él con muchas dudas en su mente, ¿qué pasaba si Tom no quería verlo? ¿Si se reía de él por haber pensado que podrían seguir?... ¿Y si lo mataba?
Se encogió de hombros. Ya no importaba mucho si lo mataba o no, en todo caso, prefería estar muerto que lejos de él.
Abrió la rejilla con cuidado y entró al terreno ajeno. No tardó en llegar a la puerta y entrar a la mansión, no era allanamiento si la puerta estaba abierta, ¿verdad?
Reconoció los cuadros y pinturas al instante, causando un pequeño nudo en su pecho, dando más peso a su cuerpo, haciendo aún más difícil el andar. Llegó al comedor, el cual estaba igual de destruído, tal vez Tom ya no iba ahí, eso explicaría la puerta abierta.
El simple pensamiento hizo que el ácido recorriera su sangre, ¿su intento de arreglar las cosas fue en vano?
—¿Quién está ahí? —la pregunta le tomó por sorpresa.
No tardó en sentir algo tocar su espalda. Una varita, de seguro.
—Hmm... ¿Tom? —cuestionó levantando sus manos en entrega.
El nombrado se congeló a sus espaldas.
—¿Ar... Armus? —balbuceó el mayor poniendo sus manos en los hombros del contrario y dándole media vuelta.
Se quedaron unos minutos así, mirándose con adoración y aprecio, sintiendo como su magia parecía correr con más fuerza por su cuerpo, hasta terminar acariciando al contrario. Los dos sonrieron ante el hecho.
—Hola —saludó con timidez el ojiverde, sonrojándose ante la situación.
—Hola —contestó Tom sonriendo.
Se quedaron callados durante unos segundos.
—¿Qué haces aquí? —decidió preguntar el mayor viendo como Armus se removía incómodo frente a él.
—Vine a... Ehh... ¿Rendirme? —respondió/confirmó con confusión.
—¿Rendirte? ¿De qué hablas?
Ante esas preguntas, Armus recordó el porqué habían discutido y todos los acontecimientos que pasaron el día de su separación. El enojo que sentía volvió a su cuerpo al doble, sólo para apaciguarse ente la conversación con su padre y sus pensamientos. Realmente no quería vivir si eso significa estar lejos de Tom, mucho menos si significaba estar en su contra.
—Me rindo —repitió con firmeza. Ya no importaba la guerra, no importaba sus ganas de matar a Lord Voldemort. Ya no importaba algo con lo absoluto.
—¿Qué?
—Me rindo —volvió a decir con cansancio, hasta a él le parecía extraña la situación, nunca había pensado que terminarían así, él frente a Tom, sacando una banderita blanca imaginaria. En esos momentos podía apiadarse de Dumbledore , quien tendría la mitad de la guerra perdida—, por mi parte has ganado esta absurda guerra... Eso es lo que querías, ¿no? —susurró mordiéndose el labio inferior y mirando al piso, sintiendo como sus ojos de cristalizaban.
Tom Riddle miró el rostro del joven neutro antes de limpiar una vagabunda y pequeña lágrima que salía de las amadas esmeraldas.
—Me alegra escuchar eso —susurró sonriendo victorioso. Armus sintió que un hueco se instalaba en su pecho de la manera más dolorosa posible, como si un hipogrifo hubiera decidido pelear con su corazón—, así podré regalarte el mundo entero.
—Tom...
—Me perteneces, Armus Black, ¿creíste que te dejaría ir tan fácil? —cuestionó el mayor atrayendo al de cabello negro azulado a su pecho y abrazándolo, colocando su mejilla en el cabello ajeno y respirando con tranquilidad— Te lo dije: Eres mío desde el día de tu nacimiento. El destino así lo quiso.
—Destino...
Armus sonrió al pensar en eso, su padre lo había comentado, pero no había tenido tanto significado hasta el momento que esa palabra salía de la boca de su pareja, convirtiéndola en la más lógica de todas las palabras.
Tom besó su frente y fue recorriendo todo el rostro con adoración hasta llegar a los labios, los cuales fueron atacados en un dulce y necesitado beso, dejando en claro cuántos sentimientos habían estado atascados dentro de los dos cuerpos.
Armus no tardó en saltar y abrazar a su chico con sus piernas, dejando que éste le llevará hasta una habitación para poder descargar sus sentimientos de la mejor forma que sabían... y no fue hasta ese momento que el menor de los Black se dio cuenta que había salido totalmente en pijama, desarreglado y arruinado; y no en lo absoluto.
