Capítulo 19
Por ti
Se acarició los párpados cerrados con mucho cuidado de no hacerse daño.
Esta noche había vuelto a tener pesadillas. Cada vez que se dormía la asaltaban sin descanso, arañaban y desgarraba su mente, abriendo paso a un miedo implacable que la envolvía por completo hasta que se encontraba atrapada, encerrada y ahogada en él. Respiraba miedo en su sueño, veía miedo y solo pensaba en miedo.
Normalmente, lo que la asustaba, siempre era algo que ella misma perseguía, no era como las pesadillas normales, en la que uno corre incansable pero casi no avanza mientras una criatura aterradora te persigue, no, aquí ella era la que caminaba detrás de una de ellas. Un ser inmundo, grande, apestoso y peludo iba delante de ella, despacio, sin girarse, gruñendo y destrozando todo cuanto pasaba por su lado. Su figura no se parecía a ninguna otra que hubiese podido ver en alguna película de terror o que se pudiese haber imaginado mientras leía un libro. Era extraña, y cuando creía haber adivinado su forma, ésta cambiaba. El ser nunca dejaba de caminar y de destrozar.
Ella era arrastrada detrás de la criatura, no había cadenas que la retuviesen en contra de su voluntad, obligándola a perseguir a esa abominación, pero por alguna razón que no se explica, no podía apartarse, pararse o huir.
El solo recuerdo del sueño le aceleraba el pulso y la ponía nerviosa. Toda la habitación había cambiado, era completamente distinta de donde se encontraba antes. Era grande y las paredes no eran negras, sino verde oscuro. Tenían ventanas, cerradas, con las persianas levantadas y las cortinas corridas, pero eran blancas y casi transparentes, por lo que la luz entraba entre los huecos de las costuras y se acomodaban en las partes de piel desnuda de Amy. Ella se pasó la mano por el pecho, encima de la camisa y dejó escapar un suspiro. Con esta, eran ya tres pesadillas seguidas.
Miró su reloj analógico de muñeca, que parecía más bien una pulsera de cuero, tendido en la mesita de noche al lado de la cama, que marcaba las ocho y media pasadas de la mañana. Justamente hoy que tenía el día libre tenía que despertarse pronto. Pensó en volver a tumbarse en la cama, recolocar las sábanas e intentar dormir de nuevo, pero la idea de volver a tener otra pesadilla hizo que desechase esa intención y, con hastío, se levantase. Las sábanas, como si sintiesen compasión de ella, no hicieron ningún esfuerzo y cayeron al suelo cuando se alejó sin haberse parado a quitárselas de encima. Al caminar, notaba su cuerpo más pesado.
Se haría un desayuno dulce, un café bien cargado de azúcar y bollos variados. Se lo merecía después de semejante noche. Mientras cocinaba intentaba recordar alguna canción alegre que su madre cantaba cuando era pequeña, para distraerse, pues la pesadilla seguía arañando sus recuerdos y le impedía pensar en otra cosa. A su cabeza venían las letras de algunas y las cantaba en bajito.
Ring ring o'roses
A pocketful of posies
A tissue, a tissue
We all fall dawn!
Esa no era en especial su favorita, pero era la única que era capaz de recordar, así que la seguía cantando mientras preparaba el café y le echaba cuatro generosas cucharadas de azúcar. En su cabeza, la canción, como si fuera un conjuro de protección, mantenía alejados los fragmentos de la pesadilla.
Al terminar de desayunar, se desperezó y limpio el vaso. En ese tipo de hoteles normalmente te llevaban el desayuno a la cama, pero Amy no quería hacer gastar de más a la Wammy's House. De todos modos ella no era inútil, sabía prepararse la comida y no se iba a morir por hacerlo.
Se sentó en el cómodo sofá de la suite, que tenía una funda a rayas verdes y puso la televisión. Había cogido el hábito de mirar el programa matutino sobre las noticias de Kira. El asesino se había convertido en un tema morboso y empezaban a aflorar algún que otro programa dedicado únicamente a él. Si no lo detenían pronto, posiblemente empezarían a aparecer también sectas. Apretó los labios. La gente en ese programa siempre solía alabarlo, decir que era un dios. No, no lo era. No podía ser un dios. Un dios lo sabe todo, sabe que los criminales pueden arrepentirse, pueden saldar sus deudas, pueden reinsertarse en la sociedad. Un dios perdona.
De todos modos, es estúpido pensar que un dios necesite conocer el nombre y rostro de alguien a quien va a matar, pues él ya lo tiene que saber, como bien ya dijo L alguna vez.
Antes de darse cuenta, el programa había terminado y el reloj marcaba las once y media. Apagó el televisor y se cambió de ropa. Se puso algo cómodo, para poder ir a dar una vuelta. No iba a estar encerrada en el hotel cuando era su día libre, el primero en varias semanas de despertarse por la noche para recoger, ordenar y servir a los agentes.
Golpeó la punta del zapato contra el suelo, de forma suave, unas cuantas veces, para ajustarlo, cogió una mochila pequeña, de cuero y salió. El sol calentaba, pero el viento arrastraba una corriente fresca que le hizo plantearse el subir de nuevo para coger algo más de abrigo, sin embargo pensó que ya cogería calor en la caminata. Y no se equivocó. Tras una hora de paseo el frío de la brisa ya no le molestaba y empezaba a tener calor.
Miró alrededor para saber por dónde se encontraba y se dio cuenta de que era el camino que llevaba a la universidad de To-Oh y como era día de puertas abiertas, entró.
La universidad era realmente bonita, con un campo inmenso y el edificio, que más bien parecía un palacio, se erigía en el centro de todo. Los cerezos estaban en flor y las pequeñas hojas rosadas caían y eran arrastradas por el viento con delicadeza. Parecía el paisaje de un sueño. No le importaría haberse desgastado los codos para poder entrar en esa universidad, desde luego.
—¡Vamos, vamos! Están en el último set—Gritó un chico que iba corriendo en dirección contraria, seguido por otros dos más, sacando a Amy del pequeño trance de admiración—Es increíble cómo juegan, no os los podéis perder.
Ella, sintiendo curiosidad, los siguió despacio y sin prisa, con una parsimonia que se había ido asentando en ella poco a poco desde que se acostumbró a todos los cambios. Fue a parar a una cancha de tenis, donde dos personas estaban jugando un partido con una intensidad que nunca antes había visto.
Cuando estaba en Inglaterra su padre solía mirar siempre los partidos, era un gran fan de ese deporte, más que del fútbol o el rugby, así que ella tenía que verse también los partidos y aprendió algunas cosas, que desgraciadamente, se le habían ido olvidando. Sin embargo, al ver a aquellos dos, los recuerdos hundidos en el olvido emergieron de nuevo.
Distinguió a uno de los jugadores, que con su camisa blanca y pantalón vaqueros se movía a una velocidad que no creía propia de él. Siempre sentado en su silla y encorvado, comiendo todo tipo de dulces, L entraba en el tipo de hombres que se cansarían al llegar al buzón del vecino si iba corriendo, pero no, allí estaba él, devolviendo todos los pelotazos que otro joven le lanzaba. Seguramente sería Light, pensó, y cuando se acercó lo suficiente lo reconoció de inmediato.
Mierda Pensó para sí misma, y se maldijo doblemente por estar allí, cayendo en la cuenta de que era la universidad en la que el gran detective estaba vigilando a Light.
—¿Quiénes son esos?—Preguntó un hombre a su lado
—Light Yagami y Hideki Ryuga—Contestó otro. Amy miró al que dio la respuesta durante un rato y luego a L de nuevo. ¿Otro nombre falso? Bueno, él era el experto en ello, desde luego no le iba a discutir nada.
—Pues Ryuga juega mejor que el campeón nacional y está mucho más bueno—Dijo otra voz a su lado, esta vez, de una mujer. Amy dio un pequeño respingo y se giró disimuladamente para verla, sintiendo un pinchacito extraño en su pecho. ¿Veía atractivo a L? Meneó la cabeza y volvió su cabeza al partido. La sensación de molestia seguía dentro de ella, pero la fue desechando poco a poco entre carraspeos puntuales y el pensamiento de que es estúpido preocuparse por esas cosas.
Tenía que irse, estar allí podría molestar a L, pero era incapaz, quería ver como terminaba el encuentro.
El partido seguía estando igual. Llevaban más de quince minutos con la misma jugada, sin que ninguno hubiese marcado, pero no por ello era aburrido, al contrario, eso lo hacía todavía más interesante. Se fijó después de un rato en el joven de pelo castaño. Nadie podría dudar que él es atractivo, pero para Amy, había algo extraño que era incapaz de definir. Analizó su cuerpo detalladamente y notó cuando flexionó las piernas que iba a adelantarse para hacer un movimiento ofensivo. Sin poder gritar lo que Light pensaba hacer, porque no sería algo correcto, no se le ocurrió otra cosa que silbar bien fuerte para que el detective pudiese darse cuenta. Metió los dedos índice y pulgar dentro de los labios y sopló con ansias, fingiendo así que celebraba prematuramente la victoria de Light. Abrió los ojos de nuevo y vio cómo, efectivamente, L había escuchado su aviso anónimo. El detective se adelantó y consiguió golpear la pelota, haciendo punto contra Light.
La gente vitoreó emocionada por el partido y ella, camuflada entre miles de brazos levantados y cuerpos que se movían, aplaudió mientras sonreía el final del partido. Si resulta que ese apuesto joven era Kira, como L tan fervientemente sospechaba, ojalá este resultado fuese un buen augurio y la investigación terminase bien. Cuando la gente empezaba a dispersarse, Amy se alejó con ellos, para evitar ser vista.
Caminando rápido, casi al trote, se escabulló silenciosamente y se detuvo delante de una cafetería, algo cansada por la repentina huida y el hambre. Comprobó su reloj en la muñeca. Las dos y cuarto. Miró el escaparate de la cafetería y no lo dudó un solo minuto, tras asegurarse de que tenía dinero en efectivo entró dentro, escogió una mesa lejos de las ventanas y pidió un refresco sin gas y un bocadillo de salmón ahumado.
Hacía bastante tiempo que no se relajaba de ese modo. Cuando era pequeña, solía hacer este tipo de salidas con su grupo de amigos en Inglaterra. Cogía su mochila de cuero, la misma que ahora mismo estaba descansando en la silla de enfrente, completamente cerrada, con las correas colgando, y se aventuraban por las calles. Normalmente solían comprar bocadillos en alguna tienda, o se los hacían ellos mismos en casa y luego caminaban hasta una zona boscosa, allí tendían una manta larga, ponían música, normalmente de Queen, grupo favorito por excelencia de todos sus amigos y comían con calma. Dos de sus amigas, mellizas, solían quedarse jugando a las cartas encima de la manta, mientras que dos de los chicos y otra, Katty, jugaban partidos de futbol usando como porterías dos árboles. Ella solía turnarse, primero jugaba un poco con los tres, luego se iba a probar suerte con las cartas. Al final del día todos terminaban jugando al mentiroso1 sobre la hierba.
Sonrió para sí misma y terminó de comerse el bocadillo. Le hubiese gustado mucho volver a quedar con ellos, pero hacía tiempo que se habían separado y aunque tuviese sus teléfonos, después de tres años sería estúpido llamarles después de tanto como si nada.
Antes de terminar el refresco, sonó su teléfono en el bolsillo. Sonrió al ver el nombre de la persona y contestó.
—Hola, Macc. ¿Qué tal en Canadá?—Dijo con la voz más dulce que pudo, mientras se acariciaba con sus finos dedos, suaves y delicados como la porcelana, un mechón de su larga melena.
La conversación con Macc duró más de lo que se pudo haber imaginado y se iba a sentir muy culpable por él cuando le llegase la factura. Aunque ella había intentado poner fin a la conversación para que no se engrosara demasiado, Macc hacía todo lo posible por continuarla, pensaba sin embargo, que eso no la hacía menos culpable y continuaba sintiéndose mal por ello. Si podía, le mandaría algún regalo o algo de dinero a modo de disculpa. Sí, eso haría, le mandaría por correo algún objeto curioso que tanto le llaman la atención a Macc, junto con una tarjeta de disculpa.
Miró alrededor y vio como la ciudad había sido cubierta por el oscuro manto de la noche, salpicado de unas estrellas diminutas y lejanas, opacadas por el resplandor de las gigantescas farolas de luz blanca. La brisa se había enfriado y se maldijo por no haberse dado prisa en salir para volver de hotel, ya que no cogió ningún tipo de abrigo. Paró en una máquina expendedora para sacar tabaco y se encaminó rápido al hotel, apretándose la camisa a cuadros contra la piel para retener el máximo calor posible.
Al llegar al hotel y adentrarse en sus pasillos sintió como su cuerpo se relajaba y la piel de gallina se disipaba, produciéndole escalofríos. Subió por las escaleras, ignorando el ascensor, que estaba lleno de gente y entró en su suite, cuando encendió la luz, vio una figura sentada en el sillón y sintió que casi se moría del susto.
La observaba desde el sillón mientras sus dedos pulgares se acariciaban mutuamente. Mordió su uña y suspiró aliviado, con la otra mano sujetaba un teléfono móvil de usar y tirar, que dejó en la mesilla. Amy cerró la puerta con cuidado de no hacer ruido y se acarició el pecho, costumbre que había adquirido de pequeña para calmar inútilmente los latidos de su corazón cuando se asustaba.
—Que susto, por Dios, Ryûzaki—Dijo tranquilizándose—No vuelvas a aparecer así.
—¿Dónde has estado toda la tarde?
—Pues por ahí, paseando.—Admitió, temiendo que quizás la haya visto en la universidad.
—¿Por qué no contestaste al teléfono? Comunicaba seguido.
—Me llamó un amigo—Se recolocó la ropa mientras se sentaba correctamente en el sillón frente L. Parecía que al detective le preocupaba algo.—Y luego se me acabó la batería. ¿Por qué querías llamarme?—Pasaron por su cabeza instantáneamente decenas de imágenes sobre los niños que la pusieron nerviosa, y palideció enseguida—¿Están bien Matt Mello y Near?—Preguntó enseguida.
—Sí, ellos están bien—L se reacomodó en el mullido cojín del lujoso mueble, pero terminó por levantarse al no encontrar la postura adecuada. El que tardara tanto en hablar aún la ponía más nerviosa.—Es solo que tuvimos una "falsa alarma" y me preocupé innecesariamente.
—¿Qué quieres decir con eso?
—El inspector Yagami tuvo un infarto, por el estrés.
—Pensaste que pudo haber sido Kira…—Se quedó en silencio durante unos minutos y tras preguntar si se encontraba bien, volvió a dejar escapar su voz—Si ese chico es Kira…¿Crees que sería capaz de matar a su propio padre?
—Creo que es capaz de cualquier cosa.— Habló enseguida con una voz tan grave que Amy se sorprendió.—Watari ya se ha recuperado, pero he preferido que se quede en Inglaterra—Cambió enseguida de tema— Fawn se quedará en su lugar y los niños volverán la internado.
Amy no pudo más que sentir un alivio indescriptible al escuchar esas palabras, pero su alivio era comparable con la curiosidad que sentía por el por qué de esa decisión, tanta era la que tenía, que no se dio cuenta de que L no había dicho nada sobre ella. La joven preguntó el motivo.
—Voy a dejar que Yagami se acerque más—Admitió tras un tiempo de meditación—Pero no quiero arriesgar a mis sucesores así, además, uno de ellos está deseando volver.
Amy adivinó que se trataba de Matt. Era fácil de descubrir.
—¿Y yo?—Preguntó al fin—¿Vuelvo con ellos? Tendré que ir antes, se piensan que estoy en Inglaterra.
— ¿Tú?—La miró fijamente durante unos segundos, directamente a sus ojos azules, grandes y brillantes, dos joyas preciosas y deslumbrantes en su rostro pálido, aunque no tanto como el suyo, suave y juvenil. Observó que bajo esos luceros se estaban empezando a marcar unas ojeras casi imperceptibles.—Fawn dijo que le vendría bien tu ayuda. Pero yo no he decidido nada, así que puedes irte o quedarte si quieres.
L realmente hubiese preferido que se fuera con los niños, pero lo cierto es que lo que Lilliana le había dicho era bastante cierto. Amy animaba a los agentes de policía en el caso Kira y se apreciaba en los resultados. Las bromas, los tentempiés, los ánimos y el apoyo se notaban y producían un efecto positivo en la investigación. A él le atraía más la idea de que se alejase todo cuanto fuese posible del peligro que Kira suponía, no quería que cayese en sus garras, porque aunque no sea una persona que destaca en el caso por sus brillantes ideas o sus teorías, está cerca de él, forma parte y por tanto es enemiga de Kira, y a ese falso dios sin escrúpulos no le temblará el pulso a la hora de eliminar a aquellos que estén en su contra, sean quienes sean.
Vio como la joven apretaba un poco los labios y miraba alrededor, dudosa, como buscando en los objetos de la sala la respuesta.
—Quiero ayudar—Dijo al fin, intentando sonar lo más convencida posible. Volver a Inglaterra con los sucesores era algo que añoraba desde que había pisado el suelo de Japón con Lilliana, pero ahora, al saber que los niños estarían a salvo en casa y que L seguiría jugándose el cuello, junto con el resto de los hombres, le parecía horrible. La pelea entre Kira y L estaba muy reñida y en ocasiones ella misma dudaba de quien sería el vencedor del duelo. Cuando pensaba en el destino de L si perdía, cuando pensaba en que quizás podría morir, se formaba un nudo en su estómago que duraba por horas.—Si Lil-…Si Fawn cree, y ella siempre tiene razón, que le sirvo de ayuda, y por tanto que te soy de ayuda a ti y al resto, quiero quedarme. Quiero quedarme.
—¿Estás segura?
—Completamente, Ryûzaki, completamente segura.—Repitió para darle énfasis.
—En ese caso…te quedas—Meneó la cabeza sin estar demasiado convencido.—En cuanto los niños se vayan, te voy a cambiar el horario, ya no tendrás que estar solo durante la noche.
—Claro.
—Bien, en ese caso voy a seguir con la investigación—El detective se recolocó los hombros y miró alrededor, para orientarse un poco. Había estado tan metido en sus pensamientos que por un momento se olvidó de donde estaba. Amy le agarró la mano y le acompañó a la puerta. Le sorprendió tanto la calidez que sintió al rozarse con su piel que no fue capaz de apartar la mano, chocado por la sorpresa de tan repentino y suave agarre. Ella le abrió la puerta y le soltó. En el momento en que eso pasó, la palma de L se heló por completo, como si su mano echase de menos la de Amy, y, con sus propios dedos se la acarició, intentando recuperar el calor.
—Descansa, por favor—Le dijo con voz suave.—tus ojeras se están agrandando.
—A ti también te están saliendo—Afirmó el detective azorado por cómo se estaban desenvolviendo los hechos, mirando a las pequeñas marcas bajo los ojos de la joven. Ella sonrió y negó con la cabeza para quitarle importancia.
—Voy a dormir un poco ahora. Buenas noches.—Y empezó a cerrar despacio la puerta. Su corazón latía demasiado rápido y sus mejillas ardían como si tuvieran fuego en su interior. A L no le hubiese importado nada quedarse más tiempo con ella.
Vale, vale, he tardado, pero menos que las otras dos veces ¿No? ¡Estoy cumpliendo mi palabra!
A los que me lean he de confesar una cosa...2º de bachillerato es una porquería, al igual que selectividad. Te matan por dentro y te dejan sin tiempo para nada D:
Menos mal que voy controlando las cosas, no como los otros años, así que dicho esto, subiré el siguiente capítulo pronto :3
Posdata: Los reviews motivan a los autores C:
Y así le digo adiós a mi dignidad.
¡Besos! (Para mi dignidad también ;D)
