Completo
Wilson sospechaba, en base a las palabras y apariencia de Maxwell, que este era él último de los desafíos antes de encontrarse con el desagradable hombre. A su teoría sumaba la misma oscuridad que lo rodeaba, el peligro más grande que había enfrentado en esta extraña… dimensión.
Con cuidado colocó cada una de las cinco cosas, ensamblando el último de los portales. A su alrededor habían restos y restos de chatarra, atrás de él, la base para colocar la vara divina. Wilson inhaló profundamente, sabía que su sombrero minero estaba en la mitad de su vida útil, en su inventario guardaba otro en caso de emergencia. Puso en su lugar la última de las cosas y dio unos pasos hacia tras, observando a la maquina encenderse, lista para ser inicializada.
En la oscuridad absoluta del sexto y último mundo, se preguntó los motivos de su captor mientras colocaba la vara divina en su lugar. Dejo la maquina allí, mientras revisaba sus provisiones, tenía luz, comida, tiempo y la experiencia de incontables intentos, como para tomarse esos momentos de calma. Debía admitir que no podía imaginar las razones del hombre para atraparlo en este mundo en un ciclo sin fin de vida y muerte, así como tampoco porqué construir una puerta para llegar a él, pero tratar de impedirlo con sus poderes.
Wilson no era tonto como a su egocéntrico captor le gustaría pensar, mucho tiempo había tenido para meditar las acciones Maxwell y por más que pensaba en ellas, más ilógicas le parecían. Sospechaba que sus intenciones para impedir su encuentro eran incluso, intentos a medias y bajo ningún pretexto suponía que el hombre utilizaba todo su poder, así como tampoco el ingenio que había demostrado en otras ocasiones.
Aunque todos y cada uno de los mundos que había superado eran peligrosos al punto que podía morir si se descuidaba solo un poco, ninguno era imposible. No era una excepción este mundo sumido en oscuridad, con distintas y aunque pocas, existentes fuentes de luz. Si tanto era su deseo de matarlo, perfectamente el primer mundo podría haber sido este, sin ninguna luz, sin advertencia de ningún tipo y ser asesinado por la criatura que merodeaba en la oscuridad. Más simple que eso, la puerta podría no existir en primer lugar y él estar encerrado en una eterna tortura sin la opción de encararlo, reducido a un espectáculo para el morboso gozo de Maxwell.
Y sin embargo, no era así.
Se puso su mochila, y se acerco a la vara divina, sin darse cuenta que aguanto la respiración al activar la maquina.
Maxwell miro al primer visitante, la más exitosa de todas sus marionetas. Wilson, una imagen deprimente como siempre, se detuvo frente a él y con la misma curiosidad que lo había llevado a ser atrapado la primera vez, observó el cuarto. Sonrío para sus adentros, sería tan fácil atraparlo nuevamente, tan solo debía decir las palabras correctas y ya fuera porque el hombre en frente a él lo asesinara o usara la llave saldría de aquí.
No dejaría pasar la oportunidad, bajo ningún pretexto, incluso si debía forzarlo a usar la llave lo haría. Ellos no se opondrían a tener un nuevo rey con el cual jugar.
Wilson le hizo unas cuantas preguntas, él las respondió con calma, sin importar lo triviales e innecesarias que fueran. Cuando el científico guardo silencio, supo que era momento de empezar su ultimo acto, pero antes de siquiera mencionara una palabra y se levantara la cortina, el hombrecillo lo miró. Cualquier idea que hubiera tenido para engañarlo, cualquier palabra o gesto, murieron ante la mirada que le dedicaba.
Compasión, rayando en la misericordia. Wilson lo miro con esos ojos mientras sin añadir nada más, colocaba la llave y la giraba, marcando así su libertad, cerrando las cortinas antes de que empezará el espectáculo.
Apareció en medio de una pradera, las ataduras del trono como un mal sueño estaban en el pasado.
- ¡Libertad al fin!
Exclamo mientras sonreía. En lo más profundo de sus pensamientos, se cuestiono como después de todo lo que había hecho pasar al científico, este igualmente lo había visto de tal forma. Ignorando cualquier sentimiento inconveniente que pudiera surgir, remplazo todo con desagrado. En efecto, no se había equivocado, había sido el momento en que el científico se había callado, cuando el ultimo acto había iniciado.
Con indignación se preguntó a si mismo: ¿cómo había osado mirarlo de tal manera?
En su última ilusión olvidaría al extraño científico y su compasión.
Maxwell tomo sus cosas y siguió su camino. Era un gran mago, actor por naturaleza y como tal pequeñas mentiras no le eran algo difícil de formular, especialmente si las mentiras se las decía a si mismo.
