El día amaneció tranquilo en Hogwarts, el curso estaba a punto de empezar, Harry, Ron y Hermione estaban de pie en el jardín esperando empezar su primera clase de Estudios Muggles con la señorita Sanders.

– Nunca pensé que diría eso después de tantos años pero… me muero de ganas de ir a clase. –dijo Ron con impaciencia. Hermione, puso los ojos en blanco ignorando el comentario de su amigo.

– No sé qué pensar de la señorita Sanders. –dijo al instante Harry.

– Pues que esta tremendamente buena.– se apresuró en contestar Ron, haciendo enfurecer por momentos a su amiga Hermione que lo miraba seria.

– No… es solo que… no sabemos nada de ella y es extraño. Quiero decir… conocemos al profesor Moody, es sabido que, des de hace tiempo, es amigo de Dumbledore y que es un especialista en encerrar a Mortífagos, no es extraño que este de profesor en Hogwarts. ¿Pero ella?...

– Tu siempre tan desconfiado Harry, relájate… este puede ser un curso genial– dijo Ron con una amplia sonrisa al ver pasar por delante a la señorita Sanders, que se dirigía a su clase. ¡Vamos, no quiero llegar tarde!– dijo dirigiéndose hacia la clase.

La clase había empezado con normalidad, Eve se presentó ante los alumnos y acto seguido presentó su asignatura, y como era usual en clase de Estudios Muggles tuvo que aguantar las impertinencias de los alumnos de Slytherin.

– Esta asignatura es inútil– dijo Draco Malfoy en uno de sus intentos de poner a prueba a la nueva profesora.

– ¿Decía algo señor…?– preguntó ella con indiferencia.

– Malfoy, Draco Malfoy– dijo el intentando aparentar que tenía un respetado nombre.

– De acuerdo, señor Malfoy… ¿podría usted ser tan amable de exponer a toda la clase la inutilidad de su comentario que ha hecho perder 5 puntos a su casa?– dijo ella con sarcasmo.

El rubio la miro con rabia, bajo la cabeza y ante las risas de sus compañeros guardo silencio.

– Adoro esta mujer– susurró Ron a Harry.

Harry le hizo una leve risa a su compañero y acto seguido miro a la señorita Sanders, había algo en ella que le era familiar, aun así no podía adivinar que era pero, sin saber porque, suponía que no era bueno.

– Por favor, lean en silencio las dos primeras páginas del libro, tienen cinco minutos…– dijo la profesora para poderse dar un descanso.

Eve aprovecho la distracción de los alumnos para poderse fijar en él, el niño que sobrevivió, plantando cara a su padre, Harry Potter. Este levanto la cabeza y la miro fijamente, ella vio la cicatriz en su rostro y al instante un dolor insoportable le vino a su mente. Del mismo modo Harry se puso las manos a la cabeza…

- Ah! La cicatriz...- exclamó Harry medio en silencio para intentar no llamar mucho la atención.

– ¿Estás bien Harry? ¿Te vuelve a doler?– preguntó Hermione haciendo desviar la mirada de Harry de su profesora, la cual parecía no encontrarse muy bien.

– Si… –dijo él con cara de preocupación.

Eve aguantaba el dolor como podía, intentando aparentar una simple jaqueca. El dolor se fue al igual que vino, eso le permitió terminar con normalidad la clase, dejándole a Harry una pregunta en la cabeza… ¿a ella también le dolió?

Eve salió un tanto preocupada de la clase, en general había transcurrido bien, se había ganado el respeto de los Slytherin y de esta forma la confianza de los Gryffindor pero no podía pasar por el alto el repetido episodio de dolor. Era la segunda vez, puede que por mera coincidencia, pero, había pasado mirando la cicatriz de Potter. Estando inmersa en sus pensamientos una voz la interrumpió.

– Señorita Sanders!– casi rugió el hombre vestido de negro.

– Ah! Es usted, profesor Snape!– dijo ella otra vez con esa seguridad fingida.

– Tenga cuidado a quien ridiculiza en clase profesora…– dijo el defendiendo a su casa.

– El señor Malfoy se ridiculizo el mismo, si a eso se refiere. Le faltaron conocimientos para responder a mi pregunta– dijo ella con sarcasmo.

– No juegue conmigo profesora Sanders, tiene las de perder.

– Eso mismo debía de pensar el señor Malfoy antes de perder 5 puntos por su casa… Ahora si me disculpa, profesor, tengo cosas más importantes que hacer que seguir jugando con usted.– dijo ella con picardía intentando disimular el nerviosismo que aquel hombre le provocaba.

El profesor se quedo atónito, era la segunda vez que esa mujer le dejaba sin habla. Era incapaz de comprender porque ella le brindaba esa sensación, no confiaba en ella, de eso seguro pero… había algo que no le dejaba indiferente, y lo que era peor, no le disgustaba en absoluto esa sensación.