El día transcurrió con normalidad, llegó la hora de la cena y los alumnos se dirigieron al gran comedor. En la mesa de profesores, Eve hablaba con la señorita McGonagall y Hagrid sobre cómo le habían ido las clases y los nervios del primer día, ellos le brindaban consejos y la felicitaban, ya que la aceptación por parte de los alumnos había sido muy buena. Los últimos en llegar fueron el director y el profesor Snape, este, se sentó al lado de Eve, a la cual puso nerviosa con su mera presencia.
– Buenas noches profesora Sanders.– dijo secamente
– Si, lo eran– dijo ella por sus adentros.
La situación durante la cena fue algo entretenida, el juego de miradas de odio entre el profesor Snape y la nueva incorporación femenina de la escuela no paso inadvertido por el resto de profesores.
– Tiene carácter la muchacha– dijo disimuladamente la profesora McGonagall a Hagrid que los miraba atónitos.
Al terminar la cena, ya no quedaban alumnos en el comedor y los profesores se levantaron con intención de dirigirse a sus respectivos aposentos. Los últimos en levantarse fueron Snape, Dumbledore y Eve que estaba radiante de satisfacción. Siguiendo el consejo de Dumbledore no había dejado intimidarse por Snape, y le había encontrado cierto gusto a sacarle de sus casillas.
Su rostro de felicidad se desvaneció al instante, otra punzada de dolor se apodero de su cabeza, dejando a su mismo tiempo su cuerpo entumecido. Al instante se quedo sin fuerzas y se desplomo al suelo justo al lado de la mesa.
– ¡Profesora Sanders!– gritó preocupado el viejo de barba blanca. -¡Severus, cógela, llévala a mi despacho!
Snape asintió con la cabeza, se acercó a la mujer que estaba tendida en el suelo inconsciente, la rodeó con los brazos y la levantó del suelo sin pensarlo. Hacia dos segundos se aguantaba para no echarle una maldición y ahora la tenía entre sus brazos y parecía tan frágil, pensó él. Esa mujer sin duda le desconcertaba, pero había algo en ella que, aun estando inconsciente, le inspiraba desconfianza. En ese mismo instante un susurro casi imperceptible salió de la boca inconsciente de la mujer.
– Harry… Harry… No sobrevivirás otra vez…
Dumbledore fijo los ojos en los labios de Eve que, ahora, pronunciaban otra vez esas palabras, susurrando… y antes de que Severus intentase actuar le reafirmo.
– ¡Severus! ¡A mi despacho! ¡Rápido!
Snape obedeció al director, ambos se dirigieron a su despacho y tendieron encima de un sofá el cuerpo inconsciente de Eve que, prácticamente al instante, recobro la conciencia.
– ¿Dónde… estoy? ¿Qué… paso? – dijo la mujer asustada y respirando agitadamente.
– ¿Qué viste, Eve? ¿Qué es lo que viste? – dijo Dumbledore sin parpadear mirando fijamente a la mujer.
– Que… yo…no… yo no vi nada… ¿qué me está pasando? – dijo Eve mirando fijamente a Dumbledore.
El profesor Snape estaba mas pálido de lo habitual, no podía entender la situación, pero comprendía, perfectamente, que Dumbledore sabia muchas más cosas de las que había contando respecto a al profesora Sanders.
– Esto no es la primera vez que le ocurre, ¿verdad?– preguntó el profesor Snape a la mujer que intentaba recuperarse – Ayer, ese dolor de cabeza repentino…– continuó el profesor.
– ¿Cómo? ¿Cómo que no me lo has contado antes, Eve? Dije que vinieras enseguida si ocurría algo… – dijo con voy preocupada el director.
– Iba… iba a decírselo… pero no pensé que fuera nada, no llegue a desmayarme… de hecho, me paso hoy también durante la clase cuando… – Eve no supo si debía de continuar la frase.
– ¿Cuándo qué? – preguntó secamente Snape de forma desconfiada.
– Cuando me quede mirando la cicatriz de Harry. – dijo ella tímidamente.
– Creo que va siendo hora que me den una explicación, mínimamente convincente, para que pueda entender esta situación sin desconfiar de la señorita Sanders. – dijo Snape lentamente arrastrando las palabras con sutileza.
– Riddle, profesor… Señorita Riddle– dijo Dumbledore con seriedad.
Snape enmudeció, no era capaz de articular ni una sola palabra, su mente trabaja rápido, intentado comprender lo que le acaba de brindar su director. Riddle…, imposible que fuera mera coincidencia, y si no era así, que hacia ella allí, a caso llevar ese apellido no era suficiente razón como para desconfiar de ella. Su corazón se aceleraba, quería mirar a esa mujer con frialdad y cierto desprecio, después de todo llevaba el apellido del que no debe de ser nombrado. Aun así, era incapaz, aquella mujer continuaba perturbando su mente y no podía ver más allá de esos ojos negros que lo miraban, esta vez no con odio… sino con cierta culpa.
Esa sensación le superaba, no podía permanecer allí, pocas cosas le turbaban la mente, por no decir ninguna, era imposible traspasar su capa de frialdad pero eso era demasiado. Decidió no afrontarlo y sin decir nada se dirigió a la puerta.
– Severus! – gritó secamente el director haciendo parar a Snape sin tan si quiera girarse. – No ignores esta situación, te incumbe y mucho.– dijo el viejo. – Voldemort no conoce su existencia y no debe conocerla. Y si lo supiera, házmelo saber tan rápido como sea posible.
– Entonces ella corre un grave peligro Albus, y lo sabes. ¡No debería de estar aquí! –dijo amenazante el profesor.
– No hay más opción Severus! No pensé que esto sucedería tan rápido, Voldemort está más fuerte cada día y eso es lo que ella nota.
– ¿Hay algo más que deba saber?– dijo el profesor
– Llévatela a las mazmorras, si ella es capaz de ver lo que Voldemort ve, el podría llegar a tener conocimiento de su existencia.
– Está bien, lo haré, pero tenga muy clara una cosa Albus, no somos fichas de las que puede disponer a su antojo.– dijo Snape cogiendo a Eve del brazo y llevándosela a las mazamorras.
