Lluvia

Willow maldijo mientras pateaba unas cuantas rocas. La lluvia había comenzado a caer a los pocos días de haber llegado a este mundo a través de la puerta, absolutamente empapada ¡Incluso su encendedor y Bernie estaban mojados! Suspiro, al menos su encendedor seguiría funcionando, lo había hecho para que funcionara en cualquier circunstancia.

Respiro profundamente, necesitaba calmarse, tan solo era primavera, horrenda, odiosa, molesta, mojada primavera. Tomo su martillo y los restos de huesos para emprender el camino hacia la zona donde se hallaban los topos gusanos, mientras caminaba tomo unas pocas flores y les prendió fuego a unas cuantas ranas. Al llegar a la zona fue directo hacia los topos y se desahogó contra ellos. Ah, las ranas en llamas y los topos indefensos la habían hecho sentir mejor. Hizo un paraguas con las flores y se devolvió al campamento con la comida conseguida, encendió sus leños mojados, dejo un poco de carne y zanahorias cocinando y se hizo su sombrero. No tenía ni donde sentarse, pero al menos entre los árboles podría dormir sin lluvia sobre su cabeza. Paso la noche entre los árboles observando como la lluvia ahogaba las gentiles llamas. El fuego no pareció ser un espectáculo suficiente como para que cambiara el cielo.

A la mañana siguiente el sol comenzaba a salir, lo sabía, porque no había muchas nubes y la lluvia no caí sobre ella. Alegremente se levantó de su saco echo de paja y encendió una fogata para secarse, la lluvia debió parar hace poco, pues aún estaba totalmente empapada. Saco a Bernie y los sostuvo frente al fugo, su antiguo amigo necesitaba cercarse con urgencia.

Tomo sus cosas y aprovecho el buen tiempo para explorar, cazo unas cuantas ranas y las guardo en su mochila, junto a su sombrero para la lluvia y el pequeño paraguas. La próxima vez estaría lista y pasaría la lluvia cómodamente seca.

Paso por el desierto, para su suerte no había perros, solo un caballo mecánico del cual obtuvo los restos que necesitaba para armar un refrigerador y poder guardar hielo para el verano. En el bosque oscuro saco una buena cantidad de madera y apaciguo a un árbol guardián (le sería útil para después saber dónde estaba), al final llego a otra pradera y en la lejanía pudo ver una sábana.

Sintió las primeras gotas sobre su cabeza y suspiro, tomo su gorro, su paraguas y se preparó para armar un segundo campamento. Todo iba bien, la fogata estaba lista, el caldo para cocinar y un para-rayos.

El atardecer, el cual era tan largo como siempre en primavera, se alzó sobre ella cuando los perros atacaron. No los escucho, no estaba lista, trato de correr pero resbalo con el lodo y con ella cayeron su sombrero y su paraguas, mojada, sucia y sin un arma se cubrió la cara con sus brazos. Casi no alcanzo a ver la figura fuerte y muscular que con manos temblorosas pero puñetazos fuertes le quitaron a las criaturas de encima. Un paraguas echo con piel de cerdo fue puesto sobre ella.

- ¿Estas bien?

- No.

Wolfgang la miro preocupada, pero antes de que su amigo comenzara con preguntas exageradas ella le sonrío.

- Estoy mojada, por supuesto que no estoy bien. Gracias por salvarme de esos perros.

- Jaja, ¡siempre puedes contar con el poderoso Wolfgang!

Mientras su amigo soltaba una alegre carcajada le extendió una mano y sin dificultades la levantó. Ella tomo su sombrero y antes de que pudiera recoger su paraguas de flores, Wolfgang lo tomó, lo abrió y se cubrió con él.

- Usa esto mejor.

Le tendió el paraguas de piel.

- No es necesario.

- Lo sé.

Ella volvió a sonreír y tomo el paraguas, tras abrirlo le puso a su amigo su sombrero en la cabeza.

- Ya no lo necesito.

Ambos sonrieron y se acercaron a la fogata para prender el fuego y resguardarse de la oscuridad. La lluvia seguía cayendo, pero ya no le parecía algo tan malo.