Sin tener en cuenta la insistente lluvia, el fin de semana había transcurrido con normalidad, ahora, ya entrada la noche, Severus Snape, en su humil casa de Londres, hojeaba la edición del domingo de El profeta sin parar mucha atención, mantenía la mente distraída cuando unos golpes, rápidos e insistentes, interrumpieron la banal lectura. No esperaba visitas, de hecho, poca gente iba a visitarle y menos sin previo aviso. Se levanto y se dirigió hacia la puerta. Debajo de un paraguas negro y medio escondida con su fina capa, Eve Riddle, estaba plantada en su puerta.

– Profesor Snape.– dijo ella seriamente a modo de saludo.

– Señorita Ri...Sanders– dijo el corrigiéndose y mirando a ambos lados del la calle nervioso, y bajando el tono de voz continuo.– No hay ni una mínima explicación convincente que pueda explicar su presencia en mi casa, váyase ahora mismo antes de que alguien pueda verla. –al instante la agarro del brazo con fuerza, la atrajo hacia él y le susurro con malicia. – Aún no es capaz de comprender lo que no nos jugamos con esto profesora. ¡Fuera!

– No pienso irme a ninguna parte, sólo depende de usted que ahora mismo alguien pueda vernos aquí.– dijo ella manteniendo la sangre fría y ignorando el apretón de su brazo.

Snape, la miró fijamente maldiciéndola y tiro fuertemente llevándosela consigo hacia dentro. Rápidamente cerró la puerta.

– De acuerdo señorita Riddle, dejando aparte su insensatez, debo reconocer que posee cierto valor para venir hasta aquí. Ahora ya ha conseguido lo que quería, no me haga perder el tiempo, qué es lo quiere.-dijo el secamente.

– Quiero aclarar las cosas, estamos juntos en esto Snape, y si tenemos que aguantarnos mutuamente no pienso tolerar otra falta de respeto.

– ¿A eso ha venido, señorita Riddle, a echarme una reprimenda?. La creía mas lista.

Eve no sabía cómo afrontar aquella situación, no solo había venido a eso, pero era incapaz de expresar esa necesidad de saber en palabras. Sacar el tema de la otra noche era básicamente un suicidio, y tratando de suavizarlo pensó en empezar por la otra parte, también necesaria. Exigía por su bien salir de dudas, que se escondía detrás de Severus Snape que Albus Dumbledore no podía contar, que parte de toda esa historia ella desconocía, hasta qué punto él podía estar jugando a dos bandas y hasta qué punto ella podía confiar en él. Necesitaba saber y, así, terminar con todo de una vez por todas, era incapaz de controlar su mente sin un control de la situación. Decidió pues, soltarlo… sin más.

– Que parte de todo esto desconozco, qué es lo que esconden, y porqué.– dijo ella seria.

– Sabe perfectamente mi respuesta a esa pregunta.–dijo el hombre secamente

– Demasiado metida estoy en esto para que no sea de mi incumbencia, profesor Snape.– replicó ella irónicamente.

– ¡Márchese!.– dijo él tajante.

Ella se quedo quieta, no tenía la mas mínima intención de irse por esa puerta sin una respuesta, en esos instantes de silencio parecía haberse detenido el tiempo, pero este, sí transcurría fuera de la casa del profesor. Una voz estridente se pudo escuchar proveniente del otro lado de la puerta. Snape reconoció la voz al instante, Bellatrix, y por primera vez, desde que Eve lo trataba, se pudo ver algo parecido al miedo en el rostro del profesor.

(voces exteriores)

– Cissi, no puedes hacer esto. No puedes confiar en él.

– El señor tenebroso confía en él.

– El señor tenebroso se equivoca.

Sin decir nada, Snape cogió a Eve del brazo, la miró a los ojos y le hizo un gesto de silencio, ella lo miraba asustada viendo el miedo que él tenía en sus ojos. Comprendió que quien había detrás de la puerta no tenía que saber que ella estaba allí. Snape casi arrastrándola la condujo a una sala llena de libros, tiro de uno de ellos y se abrió un pequeño cuarto, tras lo que parecía ser una simple estantería. Sin decir palabra alguna Eve entendió que debía de quedarse allí, Snape volvió a colocar el libro en su sitio y el pequeño cuarto se cerró dejando dentro a la mujer.

En ese mismo instante llamaron a la puerta, Snape cerró los ojos, puso su mente en blanco y su expresión y mirada de frialdad volvieron a posarse en su rostro. Con su habitual temple se dispuso a abrir la puerta, no sin antes prepararse una mirada fingida de cierta sorpresa ante la presencia de Bellatrix y de su hermana Narcisa, esposa de Lucius Malfoy. Sin decir palabra alguna, condujo las mujeres a la sala.

– Sé que no debería estar aquí, el señor tenebroso en persona me prohibió hablar de esto…– empezó Narcisa Malfoy.

– Si el señor tenebroso lo ha prohibido no deberías hablar…– atinó el profesor que de reojo controlaba a Bellatrix mientras esa tocaba los libros y demás objetos de la estantería, cosa que él debía de evitar por su bien. – Deja eso Bella, no… debemos tocar lo que no es nuestro.-–dijo él tratándola como si fuera una niña pequeña malcriada.

Bellatrix, lo miró ofuscada como si le hubieran quitado el único divertimiento que había en ese momento en la sala.

– Estoy al tanto de tu situación Narcisa, intuyo que es lo que quieres– dijo Snape para reconducir la conversación.

– Cissi, creo que no deberías hablar con Snape sobre esto.– dijo Bellatrix con su mirada habitual de desconfianza hacia él.

– Tu hermana duda de mi?...Comprensible.– afirmó Snape.– Estos años he jugado tan bien mi papel que he tenido engañado el mago más grande de todos los tiempos…

Bellatrix rodo la cabeza y resoplo notablemente ante lo que acababa de escuchar.

– Dumbledore es un gran mago, solo un necio lo cuestionaría.– añadió Snape dirigiéndose a Bellatrix.

– No dudo de ti Severus.– dijo Narcisa.

– Deberías sentirte honrada Cissi, y también Draco.– dijo Bellatrix refiriéndose a la tarea que Voldemort le había encomendado al chico.

– Es solo un crio…– dijo Narcisa.

– No puedo cambiar el parecer del señor tenebroso…, pero… entra dentro de lo posible que pudiera ayudar a Draco.– dijo Snape.

– Severus… dijo la mujer, que se le iluminaba la cara al escuchar esas palabras.

– Júralo!. -interrumpió Bellatrix.– Pronuncia el juramento inquebrantable!.–añadió amenazante, mientras Severus permanecía en silencio. –Son solo palabras banas…, hará un gran esfuerzo…– dijo ella a modo de burla. –Pero a la hora de la verdad… reptara de nuevo hasta su agujero… Cobarde! –añadió Bellatrix intentado provocarle.

Snape continuaba en silencio, romper el juramento inquebrantable provoca la muerte en el que lo incumple, pero sabía que no tenia opción, la confianza del señor tenebroso estaba en juego. Manteniendo la frialdad y a sabiendas que más tarde tendría que justificarse delante de Eve, que posiblemente estaría escuchando toda la conversación, replicó muy lentamente a Bellatrix.

– Saca tu varita.

Bellatrix se sorprendió por su respuesta, Cissi sonrió levemente y alargo la mano hacia Snape, quien la tomo con fuerza. Bellatrix con un toque de varita hizo aparecer dos lazos brillantes que envolvieron las manos y así, se dispusieron a pronunciar el juramente inquebrantable.

– Juras, Severus Snape, vigilar a Draco Malfoy en su intento por cumplir los deseos del señor tenebroso.–dijo Bellatrix.

– Lo juro

– Juras, protegerlo lo mejor que puedas para evitarle cualquier daño.– continuó la Mortifaga.

– Lo juro

– Y… en caso de que Draco fracase, juras realizar tú la tarea que el señor tenebroso ha encomendado a Draco.- añadió ella con maldad.

–- Lo juro.– pronunció imperturbable él, finalizando así, el juramento inquebrantable.

Una leve risa malvada pudo llegar a entreverse en los labios de Bellatrix, aun habiendo presenciado el juramento inquebrantable, ella jamás confiaría en él, si estaba ella en lo cierto posiblemente Severus Snape moriría, cosa que también le seria gratificante.

Concluida la visita de las dos hermanas, el profesor Snape volvió a la habitación, donde se encontraba escondida la señorita Riddle, extendió la mano y tiro otra vez del libro de la estantería. Eve seguía allí, sentada al suelo junto a la pared, en sus ojos se podía ver miedo y sobretodo desconfianza. Su mirada era fija a ningún lado y no osaba ni moverse, en su mano temblorosa sujetaba su varita.

– Aquí tiene unas cuantas respuestas a sus preguntas, señorita Riddle.– dijo el mirándola con desprecio

– ¡Cállese!– dijo Eve, levantándose al momento y apuntándole con la varita.

– ¿También usted duda? …De verdad cree que le hubiese permitido presenciar esto y aún ahora seguiría con vida.– dijo el levantando una ceja intuyendo la desconfianza de la mujer.– ¡No se ingenua!

Eve seguía intentando organizar toda esa nueva información que le había llegado de golpe, mientras lo apuntaba con su varita, en su mente solo podía pensar que Snape había sido capaz de tener engañado a Dumbledore, todos esos años, siendo leal al señor tenebroso, había jurado por ello, y quebrantar ese juramente conllevaba la muerte, cosa que a ella le torturaba la idea. Su mente le ordenaba a gritos lanzarle una maldición y matarlo, en cambio algo en su interior confiaba plenamente en él, eso hizo bajar su varita.

– Creo que… creo que es usted quien, ahora, me debe una explicación mínimamente convincente, Snape.– dijo ella aún temblando

– Yo no le debo nada, ni tengo que convencerla de nada.– dijo él secamente girándose de espaldas a ella.

Acto reflejo, Eve, levanto su varita y lo apunto de nuevo.

– Hágalo, si es eso lo que desea.– dijo él intuyendo el movimiento de la mujer.

Eve no se movió, no pronunció palabra, el silencio volvió a inundar la sala y fue interrumpido por una sola pregunta.

– Confía en Dumbledore, señorita Riddle?– pregunto él.

Eve asintió a su pregunta con un ligero movimiento de cabeza. Snape dedujo su respuesta por el silencio brindado.

– Entonces, no haga más preguntas y márchese.– dijo él con sequedad.

– Confío en Dumbledore, Snape, pero no sé porque él confía tanto en usted.– dijo ella esperando una respuesta

– Eso…, señorita Riddle.– dijo el hombre girándose hacia ella.– Nunca lo sabrá. Ahora márchese.

La respuesta de Snape, no dejaba replica alguna, aún así pudo intuir en sus ojos un deje de dolor. Eve bajo su varita, cruzo la habitación y se dirigió a la puerta, dejando un golpe seco a modo de despido. Una parte de sus respuestas habían llegado, pero la pregunta que no se había atrevido a formular quizás se quedaría, a partir de ese momento, en un segundo plano…

Las visitas de esa noche no habían ayudado a Snape a desconectar, cada vez se le hacía más difícil eliminar de sus pensamientos a Eve Riddle, y cuando creía por un momento haberlo conseguido, ella había aparecido en persona en su casa. No estaba dispuesto a confesárselo todo, y menos a ella, quizá era la única persona que le hacía nublar los recuerdos de Lily con su mera presencia y eso le hacía sentirse mal, era como traicionar su recuerdo, y con ello, todo lo que había hecho hasta el momento para que su muerte no hubiera sido en vano. Dumbledore le había presionado para que se lo contara todo, pero no podía dejar que Eve viera lo mejor de él, no era conveniente hacer desaparecer esa capa de protección después de lo que pasó esa noche. En verdad solo había sido un beso, o al menos de eso traba de convencerse él intentando negar ese confuso deseo que sentía.

Bien entrada la madrugada, Eve llegó a Hogwarts, la oscuridad había inundado el colegio y el silencio reinaba por los pasillos. La profesora tenia la mente inmersa en la conversación presenciada esa misma noche entre esas dos mujeres y Severus Snape, aún no entendía como no lo había matado allí mismo, era cierto pues que lo creía o simplemente su atracción a él le nublaba la objetividad. Sentía necesidad de hablarlo con Dumbledore, pero antes debía de aclararse ella, y quizás unas pocas horas de sueño le ayudarían a eso. Decidió, pues, ir a verlo por la mañana, antes de empezar las clases.