En su habitación, Eve trataba de poner en orden todo lo sucedido sin resultado alguno, miles de preguntas daban vueltas en su cabeza incapaz de encontrar una respuesta racional a ellas. Lo que había sucedido no era racional, se había dejado llevar por el instinto más básico.

No podía dejar de rememorar el momento y por mucho que luchase para evitarlo le encantaba recrearse en ello. Snape la volvía loca, en todos sus aspectos y ahora sabía que era demasiado tarde para mantenerse en su sitio, se maldecía por ello.

Entró en el cuarto de baño con intención de darse una ducha, la necesitaba, toda su piel olía a él y eso no ayudaba. Se quitó la ropa y se puso debajo del chorro de agua tibia. Cada gota que caía en su piel le recordaba el momento, cada sitio donde había sentido sus labios, sus manos, su piel, todo… No podía obviarlo, y en verdad, la ducha tampoco ayudaba en ello, se enojo con ella misma por ser tan débil y caer en la tentación.

Allí mismo, debajo del agua, solo encontró respuesta a una pregunta que le dolía demasiado pero solo se la confesaría a sí misma, no había sido simple deseo, ni simple atracción física, ni solo sexo. Ahora, se dio cuenta que sus sentimientos habían decidido entrar en ese complicado juego.

En las mazmorras, Severus Snape ponía orden a su escritorio sin echar mano a su varita, necesitaba mantener la cabeza ocupada o sus pensamientos retrocedían en el tiempo inevitablemente. Se sentía mal consigo mismo, los recuerdos de Lily aparecían en su mente mezclándose con los de Eve y se llenaba de culpa, remordimientos quizás… Se lo negaba a si mismo continuamente, no podía sentir remordimientos por el hecho de haber practicado sexo con una mujer, sabía que no debería de haber sucedido y que todo se complicaba, pero mezclar sus recuerdos de Lily… eso no tenía sentido.

Pretender dejar de pensar en el despacho donde minutos antes había, por decirlo de alguna manera, perdido la cordura, era imposible, todo le recordaba a Eve, su perfume invadía toda la habitación tenía que huir de allí, aparcarlo todo y enfrentarse a ello con racionalidad. Decidió, pues, darse una ducha rápida y dirigirse al gran comedor, la cena estaba a punto de empezar y ese sería el primer paso para afrontarlo.

Eve, llegó al gran comedor, algunos alumnos y profesores ya estaban en sus correspondientes sitios, ella andaba hacia la mesa de profesores sin levantar cabeza y se sentó en su asiento habitual, con un casi imperceptible saludo a los profesores de la mesa. El sitio de su lado, permanecía vacio y así deseaba que continuase, pero segundos después Snape hizo acto de presencia en la sala, y sin hacer comentario alguno se sentó a su lado.

Eve, con la mirada fija en el plato donde segundos antes había aparecido la cena, estaba absorta en sus pensamientos sin apenas probar bocado, las conversaciones banas de otros profesores no la inmutaban, lo único que hacia mella en ella era el silencio brindado por el profesor que tenía al lado, no había palabras agrias, no había comentarios punzantes, no mantenían, por primera vez en esa mesa, una conversación llena de ironías. La situación no pasó desapercibida por Minerva McGonagall quien achaco el hecho a la falta de sueño de la profesora, sin prestar atención al profesor de pociones.

– Querida, deberías de comer algo y tratar de dormir esta noche– dijo McGonagall al fijarse en el plato casi intacto y el rostro de Eve.

Eve respondió a eso con una sonrisa de cortesía recordando la conversación que habían tenido por la mañana, y para evitar más comentarios hizo un gran esfuerzo para terminarse el plato. Albus Dumbledore pudo ver más allá del rostro de la muchacha y del silencio de Snape, si sus imaginaciones eran ciertas, las cosas se complicarían más aún.

El ambiente tenso entre Eve y Snape continuó durante toda la cena, al finalizar Eve se levantó de la mesa junto a Minerva pero Dumbledore la detuvo.

– Señorita Sanders, puede acompañarme, solo será un minuto, tengo que comentarle algo. – dijo el viejo al momento que hacia un gesto a Severus para que los siguiera.

– Por supuesto.– afirmó Eve con cierto nerviosismo.

Dumbledore condujo a ambos a su despacho, y cortando el silencio que había perdurado durante todo el recorrido, el director empezó:

–¿Hay algo que desean contarme?

Eve y Snape permanecieron en silencio sin dirigirse mirada.

–Bien…–continuó el director.– Severus ya sabrás que Eve está al corriente de la situación y ambos comprenderán lo que es estrictamente necesario ahora, la señorita Riddle sabe más de lo que era necesario y esto no juega a nuestro favor, solo les pido que sepan estar a la altura de la situación. Lo que Voldemort pretende conlleva su tiempo y debemos aprovecharlo. Si en una de sus visiones, su padre, llegara a…

– Sabemos perfectamente las consecuencias, Albus– le cortó secamente Snape

– Eso es lo que quería escuchar, Severus.– dijo el viejo.

– Entonces no hay nada más de qué hablar.– añadió Snape.

Aprovechando la presencia de Albus, Snape, por primera vez des de su pasado encuentro se dirigió a Eve.

–Señorita Riddle, la espero mañana antes de la cena en mi despacho.

Eve asintió al comentario, e inmediatamente se dispuso a salir del despacho del director con un prácticamente imperceptible -buenas noches-, dejando solos a Dumbledore y Snape en él.

– Severus, no es conveniente– dijo el viejo algo apenado

– No sé de qué me hablas– contestó Snape inmediatamente

– Lo sabes perfectamente. Te conozco, quizás mejor que tú mismo, y recuerdo muy bien la última vez que te vi así, Severus, en la torre de astronomía, recuerdas…

– No metas a Lily en esto– apuntó Snape al momento sin pensar en las consecuencia.

Una ligera sonrisa apareció en los labios de Dumbledore, sus sospechas acababan de ser confirmadas y quizás en más medida de lo que cría. En parte estaba feliz por ello pero le preocupaban demasiado las consecuencias como para pasarlas por alto.

– Tú mismo acabas de hacerlo, Severus. Ten mucho cuidado, ambos corréis peligro, Eve está en tus manos. Buenas noches.– finalizó el viejo.

Sin despedirse, Snape se fue del despacho del director, estaba perdiendo facultades, se delató él mismo de algo que ni tan siquiera, según él, era cierto y eso realmente era preocupante. De caminó a las mazmorras, seguía negándose la veracidad de las palabras de Dumbledore y prácticamente lo hubiera conseguido a no ser por la embriagadora fragancia que percibió al entrar en su despacho. Con un golpe seco de puerta, salió de esa habitación y se dispuso a dar una ronda de vigilancia por los pasillos con la esperanza de encontrar algún alumno al cual sacar puntos por estar donde no debía.