Harry, Ron y Hermione, tras haber terminado su trabajo de Historia de la Magia, habían decido ir a comprobar la existencia del armario Evanescente en la Sala de los Menesteres. Ahora, se encontraban cerca de la puerta, desconcertados por la situación. Les sorprendió no encontrar oculta la entrada a la sala. Pero lo más sorprendente y desconcertante a la vez, fue ver salir a su profesor de pociones junto a la profesora Sanders, manteniendo, lo que parecía, una discusión de gran importancia. Los tres alumnos, permanecieron ocultos, en la sombra de las columnas del pasillo viendo como ambos profesores se alejaban sin percibir su presencia.

– Nunca vi a nadie hablarle de esa forma a Snape, ¿de qué crees que estaban discutiendo?– preguntó Hermione confusa.

– No lo sé Hermione, pero no me gusta, no confío en él.– dijo Harry mientras recordaba las únicas palabras que había logrado escuchar en boca de su profesora.

–…no necesitas fingir nada conmigo, ya somos mayorcitos Severus y estamos los dos metidos en esto. No te estoy pidiendo nada más.

– Me gustaría saber a qué se refería la profesora Sanders cuando mencionó que ambos están metidos en eso… y no fingir con ella? Algo está ocurriendo, y me parece que alguien más tiene que ver con eso...– añadió el chico.

– De verdad crees que quién no deb…– dijo Hermione con cierta preocupación y temiendo tener que pronunciar ese nombre.

– ¿Estáis locos?– cortó Ron intentado reaccionar a la acusación contra su profesora. - La señorita Sanders no es una de ellos, que mente retorcida llegaría a pensar eso.-añadió el muchacho incapaz de creerse a sus amigos.

– Yo no estoy tan seguro, Ron. La primera clase con ella fue muy desconcertante, dejando aparte el hecho que el dolor de la cicatriz fue compartido con la profesora, tuve una sensación extraña que me recordó a Voldemort, como si él estuviera cerca.

– ¡Harry te salvó la vida!– exclamó Ron.

– Eso, es cierto– dijo Hermione intentando encontrar una explicación a todo.

– Snape también, pero no por eso deja de ser un Mortífago.– añadió Harry.

– Snape está de nuestra parte, Dumbledore confía en él.– dijo Hermione.

– Yo no, y menos después de esto. Algo están ocultando. Debemos tener cuidado.– dijo serio Harry.

– Espero que te equivoques esta vez, Harry.– dijo algo preocupado Ron después de las explicaciones del muchacho.

– Harry, creo que es mejor que nos vayamos al gran comedor, mejor no nos echen en falta en la cena y nos encuentren dando vueltas por aquí. - dijo Hermione.

– Tienes razón Hermione, vamos.- dijo Harry.

Harry, Ron y Hermione se adentraron en el gran comedor dirigiéndose a sus correspondientes sitios, sin poder evitarlo echaron un vistazo a la mesa de profesores, parando especial atención en la presencia de Snape y Sanders. A sus ojos, no todo parecía estar bien, podían intuir una ligera tensión entre ellos y la mirada de Snape no era aquella que aterrorizaba a los alumnos, iba más allá. Los tres alumnos, y en especial Harry, no iban a dejar de lado esa discusión que habían presenciado pero, a pesar de todo, la cena transcurría con normalidad. Las circunstancias hicieron ignorar el hecho de que Draco Malfoy no había hecho acta de presencia en el gran comedor esa noche.

En la mesa de profesores, Eve comía su plato sin pronunciar palabra alguna pero sintiéndose bien consigo misma, la incomodidad hacía más mella, esta vez, en el profesor que tenía a su lado, que apenas había tocado su plato y, al parecer, no tenía intención de hacerlo.

Snape hacía el gesto de levantarse, cuando el ruido del tenedor de Eve impactando contra el plato le detuvo de hacerlo. Fijo su mirada en ella, estaba pálida, con la mirada fija a ninguna parte y se intuía en su rostro un deje de dolor. Captó rápidamente lo que sucedía y ese no era ni sitio, ni momento oportuno por una de sus visiones, debía de sacarla de allí como fuera antes de que alguien se percatara de ello. Haciendo gala de sus dotes como espía, dio un rápido vistazo al comedor antes de actuar, se percató de la ausencia de Malfoy, eso jugaba a su favor, pero, Potter los miraba fijamente y durante el cruce de miradas, Harry frunció el ceño y puso su mano en su cicatriz. Se agotaba el tiempo, debía actuar.

– Riddle, por favor acompáñeme.– dijo él, de forma casi imperceptible a la profesora.

La profesora no fue capaz de contestar a esa petición, su cuerpo no le respondía y estaba perdiendo el control de todo lo que sucedía a su alrededor. Snape miró inquisitivamente a Dumbledore, que al momento entendió que algo no iba bien y con su elocuencia entabló una conversación con los profesores más cercanos a la pareja distrayendo su atención. Snape agarró la mano de Eve con fuerza y ella le devolvió el gesto con sus últimas pizcas de conciencia.

– Concéntrate y aguanta, te sacaré de aquí.– dijo él con un hilo de voz que solo ella puedo escuchar.

Eve asintió levemente, él la seguía sujetando mientras la ayudaba a levantarse, cubriendo el agarre con su capa y de espaldas a los alumnos. Fingiendo normalidad, la condujo hacia la salida más próxima detrás de la mesa de profesores, evitando así el largo pasillo que cruzaba la sala. Las piernas de Eve empezaron a fallar, se le nublaba la visión y se le distorsionaban los sonidos, notaba cómo iba a desplomarse de un momento a otro. Snape la apoyó contra la pared sujetándola con ambos brazos con fuerza.

– Mírame, Eve. ¡Mírame!– dijo él buscando sus ojos ligeramente entrecerrados. - Abre tu mente y deja fluir las imágenes, pero mantén tu mente en blanco, puedes hacerlo.

Pero el dolor que Eve sentía no ayudaba en esa tarea, en su mente empezaron a aparecer unas borrosas imágenes, lo que parecía ser un hombre y una mujer, después de eso… la nada. Eve perdió el conocimiento, se desplomó en brazos de Severus Snape y al instante, pronunció unas palabras…

– El chico me reclama Bellatrix, reúnete con él a ver qué es lo que quiere.

Snape acompañó el cuerpo de Eve hacia el suelo con cuidado, aún disponían de tiempo, la cena no había terminado y sabía que Dumbledore mantendría ocupados a los profesores hasta asegurarse que todo andaba bien. En su mente halló la respuesta del porqué de la ausencia de Malfoy en la cena, suponía que a través de la marca se había comunicado con Voldemort y quizás, el motivo de acudir a él sin intermediarios fuera la pasada discusión que tuvo con él. Pero los planes de Draco no le preocupaban en absoluto, tarde o temprano, él tendría conocimiento de ellos y podría actuar, aún así debía de acercarse más al chico para anticiparse.

Centró su atención en Eve, parecía tan frágil y vulnerable, intentó hacerle recobrar la conciencia pero se sorprendió a si mismo acariciándole el rostro, por unos instantes fue como si el tiempo se detuviera. Suavemente, deslizaba sus dedos por su mejilla para terminar posándolos sobre sus labios entreabiertos, le vino en mente el recuerdo de sus besos, de su piel, de su mirada, de ella... Rompiendo la magia de la privacidad que había alejado a Snape de la realidad, Eve, abrió sus ojos, desconcertada y nerviosa. La mirada de Snape continuaba fija en ella, al igual que sus dedos en su rostro pero poco a poco la expresión suave del profesor se desvaneció haciendo mostrar otra vez esa mascara y, mientras se apartaba de ella, Albus Dumbledore hizo acto de presencia.

– Eve, ¿te encuentras bien? Tuviste otra visión, ¿verdad?– preguntó el profesor con cierta inquietud.

– Pude… pude llegar a ver a…no sé, un hombre y una mujer… pero luego todo se volvió confuso– dijo Eve aún un poco aturdida mientras se levantaba del suelo.

– Percibió una conversación entre Voldemort y Bellatrix, señorita Riddle. Draco Malfoy se puso en contacto con el Señor Tenebroso a través de la marca, deduzco que esa fuerza fue lo que le hizo tener la visión. Van a reunirse con Draco, tarde o temprano tendré conocimiento de lo que pretenden, debemos permanecer en alerta por el momento.– respondió Snape contestando así a las dudas de la profesora.

– ¿Pero porqué no soy capaz de permanecer consiente?, no es solo por el dolor.– preguntó Eve.

– Quizás tu misma te prives de ello, Eve. No es nada fácil aceptar el hecho de entrar en la mente de las personas, aunque sea involuntariamente y menos de alguien como Voldemort.– dijo el viejo mientras se giraba hacia Snape. – Debéis trabajar en ello Severus. Id a descansar, ahora no es conveniente que os encuentren aquí.

Albus Dumbledore, se fue, dejando solos a los dos profesores, y antes de que el silencio y las miradas hablasen más que ellos mismos Snape se avanzó.

– Riddle, le espero mañana, trabajaremos en ello.– dijo él, a modo de despido, empezando su marcha.

– Severus…– lo interrumpió Eve haciendo poner en alerta al profesor por la suavidad del tono.– Gracias.– dijo ella amablemente.

– No se equivoque, profesora, no lo he hecho por usted.– objetó apresuradamente y a la defensiva Snape.

Eve contestó a la evasiva del profesor con una pícara sonrisa. Quizás no fuera capaz de recordar la visión que tuvo, pero, recordaba muy bien lo primero que vio y notó al despertar, aún era capaz de percibir la delicadeza del tacto de los dedos del profesor en su piel y su penetrante mirada.

– Sabe, profesor, tiene las manos frías…– dijo ella lentamente y con cierto gusto.

Dicho esto Eve desapareció en las sombras del pasillo dejando, una vez más, sin habla a Severus Snape, el cual se maldecía por ello. Sabía a qué se refería, y a él le turbaba la idea. Esta vez no había actuado por el impulso o el deseo, sin saber cómo se había perdido en su rostro y su piel, con ternura, con suavidad, con quizás, sentimientos… Se asustó de sus propios pensamientos, debía de ser racional y actuar en consecuencia o ambos pagarían un precio muy alto, no quería volver a pasar por ello, pero muy a su pesar, empezaba a entender que, frente a Eve, eso sería cada vez más difícil.

En el gran comedor la cena había terminado, profesores y alumnos se dirigían a sus respectivas casas. Harry, Ron y Hermione, de camino a la torre Gryffindor, comentaban lo sucedido en la cena, al parecer eran los únicos que se habían percatado de ello, y en concreto Harry, que ahora ya no tenía la menor duda de que alguna relación había entre Voldemort, la profesora Sanders y su cicatriz. Teniendo en cuenta que Snape también estaba metido en ello, no podía ser nada bueno. Las conjeturas de los tres amigos no les condujeron a ninguna parte, pero Harry estaba decidido a no quitarles los ojos de encima.