Disclaimer: Ni la serie ni los comics me pertenecen a mí, sino a la barba de Kirkman, su diabólica mente y a la cadena AMC. Yo me dedico a escribir "anormalidades" como ésta sin ánimo de lucro.

Advertencias: Mención sobre la muerte de un personaje, lenguaje.


Aparcó la camioneta bajo la sombra de uno de los árboles del parking. Iban a pasar unas cuantas horas antes de que volviera a meterse en el vehículo y no quería escaldarse la piel cuando finalmente sentara su trasero de nuevo detrás del volante. Cogió la chaqueta del remolque y se la colocó combatiendo así la brisa de madrugada que amenazaba con arrancarle algún castañeo de dientes hasta que el sol terminara de salir.

Apuró sus pasos hasta alcanzar la gran verja de hierro que permanecía cerrada a la espera de que llegara. Buscó el juego de llaves en el bolsillo del pantalón y con manos temblorosas rebuscó entre el manojo la adecuada.

- Me caguen la puta en el frío de este pueblo de...- Masculló entre dientes frotándose las manos entre sí colando finalmente la llave adecuada en el candado de la cadena que mantenía las puertas cerradas.

Guardó de nuevo las llaves en el bolsillo y colocó la cadena en torno a uno de los barrotes de la puerta, cerrando el candado para que ningún niñato tuviera la feliz idea de llevarse la cadena.

Hacía semanas que había avisado que hacía falta cambiar la cerradura, pero como siempre, sus peticiones caían en saco rato. Puta burocracia.

Apoyó el hombro contra uno de los barrotes verticales, y empujó con todo el peso que su cuerpo le permitía abriendo la gran verja. Un agudo chirrido llenó el silencio de la carretera secundaria en la que se encontraba mientras abría la verja. Anotó mentalmente darle aceite a las bisagras para no darle un aire más tétrico al ya de por si escenario en el que estaba.

Volvió a repetir el gesto con la otra puerta, abriéndola de par en par a la espera de que el coche se acercara de un momento a otro. Miró su reloj comprobando si tenía tiempo de cambiarse de ropa.

- Justo.- Murmuró cruzando el umbral de las puertas abiertas dirigiéndose hacia la pequeña garita al final del camino si se dirigía hacia su derecha.

Se movió inquieto sobre la planta de sus pies abriendo la puerta con cuidado y helándose las manos en el proceso. Cerró la puerta y encendió la estufa eléctrica que había llevado de casa cuando el invierno comenzó a hacer acto de presencia.

Dejó las ropas una a una sobre el colgador a su derecha y se puso el viejo pantalón y una camiseta negra. Alcanzó el mono azul del colgador del fondo y se enfundó su traje de trabajo. Enlazó los cordones de las botas y golpeó con la punta el suelo, pequeños montones de tierra se acumularon bajo sus pies.

El sonido de una bocina y el sonido de las ruedas de un vehículo sobre la gravilla desecharon de su mente la idea de ponerse a limpiar la garita.

Salió de la garita y achicó los ojos lo suficiente para no cegarse por el sol asomando por el horizonte justo detrás del vehículo que había llegado. Cogió la pala junto a la entrada de la garita y cerró la puerta tras de sí. Palmeó el bolsillo en su pechero asegurándose que tenía el paquete de tabaco.

- ¡Dixon!- Le gritó un hombre entrado en año al bajarse del vehículo.

Daryl se acercó a él a paso tranquilo viéndole acercarse hacia la parte trasera del coche y abrirla. El inconfundible olor de flores recién cortadas, rosas, margaritas y lilas inundó sus fosas nasales haciéndole parpadear con rapidez.

El recién llegado sacó las coronas de flores y las dejó apoyadas junto a la rueda del coche, descubriendo poco a poco la madera que cobijaba en su interior el cuerpo de alguien. El menor de los Dixon cambió el peso de un pie al otro, ligeramente incómodo. Daba igual cuantos cadáveres hubiera visto llegar en ataúdes, cada ocasión en que se encontraba en esa misma postura le inquietaba ligeramente.

Carraspeó su garganta y se rascó la nuca mirando de reojo a James quien justo colocaba en el suelo la última corona de flores.

- Siento haberte hecho madrugar pero, hemos andado con el tiempo bastante justo esta vez.- Daryl se encogió de hombros restándole importancia.

- No importa, prefiero trabajar ahora que a mediodía.

- De acuerdo, trae tu máquina y lo llevamos a la parcela.- Daryl asintió y se alejó del trabajador de la funeraria en busca de su medio de transporte particular.

Había quien pensaba que su trabajo era extraño e inquietante. Para él realmente era un trabajo más, una forma de poner un plato en su mesa y un techo sobre su cabeza.


No había nada de raro en dedicarse a cavar hoyos en el suelo que horas más tarde serían ocupados por las cajas de madera que resguardarían el sueño eterno de sus ocupantes. Los topos lo hacían continuamente, a excepción de que ellos no enterraban a gente.

La gente fantaseaba demasiado, había visto muchas películas de terror, de muertos levantándose de sus tumbas. En los meses que llevaba él trabajando en el cementerio, ninguno le había dado los buenos días al atravesar la verja de la entrada. Es más, esperaba que alguno lo hiciera para cambiar así la monotonía en la que caía algunos días.

Apoyó la planta del pie sobre la pala, hincándola en la tierra abriéndola para poder seguir quitando kilos de ella de su camino. Aún le quedaba bastante por hacer, podría ayudarse de otros medios para hacerlo más rápido pero le gustaba el trabajo físico, sentir el tacto del mango de madera de la pala entre sus dedos, las gotas de sudor recorriendo su espalda desde el nacimiento del cabello en su nuca. Le gustaba el olor que despedía la tierra al abrirse, poder fumarse un cigarro mientras descansaba cada cierto tiempo, cada vez más en el fondo del hoyo, su ojos vueltos hacia la hilera de lápidas y flores que salpicaban el lugar.

Jamás se lo había dicho a nadie pero con cada palada que sacaba, con cada fosa que preparaba, sentía una cierta serenidad invadir su cuerpo al pensar en quien la iba a ocupar. Con el tiempo se acababa aprendiendo sus nombres e intentaba imaginar la historia que escondían los epitafios esculpidos en la tierra que sus seres queridos visitaban en el futuro. Algunos de ellos estaban más presentes que otros en sus pensamientos.

De forma inconsciente paseaba y le dedicaba más tiempo a aquellas lápidas desnudas que nadie visitaba o en escasas ocasiones lo hacía. Sus manos expertas frotaban la suciedad acumulada en las letras, en las fechas de sus nacimientos, en las palabras de cariño de sus familiares.

A veces hablaba con ellos en voz baja o lo hacía mentalmente para no romper la quietud del lugar.

Sólo había algo que realmente le crispaba los nervios, hacía que cada vello en sus brazos se alzara expectante. Siempre ocurría cuando el hoyo estaba terminado y él en su interior miraba al cielo despejado sobre su cabeza. En ocasiones imaginaba que de forma repentina la tierra comenzaba a desprenderse de las paredes y le empezaba a cubrir el cuerpo. Otras veces se imaginaba las manos de sus compañeros de jornada emergiendo de la tierra y aferrándose a él.

Era un miedo estúpido, una gilipollez integral pero siempre le entraba ese vacío en el estómago que parecía querer darse la vuelta sobre sí mismo.

En otras ocasiones, las menos habituales, se imaginaba el momento en que él acabaría en un agujero de esos. ¿Quién se encargaría de hacerlo? ¿Habría algo realmente que enterrar? ¿Cómo sería? ¿Tendría flores sobre su lápida? ¿Alguien iría a visitarle? ¿Habría algún aviso previo que le serviría de preparación?

Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano ensuciándose con la tierra adherida a su piel. Ya faltaba poco. Hincó la pala de nuevo en el suelo y con un gruñido sacó la tierra del hueco.


Daryl observaba el entierro desde cierta distancia, dándole a la familia la intimidad que necesitaba para llorar la pérdida de la mujer que enterraban. El humo de su cigarrillo ascendía sobre su cabeza, girando y girando hasta perderse en el infinito cielo azul.

Se pasó el pulgar por los labios hasta terminar mordiéndose la uña, sus ojos sin despegarse de quien imaginaba era el marido. Su cabello canoso era similar al de su barba resaltando contra el traje oscuro que vestía.

Tiró la colilla al suelo y la pisó con la bota mientras escuchaba al sacerdote soltar su retahíla sobre el mundo que les esperaba a todos, sobre las lágrimas vertidas, el legado que ella dejaba…

Escuchó a James acercarse por su izquierda y alzó la mirada hacia él.

- Aquí tienes lo que necesitas.- Con las prisas no habían podido enviarle antes los datos de la fallecida para colocarlos en la lápida.

- Esta semana estará listo.- Le aseguró Daryl guardándose el papel en el bolsillo de su mono azul.

- Nos vemos, Dixon.- Se despidió James alejándose hacia la verja de la entrada tras la familia que salía del cementerio tras finalizar el entierro.

Daryl volvió su mirada hacia la fosa que tenía que cubrir de nuevo con tierra. Con las manos ya maltratadas por el trabajo de las horas anteriores, se enfundó los guantes de camino a su destino.

Sus ojos azules se clavaron en la rosa blanca solitaria que descansaba sobre el ataúd, regalo de su marido. El menor de los Dixon apoyó su mano en el extremo superior del ataúd, ahí donde debía reposar la cabeza de la mujer.

- De ahora en adelante me encargaré de usted, señora Horvath. – Palmeó una vez la madera bajo su mano.- Descanse en paz.


¡Ohhh! Parece que a la musa le gusta la idea de imaginar a Daryl en trabajos raros así que, ¡voy a aprovechar mientras dure!

¡Muchísimas gracias a quienes dejasteis un review en el anterior capítulo: Cassandre, Gato, Nat y Manshulla! Me alegra ver que no es algo taaan raro para leer jejeje ¡Ojo, no me olvido del seminarista Dixon futuro exorcista!

¿Qué os pareció el nombre del final? ;)