PRECUELA DE: LIBERA NOS, DOMINE (Cap.1)

Disclaimer: Ni la serie ni los comics me pertenecen a mí, sino a la barba de Kirkman, su diabólica mente y a la cadena AMC. Yo me dedico a escribir "anormalidades" como ésta sin ánimo de lucro.

NOTA: A petición de Cassandre Watson y Gato Jazz he escrito esta precuela a lo acontecido en los hechos narrados en el capítulo 1. Cualquier queja, hablad con ellas xD

NOTA 2: He intentando hacer memoria sobre mis contadas confesiones a lo largo de mi vida y mi contacto con el clero, he intentado recopilar datos por internet sobre ciertos aspectos del sacerdocio. Obviamente habrá más de una gamba así que pido disculpas de antemano si alguien se siente ofendido. Espero que no sea el caso.

NOTA3: Lo narrado en cursiva son flashbacks.

Advertencias: Lenguaje, violencia física contra menores, borracheras...


De inimicis nostris, libera nos

"Sentía la brisa nocturna golpearle el rostro a la par que la hierba alta se arremolinaba entre sus piernas amenazando con tirarle al suelo de bruces. Miró por encima de su hombro con rapidez visualizando en la lejanía la silueta oscura de su padre pisándole los talones.

Daryl aceleró el paso, se mordió el labio y apretó los puños implorando porque la borrachera que llevaba su padre fuera suficiente para que no pudiera alcanzarle, para que terminara gritándole desde lejos, para que no pudiera seguir decorando la piel de su espalda con más golpes.

Se frotó con fuerza la piel húmeda de las mejillas con el antebrazo intentando aclarar su mirada vidriosa. Apretó los labios entre sí manteniendo a raya el quejido de dolor que quería desgarrar su garganta a cada tirón que sentía en la espalda, ahí donde la piel había sido rota.

Con el aliento entrecortado vislumbró el perfil de la pequeña capilla y aceleró el paso hacia la puerta trasera de la misma. Tanteó el peso del pomo metálico en su mano, escuchando en su cabeza la voz de su madre espetándole que Dios también merecía descansar al igual que ellos.

El sonido de los gritos de su padre acercándose, acalló la inexistente voz de su madre y se coló en la oscura capilla.

Tanteó el espacio con los brazos extendidos, golpeándose los dedos de sus pies desnudos con los bordes de los bancos. Daryl corrió entre las luces y sombras que creaban las amplias vidrieras en el pasillo central y fue directo hacia el altar. Se agachó bajo el mantel que cubría el altar y pegó su espalda al pie del mismo.

Cerró los ojos con el cuerpo tembloroso y aguantó el aliento nada más escuchar la puerta de la capilla abrirse y escuchar la voz de su padre.

- ¡¿Dónde te has metido maldito bastardo?!- Daryl se encogió más sobre si mismo, abrazándose a sus piernas dobladas contra su pecho. Miró por la rendija que dejaban las telas que cubrían el altar entre sí. – Sé que estás aquí escondido, ¡sal ahora mismo!

El pequeño Dixon clavó las uñas sobre la piel de sus rodillas y hundió su nariz entre ellas rezando a Dios porque hiciera que su padre se fuera, que le dejara en paz.

Un sollozo asustado se escapó de su boca al ver la cercanía de su padre, desvelando su posición.

- ¿Pensabas que podías esconderte de mí, eh?- Le espetó agarrándole del tobillo cuando intentó alejarse de él y echar a correr de nuevo hacia donde fuera. Un fuerte tirón y Daryl se dio de bruces contra el suelo. El sabor de la sangre precipitándose desde su nariz hasta su boca no tardó en llegar.

- ¡No, déjame!- Le gritó revolviéndose, intentando darle una patada que lograra soltarle.

- ¿Vas a pegarme, eh?- Un tortazo cruzó su cara de lado a lado salpicando el altar con la sangre del niño.- ¿Piensas que puedes conmigo?- Un puñetazo le dejó sin aliento. Daryl cerró los ojos no queriendo que su padre le viera llorar. - ¿Vas a llorar como la maldita niña que eres, eh?- Daryl colocó ambos brazos frente a su cara intentando protegerse.- ¡Eres una puta vergüenza!- Un nuevo golpe y sus brazos aterrizaron sobre el suelo de madera bajo él absorbiendo el golpe.

Daryl abrió sus ojos brillantes por las lágrimas y clavó su mirada en la gigantesca imagen tras su padre

- Por favor…- Rogó en un murmulló con su mirada azul clavada en la oscura del Cristo clavado en la Cruz.

Todo se volvió oscuro de forma repentina."


Las primeras luces del alba fueron recibidas con la mirada presta del chico apoyado en el quicio de la ventana con los brazos cruzados contra su pecho. Sus manos estaban resguardadas bajo sus axilas, su mirada clara fija en el amplio prado que rodeaba el edificio.

Volvió su rostro hacia la puerta al escuchar el sonido de las campanas que anunciaban la hora para el primer rezo del día.

Estiró ambos brazos por encima de su cabeza y se acercó al pequeño espejo sobre el lavabo en una esquina de la habitación. Se pasó una mano por la barba incipiente en sus mejillas hasta ascender por su pelo y revolverlo.

Se alejó del espejo y fue hacia el destartalado escritorio de donde cogió la Biblia, el rosario y el paquete de tabaco. Abrió la puerta no sin antes intentar aflojar el alzacuello en su camisa negra. Era lo que más odiaba de todo eso.

Salió de su habitación y saludó con un silencioso asentimiento al Hermano Watson a su izquierda, siguiendo los pasos del hermano Jazz quien ocupaba la habitación contigua a la suya.

El silencio del pasillo era roto únicamente por el suave golpeteo de sus alpargatas y zapatos golpeando el suelo de madera del monasterio.

Daryl guardó el tabaco junto al rosario en el bolsillo derecho de su pantalón acomodando la Biblia en su otra mano.


Corrió hacia el armario de su habitación y se encerró en la oscuridad del mismo.

Nada más abrir la puerta de la casa y poner un pie en el suelo de la misma con sigilo intentando no atraer la atención, escuchó el inconfundible crujido de alguien levantándose del sofá.

Al alzar la mirada se encontró con el rostro enrojecido de su padre y sus palabras casi indescifrables por las cervezas que se había bebido y estaban desperdigadas sobre la mesa de la pequeña sala. Tras unos instantes en los que parecía que el tiempo se hubiera detenido y que por una vez se iba a librar de recibir una paliza, su padre dio un paso en su dirección, dándole el pistoletazo de salida para huir de allí.

Se llamó estúpido al avanzar hacia el interior de la casa en vez de retroceder y salir de allí por la puerta principal.

Como el niño que era, pensó que el armario era su mejor opción, que no miraría allí. Estúpido, imbécil, gilipollas. Se recriminaba mentalmente golpeándose la frente contra sus rodillas encogidas.

El suelo de madera de su habitación crujió bajo el peso de su padre. Daryl tragó grueso en su refugio y como tantas otras veces comenzó a murmurar en voz baja de forma casi inaudible.

- Por favor, por favor, haz que se vaya…- Se humedeció sus labios temblorosos.- Haré lo que sea pero… Haz que se vaya.- Su flequillo tembló ante la fuerza con la que la puerta del armario se abrió. Cerró los ojos cegado por el dolor de la luz repentina colándose en el espacio y por el tirón de pelo con el que su padre le sacó de allí. -¡Te devolveré el favor!- Gritó entre sollozos sin obtener más respuesta que la risa de su padre al arrastrarle por el suelo.


Daryl escuchaba con atención las palabras del padre Thomas mientras recitaba la oración para bendecir el pan y el vino. Colocado varios pasos detrás suyo no perdía de vista cada uno de sus movimientos.

Entrelazó sus manos a su espalda aguantando las ganas de tironear de la tela de la sotana que le habían prestado para poder acompañar al Padre Thomas en la misa del día. Removió incómodo sus hombros y cuello destensando los músculos y clavó su mirada en los pocos feligreses que habían acudido.

Frunció el ceño ante la escrutadora mirada de una señora mayor que envolvía sus hombros con una toquilla. ¿Cómo diablos no se había disuelto ya sobre el banco? ¡Hacía un calor de mil demonios! Coló un dedo entre el alzacuello y su nuez rogando a su amigo en la cruz para que acariciara la piel descubierta con una leve brisa. Para variar, nada pasó.

Ya había cumplido su ruego años atrás, suponía que había alcanzado su cupo de peticiones para con él por un tiempo o por esa vida tal vez.

Una vez terminó la ceremonia el padre Thomas le pidió ocupara su puesto en el confesionario mientras él atendía a una joven pareja que estaba pensando en casarse. Daryl agachó la mirada ahogando una maldición entre dientes, odiaba las confesiones.

- Hijo,- el Padre apoyó una mano sobre su hombro ignorando la tensión que volvió al cuerpo de Daryl ante el contacto- la gente necesita expiar sus pecados.

- Que no los hubieran cometido en primer lugar.- Farfulló entre dientes mirando de soslayo al cura quien esbozó una sonrisa de medio lado.

- Vamos anda, deja de quejarte y ve a tu sitio.- Palmeó su nuca con cariño y le soltó para que pudiera ir al confesionario.

Daryl arrastró los pies con desgana hacia el estrecho habitáculo donde iba a tener que quedarse hasta que el último feligrés decidiera. Cerró la puerta de madera y descorrió la pequeña ventanita de madera que le comunicaba con quien fuera el primer valiente en hablar con él. Inspiró hondo y soltó los primeros botones de la sotana remangándose.

- Ave María Purísima.- Recitó con tono solemne.

- Sin pecado concebida. Perdóneme Padre porque he pecado.- Dijo una voz suave de mujer. Daryl pudo vislumbrar los rasgos de la chica que había ocupado el último asiento en los bancos, y había mantenido la mirada gacha durante la mayor parte de la ceremonia.

- Dime hija, ¿cuáles son tus pecados?- Pudo escucharle tomar aire con lentitud, podía adivinar sus manos entrelazadas entre sí con inquietud.

- Padre, el demonio de la tentación se apoderó de mí y…- Daryl se masajeó el puente de la nariz adivinando por dónde iba a ir esa confesión.- Soy una mujer casada, Padre y… Ayer mi jefe me invitó a una cena para celebrar un nuevo contrato para la empresa y…- El hombre ahogó un gruñido pasándose una mano por la cara.

- Continúe.- Le dijo Daryl manteniendo un tono de voz calmado.

- Me acosté con él, Padre.- Un sollozo opacó el ruido que produjo Daryl al golpear su nuca contra la pared de madera del confesionario. Las infidelidades eran las confesiones que más odiaba.- Me acosté con él y no se lo he dicho aún a mi marido.

- De puta madre…- Masculló él sin poder evitarlo.

- ¿Cómo dice, Padre?- Preguntó ella intentando recuperar la compostura.

- ¿Te arrepientes de haber sucumbido a tus deseos carnales?- Daryl se mordió el labio intentando ignorar las carcajadas que su hermano estaría soltando de escucharle hablar así.

- Sí, Padre. No volverá a pasar.- Daryl rodó los ojos imaginando que aquellas palabras podrían caer en saco roto en cualquier instante.- ¿Cree que Jesús podrá perdonarme?

- Claro que sí, hermana, JC es buen tipo.- Dijo en tono casual jugueteando con un hilo de su sotana.- Digo,- añadió corrigiéndose a sí mismo- Dios es amor, es misericordioso y sabe que os arrepentís por lo ocurrido. Reza tres Ave Marías y dos Padre Nuestros y mantente alejada de la casa de tu jefe.

- Fue en un mot… Digo, sí, Padre, lo haré. Muchísimas gracias por escucharme.- Dijo la mujer abandonando su posición de rodillas para salir del confesionario.

- Para eso estamos.

Dos horas más tarde Daryl regresaba al monasterio junto al Padre Thomas quien le hablaba sobre la tarea de preparar a la juventud de hoy en día en el camino del matrimonio. Esa era una de las cosas que habían cruzado su cabeza cuando pensó en ponerse una sotana por primera vez.

- ¿Cómo fue tu labor, hijo?- Le preguntó el Padre sacándole de sus ensoñaciones.

Daryl se encogió de hombros, ambas manos en el interior del bolsillo de sus pantalones. Saludaron con un gesto de cabeza a dos feligresas que seguían el mismo camino hacia sus casas.

- Sin problema.- Le respondió con sinceridad recordando las confesiones escuchadas.

- No es una tarea muy de tu agrado por lo que veo.- Comentó el Padre mirándole de soslayo. Daryl desvió su mirada unos instantes hacia el cielo despejado sobre sus cabezas. Un pájaro lo surcó de norte a sur. – Puede que… haya algo ahí fuera que llene ese hueco que con tanto ahínco intentas llenar al vestir ese traje.- Daryl le miró con suspicacia.

- ¿De qué cojones habla?- El Padre Thomas arqueó una ceja ante su vocabulario.- Perdone. ¿De qué está hablando?- Repitió con un tono de voz más comedido.

- ¿Crees en el Diablo, hijo mío?


Las uñas de sus manos se clavaban en los reposabrazos de su asiento. Daryl mantenía su espalda rígida pegada al cuero del asiento, su nuca contra el reposacabezas y su mirada fija en la señal de cinturones abrochados aún encendida.

Se maldijo mentalmente en infinidad de ocasiones por haber sido lo suficientemente estúpido por haber escuchado al Padre Thomas y dejar que le convenciera de que se metiera en ese avión rumbo a Italia. Iba a acudir al Vaticano a uno de los cursos que habían organizado para los futuros exorcistas que se encargarían de darle una patada en el culo al puto Diablo.

Él siempre había sido partidario de que la gente escogiera su propio camino sin que un ente se metiera en su cuerpo y actuara con él a su antojo. Y esa era la oportunidad ideal para poner en práctica esa idea.

Lo complicado era que el vuelo no había hecho más que despegar y le quedaban demasiadas horas por delante con el estómago revuelto, el sudor amenazando con inundar al resto de pasajeros.

Tomó aire con calma y lo expulsó por la boca imaginando que aquello le ayudaría a calmarse, pero no daba ningún fruto. Se humedeció los labios, dio al botón de llamada y esperó a que una mujer enfundada en un traje de imposibles colores y una sonrisa decorada en carmín se detuviera en su fila.

- ¿Desea algo, Padre?- Daryl prefirió guardarse las ganas de corregirle y decirle que aún ese paso no había sido dado en su camino particular hacia Dios.

- ¿Tienen alcohol?- La sonrisa de la azafata flaqueó ligeramente pero pronto supo recomponerse.

- ¿Quiere un vaso de vino?- Que se dedicaran a santificar vino en cada celebración no significaba que fuera a oficiar una en mitad del avión a miles de pies en medio del puñetero océano Atlántico.

- Estaba pensando en un whisky.- Atajó él con cierto tono hosco.

- ¡Oh! Sí… Uhm… En seguida se lo traigo, Padre.

Unos cuantos whiskys después, Daryl roncaba a pierna suelta en su asiento ajeno a las miradas curiosas de azafatas y algunos pasajeros.


Con el abrigo negro arrugado y recogido sobre su antebrazo izquierdo Daryl buscó entre la gente congregada en el aeropuerto a la persona que iba a ir a recogerle. No tardó en dar con un hombre joven con alzacuellos y un cartel con su apellido rotulado en él en una caligrafía grácil que le hizo avergonzarse de la suya propia.

Se acercó a él colocándose las gafas de sol molesto por la luz.

- Buenas tardes.- Dijo con tono educado saludando al hombre.

- Buon pomeriggio.- Daryl se rascó el puente de la nariz.

De puta madre, no entendía ni una puta palabra de italiano.


Tras lograr entenderse con el hermano Cadolini (había tardado bastante en llegar a comprender el apellido del italiano) y registrarse en el hostal donde iba a permanecer la próxima semana, Daryl sintió su espíritu aventurero apoderarse de él e ir en busca de un café con el que combatir el jet lag.

Paseo por las calles adyacentes a la Ciudad del Vaticano girándose cada poco tiempo en dirección a las personas que conversaban a su alrededor. Había muchos turistas por lo poco que entendía de las conversaciones que lograba captar al pasar por su lado.

A cada paso que daba escuchando una palabra en italiano, se iban desinflando sus ganas de meterse en una cafetería típica italiana y pedirse un café. Pero su necesidad por el oro negro era demasiado así que aterrizó delante del mostrador de un Starbucks pidiéndose un capuchino.

Esperó en una mesa alejada de los demás a que le llamaran con su pedido.

- ¿Dorel? ¿Dorel capuccino?- Preguntó la dependienta y clavó su mirada en él alzando el vaso en su dirección.

- ¿Dorel, en serio?- Masculló Daryl poniéndose en pie para recoger su café.- Gracias.- Le dijo mirándole confundido cuando le respondió algo en italiano.

Haciendo gala de su personalidad tosca en ocasiones le dio la espalda y regresó a la mesa. Del bolsillo de su abrigo sacó la guía turística que el Padre Cadolini le había prestado.

Concentrándose al máximo en lo que veía, fue directo hacia las pocas frases que había allí escritas en italiano y que según la guía le podían salvar la vida en su visita a la Ciudad Eterna.

Sacó un bolígrafo y subrayó varias palabras con detenimiento mientras le daba un sorbo al capuchino. Casi perdió sus papilas gustativas en el proceso.


Daryl siguió al resto de hermanos como una oveja extraviada en busca del camino correcto. Aquel edificio era un laberinto sin fin y no tenía ganas de perderse e intentar hacerse entender con las cuatro frases que había aprendido de la guía. Dudaba mucho que decir "Dove sono i gabinetti?" (Dónde están los servicios) le serviría de mucho.

Respiró aliviado al ver que llegaban a una gran puerta con brocados de en oro y figuras de ángeles custodiando la entrada. Asintió a los angelicales rostros a modo de saludó y entró en el anfiteatro tomando asiento en un rincón lejos de todo el mundo.

Dejó su cuaderno, un capuchino a nombre de Derrick del Starbucks, la Biblia y la guía de Roma sobre la mesa en la que se había sentado encontrando unos auriculares. Miró a su alrededor comprobando que todos se los colocaban así que imitó su gesto y comenzó a escuchar una suave melodía. Cogió con curiosidad un mando con diferentes números sin saber muy bien para qué podía ser.

- Habrá que probar…- Murmuró dándole al botón 1 escuchando una voz hablar en italiano para amateurs.

Pulsó el 2 y creyó escuchar a alguien hablando en español. Cuando pulsó el 3 sintió un peso aligerarse sobre sus hombros al reconocer su idioma en esas palabras. Quizá al final iba a poder seguir el seminario como para decidir si la práctica de Exorcismos era su especialidad.

Todo el anfiteatro se sumió en un silencio sepulcral cuando un anciano apareció en mitad del escenario y desveló una gran pantalla blanca a su espalda.

El cuerpo contorsionado de formas imposibles de una mujer apareció en la pantalla, una suave voz femenina le dio la bienvenida al curso por los auriculares.

Ya iba siendo hora de saldar su deuda con el de arriba.


Ohhhhh! Anoche me acosté con la imagen mental de un seminarista Dixon paseando por los pasillos del Vaticano más perdido que Espinete en una tienda de pijamas. Sé que esto va en contra de la confesión de Daryl diciendo que jamás había ido de viaje a ninguna parte. ¿Quizá le mentía para salvar su secreto? XD Tengo una pseudo secuela pensada...

En fin, espero que hayáis disfrutado de la lectura tanto como yo desbarrando para escribir semejante locura.

Cualquier comentario, sugerencia, bendición, confesión se la haré llegar al padre Dixon.

¡Nos leemos!