Segunda parte de LIBERA NOS, DOMINE (Cap.1)

Disclaimer: Ni la serie ni los comics me pertenecen a mí, sino a la barba de Kirkman, su diabólica mente y a la cadena AMC. Yo me dedico a escribir "anormalidades" como ésta sin ánimo de lucro.

NOTA: Sentía curiosidad de cómo sería el día después de lo ocurrido en el capítulo 1 así que... Aquí estoy con parte de eso bajo el brazo. Lo narrado en cursiva son flashbacks.

Advertencias: Lenguaje, insultos, menciones a JC, alzacuellos, hermanos Dixon...

Perdonad las erratas y gambas...


Libera nos, Domine II

Las primeras luces del alba de nuevo día le habían acompañado caminando por el sendero de tierra y piedra que llevaba a atravesar las vallas que bordeaban la prisión. Con la ballesta limpia y preparada al hombro, una bolsa con lo esencial y el dulzor de una barrita energética siendo masticada a grandes bocados, se limitó a mantener su mirada clavada en el frente lejos de la puerta que acababa de dejar atrás o la Torre de vigilancia. El hombre daba gracias mentalmente a que el resto de supervivientes siguieran en el séptimo cielo.

Había logrado esquivar las preguntas de Maggie y Glenn cuando le sustituyeron al término de su guardia en la Torre con un gruñido y una mirada hosca que no daba pie a delicadezas. Y daba gracias a que en ese instante fuera Michonne la que se encargara de mantener la seguridad del grupo.

Nada más rozar con la punta de los dedos el vallado metálico, volvió sus ojos hacia la Torre viendo a la mujer asentir con el ojo ya puesto en la mirilla de su rifle si fuera necesario. Dudaba que hiciera falta, pero estaba bien saber que al menos alguien le cubría las espaldas mientras abandonaba esas cuatro paredes de cemento y hormigón.

Una vez pisó el espacio exterior sintió una calma casi mística impregnar sus extremidades y pulmones. Ni los gruñidos de los caminantes acercándose, ni el olor a putrefacción que a algunos les hacía vaciar sus estómagos rompió esa quietud reinante. En esos instantes prefería lidiar con los muertos vivientes que con los vivos y sus preguntas sobre su pasado.

Se alejó en dirección a los árboles con paso presto y la ballesta entre las manos, preparado para acabar con lo que se interpusiera en su camino.


Parecía una puta broma. Una jodida broma del de allí arriba. Llevaba horas pateando los bosques que lindaban con la prisión, alejándose lo suficiente, siguiendo los rastros de un jabalí salvaje pero no había manera de dar con el muy hijo de puta.

Cada vez que creía haber dado con el rastro más fresco dejado por el animal, se daba de bruces con la nada. Y después de más de mediodía sin una señal en condiciones, estaba comenzando a cabrearse como un gremlin siendo alimentado pasada la media noche.

- ¿Tan complicado sería hacer que el bicho estuviera donde debe?- Masculló entre dientes volviendo a esa costumbre, prácticamente perdida, de conversar con aquel que se había encargado de llevarse a su padre por delante, y a quien él había decidido encomendar su vida años atrás a modo de agradecimiento.- Una cosa es el voto de pobreza… Morirse de hambre creo que ya es pecar en exceso, colega.- Añadió lanzando una mirada furibunda a la porción de cielo que lograba atisbar entre las copas de los árboles.

Continuó caminando en el mayor silencio posible que sus propios pensamientos le permitían. Una y otra vez, a pesar de querer centrarse en la tarea entre manos, su cabeza volvía a la prisión dejada atrás. A los acontecimiento ocurridos en los últimos días, pero sobre todo, al exorcismo que había tenido que realizar a la joven Greene.

Detuvo sus pasos a los pies de un haya, su mirada paseándose en el paisaje que le rodeaba pero sin prestar verdadera atención a lo que sucedía a su alrededor.

Creía que en ese nuevo mundo no se vería obligado a poner en práctica lo aprendido en el monasterio o en los seminarios a los que acudió para formarse como exorcista. Creía que habría olvidado aquellas retahílas en latín que le costaron Dios y ayuda en memorizar pero… Las palabras habían fluido de su boca como el humo de los cigarros que fumaba de vez en cuando. Era como… ¿Andar en bicicleta? Es algo que a pesar de que pasen años sin montar en una, el día en que vuelves a hacerlo, tu cuerpo ya sabe qué tiene que hacer sin ser tú consciente de ello.

Destensó sus hombros, su mente viajando años atrás a aquellos primeros años. Miró a su alrededor una vez más.

¿Qué habría sido del Padre Thomas? ¿Estaría recluido en su celda cuando todo se desató? ¿Estarían él y el resto de hermanos todos a salvo? Probablemente habrían dejado entrar a algún moribundo y con ello quizá hubieran firmado su sentencia de muerte sin quererlo ni beberlo. Era una lástima, el padre Thomas le caía bien.

En instantes como ese en los que aún respiraba, en los que era consciente de que seguía con vida, se cuestionaba el porqué de ello. ¿Por qué el seguía caminando sobre la faz de la tierra y no había visto el fin de sus días en el monasterio?

Le dio un puntapié a una piña caída a menos de un paso de distancia pensando en lo afortunado que había sido meses atrás al encontrarse en compañía de su hermano cuando todo se fue al diablo.

Había sido un jodido regalo del cielo que esa última salida antes de tomar los hábitos hubiera ocurrido cuando comenzó la epidemia. Había sido un jodido regalo de Dios el que su hermano y él hubieran decidido acabar con unas cuantas criaturas del señor en los bosques cercanos a la cabaña que había sido su hogar hasta su ingreso en el seminario de forma definitiva. Parecía una puta señal divina que se encontrara allí vivo bajo el manto verde de esos árboles con la ballesta en las manos, las alas cosidas a su espalda y la satisfacción de haber logrado salvar el alma de Beth Greene.

Ahogó una risotada al pensar en su rostro rubio angelical, acunando a la pequeña Grimes, cantándole canciones para que lograra conciliar el sueño. Pronto la luz de esos acontecimientos se tornó grisácea recordando el cambio que había experimentado bajo la posesión de aquel hijo de puta.

Lo que había salido por la perfecta boca de la chica, enmarcado por sus grandes ojos azules distaba de lo que cualquier chica sureña se suponía podía verbalizar.

Se masajeó el puente de la nariz recordando sus palabras lascivas, cómo quemaba su mirada… Pero no era realmente Beth la que le había mirado así, si no aquel desgraciado pensando que por ese camino lograría doblegarle y así acabar con él y todos los demás del grupo.

- No durante mi guardia, capullo…- Murmuró para sí echando de nuevo a andar.

Voto de pobreza, obediencia y castidad. Agitó la cabeza de forma negativa al recordar el último de ellos y el cachondeo que había suscitado sobre todo gracias a su hermano.

"Merle había dado por enésima vez con sus huesos en la cárcel por una temporada, dejándolo sólo a merced de lo que la vida le pusiera en el plato.

Se había agotado de andar dando tumbos de un lado a otro y sobre todo de aguantar las palizas de su padre, sus insultos, sus desprecios… Había alcanzado ya una edad en la que podía devolver los golpes casi con tanta fuerza como los recibía. Había llegado a un punto en el que hacía lo imposible por reunir cuantos dólares pudiera para salir de aquella puta lata de sardinas y alejarse de ese infierno particular.

Ya era un adulto, podía hacerlo, pero había algo que le impedía alejarse de aquello, de su padre, de la que había sido su casa durante varios años pero no había logrado convertirse en su hogar.

Y fue entonces un día, de la noche a la mañana, su padre ya no respiraba entre los vivos y él se encontraba a los pies de una tumba con su nombre grabado en la piedra. "Amado padre y marido." Tuvo que esforzarse en no partir aquella piedra en dos nada más ver la inscripción. Se contuvo y alzó la mirada al cielo azul brillante y dio las gracias.

A partir de ese día todo pareció sucederse de forma natural, aunque no recordaba con exactitud cada paso que le llevó a presentarse a las puertas de aquel monasterio; en cuanto vio el rostro de aquel sacerdote frente a él supo que aquel era su sitio. Tuvo la extraña, excitante y temida sensación de que aquel podía convertirse en su hogar con un padre de verdad que velara por él, aunque jamás llegara a verle el rostro. Al menos, en esa vida claro.

Para cuando Daryl tuvo el permiso de su supervisor de poder acudir a visitar a su hermano en la cárcel, ya había comenzado su educación sacerdotal y había empezado a asimilar, no sin cierto trabajo, lo que su nueva vida iba a ser.

Firmó la casilla junto a su nombre en la entrada, dejó que los funcionarios le registraran no sin lanzarle miradas curiosas y comentarios jocosos al reconocer en sus ropas el futuro al que se había entregado. Entró en la sala común de visitas encontrándose de bruces con miradas bien diferentes a las que cualquiera hubiera podido imaginar.

Era curioso como un sacerdote parecía ganarse la simpatía de la mayoría de asesinos, violadores y el resto de delincuentes; pero en cambio en más de una ocasión suscitaba sentimientos encontrados entre las fuerzas de la ley.

Daryl tomó asiento en una de las mesas más alejadas de la puerta, la espalda contra la pared y su mirada azul fija en la puerta por la que su hermano entraría. Entrelazó ambas manos sobre la mesa con actitud relajada pero sin dejar que sus hombros se encogieran mostrando una debilidad que había dejado de sentir hacía tiempo ya.

Se llevó la uña del pulgar a la boca, mordiéndola desviando la mirada entre los presos y sus familiares allí presentes.

Antes de acudir a visitar a Merle, Daryl había hablado con el Padre Thomas. El sacerdote había intentado infundir al joven Dixon de un espíritu más calmado, receptivo y misericordioso al ser consciente del lugar al que iba a acudir, y con quién se iba a encontrar.

En cuanto vio la inconfundible silueta de Merle franquear la puerta sus manos volvieron a entrelazarse sobre la mesa, su espalda erguida y su mirada serena en él.

El hermano mayor de los Dixon paseó su mirada por las mesas hasta dar con la que ocupaba su hermano pequeño, deteniendo su avance en el acto. Sus cejas se alzaron con incredulidad hasta que finalmente una sonrisa jocosa apareció su en su cara. Daryl volvió su mirada a la mesa metálica unos instantes intentando guardar la serenidad por la conversación que iba a tener con su hermano.

- Vaya, vaya, vaya… ¿Pero qué tenemos aquí?- Dijo Merle con una sonora carcajada dejándose caer sobre el banco contrario al de Daryl. Éste le miro saludándole con un gesto de mentón.

- ¿Cómo estás, Merle?- El hombre se echó hacia atrás en el banco mirándole como si de un sudoku imposible se tratara. Sin saber si seguir riendo hasta tener que ser arrastrado a una celda de aislamiento o moliéndole a golpes para quitarle ese aura religiosa que llevaba consigo.

- ¿De qué coño vas hermanito?- Le preguntó Reclinándose sobre la mesa, su mirada distaba de ser cálida o animosa.- ¿Pasaste por una tienda de disfraces antes de entrar aquí?- Gesticuló con su mano a su vestimenta oscura.

- Es mi… uniforme desde hace un tiempo ya.- Le dijo tomando aire para no perder los nervios, apretando las manos entre sí.

- ¡Ja! ¿Me vas a decir ahora que eres Pastor de humanos o algo así?- Daryl resopló y desvió la mirada hacia la ventana enrejada.

- He venido a ver cómo estás. Veo que sigues igual que siempre.- Daryl hizo amago de levantarse pero Merle le retuvo con una mano sobre las suyas.

- ¡MANOS FUERA!- Gritó un funcionario haciendo que se soltaran.

- Vamos Darylina, siéntate y cuéntale al viejo Merle cómo has…- Chasqueó la lengua mirándole con el rostro ladeado.- Terminado siendo…- Dejó la frase sin terminar.

- Tú no estabas, él sí.- Dijo Daryl escueto sin ánimo de elaborar en exceso, sin ganas de darle todas las explicaciones de un porqué que en ocasiones ni él mismo lograba ver con claridad en su cabeza.

- ¿Y por eso decides no mojar de nuevo?- Le espetó con una sonrisa sardónica.- Aunque realmente no sé si alguna vez llegaste a…- Movió sus cejas de forma sugerente.

- Cierra el puto pico, Merle.- Le dijo en un siseo.

- Dudo mucho que el de ahí arriba apruebe tu lenguaje, Darylina.

- Que te jodan.- Esta vez Daryl logró ponerse en pie y se reajustó el cuello de la camisa negra que el Padre Thomas había insistido en que vistiera para ver a su hermano.

- Estoy seguro de que tus "hermanitos" no te dirán que no…- El puño de Daryl se estrelló contra la nariz de su hermano quien se dobló sobre la mesa, las gotas de sangre precipitándose sobre la superficie metálica. Varios guardias se acercaron a ellos a intentar solventar la situación.- No creo que Jesús esté de acuerdo con el uso de la violencia.

- Dios es amor, y ésta es mi forma de decirte que te quiero, pedazo de capullo. Además, aún no he sido ordenado.- Le contestó Daryl dando un paso atrás con las manos en alto, insistiendo a los guardias en que ya se iba a marchar.- Ya me voy.

Daryl hizo caso omiso a los gritos de Merle diciéndole que estaba siendo un cobarde y una nenaza.

Tiempo después, una vez Merle logró la libertad y fue a verle, su actitud hacia la fe, la Iglesia, Jesucristo y Dios había cambiado ligeramente. Las bromas sobre el celibato, los votos, el vino sacramental y demás apuntes siguieron vigentes, pero había un tinte diferente en ellos. Daryl sabía que era la forma que tenía su hermano de aceptar su elección y de disculparse por su bocaza. No podía pedirle más.


Daryl se encontraba en su rincón particular dentro del recinto de la prisión, pero lejos de los bloques cerca de su moto. Entre sus piernas, un montón de plumas había ido aumentando de tamaño a medida que limpiaba la presa que había logrado capturar. Los vivos colores del plumaje y su peso daban fe de que el ejemplar era un macho.

No se molestó en apartar su mirada de la tarea entre manos cuando escuchó una serie de pasos lentos acercarse a él.

Por el rabillo el ojo pudo reconocer con facilidad la punta de sus botas gastadas por el uso. Ante la nueva bocanada de aire que tomó logró distinguir ese olor particular que había sentido sobre él y bajo su cuerpo durante el exorcismo. Sin necesidad de mirarla podía imaginar sus ojos claros alternándose entre su coronilla y las vallas que les protegían del peligro exterior.

Sonrió ante la ironía de ese pensamiento. Sí, las vallas les protegían de esos peligros, pero no de todos.

- Deberías estar descansando.- Formuló con voz calmada mirándola de soslayo por vez primera.

Su rostro pálido, su pelo revuelto, la sudadera que le cubría casi su menudo cuerpo entero gritaba a voces que necesitaba volver al interior de su celda y cerrar los ojos. Intentar olvidar.

- No podía dormir más…- Murmuró ello enredando un hilo de la manga entre sus dedos. Le miró varios segundos antes de agachar la mirada a sus botas.- Papá me ha contado…- Se humedeció los labios indecisa en cómo continuar.- Gracias.- Vio sus cejas fruncirse en un gesto confuso cuando volvió a mirarle.

- No pareces muy convencida.- Comentó él dejando el pavo en la palangana metálica vacía rebuscando su pañuelo rojo para limpiarse la sangre de las manos.

- Es sólo que…- Se encogió de hombros.

- ¿No me ves con el alzacuellos, no?- Comentó él con sorna frotando con fuerza la tela para quitar los restos de entre sus dedos.

Estaba acostumbrado a que se mofaran de él cuando abría la boca tiempo atrás y más cuando era él quien se sentaba dentro del confesionario. La gente no concebía que alguien como él pudiera ser realmente un hombre de Dios por voluntad propia y no por necesidad para llenar su estómago y tener un techo bajo el que guarecerse.

- No exactamente pero…

La escuchó suspirar y le miró con el rostro ladeado esperando una respuesta que ella parecía querer encontrar en el cielo azul, en el sol calentándoles unas pocas horas más antes de desaparecer entre los árboles, en los caminantes que intentaban engullirles desde el otro lado de las vallas.

- ¿Por qué?

Daryl parpadeó lentamente, procesando su pregunta, lo que su mirada quería añadir a esas dos palabras. No le preguntaba por qué había escogido ese camino o por qué lucía una leve quemadura en su piel ahí donde la cruz le había rozado durante el proceso de expulsión del demonio que le había poseído.

Faltaba una sola palabra en esa pregunta: yo.

No era una pregunta inesperada, es más, era de las primeras que las víctimas de una posesión solían formular una vez habían sido liberados. La respuesta variaba, podía optar por la opción estándar, pero sabía que no sería suficiente para ella.

¿Cómo explicar que una joven nacida en el seno de una familia devota, cristiana, con un padre conocedor de la Biblia como la palma de su mano que cualquiera de ellos podía caer a merced de un ser como ese? ¿Cómo explicarle que ella hubiera sido la víctima no quería decir que su alma estaba más cerca de Satán que de Dios? ¿Cómo explicarle algo que en ocasiones él seguía sin comprender en su totalidad?

- ¿Por qué no?- Rebatió su pregunta descolocándola ligeramente.

Se puso en pie con la palangana del pavo en una mano, y el pañuelo sucio en la otra. Se miraron en silencio unos segundos sin molestarse en moverse de sus posiciones.

- No siempre hay un por qué. Simplemente… pasa.- Añadió Daryl tras varios minutos encogiéndose de hombros, queriendo restarle una importancia que sabía que tenía pero que no quería que ella percibiera realmente.

Era obvio que el nuevo orden establecido en el mundo no iba a terminar con cosas como las posesiones, si no probablemente incrementarlas. Debía estar atento, debía estar preparado por si algo similar volvía a ocurrir. Debía mantener los ojos abiertos. La Biblia, el agua bendita y su cruz recién adquirida bien a mano. Y rezarle como antaño, buscar su consejo y echarle en cara que no le hubiera avisado antes de que algo así estaba pasando en la prisión. Justo delante de sus narices.

Sin ser consciente de ello, llevado por esa rutina de las acciones repetidas infinidad de veces con anterioridad; rozó el antebrazo de Beth con suavidad esbozando una mueca similar a una sonrisa.

- No debes preocuparte, ya no está.- Una de las tantas frases que había escuchado recitar en ocasiones como esa. Apretó los labios en una fina línea sopesando si añadir la segunda parte de ese discurso. Cambió el peso de un pie a otro y decidió lanzarse a la piscina y ver qué pasaba.- Si necesitas hablar… sobre ello o… Ya sabes dónde encontrarme.

- Gracias, Daryl.- Respondió Beth escueta con la mirada menos turbia y más relajada que cuando se había acercado a él. Esa sensación era una de las más gratificantes de ese puto oficio de cachondeo y películas de terror.

Con un leve gesto de cabeza Daryl se alejó de la joven Greene de camino al pabellón. Alzó una plegaria al cielo para que nadie quisiera hacerle preguntas sobre lo ocurrido el día anterior.

¿Estarían la suerte y la fe de su parte?


Creo que los aires fineses fueron mano de santo para devolverme a este gran personaje en el que se ha convertido "el Padre Dixon" jajajaja Hacía tiempo que quería escribir la continuación de la primera parte, aunque sé que faltan cosas aún por contar. Reacciones, explicaciones... Y obviamente, la precuela también necesita ser continuada. Toquemos madera para que no tarde en ver la luz del día.

Gracias por vuestros comentarios y el seguimiento de este serie de one-shots bizarros y extraños :)

Éste capítulo se lo dedico a ese hermoso país que me ha acogido unos cuantos días de vacaciones.

¡Nos leemos!