Disclaimer: Los personajes de Supergirl no me pertenecen (AU).
Capítulo 2
La fiesta de compromiso
Frío. Un inmenso frío era lo que sentía en ese momento. Su acompañante llegaba tarde, muy tarde. Llevaba más de media hora esperando en mitad de un parque completamente desierto. Una gélida brisa le revolvía el cabello tapándole cada dos por tres los ojos. Lo apartó con brusquedad intentando no dejarse llevar por la rabia. Ni siquiera se había dignado a avisarla y no sabía si inquietarse o enfadarse por su desplante. Se había vestido con sus mejores galas. Hasta Sarah se había sorprendido por su coquetería. No lograba entender por qué todo el mundo pensaba que no sabía arreglarse. Su estatus la obligaba a conocer ciertas normas protocolarias que detestaba. Además, siempre le agradaba causar buena impresión en esos eventos. Entendiéndose por buena impresión levantar envidias en esas señoronas que hablarían de ella mientras engullían pastas en su sala de estar. Era pura soberbia. Tenía un buen físico y no dudaba en usarlo para hacer orbitar sus cotillas ojos. Era una satisfacción ver sus rostros observar con falsedad a la oveja descarriada. Le iba bien alejada de tan hipócritas ambientes, cosa que les molestaba demasiado. Eso sí, si lograba llegar a la fiesta antes de congelarse.
—¿Esperas a alguien?
—Sam, ¿qué haces aquí?
Samantha Arias trabajaba para Lena, pero no tenía absolutamente nada que ver con ella. Era una de las mejores amigas de Kara. No la había asustado. No sería quién era si lo hubiese hecho.
—No sé. ¿Tú qué crees?
La observó con detenimiento. Iba impecablemente vestida con un esmoquin de dos piezas. El pantalón y la chaqueta tenían las solapas satinadas y en los bolsillos destacaban unos detalles plateados. Parecía que iba a una… "¡Mierda!", pensó.
—¿Has quedado con el hijo de Cat Grant?
No podía creer que las hubiera citado a las dos.
—Kara, te recuerdo que tengo una hija y un trabajo exigente. Además, sabes que no me van los hijos de Cat Grant —le guiñó un ojo con picardía.
—Pues no lo entiendo, ¿a dónde vas tan elegante?
—A veces dudo de que en esa cabeza tuya haya algo, amiga —sonrió mientras alzaba las cejas haciendo señas hacia ella.
Kara abrió los ojos como platos al comprender su error.
-—¿Vas a ser tú mi acompañante?
—¡Bingo! —exclamó y le ofreció su brazo tras una cómica reverencia—. Aunque tu efusiva celebración quizás me haya abrumado demasiado y tengas que llevarme en volandas.
—Perdona. Es que…—sus mejillas se sonrojaron.
—Kara, es broma. ¡Dios! No sé cómo pudo Lena dejarte ir. Si eres adorable.
Sam estaba al tanto de toda la historia. En cierto modo, la había ayudado a mantener alejados los fantasmas del pasado. Conocerla fue como volver a respirar aire fresco después de un largo encierro. El sonido de un mensaje alertó a Kara. Era Adam disculpándose por no poder acompañarla.
—Desde luego, no tiene la elegancia de su madre. Aunque, si me acaba de avisar, ¿cómo sabías que no iba a poder venir?
—Bueno, digamos que sí lo sabía y quedamos en decírtelo más tarde para hacerte esperar.
—¿Cómo dices?
—Esto es por consentir a Ruby. No va y me dice que por qué no soy más como la tía Kara. Poco más y la estrangulo.
—¡Oh, vamos! Sabes que te adora.
—No le des más helado. Advertida estás —la amenazó.
—Lo juro —prometió, mientras cruzaba los dedos índice y corazón tras su espalda.
—Vámonos o cuando lleguemos se habrán terminado todo el champán —dijo Sam con una sonrisa ensanchando sus facciones. Kara no pudo evitar sentir un cosquilleo en el estómago. Hacía mucho tiempo que no veía a sus padres. Sabía de buena tinta que los habían invitado y conociéndolos no se perderían una fiesta de semejante categoría. No era un secreto que las familias se odiaban, pero siempre había que aparentar lo contrario. No era de buen gusto airear públicamente las rencillas personales. Era mejor fingir que nada ocurría, no fuera a ser que las malas lenguas hablaran. Se darían dos besos en la mejilla, como correspondía, tratarían asuntos totalmente inofensivos: el tiempo, cómo pasaba el tiempo, los estragos que causaba el paso del tiempo en las personas… y como punto álgido se vanagloriarían de sus éxitos obviando sus fracasos. Todo ello con la sonrisa más falsa posible y las palabras más educadas. Ante todo, el respeto. La verdad, Kara no entendía su rechazo a ese tipo de eventos.
Caminaron en silencio durante un par de minutos. Kara sentía la respiración irregular de Sam, al igual que sus pasos.
—¿Te encuentras bien? ¿Pareces nerviosa?
—No… no he ido nunca a una fiesta así —confesó con una tímida sonrisa.
—¿No? —preguntó extrañada.
—En mi familia hay una tradición —dijo y se detuvo en mitad de la acera—. Todas las mujeres tenemos que esperar a que alguien nos invite. Un chico o chica—aclaró al ver sus dudas—. Y yo no…no… nunca me han invitado —escupió y sus mejillas se enrojecieron.
Estalló en carcajadas al ver su expresión decepcionada. Era tan tierna e inocente.
-—¡No tiene gracia! —exclamó ofendida.
El hotel Excelsior se presentó ante sus ojos. Era un edificio antiguo, de piedra blanca con grabados de diversas figuras religiosas en los extremos. La familia Luthor era hipócritamente devota. De esas que creían en el perdón de Dios incluso a sabiendas de que sus futuros actos no iban a ser correctos. Cometían todo tipo de tropelías y después acudían, raudos y veloces, a la iglesia para darse las correspondientes palmaditas en el pecho entonando el mea culpa. Era una de las numerosas razones por las que Kara los detestaba. Usaban el arrepentimiento como un complemento más de su ropa. Lo quitaban y lo ponían a su antojo. A Kara le amargaba el carácter esa interpretación tan superficial de algo que consideraba mucho más profundo. Sin embargo, ni se le ocurría intentar modificar esa visión tan despreciable. Sería una pérdida de tiempo.
Ascendieron las escaleras que daban entrada al inmenso vestíbulo. Un mozo se acercó a ellas con una sonrisa tímida.
—¿En qué puedo ayudarlas? —preguntó gentilmente.
—Venimos a la fiesta de compromiso de la señorita Lena Luthor.
—Es en la segunda planta. Las acompañaré.
—No es necesario. Muchas gracias —se apresuró a contestar Kara antes de que Sam dijera nada. Al final de un, para su gusto, excesivamente engalanado pasillo, se encontraba el salón de actos. Lo sabía porque en él celebró su decimoctavo cumpleaños. Sus padres se empeñaron en exhibirla como un jamón en cualquier fiesta de pueblo. Solo faltó que alguien pujara por ella. La noche anterior habían discutido. Kara estaba cansada de la farsa de vida que llevaban. No fue un buen momento para decirles que quería estudiar fuera. Recordaba que l e preguntaron el porqué. Eso la enfado aún más. Para perderlos de vista les gritó fuera de sí. Su madre le cruzó la cara cuan larga la tenía. Al día siguiente parecía una prostituta de lo maquillada que iba para que no se notase el golpe. Nadie dijo nada. Las críticas si no se hacían por la espalda perdían su gracia. La persona ofendida debía enterarse una vez el comentario estuviese bien extendido y asentado, incluso que le diese tiempo a tener hijos. Aquel día no lo podría olvidar con facilidad. Se vistió acorde con el rostro y a su madre casi le da un infarto. Vio como se le hinchaba la vena del cuello cuando descendió las escaleras para mostrarse ante el público. Se había cambiado allí mismo. El vestido azul tipo princesa había pasado a ser un vestido rojo que dejaba poco a la imaginación. Para más inri, Kara se pavoneó como cualquier cabaretera. Incluso estuvo a punto de bajar al salón principal deslizándose sobre la barandilla, pero le pareció demasiado. Quería dejar en evidencia a sus padres no matarlos del disgusto. Al terminar la fiesta su madre le cruzó la otra mejilla. Para equilibrar. Desgraciadamente su bravuconería le costó más de lo que pensaba. Hubiese sido un escándalo si no fuera por la aparición estelar de Lena. Tenía que reconocer que todavía ahora no sabía con certeza lo que había pasado. No entendía y seguía sin entender todavía porque irrumpió completamente borracha llamando la atención de todos los presentes. Botella en mano, gritaba palabras sin ningún tipo de sentido. Gracias a ella su actuación quedó opacada, a su madre se le relajó la vena y su padre abandonó su cara de perro apaleado. ¡Cómo para olvidarse!
La voz aflautada de San la devolvió al presente.
—Las señoritas Samantha Arias y Kara Danvers.
Una joven que a Kara le resultaba familiar comprobó sus nombres en la lista. Al parecer eran muchos los invitados pues tuvo que pasar varios folios.
—Pueden pasar.
Alzó la vista hacia ellas y entonces recordó porque le parecía haberla visto antes. La había entrevistado par Cat-Co. Había sido una de las supervivientes del incendio que asoló la antigua biblioteca de la ciudad.
—¡Megan! ¿Qué tal? ¿Cómo va todo?
—Kara. Me alegra verte. Pues ganando un dinero extra. El sueldo de camarera no da para mucho. Espero que vuelvas pronto por el bar. Se te echa de menos. Tú compañera también está invitada.
—Gracias. Te tomo la palabra —dijo Sam con su típica sonrisa encantadora.
—¿Confraternizando con el populacho, hija? Siempre me decepcionas. Samantha —saludó con una mueca de desagrado.
La voz de Eliza hizo que Megan se pusiera firme.
—¿Metiéndote dónde no te llaman, madre? ¿Por qué no me sorprende?
Kara se giró hacia ella con gesto burlón.
—¡Vaya! Veo que tu cirujano plástico sigue en forma. ¿Ya has conseguido tener mi edad?
—Kara, querida, no pagues tu soledad conmigo. No es mi problema que ese amor tuyo te dejara.
Kara tenía que reconocer que su madre sabía dónde dar para hacer daño. Era una arpía de manual. Parecía sacada de una telenovela. Se la imaginó hablando con acento olvidando el resquemor que sus palabras le producían.
—¿Me estás escuchando?
—¿Qué?
—Uff, déjalo. Me desesperas. Voy a ver si encuentro a alguien que esté a mi altura. Samantha —repitió con desgana.
La vio marcharse en plan diva. No iba a decir que le alegrase que se llevaran mal. Ni mucho menos. Pero hacía años que dejó de esperar un mínimo gesto de cariño por su parte. Pocas cosas había más dolorosas que aferrarse a un imposible. Podría decir que bajo todas esas capas de maquillaje se escondía una persona que la quería. O que su comportamiento se justificaba por una infancia tormentosa. No era así. Era una mala madre por muy difícil que resultase aceptarlo. Era una pérdida de tiempo engañarse. No le importaba Kara.
—Los ricos también lloran —le dijo a una estupefacta Megan —. ¿Es tu primera vez con gente de mi calaña, verdad?
—¿Tanto se nota? —preguntó con una media sonrisa.
—Parece que has visto un fantasma.
—Es que no entiendo porque te trata así. Pareces buena gente.
—Si fuera buena gente no estaría aquí —confesó—. La mayoría de los que están anotados en esa lista matarían a su madre si con ello obtuvieran algún beneficio económico.
—Alguien a quien aprecio suele decir que las buenas personas son las que no reconocen que lo son porque una buena persona sabe que siempre puede mejorar.
—Parece una persona sabia.
—Lo es.
Kara y Sam empezaron a buscar a Cat entre el batiburrillo de gente que charlaba animadamente. Kara miró hacia atrás. Megan estaba en su puesto, atendiendo a los que llegaban. Cogió una copa de champan de una de las múltiples bandejas que circulaban en manos de atractivas camareras, mientras Sam decidía buscar por su cuenta. Todo fuera por alegrar la vista de los vejestorios que inundaban el lugar. No podía creer que Lena estuviera conforme con semejante despropósito.
—¡Vaya! Mirad quien se ha dignado a venir. Si es Kara tengo principios.
Lo que me faltaba. El hermano de Lena se acercaba con chulería. Era el primogénito y por tanto el heredero de todo el imperio Luthor.
—Lex, ¡cuánto tiempo! ¿Te ha salido bigote?
—A tu hermana le gustaba. No es cosa mía.
Kara tuvo que contenerse para no pegarle el puñetazo que, sin duda, se merecía.
—Siempre es un placer verte. Si me disculpas —dijo con sarcasmo.
Pasó a su lado. Había visto a Sam. Estaba hablando con Cat. Se acercó a ellas.
—Ten cuidado, esta mujer es una embaucadora —dijo Kara fingiendo estar enfadada.
—Y tu jefa, Kehra. Ya pensé que no ibas a dirigirte a esta pobre y desvalida mujer mayor.
—No eres pobre en ninguno de los sentidos de esa palabra.
—¡Oh, vamos Kehra, no seas así!
—Ya no soy quien era, ni lo voy a volver a ser, Cat. Creo que eso está bastante claro.
La tomó por el brazo para que se agachara a su altura.
—¿Ni siquiera por ella? ¿Tan pronto la has olvidado? —cuestionó en su oído.
Continuará...
