Jelou de nuevo!!! Esta vez sí, hemos cumplido con el plazo y aquí está el tercer capítulo de la historia, q por cierto, nos salió super largo... Esperamos que os guste, el próximo estará listo dentro de unos días (hay que corregir algunas cosillas...)

Disclaimer: pos lo de siempre... que los personajes no nos pertenecen, ni queremos quitarselos a rowling, que hace mu buen trabajo con ellos...

Respuestas a los reviews al final de la pagina...

3

Pánico en el callejón Diagon

-¡No nos los podemos llevar, Arthur! –exclamó la señora Weasley.

Era sábado por la mañana. Ya estaban a mediados de agosto, algo que asombró a Harry: el tiempo en la Madriguera pasaba muy deprisa y ya tan sólo faltaban dos semanas para volver de nuevo a Hogwarts. Él y Ron estaban desgnomizando el jardín cuando escucharon al señor y la señora Weasley a través de la ventana abierta. Harry y Ron intercambiaron una significativa mirada y se acercaron a la ventana. Los padres de Ron hablaban en la cocina y el señor Weasley sostenía en la mano un pergamino que acababa de recibir de una lechuza.

-Tenemos que ir a Grimmauld Place, ahora –razonó el señor Weasley-. No podemos dejar a los chicos aquí.

-Bueno, pues llámalos y díselo tú mismo –desistió la madre de Ron.

El señor Weasley fue hacia la puerta, pero se detuvo al ver las cabezas de Harry y Ron en la ventana. Comprendió que, como mínimo, habían escuchado la mayor parte de la conversación.

-Id a buscar vosotros a los demás.

Diez minutos después, todos los Weasley y Harry se encontraban frente a la chimenea. El señor Weasley les había explicado que iba a organizarse una reunión en el cuartel general de la Orden del Fénix, en Grimmauld Place, y que debían ir todos, puesto que dejarlos solos en casa sería peligroso. Harry sintió un nudo en la garganta, ya que el cuartel general era la antigua casa de los Black, la casa de Sirius, que ahora parecería vacía sin él.

-...Iremos mediante los polvos flu –indicó la señora Weasley -. Decid claramente "Número 12 de Grimmauld Place".

Aunque la primera vez que viajó a través de la Red Flu Harry se había perdido, no había vuelto a tener problema alguno con los polvos flu. En aquella ocasión llegó a la chimenea de la cocina de la casa de Sirius y encontró a Ron y Ginny, que habían ido antes que él, junto a Remus Lupin y Nymphadora Tonks

-Hola, Harry –le saludó alegremente Tonks. Ese día llevaba el pelo azul cielo recogido en una coleta.

A continuación, llegaron los gemelos, Bill y después los señores Weasley, quienes mandaron a Ron, Ginny, Fred, George y Harry al salón, puesto que la reunión iba a comenzar.

-¿Mamá¿no crees que...?

-¡Fred!

-¿... podríamos participar en las reuniones de la Orden?

-¡George!

La señora Weasley ya estaba más que harta de que sus dos hijos gemelos le dijesen que querían entrar en la Orden, pero ella seguía sin permitirlo, le parecían demasiado jóvenes a pesar de tener la mayoría de edad.

Cuando llegaron al salón, vieron allí a Kingsley Shacklebolt, Alastor Moody y Mundungus Fletcher, acompañados de otras personas que Harry no conocía... y Charlie Weasley.

Los hermanos Weasley se sorprendieron de verle allí, pues pensaban que estaba en Rumania, trabajando con los dragones.

-¿Qué haces aquí? –preguntó Ron mirando a su hermano mayor mientras Ginny lo abrazaba fuertemente.

-Vengo a presentar mi informe a la Orden –contestó Charlie sonriendo.

-¿Tu informe? –preguntaron a la vez los gemelos.

-Sí, en Rumania, además de trabajar con dragones, también trato de reclutar magos para la Orden del Fénix.

-¿En serio? –preguntó esta vez Ginny.

-Sí –volvió a contestar el segundo de los hermanos Weasley-, pero es confidencial, así que no me hagáis más preguntas.

La señora Weasley se asomó por la puerta y llamó a su hijo mayor:

-Charlie, cariño, vamos, te estamos esperando.

-Luego os veo.

Tras despeinar cariñosamente el cabello de Ginny, desapareció por la puerta del salón.

-¡Mira, Harry! –lo llamó Ron yendo hacia la pared-. Todavía está aquí el tapiz de los Black.

Harry lo miró. Un extenso tapiz negro bordado con hilo dorado mostraba el árbol genealógico de la familia de Sirius. El nombre de su padrino, al igual que algunos otros, estaba borrado con una quemadura. Miró alrededor, pero no vio ningún otro objeto que indicase que aquella casa perteneció a los Black.

Sin embargo, cuando salieron al corredor para recorrer la casa, sí que vieron unas largas cortinas que parecían tapar una ventana, aunque Harry sabía que en realidad era el cuadro de la señora Black; al parecer aún no habían conseguido deshacerse de él. Ron y Harry se separaron de los otros, y fueron a la habitación que habían compartido el verano pasado. Harry se acercó a un lienzo en blanco que colgaba en una pared. Unos segundos después, un hombre apareció en el marco.

-¿Qué tal, Phineas? –preguntó Harry.

El hombre del cuadro era Phineas Nigellus, antiguo director de Hogwarts y antepasado de Sirius.

-¿Otra vez vosotros aquí? –preguntó Phineas desagradablemente.

-Sí –respondió Harry con una mueca frente a la antipatía del retratado. Se le ocurrió una idea -. Oye, Phineas¿qué tal va todo en Hogwarts¿Ha pasado algo por allí?

-Ya lo creo. Dumbledore ha conseguido que se revoquen todos los Decretos de la Enseñanza que había impuesto la señora Umbridge.

-¡Bien! –exclamó Ron-. ¿Algo más?

-¿¡Qué os creéis que soy¿Vuestra secretaria? –y diciendo esto desapareció.

-No hacía falta que se pusiera así, que tío más borde… –murmuró Ron-. Vayamos abajo, tal vez la reunión ya haya terminado.

En efecto, desde el piso superior se podían oír las voces de varios magos que se encontraban en el rellano. También se escuchó un fuerte golpe y el aullido de la madre de Sirius, signo inequívoco de que Tonks había derribado algo, despertándola.

-¡...traidores, canallas¡Aún manchando esta casa con vuestra sucia presencia...!

Los gritos quedaron amortiguados al cerrar las cortinas, tapando a la señora Black. Harry y Ron bajaron a la cocina y encontraron a todos los Weasley (incluido Percy, que acababa de llegar), Tonks, Lupin y Mundungus.

Una vez más, los gemelos discutían con su madre, mientras los demás observaban la escena sin decir palabra:

-¡Ya somos mayores de edad!

-¡Pero todavía sois mis hijos, George¡No quiero que entréis en la Orden!

-¡Nosotros queremos hacer algo útil!

-¡Estamos hartos de que nos trates como a unos críos!

-¡Yo sólo quiero que no sufráis daño!

-¿¡Y Bill¿¡Y Charlie¿Qué me dices de Percy?

-¡No vais a entrar y punto¡Aún sois demasiado jóvenes!

Los gemelos salieron de la cocina, enfurecidos. La señora Weasley empezó a preparar la comida, malhumorada. Poco después, todos se habían reunido en torno a la mesa, y los gemelos aún no habían vuelto.

-¿Y qué tal por Rumania? –preguntó Ginny rompiendo el silencio.

-Bien –contestó Charlie-. En la reserva de dragones estamos trabajando duro últimamente. Norberto ha crecido mucho y nos trae de cabeza.

Ron y Harry se miraron sonrientes. Norberto era el dragón que Hagrid había escondido en su cabaña cuando ellos estaban en primero.

Resultaba extraño volver a encontrarse en Grimmauld Place, rodeado de aurores después de tanto tiempo sin haber pisado la mansión de los Black. Harry sabía que siempre que se encontrara en aquella casa una sensación de vacío lo embargaría, sin poder evitarlo de ningún modo.

Durante la comida, Ginny trató hábilmente de sonsacarle información a su hermano Charlie, que logró contestar con evasivas a todas y cada una de las preguntas. Por otra parte, Fred y George habían regresado a la cocina, dispuestos a dejar de lado su huelga de hambre como protesta en cuanto hubieron olfateado el delicioso guiso de la señora Weasley.

Cuando la familia Weasley al completo y Harry se disponían a abandonar Grimmauld Place a través de la chimenea, tal y como habían hecho a su llegada, un par de miembros de la Orden llegaron al cuartel general y una reunión de última hora se convocó en la cocina de nuevo, dejando una vez más fuera de aquel asunto a los más jóvenes.

-¡Oh, buenas tardes, Sturgis! –saludó la señora Weasley al recién llegado-. Permíteme tu chaqueta... Pasa a la cocina... Pero antes... –la señora Weasley se giró en dirección a los gemelos y apuntó hacia ellos con su varita-. ¡Accio orejas extensibles!

Al momento, varias orejas extensibles salieron de los escondites más insospechados, como los calcetines de George, el dobladillo del pantalón de Fred e incluso de los bolsillos de Ginny.

La señora Weasley dirigió una mirada de enojo a sus hijos, en especial a su hija pequeña, y desapareció tras la puerta de la cocina.

Mientras Harry, Ron y Ginny subían al piso superior decididos a jugar una partida de gobstones hasta que finalizara la reunión, los gemelos permanecieron frente a la cocina fulminando la puerta con la mirada y rezongando sin parar.

Cuando abrieron la puerta de una de las estancias, algo dejó a Harry sin respiración. La habitación no estaba vacía, alguien ocupaba una butaca en un rincón, alguien que no dejaba de murmurar.

-¡Oh, esos malditos mocosos han vuelto al hogar de la ama! –susurró Kreacher con odio, al tiempo que se ponía en pie con asombrosa agilidad-. Kreacher puede ver a dos de los hijos de los traidores a la sangre y... ¡Oh, sí¡Harry Potter ha vuelto! –el elfo miraba a Harry con un gesto calculador en su rostro.

El silencio se extendió en la estancia, a excepción de los murmullos provocados por Kreacher. Ron y Ginny observaban a Harry, esperando una reacción por su parte, pero nada ocurrió. Tras la muerte de Sirius, Harry había odiado a Bellatrix Lestrange, la culpable de la muerte de su padrino, así como a Kreacher. Pero, a pesar de que había pasado noches enteras de insomnio divagando acerca de todo cuanto había sucedido durante aquellos días, jamás se había parado a pensar en la suerte que hubiese corrido el detestable elfo. Ni se le había pasado por la cabeza que el elfo continuara en aquella casa… En aquellos momentos, la ira que Harry había sentido tras la pérdida de Sirius salió a flote, como si hubiese tratado de enterrarla muy a fondo, sin haberlo logrado.

-¿Qué demonios hace él aquí? –preguntó Harry, a nadie en concreto, con los dientes apretados.

-No tenía ni idea de que aún seguía en Grimmauld Place... –murmuró Ginny.

-Vayámonos... –dijo Ron, que se giró en dirección a la salida.

Pero Harry no se movió. Continuaba mirando fijamente al elfo, que había vuelto a dirigir su atención a los tres amigos. Algo estalló en el interior de Harry: Sirius había muerto por culpa de aquella criatura, y a cambio¿aún permanecía en Grimmauld Place como si nada hubiese ocurrido, como si no hubiese hecho nada malo, a pesar de que la ayuda que Kreacher había proporcionado a Voldemort había resultado definitiva en la balanza del mal contra el bien? Aquello era más de lo que Harry podía soportar... Sirius había muerto y nadie parecía haber hecho justicia en su nombre... Bien, pensó, entonces tal vez él mismo lo hiciera...

-Harry¿me oyes? –dijo Ginny-. Ron tiene razón, deberíamos bajar. Seguramente la reunión estará a punto de...

-¡No! –Harry estalló-. ¡¿Qué demonios hace él aquí¿Por qué después de haber contribuido en el plan de Voldemort para robar la profecía, sigue libre, como si no mereciese ser castigado por ello¡No puedo creerlo...!

-Harry... –Ron trató de tranquilizarlo, en vano.

-¿Es que nadie piensa hacer nada? –Harry continuó gritando, furioso-. ¡Es un maldito asesino!

-¡Oh, vaya, vaya! –murmuró Kreacher, excitado-. Parece que el joven Potter ha perdido la cabeza y se ha vuelto loco, al igual que el desgraciado del primogénito de mi ama, que...

Pero Kreacher no pudo terminar lo que se disponía a decir, ya que Harry, totalmente fuera de sí, se abalanzó contra el elfo, dispuesto a cometer cualquier locura.

-¡Harry, no! –exclamó Ginny, intentando sujetar el brazo de su amigo.

Sin embargo, alguien se interpuso entre los dos, impidiendo así una situación peliaguda. Harry se encontraba frente a Lupin, que lo miraba preocupado. Poco a poco consiguió recuperar la calma y el profesor Lupin dejó de agarrar fuertemente sus brazos. Mientras tanto, el elfo se había escabullido de la estancia. Al parecer, la reunión debía haber terminado y el escándalo que se había formado en el piso superior había atraído la atención de los miembros de la Orden.

-¿Estás bien, Harry? –preguntó Lupin.

-¡Por supuesto! –contestó con sarcasmo-. ¿Por qué debería encontrarme mal?

Lupin bajó la vista al suelo y un silencio sepulcral se extendió en la habitación, donde se encontraban, entre otros, los gemelos, serios en aquella ocasión, y la señora Weasley.

-¿Qué... qué demonios significa esto? –preguntó Harry, a quien le temblaba la voz.

-No es posible dejar libre a Kreacher, Harry, sabe demasiado sobre la Orden –respondió Lupin-. No había otra alternativa.

-¿Y quién ha hablado de darle la libertad? –Harry aún estaba exaltado-. A mí se me ocurren otras alternativas muy diferentes... –dijo con una voz sombría y una dura mirada nada corrientes en él.

-Sé que no hablas en serio –dijo Lupin-. Entiendo cómo te sientes, créeme, lo entiendo perfectamente, pero no hay otra cosa que podamos hacer.

Harry salió de la habitación como un vendaval frente a todos los presentes, y bajó las escaleras hacia el piso inferior rápidamente. Ni siquiera espero a la familia Weasley, sino que cogió un puñado de polvos flu que había sobre la chimenea y pronunció alto y claro su destino. Aterrizó bruscamente sobre el suelo de la cocina de la Madriguera y subió rápidamente a la habitación que compartía con Ron. Verdaderamente en aquellos momentos no quería ver a nadie, y fue como si le hubiesen leído el pensamiento, porque su amigo no apareció por su habitación, y la señora Weasley no lo llamó para la cena, consciente de que debía ser él quien, por su propio pie, decidiera abandonar el dormitorio.

Harry pensó que todo era muy injusto. Había perdido a sus padres, y su asesino, Lord Voldemort, se encontraba en libertad, recuperando de nuevo su poder. Colagusano, que a su vez había traicionado a sus padres y, por tanto, había contribuido en su muerte, a pesar de ser su amigo, tampoco había recibido castigo alguno por su delito. Semanas atrás había vuelto a sentir la pérdida de un ser querido, como lo era Sirius, y Bellatrix Lestrange, al igual que Kreacher, era libre. Harry había perdido demasiadas personas importantes en su vida y los culpables no habían pagado su deuda, nunca habían sufrido las consecuencias por el crimen cometido. Sirius, en cambio, había permanecido doce largos años en Azkaban, aun cuando era inocente de todos los cargos. Harry tenía la sensación de que aquellas personas que tanto daño habían causado jamás pagarían por lo que habían hecho, y eso sólo incrementó su sentimiento de impotencia y frustración.

En los siguientes días, tanto Fred como George se mostraban muy insistentes con el asunto de su participación en la Orden. A menudo, trataban de sonsacarle información a Charlie, que permanecería una temporada en la Madriguera, sobre la reunión establecida en Grimmauld Place, sin ningún éxito. Fred y George le perseguían constantemente por toda la casa, intentando convencerle para que hablara a su favor a la señora Weasley sobre su ingreso en la Orden. Charlie acabó tan harto que esquivaba a los gemelos cada vez que los veía aparecer. Ron utilizaba aquel asunto para tomarles el pelo a Fred y George, ya que él siempre era el blanco de sus bromas; de este modo podía tomarse la revancha.

-¿Qué os pasa Freddie y Georgie¿Mami no os deja tomar parte en la Orden del Fénix? –dijo Ron con una sonrisa burlona.

Fred lanzó una mirada asesina a su hermano pequeño y George soltó:

-Será mejor que mantengas tu bocaza cerrada si no quieres que Hermione se entere de que cierto pelirrojo está colado por ella.

A Ron se le borró la sonrisa de golpe y los gemelos se alejaron fingiendo hacerse carantoñas.

-¡Oh, Ronnie, te quiero mucho! –dijo Fred imitando la voz de Hermione.

-¡Yo también, cariño! –contestó George, parpadeando exageradamente en dirección a su gemelo.

Ginny miró extrañada a sus hermanos, al tiempo que Harry intentaba contener la risa por respeto a su amigo.

-¿Qué pasa? –preguntó Ginny.

-Nada, es sólo que... –empezó Harry. Ron se puso nervioso y consiguió acallarlo dándole un codazo en las costillas, sin poder evitar que sus orejas se tornaran de un rojo brillante.

-No es nada, tonterías de Fred y George –contestó Ron.

Harry sabía que Ron preferiría comerse un cubo entero de gusarajos antes de que Ginny se enterara de las bromas de los gemelos.

Esa misma mañana, la conversación durante el desayuno se centró en las Guías de Defensa Personal y del Hogar Elemental. Harry tuvo la oportunidad al fin de echarle un vistazo a la guía que habían recibido los Weasley: en ella se explicaban diferentes hechizos de defensa y la manera de repeler a los dementores, además de distintos consejos muy útiles.

-Han tardado más de lo previsto en editar las guías –explicó el señor Weasley cuando Harry y Ron entraron en la cocina-. La gente ya empezaba a perder la calma. Un montón de cartas han estado llegando al Ministerio a cuenta de este problema, y no digamos vociferadores.

-Ahora que la gente ya ha recibido las guías de defensa, puede que esté más tranquila –sugirió la señora Weasley.

-No creas, no pasa un día sin que recibamos una lechuza diciéndonos que Quien-tú-sabes ronda por sus casas –dijo el señor Weasley, estresado.

-¡La gente está loca! –exclamó Fred, mientras engullía un bollo de mantequilla.

-"¡Y e o cías!" –dijo George con la boca llena. Después de tragar, y ante las caras de incomprensión de los demás, aclaró-¡Y que lo digas!

-Lo peor que puede pasar es que la gente llegue al borde de la histeria y acabe haciendo comentarios fuera de lugar –dijo Percy.

-¿A qué te refieres? –preguntó Ginny, confusa.

-Una vecina del condado de Appleshire puso una denuncia en contra del Ministerio de Magia, asegurando que éste está del lado de El-que-no-debe-ser-nombrado. ¿Te lo puedes creer? –aclaró Percy.

-Sí, por suerte nada salió publicado en El Profeta, de otro modo el pánico hubiera cundido aún más –explicó el señor Weasley.

-Arthur, cariño, relájate un poco, esto es sólo el principio –dijo la señora Weasley en tono tranquilizador.

-Lo sé, Molly, lo sé.

Las vacaciones llegaban a su fin y aún no habían recibido noticias de Hermione. Incluso el habitual regalo de cumpleaños de su mejor amiga a Harry no había llegado.

Ron y Harry ya empezaban a preocuparse, pero Ginny los tranquilizó.

-No creo que se trate de nada serio. Puede que haya estado muy ocupada o incluso cabe la posibilidad de que haya estado en el extranjero, muy lejos de aquí.

Pocos días después, las habituales cartas de Hogwarts llegaron a la Madriguera. Harry tuvo la oportunidad de revisar durante el desayuno la lista de los libros que necesitaría mientras en la cocina se discutían los últimos acontecimientos:

-Es una lástima que Ginny no haya conseguido la insignia de prefecta –dijo la señora Weasley con un mohín de desilusión en el rostro.

-No te preocupes, mamá –dijo George-. A la larga es la mejor opción.

-George tiene razón, mamá –opinó Fred-. Mirá, el puesto de prefecto no tiene ningún beneficio, porque ¿acaso los profesores recompensan de algún modo todo el trabajo extra del que deben hacerse cargo los prefectos? –Fred formuló la pregunta como si se tratara del presentador de un concurso.

-No –respondió rápidamente George-. Así que...

-¡Dejad de decir estupideces! –exclamó la señora Weasley-. Ser prefecto no tiene nada de malo, al contrario...

-Por supuesto, mamá –Percy tomó parte en la disputa-. No hagas caso de esos dos, Ginny, sólo conseguirán llevarte por el mal camino –dijo dirigiéndose a su hermana-. Lo que no comprendo es por qué la profesora McGonagall ha prescindido de ti para el puesto: tus notas son muy buenas y nunca te has metido en líos... Creo que me veré obligado a mantener una extensa charla sobre este punto con el Consejo Escolar –dijo Percy con indignación.

-Percy, tranquilízate –contestó Ginny-. Hay alumnas mejor cualificadas que yo para ocupar el cargo de prefecta, eso es todo. Por mí no hay problema. Además, tampoco esperaba recibir la insignia –dijo honestamente.

-Pues no sé por qué –dijo Fred-. Después de que Ron recibiera la suya, todo es posible –Ron le lanzó a su hermano mayor un pedazo de pan a la cabeza ante este comentario.

-Muy gracioso, Fred –dijo Ron mordazmente-. La verdad, Ginny, es que ser prefecto no es nada del otro mundo: lo único que hacemos es ocuparnos de que nadie infrinja las normas y de ayudar a los profesores con asuntos relacionados con el alumnado. Puede que contemos con cierta autoridad, pero aún así sigue habiendo quien no nos respeta, así que...

-Mira, Ginny, Fred y yo no recibimos la insignia –explicó George-, y...

-Menudo precedente –murmuró Percy lo bastante alto como para ser oído.

-... Y –continuó Fred dirigiendo a su hermano una mirada asesina- me alegro de que tú tampoco hayas sido nombrada prefecta, porque...

-¡Cómo se te ocurre decirle eso a tu hermana! –exclamó la señora Weasley-. ¿Qué clase de ejemplo creéis que le estáis dando?

-¡Pero es la pura verdad, mamá! –gritó George-. Ser prefecto le quita toda la diversión a la vida en el colegio...

-Exacto –corroboró Fred-. Todo el mundo espera que el comportamiento de un prefecto sea impecable y respete todas las normas. ¡Nada de eso es compatible con hacer estallar unos cuantos petardos en la conserjería de Filch o tirar bombas fétidas por los pasillos¿Cómo pretendías que nos las arreglásemos para hacer estallar un caldero en clase de Pociones y tratar de imponer orden al mismo tiempo? –dijo ingenuamente el gemelo.

-No puedo estar más de acuerdo contigo, Fred –dijo George pomposamente mientras estrechaba la mano de su hermano.

-No haber conseguido el puesto de prefecto no tiene nada de malo –dijo Fred-. Harry tampoco es prefecto. Y nos sentimos orgullosos de ti por ello, pequeño Harry –Fred estrechó el carrillo de Harry y los demás no pudieron evitar echarse a reír. Todos, excepto la señora Weasley, que miraba a sus hijos con el ceño fruncido.

-Por supuesto. Además, ya estabamos hartos de ser los únicos en la familia que hubiesen deshonrado el honor de los Weasley. Ya eres una de los nuestros, hermanita –comentó George en tono jocoso.

Ginny no pudo evitar soltar una carcajada.

-Me doy por vencida con vosotros dos –resopló la señora Weasley.

Mientras Harry observaba la escena, y en especial a Ginny, pensó que realmente nunca habría podido imaginar a la muchacha como prefecta. Cierto era que jamás se había metido en problemas o había sembrado el caos tal como acostumbraban a hacer Fred y George, pero a decir verdad, Harry veía a Ginny más cerca de ser una versión suavizada de los gemelos que de Percy. Tal vez aquel curso, mientras Ron y Hermione cumplían con sus deberes como prefectos, Harry tendría la oportunidad de ahondar en su relación con Ginny.

Cuando tan sólo faltaban tres días para iniciar el curso, decidieron que ya era hora de viajar al callejón Diagon en busca de sus nuevos libros e ingredientes para pociones.

Harry revisó la lista de libros que debería comprar según las asignaturas que escogería al comenzar el curso (los alumnos de sexto deberían de llevar a cabo su elección a partir de los TIMOS conseguidos):

Los estudiantes de sexto curso necesitarán algunos de los siguientes libros según su elección respecto a las asignaturas:

-Transformaciones, nivel avanzado, Emeric Switch.

-Libro reglamentario de hechizos, curso 6º, Miranda Goshawk.

-Gran Enciclopedia de plantas curativas, Ethan McQueen.

-Historia de la Magia Moderna, Batilda Bagshot.

-Diccionario ilustrado de Runas, J.R.R Koltien.

-Venenos, antídotos y demás pociones, Cinuro Mortis.

-Bestias indomables, criaturas y otros seres mágicos, Quid Adin Conjagrid

-Maldiciones y contramaldiciones, Demein Tors.

-Todo sobre los muggles, Maggie Thompson.

-Astronomía: El universo a nuestro alrededor, Andrómeda Plutonus.

Harry no necesitaría ni el libro sobre Historia de la Magia, Estudios Muggles, Astronomía, Runas y Aritmancia, sin embargo, debería comprar el resto en Flourish y Blotts.

Ese mismo día irían al callejón Diagon, como ya había dicho la señora Weasley la noche anterior. El señor Weasley, Percy y Bill habían salido temprano hacia el Ministerio, y los gemelos habían ido a trabajar a Sortilegios Weasley. Charlie, por el contrario, acompañaría a los demás al callejón.

Mediante los polvos flu (una manera de viajar que Harry odiaba) llegaron a la chimenea de Flourish y Blotts, donde compraron todo el material necesario, no sin antes pasar por Gringotts. Más tarde, se dirigieron a la tienda de Túnicas para Cualquier Ocasión de la señora Malkin, ya que a Harry las túnicas negras que utilizaba en Hogwarts para los días de diario le quedaban demasiado cortas. Tras hacer todas las compras necesarias, Harry y Ron decidieron explorar las tiendas por su cuenta, separándose así de Ginny, Charlie y la señora Weasley.

Los chicos se dirigieron hacia la tienda de los gemelos, Sortilegios Weasley, pues aunque Harry había oído hablar mucho acerca de ella, no había estado aún allí.

Un letrero de madera colocado en la entrada con letras de vivos colores rezaba "Sortilegios Weasley". En el escaparate, Harry pudo ver todo tipo de artículos de broma, desde varitas de pega hasta galletas de canario. La tienda estaba llena a rebosar. La mayoría de los clientes lo formaban grupos de jóvenes gamberros dispuestos a sembrar el caos en Hogwarts. Ese año sería la perdición de Filch, el conserje de la escuela. Harry y Ron se encontraron con Seamus Finnigan e incluso con Ernie Macmillan, algo que sorprendió a Harry, pues Ernie era un chico formal y estudioso que no se dedicaba al desorden, algo así como la versión masculina de Hermione.

Harry se fijó en un gran cartel colocado al lado de la puerta de salida, encabezado por el título "Novedades":

-Chicles Crecepelo: "El sueño de todo calvo durante diez minutos".

-Caramelos Vociferadores: "Chilla como un maníaco poseso".

-Piruleta Bomba: "Chamusca a tus compañeros con el aliento".

-Píldoras de Goma: "Elasticidad 100 asegurada".

-Pipas de Autoplantación: "Tu propia plantación de girasoles en la cabeza".

Tras saludar a los gemelos, Harry y Ron salieron de la tienda con los bolsillos considerablemente llenos. Se dirigieron entonces hacia la tienda de Artículos de Calidad para el Juego del Quidditch, donde Ron estuvo durante al menos media hora admirando una túnica de los Chudley Cannons, y no se separó del escaparate hasta que Harry lo arrastró lejos de allí.

Cerca del mediodía, Harry invitó a Ron a un helado de vainilla y caramelo en la heladería Florean Fortescue. Comieron apaciblemente en la terraza mientras charlaban animadamente sobre la liga de quidditch.

-No creo que los Tutshill Tornados tengan muchas oportunidades de ganar la liga, fíjate en la paliza que le metieron los Wigtown Wanderers... –explicó Ron a Harry mientras éste pagaba los helados recién comidos y se dirigían hacia la concurrida calle-. Sin embargo, los Chudley Cannons van octavos en la liga, si...

-¡Ron¡Harry! –gritó una voz a lo lejos. Ambos se giraron para saber quién los llamaba, y pudieron ver como desde la tienda de animales y mascotas una chica morena los saludaba y corría hacia ellos.

Era, sin duda, Hermione.

-¡Chicos, cuanto me alegro de veros! –dijo cuando ya se encontraba a la par de estos. Primero dio un fuerte abrazo a Harry, preguntándole cómo se encontraba. A continuación se acercó a Ron, quien enrojeció hasta la raíz del pelo cuando la muchacha le dio un beso en la mejilla.

-¿Cómo has llegado hasta aquí? –preguntó Harry.

-Oh, vine con mis padres en metro. Bueno¿qué tal el verano? –preguntó Hermione-. Espero que no haya sido demasiado dura la temporada que pasaste con los Dursley –dijo dirigiéndose a Harry.

-Bueno, no... –empezó Harry.

-Espera, espera, espera… -interrumpió el pelirrojo-. ¿¡Que qué tal el verano!? Pero bueno¿y tú dónde te metes, si se puede saber¡Ni una miserable carta, ni una respuesta¿Dónde has estado todo este tiempo? –Ron había soltado todas las preguntas de golpe, sin dejar tiempo a que Hermione ni tan siquiera abriera la boca.

-Pero¿qué es lo que le pasa? –preguntó ella a Harry, algo confusa. Éste se encogió de hombros, simulando no entender la reacción de Ron, aunque ésta podía resumirse en una palabra: celos.

-Bueno, entonces¿qué¿No tienes nada que contarnos? –insistió Ron, tozudo.

Los chicos siguieron caminando por la concurrida calle.

-He estado en Bulgaria pasando las vacaciones con Viktor –Hermione dijo esto muy rápido, posiblemente para que Ron no la interrumpiera con otro estallido de furia incontrolable.

-¿Qué…cómo¿En serio?–balbuceó Ron parándose en mitad de la calle, mientras sus orejas enrojecían hasta tal punto que Harry pensó que era un milagro que no echaran humo.

Algunas de las personas que hacían sus compras cotidianas tenían que esquivar al chico, que seguía plantado en medio. Parecía que intentaba controlarse para no montar una escena.

-Bueno, a principios de verano me llegó una lechuza de Bulgaria. En ella Viktor me decía que le encantaría tenerme como invitada en su casa durante las vacaciones. A mis padres no les pareció mal, así que, bueno...

-¿Así que te fuiste con ese... con ese...? –Ron parecía no saber cómo acabar la frase.

-Ron, Viktor es un chico realmente encantador, fue todo un detalle por su parte invitarnos a mí y a mis padres a su casa…Además, tu no le conoces y…

-¡No, claro, yo no conozco a Vicky tan bien como tú¡Hermione, él es mucho mayor! Espera… ¿tus padres¿Fuisteis los tres¿Para qué iba a querer que tus padres fueran a Bulgaria? –Ron abrió muchísimo los ojos -. ¡Por Merlin¡Ese tío quiere hacer lo vuestro oficial!

-¿¡Pero qué tonterías estás diciendo!? –Hermione, que hasta el momento había intentado razonar sobre el tema, abandonó por completo esa intención-. ¿Qué tiene que ver que invitara a mis padres? Viktor y yo somos muy buenos amigos y no...

-¿¡Amigos¡Vamos, Hermione¡No seas ingenua, a Krum nunca le has interesado como amiga y tú lo sabes!

Algunos de los transeúntes se giraron al oír las exclamaciones.

-¿¡Será posible¿Y a ti que te importa la relación que hay entre Viktor y yo? –estalló Hermione, totalmente colorada tras darse cuenta de lo que acababa de decir.

-¿Cómo? Acaso tú y Krum... –pero Ron no pudo continuar, ya que en ese instante, a lo lejos, se oyó un estallido, parecido a una explosión, con lo que las personas que estaban a su alrededor dejaron de prestarles atención. Desde el otro extremo de la calle algunos magos y brujas bajaban corriendo.

-¿Qué es lo que...? –Harry no terminó la frase. Su mirada se dirigió hacia el cielo y lo que vio le heló la sangre.

Allí arriba, algo grande, verde y brillante contrastaba con el cielo azul. Se trataba de una calavera de tamaño colosal, compuesta por lo que parecían estrellas de color esmeralda y con una lengua en forma de serpiente que salía de su boca. Era, sin lugar a dudas, la Marca Tenebrosa, el símbolo de Lord Voldemort. Harry observaba aquella imagen, que se alzaba más y más, resplandeciendo en una bruma de humo verdoso, estampada en el cielo.

-Dios mío... –susurró Hermione agarrando a Ron fuertemente por el brazo.

En pocos segundos, el pánico había cundido totalmente en el callejón Diagon. La gente dirigía el rostro hacia la figura verde y, acto seguido, tiraba las compras que había hecho para echar a correr rápidamente, en un desesperado intento por ponerse a salvo.

-¡Hay que salir de aquí! –gritó Harry tratando de mantenerse en pie a pesar de los empellones que le propinaban los magos y brujas que corrían, y sacando su varita del bolsillo de los pantalones.

-¡Vayamos a la tienda de mis hermanos! –propuso Ron luchando contra la marea descontrolada de personas que lo separaban de sus amigos.

Avanzaron todo lo deprisa que podían, teniendo en cuenta que la calle estaba colapsada. Estaban pasando junto a la tienda de Ollivander, cuando Hermione se detuvo en seco con cara de susto.

-¡Mis padres! –exclamó.

-¿¡Qué¿Están aquí? –el miedo asomó al rostro de Harry. Sabía que los padres de Hermione corrían mayor peligro por el hecho de ser muggles. Los mortífagos no dudarían en acabar con ellos si se les presentaba la ocasión.

-¡Sí¡Oh, cielos¿Y si...? –la chica se mesó las manos con histeria.

-¿Sabes dónde pueden estar en estos momentos? –preguntó Ron con determinación, apartándola del camino de un mago robusto que corría calle abajo.

-Pues... tal vez... en Gringotts, me dijeron que iban a cambiar libras por dinero mágico.

-Bien, vamos.

-Espera, Harry –Ron agarró a su amigo por el brazo-, tal vez Hermione debiera ir a la tienda directamente.

-¿Qué insinúas? Yo puedo enfrentarme a ellos igual que vosot...

-No lo digo por eso –masculló Ron con exasperación-, si no porque tú corres más peligro por ser hija de muggles.

-Yo no me voy de aquí sin mis padres. Así que vamos, no vais a convencerme.

Harry se encogió de hombros, a pesar de que Ron apretaba la mandíbula en señal de desaprobación.

Se dirigieron hacia el edificio blanco que era el banco de los magos, pero cuando Harry, que iba el primero, llegó a la entrada de la edificación, se encontró con que estaba solo. Ron y Hermione habían desaparecido.

Miró entre la gente intentando vislumbrarlos, pero su estatura no le permitía ver por encima de los magos más altos. Tampoco había rastro de los señores Granger.

Dudó sobre lo que tenía que hacer: volver a la tienda de los gemelos o buscar a Ron y Hermione. Estaba pensando qué hacer cuando, tras un potente estruendo, la cúpula dorada que coronaba Gringotts se derrumbó entre cascotes y cristales.

Aturdido, Harry se apartó de allí y sacudió la cabeza intentando despejarse. Pero el dolor persistía y se preguntó si estaría herido. Esperando encontrarla ensangrentada, se llevó la mano a la frente, pero de repente se dio cuenta de que aquel dolor no lo había producido ninguna herida; la cicatriz le ardía.

Levantó la miraba agarrando la varita con fuerza y temeroso de lo que podía encontrar.

Delante de él había un hombre vestido con una túnica negra que llevaba una máscara blanca, exactamente igual que los mortífagos en los Mundiales de Quidditch. El encapuchado le miraba fijamente y aunque Harry no podía ver la expresión de su rostro, sintió el profundo odio que despedían sus ojos.

Como el mortífago llevaba el rostro cubierto, Harry no vio que abría la boca, pero en cuanto percibió que un sonido ahogado atravesaba la máscara levantó su varita y gritó:

-¡Impedimenta!

El hechizo que le había lanzado el encapuchado se desvió hasta chocar contra una columna de mármol de Gringotts, que se resquebrajó ruidosamente. El enmascarado volvió a levantar la varita, pero antes de que pudiera llevar a cabo alguna maldición, varios destellos rojos surgieron desde distintas direcciones, dándole de lleno al mortífago, que cayó inconsciente al suelo.

Harry miró a su alrededor sin aflojar la presión con la que agarraba la varita. Vio que unas figuras corrían en su dirección y levantó la varita hacia ellas, preparado para cualquier cosa.

-¡Harry! –le llamó una voz conocida. Una bruja de pelo azul eléctrico llegaba junto a él con la respiración agitada.

-¿Tonks? –preguntó inseguro.

-Sí, sí, soy yo –Tonks le agarró del brazo y tiró de él-. Vamos, tienes que salir de aquí.

A Harry le pareció ver que entre los compañeros de Tonks se encontraban Ojoloco Moody y Remus Lupin. Estos se apresuraron a entrar en Gringotts mientras un par de hombres vestidos de negro y pertenecientes a la Orden se acercaban al mortífago inconsciente.

-¿Adónde vamos? –preguntó Harry mientras él y Tonks corrían por el callejón Diagon, donde ya no había tantos magos.

-Tienes que reunirte con los Weasley, te acompañaré hasta la tienda de los gemelos y luego yo volveré a Gringotts.

-¿Qué es lo que ha ocurrido? –volvió a preguntar Harry.

-Todavía no estamos seguros, pero está claro que ha sido un ataque muy bien planeando. Ya hemos llegado. Venga, Harry, entra –le dijo señalándole la puerta de Sortilegios Weasley.

-¡Espera! –exclamó el muchacho recordando de repente-. ¡Ron y Hermione! Los perdí de vista cuando...

-Creo que ya están aquí –le interrumpió Tonks esbozando una sonrisa cansada-. Espero que nos volvamos a ver pronto, Harry. ¡Adiós!

-Adiós –murmuró Harry cerrando la puerta tras de sí y viéndola alejarse de nuevo.

-¡Harry! –un grito a sus espaldas le hizo sobresaltarse y al girarse le dio tiempo de distinguir a la señora Weasley antes de que ésta le abrazara con fuerza-. ¡Oh, menos mal que estás bien¡Estábamos tan asustados!

-Pero Ron... y Hermione... y los señores Granger...

-Están todos aquí, cielo, llegaron hace un rato. Arthur y Bill encontraron a los señores Granger y los trajeron. Pero cuando Hermione y Ron llegaron sin ti... bueno, eso ahora no importa, tenemos que salir de aquí.

Los dos fueron hasta la trastienda, donde Ginny, Ron, Hermione, los gemelos y los señores Granger estaban frente a la chimenea.

-Es muy fácil –les decía Hermione a sus padres-, sólo tenéis que decir muy claramente adonde queréis ir y manteneros con los brazos pegados al cuerpo, muy quietos, y...

-¡Harry! –exclamó Ron con alivio al ver a su amigo.

-¿Qué pasa? –preguntó Harry mientras George les ofrecía a los señores Granger un cuenco lleno de polvos flu, que estos miraron con escepticismo.

-Tenemos que irnos de aquí –le informó Ron con nerviosismo-, ya has visto la Marca, y nadie sabe si El-que-no-debe-ser-nombrado está aquí, así que será mejor que nos alejemos. Iremos con los polvos flu hasta la Madriguera.

Ginny fue la primera en meterse en la chimenea, y tras pronunciar con decisión "¡A la Madriguera!", las llamas verdes se la tragaron. La señora Granger miró horrorizada en lugar en el que, segundos antes, había estado Ginny.

-Tranquila, mamá –le dijo Hermione, agarrándola por el antebrazo-; no quema.

A Ginny le siguió Ron, y a éste Harry. Cuando llegó a la Madriguera, su amigo le tendió una mano todavía manchada de hollín para ayudarle a ponerse en pie. Los tres se quedaron a unos metros de la chimenea, esperando al resto de los Weasley y a los Granger. Sin embargo, pasaban los minutos y nadie llegaba.

-¿Por qué tardan tanto? –preguntó Ron con impaciencia.

-No les habrá pasado nada¿verdad? –murmuró Ginny en un susurro.

Observaron con aprensión la salida de la chimenea, hasta que de repente, se escuchó un pequeño estallido y una nube de hollín dio paso al señor Granger, que salió tosiendo y mirando en todas direcciones con sorpresa. Cuando vio a los tres jóvenes, les sonrió con una mezcla de nerviosismo y satisfacción.

-Es mejor que se aparte de ahí, señor Granger –le aconsejó Ron señalando la chimenea-. Todavía tienen que llegar más personas.

Nada más pronunciar estas palabras, las llamas expulsaron a la madre de Hermione, que se puso en pie torpemente con ayuda de su marido y de Ginny, que les ofreció un cepillo para que limpiaran el hollín de sus ropas.

La siguiente en llegar fue Hermione, que cayó aparatosamente en el suelo y se puso en pie de un salto. Cuando vio a sus padres les sonrió.

-No ha estado mal¿no? –la muchacha se giró hacia Ron y Ginny-. Vuestra madre está discutiendo con vuestros hermanos, que no quieren irse de allí. Dicen que se quedan para ayudar a la Orden.

Ginny soltó un gemido y miró el reloj que había colocado en un rincón de la pared. En aquel momento las manecillas de Fred y George señalaban el rotulo de "En el trabajo" y la de la señora Weasley apuntaba hacia el cartelito que decía "Viajando".

Finalmente, llegó la señora Weasley, farfullando por lo bajo. Tenía aquel aspecto terrible que Harry le había visto en varias ocasiones, cuando se enfadaba con sus hijos.

-¿Cómo se atreven a...? –su expresión se suavizó al ver a los presentes, sobre todo a los señores Granger-. Vayamos a la sala de estar a tomar algo.

Ron, Ginny, Harry y Hermione, sin embargo, subieron a la habitación del pelirrojo, mientras la señora Weasley les servía té y unas pastas a los señores Granger.

Harry, quien fue el último en entrar al dormitorio, cerró la puerta tras de sí.

-Ha sido horrible –susurró Ginny, que había tomado asiento en la cama donde dormía Harry.

-Aún no puedo creer que se montara todo ese jaleo –dijo Ron, todavía impresionado-. ¿Creéis que alguien halla podido... resultar herido o...? –no acabó la frase.

-Espero que no –repuso Hermione.

Ron ya se había acomodado en su cama, junto a Harry, mientras Hermione se sentaba al lado de Ginny.

-¿Dónde os metisteis? Quiero decir, cuando nos separamos –preguntó Harry.

-¿Y tú? Cuando miramos hacia delante ya no estabas –contestó Hermione-. Intentamos buscarte, pero era imposible, había un montón de gente gritando, empujándonos y... Aún no puedo creer que hicieran algo así a plena luz del día y en el callejón Diagon.

-No sé qué esperabas, Voldemort ha regresado, así que supongo que este tipo de situaciones se repetirán en un futuro –dijo Harry sombríamente.

Hubo un incomodo silencio roto por Ron:

-Bueno, y tú¿qué hiciste después de que nos separásemos?

-Me encontré con Tonks justo cuando... –Harry calló. No quería que sus amigos se preocuparan al decirles que un mortífago, que le había reconocido, había estado a punto de acabar con él.

-¿Cuándo qué? –preguntó Ginny.

Harry decidió que no tenía sentido ocultárselo.

-Me encontré frente a frente con un mortífago y... estuvo a punto de atacarme –Harry dijo esto muy deprisa con la mirada baja. Cuando la levantó vio que sus tres amigos lo miraban, completamente pálidos.

-Pero en ese momento llegaron Lupin y Moody... y bueno, muchos más aurores, así que no pasó nada –se apresuró a decir Harry-. ¿Y vosotros?

-Estábamos tratando de buscarte cuando nos encontramos por casualidad con mi padre y mi hermano Bill. Estaban con los padres de Hermione –explicó Ron-. Nos ordenaron que fuéramos a la tienda de Fred y George, porque era una situación muy peligrosa. Dijeron que ellos se encargarían de buscarte.

-Así que Bill nos acompañó hasta Sortilegios Weasley, junto con mis padres –siguió Hermione-. Ginny y la señora Weasley ya estaban allí. Esperábamos que tú llegaras en cualquier momento.

-Tardabas mucho en llegar, pensamos que... –dijo Ginny con voz apagada-. Mamá, Charlie y yo estabamos en la tienda de la señora Malkin cuando todo empezó, y enseguida fuimos a Sortilegios Weasley. Fred y George estaban a punto de cerrar para ir a ayudar, pero mamá se negó en rotundo. ¡No veáis qué bronca!

-Bueno, menos mal que al final todos hemos salido bien parados –dijo Hermione-. Esperemos que no haya habido ningún herido de gravedad.

-En cualquier caso, mañana lo sabremos por El Profeta –puntualizó Harry.

Poco después, desde el comedor se oyó a la madre de Hermione llamando a su hija:

-¡Hermione, cariño, tenemos que irnos!

Los chicos bajaron al piso inferior. Los señores Granger se encontraban cerca de la chimenea, mientras la señora Weasley revisaba la maceta que contenía los polvos flu:

-Hermione, hija, tenemos que regresar –explicó el señor Granger cuando la chica entró al comedor.

-Llegaréis hasta el Caldero Chorreante mediante los polvos flu, Arthur se ha comunicado conmigo y ya está todo tranquilo por esa zona –aclaró la señora Weasley.

-Gracias por todo, Molly –agradeció la señora Granger-. Si no hubiera sido por vosotros...

-Eso ni lo menciones. Espero que no haya nada que lamentar... –susurró la señora Weasley-. Bueno, hasta pronto, espero.

-Sí, pero en otras condiciones –dijo el señor Granger con un tono sombrío.

Mientras los padres de Hermione se dirigían a la chimenea, ésta se despedía de sus amigos:

-Nos veremos en el tren de Hogwarts, chicos –dijo abrazando por último a Harry.

Segundos después, tras gritar "¡Al Caldero Chorreante!", la familia Granger desapareció entre las llamas.

Aquella noche, aunque todos se acostaron temprano, a Harry le costó conciliar el sueño. ¿Realmente Voldemort había estado en el callejón Diagon? Y si así era¿lo buscaba a él?

De pronto, escuchó voces en el piso de abajo. Debía ser el padre de Ron. Cuando ellos se habían acostado, él aún no había llegado. Harry miró su reloj; marcaba la una. Giró la cabeza hacia la cama de Ron, donde el pelirrojo dormía plácidamente. No se lo pensó dos veces, se levantó de la cama y salió de la habitación intentando hacer el menor ruido posible.

Eran los señores Weasley los que charlaban en la sala de estar. Harry se sentó en las escaleras, desde allí podría escuchar sin ser visto.

-... un montón de mortífagos, Molly. Ha sido un milagro que nadie haya muerto –explicaba el señor Weasley, nervioso-. Hay heridos muy graves, pero por suerte no ha llegado a más.

-¿Se ha podido atrapar a alguno de ellos? –preguntó la señora Weasley.

-Desgraciadamente no, son muy escurridizos. Era una especie de aviso de lo que pueden llegar a hacer. Este tipo de ataques se darán a menudo, y la próxima vez no habrá tanta suerte.

Hubo un silencio interrumpido por el señor Weasley.

-Ojoloco asegura que Quien-tú-sabes podía encontrarse allí. Cree que tal vez iba tras Harry.

-Ya conoces a Ojoloco, fantasea con este tipo de cosas.

-Sí, Molly, pero él es uno de los mejores aurores que existen y nunca se equivoca. Puede que sea demasiado excéntrico, pero tiene buen olfato en lo que a magos tenebrosos se refiere.

-¿Quieres decir que sigue yendo tras Harry? Pero¿por qué habría de hacerlo? –el rostro de la señora Weasley se contrajo por el miedo.

Su nombre había aparecido en la conversación, como el ya temía que sucedería, de modo que no dejaría de escuchar ni por todo el oro mágico de Gringotts.

-Yo tampoco lo entiendo, pero sea lo que sea, seguro que tiene que ver con esa dichosa profecía –dijo el señor Weasley.

-Pero¿acaso tú sabes de qué trata?

-No, sólo Dumbledore la conoce. Únicamente sé que trata sobre Harry y Quien-tú-sabes.

-Pobre muchacho¿es qué acaso no ha tenido ya suficiente con lo de Sirius¿Hasta cuando va a tener que soportar situaciones como ésta? No es más que un niño...

-Molly, Harry ya no es un niño, hace mucho que dejó de serlo. Ha madurado mucho más rápido que cualquier chico de su edad, al fin y al cabo, se ha enfrentado a peligros con los que ni el auror más experimentado ha tenido que ver. Y tan sólo tiene dieciséis años...

Tras una larga pausa, la señora Weasley habló de nuevo:

-Arthur, querido, será mejor que vayamos a descansar, lo necesitas, ha sido un día agotador para todos.

Harry se apresuró a subir a la habitación, no quería que supieran que había estado escuchando a hurtadillas aquella conversación.

Entró rápidamente en la habitación y se acostó, pero no logró conciliar el sueño hasta bien entrada la noche. Todos sospechaban acerca de la posibilidad de que la profecía era una pieza importante del puzzle, sin embargo, tan sólo Dumbledore y él sabían de su contenido. Harry quería poner al tanto de todo a Ron y Hermione, pero no quería que se preocuparan en exceso, que era lo que precisamente harían, conocía bien a sus amigos. Harry se durmió inmerso en estos pensamientos.

Tanto Harry como Ron despertaron temprano al día siguiente. Se vistieron mientras conversaban y bajaron a desayunar, esperando encontrar un extenso artículo en El Profeta sobre lo ocurrido en el callejón Diagon.

Y así fue. Cuando llegaron a la cocina se encontraron con que el señor Weasley estaba inmerso en la lectura del periódico mientras la señora Weasley leía por encima de su hombro. Harry y Ron tomaron asiento y se concentraron en sus gachas de avena. Minutos después, el señor Weasley terminó de leer El Profeta, lo dobló y lo dejó sobre la mesa.

-Me sorprende bastante que no hayan exagerado la situación, sobre todo teniendo en cuenta quien lo ha escrito –dijo el señor Weasley.

Harry y Ron se abalanzaron sobre el periódico y se dispusieron a leerlo:

TERROR EN EL CALLEJÓN DIAGON

El callejón Diagon fue arrasado por un numeroso grupo de mortífagos ayer al mediodía, informa nuestra reportera Rita Skeeter. El callejón se encontraba atestado de magos y brujas que efectuaban sus compras, puesto que el ataque se dio en hora punta. Afortunadamente, no ha habido ningún fallecido y las víctimas heridas de gravedad se recuperan favorablemente en el Hospital San Mungo de Heridas Mágicas.

A las doce y media de la mañana, unos quince mortífagos se aparecieron en el callejón y tras invocar la Marca Tenebrosa, símbolo de El-que-no-debe-ser-nombrado, sembraron el caos. Devastaron todo tipo de tiendas y arrasaron la fachada del banco mágico, Gringotts. Por suerte, los gnomos que custodian el dinero mágico están preparados para cualquier eventualidad y sellaron rápidamente todas las cámaras y depósitos. Desgraciadamente, ningún mortífago fue capturado.

En estos momentos, magos expertos en reconstrucción y reparación restauran el banco y todo cuanto ha sido destruido. Los aurores acudieron raudos a la llamada de emergencia del Ministerio; parece ser que la nueva ministra en funciones está haciendo un buen trabajo respecto a la preparación de los cazadores de magos tenebrosos.

Sólo cabe esperar que la actuación de los aurores siga siendo igual de efectiva en un futuro, en el que, seguro, este tipo de ataques se repetirán. Al contrario que el ex ministro Cornelius Fudge, quien intentó restar credibilidad a la palabra de Harry Potter y Albus Dumbledore, que no cesaron en su empeño por que la verdad se supiera, Eliadora Slaughter Marchbanks parece estar haciendo un buen trabajo.

Rita Skeeter

La verdad, pensó Harry, era que se trataba de algo insólito que Rita Skeeter se hubiera conformado con relatar la verdad, sin añadirle algún macabro asesinato o alguna que otra mentira con que adornar el artículo.

-Supongo que el Ministerio vigila de cerca qué es lo que se publica para que la gente no se ponga histérica –apuntó Ron locuazmente.

De pronto, una lechuza de color pardo entró volando por la ventana abierta de la cocina y dejó caer un sobre delante de Harry. La lechuza sorbió un poco de agua del bebedero de Errol y a continuación emprendió el vuelo.

-¿De quién es?

Harry cogió la carta y reconoció el emblema del Ministerio de Magia. Extrañado, abrió el sobre y leyó en voz alta:

Estimado Señor Potter:

Hemos recibido la información de que un hechizo defensivo ha sido usado en el callejón Diagon ayer mismo a las doce y treinta y cinco minutos del mediodía.

Como usted bien sabe, a los magos menores de edad no se les permite realizar conjuros fuera del recinto escolar, y reincidir en el uso de la magia podría acarrearle la expulsión del colegio (Decreto para la moderada limitación de la brujería en menores de edad, 1875, artículo tercero).

Asimismo, le recordamos que se considera falta grave realizar cualquier actividad mágica que entrañe un riesgo de ser advertida por miembros de la comunidad no mágica o muggles (Sección decimotercera de la Confederación Internacional del Estatuto del Secreto de los Brujos).

Sin embargo, su caso es una excepción, puesto que según la información recibida, realizó el conjuro en una situación en la que su vida se veía amenazada. La cláusula número siete del Decreto estipula que se puede emplear la magia en circunstancias excepcionales, por lo que no será castigado o expulsado del colegio de Magia y Hechicería, Hogwarts.

Afectuosamente,

Mafalda Hopkirk

Departamento Contra el Uso Indebido de la Magia

Ministerio de Magia

-¿Hiciste magia en el callejón Diagon, Harry? –preguntó el señor Weasley.

-Sí –respondió Harry-, bueno, tuve que hacerlo, porque un mortífago estuvo a punto de atacarme y...

-¡¿Qué un mortífago estuvo a punto de atacarte?! –la señora Weasley no había podido evitar un grito y se había llevado la mano al pecho, angustiada. Harry ya se había arrepentido de haber abierto la boca.

-Sí, pero no pasó nada –se apresuró a aclarar Harry-, porque llegaron Lupin y Tonks, así que...

-No nos dijiste que hubieras hecho magia –dijo Ron.

-Se me olvidó, ni siquiera pensé en ello después –Harry se encogió de hombros-. Lo que me resulta extraño es que hayan tardado tanto en enviarme la amonestación. Cuando Dobby realizó el conjuro levitatorio en casa de mis tíos, la carta me llegó casi al instante.

-Con todo lo que ocurrió ayer, el Ministerio está como loco. Todo está patas arriba, así que no es de extrañar –aclaró el señor Weasley-. Bueno, Molly, debo ir al Ministerio. No sé si vendré a comer. Hasta luego, chicos –se despidió el señor Weasley.

Mucho más tarde, bajaron a desayunar los gemelos. Harry sabía que el día anterior se habían quedado a ayudar en el callejón Diagon, y que por ello se habían ganado una buena reprimenda por parte de la señora Weasley. Cuando Fred y George se sentaron a la mesa, su madre les lanzó una mirada furiosa mientras les servía los huevos revueltos.

-Fue algo increíble¿verdad, George? –comentaba Fred a Ron y Harry, que pedían detalles sobre lo ocurrido-. Había un montón de aurores luchando contra los mortífagos... La gente corría de un lado a otro... Nosotros ayudamos a unos cuantos a ponerse a salvo... Dejamos nuestra chimenea como vía de escape. Y vimos a algún que otro mortífago de cerca... –Fred calló ante la mirada iracunda de su madre. No quería que Harry ni Ron escucharan ese tipo de cosas, para que luego quisieran entrar en la Orden.

Ginny, que había estado escuchando hasta el momento, se encontraba mirando al vacío, absorta e inexpresiva. George se fijó en ella:

-Ginny¿te pasa algo? Estás como ida...

-No, eso es que está enamorada –dijo Fred-. ¿Cómo se llamaba aquel chico de Ravenclaw? Mike Corner...

-Michael Corner –apuntó Ron de mal humor. Solía ser muy protector con Ginny respecto a los chicos, y ese Michael Corner nunca le había caído bien.

-Sí... Michael Corner... –Fred sonrió a su hermana pequeña.

-Ginny cortó con él, es un cretino. Ahora él está con Cho Chang –Harry dijo esto sin pensar. Los gemelos lo miraban atentamente. Harry notó como le ardía la cara ¿Por qué había tenido que decir aquello? Menudo idiota estaba hecho...

-No tiene nada que ver con Michael –aclaró Ginny, por suerte para Harry, ya que los gemelos dejaron de observarlo, para dirigir su mirada a su hermana-. Es sólo que...

-¿Sí? –le instó George.

-Parece que os tomáis el asunto de la Orden como una broma. Esto es serio, no es ninguna aventura¿sabéis? Él ha regresado y... ¿Es que no recordáis lo que le pasó a Cedric Diggory? –los ojos de Ginny brillaron por un momento.

Ni Fred ni George esperaban algo así.

-Ginny, nosotros no... –Fred se acercó a su hermana y apoyó su mano sobre su hombro-. No nos tomamos esto como una broma, de veras.

-Sí –dijo George-, queremos ayudar de verdad, sé que a veces bromeamos al respecto, pero eso no significa que no sepamos que esto es algo serio. Lo sabemos. Es sólo que a veces intentamos quitarle hierro al asunto. Y no te preocupes, Fred y yo sabemos cuidar de nosotros mismos –George abrazó a Ginny.

-Es que, toda la familia está en la Orden y... me asusta pensar que os pueda pasar algo –confesó Ginny. Ron le pasó un brazo por los hombros para tranquilizarla.

Harry no pudo evitar dejar de darle vueltas durante todo el día a lo que Ginny había dicho. Había tanta gente que le importaba en la Orden, que cabía la posibilidad de que... No, no debía pensar en eso, se dijo a sí mismo, ya había perdido a Sirius por culpa de Voldemort y no quería pensar que alguien más, cercano a él, correría la misma suerte.

Pos ya está por ahora... larguito¿no?Ahora lo único q teneis q hacer es darle al botoncito de abajo y dejarnos comentarios, consejos... porq así nos enteramos de si vamos bien, y si no, pos tmb, porq si no nos avisais de q la historia es un fracaso... como vamos a enterarnos???

y pa los reviews del cap anterior...

Ana: wola!!!weno, lo de luna con ron ya veremos como evoluciona, pero como ya habrás visto después de leer este cap, ron sigue tan celoso como siempre, asi q...la incognita está en lo que siente o deja de sentir Hermione, no te perece? gracias por tu review!

Ilisia Brongar: Qtl??? se te ha exo muy largo este cap?lo del nuevo ministro lo escribimos antes del sexto, ha sido casualidad que acertaramos con eso. sobre lo de la bola zoologica, jajaja, eso lo escribió ibi y yo tmb me reí muxo al leerlo (soy tridjia, hoy me toca a mi subir el cap y contestar los reviews).bss y aio!!!!!

meylokita: muxas gracias! weno, como puedes ver, hermione ya ha aparecido y, para variar, ya han tenido su primera discusión, q raro, no??? habrá q ver hacia dnd va todo esto...esperamos q este cap tmb te guste!!!