Epílogo
Remus se sentó en las gradas del campo de Quidditch con la única compañía de un viejo libro: "El misterioso caso de Styles", de Agatha Christie. Comenzó a leerlo después de que una amiga se lo recomendara y prestara y ya casi se lo estaba terminando. Ese investigador belga, el tal Poirot, le estaba resultando sumamente fascinante.
Aún faltaba casi media hora para que comenzara el partido de Gryffindor contra Ravenclaw, pero el joven tenía por costumbre acudir temprano para asegurarse un buen sitio y porque, además, cualquier momento a solas para dedicarle un rato a la lectura siempre era bien recibido.
Abrió el libro y comenzó a leer. Sin embargo, no había ni llegado al final de la primera frase cuando, irremediablemente, sus pensamientos volaron lejos de las investigaciones del astuto e ingenioso Hercule Poirot.
Levantó la vista y la clavó en algún lugar indeterminado del nublado y grisáceo cielo a la vez que rememoraba el último momento a solas que había compartido con Sirius, que había sido esa misma mañana. Apenas quince minutos robados a un ajetreado día, besándose apoyados contra la puerta del cuarto de baño (ya mágicamente arreglada por algún servicial elfo doméstico) para así evitar posibles indeseadas e inesperadas interrupciones.
Como cada vez que recordaba y revivía cada uno de los instantes vividos en esas dos últimas semanas junto a Sirius, un agradable cosquilleo le recorrió todo el cuerpo a la vez que una sonrisa se le dibujaba en la cara.
Todavía no terminaba de creérselo. Sirius y él juntos.
Era como un sueño hecho realidad. Algunas mañanas aún se despertaba con la sensación de que todo era fruto de su desbocada imaginación. Pero entonces, se sentaba en la cama y buscaba a Sirius y sus miradas se encontraban. Sobraban las palabras.
Remus siempre se había preguntado qué sentiría uno al ser el destinatario de una mirada como la que Sirius le dirigía todas las mañanas. Ahora ya lo sabía, y era algo glorioso. Supuso que él le devolvería una mirada similar, o quizás, sí, seguramente, una versión no tan atractiva y seductora.
Para él era tan obviamente evidente que entre ellos había muchísimo más que una amistad que no llegaba a comprender cómo es que Peter todavía no se había dado cuenta.
Habían decidido no contárselo por el momento. Según James, una mente tan inocente y pura como la de Peter no podría soportar la idea de que dos de sus amigos hiciesen cosas innombrables e indecentes en rincones oscuros del castillo.
- Esperaremos a que se haga mayor – bromeaban James y Sirius.
A pesar de las puntuales bromas socarronas de James acerca de su relación, Remus se alegraba de que lo supiera. El incondicional apoyo de James era fundamental para Sirius. Por muy fuerte e independiente que éste se mostrase siempre, sus amigos siempre habían sido un pilar indispensable en la vida del joven. Sobre todo en esos difíciles momentos, en los que había roto los lazos con su familia. Y en esa fuerte estructura en la que se había convertido la amistad de los cuatro compañeros de dormitorio, James era la columna vertebral de Sirius.
Aunque le avergonzase admitirlo, durante algún tiempo Remus llegó a envidiar la relación que ambos tenían. Siempre juntos, siempre cien por cien leales el uno al otro, entendiéndose a la perfección, la mayoría de las veces incluso sin la necesidad de comunicarse con palabras. Estaban unidos y sincronizados de tal forma que Remus llegó a pensar que si uno se hacía daño estando a kilómetros de distancia del otro, el segundo lo sabría de todas formas.
Era, sin duda, una amistad fuerte y hermosa como pocas. Una amistad que todo lo podía y que duraría para siempre. Remus no lo dudaba.
Puede que a veces, en secreto, envidiase esa relación. Pero se sentía tan inmensamente agradecido por tenerlos a los tres, porque habían permanecido a su lado cuando descubrieron la verdad, protegiéndole y apoyándole, que jamás se le ocurriría expresarlo en voz alta ni quejarse al respecto.
Recordaba el día que sus amigos descubrieron que él era un licántropo, a pesar de todos sus esfuerzos porque eso no sucediera. Pero recordaba todavía más vívidamente el día, unos años después, en el que un eufórico Sirius irrumpió en el dormitorio después de horas desaparecido y anunciando que había encontrado la solución para que las noches de luna llena de Remus no fueran tan solitarias ni horribles.
Mientras Sirius, en un estado de sobreexcitación, les explicaba a sus amigos que debían convertirse en animagos y todo lo que debían hacer para lograrlo, Remus, con la boca abierta por el asombro y los ojos anegados en lágrimas por la emoción, se dio cuenta en ese instante de lo que realmente sentía por su amigo.
Lo que durante mucho tiempo creyó que no era más que amistad y una gran admiración, en realidad escondía muchísimo más.
Ese impulsivo y atolondrado chico, tremendamente atractivo y seguro de sí mismo, se había ganado poco a poco su corazón. Puede que Remus no aprobase todas sus travesuras o maneras de actuar con aquellos que consideraba inferiores; que le irritase ligeramente su falta de puntualidad o lo desorganizado y caótico que era en todo; que le incomodara su escandalosa risa o su forma de hablar, siempre gesticulando mucho e invadiendo el espacio personal de los demás; y sobretodo, tenía que admitir que le sacaba de quicio la forma que tenía de sorber la sopa de la cuchara. Esto último, Remus juraría que su amigo lo hacía a propósito única y exclusivamente con el propósito de incordiarle.
Pero eso había sido al principio. Con el tiempo, Remus se dio cuenta de que no sólo ya no le importaban esas pequeñeces, sino que había aprendido a amarlas. Él amaba a Sirius, y lo amaba tal y como era. Además, ¿cómo podría importarle que, por ejemplo, Sirius metiera las narices, literalmente, en su trabajo de pociones mientras mordisqueaba una galleta, llenándolo todo de migas, si al final se quedaba con él hasta las tantas de la madrugada consultando libros y pergaminos y ayudándole hasta que el trabajo quedara perfecto?
Porque siempre, absolutamente siempre, justo cuando Remus creía que se le agotaba la paciencia y estaba a punto de pedirle, amablemente, que se fuera a dar guerra a otro lugar, Sirius hacía o decía algo que lograba enternecerlo o simplemente sacarle una sonrisa. Siempre le sorprendía positivamente.
- Hola, Remus – saludó Lily sentándose a su lado y sacando al joven de su estado de ensoñación - ¿Veo que estás con mi libro? ¿Te gusta?
- Sí, mucho. Tenías razón cuando dijiste que me encantaría.
- Lo sabía – dijo ella sonriéndole afablemente. Permanecieron unos segundos en silencio y luego ella prosiguió -. Oye, Remus, quisiera hacerte una pregunta, sino te importa.
- ¿Qué pregunta?
- Bueno, no es exactamente una pregunta. Es más bien… una observación. Ahora te veo bien, relajado y contento pero, cuando empezó el curso… te noté raro. ¿Va todo bien? O, mejor dicho, ¿iba todo bien? Me tenías preocupada.
Una pequeña oleada de agradecimiento y cariño le recorrió el pecho a Remus en ese instante.
Además de los Merodeadores, la única otra amistad que Remus tenía era Lily. Apenas habían intercambiado un par de palabras en clase antes de que a ambos los nombrases Prefectos. Pero a partir de ese día y tras largas rondas nocturnas por los pasillos, una bonita amistad surgió y se hizo más fuerte con el paso de los meses. Remus había descubierto en Lily a una chica inteligente, avispada, talentosa y también muy divertida con la que podía conversar y debatir sobre cualquier tema.
Y a pesar de saber que eran amigos, que el cariño era mutuo, seguía pillándole por sorpresa que los demás mostrasen interés en él, que le observasen y se percatasen de que algo no iba bien. Como si no fuera merecedor de tal interés.
Lily se había preocupado por él. Y no era la única.
En el fondo, Sirius había tenido razón cuando le había dicho que no se le podía dejar mucho tiempo solo. "Demasiado tiempo para pensar…"
Y justamente eso es lo que había estado haciendo ese verano. Pensando. Pensando en su futuro. Con susurros de una inminente guerra escuchándose desde todas las esquinas, extrañas desapariciones y muertes y la tensión sintiéndose por todas partes, Remus se pasó las vacaciones temiendo que en cualquier momento los seguidores de ese oscuro mago llamasen a su puerta para reclutarle. ¿Y qué ocurriría entonces? Se negaría, claro está. ¿Pero se lo permitirían? Quizás amenazasen a sus padres, o simplemente se lo llevasen a la fuerza.
Y cuando trataba de alejar estos oscuros pensamientos, le asaltaban las dudas sobre su futuro incierto como licántropo en la comunidad mágica. Sentía miedo, muchísimo miedo. Miedo a la soledad. La vida en Hogwarts llegaba a su fin y con ella su pequeño oasis. La seguridad que le proporcionaban Dumbledore y el castillo, la felicidad de vivir y pasar todos los días junto a sus amigos, la rutina de las clases, tener siempre algo que hacer al abrir los ojos y levantarse por la mañana, un objetivo. Todo eso se terminaría en unos meses. ¿Y entonces qué?
Entonces Sirius lo había vuelto hacer. Lo había vuelto a sorprender otra vez. Y le había mostrado un futuro que él no se había atrevido ni a soñar siquiera.
- No eres la primera que me lo dice – dijo Remus mirándola sonriente -. Gracias por preocuparte, pero estoy bien. No fue nada importante… supongo que estaba algo preocupado y abatido porque este va a ser nuestro último año – añadió, ya que Lily no se conformaría con un simple "no es nada".
- Te entiendo. Creo que nos pasará a todos tarde o temprano a lo largo de este curso.
En ese instante, cuando las gradas ya estaban a rebosar, los jugadores de ambos equipos salieron al campo. Después de los saludos y presentaciones oficiales, el partido dio comienzo.
Estaba más que claro que en el equipo Griffindor el alma y los líderes indiscutibles eran James y Sirius. Incluso jugando, hacían gala de una perfecta sincronización, volando por el campo y moviéndose como siguiendo una compleja coreografía que sólo ellos conocían. El primer tanto a favor del equipo de rojo y dorado no tardó en llegar. Fue Sirius el que marcó. Decenas de personas le vitorearon y corearon su nombre. Sin embargo, éste buscó con la mirada a Remus y con un gesto, le hizo saber que le dedicaba el tanto.
Remus se removió en su asiento, incómodo y sintiéndose enrojecer pero, en el fondo, profundamente conmovido ante este sencillo gesto.
- Oye, tengo otra pregunta para ti.
- Te veo un poco curiosa hoy, Lily.
- Soy así, no lo puedo evitar – le dijo ella, encogiéndose de hombros y sonriéndole con cierta pillería -. ¿Qué hay entre tú y Black?
- ¿A qué te refieres? – preguntó Remus intentando permanecer impasible y que no se le notara que en realidad esa pregunta le había puesto los niervos a flor de piel. Miró a su alrededor por si alguien más estuviera atento a la conversación.
- Te he estado observando… ¿qué? Soy tu amiga y ya te dije que estaba preocupada por ti. Así que durante unos días no te quité ojo. Y pude observar algunas cosas… ciertas conductas, ciertos cambios de actitud, intercambios de miradas, roces casuales de manos… ¿sigo?
- No, por favor – Remus se sintió enrojecer de nuevo.
- No me importa. Lo que quiero decir… lo verdaderamente importante es que te veo bien. A los dos. Y me alegro.
- Gracias, Lily. Eres una buena amiga. Buena y muy lista.
- Pues claro que sí. Así que, tú y Black, ¿eh?
- Lily… - Remus intentó imprimirle a su voz un tono de advertencia, pero en realidad se sentía divertido.
- ¿Qué? Tú lo has dicho, hoy me siento especialmente curiosa.
- Quizás algún día te lo cuente.
- Y yo te escucharé atentamente.
- No lo dudo.
Continuaron viendo el partido y animando a su equipo. Pero un buen rato después fue Remus el que se giró y le dijo a su amiga:
- ¿Y qué hay de ti?
- ¿De mí?
- Sí. James está que no cabe en sí de gozo. Está realmente muy ilusionado… Está convencido de que sientes algo por él. Lily, sabes que no es mi intención, que nunca me he metido y que me he mantenido al margen, pero James es mi amigo y si tú no estás interesada en él… por favor, no le hagas daño.
- Te preocupas por tu amigo – susurró Lily. No era una pregunta, era un hecho.
- James es un buen chico. Sé que piensas que es un cabeza loca y que es algo bocazas, un poco chulo…
- Lo pensaba. Ya no.
- Pero es un buen chico, amable, cariñoso, leal y justo y, ¿qué?
- Lo sé, Remus – Lily había agachado la cabeza y miraba fijamente sus zapatos mientras hablaba -. James me gusta, ¿vale? Me gusta mucho.
- Oh. Ah. Vale. Bien. Perdona. Olvida lo que te he dicho – dijo Remus sintiéndose de pronto incómodo y un estúpido integral.
- No me lo ha pedido aún.
- ¿El qué? – preguntó el chico confundido.
- Que salga con él. Hasta ahora, todos estos años, se ha dedicado a pedírmelo continuamente y gritándolo a los cuatro vientos. Y yo siempre he pasado de él. No lo soportaba, era tan, tan insufrible… pero ahora... ¿Y si he perdido mi oportunidad? – Lily volvió sus ojos verdes hacia Remus, brillando llenos de preocupación.
- Tranquila. Lo hará – le dijo convencido. Y eso fue suficiente para que Lily se tranquilizara y volviera a sonreír.
No volvieron a sacar el tema y continuaron viendo el partido, comentando de vez en cuando alguna jugada. Cuando terminó, con una ajustada victoria para el equipo Griffindor, ambos bajaron para esperar a que sus amigos saliesen de los vestuarios.
Peter ya se encontraba allí, eufórico por la victoria. En cuanto los vio llegar, se acercó a Remus y comenzó a comentar cada una de las jugadas, elogiando sobre todo las llevadas a cabo por sus amigos.
Poco después se abrieron las puertas de los vestuarios y los integrantes de ambos equipos comenzaron a salir.
Remus se fijó en que Lily miraba nerviosa al grupo de adolescentes, en busca de la siempre despeinada cabeza de James. Iba a decirle que tanto James como Sirius solían salir de últimos pero, justo cuando abrió la boca, los vio aparecer a ambos, hablando y riendo a carcajadas, felices.
- ¡Lily! – exclamó James en cuanto la vio. Se apresuró a situarse a su lado -. Gracias por esperarme. Mmm… esto… ¿te apetece venir conmigo a dar una vuelta?
- Sí, claro.
Lily intercambió una breve mirada con Remus, que se la devolvió y le sonrió, justo antes de girarse y marcharse caminando tranquilamente al lado de James.
Siguió observándolos unos segundos más pensando en lo buena pareja que hacían y lo mucho que se alegraba por ellos, pero un pequeño tirón de la manga de su túnica hizo que se girase.
Sirius estaba a su lado, observándole con esos preciosos ojos grises y esa intensa mirada suya que parecía decir "Estoy aquí. Hazme caso. Mírame a mí, solo a mí." Y seguramente sería lo que le dijera si no estuviesen al aire libre, rodeados de medio colegio y con Peter casi colgado del brazo de Sirius hablando sin parar del partido, aunque ninguno de los dos le estuviese prestando atención en esos momentos.
Remus le miró y le sonrió, enternecido. Ante esto, Sirius también sonrió, de oreja a oreja. "Deberías sonreír más a menudo", le había susurrado al oído hacía unos días. Y cuando Remus protestó alegando que él sonríe a menudo, Sirius, separando su rostro del de él solo justo lo necesario para mirarlo a los ojos, le dijo: "Me refiero a una sonrisa sincera, de las de verdad… ¡Sí! Como esta".
El licántropo estuvo a punto de contestarle algo así como "Tú me haces sonreír así." Pero le pareció demasiado cursi y temió que Sirius se riera de él, así que optó por callar y hacer lo que realmente le apetecía hacer en ese instante, que no era otra cosa más que besar a Sirius.
Remus parpadeó ligeramente para volver al presente. Todos los alumnos regresaban ya al Castillo, y ellos tres se unieron a la gran comitiva.
Sirius hablaba animadamente con Peter sobre el partido, mientras Remus caminaba silencioso a su otro lado, escuchándolos atentamente. En cierto momento, la mano izquierda de Sirius rozó la de Remus. Sus dedos le acariciaron suavemente y, justo antes de retirarse, se entrecerraron con los suyos en un brevísimo apretón.
Cuando llegaron a la Sala Común, los alumnos que habían llegado antes ya habían montado una pequeña fiesta de celebración. Había globos y serpentinas, incluso una pancarta. La cerveza de mantequilla ya pasaba de mano en mano y los botellines se multiplicaban misteriosamente. En cuestión de minutos, no quedaba nadie en la sala que no tuviera su bebida.
Los integrantes del equipo estaban rodeados por alumnos de todos los cursos, unos felicitándolos y comentando las mejores jugadas, y los más pequeños escuchándolos boquiabiertos y con ojos llenos de admiración.
Remus se sentó en una esquina, como solía hacer en estos eventos. Prefería sentarse a observar antes que participar. Miró a unos y a otros, captando retazos de diferentes conversaciones, pero sus ojos terminaban siempre en el mismo lugar.
Sirius hablaba alto y rápido, excitado todavía por la adrenalina del intenso partido, gesticulando con las manos y brazos, explicando una compleja jugada. Por su juego de manos, Remus supuso que o bien se trataba del movimiento "ataque del congrio" o del "zigzagueo atómico sorprendente", más conocido como el ZAS. Remus prefería no opinar acerca de las elecciones, algunas más acertadas que otras, que hacían sus amigos a la hora de ponerle nombre a las jugadas, y muchos menos entrar en los largos y acalorados debates que tenían lugar antes.
Un compañero de equipo comentó algo que hizo reír a Sirius. Cuando se reía, cerraba los ojos y echaba la cabeza hacia atrás. Sus carcajadas sonaban por toda la sala, por encima de las conversaciones de los demás.
Alguien se acercó y posó algo en la mesa que estaba al lado de Remus. Éste desvió la vista y comprobó con horror que un alumno acababa de dejar un botellín justo encima del libro que Lily le había prestado y que Remus había dejado cuidadosamente sobre la mesa. Se apresuró en rescatarlo y revisar la portada. Por suerte, la botella no le había dejado ningún surco. Se levantó para llevar el libro al dormitorio, a buen recaudo.
Subió y guardó el libro en el cajón de su mesita de noche. Se quedó de pie unos segundos, pensando qué hacer a continuación, si volver a la sala común o quedarse tranquilamente en el dormitorio, tumbarse y leer un poco más.
Ya se había decantado por esta segunda opción cuando escuchó pasos subiendo por las escaleras. Reconoció las fuertes pisadas de Sirius. Se volvió justo a tiempo de verlo aparecer por la puerta.
Sirius se quedó de pie en la entrada. Los dos se miraron durante unos segundos. Entonces Sirius, sin quitarle el ojo de encima, cerró la puerta, se acercó a Remus en dos rápidas zancadas, lo agarró con ambas manos por los brazos, justo por encima de los codos y, sin decirle nada, le besó.
Fue un beso intenso y apasionado, como si llevaran meses sin verse, como si el contacto de sus labios fuera vital, cuestión de vida o muerte, un oasis en el desierto. Un beso con toda la fuerza, alma y pasión de Sirius. Un tornado tocando tierra. Y cuando Remus empezaba a sentir que se derretía entre sus brazos y que perdía la noción de sí mismo… se acabó.
Sirius le soltó tan abruptamente como le había besado, pero pegó su frente a la de él, respirando agitadamente.
- Te quito el ojo de encima un segundo y desapareces.
- No seas melodramático. Acabo de subir – dijo Remus, tratando de recuperar el aliento.
- Podrías haberme avisado – se quejó Sirius mientras una de sus manos se perdía bajo la camisa del licántropo.
- ¡Pero si eres el rey de la fiesta! Resultaría más fácil robarle el huevo a un Colacuerno Húngaro que acercarse a ti.
- ¿Celoso? – los labios de Sirius se acercaban peligrosamente al cuello de Remus.
- No… Sirius, para. Ahora no. Podría subir alguien.
- Están todos muy ocupados - Sirius mordisqueó suavemente el lóbulo de la oreja de Remus, a quién se le escapó un gemido a la vez que su respiración comenzaba a alterarse de nuevo.
- Te echarán en falta…
Pero Remus no pudo continuar la frase. Ni siquiera pudo recordar de qué estaban hablando. Hundió una mano en el sedoso y negro cabello de Sirius mientras que con la otra lo agarró por la cintura y tiró de él, pegando todavía más, si es que era posible, ambos cuerpos.
Sirius empujó suavemente a Remus y ambos cayeron sobre la cama del segundo, perdiéndose el uno en el otro, entre besos, caricias y jadeos.
Abajo, la fiesta continuaba, ajenos todos a lo que ocurría una veintena de escalones más arriba.
- Tarta de zanahoria – le dijo James a la Señora Gorda del Retrato.
Ante la contraseña, el cuadro se deslizó a un lado y James entró en la sala común por el hueco del retrato.
Lo recibió un gran jolgorio y un montón de gente se le echó encima.
James sonreía, feliz y extasiado. No por la fiesta, no por el caluroso recibimiento. Ni siquiera por la victoria de esa tarde.
James Potter era el chico más feliz del mundo en esos momentos porque por fin, sí, por fin, después de tantos años, Lily le había dicho que sí. Había aceptado salir con él.
Y como si eso no fuera poco, como si no hubiesen bajado pequeños, rubios y rechonchos querubines del cielo tocando trompetas en el momento del sí; para hacerlo todavía más perfecto… ¡se habían besado!
James caminaba y contestaba a la gente sin estar en realidad del todo presente. Era como pasear por las nubes, hermosas y mullidas nubes. Nada podría estropearle esa sensación, quitarlo de ese estado de absoluta alegría, felicidad, júbilo, regocijo, exaltación y demás sinónimos del diccionario.
Ni siquiera la presencia del arrogante y prepotente de Williams, con su eterna mirada asqueada, como si una flatulencia especialmente pestilente se le hubiese quedado pegada a la nariz, le molestó lo más mínimo.
Al cabo de un rato recordó a qué había subido al castillo. Buscó a su mejor amigo pero no lo encontró. Muy ufano y con una sonrisa de oreja a oreja, subió las escaleras dispuesto a hacerlo oficial. El primero en saberlo no podía ser otro que su mejor amigo.
Abrió la puerta y…
- Joder – susurró.
Se quedó un segundo helado y estático en la puerta, con el pomo todavía en la mano. Y la escena que tenía lugar delante de él también se quedó paralizada. Fue solo un segundo, pero suficiente para que la imagen se quedara grabada a fuego en su retina.
Remus estaba tumbado boca arriba sobre su cama, con ambas manos por encima de su cabeza agarrando su almohada, con los ojos cerrados; mientras Sirius, tumbado al lado y medio encima, le besaba, mordisqueaba, lamía o sabe Merlín qué diablos le estaría haciendo en el cuello, James no quería saberlo, y con una mano que se perdía bajo los pantalones de Remus.
Remus abrió los ojos y lo contempló con una mirada que podría describirse como puro horror. Sirius, sin embargo, alzó la cabeza y le miró molesto.
- ¡JODER! – repitió James, esta vez gritando, escandalizado y cerrando de nuevo la puerta -. ¡Mierda! – les gritó a través de ella - ¡Joder, Canuto!, ¿es que no sabes cerrar con llave? – porque Black era el culpable, seguro. Eso James lo tenía claro -. ¡Esto no pude seguir así! ¡Hay que establecer unas normas!
- Lo que quieras, Cornamenta. Pero ahora lárgate – ordenó Sirius desde dentro.
- ¡Sirius! – le regañó Remus.
- Y no vuelvas en una hora.
- ¿¡Qué!? – exclamaron Remus y James a la vez.
James soltó una última maldición y bajó las escaleras, refunfuñando para sí, de pronto molesto y enfadado. ¡Maldita sea! Al final esos dos habían conseguido sacarlo de su estado de máxima felicidad y ahora iba a costarle lo indecible borrar esa maldita imagen de su cabeza.
Corrió escaleras abajo en busca de su amada, esperando encontrar consuelo en ella. Y mientras se alejaba del dormitorio, pensando en su pelirroja de ojos verdes, en sus hermosas pecas y sus dulces labios, poco a poco se fue olvidando de los otros dos y en lo que estarían haciendo en esos mismos instantes.
FIN
Bueeeeeno. Pues ya se ha acabado. Espero que os haya gustado. Me da algo de pena, pero todo siempre llega a su fin.
Una vez más, y ya sé que me repito más que el ajo, mil gracias a todos los que le habéis dado una oportunidad a mi historia. Gracias por leer, por marcarla como follow o como favorita, y en especial, gracias a los que habéis ido dejando vuestros reviews: Danie15, Dzeta, CoDDark, Rebe Marauder, Daia Black y a mi querida Alwin (sin tu apoyo esta historia no estaría aquí ;) )
Espero que este primer fic que publico aquí no sea el último. Yo sigo escribiendo sobre estos dos. Y si quedo satisfecha con el resultado, lo iré publicando ;)
P.D. : no puedo dejar de comentar aquí y compartir con vosotros (aunque seguramente os importe un pimiento XD) mi banda sonora particular que me ha acompañado mientras escribía esta historia... Canciones como Quartes past Four, de Avriel & The Sequoias, que me transmite muchísima paz, relax y buen rollo y que creo que es perfecta para esta historia, en concreto para este capítulo :D ; todas y cada una de las canciones de Ruelle (la maravillosa y fantástica Ruelle ^^) y por último, pero no por ello menos importante, una balada que me encanta y que cada vez que la escucho no puedo evitar acordarme de estos dos: Pieza a Pieza, del grupo Vuit.
¡Ah, sí! En breve publicaré un pequeño oneshot que tengo ya escrito. Un fuerte abrazo para todos. Nos vemos pronto.
