Después de dos semanas, aquí llega el capítulo catorce.
Disclaimer: Todo de Rowling, nada nuestro...
Respuestas a los reviews, al final del cap.
14
Recuerdos de los Black
Los días en Grimmauld Place resultaban duros para Harry. Era en esas fechas, y en ese lugar, cuando más recordaba a Sirius. Las Navidades anteriores, Sirius canturreaba continuamente canciones navideñas y la celebración de Año Nuevo había sido espectacular: había habido confeti que caía del techo y los sombreros acéfalos con motivos festivos de Fred y George no habían faltado.
Sin embargo, ese año se notaba la falta de alguien en la casa, aunque la señora Weasley había intentado decorarlo todo lo más esplendoroso posible, y la verdad era que había hecho un gran trabajo.
Cuando el uno de enero Harry bajó a cenar, al entrar en la cocina se encontró con que el comedor estaba abarrotado. Además de los miembros de la Orden que acostumbraban a frecuentar la casa, también había dos brujos, uno de ellos de gran altura y el otro tan pequeño como el profesor Flitwick; una bruja rubia que Harry creía conocer y que después recordó que se llamaba Hestia Jones (dos veranos atrás le había ayudado a escapar de casa de los Dursley); una bruja pelirroja vestida con una capa azul, que Harry no habría sabido decir si pertenecía o no a la familia Weasley; y por último, una joven de cabello rubio platino que hablaba animadamente con la señora Weasley.
Detrás de Harry, Ron hizo un ruido extraño con la garganta, como si hubiera tratado de ahogar una exclamación y en vez de conseguirlo se le hubiera escapado algo parecido a un graznido.
Harry se volvió hacia su amigo con sorpresa y se percató de que éste estaba mirando aquella cabellera rubia. Ron tragó saliva con dificultad y apartó la vista de Fleur Delacour, como si quisiera evitar que la veela ejerciera su influencia sobre él.
Tonks se acercó a ellos cuando les vio, para felicitarles el Año Nuevo. Aquel día su pelo era de color negro azabache y liso, por lo que parecía que se había puesto una gran peluca al estilo de Cleopatra. Sin embargo, antes de que la joven profesora pudiera cruzar una sola palabra con ellos, Fred y George se interpusieron en su camino y cada uno la agarró de un brazo:
-¿Te interesa una muestra de la nueva temporada de Sortilegios Weasley, Tonks? –le preguntó Fred con voz melosa.
-¿Por qué? –Tonks parecía mostrar desconfianza-. ¿No habéis encontrado a nadie que se preste para hacer de conejillo de indias?
Los gemelos llevaron a Tonks hacia el fondo de la habitación, intentando convencerla.
-¿Alguna vez os habéis preguntado cómo es en realidad el aspecto de Tonks? –comentó Hermione pensativa.
Harry iba a contestar cuando la señora Weasley se acercó a ellos con una sonrisa nerviosa:
-¡Oh, ya habéis bajado! ¡Perfecto! Venga, ¿a qué esperáis? ¡Sentaos a la mesa! –y se alejó con rapidez hacia los fogones para ayudar a su marido y Bill, que, junto a Kingsley y Moody, terminaban de preparar la cena.
-Tu madre parece nerviosa –le dijo Hermione a Ron-. ¿Crees que tenga algo que ver con la Orden? Aunque posiblemente sea por haber conocido a Fleur. Ginny me ha dicho que lo suyo con Bill parece ir en serio, ¿no?
Harry no supo si aquel súbito interés de Hermione por los asuntos amorosos de Fleur se debía a autentica curiosidad (algo poco probable, tratándose de su amiga) o sólo quería hacer volver a Ron a la realidad, aunque tuviera que ser a base de aquel jarro de agua fría, para que dejara de contemplar a la chica veela.
-Sí, está inquieta, pero no sé si tendrá algo que ver con Fleur –musitó el pelirrojo intercambiando una mirada con Harry.
Al cabo de un rato, se sentaron alrededor de la mesa para cenar. Los gemelos trataron de tomar asiento entre los adultos, para, como sospechaba acertadamente Harry, cotillear las conversaciones de los miembros de la Orden. Sin embargo, su madre prácticamente les obligó a sentarse en el otro extremo de la mesa.
-¿Este asiento está "libgre"? –preguntó una voz junto a Ron.
Este enrojeció violentamente y asintió torpemente con la cabeza. Fleur tomó asiento a la izquierda de Ron. Harry, que estaba sentado enfrente de su amigo, intentó disimular una sonrisa llevándose el vaso de agua a la boca, pero al cruzar una mirada con Ginny, ambos se echaron a reír y el chico se atragantó con el agua.
-¡Eh, Harry! ¡Ten cuidado! –George se sentó junto a él y le propinó unas fuertes palmadas en la espalda.
Cuando Harry dejó de toser, la señora Weasley le puso delante un plato con al menos media docena de salchichas y un gran pedazo de pastel de carne.
Las conversaciones se sucedían a lo largo del comedor y los temas eran diversos. Harry tan pronto estaba hablando con Bill sobre su trabajo en Gringotts, que en la actualidad había dejado un poco de lado, como se encontraba intentando eludir a Percy, que parecía empeñado en explicarle el proyecto de ley que había escrito y que quería enseñarle a la Ministra de Magia acerca de la impermeabilidad de los pergaminos.
-...seguro que a la ministra le interesa mi idea para que los pergaminos eludan las salpicaduras de las pociones, porque...
-Percy, ¿por qué no te callas? –George intentó rescatar a Harry de su hermano.
-...y entonces Lee se cayó hacia atrás y atravesó a Binns –le contaba Fred a Ginny, recordando sus aventuras escolares.
-¿Te "impogta pasagme" la ensalada, "Gon"?
-¿Eh? Sí... cla... claro... –balbuceó Ron volviendo a sonrojarse. Cuando le hubo pasado la ensalada a la joven, pinchó un par de veces con el tenedor la comida de su plato, intentando disimular su turbación.
Fred miró con malicia a su hermano menor y, tras asegurarse de que Fleur no escuchaba, dijo:
-Ron, si no dejas de sonrojarte podríamos utilizarte como estufa. Además, pensaba que ya habías sentado la cabeza –Fred lanzó una mirada rápida y de soslayo hacia Hermione-. Deberías dejar de ir de "flor en Fleur".
Ron entrecerró los ojos y le dirigió a su hermano una mirada de disgusto, mientras agachaba la cabeza intentando enterrar su rostro en el plato con la intención de disimular su sonrojo. Los gemelos no pudieron evitar una sonrisa, pero Hermione no parecía estar divirtiéndose a juzgar por su expresión. Harry dudó que aquella estuviera siendo la mejor cena familiar de Ron.
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Al día siguiente, Harry, Ron, Hermione y Ginny se encontraban en la cocina jugando al snap explosivo, mientras Hedwig ululaba dignamente en su percha y Pig revoloteaba y gorjeaba agitada.
-Deberíamos darles algunas chucherías lechuciles, así al menos estarán quietas un rato –comentó Ron.
-De acuerdo, ya voy yo –se ofreció Harry. Ron iba ganando la partida y Harry ya había sido eliminado-. ¿Dónde están exactamente?
-Creo que las deje sobre la mesita de noche.
Harry salió de la cocina y subió las escaleras camino de su dormitorio. Tras coger las chucherías lechuciles, se dirigió de nuevo a la cocina.
Pasó junto a una puerta entreabierta del segundo piso, y ya había pasado de largo cuando se detuvo súbitamente. Alguien había pronunciado su nombre al otro lado; se oían claramente los susurros de voces, tal vez dos. Harry se aproximó a la entrada de la habitación y escuchó atentamente. Se trataban de Lupin y Dumbledore.
-... por supuesto, Harry ya está al tanto del contenido de la profecía, Remus –decía Dumbledore. Harry aguzó el oído y se acercó aún más.
Nadie hablaba y el muchacho se atrevió a empujar levemente la puerta entreabierta para observar la escena: Dumbledore se encontraba en el centro de la sala, mientras el profesor Lupin tenía la mirada suspendida en el vacío. Para Harry era imposible ver la reacción de Lupin, puesto que se encontraba de espaldas a él. Sin embargo, lentamente dio media vuelta y quedó frente a Dumbledore, con lo que el chico pudo ver sus rasgos. Estaba algo pálido y su expresión denotaba pesadumbre. Aunque bien podía deberse a la proximidad de la luna llena.
-Es por eso que Voldemort no cesa en su empeño por destruirlo, ¿no es así? –dijo finalmente Lupin.
-Exacto –contestó el director-. Como ya he dicho, sé que debería habérselo contado mucho antes, pero me sentí incapaz. Él no merece llevar semejante carga. El pago de mi insensatez ha sido la vida de Sirius –terminó tristemente.
Harry recordó entonces la conversación que él y el director habían mantenido en su despacho tras la muerte de su padrino.
-Nadie podía saber que algo semejante ocurriría –agregó Lupin-. Además, sabes bien que Sirius nunca se hubiese perdonado no ir al Departamento de Misterios en busca de Harry. Era lo que más quería. Era el hijo de su mejor amigo.
-También James fue tu mejor amigo –dijo Dumbledore con voz neutral.
-Lo sé. Pero su relación iba más allá de la amistad; él y Sirius eran casi como hermanos.
-En eso llevas toda la razón, Remus, toda la razón –dijo vagamente Dumbledore-. Fue por eso que James nombró a Sirius padrino de Harry.
-Él sabía que algún día faltaría –dijo Lupin con los ojos fijos en el suelo-. Quería dejar a Harry al cuidado de alguien de confianza. Recuerdo el día en que se lo comunicó a Sirius. James ya debía saber lo de la profecía, ¿no es verdad? –entonces dirigió la vista al director.
-James habló sobre ello conmigo. También a mí me encargó la protección de Harry. Y eso es lo que he estado haciendo durante los últimos quince años –apuntó Dumbledore. Su voz adquirió un tono más serio-. Pero ahora ninguno de los dos está aquí; y es por eso que ha surgido la necesidad de mantener esta conversación.
Lupin frunció el ceño, confuso. Al otro lado de la puerta, Harry no perdía detalle. Del piso de abajo llegaban los amortiguados sonidos de la vajilla: debía ser casi la hora de la comida, y a menos que Dumbledore y Lupin se dieran prisa, Harry no tendría la oportunidad de escuchar la revelación que se aproximaba.
-¿A qué te refier...? –comenzó Lupin.
-Me refiero –le cortó Dumbledore. Sin duda éste también había oído el rumor proveniente del comedor, y sabiendo que Molly pronto reclamaría la presencia de Lupin en la mesa, apremió la charla-, a que Sirius no se fue sin antes dejar todo lo que él consideraba importante en orden. No sabía qué es lo que ocurriría, ni mucho menos, pero quería asegurarse de que alguien velaba por la seguridad de su ahijado si él llegaba a faltar. No solamente como protector, tarea que yo mismo me he encomendado, sino como padre. Él asumió ese papel, o algo parecido –Dumbledore sonrió-, y quería que tú mismo te hicieras cargo de Harry, así como él lo hizo, con sumo gusto.
Hubo un largo silencio, en el que Lupin se aproximó un paso hacia Dumbledore.
-Ni siquiera era necesario que Sirius dijera nada. Así como tú tampoco, Albus Para mí Harry no ha sido solamente un alumno, al fin y al cabo, es el hijo de James –dijo Lupin con una voz profunda que Harry no reconoció como suya-. A lo largo de los años, por desgracia, Harry ha aprendido a cuidarse de sí mismo antes de lo que hubiera debido. Pero aún así, yo siempre, siempre –enfatizó estas palabras- estaré ahí para él.
Dumbledore sonrió.
-Solamente Sirius y yo conocíamos el contenido de la profecía, además de Harry, claro está. Sin embargo, pensé que igualmente tú debías saberlo, tras la muerte de la persona más cercana a Harry.
El silencio se extendió en la habitación. Harry supo entonces que la conversación había terminado. Lupin se dirigió a la puerta, mientras Dumbledore decía, antes de desaparecerse:
-Despídeme de los demás. Debo regresar a Hogwarts. Hasta la vista, Remus.
-Hasta la vista, Albus.
Harry se apresuró a introducirse en el armario de las escobas que había al final del corredor. Desde allí pudo observar como Lupin bajaba las escaleras en dirección al comedor, hecho que repitió Harry tras asegurarse de que el profesor no andaba cerca.
Todos se encontraban en la cocina cuando Harry llegó y se sentó a la mesa junto a Ron y Hermione.
-¿Has ido a buscar las chucherías o a fabricarlas tú mismo? –preguntó Ron con sorna ante la tardanza de su amigo.
-Toma –Harry puso el un paquete en las manos de Ron-. No las encontraba.
-¿Dónde está Dumbledore? –preguntó la madre de Ron.
-Ha tenido que regresar a Hogwarts –respondió Lupin escuetamente.
Aquella tarde muchos miembros de la Orden se reunieron durante la comida, incluso Mundungus, ante la atenta mirada de la señora Weasley.
Harry, Ron, Hermione y Ginny pasaron la tarde en la sala de estar haciendo sus tareas, puesto que la señora Weasley no les permitía salir al exterior; no era seguro en aquellos tiempos.
La cena transcurrió entre risas y buen humor. Fred, George y Mundungus eran el centro de atención. Los gemelos mostraban a los presentes los productos de la tienda de artículos de broma, y un par de miembros de la Orden incluso se atrevieron a comprar algunas cosas. Mientras tanto, Mundungus entretenía a todos con sus divertidas anécdotas, a todos excepto a la señora Weasley, que fruncía los labios reprimiendo lo que sin duda podría haberse convertido en una gran discusión.
-... El muy cretino se había creído realmente que se trataba de un auténtico cangrejo de fuego, ya sabéis, una de esas tortugas cuyo caparazón está cubierto de piedras preciosas –Mundungus soltó una carcajada-. Ni se imaginaba que lo único que yo había hecho era pegar unas piedrecillas de colores en su concha...
Harry escuchaba atentamente el relato entre las risas de los demás.
-... Al parecer Robinson quería montar un mercado negro de calderos de lujo a base de caparazones de cangrejos de fuego; pero lo realmente gracioso llegó cuando sus compradores descubrieron el engaño...
De pronto, alguien posó su mano sobre el hombro de Harry. El muchacho se giró y se encontró con Lupin.
-Perdona, Harry, ¿podríamos hablar? –preguntó amablemente.
-Sí, claro.
Mientras Harry se ponía en pie y seguía a Lupin al exterior de la cocina, escuchó como Mundungus se despedía del resto de los comensales:
-Bueno, ha sido un placer pasar esta encantadora velada con vosotros –dijo burlonamente-, pero siento tener que deciros que he de ausentarme; trabajo pendiente, ya sabéis...
Harry y Lupin subieron las escaleras hacia el piso superior. Lupin abrió la puerta de una deteriorada habitación en la que Harry solamente había estado en una ocasión, y lo hizo pasar. El muchacho se preguntó acerca de qué debían hablar, y súbitamente le vino a la cabeza la idea de que tal vez el profesor se hubiera percatado aquella mañana de que Harry había escuchado la conversación que había mantenido con Dumbledore. Desechó esa idea al instante; era absurdo.
-Bueno, Harry, supongo que te estarás preguntando por qué quería hablar contigo –comenzó Lupin. Harry asintió-. La verdad es que... Esta mañana mantuve una charla con el profesor Dumbledore.
Harry intentó no aparentar culpabilidad, y se sorprendió de que el tema de aquella conversación estuviera encaminado en esa dirección.
-El profesor Dumbledore ya me ha informado acerca de la profecía que la profesora Trelawney formuló y que os une a Voldemort y a ti –soltó Lupin sin rodeos.
Ambos se sobresaltaron cuando la puerta, que estaba entreabierta, se movió ligeramente. Kreacher debía de andar curioseando por los pasillos, como solía hacer a menudo. Lupin se acercó a la puerta y la cerró antes de continuar:
-No negaré que me sorprendió –comentó.
-Entonces yo tampoco lo negaré –dijo Harry irónicamente.
-¿Te preocupa? –inquirió Lupin.
-Lo que realmente me preocupa es no poder hacerle frente, saber que yo soy el único que puede destruirlo y pensar que si no lo logró, mucha gente seguirá sufriendo –Harry sentía que debía sincerarse con Lupin. No había nadie con quien pudiera hablar sobre la profecía con total libertad, y con Lupin se sentía a gusto.
-Entiendo lo que quieres decir, es como llevar la carga del mundo sobre los hombros. Pero no pienses en ello por ahora, ya habrá tiempo de hacerlo más adelante.
Harry se metió las manos en los bolsillos y dirigió la vista al suelo. Lupin lo observaba fijamente.
-¿En qué piensas?
Tras una pausa, Harry respondió:
-Me cuesta creer que la profecía hable de un poder que Voldemort desconoce que yo tenga. Yo no me siento más poderoso o distinto. Nunca podría llegar a tener el nivel de magia que él ha demostrado poseer –Harry levantó la vista y se encontró con la tranquilizadora mirada de Lupin-. El profesor Dumbledore me habló de ese poder. Según él, en el Departamento de Misterios existe una puerta que guarda la misma fuerza, una puerta que siempre se mantiene cerrada...
-Sí... Dumbledore también me ha hablado de eso... –dijo Lupin. Durante unos segundos ninguno de los dos añadió nada-. No te subestimes, Harry. Sabes bien cuál es ese poder que anida en tu interior y que Voldemort no tiene, que nunca tendrá –subrayó Lupin-. Jamás llegó a conocer esa información y, afortunadamente, fue eso lo que le llevó a su perdición. No pienses que no estás al nivel de Voldemort, porque te aseguro que puedes igualarlo, incluso sobrepasarlo. El único problema es que tú aún no pareces saberlo –dijo Lupin con sencillez-. Todavía no has terminado tus estudios en Hogwarts y queda mucho camino por recorrer hasta que llegue el momento en el que debas enfrentarte a él. Hasta entonces, aún te quedan unas cuantas cosas que aprender, pero no tengas prisa –comentó en tono afable-. Además, no sólo cuentas con ese gran poder; Dumbledore me ha dicho que Voldemort te transfirió algunos de sus poderes, que te "señaló como a su igual" –parafraseó-. No te sientas inferior a Voldemort, llegarás a ser un gran mago; ya lo eres. Con el tiempo lo comprenderás.
Harry fijó la vista en una de las ventanas. Se acercó y la madera del suelo crujió un poco más allá. Desde allí podía observarse la calle muggle. No pudo evitar pensar que todos aquellos que se encontraban fuera de esos muros, vivían felices y sin preocupaciones, que ninguno de ellos sentía que era responsable de vidas ajenas. Nadie se imaginaba, ni por un instante, que un insignificante chico de dieciséis años era su única oportunidad.
Mientras meditaba acerca de esto, Harry no pudo evitar sentir una desazón muy grande, y entonces quiso tener allí a Sirius o a sus padres, pero ellos ya no estaban...
-A veces no puedo evitar pensar que si no fuera porque... –Harry no pudo continuar a causa del nudo que sentía en su garganta-. Voldemort me buscaba a mí, no a mis padres. Ellos murieron por mi culpa. Y Sirius...
-Harry, escúchame –le interrumpió Lupin con vehemencia. Tenía un brillo diferente en los ojos-. Eso no es cierto. Nunca hubiesen permitido que nada te sucediera. No te culpes por algo que tú mismo no puedes controlar.
-Jamás le detendré. Aún me parece imposible que yo sea el único capaz de derrotarlo.
-Yo confío en ti. Es una pena que tú no pienses igual. Sé que llegarás muy lejos algún día, que serás un gran mago. Y no por ser Harry Potter, el héroe del que todos hablan, si no por ser tú mismo, por ser Harry solamente –Lupin se acercó a él-. Porque tu auténtico poder anida en tu interior, en tu corazón. Sé que tus padres estarían orgullosos de ti si pudieran verte. Cuando te miro no puedo evitar acordarme de ellos, y es que tus padres están dentro de ti, los llevas muy adentro y nunca te abandonarán.
Tras una breve pausa, Lupin continuó:
-Sé que nunca podré sustituir a Sirius, y mucho menos a James, pero... bueno... –el profesor adquirió un tono de voz bajo y profundo-, quiero que sepas, que pase lo que pase, no estás solo. Me tienes a mí, para lo que necesites, lo que haga falta. Nunca olvides esto, Harry –estrechó su mano sobre el hombro del muchacho, que le miro fijamente a los ojos y asintió levemente.
-Gracias, profesor Lupin –dijo Harry, visiblemente turbado.
-No hace falta que sigas llamándome profesor, hace ya tiempo que no te enseño nada de provecho, ¿no crees? –comentó Lupin consiguiendo que Harry sonriera-. Llámame Remus, ¿quieres?
Harry asintió y salió junto a Lupin de la habitación. Casi todos los miembros de la Orden se habían marchado, salvo Alastor Moody, como bien pudo notar Harry al oír sus bramidos desde el piso superior:
-¡Maldita sea! ¿Se puede saber quién demonios ha vuelto a llevarse mi capa invisible? La semana pasada ocurrió lo mismo...
Harry se dirigió a la habitación que compartía con Ron y encontró allí a su amigo.
Tras ponerse el pijama, ambos se metieron en la cama en silencio. Harry no podía dejar de pensar en la conversación que había mantenido con Lupin. De algún modo, tras aquella charla, se sentía más reconfortado y desde hacía tiempo, sentía que alguien lo comprendía realmente. Harry durmió plácidamente aquella noche.
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No les contó a Ron y Hermione nada sobre la charla de la noche anterior con Lupin. Comenzando porque no tenían la menor idea del contenido de la profecía, además de que Harry quería guardar para él solo aquella conversación, no deseaba compartirla con nadie más.
Empezaba a hacer frío en la casa, por lo que casi todo el tiempo lo pasaban en la sala de estar, donde la chimenea encendida mantenía caldeado el ambiente. Hermione no dejaba de dar la lata a Ron para que hiciesen el trabajo de Historia de la Magia que les había mandado Binns para después de vacaciones, pero el chico la eludía argumentando que quedaban casi tres semanas para entregarlo, así que pasó toda la mañana jugando al ajedrez mágico con Harry.
Por la tarde, Mundungus volvió a Grimmauld Place, pero pareció decepcionarse al ver que no había nadie de la Orden, salvo la señora Weasley, a la que no le hizo demasiada gracia que Mundungus pusiera aquella expresión de contrariedad cuando sólo la vio a ella y se marchase tres minutos después.
-¡Que hombre tan desagradable! –dijo la señora Weasley cuando la puerta de la casa se cerró con un portazo que hizo que la señora Black comenzara a aullar.
-¿A quien estaría buscando Dung? –preguntó Ron a Harry y Hermione mientras la señora Weasley subía las escaleras farfullando.
Harry se encogió de hombros y no le dio importancia, sino que colocó otras dos cartas en la pirámide que estaba construyendo.
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-¿Cuál es la diferencia entre un knarl y un erizo común? –preguntó Ginny mientras consultaba algunos libros.
Era casi la hora de la comida y Harry, Hermione, Ron y su hermana se encontraban en la cocina haciendo sus tareas, acompañados por la señora Weasley, que guisaba y preparaba la comida. Un delicioso olor llegaba hasta las fosas nasales de Harry.
-La diferencia se basa en su conducta –contestó Hermione con prontitud-. Los knarls son muy desconfiados: por ejemplo, si se deja alimento en el jardín para un erizo, éste lo aceptara gustoso, pero un knarl pensará que se trata de una trampa y se ofenderá; incluso puede llegar a destruir las plantas del jardín. De todos modos, encontrarás más información en Animales fantásticos y dónde encontrarlos –dijo la muchacha-. Supongo que está en nuestra habitación, sobre mi mesilla de noche.
-Pfff... ¡Esto no son vacaciones! –se quejó Ginny-. ¡No puedo creer que nos hayan puesto tantos deberes! ¡Es Navidad! –parecía realmente agobiada.
-¿Mucho trabajo, hermanita? –preguntó Ron, echando una ojeada al ensayo de Ginny por encima de su libro de Transformaciones.
-¿Mucho trabajo, dices? –contestó Ginny con sarcasmo-. Pues... además de la redacción de Cuidado de Criaturas Mágicas, tengo que hacer un trabajo de Transformaciones, otro de Defensa Contras las Artes Oscuras, practicar el encantamiento de locomoción, repasar la lección de Herbología... –parecía que la lista de cosas por hacer fuera infinita.
-Pfff... Sólo oírlo me da dolor de cabeza –dijo Ron con voz apagada, despeinándose el cabello.
-... eso sin contar con todas las tareas que ya he terminado. ¿Y vosotros? –preguntó Ginny con un ademán exhausto en el rostro.
-Siempre hay trabajo por hacer, pero no tanto como tú –respondió Ron.
-Hablando de "trabajos por hacer", Ron –soltó Hermione de repente-. Creo que deberíamos empezar con el trabajo de Historia de la Magia para Binns. Nos llevará mucho tiempo y...
-¡Pero, Hermione, si aún faltan siglos para la fecha de entrega! –se opuso Ron-. Además, las vacaciones todavía no han terminado, así que...
Hermione hizo rodar los ojos y susurró algo como "Siempre igual", pero se dio por vencida y regresó al tema inicial:
-Recuerda que es el año de los TIMOS, Ginny –puntualizó-. Debes esforzarte al máximo...
-Sí... me alegro de que eso ya pasara –comentó Ron con aire soñador.
-... y no seguir el ejemplo de tu hermano y sus tres Insuficientes –terminó Hermione severamente dirigiendo a Ron una dura mirada.
-Gracias, Hermione –contestó el chico ácidamente.
-¿Dónde has dicho que estaba el libro sobre criaturas mágicas, Hermione? –preguntó Ginny dejando de lado el pergamino en el que escribía.
-Creo recordar que lo deje sobre la mesilla de noche.
Ginny se ponía en pie cuando Harry la detuvo:
-No te molestes, ya voy yo –dijo poniendo punto y final a su ensayo de Herbología-. Ya he terminado con esto.
-Gracias, Harry –Ginny sonrió a Harry, que creyó que el calor que desprendía su rostro encendido se percibiría en un radio de diez kilómetros.
-Si quieres puedo ayudarte con el trabajo –se ofreció-. Solamente me queda pendiente acabar la redacción de Transformaciones, y no me llevará mucho tiempo.
Por toda respuesta, Ginny volvió sonreír a Harry, y éste optó por marcharse de allí cuanto antes, o de lo contrario todos podrían notar lo colorado que estaba.
-¡Es un libro con las cubiertas de cuero de color rojo! –señaló Hermione mientras su amigo cruzaba la puerta de la cocina.
Harry apenas había dado un par de pasos cuando lo vio. El profesor Dumbledore se acercaba a él con las manos entrelazadas y la mirada fija en el chico. Hacía ya casi una semana que Harry había llegado a Grimmauld Place. A esas alturas se encontraban en los primeros días de enero.
Era la primera vez que Harry lo veía en el cuartel general. Durante el curso pasado, a pesar de que Harry había visitado en varias ocasiones y durante largas temporadas de tiempo la casa de su padrino, jamás se había cruzado con Dumbledore, aunque éste hubiese visitado la mansión. La verdadera razón había sido que el profesor trataba de evitar a Harry, creyendo que Voldemort poseía a éste último, por lo que no era conveniente que la relación entre director y alumno llegará más allá.
-Buenos días, Harry –saludó el director una vez se encontró junto al muchacho.
-Buenos días, profesor Dumbledore.
-Harry, ¿podría hablar unos minutos contigo? –preguntó-. Se trata de algo importante.
-Sí, claro.
Dumbledore retrocedió sobre sus pasos y ambos pasaron frente al cuadro de la madre de Sirius, la señora Black.
-Por aquí, Harry.
El profesor Dumbledore condujo a Harry escaleras arriba. A continuación se adentraron en uno de los muchos oscuros pasillos y el anciano director de Hogwarts se detuvo frente a una desgastada puerta. Harry no conocía aquella habitación, era la única sala de toda la casa donde no había estado aún, y eso se debía a que siempre había estado cerrada con llave. Por supuesto, Fred y George habían empleado grandes esfuerzos en un intento por forzar la cerradura, pero no habían tenido éxito. Dumbledore sacó de su bolsillo una llave grande y antigua, igual que la manija. Abrió la puerta y dejó paso a Harry, que tras descubrir el interior de la habitación, quedó sorprendido. La sala era una copia exacta del despacho del profesor Dumbledore en Hogwarts: el escritorio frente a la entrada, los distintos retratos de todos los magos y brujas que habían ocupado el puesto de director en el colegio y los muchos y extraños artilugios plateados o de cristal, cuya utilidad Harry desconocía, tan inusuales pero habituales en el estudio del director.
-Supongo –dijo Dumbledore a la vez que ofrecía asiento a Harry y él ocupaba su respectivo lugar tras el escritorio, como siempre-, que este sitio te resultará familiar. Como ves, es exactamente igual a mi despacho en Hogwarts. Es un lugar cómodo, donde puedo meditar con total tranquilidad. A decir verdad, mi estudio me resulta tan acogedor que decidí establecer uno igual aquí, en Grimmauld Place. A veces tengo mis dudas: no sé si estoy en Hogwarts o en el cuartel.
Harry espero a que Dumbledore encauzara la conversación hacia el tema que los había llevado hasta allí. El muchacho no tenía la menor idea de qué era lo que el profesor debía explicarle.
-Bueno –comentó Dumbledore-, te estarás preguntando por qué te he pedido que mantuviéramos esta charla.
Harry asintió, pero no dijo nada. Continuaba observando al director, impaciente por ver adónde conducía todo aquello.
-Debo hablarte de algo relacionado con Sirius –dijo finalmente Dumbledore.
Harry se irguió en su butaca y apoyó las manos en los reposa brazos, expectante, esperando a que Dumbledore continuara.
-He atrasado esta conversación hasta este momento porque no me pareció... oportuno hablarte de ello entonces, tras la reciente muerte de Sirius. Sin embargo –prosiguió-, creo que ha llegado la hora de tratar este asunto.
Harry se recostó en el respaldo de su asiento. No podía imaginar qué era lo que debía saber, algo relacionado con su padrino, que Dumbledore no había querido explicarle hasta ese mismo momento. En esos instantes empezó a estar más que harto: ¿por qué siempre se le debía ocultar todo lo referente a las personas que le importaban? Entonces Harry tuvo la impresión de que el profesor Dumbledore escondía cientos de secretos, secretos que él debía saber, que tenía derecho a conocer, pero que el director juzgaba correcto no revelar aún. Exactamente igual a como había sucedido con la profecía. Pero él ya no era un niño y necesitaba saber la verdad, la verdad de todo cuanto giraba en torno a él.
-Quería decirte lo que ocurrirá con todos los bienes de Sirius –Dumbledore retomó la palabra haciendo que Harry dejase a un lado sus pensamientos-. Como ya sabes, provenía de una familia adinerada y con un importante apellido en la comunidad mágica, y aunque la relación entre Sirius y su familia no fuese lo que se dice armoniosa, sí mantenía contacto con su tío Alphard, quien le dejó una cantidad considerable de oro. Sin contar, por supuesto, con sus ingresos laborales.
-¿A qué se dedicaba Sirius antes de que lo encerraran en Azkaban? –preguntó Harry con curiosidad. Aunque pareciese extraño, jamás había hablado de ello con su padrino. La estancia que había pasado en Azkaban había resultado tan larga que daba la impresión de que la vida de Sirius anterior a su encarcelamiento no existiera.
-Era auror, y muy bueno debo decir. Aunque cuando lo encarcelaron hacía pocos meses que había acabado sus estudios en la Academia de Aurores –respondió Dumbledore. Harry, impresionado, abrió la boca para preguntar acerca de ello, ya que aquello había despertado su curiosidad, sin embargo, Dumbledore lo interrumpió-. Pero Harry, no quiero desviar la conversación. Podemos hablar de Sirius cuantas veces quieras, pero no ahora. Debo partir hacia el Ministerio y no dispongo de mucho tiempo Lo que trato de decirte es que toda la herencia de Sirius es ahora tuya por derecho propio.
-Ah –exclamó Harry, totalmente sorprendido. Lo último que se hubiera imaginado hubiese sido aquello.
-En su testamento figuras como único poseedor de toda su fortuna, dado que eras la persona más cercana a él –Harry escuchaba atentamente a Dumbledore, pero no podía creer lo que oía-. Remus obtuvo algunos efectos personales y esta casa pertenece ahora a la Orden del Fénix. Sirius quiso que la conservaramos como cuartel general –tras una pausa, en la que Harry fue incapaz de articular palabra, Dumbledore prosiguió-. Harry, no quise comentarte nada acerca de ello tras la desaparición de Sirius porque era algo demasiado reciente. Me pareció una completa falta de respeto mencionar el oro después de la pérdida de alguien tan importante para ti. Por eso juzgué que lo mejor sería esperar un tiempo.
Harry asintió en señal de acuerdo, sin saber qué decir.
-No tienes de qué preocuparte –explicó Dumbledore-. El oro a pasado a estar a tu nombre, así como la cámara de seguridad en la que se encuentra, de modo que esto es tuyo –dijo Dumbledore tendiéndole a Harry una diminuta llave de oro con el número 711 grabado en ella-. Es la llave de la cámara acorazada.
Harry cogió la llave y se la guardó en el bolsillo. Se levantó de la butaca, dando por terminada la reunión, al igual que Dumbledore.
-Bien, Harry –se despidió el profesor en la puerta tras cerrar de nuevo la sala con llave-, debo marcharme ahora. Nos veremos en Hogwarts –después de decir estas últimas palabras, dejó solo a Harry en aquel pasillo, acompañado únicamente por sus pensamientos.
Nunca se había parado a pensar en aquel aspecto del fallecimiento de Sirius. ¿Y qué demonios le importaba a él aquel oro? ¿Acaso con cientos de galeones más podría traer de vuelta a su padrino ¿Es que aquel oro acabaría con el dolor que Harry sentía cuando recordaba a Sirius? Aquello sólo hizo que el vacío que sentía en su estomago aumentara. No merecía aquella fortuna. Sirius había muerto por intentar salvarle la vida y eso no lo hacía merecedor de su dinero. Realmente no necesitaba el oro. Un puñado de galeones no cambiaría lo que sentía en esos momentos en aquel oscuro corredor.
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Las vacaciones de Navidad estaban a punto de llegar a su fin. Pronto, Harry, Ron, Hermione y Ginny regresarían al bullicio del colegio, la tensión de los exámenes y la rutina de las clases.
Una mañana, mientras los cuatro amigos desayunaban en compañía de Tonks, el timbre de la vieja casa de los Black sonó. La señora Weasley, que amasaba un bizcocho, se dirigió rápidamente a la entrada para dejar paso al huésped que aguardaba fuera. Por el resquicio de la puerta se coló una heladora ráfaga de viento.
-Buenos días, Molly –dijo una voz suave pero enérgica, que Harry pudo escuchar desde la cocina.
-Buenos días, Andrómeda.
Tonks, que bebía su té, se dirigió apresuradamente hacia el rellano donde se hallaban ambas mujeres, pero en su camino tropezó con gran estruendo, lo que hizo que la señora Black despertara e iniciara su habitual retahíla de insultos:
-¡Cerdos! ¡Canallas! ¡Sucios mestizos y traidores a la sangre! ¿Cómo os atrevéis a mancillar con vuestra repugnante presencia la casa de mis padres?
Finalmente, hicieron callar a la señora Black y pasaron al interior de la cocina, donde la señora Weasley ofreció una taza de té a la bruja llamada Andrómeda, que era una bruja de estatura media y cabello oscuro brillante. Su rostro era delicado y agradable y sus ojos eran de un color azul tan intenso que daba la impresión de estar observando el mismísimo cielo. Vestía una capa de viaje y su porte era elegante. Hasta la fecha, Harry jamás había coincidido con aquella bruja en Grimmauld Place, aunque lo más seguro era que perteneciera a la Orden.
-Pero, mamá –dijo Tonks-, ¿qué haces aquí tan pronto? ¿No se suponía que llegarías mañana? No habrá ocurrido nada malo, ¿verdad? –añadió preocupada. Los cuatro jovenes miraron con más interés a la recién llegada al percatarse de quién se trataba y Harry recordó que Sirius ya le había mencionado a su prima en una ocasión.
-Por supuesto que no Nymphadora... –respondió la señora Tonks.
-Aggg... Llevo años diciéndote que no me llames Nymphadora, mamá –repuso Tonks frunciendo los labios asqueada.
-No digas bobadas, Nymphadora es un nombre precioso –replicó Andrómeda ante la mueca de incredulidad de Tonks-. Como decía, decidí viajar en el autobús noctámbulo y por eso he llegado antes de lo previsto. Pero bueno, eso ahora no importa, creo que no han hecho las presentaciones –dijo mirando a los cuatro jóvenes.
La recién llegada detuvo la mirada en Harry y tras observar detenidamente sus ojos y su rostro, recorrió la cicatriz de su frente con los ojos, pero no comentó nada.
-Tú debes de ser Harry –dijo amigablemente-. Encantada –a continuación estrechó su mano-. Reconocería esos ojos en cualquier lugar; exactamente iguales a los de Lily. Y los pelirrojos deben ser hijos tuyos, Molly, si no me equivoco.
-Así es: ellos son Ginny, mi hija pequeña, y Ron, el menor de los chicos –explicó la señora Weasley-. Y ella es Hermione Granger, una amiga del colegio.
La señora Weasley despachó de la cocina a los chicos y mantuvo una larga charla con Tonks y Andrómeda.
Tras la comida, poco a poco, fueron llegando algunos miembros de la Orden para una reunión convocada, y como no, los gemelos, Ron, Harry, Hermione y Ginny tuvieron que abandonar la cocina entre quejas. Ni siquiera intentaron utilizar las orejas extensibles: sabían perfectamente que la señora Weasley había realizado un encantamiento de impasibilidad que impedía la escucha. De modo que los chicos desistieron en sus intentos por descubrir en que asuntos andaba metida la Orden.
-Andrómeda debe haber traído noticias; la reunión se ha convocado a toda prisa nada más llegar ella –comentó Ginny.
Aquella tarde, en el salón, junto al fuego, mientras Harry diseñaba nuevas tácticas de juego para el quidditch con ayuda del campo en miniatura que Hermione le había regalado por Navidad, Ginny se afanaba por terminar sus tareas y Ron y Hermione jugaban una partida de ajedrez mágico, que la chica estaba perdiendo catastróficamente.
-Estoy harta –farfulló Ginny que llevaba horas sin levantar la vista de sus libros- y agotada. Me duele la cabeza. Creo que voy a ir a la cocina a comer algo y descansar un poco. ¡Pociones me está volviendo loca! –exclamó apartando de un manotazo Pociones, nivel intermedio-. ¿Qué se obtiene si mezclas polvo de raíz de dimián negro con una pizca de jugo de ojos de sapo? –dijo mirando con desesperación sus apuntes.
-Es un alucinógeno –contestó Hermione mientras el rey de Ron daba jaque mate a su reina.
-Pfff... –resopló Ginny-. Voy abajo a tomar algo, ¿venís?
-Creo que sí –respondió Hermione, abatida-. Ron ya me ha ganado tres partidas consecutivas.
Ron, satisfecho, se puso en pie y acompañó a las chicas.
-¿No vienes, Harry? –preguntó el pelirrojo antes de marcharse.
Harry negó con la cabeza mientras ordenaba a su guardián que protegiera el poste central de la amenaza de una cazadora.
Harry se encontraba solo, cuando poco después la puerta del salón se abrió:
-Que poco habéis tardad... –Harry levantó la vista del campo de juego y se calló al ver que quien había entrado en la estancia era Andrómeda.
-Hola, Harry, no sabía que hubiese alguien aquí –dijo la mujer al tiempo que se acercaba distraídamente al fondo de la sala, donde se encontraba el viejo tapiz de los Black, que había pertenecido a aquella familia durante siete siglos y ahora estaba completamente raído y desteñido, aunque se podía leer el nombre de los miembros de la familia que aún permanecían en él-. Jamás me gusto esta casa –comentó Andrómeda-. Siempre que regreso me vienen recuerdos desagradables a la mente. Una nunca puede olvidar de donde procede –dijo abriendo los brazos y señalando tanto el tapiz como el salón-. Ya te habrás dado cuenta de que Nymphadora y yo no aparecemos en el tapiz. Eso se debe a que, gracias a Dios, somos personas decentes. Todos los que aún permanecen en él no son más que magos tenebrosos o personas con demasiados prejuicios hacia la mayoría de la gente. Fíjate –señaló los dos nombres que se encontraban a ambos lados de una quemadura donde debería estar escrito con letras doradas su nombre-, mis hermanas, Belatrix y Narcisa, siguen aquí porque ambas se casaron con magos de sangre limpia, y mortífagos, debo añadir. No las veo desde que éramos muy jóvenes... Bellatrix ingresó en Azkaban y Narcisa... bueno, eso ya es otra historia. Sirius tampoco aparece –Harry sabía que Andrómeda y Sirius eran primos-, pero no me extraña.
Su padrino había salido en la conversación y Harry necesitaba saber más sobre Sirius. ¿Quién mejor que Andrómeda para hablarle de él?
-Andrómeda... usted... ¿Trató mucho a Sirius? –preguntó Harry-. Quiero decir que... Cuando estuve aquí el verano pasado él me habló de su familia y su nombre salió en la conversación
Andrómeda observó el tapiz durante unos instantes antes de contestar:
-Sí, claro. Yo pasé gran parte de mi infancia en esta casa. Nuestras madres eran hermanas y venía muy a menudo a visitar a mis tíos. Recuerdo que pasaba mucho tiempo con Sirius, jamás me lleve demasiado bien con Regulus. Era bastante... digamos que se consideraba mejor que nadie por llevar el apellido Black, aunque no le sirvió de nada cuando ingresó en las filas de Quien-tú-sabes –dijo Andrómeda sombríamente-. Los mortífagos eliminaron a Regulus cuando intentó desertar.
-Lo sé, Sirius me lo contó –contestó Harry.
-Mis tíos ya habían fallecido cuando asesinaron a Regulus; no hubiesen soportado la vergüenza por el hecho de que su hijo menor hubiese intentado abandonar de un modo tan cobarde lo que ellos consideraban apropiado. Mis tíos siempre habían estado muy orgullosos de él, más aún cuando ingresó en el bando de El-que-no-debe-ser-nombrado. Mi primo siempre demostró un gran orgullo por pertenecer a una familia de sangre limpia. Defendió sin cesar la pureza de la sangre, y como no, apoyó las acciones contra los magos y brujas de origen muggle. El parecido a sus padres era increíble, aunque ellos nunca se mezclaron con mortífagos. Sirius, por el contrario, jamás se mostró de acuerdo con esas ideas, por eso mis tíos lo tomaron como un hijo descarriado al que había que enderezar hacia el camino correcto, es decir, repudiar el mestizaje y despreciar a los muggles –Andrómeda torció los labios en un gesto de desagrado-. Una prima de mi madre, Araminta Meliflua, incluso llegó a promulgar la caza de muggles. Ya puedes imaginar qué clase de familia era la nuestra.
Harry miraba fijamente la quemadura en la que debía haberse encontrado el nombre de Sirius y pensó que su niñez debía haber sido incluso peor que la suya. Al fin y al cabo, los Dursley, por muy horribles que fueran, jamás se prestarían al tipo de cosas que los mortífagos eran capaces de hacer.
-Al principio, cuando no éramos más que unos niños, Sirius no se daba cuenta realmente de cómo era nuestra familia. Aún era pequeño para comprender que pertenecía a una familia de magos tenebrosos. Sus padres trataron de inculcarle los valores que rigen la vida de un mortífago: los muggles, o las brujas y magos nacidos de muggles, considerados casi como tales, siendo tan despreciables y repugnantes no merecen siquiera compartir nuestro mundo y mucho menos instruirlos en el arte de la magia. Así era como pensaban, igual que muchos magos hoy en día, aunque hay quienes creemos que lo realmente indigno y miserable es pensar de ese modo. A nosotros se nos educó para ser así, y en muchas ocasiones no entendíamos por qué; no percibíamos la diferencia entre un mago nacido de muggles y uno de sangre limpia, porque en realidad esa distinción no existe, todo el mundo debería comprenderlo, así como el hecho de que ser muggle significa ser diferente, no peor – Harry escuchaba atentamente a aquella mujer-. Cuando Sirius y yo llegamos a Hogwarts, conocimos a muchos nacidos de muggles y aprendimos por nuestra propia cuenta que no tenían nada de malo, asimilamos valores muy diferentes a los que nos habían inculcado. Aquello fue lo peor para mis tíos, saber que su primogénito se relacionaba con nacidos de muggles y mestizos que ellos consideraban escoria. Allí conoció a tu padre, James, y se hicieron inseparables. Los Potter siempre habéis pertenecido a una familia de sangre limpia, pero por casualidad, porque debo aclarar que ni tu padre, ni ningún miembro de su familia, han estado jamás relacionados con las atroces ideas que lideraba Quien-tú-sabes. Se puede decir que eran lo que se llama "traidores a la sangre" –hizo una breve pausa-. Como decía, Sirius conoció en Hogwarts a magos muy diferentes de los que mis tíos consideraban dignos, como brujos de sangre mezclada. No hace falta que te diga que aquello no les hizo ninguna gracia. Habían intentado hacer de Sirius un mago con ideales bastante equivocados en mi opinión, y tenían la esperanza de que en Hogwarts conociera a jóvenes de sangre limpia que influyeran en su forma de pensar; pero es que ellos no contaban con que Sirius perteneciera a Gryffindor; siempre pensaron que, fiel a la tradición de la familia, formaría parte de Slytherin. Otro motivo de decepción para ellos. Toda la familia comparaba a Sirius con Regulus, que consideraban un hijo modelo, y eso era algo que a tu padrino no le agradaba en absoluto. Harto de todo, e incapaz de soportar por más tiempo la situación, se marchó de esta casa.
-A casa de mis abuelos –dijo Harry, que conocía aquella historia.
-Exacto. Ellos lo acogieron encantados. Tan sólo contaba con dieciséis años. Al año siguiente terminó sus estudios en Hogwarts y comenzó una vida independiente, gracias a la herencia que un tío nuestro dejó a su nombre. Desde el momento en que abandonó esta casa, no volvió a tener relación alguna con la familia. Salvo conmigo, por supuesto, y algunas pocas excepciones en las que un Black no ha decidido prestarse a participar en la limpieza de sangre –Andrómeda suspiró y se giró dando la espalda al tapiz. Harry la siguió.
-¿Qué ocurrió después? –preguntó impaciente.
-Bueno, como ya he dicho, yo continúe manteniendo contacto con él, algo que no se me paso por alto en la familia, y el hecho de que más tarde contrajera matrimonio con un muggle, no ayudó en la relación entre mi familia y yo. Así que al igual que Sirius, rompí todos los lazos que me unían a ellos. Jamás me perdonaron que escogiera a un hijo de muggles, alguien que ellos consideraban inferior a la estirpe de los magos y brujas. Tampoco yo les perdonaré nunca su actitud –dijo Andrómeda tristemente.
Hubo un incomodo silencio, pero Andrómeda no alargó la espera de Harry por conocer más sobre su padrino.
-Sirius siempre me apoyó. Me casé siendo muy joven y Nymphadora no tardó en llegar, apenas tenía veinte años. Mis padres nunca se interesaron por ella, al fin y al cabo, corría por sus venas sangre muggle. Así que Nymphadora no llegó a conocer a la familia Black al completo; todos aquellos que despreciaban mi matrimonio, que fueron muchos, nunca mantuvieron contacto con ella. Tal vez dicho así resulte doloroso, pero es mejor: de ese modo no ha tenido que conocer el lado oscuro de nuestra familia –Andrómeda miró a Harry fijamente a los ojos-. Iguales a los de Lily... –susurró-. Coincidimos en Hogwarts, aunque yo pertenecía a Ravenclaw y ella a Gryffindor y nos separaban unos cuantos cursos. La conocí mejor cuando ella y James se incorporaron a la Orden. Desgraciadamente, años después... –su tono de voz era profundo-. No es necesario que te diga lo que pasó –dijo mirando la cicatriz de su frente.
Harry desvió la mirada hacia el ventanal por el que los últimos rayos de luz habían dejado de filtrarse poco a poco. Había anochecido y comenzaba a nevar.
-Volví a ver a Sirius por primera vez después de tantos años en Azkaban y tras huir de la justicia, aquí, en Grimmauld Place, cuando se estableció el cuartel general de la Orden del Fénix –Andrómeda cambió rápidamente de tema-. Debes saber que me hablo maravillas de ti –dijo sonriente-. Siempre decía lo mucho que te parecías a James, y ahora entiendo a que se refería. Aunque sólo en la apariencia: solía comentar que le recordabas a James en algunos gestos y comportamientos, pero que a decir verdad, tu padre era un gamberro que lo único que hacía era romper las normas, aunque he oído que eso también lo has heredado de él.
Harry no pudo evitar sonreír. Sirius nunca lo había tratado como a un niño, más bien había sido el único que había llegado a comprender que en realidad hacía mucho tiempo que había dejado de serlo. La señora Weasley pensaba que lo había tratado como si fuese un viejo amigo, como si de ese modo hubiese recuperado de nuevo a James, pero en aquel cuarto, en ese mismo momento, Harry comprendió que tal vez Sirius tan sólo había intentado hacer que no se sintiese diferente. A menudo, las personas que formaban parte de su vida lo trataban como si pensasen que era una bomba de relojería que pudiese estallar en cualquier momento, y era cierto que el curso anterior había tenido muchos altibajos, pero tenía la sensación de que su padrino era la única persona que lo había comprendido de verdad. Al fin y al cabo, tenían más cosas en común de las que pensaba: una niñez no demasiado buena, truncada por la falta de una familia de verdad y el hecho de sentirse repudiado y apartado por los demás, cuando muy poca gente confiaba en ellos y en su palabra.
Pero a pesar de todo lo que había sucedido, Sirius aparentaba ser un hombre feliz, y es que tal vez el hecho de haber huido de Azkaban y haber escapado del incesante acecho de los dementores, lo había impulsado a volver a nacer, a volver a la vida. Así que, aunque pudiese parecer cabezota e impulsivo, Sirius no había actuado como si fuese el mejor amigo de Harry, sino como alguien que quería lo mejor para él, sin hacer que se sintiese sobrepotegido o manejado.
-Sirius te quiso como a un hijo, aunque nadie pudiese imaginar a alguien tan irresponsable haciendo de padre –bromeó Andrómeda atrayendo de nuevo la atención de Harry-. En serio, se tomó de un modo muy responsable el hecho de tenerte bajo su mando. Era muy importante para él cuidar de ti: eras el hijo de su mejor amigo; era tu padrino.
Andrómeda dio un par de pasos en dirección al tapiz y permaneció inmóvil:
-Aún me cuesta creer que ya no esté y supongo que a ti también –dijo tristemente-. Es irónico –su tono de voz era en esta ocasión áspero-. Fue su familia quien le amargó parte de su vida e hicieron que las cosas resultaran más difíciles de lo que pueden llegar a serlo de por sí, y tras liberarse de ellos, fueron ellos de nuevo quienes lo destruyeron, esta vez para siempre –su mirada estaba detenida en el nombre de Bellatrix, escrito en el tapiz, junto a la quemadura donde debía haber estado su nombre hacía muchísimos años-. La odio por ello. La odio por no ser más que una vulgar asesina, y lo peor de todo es que es mi propia hermana. Era mi hermana –torció la mirada hacia el nombre que se encontraba al otro lado-. Narcisa... No pudo elegir peor esposo: Lucius Malfoy. Mortífago. Y lo peor es que hasta hace muy poco andaba a sus anchas por el Ministerio de Magia. Su hijo Draco estudia en Hogwarts, ¿no es así? Nymphadora me ha dicho que le da clases, y por lo que me ha contado es exactamente igual que su padre. ¿Lo conoces? –preguntó.
-Sí... –dijo Harry con una mueca de disgusto en su rostro.
-Por lo que percibo, no debéis llevaros demasiado bien –comentó Andrómeda-. Ni siquiera sé si sabrá que es su prima la que le da clases...
En ese mismo momento la puerta del salón se abrió:
-¿Otra partida de ajedrez, Hermio...? –al percatarse de que Harry no se encontraba solo, Ron se interrumpió-. ¡Oh! Hola, no sabíamos que...
-No importa, yo ya me iba –dijo Andrómeda-. Un placer charlar contigo, Harry –apretó su mano y seguidamente abandonó la estancia.
-¿Qué pasa? –preguntó Ron con el entrecejo ligeramente fruncido.
-Nada, sólo hablábamos –contestó Harry.
-Sí... pero... No ha pasado nada, ¿verdad? –inquirió Hermione.
-No, para nada. Solamente charlábamos. De todo un poco –dijo Harry señalando el tapiz que había a sus espaldas.
Ron, Hermione y Ginny se aproximaron a aquel raído y deteriorado tapiz y lo examinaron con detenimiento, reparando en cada nombre.
-Sirius no aparece –comentó Ginny.
-Todos los magos que la familia consideraba indignos fueron borrados del tapiz. Tratándose de una familia de magos tenebrosos los nombres que faltan son de aquellos que se mostraron en contra de las ideas de Voldemort sobre la pureza de sangre –explicó Harry.
-Sirius y mi padre eran primos segundos –dijo Ron-. Nos lo contó papá, ¿recuerdas, Ginny?
Ginny asintió, abstraída en el tapiz.
-Andrómeda es prima de Sirius. Quiero decir... era... –dijo Harry sin acostumbrarse a hablar de Sirius en pasado, mientras señalaba una quemadura.
-Vaya... todos están relacionados entre sí –comentó Hermione impresionada.
-¡No lo puedo creer! –exclamó Ginny de pronto.
Todos giraron sus miradas hacia ella, que simplemente señaló un nombre en el tapiz. Ron se acercó a su hermana y leyó el nombre escrito en letras doradas: Draco.
-¿¡Qué!? –exclamó Ron aún más alto que Ginny. Hermione también observaba sorprendida aquel nombre. Siguieron con la mirada la línea que unía a Draco con sus padres, Lucius y Narcisa y cuando detuvieron la vista en la quemadura que minutos antes había señalado Harry, éste ya sabía lo que estaban a punto de decir-: ¡Tonks y Malfoy son primos! –Ron no apartaba los ojos del tapiz, pasmado. Tras unos instantes de cavilaciones los ojos del pelirrojo se abrieron desmesuradamente-. ¡Malfoy y yo tenemos familia en común! Pfff... Que suerte la mía –resopló.
Hermione dibujó una sonrisa torcida en sus labios.
-¿Creéis que Malfoy lo sabe? Me refiero a si estará al corriente de que Tonks es prima suya –dijo Hermione.
Harry se encogió de hombros. Los demás continuaron observando el tapiz.
-Bellatrix... –susurró Ginny con los ojos entornados mientras miraba el nombre de la hermana de Andrómeda.
-¡Fue su prima quien...! –comenzó Ron, pero se silenció a sí mismo.
Siempre que el tema de conversación giraba en torno a Sirius la tensión se abría entre ellos. Harry sabía que sus amigos se habían dado cuenta de que la culpable de la muerte de su padrino no era otra que su propia prima, Bellatrix. Afortunadamente, alguien rompió aquel incómodo mutismo:
-¡La cena ya está lista! –gritó la señora Weasley desde el piso de abajo.
Hasta aquí hemos llegado con este capítulo. Sabemos que estáis de vacaciones, que hace calor y todo eso, pero dejar un review es cosa de un minuto, así que ¿a qué esperáis?
Y en el próximo capítulo... una noticia que pondrá a prueba los ánimos de los protagonistas de un modo que no se esperaban: "Regreso a la rutina"
Respuestas a los reviews del capítulo anterior:
Lordaeglos: ¿Charlie? Bueno... eso ya se verá... Respecto a Ron... jejeje, admitámoslo, si lo de cobarde lo mencionas porque evita a Luna... lo cierto es que pensamos que así es como Ron reaccionaría en una situación como esa. Pero, no te preocupes, que no pensamos que Ron sea un cobarde, algo que ya verás en breves. Y ¿acaso es posible que no discuta con Hermione? Lo de Harry y Ginny irá poco a poco, pero irá. Esperamos que este cap te haya gustado, y, aunque sabemos que tanta conversación puede haber resultado pesada, creemos que era necesario.
Ilisia Brongar: ¡Gracias por esos reviews tan largos que nos dejas! Es genial que dejes tus impresiones y que nos animes capítulo a capítulo. Nos alegramos de que te haya gustado el cap 13, y ¡que curioso que te fijaras en lo de que Ron estuviera mirando la puerta! (comentario de tTidjia: ¡A mi tmb me encantó!jajaja). Si todavía no asimilabas la muerte de Sirius, esperamos que este cap te haya ayudado, porque, como has podido comprobar, ha estado repleto de reflexiones y conversaciones sobre él. Un último comentario: No nos extraña que se te mezclen las historias, nosotras tampoco nos aclaramos a veces de qué es un fic, qué es nuestra historia o qué es realmente el libro! ¡Esperamos tu review! ¡Muchos besos!
Ibi, Trinity y Tridjia
